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Costumbres húngaras empieza con un recorrido por el Támesis en barco.El relato de Blanco White se deleita en el paisaje y se evoca con nostalgia a España. Luego entre el paisaje emerge el personaje que servirá de coartada para la historia y las peripecias varias que se irán sucediendo. El narrador y el protagonista se dirigen a la casa del último y allí un cuadro reconduce la historia hacia Viena, en la que el protagonista ha pasado su juventud. Es entonces el momento en que el personaje principal narra una historia de amor dramática transcurrida durante un viaje de juventud a Hungría. Y parece que las Costumbres húngaras terminan siendo dramáticas en extremo…
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Seitenzahl: 31
Veröffentlichungsjahr: 2010
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José María Blanco White
Costumbres húngaras
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Costumbres húngaras.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-9007-168-7.
ISBN ebook: 978-84-9897-862-9.
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Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Costumbres húngaras 9
Historia de un año en Hungría 14
Libros a la carta 29
José María Blanco White (1775-1841). España.
Nació en Sevilla en 1775. Hijo del vicecónsul inglés Guillermo White. Fue canónico magistral en Cádiz y Sevilla y formó parte de la Academia de Letras Humanas (1793-1802). Tras una crisis espiritual marchó a Madrid, en donde trabajó en la Comisión de Literatos del Instituto Pestalozziano y luchó contra los franceses durante la ocupación.
Su ideología liberal le llevó a discrepar con la Junta Central; marchándose de España rumbo a Inglaterra en 1810, allí reinició sus estudios de inglés, su segunda lengua, y de griego. Fue profesor de la Universidad de Oxford y escribió crítica literaria en inglés y español publicada en Variedades o El Mensajero de Londres (1823-1825) publicación financiada por Rudolph Ackermann.
Murió en 1841 en Liverpool, Inglaterra.
Historia verdadera de un militar retirado, con una descripción de un viajito, río arriba en el Támesis
Los campos, en tanto que el calor de la juventud está dispuesto como el del vino nuevo a subirse a la cabeza, disponen a la alegría bulliciosa; pero, en la mitad del camino de la vida, la belleza campestre produce un placer que, en su apariencia exterior, pudiera equivocarse con la melancolía. ¡Oh, amigos de mi juventud, donde quiera que os haya echado la tormenta horrible que ha sumergido la España, si estos renglones llegaren a vuestras manos y os trajeren a la memoria los días que, a orillas del Guadalquivir y Manzanares, ahogábamos en el placer de la amistad y del campo la amarga sensación interna de la esclavitud española, sabed que, al cabo de tantos años, en el reposo de la edad que se inclina a la vejez y de la adusta experiencia que ha cortado las guías a las alas de la esperanza, vuestro amigo no puede pasar un día de verano en las márgenes deliciosas del Támesis sin que la imagen de los compañeros de su juventud le humedezca los ojos! ¿Por qué no están aquí?, digo entre mí. ¿Por qué, como yo, no rompieron, en tiempo, los grillos políticos con que el falso nombre de patria remacha las prisiones de los que nacen donde no se permite a los hombres tener voluntad ni opinión propia? Una esperanza generosa ha doblado sus prisiones. Quisieron hacer bien a un pueblo a quien el veneno de la superstición ha reducido al delirio y yacen a merced del despotismo y la ignorancia. ¿Hay acaso remedio para males como los de España? ¿Hay cura para el fanatismo arraigado por siglos?
Mala prueba, empero, va dando la pluma del reposo de que hablé al principio; pero, cuando una idea dolorosa se presenta repentinamente al ánimo, helado o duro por demás ha de ser el escritor que por medio de una digresión no dé suelta por un momento a sus afectos. Además, la historia que voy a contar es triste, y, como los recuerdos que me ocurrieron no lo son menos, tal vez servirán de preparar el oído, como los preludios de un mismo tono en la música. Volvamos, pues, al Támesis.
