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Corbacho o Reprobación del amor mundano (1438) se inspira en el Corbaccio de Giovanni Boccaccio. Esta obra, la más conocida del Arcipreste de Talavera, consta de cuatro partes. La primera es un tratado contra la lujuria; la segunda, una sátira contra las mujeres de toda condición; las dos últimas partes analizan las complexiones de los hombres y sus diferentes inclinaciones a amar. De esta obra interesan su estilo vivo, coloquial y popular, caracterizado por la constante bimembración o plurimembración, que pinta una imagen sumamente rica y vigorosa del tema que describe, así como sus notas costumbristas; sin embargo, también se utiliza en la parte doctrinal un lenguaje sumamente ampuloso y latinizado por el hipérbaton, los participios de presente y los cultismos. Asimismo, es frecuente el recurso a la similicadencia y la prosa rimada. Es este modelo de lenguaje a la vez popular e hiperculto el que tuvo presente el también manchego Fernando de Rojas para componer su Celestina.
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Seitenzahl: 383
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Arcipreste de Talavera
Corbacho
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: Corbacho.
© 2024, Red ediciones S.L.
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-378-8.
ISBN rústica: 978-84-9953-020-8.
ISBN ebook: 978-84-9953-019-2.
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Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 9
La vida 9
[Prólogo] 11
Primera parte 15
Capítulo I. Cómo el que ama locamente desplace a Dios 15
Capítulo II. Cómo amando mujer ajena ofende a Dios, a sí mismo, y a su prójimo 16
Capítulo III. Cómo por amor se siguen muertes, omecillos, y guerras 17
Capítulo IV. De cómo el que ama es en su amar de todo temeroso 19
Capítulo V. Cómo el que ama aborrece padre y madre, parientes, amigos 20
Capítulo VI. Cómo por amar vienen a menos ser preciados los amadores 21
Capítulo VII. De cómo muchos enloquecen por amores 22
Capítulo VIII. De cómo honestad y continencia son nobles virtudes en las criaturas 23
Capítulo IX. De cómo por amar muchos se perjuran y son criminosos 24
Capítulo X. De cómo cuanto mayor ardor es en la lujuria tanto mayor es el arrepentimiento ella cumplida 25
Capítulo XI. De cómo el eclesiástico y aun el lego se pierden por amar 26
Capítulo XII. Cómo el que ama no es solícito sino en amar 27
Capítulo XIII. De los malos pensamientos que vienen al que ama 27
Capítulo XIV. De cómo por amar acaecen muertes y daños 29
Capítulo XV. Cómo el amor quebranta los matrimonios 29
Capítulo XVI. Cómo pierde la fuerza el que se da a lujuria 33
Capítulo XVII. Cómo los letrados pierden el saber por amar 35
Capítulo XVIII. Cómo es muy engañoso el amor de la mujer 38
Capítulo XIX. Cómo el que ama desordenadamente traspasa los diez mandamientos 42
Capítulo XX. Del primero mandamiento, cómo lo traspasa el que ama desordenadamente 42
Capítulo XXI. Del segundo mandamiento 43
Capítulo XXII. Del tercero mandamiento 44
Capítulo XXIII. Del cuarto mandamiento 45
Capítulo XXIV. Del quinto mandamiento 46
Capítulo XXV. Del sexto mandamiento 48
Capítulo XXVI. Del séptimo mandamiento 49
Capítulo XXVII. Del octavo mandamiento 50
Capítulo XXVIII. Del noveno mandamiento 50
Capítulo XXIX. Del décimo mandamiento 52
Capítulo XXX. Del primero mortal pecado 52
Capítulo XXXI. Del segundo pecado mortal 54
Capítulo XXXII. Del tercero pecado mortal 54
Capítulo XXXIII. Del cuarto pecado mortal 55
Capítulo XXXIV. Del quinto pecado mortal 55
Capítulo XXXV. Del sexto pecado mortal 56
Capítulo XXXVI. Del séptimo pecado mortal 57
Capítulo XXXVII. Cómo el que ama pierde todas las virtudes 58
Capítulo XXXVIII. En conclusión cómo por amor vienen todos males 65
Segunda parte 67
Capítulo I. De los vicios y tachas y malas condiciones de las perversas mujeres, y primero digo de las avariciosas 67
Capítulo II. De cómo la mujer es murmurante y detractadora 72
Capítulo III. De cómo las mujeres aman a diestro y a siniestro por la gran codicia que tienen 75
Capítulo IV. Cómo la mujer es envidiosa de cualquiera más hermosa que ella 77
Capítulo V. Cómo la mujer según da no hay constancia en ella 82
Capítulo VI. Cómo la mujer es cara con dos haces 85
Capítulo VII. Cómo la mujer es desobediente 87
Capítulo VIII. De cómo la mujer soberbia no guarda qué dice ni hace 91
Capítulo IX. Cómo la mujer es doctada de vanagloria ventosa 93
Capítulo X. De cómo la mujer miente jurando y perjurando 96
Capítulo XI. Cómo se debe el hombre guardar de la mujer embriaga 98
Capítulo XII. De cómo la mujer parlera siempre habla de hechos ajenos 101
Capítulo XIII. Cómo las mujeres aman a los que quieren de cualquier edad que sean 102
Capítulo XIV. Cómo amar a Dios es sabieza y lo ál locura 106
Tercera parte 111
Capítulo I. De las complexiones 111
Capítulo II. De la complexión del hombre sanguino 111
Capítulo III. De la calidad del hombre colérico 112
Capítulo IV. De la calidad del hombre flemático 112
Capítulo V. De la calidad del hombre malencónico 113
Capítulo VI. De cómo los signos señorean las partes del cuerpo 113
Capítulo VII. De la cualidad del sanguino 115
Capítulo VIII. Del colérico, qué disposición tiene para amar y ser amado 118
Capítulo IX. De las condiciones de los flemáticos para amar y ser amados 121
Capítulo X. De cómo los hombres malencónicos son rifadores 127
Cuarta parte 129
Capítulo I. Del común hablar de lo susodicho 129
Capítulo II. Cómo Dios es sobre hados, planetas, y el ánima no es sujeta a ellos 155
Capítulo III. De cómo algunos quieren reprobar lo que Dios hace, con argumentos 175
Libros a la carta 183
Brevísima presentación
La vida
Alfonso Martínez de Toledo (¿1398-1470?) más conocido como Arcipreste de Talavera, vivió en Aragón y fue racionero de la catedral de Toledo, la ciudad donde nació.
Escribió dos hagiografías: una Vida de San Isidoro y una Vida de San Ildefonso, así como la compilación histórica Atalaya de las crónicas y el Corbacho o Reprobación del amor mundano (1438), que se inspira en el Corbaccio de Giovanni Boccaccio. Esta obra, que es la más conocida, consta de cuatro partes. La primera es un tratado contra la lujuria; la segunda, una sátira contra las mujeres de toda condición; las dos últimas partes analizan las complexiones de los hombres y sus diferentes inclinaciones a amar. De esta obra interesan su estilo vivo, coloquial y popular, caracterizado por la constante bimembración o plurimembración, que pinta una imagen sumamente rica y vigorosa del tema que describe, así como sus notas costumbristas; sin embargo, también se utiliza en la parte doctrinal un lenguaje sumamente ampuloso y latinizado por el hipérbaton, los participios de presente y los cultismos. Asimismo, es frecuente el recurso a la similicadencia y la prosa rimada. Es este modelo de lenguaje a la vez popular e hiperculto el que tuvo presente el también manchego Fernando de Rojas para componer su Celestina.
[Prólogo]
Jesús
Libro compuesto por Alfonso Martínez de Toledo Arcipreste de Talavera en edad suya de cuarenta años, acabado a quince de marzo, año del nacimiento del Nuestro Salvador Jesucristo de mil cuatrocientos treinta y ocho años. Sin bautismo sea por nombre llamado Arcipreste de Talavera dondequiera que fuere llevado.
En el nombre de la santa trinidad, padre, hijo y espíritu santo, tres personas y un solo Dios verdadero, hacedor, ordenador y componedor de todas las cosas, sin el cual cosa ni puede ser bien hecha, ni bien dicha, comenzada, mediada ni finalizada, habiendo por medianera, intercesora y abogada a la humilde sin mancilla virgen Santa María. Por ende, yo, Martín Alfonso de Toledo, bachiller en decretos, arcipreste de Talavera, capellán de nuestro señor el rey de Castilla don Juan —que Dios mantenga por luengos tiempos y buenos— aunque indigno propuse de hacer un compendio breve en romance para información algún tanto de aquellos que les pluguiere leerlo, y leído retenerlo, y retenido, por obra ponerlo; especialmente para algunos que no han hollado el mundo ni han bebido de sus amargos brebajes ni han gustado de sus viandas amargas, que para los que saben y han visto, sentido y oído no lo escribo ni digo, que su saber les basta para defenderse de las cosas contrarias. Y va en cuatro principales partes dividido: en la primera hablaré de reprobación de loco amor. Y en la segunda diré de las condiciones algún tanto de las viciosas mujeres. Y en la tercera proseguiré las complexiones de los hombres (cuáles son o qué virtud tienen para amar o ser amados). En la cuarta concluiré reprobando la común manera de hablar de los hados, venturas, fortunas, signos y planetas, reprobada por la santa madre iglesia y por aquellos en que Dios dio sentido, seso y juicio natural, y entendimiento racional. Esto por cuanto algunos quieren decir que si amando pecan que su hado o ventura se lo procuraron.
Por ende, yo, movido a lo susodicho, tomé algunos notables dichos de un doctor de París, por nombre Juan de Ausim, que hubo algún tanto escrito del amor de Dios y de reprobación del amor mundano de las mujeres, y por cuanto nuestro señor Dios todopoderoso, sobre todas las cosas mundanas y transitorias debe ser amado no por miedo de pena, que a los malos perpetua dará, salvo por puro amor y delectación de él, que es tal y tan bueno que es digno y merecedor de ser amado. Él así lo mandó en el primer mandamiento suyo de la ley: «Amarás a tu Dios, tu criador y señor, sobre todas las cosas». Por ende, pues por Él nos es mandado, conviene a Él solo amar y las mundanas cosas y transitorias del todo dejar y olvidar. Y por cuanto verdaderamente a Él amando la su infinita gloria no es duda que la alcanzaremos para siempre jamás; empero, si, su amor olvidado, las vanas cosas luego queremos o amamos, dejado el infinito señor y criador por la finita criatura y sierva, duda no es que el tal haya condenación donde infinitos tormentos para siempre habrá. ¡Ay del triste desaventurado que por querer seguir el apetito de su voluntad, que brevemente pasa, quiere perder aquella gloria perdurable de paraíso, que para siempre durará! Si el triste del hombre o mujer sintiese derechamente qué cosa es perdurable, o para siempre jamás, o por infinita secula seculorum haber en el otro mundo gloria o pena; si sola una hora en el día en esto pensase, dudo si pudiese hacer mal. Mas, por cuanto en los tiempos presentes más nos va el corazón en querer hacer mal y haber esperanza de penas —que con mal las ha hombre— que no hacer bien y esperar gloria y bien, que sin afán, obrando bien, la alcanzará; por tanto sería útil cosa y santa dar causa conveniente de remedio a aquellas cosas que más son causa de nuestro mal. Y como en los tiempos presentes nuestros pecados son multiplicados de cada día más, y el mal vivir se continúa sin enmienda que veamos, so esperanza de piadoso perdón, no temiendo el justo juicio. Y como uno de los usados pecados es el amor desordenado, y especialmente de las mujeres, por do se siguen discordias, omecillos, muertes, escándalos, guerras y perdiciones de bienes y, aun peor, perdición de las personas y, mucho más peor, perdición de las tristes de las ánimas por el abominable carnal pecado con amor junto desordenado. Y en tanto y a tanto decaimiento es ya el mundo venido que el mozo sin edad y el viejo fuera de edad, ya aman las mujeres locamente. Eso mismo la niña infanta, que no es en reputación del mundo por la malicia que suple a su edad, y la vieja que está ya fuera del mundo, digna de ser quemada viva; hoy estos y estas entienden en amor y, lo peor, que lo ponen por obra. En tanto que ya hombre ve que el mundo está de todo mal aparejado: que solía que el hombre de 20 años apenas sabía qué era amor, ni la mujer de 20. Mas ahora no es para decirse lo que hombre ve, que sería vergonzoso de contar. Por ende, bien parece que el fin del mundo ya se demuestra de ser breve. Demás, en este pecado ya no se guardan fueros ni leyes, amistades ni parentescos ni compadrazgos: todo va a fuego y a mal. Pues, matrimonios, ¿cuántos por este pecado se deshacen de hecho hoy día, aunque no de derecho? Por amar el marido a otra deja su propia mujer. Y por ende, viendo tanto mal y daño, propuse de algún tanto de esta materia escribir y hablar, poniendo algunas cosas en prácticas que hoy se usan y practican, según oiréis, tomando, como dije, algunos dichos de aquel doctor de París que en un su breve compendio hubo de reprobación de amor compilado para información de un amigo suyo, hombre mancebo que mucho amaba, viéndole atormentado y aquejado de amor de su señora, en verdadero nombre dicha cruel enemiga, o tormento de su vida. Y comenzó amonestándole y dándole primeramente a entender que amar solo Dios es amor verdadero, y lo ál amar todo es burla y viento y escarnio; demás, mostrándole por cierta experiencia y razones naturales, conocedoras a quien leer y entenderlas quisiere, las cuales por prática puede cada uno ver hoy de cada día: esto es, de las malas mujeres, sus menguas, vicios y tachas qué son, en algún tanto cuáles son, y en parte cuántas son. Aquí cesa el autor, pues no han número ni cuento, ni escribir se podrían, como de cada día el que con las mujeres platicare, verá cosas en ellas incogitadas, nuevas y nunca escritas, vistas ni sabidas. Eso mismo digo de los malos, perversos y malditos hombres, dignos de infernal fuego en el solo inhonesto amar de las mujeres con locura y poco seso, bestialidad más propiamente dicha que amor. Con expresa protestación primeramente que hago, digo que si algo fuere bien dicho en este compendio, y de él alguna buena doctrina alguno tomare, sea a servicio de Aquel a quien somos obligados amar verdaderamente, y otro ninguno no. Empero si algo fuere según sus vicios y malvivir que hoy se usa, de algunos o algunas aquí dicho y escrito, no sea notado a detractación, ni querer afear, maldecir y hablar, ni difamar, salvo de aquellos y aquellas que en los tales vicios y males fueron hallados ejercitar y usar y continuar, los buenos y buenas en sus virtudes loando y aprobando; que si el mal no fuese sentido, el bien no sería conocido. Maldecir del malo, loanza es del bueno; por donde creo que el que su tiempo y días en amar loco despende, su sustancia, persona, fama y renombre aborrece. Y quien de tal falso y caviloso amor abstenerse puede, el mérito le sería grande, si poder tiene en sí; que aquel que no puede por vejez o por impotencia, y de amar se deja, no diga este tal que él se deja, que antes el amor se deja de él, porque mucho más place a Dios de aquel que tiene oportunidad de pecar con poderío, y la deja absteniéndose y no peca, que no de aquel que, aunque pecar en tal guisa quisiese, no podría. Por ende, algunos o algunas a las veces sintiendo en sí poca constancia y firmeza de resistir a tal pecado, dicen: «Señor, quítame el querer, pues me quitaste el poder». Esto por pecar. O por el contrario: «Señor, dame el poder, pues me diste el querer por virtud del cual he pecado». Huid uso continuo y conversación frecuentada de hombre con mujer, y mujer con hombre, huyendo de oír palabras ociosas, deshonestas y feas, de tal acto incitativas a mal obrar, quitada toda ociosidad, conversación de compañía deshonesta, lujuriosa y mal hablante, y humillamiento de los ojos, que no miren cada que quisieren. Son cosas que quitan brevemente mucho mal hacer; y dar poco por vano amor, que el alma mata con el cuerpo, o el cuerpo mata y el ánima perpetuamente condena. Por ende, comienzo a declarar lo primero: cómo solo el amor a Dios verdadero es debido, y a ninguno otro no.
Primera parte
Capítulo I. Cómo el que ama locamente desplace a Dios
Primeramente digo tal razón, a la cual persona ninguna no la puede resistir, que ninguno hacer placer a Dios no puede si en mundano amor se quiere trabajar; por cuanto mucho aborreció nuestro Señor Dios en cada uno de los sus testamentos, viejo y nuevo, y los mandó punir a todos aquellos que fornicio cometían o lujuriaban, fuera de ser por ordenado matrimonio según la ley ayuntados; los cuales eran preservados de mortal pecado y de fornicio si debidamente, y según la dicha orden de matrimonio, usasen del tal acto en acrecentamiento del mundo; y mandó punir a cualquier que por desfrenado apetito voluntario tal cosa cometía. Demándote, pues, ¿si tal cosa será dicha buena la que fuere contra la voluntad de Dios hecha? ¡Oh cuánto dolor de corazón, cuánta amargura para las ánimas, de lo que de cada día oímos, sabemos, leemos y vemos por hechos viles, torpes, horribles de lujuria, que de cada día por guisas diversas se cometen, perder la gloria de paraíso por momentáneo cumplimiento de voluntario apetito, vil, sucio y horrible! ¡Oh malaventurado e infame, y aun más que bestia salvaje y, peor aun, debe ser dicho y reputado aquel que por un poquito de delectación carnal deja los gozos perdurables y perpetualmente se quiere condenar a las penas infernales! Piensa, pues, hermano, y con tu sutil ingenio busca cuánta de honra le debe ser hecha a aquel que, menospreciado su Señor y Rey celestial, y aun menospreciando su mandamiento, por una mujercilla miserable o deseo de ella, quiere darse todo al diablo, enemigo de Dios y de la su ley. Pensar puedes, amigo, que si nuestro Señor Dios quisiera que el pecado de la fornicación pudiese ser hecho sin pecado, no hubiera razón de mandar matrimonio celebrar, como cierto sea y manifiesto que mucho más pueblo se podría acrecentar usándose el tal acto de fornicio que no evitándolo. Pues bien puede y debe ser notada la locura de cada uno que por haber un poco de delectación carnal quiera perder la vida perdurable, la cual Jesucristo nuestro salvador por la su propia sangre quiso comprar y de pérdida recobrar. Por ende, te digo que en confusión de su ánima será y vergüenza de su cara, y más, en gran injuria del omnipotente Dios, del cielo y de la tierra criador, si por querer seguir la mezquina de su voluntad y apetito desordenado quiere alguno contra la voluntad de Dios obrar, venir y vivir perdiendo, como dije, lo que te es por Él prometido sin tú merecerlo, y esto por derramamiento de su propia sangre, la cual demandará a Dios padre justicia de ti. ¡Oh juicio cruel, cuanto poco pensado, menos cogitado! Piense, pues, el que pensar pudiere o quisiere, que a solo Dios amar es amor verdadero, pues amando quiso por ti morir, y ¡tú por galardón quieres a otro más servir!
Capítulo II. Cómo amando mujer ajena ofende a Dios, a sí mismo, y a su prójimo
Muy más, por ende, te demostraré otra razón, que será por orden la segunda, por qué los amadores de mujeres y del mundo deben del amor tal huir, por cuanto por el tal desordenado amor no puede ser que el tu prójimo ofendido no sea, queriendo por falso amor su mujer, hija, hermana, sobrina o prima haber deshonestamente. Y esto haciendo tú, como a ti cierto es que no lo amas —que lo que no querrías para ti no deberías para el tu prójimo querer— donde tres males haces: vienes primeramente contra el mandamiento de Dios; lo segundo, contra tu prójimo cometes omecillo; lo tercero, pierdes y destruyes tu cuerpo y condenas tu ánima; y aun lo cuarto haces perder la cuitada que tu loco amor cree, que pierde el cuerpo, si sentido le es, que la mata su marido por justicia, o súbitamente a deshora o con ponzoñas; o el padre a la hija, o el hermano a la hermana, o el primo a la prima, según de cada día ejemplo muestra. Que si doncella es perdida la virginidad, cuando debe casar, vía buscar locuras para hacer lo que nunca pudo ni puede ser: de corrupta hacer virgen, donde se hacen muchos males; y aun de aquí se siguen a las veces hacer hechizos porque no pueda su marido haber cópula carnal con ella. Y si por ventura la tal doncella del tal loco amador se empreña, vía buscar con qué lance la criatura muerta. ¡Oh cuántos males de estos se siguen, así en doncellas como en viudas, monjas y aun casadas, cuando los maridos son ausentes: las casadas por miedo, y las viudas y monjas por la deshonor, las doncellas por gran dolor, pues que, sabido, pierden casamiento y honor! Pero esta es la verdad: que la mejor y la más peor tanto pierde dándose a loco amor, que el morir le será vida, hora se sepa hora no se sepa. Sé empero cierto, que de no saberse sería imposible. Por ende, lo que contece de esta materia escribir no se podría. Mira, pues, el desordenado amor cuántos y cuáles daños procura y trae, mayormente que es expreso mandamiento y ley divinal de ello. Y más te digo, aunque divinal ley no lo mandase, por provecho y utilidad de el tu prójimo —la cual cada cual debe guardar— te debías refrenar de no querer lo que no querrías que quisiese él para ti, por cuanto sin amor de prójimo poco tiempo podría hombre vivir en este miserable mundo.
Capítulo III. Cómo por amor se siguen muertes, omecillos, y guerras
La tercera manera y razón manda y veda que ninguno no debe usar ni querer de mujeres amor, por cuanto del tal amor cada día por experiencia vemos que unos con otros han desamistades: amigo con amigo, hermano con hermano, padre con hijo; por ende, vemos levantarse enemistades capitales, y demás muchas muertes y otros infinitos males que del tal amor se siguen. Lee los pasados y considera los que hoy viven y pues considera bien que no es hoy hombre vivo por muy mucho que tu especial amigo sea, que te ame de cordial dilección, y más, aunque tu pariente propincuo sea —y de esta regla no fallecerá aunque tu primo, sobrino, hermano, y aun más te digo, aunque tu padre sea— que si siente que tú te enamores y bienquerencia demuestres, o amor tomares con la cosa suya, o que él ama y bien quiere, que luego en ese punto en su corazón no se engendre una mortal malquerencia, odio y rencor contra ti, y de allí te piensa ya malquerer y hacer obras malas, y dañarte en lo que pudiere públicamente o escondidamente, según el estado de la persona lo requiere, que atal comete hombre en público al igual suyo que al mayor que sí no se atreve sino escondidamente. Donde se levantan muchas traiciones, y tratos, muertes y lesiones, y cosas que explicar sería muy prolijo. Pues malaventurado sea el hombre que por una breve delectación de la carne y por un desordenado amor de mujer inconstante quiere deshonrar su amigo y de él hacer enemigo perpetuamente mientra viviere, y perderlo para siempre. Por ende, de este tal, así como de bruto animal o contrario a la humana naturaleza, deben todas personas, donde juicio hay, huir y apartarse como de bestia venenosa y de perro rabioso, que mordiendo ponzoña todos los que muerde y comunican con él. Y ¿qué cosa es al hombre más útil y provechosa y aun necesaria como haber fieles amigos en que se fíe? Que según un dicho de Cícero romano: «agua, fuego ni dinero no es al hombre tan necesario como amigo fiel, leal y verdadero»; el cual, si uno entre mil hallado fuere, sobre todo tesoro es de guardar, al cual conveniente comparación no es, ni hallada ser puede. Empero muy muchos son amigos llamados que los hechos y el nombre en ellos es sobrepuesto y careciente de verdad, por cuanto su amistad en el tiempo de la necesidad no parece, antes perece y no es hallada. El que es amigo verdadero en el tiempo de la necesidad se prueba y hállase más fiel y amigable a su amigo, según dice el antiguo proverbio: «Mientra que rico fueres, ¡oh cuántos puedes contar de amigos!; empero si los tiempos se mudan y anublan, ¡ay, que tan solo te hallarás!». Lo que puede y vale el buen amigo, Tulio, en el libro suyo De la amicicia, te lo demuestra; por ende en la amistad puedes conocer a tu amigo cual y quien sea. Por cierto bien debe carecer de nombre de amigo, y en estima muy poca ser tenido, el que por cumplir un poco de vano apetito pierde a Dios y a su amigo; tal no debería entre los hombres parecer ni ser nacido. Y como los otros pecados de su naturaleza maten el alma, este, empero, mata el cuerpo y condena el ánima; por do el su cuerpo lujuriando padece en todos sus naturales cinco sentidos: primeramente hace la vista perder, y menguar el olor de las narices natural, que el hombre apenas huele como solía; el gusto de la boca pierde y aun el comer del todo; casi el oír fallece que parécele como que oye abejones en el oreja; las manos y todo el cuerpo pierden todo su ejercicio que tenían y comienzan de temblar. Pues las potencias del ánima tres todas son turbadas, que apenas tiene entendimiento, memoria ni reminiscencia, antes, lo que hace hoy no se acuerda mañana; pierde el seso y juicio natural. De las siete virtudes no puede usar: fe, esperanza, caridad, prudencia, templanza, fortaleza, justicia, así que es hecho como bestia irracional; y lo peor que el acto vil lujurioso hace al cuitado del hombre adormir en los pecados, así en aquel como en los otros por concomitancia, y en ellos por gran tiempo envejecer. Por do muchos son hallados dañados que mueren súbitamente cuando no piensan, o más seguros están, diciendo: «Hoy, mañana me enmendare, de tal vicio me quitare». Así que de cras en cras vase el triste a Satanás, y, lo peor, que el decir es por demás. Por tanto, no a sinrazón da voces la divina autoridad diciendo: «No es crimen hallado más grave que la fornicación, digna de traer al hombre a perdición».
Capítulo IV. De cómo el que ama es en su amar de todo temeroso
Hay más otra razón que debería a los entendidos dar causa de no locamente amar, porque aquel que ama, él mismo se ata y se mata, y se hace de señor siervo, en tanto que todos cuantos ve se piensa que le usurpan su amor, y con muy poca superstición todo el su corazón se perturba y se le revuelve de dentro; toda habla, todo andar y conversación de otro teme. Porque amor así es en sí tanto delicado que es todo lleno de miedo y de temor, pensando que aquel o aquella que ama no se altere o mude de su amor contra otro, en tanto que el cuitado pierde comer y beber y dormir, y todos placeres y gasajados, y no es su pensamiento otro sino que vive engañado con aquella que él más ama por amar y no ser amado. Y si con ella alguno ve hablar, luego, aunque sea su hermano, presume que se la sonsaca o se la desvía o engaña o la quiere para sí. Y luego es la ira en el corazón presta, y lidia consigo mismo, mayormente cuando hay algunas así placeras que a todos vientos sus ojos vuelven y a todos les place hacer buen semblante, por ser de muchos quista, amada y preciada, dando de sí hazaña como la viña de Dios: que quien no quiere no vendimia, a quien no place no entra en ella. Y el cuitado vive, y viviendo muere, y muriendo vive cada día. Y piensa que otra riqueza al mundo no tiene, ni precia ni estima tiene de nada, sino la que ama; que ciertamente si el que ama padeciese mal en bienes y personas, solo en gozo de su amor dice ser bienaventurado, y nunca piensa que cosa alguna le puede empecer. Y si en su amor no se halla firme o constante, todas las cosas le parece que le vienen contrarias, y buen hecho, ni buena cara ninguno del alcanzar puede como hombre alterado o en otra especie trasmudado. ¿Quién es tan loco y fuera de seso que quiere su poderío dar a otro y su libertad someter a quien no debe, y querer ser siervo de una mujer que alcanza muy corto juicio, y demás atarse de pies y de manos, en manera que no es de sí mismo, contra el dicho del sabio, que dice: «Quien pudiere ser suyo, no sea enajenado, que libertad y franqueza no es por oro comprado»? Y un ejemplo antiguo es, el cual puso el Arcipreste de Hita en su tratado. Bien debe el tal ser en escarnio retraído del pueblo, como aquel que se vendió a quien sabe cierto que es su enemigo y le ha de matar o finalmente burlar. Como en amor de mujeres hallar firmeza no sea seguro ninguno por galán más que él sea, pues comedir y pensar en ello le es por demás, y el porfiar es pasatiempo.
Capítulo V. Cómo el que ama aborrece padre y madre, parientes, amigos
Otra razón te digo: yo quiero que el amor tuyo se extienda en amar otra mujer que no sea de tu amigo, antes sea no conocida, y demás te digo, que aun extraña sea. Digo que el amigo no puede conocer otro que sea su amigo hasta que él vea que el amor de su amigo tanto le tiene enseñoreado, que por cosa del mundo no le faltaría su amigo; y por todo esto alcanzar conviene el hombre mucho guardar. Empero también se sigue daño de cualquier otra amar que no sea de su conociente o amigo; que el que la mujer ama, sea quien quiera, nunca se estudia sino en qué la podrá servir y complacer, y, dejado amor de padre y madre, parientes y amigos, que de tal amor le repten, toma a todos por enemigos solo por complacer la su coamante. Pero la seguridad que de ella tiene es que, cuando otro vea que bien le parezca, deje a él en el aire. Y no pienses en este paso hallarás tu más firmeza que los sabios antiguos hallaron expertos en tal ciencia, o locura mejor dicha. Lee bien cómo fue Adán, Sansón, David, Goliat, Salomón, Virgilio, Aristóteles y otros dignos de memoria en saber y natural juicio, e infinitos otros mancebos pasados de esta presenta vida y aun hoy vivientes. Por ende esperar firmeza en amor de mujer es querer agotar río caudal con cesta o espuerta o con muy ralo harnero. Pues si el que por ejemplo de otros de sí mayores y más sabios no toma castigo, ni por verdadera experiencia que ve no castiga, ¡cuánto es digno de ser de los hombres y amigos suyos aborrecido y del todo baldonado, diciéndole: «Bestia desenfrenada, sueltas son las riendas, corre por do quisieres hasta que caigas donde no te levantes, que los briosos y fervientes amadores siempre corren a suelta rienda, y por ende, de ligero caen en tierra»!
Capítulo VI. Cómo por amar vienen a menos ser preciados los amadores
Otra razón te quiero más aun asignar, la cual mucho contraria y enemiga es de amor, por cuanto vemos que de amor procede mucha mengua, donde muchos por loco amor vinieron y vienen a gran pobreza, que, dando francamente y mala diligencia poniendo en sus hechos y haciendas, muchos fueron y hoy son abatidos y venidos a menos de su estado. Y muchas veces vemos los amadores sus bienes disipar por querer hacer larguezas, por demostrar a las coamantes mucha franqueza; pero en su casa u otro lugar, ¡Dios sabe cómo apretan la mano! Dan adonde no deben y no dan adonde conviene: por tanto es dicho pródigo y no largo ni franco. Esto procede de amor. Y aun contece que por dar hombre a la mujer lo que no tiene, por haberlo y alcanzar de Dios y de sus santos, de buena o mala ganancia, conviene hacer cosas no debidas y ponerse a peligros tales que el amor loco sería bueno si cesase. ¿Quién puede pensar si un rico hombre su sustancia en tal amor consumase y de que su amiga pobre le sintiese, no dándole como solía, y lo baldonase, como vemos algunos de cada día? ¿Qué te parece? ¡Qué dolor, qué tribulación debe sentir quien tal ve, cómo todo el mundo se le debe tornar oscuro, y lo verde blanco, y lo bermejo negro, y lo cárdeno amarillo! Y creo que este tal no dudará de cometer toda maldad como desesperado por ver si recobrar al menos pudiese el haber suyo mal despendido, no haciendo entonces mención de su coamante, que ya más le dolerá lo perdido de su hacienda que no de la loca lozana. ¡Ay Dios! Sí hay casados que dan mala vida a sus mujeres y casa, y consuman su sustancia con otras amantes, y de que no tienen que darles, las baldonan y tórnanse a su casa y propia mujer, tremiendo y aun renegando, con sus orejas colgadas; y allí es el dolor, perdido amor y bienes, vía llorar y dar ruido en casa, y a las veces como desesperados irse a tierras extrañas, y dejar hijos y mujer con pobreza; y allí conviene ser perdida la mujer, y ser mala por mantenerse a sí y a sus hijos. Y si el marido presente estuviere, que no se va ni la deja, conviene ver y callar y soportar, o que haga ojo de pez y se aparte y dé lugar. Y esto causa el amor loco y desordenado, y no hay en el mundo enamorado que eso mismo no desee tener y mucho alcanzar de buen justo o malo, por donde su amor pueda mantener y a la loca complacer y contentar; y no solamente a ella, mas a ella y a la encubridera, y a la mensajera, y al alcahueta, y a la que les da casa donde hagan tal locura y pecado, y a la moza de la moza de su cocinera; y en otras muchas y diversas partes le conviene dar sin medida, según el lugar es, y la conversación y manera y personas. Estime el que amare que no solamente a su coamante de dar tiene, mas a otras ciento ha de contentar; y aun a los vecinos conviene dar y por ellos trabajar, y eso mismo a las vecinas, porque si ven que no vean, y si oyen que cierren sus orejas. ¡Oh cuántas tribulaciones están al triste que ama aparejadas, sin los peligros infinitos a que le conviene de noche y de día ponerse, que escribirlos sería imposible, como sean muchos y diversos! Y a la fin, ¿por qué?, si considerado fuere por tan poca cosa; y aun porque ¿quién da o dará poco por él? —cuando no pensare— pues, ¿en qué reputación debe ser tenido del pueblo el que a los susodichos peligros y daños y males ponerse quiere por tal amor, poco durable y variable, no queriendo ejemplo tomar de otros perdidos por semejante, y mas entendidos, mayores y para más que él?
Capítulo VII. De cómo muchos enloquecen por amores
Otra razón es muy fuerte contra el amor y amantes, que amor su naturaleza es penar el cuerpo en la vida y procurar tormento al ánima después de la muerte. ¿Cuántos, di, amigo, viste u oíste decir que en este mundo amaron, que su vida fue dolor y enojo, pensamientos, suspiros y congojas, no dormir, mucho velar, no comer, mucho pensar? Y, lo peor, mueren muchos de tal mal y otros son privados de su buen entendimiento; y si muere va su ánima donde penas crueles le son aparejadas por siempre jamás, no que son las tales penas y tormentos por dos, tres o veinte años. Pues ¿que le aprovechó al triste su amar o a la triste si su amor cumpliere, y aun el universo mundo por suyo ganare, que la su pobre de ánima por ello después en la otra vida perdurable detrimento o tormento padezca? Por ende, amigo, te digo que maldito sea el que a otra ama más que a sí, y por breve delectación quiere haber dañación, como suso en muchos lugares dicho es; y más, que fue sabedor de esto que dicho es, y avisado, y quiso su propia voluntad seguir diciendo: «Mata, que el Rey perdona».
Capítulo VIII. De cómo honestad y continencia son nobles virtudes en las criaturas
Otra razón se demuestra por donde amor debe ser evitado, por cuanto honestidad y continencia no es duda ser muy grandes y escogidas virtudes, y por contrario, lujuria y delectación de carne son dos contrarios vicios muy feos y abominables. Uno de los bienes que en este mundo el hombre debe haber sí es buena fama y renombre, y ser entre los virtuosos notado y no puesto con los viciosos en fama denigrados. Y fama buena ni corona de virtudes no puede el hombre o la mujer haber si de estas virtudes no es acompañado: continencia y honestidad, las cuales son mucho placenteras a Dios. Y sepas que en uno no pueden virtudes estar y vicios, por su contrariedad; que el bueno no es malo, ni el malo no es bueno, bien que lo malo puede tornar bueno y lo bueno tornar malo, y en aquel instante sucediendo sí.
Porque te digo más: que aun así en el viejo como en el mozo, así en el clérigo como en el lego, así en el caballero como en el escudero, en el hombre de pie como en el rapaz, así en el hombre como en la mujer, honestidad es hermana de vergüenza, castidad madre de continencia. Y, si en ellos son, mucho son de alabar y sus contrarios de denostar. Y no creo que hombre o hembra, por de tan alto linaje que sea, que no le sea feo deshonesto amar y vivir, y vituperioso de contar entre honestos y discretos varones, contándolo a gran defecto al hombre o hembra; salva honestidad de matrimonio, do todo honesto amor cabe. Pues di, amigo: ¿qué es la razón porque quieres tan locamente amar, pues así es que, así cerca Dios como acerca de los hombres es habido por réprobo y blasfemo el tal amor? No es otra cosa sino que, menospreciando a Dios, y la vergüenza al mundo perdida, pierdes del todo tu fama y te tengan en posesión de hombre bestial. Y aun la mujer, por de gran estado que sea, sintiendo que en loco amor entiende, es de las otras en poca reputación habida. Y más te digo: que la más sutil mujer de estado, que del rey amada sea, nunca su ser ni fama será en el estado como de primero hacer solía. Guarda cuánto las mujeres deben ser denegadoras de su amor a cualquier; pues que de un rey amada y habida, así es dicha mala como si de un vil zurrador conocida fuere. Esto sea contra las que se tienen por bienaventuradas cuando amigo generoso o de estado alcanzan. ¡Oh locas desvariadas! que de aquellos son más aína menospreciadas y burladas, aunque del todo —así en grande hombre como sutil— amar sea burla, locura, y desvarío y perdición de tiempo. Y si los hombres, por ser varones, el vil acto lujurioso en ellos algún tanto es tolerado, y aunque lo cometan, empero no es así en las mujeres, que en la hora y punto que tal crimen cometan, por todos y todas en estima de hembra mala es tenida y por tal habida y en toda su vida reputada; que remedio de bien usar nunca jamás le ayuda como al hombre, que por mal que de este pecado use, castigado de él y corregido, le es tenido a loor el emienda y no le es notado en el grado de la mujer, que es perpetuo, y el del hombre a tiempos. Piensa, pues, en el tal amor, hombre y mujer, y toma lo que a ti conviene de este ejemplo.
Capítulo IX. De cómo por amar muchos se perjuran y son criminosos
Otra razón hay por donde el amor es razonablemente reprobado a aquellos que en el amor derechamente paran mientes: no hay al mundo mal y crimen que de él no se siga o puede ser, por cuanto, como suso dije, de él provienen muertes, adulterios y perjuros, los cuales el amante hace muchas veces mintiendo por complacer y engañar a su coamante, los cuales no son dichos juramentos, mas verdaderamente perjurios. Pues hartos, para mientes si se cometen en muchas guisas, hurtando el uno por dar al otro: y así el servidor a su señor, como el hijo al padre y el marido hurta escondido de su mujer para dar a la que ama; y más, malas noches, malos días, malos yantares y peores cenas. Y si la mujer lo siente y se lo retrae, aquí son los duelos que ella padece entonces en bienes y persona. Y da el marido a la amante lo de la mujer, y a la mujer palos y coces y puñadas y continua mala vida, hasta apartar cama y aun a la fin departirse el uno del otro, como algún tanto de esto suso dije. Ve bien que hace amar. Pues hacer falso testimonio no dudes que de amor muchas veces procede; no hay al mundo manera de mentir que si viene a caso de necesidad que los amantes no hallen y de ella no usen sin vergüenza. La ira, pues, si del amor proviene, harto es notorio a los hombres y aun manifiesto, cuando el uno no hace la voluntad del otro en todo o en parte o su apetito no aplaude. Suma: que todos males de amor deshonesto provienen. Dígote más: que no hay hombre, si bien parares mientes a los de su linaje, por más que sean dedicados al servicio de Dios, que las riendas de amor pueda en sí retener y refrenar. Y esto por experiencia lo podemos de cada día ver: pues hacer dioses extraños e idolatrar, bien es causa el amor; que Salomón no se pudo de ello abstener, que por su coamante no idolatrase. Mira en hombre tan sabio, y pues ¿qué será, mezquino de ti, si este, que Dios lo hizo el más sabio de los sabios, pecó en tal pecado por amar? Pues, ¿quién nos defenderá a nosotros, dignos de no ser en su esguarde ni respeto hombres llamados? Y como te dije de Salomón, así de otros muy sabios y valientes varones: pues, amigo, cuando vieres que el florido y verde árbol del todo se seca, señal es que para el fuego se apareja, y para otra cosa no debe ser ya bueno, ni para otro fruto de sí dar ni llevar. Por ende, huye amor de quien tales males proceden, y ama a Dios, de quien todos bienes vienen.
Capítulo X. De cómo cuanto mayor ardor es en la lujuria tanto mayor es el arrepentimiento ella cumplida
Otra razón induce al hombre a no amar, si en ella mientes parare, conviene a saber que con amor loco cualquiera, si el pecado tal de fornicio continúa, mientra más irá más se arrepentirá. Y ¿no es harto ejemplo notorio y palpable al que quisiere considerar en este vil y sucio pecado, que cuanto es el ardor y el fuego al su comienzo de cometerlo y poner por obra, tanto y mucho es más el arrepentimiento súbito, él acabado, que el viene al que le ha cometido? En tanto que no es hombre en el mundo que, hecho, luego no le pese y se arrepienta, y cometido no le duela. Y más te diré: que ha enojo de su fealdad, suciedad, y casi como en asco aborrece su torpedad por ser deshonesto, vil y sucio. Y no duda de caer luego y otra vez y más veces en él por su poca firmeza de entendimiento, mengua de juicio y natural seso o mal comportamiento de voluntad; querer al apetito consentir haciendo de sí siervo pudiendo señor ser, como ya suso dije. Por lo cual te digo que tal es este pecado de la carnalidad, que aun los que por matrimonio son ayuntados por mandamiento de Dios, tanto ya en él exceden que apena, venialmente pecando, de él pueden escapar; que muchos y muy muchos casados en él pecan mortalmente no guardando días, tiempo, sazón, ni horas debidas, ni aun guardando las circunstancias y orden del matrimonio; antes el marido a la mujer suya, y la mujer a su marido, así desordenadamente ama que quebranta la ley y ordenamiento del matrimonio, donde debe haber pura intención y guardamiento de hijos, fe y sacramento. Pero, dejando esto, todos locamente se aman en deleite y uso de la carne. Por tanto, se acusaba David: «Señor, en iniquidades soy concebido y en pecados me concibió mi madre». Pues, amigo, si en el matrimonio por Dios ordenado no te puedes apartar del pecado, ¡cuanto más debe ser pecado fuera de matrimonio, no hay sino contra comisión de Dios y su mandamiento! Pues tú, que amas, ama en manera que seas de Dios amado.
Capítulo XI. De cómo el eclesiástico y aun el lego se pierden por amar
Otra razón te digo por do el amor inhonesto por ti debe ser repelido, por cuanto nunca vi, ni viste, ni ver esperas eclesiástico, que de amor deshonesto fuese vencido, que alcanzase beneficios ni honras en la Iglesia de Dios; antes de los habidos, sobreviniente el amor desordenado, perdieron, pierden y perderán con gran difamación queriendo amar a quien nunca los amó ni ama; que no es mujer, de cualquier condición que sea, que ame al eclesiástico, salvo por haber de él y por la desordenada codicia que la mujer tiene por alcanzar, haber y andar locamente arreada con mucha vanagloria. Y por esta razón muestran amarlos, que no los aman. Ejemplo de esto: no es mujer al mundo que no quiera a los eclesiásticos peor que a enemigos, que nunca hacen sino denostarlos, maltratarlos y decir mal de ellos, así las que han de ellos como las que no han. Y de esta regla no saco a los seglares aunque hijo sea del propio clérigo; pero nunca los dejan de inquietar, demandando dado, o emprestado pidiendo. Y más te digo: ¿qué sacrificio entiende hacer a Dios el que por cautela o engaño, o por otra vía alguna, saca alguna cosa, mucha o poca, de eclesiástico? Pues de caballeros, burgueses, ciudadanos, regidores, justicias y de otros mayores y menores estados, según más o menos, si hay enamorados que pierden honras y oficios, y deniegan por ello la justicia por ser locos en amar, que en el pueblo no son reputados por hombres, por experiencia lo verás. Y ¿a cuál darán regimiento que rija a otros si a sí regir no sabe? Y ¿cuál será por el pueblo preciado que él mismo no se precie? Y ¿quién honrará al que a sí mismo deshonra? ¿Quién dará favor al que a sí mismo desfavorece? ¿Quién ayudará al que se quiere perder? Eso mismo de las mujeres digo, de cualquier condición que sean. Por ende, el que amare vea quién ama o qué provecho viene de locamente amar, y no caerá, si bien lo considerare primero.
Capítulo XII. Cómo el que ama no es solícito sino en amar
Otra razón que lanza al amor y lo desfavorece es, a saber, que no hay hombre enamorado que sea diligente en cosa que sea, salvo en todas las cosas que a su amor pertenecen; que de otros negocios suyos ni ajenos tanto le da que se pierdan como que se cobren. Más te digo: que cosa no le place oír ni su oreja inclina, salvo cuando de su amante le hablan; allí pone toda su hacienda y su hemencia, su corazón y voluntad, y oír otras cosas le es muerte y enojo insoportable; y si de su amor le hablan días ni noches, no se enojaría aunque la noche toda no durmiese. Y si un su amigo le ha menester o habla con él una hora, nunca palabra entenderá, que no para mientes a lo que habla por el pensamiento alterado que tiene pensando en la que ama. Y eso mismo en la mujer se halla. Pues verás amor cómo altera los corazones, muda las voluntades, nunca huelga ni reposa por su fuego continuo que de sí da a aquel que ama y quiere amar.
Capítulo XIII. De los malos pensamientos que vienen al que ama
