Crónica de una cuarentena impensada - Rita Frank - E-Book

Crónica de una cuarentena impensada E-Book

Rita Frank

0,0
2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

"Crónica de una cuarentena impensada" es una obra escrita con el sello inconfundible de la escritora autodidacta Rita Frank, ya que se basa en un compendio de una historia real.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 63

Veröffentlichungsjahr: 2022

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Rita Frank

Crónica de una cuarentena impensada

Rita Frank Crónica de una cuarentena impensada / Rita Frank. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-3039-4

1. Narrativa Argentina. 2. Relatos. I. Título. CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE [email protected]

Tabla de contenidos

Dedicatoria

Introducción

Crónica de una cuarentena impensada

Sinopsis

A la vida y a aquél que me heredó su legado.

“Crónica de una cuarentena impensada”

Un recorrido por la primera parte de la cuarentena relatada desde una mirada muy personal

Buenos Aires dieciséis de marzo del año dos mil veinte.

Viajamos desde la costa atlántica con mi hijo Aarón y morocha nuestra compañera con cola, animados por la música fuerte y discutiendo que ritmo escuchar entre otras cuestiones cotidianas.

Era un viaje planeado ya que teníamos unos trámites pendientes en Buenos Aires y era real, nuestra escasa información sobre el virus que estaba afectando al mundo, debido a que en el pueblo de donde veníamos y donde vivo yo, apenas se comentaba el tema o tal vez nosotros no lo habíamos escuchado con mucho interés, considerando que la televisión en ese lugar no era digna de ser vista habiendo tanta belleza natural para apreciar.

Aarón había ido a pasar diez días conmigo. Nos levantábamos sin apuro y dedicábamos el día sin horarios para caminar, visitar la playa, hacer las compras del día, disfrutar del parque y otras actividades, que nos significaba llegar a la noche cansados, listos para una ducha y al poco tiempo de cenar, caer en un sueño profundo.

Luego de casi cinco horas de viaje y solo un par de breves paradas intermedias, zona norte de la provincia de Buenos Aires, ya comenzaba a anunciarse en el acostumbrado embotellamiento porteño y los inevitables bocinazos que ocasionaban más desorden aún, saliendo ya hacia panamericana. Los grandes carteles verdes llegaban tarde al anuncio a todo aquel que conociera la zona.

El cansancio de ambos hacía que el último trayecto se hiciera interminable, cuando seguramente en nuestro silencio nos decíamos que “ya faltaba poco” morocha dormía agarrada a su cinturón en el asiento trasero.

Poco tiempo después estacionamos el auto en la entrada de la casa de Aarón, la cual yo sabía visitar asiduamente, y nos dispusimos a bajar con nuestras respectivas mochilas, descubriendo al abrir las puertas del auto los treinta grados de calor que nos esperaban del lado de afuera.

Como cualquier otra llegada al hogar cada uno se dedicó a lo suyo acomodando, aseando y ventilando un poco los ambientes ya que la ausencia de diez días en la casa, lo ameritaba. Mientras morocha, hacía un reconocimiento exhaustivo del lugar, usando su olfato en todos los rincones posibles.

Ya pasado un par de horas llegó el momento del relax, donde Aarón elige la play station, morocha dormir y yo, recostarme en la cama prendiendo la tele en un acto reflejo, lo que no era para nada mi costumbre.

Una catarata de información me cayó encima y automáticamente, como decía el chapulín colorado mis antenas se pusieron en alerta, detectando otra realidad de la que no tenía consciencia quinientos kilómetros hacia el sur, donde había comenzado nuestro viaje. Preferí guardar silencio con Aarón. Primeramente, creí que se trataba de un acto imperdonable de subestimación de su comprensión, cuando me di cuenta enseguida que en realidad se trataba de preservarlo de tan fuerte noticia evitando así su preocupación o miedo. Es obvio darse cuenta de que el intento de callar las novedades fue en vano, ya que cuando decidió terminar su juego y encender el televisor, estuvo al tanto de todo y el asombro y mil preguntas llenaron los minutos siguientes. Nada más podía decirle de lo que él no hubiera escuchado.

Todo estaba a la vista en grandes titulares y en todos los canales televisivos.

Todo hablaba de una pandemia. El virus se llamaba COVID 19 y se había desatado en China con cientos de víctimas fatales. Había viajado a velocidad luz por varios países arrasando con vidas humanas como un avión fumigador a su paso y ya estaba llegando a la argentina. Aparentemente se trataba de un virus desconocido para el cual no existía vacuna y sus características eran idénticas a la de una gripe común, pero capaz de llevar en cuestión de días a una persona a la muerte.

Ante sus preguntas traté de restarle importancia al tema, logrando que solo le haya impresionado la información al principio, distrayéndose luego con los chats del teléfono, un poco de música y los juegos de fútbol. Reconozco que yo tampoco le di mucha importancia a las noticias, aunque comencé disimuladamente a seguir el protocolo de recomendaciones que provenía del Ministerio de Salud de la Nación.

…Y un día, de repente,

las puertas se cerraron!

Siendo el día dieciocho de marzo del año 2020, cuando ya hacía dos o tres días que habíamos decidido que Aarón, por su antecedente pulmonar de seguidas neumonías, se quedara en casa, saliendo yo espaciadas veces a hacer las compras necesarias para varios días, escuchamos la información oficial donde el gobierno elegido por mayoría del pueblo argentino, tan solo tres meses antes, firmaba un D.N.U (Decreto de necesidad y urgencia) que obligaba por ley a cada ciudadano a tomar consciencia y colaborar quedándose en el lugar de residencia por un tiempo estimado de catorce días y anunciando severas multas a aquellos de incumplían el decreto.

Cada día que pasaba el problema se tornaba de mayor seriedad.

Comenzaron los controles exhaustivos en las rutas, las disposiciones de horarios en los supermercados y negocios varios, la distancia estipulada entre personas que inevitablemente debían salir a la calle, los permisos especiales para poder transitar por motivos de trabajo o fuerza mayor, y así, en todas y cada una de las áreas fueron informándonos cómo se debía actuar para tratar de frenar entre todos, al poderoso monstruo que se nos venía encima, por lo que la responsabilidad de ayudar desde casa con la prevención, tenía que ser inmediata. Sin perder tiempo comencé a hacer mi parte poniendo manos a la obra en la desinfección y limpieza de todo con lo que tuviéramos contacto. Al cual sin más preguntas y sin mucha explicación, se sumó Aarón, sin darnos cuenta de que automáticamente fue transformándose en tarea consciente de todos los días. Tanto que a siete días de comenzada la cuarentena obligatoria, ya teníamos las manos agrietadas de tanto hipoclorito de sodio y alcohol en gel.

Al pasar las semanas la convivencia de a momentos se tornaba difícil y se podía ver como la intolerancia traspasaba sin permiso el umbral para quedarse en la casa. Aarón, estaba acostumbrado a vivir solo, por lo que podía palpar su malestar por la invasión repentina que había sufrido y yo, sin decirlo, deseaba mis espacios y mi silencio en aquel pueblo a quinientos kilómetros donde había encontrado mi paz interior.

Encendía el televisor contadas veces al día porque las noticias iban siendo cada vez más duras y nadie hablaba de otra cosa que no sea aquel maldito virus invadiendo nuestra tranquilidad. Cuando muy contra mi voluntad debía salir para proveernos, pedía protección divina según mis creencias religiosas y visualizaba en secreto la burbuja azul de protección. Porque la psicosis de la gente era una pesada cadena a la que debía resistir con fortaleza, para evitar ser arrastrada por la poderosa corriente del miedo que se podía notar en cada mirada con la que te cruzabas.

…Y costó entender lo que estaba pasando.

Todo se redujo a un círculo vicioso

al mundo lo paró un virus contagioso.