Crema Paraíso - Camilo Pino - E-Book

Crema Paraíso E-Book

Camilo Pino

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Beschreibung

Emiliano recibe una jugosa propuesta económica de una productora alemana para participar en un programa de televisión. El único requisito es que su padre debe acompañarlo, lo cual no es un proyecto fácil pues tiene un indicio de demencia, con delirios de grandeza. Está convencido de ser el mejor poeta de Latinoamérica, de poseer poderes sobrenaturales de seducción, y espera que le den el Nobel inminentemente. Según indicaciones de su madrastra, le da tres pastillas anaranjadas al día para tenerlo controlado, pero el viejo pronto se revela inmanejable. "Crema Paraíso" es una obra que toca fibras íntimas con un humor sutil, obligándonos a cuestionar el mundo, y que se puede leer en muchas claves: novela de padre e hijo, ensayo sobre el éxito y el fracaso, crónica del desengaño revolucionario, meditación sobre el arte, elogio de la locura, o comedia de equívocos. Camilo Pino estudió Periodismo en la Universidad Central de Venezuela y Comunicación en la Universidad londinense de Westminster. Actualmente vive en Miami .

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Seitenzahl: 366

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Camilo Pino

Crema Paraíso

Índice

Emiliano

El poeta Dubuc

Mito fundacional de Crema Paraíso

Créditos

Para Irune

Yo a Maradona lo respeto como drogadicto. Lo que haga dentro de una cancha no me interesa.

CÉSAR AIRA

Emiliano

Mi teléfono nunca suena temprano. Nadie me llama antes de las once de la mañana, ni siquiera los vendedores, pero ese día repicó como desesperado. Contesté de una vez. Una llamada a esas horas tenía que ser importante. Era una señora con un acento imposible. Pensé que se había equivocado, pero, cuando me explicó que era productora de televisión y que tenía una oferta que hacerme, presté atención. La oferta era demasiado buena: veinte mil euros y una semana en Berlín con todos los gastos pagados por salir en un programa de televisión con mi viejo. Así cualquiera se entusiasma, mucho más yo, que nunca había ido a Europa ni salido en la tele, que ni siquiera había tocado un euro en mi vida. Con esa plata me alcanzaba para pagar las tarjetas y quedarme en Alemania, o saltar a Barcelona e instalarme en la casa de Ranfis. Veinte mil euros representaban la oportunidad de salir de Miami antes de que la ciudad me expulsara. Acepté sin tener la menor idea del compromiso que estaba asumiendo. Por esa plata hubiera hecho lo que fuera. En serio, lo que fuera. En ese momento no se me pasó por la cabeza invertir el dinero. La idea de Crema Paraíso no se me había ocurrido todavía. Tampoco pensé que pudiera tratarse de una estafa. Había algo en los modales de la señora que me inspiraba confianza. La verdad es que yo tenía todas las de ganar con una oferta así. Por eso me angustié cuando la señora me preguntó por unas cartas que, según ella, yo le había escrito a principios de los años ochenta a una joven alemana de nombre Ulrika. La historia no cuadraba: en los ochenta yo era un adolescente típico; lo último que se me hubiera ocurrido era escribirle una carta a nadie. Es que ni al Niño Jesús le escribí; mucho menos a una alemana que no conocía. Pero la señora sonaba convencida y la información que tenía sobre mí estaba perfecta: mi nombre, Emiliano Dubuc; mi número de cédula, 8.259.111; hasta mi dirección vieja: Edificio Trevi, apartamento 43, avenida Miguel Ángel, Bello Monte, Caracas DF, 1050. Es curioso, pero basta con que piense en la dirección para que me sienta en el edificio: el eterno olor a guiso de res en la planta baja, el ascensor para dos personas, las escaleras inclinadas, el piso de granito limpio, brillante y frío, la reja blanca de nuestro apartamento de dos habitaciones conectadas por la cocina-sala-estudio y, sobre todas las cosas, el insoportable desorden de los libros.

La señora insistió en preguntarme por las cartas que yo supuestamente le había escrito a la tal Ulrika. Tengo buena memoria a pesar de mis excesos, pero no me acordaba de ninguna Ulrika. Sí me pareció que Ulrika sonaba como urraca. Me tranquilicé un poco cuando entendí que, según los registros, fue mi viejo el que las había despachado. Una historia así tenía sentido: que mi papá me hubiera hecho un dictado para alguno de sus proyectos y se me hubiera olvidado después de tantos años. En esa época mi viejo estaba obsesionado con el correo, al punto de dedicarle el poema con el que se hizo famoso, unos versos con un título ridículo que hoy en día los niños en Venezuela tienen que aprenderse de memoria: «Instituto Postal Telegráfico». Pobres niños. Las dichosas cartas tenían las características de uno de sus caprichos: un ejercicio literario vanguardista, una obra de arte conceptual, alguna de sus idioteces intelectuales.

Creo que la señora se olió que había gato encerrado cuando le dije que no me acordaba bien de las cartas, porque me hizo preguntas complicadas. Pero yo no iba a perder esos reales por nada del mundo y me adelanté: le dije que no me había olvidado —esas cosas no se olvidan—, sino que mi vida había sido intensa y tenía una memoria pésima. Había pasado demasiado tiempo. Era normal que se me escaparan algunos detallitos; quizás podía enviarme las cartas para ayudarme a recordar. Por suerte, la señora cambió de tono y me habló con entusiasmo de la fuerza con que estaban escritas las cartas, de la inocencia que transpiraban y de las promesas que yo le había hecho a la tal Ulrika. Le dije que era muy romántico de joven. Con eso la aplaqué. Quedamos en que, además de aceptar la oferta, yo me encargaría de ponerla en contacto con mi viejo. La señora lo había llamado con insistencia, pero no había podido dar con él. Le pregunté si era estrictamente necesario que saliéramos los dos. La respuesta fue terminante: «Sin su padre no hay programa». Antes de colgar le dije que no se preocupara por mi viejo, estaba seguro de que le iba a fascinar el proyecto, y ella se comprometió a enviarme una oferta formal por correo electrónico. Entonces me senté en la computadora. Puedo pasarme días enteros jugando Candy Crush. Una vez me pasé todo un fin de semana. Bueno, también dormí, comí comida china y fui al baño, pero aparte de eso no hice otra cosa sino jugar de un viernes en la noche a un lunes en la mañana.

No iba a ser fácil convencer a mi viejo de viajar a Alemania para salir en un programa de televisión conmigo; mucho menos a la cuaima de María Eugenia, que no lo deja solo ni para ir a la panadería. Papá se convirtió en otra persona desde que se casó. No necesariamente por ella, sino porque el matrimonio coincidió con su consagración literaria y su insólita transformación en ciudadano ejemplar. María Eugenia y mi papá se conocieron después de que le dieran el Reina Sofía a mi viejo. Ella no conoció al borracho inútil que me crio, sino al prócer de la cultura, al mejor poeta de Venezuela, nuestro eterno candidato al Premio Nobel.

Una de las discusiones que más detesto es la de si mi viejo es mejor poeta que Rafael Cadenas. Odio tener que explicar que no he leído a ninguno de los dos y escuchar otra vez el dicho del herrero y el cuchillo de palo y la consabida reafirmación de que mi viejo es mejor que Cadenas. En la época de las cartas las cosas eran muy diferentes. Al principio de los años ochenta, papá sufría mucho porque era un fracasado. Cuando se emborrachaba, le entraba una rabia incontenible y se ofendía a sí mismo en el espejito del baño con un insulto idiota, pero que a él le ardía en el alma: «Tú lo que eres es un poeta menor», se decía, y se largaba a llorar. De verdad era patético. Se la pasaba echado en calzoncillos en el apartamento. Dormía en un colchón en el suelo y luego se acostaba a leer en una hamaca que tenía justo encima del colchón y encendía un cigarrillo del tamaño del planeta que todavía se está fumando. Mi abuela le tenía una campaña para que buscara trabajo, pero él lo que hacía era mecerse en la hamaca con un libro y, cuando entraba la noche, salir con sus amigos a emborracharse y hablar de poesía. El único sitio al que lo vi ir a buscar trabajo fue, precisamente, el Instituto Postal Telegráfico, el Ipostel. No consiguió nada porque su experiencia se limitaba a reposar, fumar cigarrillos y acumular libros viejos, y por su aspecto, que parecía una combinación de guerrillero y vagabundo.

Tengo que admitir que yo ayudaba poco; digamos que era un adolescente problemático de manual. Y mi mejor amigo era la persona con peor fama de Bello Monte: Ranfis, ladrón de reproductores, mariguanero, pirómano y violador; lo acusaban de todo, casi siempre con razón, salvo por lo de violador. Ranfis era malandro de vocación, pero se regía por un código que prohibía las violaciones. Crecí en la calle con él, escapándome del letargo de mi viejo y sus malditos libros. Odio los libros con toda mi alma. No tengo ni uno solo en mi casa, ni siquiera un manual de Candy Crush. La idea del papel acumulado a mí alrededor me da grima. Todavía tengo pesadillas con los libros de mi viejo: el polvo, las hojas apolilladas, las manchas de café, los hongos circulares en las esquinas, el olor a humedad… Son asquerosos. Bastante los padecí para tener que mamármelos ahora que vivo solo.

Yo estaba convencido de que María Eugenia iba a prohibirle a papá participar en el programa. A María Eugenia no le gusta nada que tenga que ver conmigo. Para ella yo soy un trasto del pasado, la oveja negra que a última hora se fue a Miami a buscar una fortuna que nunca iba a encontrar y que, más temprano que tarde, caería en uno de los abismos a los que se asomaba con frecuencia. A María Eugenia sólo le importan las morochas, pero eso no es culpa de ellas. Adoro a esas loquitas. Mis hermanitas gemelas son lo único que extraño de Caracas.

Esa mañana yo me sentía al borde de la caída que María Eugenia tantas veces había anunciado, esperando a que una señora alemana desconocida me mandara unas cartas que nunca escribí y de las que dependía mi vida. Veinte mil euros era más plata de la que yo podía ganar deslomándome un año entero. No sabía cómo, pero tenía que convencer a mi viejo de que saliera en el programa; extorsionarlo, si hacía falta.

El correo de la productora llegó ahí mismo. Tardé un rato en abrirlo porque estaba a punto de pasar al nivel Nougat Noir de Candy Crush y no quería equivocarme. Al final, una maldita cereza confitada me arruinó las posibilidades con una caída sorpresa en la tercera columna y tuve que parar. El mensaje de la alemana estaba escrito en un inglés impecable. Arrancaba con un saludo profesional, algo así como «Estimado Emiliano». Luego venía un resumen de nuestra llamada telefónica; una descripción de una de las cartas a la tal Ulrika, que me enviaba anexa, y un recordatorio de que la propuesta estaba condicionada a la participación de mi viejo. El programa se llamaba Die Kreuzung, que significa «la encrucijada». La carta a Ulrika estaba escrita con una caligrafía infantil que no era la mía y decía cosas que yo nunca hubiera dicho. Eso sí, la firma se parecía a la que yo usaba entonces. El autor era alguien que se quiso hacer pasar por mí y me conocía. Pensé en Ranfis, pero no mucho rato. Ranfis no hubiera podido escribir una carta sin errores ortográficos. Quizás mi letra era así y no me acordaba.

Según el mensaje, Die Kreuzung era un éxito de audiencia. Lo veían millones de personas en Alemania y en otros treinta y dos países (gracias a Dios, ni Venezuela ni los Estados Unidos aparecían en la lista). Había un enlace a un video con viñetas delprograma. La mayoría de los invitados eran alemanes, aunque se veía de todo: turcos, negros…, gente de todas partes. Aparecían pasando el rato en una casa de lo más moderna y luego estresados en un estudio. Al final salían exaltados: llantos, abrazos, risas, gritos y hasta trompadas se daban. Se parecía a un programa de la televisión española que veía en Caracas en los noventa en el que buscaban gente que llevaba desaparecida muchos años y la reunían con su familia, Quién sabe dónde, creo que se llamaba, pero mezclado con esos shows en los que los invitados se van a las manos. Con razón ofrecían tanta plata. Esos programas los ven hasta las piedras.

No podía esperar más, tenía que llamar a mi viejo. Lo mejor era contarle de una vez. Cuando me dijera que no (estaba seguro de que me iba a decir que no, porque mi viejo le consultaba todo a María Eugenia y ella siempre dice que no), le iba a lanzar un discurso sobre la deuda moral que tenía conmigo y, si hacía falta, le iba a armar una lloradera de las buenas.

Mi viejo nunca contesta el teléfono, así que marqué directo el celular de María Eugenia, que apenas me saludó antes de pasarle el aparato. Papá sonaba como siempre suena por teléfono, distante, indiferente y aburrido. Le lancé lo del programa y los veinte mil euros sin anestesia. Me preguntó si era un programa literario y por qué pagaban tanto. Le dije que más o menos, que en realidad iba a ser sobre unas cartas mías que encontraron y que, francamente, yo no recordaba haber escrito. Estaban dirigidas a una tal Ulrika. Lo importante era la fortuna que nos estaban ofreciendo. En un caso así había que aceptar independientemente de las consecuencias. Veinte mil euros era mucha plata. Cuarenta mil, si sumábamos los reales de los dos. Mi viejo se quedó callado por un rato. Sus silencios son famosos en el mundo de la cultura venezolana. Sus fanes dicen que retumban, pero a mí me consta que son un golpe de efecto que usa cuando no sabe qué decir en público, porque cuando está en confianza no se calla. Por eso me sorprendió su silencio. Porque era sincero. Mi viejo estaba conmocionado. Tanto que tuvo que pasar un rato para que pudiera hablar y por fin decir el nombre: «Ulrika», que pronunció como quien conjura a un espíritu.

El poeta Dubuc

Esta historia empieza y termina frente a un espejo. Un espejo pequeño con un marco de plástico gastado. Un pobre espejo, clavado encima de un lavamanos viejo. La primera imagen es la cara de un hombre de mediana edad a punto de romper en llanto. El hombre soy yo hace cuarenta años. En cuestión de minutos voy a vomitar media botella de ron, enjuagarme la cara y tumbarme a dormir la borrachera, pero de momento me veo a mí mismo como si fuera otra persona: los ojos desorbitados, la nariz pequeña como labrada con navaja, las cejas despeinadas, los dos dientes delanteros ligeramente separados, la barba crespa con las primeras canas, y me digo al espejo en voz baja para no despertar a Emiliano: «Poeta menor». Pero no pasa nada, no siento nada, sino que me quedo mirándome insatisfecho. Entonces me concentro y lo vuelvo a decir, esta vez en un tono dramático, afectado, como de villano de telenovela: «Poeta menor, eso es lo que siempre has sido y lo que siempre serás, un poeta menor que no le importa a nadie, un fracasado es lo que eres»; y ahora sí rompo en un llanto adulto, vomito la bilis y me tumbo en el colchón sin cama. La escena se repite esporádicamente a lo largo de dos años, durante los cuales aumenta en frecuencia e intensidad.

En esa época yo no era nadie, ni siquiera un poeta menor. Era un hombre con un matrimonio fracasado a sus espaldas, que no había podido terminar sus estudios ni mantener un trabajo por más de un mes y que había dispuesto dedicarse por completo a la literatura, pero que no tenía obra, ni lectores ni perspectivas. Mi vida transcurría entre una hamaca y los bares de Sabana Grande: leyendo, fumando, esperando a la inspiración para escribir y colapsando en borracheras lloronas. Casi ni comía. Mi dieta consistía en comida callejera: café, arepas, cachitos de jamón, perros calientes y limonadas frapé de Crema Paraíso, el único alimento que me provocaba de verdad. Digamos que era un monje literario desesperado por llegar a santo. No sé cómo se las arregló Emiliano para sobrevivir esos años. Nunca me pidió comida. Nunca me pidió nada. Yo apenas si le daba monedas sueltas cuando me acordaba de mi condición de padre. En esa época ni tenía dinero ni quería tenerlo. La plata que nos mandaba Josefina, la mamá de Emiliano, era justo la suficiente para mantenernos. Lo único que me interesaba era convertirme en un poeta admirado por mis amigos, leído en los bares e idolatrado por las mujeres. Mejor dicho, yo quería ser el Chino Valera Mora y eso fue en lo que me convertí, en un imitador del Chino Valera Mora. Lo adoraba. No sólo sus poemas, sino su personalidad, sus conversaciones, sus aventuras, su tono de voz, hasta su corte de pelo traté de copiar, y eso que consistía en no tener corte de pelo. Lo admiraba tanto que nunca me atreví a hablarle. Un día me senté a su lado en La Bajada, pero no pude abrir la boca de la emoción. Recuerdo que recitó un poema que acababa de terminar, «Oficio puro», que me estremeció, no sólo de la admiración, que la sigo teniendo en el caso del poema, sino porque apenas recitó el primer verso me di cuenta de que yo nunca iba a poder escribir así.

Salí de esa etapa gracias a Beata Schultz. Si no la hubiera conocido, todavía estaría echado en la hamaca tratando de convertirme en el Chino Valera Mora, o habría terminado alcoholizado como tantos escritores de mi generación. Una vez sumé las horas que pasé con ella. Apenas llegaban a nueve, y, aun así, estoy seguro de que es la persona que más ha influido en mi vida. Más que María Eugenia, que es mucho decir, y, por supuesto, muchísimo más que Josefina, cuya única influencia en mi vida fue haber parido a Emiliano (y, debo aceptarlo, haberme mantenido en los años difíciles). Beata —esto no lo sabe nadie— es la mujer de «Instituto Postal Telegráfico», el poema que me consagró. Y el ángel de luz que la anuncia es Leónidas Pardo, el cartero que una mañana de mayo tocó la puerta del apartamento y me entregó la invitación que iba a cambiarme la vida. La aparición de Leónidas fue un milagro por partida doble. Primero, porque el correo en Venezuela siempre ha sido un desastre y era casi imposible que una carta llegara a tiempo desde La Habana. Segundo, por la invitación en sí, que consideré como la oportunidad de por fin convertirme en un poeta reconocido.

Hubo un breve período en la historia de Venezuela en el que el correo funcionó, entre finales de los años setenta y principios de los ochenta. En esa época el Gobierno relanzó el sistema postal y le dedicó muchísimos recursos. Empezaron a aparecer oficinas de correo en las plazas públicas, unos edificios prefabricados ultramodernos adornados con el logo del recién bautizado servicio nacional de correo, Ipostel. Y también aparecieron los carteros, como Leónidas y su flamante uniforme amarillo que exudaba modernidad, desarrollo, futuro y, por supuesto, muchísimo sudor, porque era de tela gruesa y en Caracas hace calor. Ipostel, como el país entero, colapsó en febrero del 83, un día que hoy se conoce como Viernes Negro, pero ésa es otra historia. En esta, Leónidas el cartero me entrega un sobre en la puerta del apartamento. Al final del pasillo veo a Emiliano escabullirse por las escaleras con su amigo Ranfis. Percibo un ligero tufo a mariguana, pero en vez de llamar a los muchachos y averiguar, me doy cuenta de que el sobre está estampado con el logotipo de la Casa de las Américas y sucumbo a la tentación de abrirlo. La carta está escrita a máquina y firmada por un tal Roberto Fernández Retamar. Es una invitación al Olimpo: un congreso de escritores en La Habana junto a nada menos que Gabriel García Márquez, Ernesto Cardenal y Mario Benedetti. Dice que me contactarán pronto con detalles sobre el programa y la logística del viaje. La carta remata declarando que mi presencia es vital para la revolución. Mi nombre está clarísimo en el encabezado, «Alfonso Dubuc», de modo que no puede ser una equivocación. Es la primera vez que me invitan a un congreso internacional. Me pregunto si debo pagar el pasaje, pero releo y veo que dice claramente que la revolución correrá con los gastos. Pienso en los poemas que envié al Premio Casa de las Américas el año anterior; tal vez causaron una buena impresión y por eso me invitan. Pienso en que estoy inscrito en el Partido Comunista desde el 74, pero nunca participo en sus actividades. Imagino que mis poemas gustaron tanto que me van a proponer publicarlos, o que van a pedirme que los mande otra vez al concurso el año entrante. Luego me pregunto a quién puedo llamar para enterarme de los detalles: la fecha de salida, el hotel, si tengo que escribir un discurso, preparar una conferencia o participar en un recital. Releo la carta y me doy cuenta de que no tiene instrucciones, sólo me piden esperar. Y eso fue lo que hice, esperar, cosa que no me costó mucho, porque en eso consistía mi vida, en fumar, leer en la hamaca, salir a beber y esperar golpes de inspiración para escribir.

La invitación a Cuba me infundió una confianza entonces inusual en mi escritura. Me dieron unos arrebatos de inspiración en los que escribía sin parar. El problema era que cuando leía los borradores me daba cuenta de que eran malos. Eran textos ejemplares en el papel: inscritos en la tradición conversacional, incrustados de cantos de grillos y constelaciones, coronados con metáforas osadas; poemas como los que se publicaban en la revista Imagen de aquel entonces, pero les faltaba fuerza. Aparte de algunas contadas líneas rescatables, eran mediocres. Para completar, nadie me contactaba y la confianza que estaba ganando en mi escritura empezó a desvanecerse. Quien sí me llamó una de esas mañanas fue el profesor Navarro, director del José Antonio Páez, el colegio de Emiliano. Parecía preocupado, quería que nos reuniéramos cuanto antes para hablar de mi hijo. Como no tenía nada que hacer, salí a verlo de inmediato. Ese día el cielo estaba encapotado y caminé hasta el colegio sin prepararme para la lluvia. Era una caminata corta, de unos cinco minutos, entre los frondosos árboles de la avenida Caroní, que estaban cargados de pericos buscando refugio ante la inminente tormenta. El profesor Navarro me recibió en su oficina con una angustia que no podía esconder tras sus gruesos lentes de pasta marrón. Emiliano acababa de firmar el libro de vida. Era la segunda vez que lo hacía. A la tercera lo expulsaban. Lo encontraron fumando cigarrillos con Ranfis, el peor alumno del colegio y sin lugar a duda la razón por la que se estaba metiendo en problemas. En cuestión de meses, Emiliano había cambiado para mal. Había pasado de ser uno de los mejores estudiantes a convertirse en un alumno problemático. Hasta hace poco destacaba en Castellano y Matemáticas, le encantaba leer y escribir y se portaba bien en clases. Su promedio del trimestre anterior era de diecinueve sobre veinte. Ahora decía que odiaba los libros y raspaba un examen tras otro. Su promedio había bajado a doce. Lo peor era su comportamiento: hablaba en clase, irrespetaba a los profesores, desobedecía instrucciones y hasta fumaba. Una vez lo tuvieron que sacar de clases por eructar. Si seguía por ese camino, iban a verse forzados a expulsarlo.

—El verdadero problema, señor Dubuc, es Ranfis: es una pésima influencia. Ese muchacho es el diablo, sabemos que se mete drogas, nos consta, porque una vez le decomisamos un chicote de mariguana. Imagínese que un día la policía lo detuvo por robo y lo tuvo que soltar por falta de pruebas. Menos mal, porque un antecedente criminal significa expulsión inmediata. Usted sabe, cuando el río suena, piedras trae, y créame que no hay remedio posible, Ranfis es un caso perdido. Mi consejo es que los separe, intente alejar a Emiliano de Ranfis y verá como las cosas mejoran rápido. Su hijo es uno de los estudiantes más inteligentes que han pasado por aquí y no podemos darnos el lujo de perderlo, pero para eso es muy importante contar con su ayuda, es decir, con su mano firme.

—Eso mismo voy a hacer, profesor Navarro, hablaré con él.

—La familia es clave en situaciones así. La familia de Ranfis es un desastre, el diablo ese vive con la abuela, que está ida de la cabeza. Pobre anciana. Y a sus padres no les interesa nada. El padre es electricista y no sale de su taller y la madre es un misterio. Ninguno de los dos ha venido nunca por aquí. El caso de Ranfis es complicado, pero el de su hijo es diferente; Emiliano cuenta con usted, es rescatable, y nosotros vamos a hacer lo posible por salvarlo. Lo que pasa es que esas dos firmas en el libro de vida nos complican la situación. ¿Usted está consciente de que a la tercera tenemos que expulsarlo?

—Sí, eso tengo entendido. ¿Cómo es que funciona el libro de vida exactamente?

—Le explico: cuando un alumno incurre en una falta grave, tiene que firmar. La lista incluye faltas como pelear a puños, irrespetar a un profesor, fumar, beber alcohol, meterse drogas, besarse con la novia, etc., faltas que se pueden perdonar una y hasta dos veces, porque, al fin y al cabo, estamos hablando de jovencitos, pero no una tercera vez. No podemos tratar a Emiliano diferente a los otros alumnos, es una cuestión de equidad, necesitamos que su familia se involucre, que tome cartas en el asunto. ¿Le puedo hacer una pregunta personal?

—Cómo no, profesor.

—¿Su esposa vive en el extranjero?

—Sí, mi exmujer vive en París.

—¿Y en su casa sólo viven Emiliano y usted?

—Sí, sólo vivimos nosotros.

—Éste es el tipo de situaciones donde una madre ayuda mucho, porque ve cosas que nosotros los hombres no estamos capacitados para ver. ¿Usted se ha fijado en el aspecto de su hijo últimamente?

—Yo lo veo igual, como un muchacho de su edad: saludable, vigoroso, con mucha energía.

—¿Pero usted no se da cuenta de cómo se viste, de si anda con la camisa por fuera o se pone los pantalones rotos? ¿Usted le revisa los ojos o le huele el aliento cuando llega tarde? A esa edad más de uno se mete droga.

—La verdad, no.

—Es que para esas cosas hacen falta las mujeres y su sexto sentido. ¿A usted no le parece que Emiliano ha cambiado desde que comenzó el año escolar?, ¿lo ha visto leyendo últimamente? Antes leía mucho, ahora dice que los libros le repugnan.

—Eso sí lo he notado, que se queja de los libros, pero no por su contenido, sino porque tengo muchos y tuve que guardar unos cuantos en su cuarto y eso le molesta. Es que tenemos muy poco espacio.

—¿Pero Emiliano hace sus tareas, obedece?

—La verdad es que pasa mucho tiempo en la calle jugando con sus amigos.

—¿Con Ranfis?

—Sí, con Ranfis.

—Ése es el problema, señor Dubuc, ése es el problema, y hay que matar la culebra por la cabeza.

Salí confundido de allí. En esa época yo consideraba al profesor Navarro un «pequeñoburgués», pero eso no quería decir que estuviera equivocado. Emiliano estaba cambiando, lo cual era natural a su edad, y el cambio podía ser peligroso. Yo lo dejaba tranquilo. Me parecía importante respetarlo, tratarlo como me hubiera gustado que me trataran a mí a esa edad. Lo de las drogas me sonaba a exageración, y si bien Ranfis tenía mala fama, no me parecía un muchacho malo. Yo a esa edad hice cualquier cantidad de locuras. Por otro lado, había una parte de mí que me llamaba a actuar con firmeza, a hacer lo que recomendaba el profesor Navarro: cortar toda comunicación con Ranfis, controlar las actividades de mi hijo. Lo mejor era hablar con Emiliano, escucharlo, aclarar las cosas directamente con él. Me fui a tomar una limonada frapé a Crema Paraíso para calmarme. El placer del primer trago, ese gusto ácido y dulce a la vez, y la textura del hielo triturado sobre la lengua me causan un enorme placer. El segundo trago me heló el esófago al punto de hacerme retorcer, pero la sensación de enfriamiento se fue pronto y seguí bebiendo con calma hasta terminar el vaso. Pedí otro y me lo fui tomando en el camino, cuando comenzó a llover. Me cayó encima un aguacero tropical de esos que parecen cascadas. Había tanta agua que no podía ver más allá de mis narices y me tenía que fijar en la acera para mantener el rumbo. La ropa me pesaba de la cantidad de agua que había absorbido y sentí un frío que se acentuaba con los tragos de la limonada, pero hice un esfuerzo deliberado por seguir caminando como si no pasara nada: la casa estaba a dos cuadras y unos minutos de más no iban a empeorar mi situación. Ese momento, nadie lo sabe, fue el origen de «Tormenta en Crema Paraíso», uno de mis últimos poemas conversacionales y uno de los pocos de esa etapa que todavía incluyo en mis antologías.

Cuando llegué al apartamento me eché un baño de agua caliente larguísimo y me senté a escribir en ropa interior. Me gusta andar en calzoncillos en la casa, sobre todo cuando trabajo. María Eugenia me lo prohíbe porque le parece de mal gusto. Siempre que puedo cierro la puerta del estudio y trabajo en calzoncillos escondido de ella. Suelo trabajar lento, independientemente de lo que me ponga. Vargas Llosa una vez me contó que se vestía de traje y corbata para escribir. Nos reímos mucho cuando le dije que yo solía hacer lo contrario, que escribía en calzoncillos, y llegamos a la conclusión de que lo que importaba era tener un ritual de calentamiento y que el acto de vestirse o desvestirse podía formar parte de él.

Las pocas veces que un poema me sale rápido, en vez de sentirme satisfecho, siento un cubito de plomo en el pecho y me pongo a caminar en círculos. «Tormenta en Crema Paraíso» lo escribí de un tirón, pero no caminé en círculos, porque el vacío me lo llenaron Ranfis y Emiliano. Los oí entrar al cuarto de Emiliano y me puse a espiarlos. Ranfis hablaba un caraqueño alucinante, un lenguaje callejero y malandro de una musicalidad contagiosa, el caraqueño de los jóvenes de esa época en su versión más pura, fragmentado, rítmico, cargado de neologismos preciosos: tripear, cabilla, vapor… Los soltaba con naturalidad entre voces tradicionales, como el güebón con el que remataba las frases; un idioma vivo. Me encantaba anotar sus expresiones con la esperanza nunca realizada de escribir un poema en ese lenguaje vernáculo. A veces pienso que lo que me gustaba era el desenfado con que hablaban, es decir, el desenfado de la juventud que yo ya había perdido.

Al contrario de lo que la gente cree, los poetas somos egoístas. Mi hijo estaba a punto de ser expulsado del colegio y a mí lo único que me importaba era el castellano que hablaba con su amigo. El profesor Navarro me había recomendado que lo separara de Ranfis y yo sólo podía pensar en escribir un poema que se sintiera nuevo. Digamos que entonces yo era una suerte de pedófilo de la palabra dispuesto a sacrificar a mis seres más queridos de ser preciso. Creo que todavía lo soy, aunque los años y las morochas me hayan ablandado. Eso sí, hay que admitir que Ranfis era buenmozo. Tenía la nariz triangular, pero bien proporcionada; el pelo liso negro, piel suave y tronco largo, como de nadador. Emiliano también era guapo: un poco más fornido y moreno que Ranfis y con los mismos crespos negros de ángel y ojos almendra que yo tenía a su edad. La belleza de Ranfis y Emiliano era excepcional para la adolescencia temprana, que suele producir cuerpos mutantes, desproporcionados, cargados de barros y barbas incipientes. Sus cuerpos en cambio eran fuertes, elásticos, jóvenes. Esa última inocencia física me causaba una gran curiosidad, quizás porque nunca fui consciente de la mía.

Al final no le hablé a Emiliano sobre mi reunión con el profesor Navarro. No me atreví. Postergué la conversación en varias ocasiones con pretextos peregrinos y se me fue olvidando a medida que la ilusión del viaje a Cuba se transformaba en angustia, porque no me llamaban de la Casa de las Américas. A veces imaginaba que un funcionario cubano o el mismo cartero Leónidas iba a tocar la puerta para entregarme el pasaje. Al final el contacto se hizo por teléfono. Una mujer con acento cubano me llamó para invitarme a una recepción en la residencia del embajador. Nunca me habían invitado a un evento oficial, mucho menos en una embajada. Lo primero que me pregunté al colgar fue si el Chino Valera Mora estaría invitado, y lo segundo, de dónde iba a sacar un traje decente para aparecerme en la recepción. Yo, el hombre que trabajaba en calzoncillos, no tenía ni siquiera una camisa apropiada para una fiesta formal. La ansiedad fue tal que salí inmediatamente a la tienda RORI de Chacaíto. Me probé varios trajes, hasta que el vendedor me recomendó uno de cuadros blancos y negros muy elegante que estaba en oferta. Me pareció que el estilo pegaba con lo que se podría esperar de un poeta y me lo probé. La tela era suave y ligera y me hacía sentir como una persona importante. Cuando fui a pagar, el vendedor me contó que el traje se llamaba Príncipe de Gales, por el estampado. No pude sino darle las gracias por la aclaración y explicarle en un tono condescendiente que no me podía presentar en la Embajada de Cuba con un traje llamado «Príncipe de Gales» por razones obvias. Quizás tenía una chaqueta de pana de esas que venían con parches de cuero en los codos. El vendedor, que era respondón, me dijo que los cubanos no se lo pensaban dos veces cuando llamaban a sus puros largos «Churchill». De cualquier manera, tenían una chaqueta de pana verde con parches de cuero marrón en los codos, pero costaba el doble que el Príncipe de Gales, que era italiano. Me probé la chaqueta de pana y, aunque me quedaba larga de talle, la compré por ciento cincuenta bolívares.

El día de la recepción, la señora Arroyo, mi vecina de enfrente, me vio salir y me dijo que parecía un profesor universitario. Su comentario me halagó. Cogí un San Ruperto hasta Las Mercedes. Fuimos bordeando el Guaire, que estaba casi seco. En una plaza en Las Mercedes acababan de inaugurar un módulo de Ipostel, una estructura futurista de fibra de vidrio y poliuretano. Casi me paro a visitarlo de la emoción. Ya había visto uno en Bello Monte, pero todavía no estaba abierto al público. Los módulos de Ipostel me parecían obras maestras de la arquitectura. Su circularidad, que la gente identificaba con un hongo, me hacía evocar imágenes poderosas como la matriz de una mujer en estado, una churuata indígena y un platillo volador, imágenes que luego incorporé en «Instituto Postal Telegráfico». No me paré a visitar el módulo por miedo a llegar tarde. Eran las cinco y veinte y la recepción comenzaba a las seis en punto. Todavía me faltaba coger un autobús frente al centro comercial Las Mercedes para subir a Cumbres de Curumo. No quería causar una mala impresión por impuntualidad. El esfuerzo valió la pena: llegué a las seis y quince, un poco sudado, porque tuve que subir varias cuestas y hacía un calor de perros. De hecho, me topé con un perro callejero caminando por el medio de la calle con la lengua guindándole a un lado del hocico. Toqué el timbre de la residencia y la puerta de metal negro se abrió con un chirreo. Me extrañó que no hubiera vigilancia. En mi ingenuidad pensé que no había vigilantes porque los cubanos eran modestos y confiados. Me terminé de convencer de ello cuando me recibió el embajador mismo. Aunque nunca lo había visto en mi vida, me reconoció de inmediato: «¿Alfonso Dubuc? Qué honor recibir a un rara avis como usted, el único poeta puntual de América Latina. Es la primera persona en llegar a tiempo a una recepción en la historia de esta embajada y eso hay que celebrarlo». El embajador no sólo me había reconocido, sino que estaba enterado de mi trabajo: me habló de mis pocos poemas publicados como si se tratara de la obra de un escritor importante. Yo no estaba acostumbrado a que me tomaran en serio y la verdad es que no sabía cómo reaccionar. Le seguí la corriente asintiendo con monosílabos a todo lo que decía. Me despachó al rato sirviéndome un ron seco y excusándose por tener que atender una llamada telefónica. Seguro que mi parquedad lo aburrió a muerte y se inventó lo de la llamada. El hecho es que me dejó solo en una sala al lado del jardín. La única persona que se veía por el sitio era un mayordomo negro con una sonrisa blanca como su uniforme. En el fondo me sentí aliviado de que no hubiera gente todavía, porque me iba a dar tiempo para que se me secara el sudor.

Los primeros invitados llegaron pasadas las siete. No conocía a nadie, pero la gente me trataba con respeto cuando le decía que era miembro de la delegación para el congreso. Al contrario de lo que me imaginaba, nadie hablaba de literatura. En realidad, no hablaban de ningún tema interesante. Lo que hacían era bromear y repetir banalidades. De lo que sí hablaban a veces era de escritores, sobre todo de García Márquez, pero no de su obra, sino de su vida privada o de su amistad con Fidel y su enemistad con Vargas Llosa. Le decían «Gabo» y todos parecían sentirse cercanos a él. Cada vez que entraba alguien, me asomaba con la esperanza de que fuera el Chino Valera Mora, pero el Chino no apareció nunca. Quienes sí aparecieron fueron Orlando Burigiatti y su mítica barba de duende enorme. Me sabía de memoria párrafos de Ultimátum, un libro de fragmentos narrativos que leí con devoción cuando se ganó el Casa de las Américas a mediados de los setenta. Ultimátum atrapa desde la primera línea, aunque no tiene una trama clara; es un libro que se sostiene a punta de frases punzantes e imágenes violentas, una suerte de bonsái literario de espinas envenenadas que no ha envejecido mal y que sigo leyendo hoy en día a pesar de todo lo que pasó y de la transformación, o más bien revelación, de la maldad de Burigiatti (imposible no pensar en términos maniqueos con personajes así).

No sé si fue porque estaba un poco bebido o porque me trató con amabilidad que no me angustié cuando hablé con él la primera vez. En esa época idealizaba a los escritores famosos. Me daba pánico hablar con ellos. Aunque me cueste aceptarlo, confundía éxito con calidad. Burigiatti me dio un abrazo como si me conociera de toda la vida y celebró mi trabajo sin exageraciones. Hasta ese día, casi todas las personas que me hablaban de mi obra lo hacían por educación. Me bastaba con escucharlas dos minutos para darme cuenta de que no me habían leído. Sentí tanta confianza que me atreví a aconsejarle que dejara la ficción y se volcara por completo en la poesía. Por buena suerte, se tomó el comentario como un cumplido. Me habló de Cuba y prometió servirme de guía una vez allá. Envalentonado por los tragos, le pregunté por el Chino. Al parecer llevaba tiempo «enfermo por la bebida». Una pena. Luego me dijo que tenía suerte de ir a La Habana, ciudad a la que se refirió como «la capital literaria de América Latina», título temporal, pues le correspondería al DF o a Buenos Aires, cuando la revolución triunfara allí: «El socialismo es una fuerza indetenible. Los sandinistas entraron en Managua el mismo día que Moscú inauguró los Juegos Olímpicos mejor organizados de la historia. Lo más grande de todo esto es que estamos del lado bueno de la historia, del lado de los necesitados. El único peligro es los Estados Unidos y por eso es vital que nos plantemos con la revolución en este momento. El congreso es crítico para el prestigio de la revolución. Además, va a estar buenísimo. ¿Has ido a Cuba? Se la pasa buenísimo allá. Es una fiesta inteligente, un banquete estético y emocional. Cardenal va a presentar sus nuevos poemas. Tuve la oportunidad de leerlos. Es una bestia, Ernesto. Muy mujeriego, eso sí. Es la única persona que conozco que combina misticismo y compromiso sin morir en el intento. Un renovador del lenguaje. Y pensar que es cura… Todos los curas deberían ser como él si de verdad siguieran las enseñanzas del Evangelio y el ejemplo de los primeros cristianos, que no tenían posesiones. Yo los considero precursores del socialismo. Habría que vivir así, en comuna, como quería Tolstói, ¿no te parece?». Todo lo que me decía Burigiatti me parecía bien. El embajador se nos acercó, repitió la broma del poeta puntual, nos dio un sobre con los boletos aéreos y me dijo que me preparara para leer mi trabajo en un recital en La Habana; tenía la certeza de que me iba a ir bien, porque allá la gente siempre llega a tiempo.

No recuerdo qué pasó después, aunque estoy seguro de que seguí bebiendo, porque me desperté con un dolor de cabeza insoportable, de los que hacen perder el sentido de la orientación. Me di cuenta de que estaba en mi apartamento cuando vi el cenicero repleto de colillas al lado del colchón. Encendí un cigarrillo con la esperanza de engañar al dolor de cabeza con el efecto de la nicotina. Por supuesto, fumar empeoró mi estado con esa típica sensación de mareo y asfixia leve. Lo único que podía ayudarme a recobrar energía era una dosis industrial de limonada frapé. Me puse lo primero que tenía al alcance —la ropa que había usado en la embajada— y fui a Crema Paraíso en procura de sosiego. No es que la limonada frapé me quite el dolor, ni siquiera me atrevería a decir que lo mitigue, pero el sabor agudo y el paso del hielo triturado por mis tubos digestivos me infunden la fuerza necesaria para enfrentarme al día independientemente de las circunstancias. Bebí dos vasos de un tirón y comencé a rememorar los mejores momentos de la noche anterior con el tercero. Recordé la manera en que Burigiatti elogió los poemas de Cardenal. Yo sólo conocía sus poemas amorosos de juventud, unos textos breves inspirados en Catulo y Marcial, pero despojados de la vulgaridad romana. Ésa me parecía su mayor virtud, que tuvieran fuerza sin las transgresiones latinas. Lo que me dijo Burigiatti sobre los nuevos poemas de Cardenal no me terminaba de cuadrar. Era natural que la obra de Cardenal estuviera influenciada por la tradición mística: teólogo de la liberación o no, seguía siendo cura. La tradición mística tenía poetas magníficos, quizás los mejores de la lengua española, pero de allí a evocar sensaciones espirituales a través del lenguaje cotidiano había un golfo. Misticismo, oralidad y compromiso no me parecían compatibles. Me bajé cuatro vasos de limonada frapé y regresé al apartamento a buscar libros de poetas místicos. El apartamento estaba abarrotado de volúmenes de segunda mano que compraba compulsivamente a los libreros del puente de las Fuerzas Armadas. Entré al cuarto de Emiliano porque recordaba haber guardado allí la antología de los místicos españoles de los Clásicos Jackson. Abrí el armario y encontré el libro en la base de una pila que tenía una caja de zapatos encima. Hice una maniobra torpe y tumbé la caja de zapatos, de la que cayeron tres reproductores de música de carro de buenas marcas, Pioneer y Sony, creo, con los cables mal cortados, como arrancados en un apuro. Temí lo peor: que Emiliano y Ranfis se los hubieran robado y el profesor Navarro estuviese en lo cierto. También descubrí que la antología de los Clásicos Jackson había sido coordinada y prologada por José Gaos, el filósofo español exiliado en México. Cogí el libro y la caja con los reproductores y me fui a leer a mi habitación. El prólogo de Gaos era brillante. Tenía una sección sobre Teresa de Jesús donde alababa su uso de diminutivos y de expresiones vagas, sus efectivísimas descripciones del éxtasis y, sobre todo, su osadía de imaginar un encuentro carnal con Cristo. Salté directo al capítulo «La séptima morada» y me quedé alucinado al descubrir que misticismo y oralidad se complementaban en vez de rechazarse. Teresa escribía como se hablaba en la época, o por lo menos su prosa daba esa impresión, y no dejaba de hacerlo cuando describía el éxtasis mayor, el de la unión con Cristo, como «arroyico entrando en la mar».

Emiliano y Ranfis llegaron al caer la tarde. No me quedó más remedio que pedirle a Ranfis que se fuera y decirle a mi hijo que había encontrado los reproductores. Su primera reacción fue negarlo todo. Me dijo que el papá de Ranfis era electricista y les prestaba los aparatos para que aprendieran el oficio jugando con ellos. Por eso tenían los cables arrancados.

—La casa de Ranfis está llena de aparatos y el papá nos deja usarlos para aprender.

—El profesor Navarro me dijo que Ranfis vivía con su abuela.

—Eso es verdad, Ranfis duerme con su abuela porque su papá se divorció como tú y vive cerca, en Santa Mónica, con su nueva esposa. Siempre vamos a visitarlo.

—Navarro también dice que Ranfis ha tenido problemas con la policía.