Cosmonauta - Daniel Espartaco Sánchez - E-Book

Cosmonauta E-Book

Daniel Espartaco Sánchez

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Beschreibung

"Cosmonauta", ganador del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2009. Con estos seis relatos, Daniel Espartaco Sánchez nos presenta un ambiente en el que la promesa del comunismo es una fábula contada por los padres a los hijos. Una fantasía utópica que no termina de disiparse a pesar de la debacle de la Unión Soviética y se convierte en un vínculo familiar, de pertenencia, pero también en una mitología lejana y melancólica, como salida de un país de Europa del Este y cuyo escenario, sin embargo, es casi siempre México. "Cosmonauta" está construido con eficacia, ahorro, creatividad y atrevimiento, como si se tratara de un magnífico edificio soviético o de una pieza de la Estación Espacial Mir, en el que el lector asistirá al trabajo paciente del narrador y al dominio del espacio narrativo, donde hay un personaje decidido en cada texto y un relato en cada recuerdo.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Diseño de portada: Álvaro Jasso

Primera edición, 2011

Primera edición electrónica, noviembre 2011

© Daniel Espartaco Sánchez

© Publicaciones Malaletra Internacional

libros.malaletra.com

Ignacio Mariscal 148 -3 Col. Tabacalera, Ciudad de México

ISBN: 978-607-8176-23-6

Hecho en México

Daniel Espartaco Sánchez

Escritor de Chihuahua, México, Espartaco Sánchez es autor de los libros de cuentos El error del milenio (2006) y Cosmonauta (2011). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México, y del Centro Mexicano de Escritores. Ganador de diferentes premios nacionales entre los que destacan el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen del Estado de Sinaloa y el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez del Estado de Jalisco. En diciembre de 2011 Cosmonauta fue seleccionado como uno de los mejores libros de ficción del año, según la revista Nexos.

Web: Oblovismo

twitter: @Despartacos

COSMONAUTA

Daniel Espartaco Sánchez

Cosmonauta

Fue a principios de otoño cuando entraron por primera vez al hotel de paso sobre la calzada de Tlalpan. La lluvia fría de verano se convirtió en una neblina persistente que dejó minúsculas gotas en el abrigo de Ilich. La luz se descompuso de manera imprevisible, esa mañana, cuando salió a la avenida para comprobar que cada objeto estuviera en su sitio, como si el encuentro (no planeado, se salió de control) con Miriam hubiese distorsionado el inconsistente decorado de la realidad. Así le parecía: que el orden de las cosas era vulnerable hasta ese punto.

Horas antes, la luz, como rumor de motores, entró por las cortinas gruesas, ya presentes, con su falsa prosapia, muchos años antes de que ellos dos se conocieran, en ese cuarto del Hotel Princesa (un nombre que no dejaba de sorprender, por su falta de gusto). Ilich pasó la mano por el vaho de la ventana. Vio la serie de luces blancas y rojas de miles de autos que se dirigían de Sur a Norte y viceversa; una procesión perpetua, como en las fantasías que discurren sobre el fin del mundo y la condenación. La calzada de tlalpan no era un lugar para calzarse, no era un territorio habitable por la inconsistencia del cuerpo humano; era escombro, acero, hierro retorcido y concreto frío.

La temperatura bajó de manera perceptible conforme la luz se dispersó sobre la avenida, sobre la línea naranja e intermitente del tren, hasta las paredes, la cama y la puerta del baño. El vaho de la ventana volvió a ocupar el lugar que le correspondía por derecho propio desde que un pedazo de vidrio se interpuso entre un hombre y una alborada yerma.

Miriam vestía siempre como una mujer mucho más grande, aun cuando estaba por cumplir treinta años. A Ilich algunos de esos vestidos de falda abierta le recordaban a las esposas de los astronautas en los documentales sobre la carrera espacial que veía de niño. Y por el rostro de abandono de Miriam parecía que su marido –de quien estaba separada–, su padre –muerto años atrás–, el único novio que tuvo antes de casarse –con el que perdió la virginidad–, todos los hombres de su vida flotaban en el espacio; ella los esperaba frente al televisor, en una casa suburbial. Una hija, un perro, centro de lavado.

Debajo del vestido usaba medias negras. La ropa interior negra era su manera de emanciparse.

—¿Qué te parece mi vestido? Lo compré para ti.

—Pareces la esposa de un astronauta —le dijo Ilich.

—Entonces tú eres el astronauta.

—Yo soy un cosmonauta. Los astronautas soviéticos se llamaban cosmonautas.

"Navegaban por el cosmos", pensó ilich, "el conjunto de todas las cosas creadas".

—¿Y qué se necesita para ser la esposa de un cosmonauta?

—Un overol y un pañuelo rojo.

—¿Y un tractor?

—Sí.

Ilich pensó que podría ser un nuevo fetiche suyo, acostarse con una Heroína del trabajo, muy propio de él. Porque al final, después de Miriam; después de la noche en embebido resuello; de la charla posterior al coito, en donde cada quien enumera hechos significativos ajenos al otro cuerpo desnudo que escucha en la oscuridad –apenas esbozado por la luminosa ranura de la puerta entreabierta del baño–; de la oprobiosa solidaridad fundamentada entre los adúlteros; del cinismo triste; del arrebato amoroso; del fatalismo aprendido en la televisión y el cine; de escuchar en silencio el ruido de otros cuerpos que se aman en otras habitaciones exactamente iguales a ésa, un piso arriba, un piso abajo, en la habitación contigua, como en un drama existencialista ya visto muchas veces, entonces sólo quedaba la simple orfandad de una mañana helada como una plancha de vivisección.

Y Miriam (no estaba planeado, se salió de control), frente al espejo del baño, se arregló el cabello para salir a la avenida, elegir entre esa hilera de autos un taxi y llegar a casa antes de que la niña despertara, y así prepararle el desayuno, llevarla a la escuela y pasar ocho horas somnolientas en la oficina. Ilich la vería, tras limpiar una vez más la ventana del vaho solariego, elegir un taxi de entre esa corriente; la vería subirse al coche para perderla de vista un poco más allá del metro Nativitas, o cualquiera que fuera el nombre de esa estación. Luego serían él, de nuevo, y la mañana, cuando la calzada de Tlalpan es una entelequia.

América

Fue el verano en que compramos a crédito un automóvil nuevo. Mi padre había conseguido un empleo con mejor salario y, aunque las tasas de interés bancarias no eran fijas, en el ambiente se percibía confianza en la economía. Eran tiempos de bonanza.

Se trataba de un Volkswagen sedán de color rojo. Éramos los primeros en la cuadra en tener un auto nuevo. Estábamos rodeados de cacharros pasados de contrabando, enormes y antediluvianos, que décadas atrás fueron de lujo en los Estados Unidos y ahora permanecían inmóviles bajo el sol, llenos de herrumbre, últimos sobrevivientes de una época en la que los autos, por su forma y largo, poseían virtudes anfibias. El nuestro relucía tanto, que podía mirar mi reflejo en el guardabarros: mis largas pestañas y el rostro todavía infantil. El cabello en forma de cazuela había comenzado a oscurecerse, y Julia, mi madre, me obligaba a lavármelo con champú de manzanilla para recuperar una claridad perdida de manera irremisible.