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¿Qué pasaría si usáramos a la bici como un prisma por donde se refracten nuestros rayos de realidad? ¿Si a este noble y simple artilugio le comenzáramos a dar otra profundidad, otra dimensión? ¿Cómo se nombra a una cosa que puede comenzar siendo un simple juguete para luego transformarse en un medio de transporte metabólico y sensorial, en un instrumento armonizador e inclusive en una máquina del tiempo? ¿Cómo podemos comprender todos estos estadios o propiedades de la bici proyectada como prisma? ¿Será generando una cosmobición en donde todo se mueva a la velocidad de la bici, unos 15 km/h aproximadamente, la misma velocidad a la que vuela una mariposa o camina una lagartija? Comprender es emprender un gran viaje, procurando estar liviano de equipaje para incorporar nuevas experiencias que comenzarán a moldear la cosmobición de la cicloviajera, hasta darle cuerpo y peso en el espacio-tiempo. Cuando uno utiliza la bicicleta logra aquietar el ritmo frenético que la sociedad moderna nos propone a diario, con el sentido de inmediatez a través del uso de las redes sociales y el famoso a un clic de distancia. Así es que al montar una bici reducimos la velocidad de desplazamiento drásticamente pero también la del flujo de pensamientos, y reconectamos con nuestra respiración, que junto a la regularidad en el ejercicio y un ritmo propio, nos llevará al Gran Silencio. Las sensaciones de este libro nunca terminan, se renuevan en cada pedaleada.
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Seitenzahl: 145
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Alfaro, Ignacio Miguel
Cosmobicion : vivir en dos ruedas y a su velocidad / Ignacio Miguel Alfaro. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
128 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-016-0
1. Biografías. 2. Relatos Personales. I. Título.
CDD 808.883
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Alfaro, Ignacio Miguel
© 2024. Tinta Libre Ediciones
Cosmobición
Prólogo
Por Mariano Lorefice
Me inicié como viajero cuando tenía 6 años, no tenía bici y corría detrás de un amiguito que, con su Legnano, daba vueltas a la manzana. Me inicié deseando, con mucha pasión, tener algún día una bici, soñando con cruzar la calle y visitar otros barrios.
Con mucho esfuerzo, el sueño se fue haciendo realidad y, en el año 1986, con 17 años, salí de mi casa en La Plata para intentar llegar en bici hasta Junín de los Andes: ciudad ubicada en la Patagonia, también de ensueño y muy remota.
Mi primera bici, mi primer Rocinante, era un rejunte de piezas de bici que fui sumando de a poco, con mis ahorros. Tenía 10 velocidades, sin amortiguación y sin descarrilador delantero que, por una cuestión de economía, no había comprado. Mi técnica era cambiar del plato grande al chico corriendo la cadena con el talón y subirla del plato chico al grande con los dedos índice y pulgar.
Por varios años, usé esta técnica y pedaleé con bicis muy primitivas, pero con el mejor motor que puede tener un ciclista: la voluntad; y con la alimentación sana como combustible, siempre y cuando encontrara comida, ¡porque a veces era muy difícil! Ni siquiera tenía el dinero para comprar todo lo que quería comer. Estoy muy agradecido con la gente que me ayudó y supo ser hospitalaria conmigo. También me alegro de haber encontrado personas con riqueza espiritual, capaz de trasmitir inmensurable energía positiva y vitalidad.
Mi viaje, en un momento, fue una búsqueda interior que realicé —en bicicleta o corriendo triatlones de ultradistancia— para alcanzar un “estado superior” o algo parecido que probablemente algunas personas que están involucradas con filosofías orientales y la búsqueda espiritual puedan comprender mejor.
Entiendo que cada viajero tiene su forma de viajar: están quienes quieren ir lo más lento posible, también están quienes quieren ir lo más rápido posible, al límite de sus fuerzas y la fatiga. Creo que lo importante es viajar, sin importar el estilo que uno tenga. Descubrir cosas y trascender el espacio-tiempo con situaciones y vivencias que le darán sentido a nuestras vidas o nos permitirán disfrutar de cosas incomprensibles que serán suficientes como para, al final del viaje, poder decir: “he vivido, he viajado”. ¡Lo que es mucho más que todo!
Me gusta mucho viajar y me resulta muy interesante llegar a esos lugares en los que todo parece estar debajo de nuestros pies, esos lugares en los que me puedo girar 360º y contemplar un panorama espectacular. Me gusta imaginar, relajarme y dejar que el viento me lleve, como si fuera una nube muy ligera constituida por vapor que se disuelve y retorna a la tierra como lluvia.
En los viajes en bici, siempre se viaja con la imaginación, mucho más que miles y millones de kilómetros y, si pudiera elegir una forma de viaje, que no sea la de un ciclista, me encantaría ser una minúscula molécula de agua capaz de viajar en las olas de un mar, en las nubes de un temporal, o correr por las venas de cualquier ser vivo de este planeta.
En el año 1992, fui en bici hasta el norte de México realizando una campaña ecológica y difundiendo la bici como un transporte ecológico con el cual se puede disfrutar de la vida y cuidar nuestra salud y la del planeta. Al llegar a Monterrey, corrí el primer Decaironman que se hizo en la historia. Estuve entre las diez personas que completaron esa prueba extrema por primera vez y me di el gusto de nadar 38 kilómetros, pedalear 1800 kilómetros y correr 422 kilómetros. Pero ahora, alejado de toda competencia, me gusta “tirarme” al mar y nadar libre, sin condicionamientos competitivos, disfrutando de ser parte de la gran inmensidad marina, apreciando la vida y disfrutando ver a los pececitos, sin tener miedo ni sentir fatiga. Cada vez que salgo del agua, me reencuentro con mis clientes que, en la mayoría de los casos, tienen otra realidad de viaje, diferente a la mía, y a quienes les tengo que cumplir y dar un servicio. Hay tantos modos de viajar como viajeros hay en viaje y muchos de estos viajeros se reagrupan para viajar más cómodos y disfrutar de unas vacaciones, que alguien como yo les preparó. Es gente que quizás no podría viajar sola o no tiene el tiempo para organizar su viaje o que quiere hacerlo en grupo conociendo colegas ciclistas y haciendo amigos. ¡Viva la diferencia y viva la bici!
Al comienzo, organizaba para mis clientes viajes casi extremos, en campamentos, en la alta montaña y con comida vegetariana, pero me di cuenta de que de eso no hubiera podido vivir. Los ciclistas “extremos” viajan por su cuenta y los cicloturistas, que quieren viajar más cómodos y tranquilos, a veces me contratan. Por fortuna, hay gente que lo hace y estoy contento porque muchos regresan a realizar nuevos viajes o simplemente me agradecen, porque la pasaron bien. En los viajes que realizo, también viene gente especial de la que todos disfrutamos de su presencia y también aprendo cosas.
