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En Cortar las muñecas, nuevo libro de la poeta cubana Reina María Rodríguez, somos testigos del paso del tiempo así como de la memoria que nos hace vivir aquello que va quedando escondido en nuestro cuerpo y en su inevitable transformación. Reina María Rodríguez reflexiona y relaciona el espacio físico, visible, con los objetos y las imágenes que la han acompañado. Los poemas que componen este libro son un viaje continuo desde la profundidad de la conciencia, la sensorialidad y el espacio físico que muestra los rastros de este viaje.
Acompañado por las fotografías de Michael Bryan, el trabajo que compone este libro plantea de una idea de algún modo platónica, en la cual la escritura y su esfuerzo por fijar los recuerdos que parten de lo corporal y se posan en objetos, crean imágenes que llegan a ser “una crema borradora de la memoria.”
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Veröffentlichungsjahr: 2022
Cortar las muñecas
Cortar las muñecas
REINA MARÍA RODRÍGUEZ
Este es un libro de ICE Press
Publicado por el Institute for Creative Exchange, Americas.
1a. edición ICE Press: 2022
© Rosa María Rodríguez, 2022
© De esta edición:
ICE Press
400 Walmer Road, Suite 1804
Toronto, ON, M5P 2X7
Canada
ISBN: 978-1-7777447-7-9
Diseño de la colección: arre
Foto de cubierta e interiores: Michael Bryan
Impreso en México.
ICE POESÍA
EX LIBRIS
Vidrieras
De esa desventura de faltarnos algo
No podría pedir más
Membrana
Un paseo para atravesar el verano
Tras el pino
Y, algo espero…
Derroche
Quitapenas
Para un rato después
Polvo de cadmio
Volantes
Entré a un campo de relámpagos
Dormir con un pingüino que se llama George
Como un Chagall
Maternidad
La niña del portarretrato de plata
“El éxito”
Rastros
Aprendizaje
Aldabó
Oscura como una nuez
El ángel Minoz (fragmento)
Tiempo a destiempo
Sobre el frío linóleo
El hombre anfibio
—Mami cómprame uno—
Pedigüeña
Hologramas
¿Qué viene después de perder las muñecas?
Mecheros de algodón
El problema es con la muerte, no contigo
Cangrejos
Como roto
“Las niñas que juegan a la rayuela” —Alain Fleisher (1991)—.
“Así que fuimos al circo”
“Frenar una frescura azul…”
para Elis, Erika,y Pepe Calixto.
“Un día, mi madre…me trajo de regalo una encantadora muñeca.Ella era grande, y tenía cordelitos amarillos en vez de pelo.
Yo la acosté a dormir en una caja, pero primero le corté las piernas y los brazos para que cupiera en la caja.
Más tarde, le corté también la cabeza, así que no fuera tan pesada. Ahora yo la quiero mucho.”
“Margarita Karapanou y el lobo”
“Nadie quiere jugar conmigo”, película de Werner Herzog (1976).
“Lo peor es que todo el mundo parece contento,creyendo poder rehacer su nueva belleza.”George Didi—Huberman
“Una muñeca de porcelana forrada de seda para pinchar alfileres…”
Clarice Lispector
Tuve aquellas muñecas de “El encanto”
que un día volaron hechas trizas.
Las vi caer sobre un callejón sin salida,
descuartizadas.
Tuve la razón, la conformidad de una ciudad
con sus vestidos caros y baratos,
y sus muñecas frígidas.
“Soy frígida” —dijo su voz a mi oído—
y fingió entonces,
sentir.
Porque paseábamos
sin otra voluntad que fingir
dedicación absoluta a un atavismo,
cuando todas las avenidas se cruzaban
bajo el mar sin refutarlo
y uno sentía,
los sentidos de los otros (pudrirse)
con la pisada todavía caliente encima
del tapiz metálico de las alcantarillas:
contra esa prosperidad tan esperada,
un desliz.
La casualidad puso ante mí,
esas muñecas caras
“con su despreocupada alegría de vivir”,
engañándome.
Y, si alguna vez cosí un botón de nácar
con un cabello arrancado
con los dientes
(alguna vez lo cosí, no lo niego),
lo puse con mi boca sobre tu camisa,
lo humedecí un poco:
“brujería” —dijiste.
¿De qué sirvió poseerte,
y fingir?
Como los cuellos de esas muñecas caras
estalló por debajo
el desdén,
la imposibilidad.
Cuellos quebrados por el enclavamiento de la trama,
retorcidos unos contra otros,
sufriendo lo que no llegó a ser.
Hacia el final del paseo,
la curva en serpentina (rota) del tiempo,
y la vidriera sustituida por cartón.
“—Nada sustituye hacia el fondo del día,
una imagen malograda de las cosas” – me dices—.
Fueron aquellas muñecas decapitadas
con sus trajes de matelassé
y sus deseos cortados de cuajo,
el fin de la infancia.
“Cuando era niña, en las afueras de Aleijash tuve una muñeca solo con un brazo y un ojo. No estoy segura si la muñeca era mía o si llegó con la poesía cuando mamá murió. No quedó nadie para preguntarle.”
D. Weisman
“Pon la cadera más alta —me decía—,
y párate derecha”.
Chata por detrás o bajita,
demasiado gorda,
o demasiado delgada.
Los rellenos que me ponía en la playa
bajo la trusa negra hecha por ella,
se inflaban cuando entraba el agua,
y crecían.
Algo me faltaba siempre
sin imaginarme lo que vendría:
las alitas de cucaracha del pelo,
o el sobrepeso de la cintura
que traen los partos.
Nunca pude ser perfecta:
ni dormir con la luz encendida
ni tener ropas vaporosas
