Crónica personal - Joseph Conrad - E-Book

Crónica personal E-Book

Joseph Conrad

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A los cincuenta y cinco años, Joseph Conrad recibió de su amigo y escritor Fox Madox Fox la propuesta de redactar sus memorias para la revista "English Review". El resultado es "Crónica personal", un autorretrato semejante a una novela, que reúne los sucesos relativos a la azarosa infancia y familia de Conrad, una parte de su vida como escritor y también el proceso de composición de su primera novela.

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CRÓNICA PERSONAL

Nota del autor a la edición de 1919

Prefacio familiar

I

II

III

IV

V

VI

VII

CRÓNICA PERSONAL

Joseph Conrad

Nota del autor a la edición de 1919

La reedición de este volumen en un nuevo formato no precisa, hablando estrictamente, de otro prefacio. Ahora bien, comoquiera que éste es específicamente un lugar apropiado para los comentarios personales, aprovecho la ocasión para referirme en esta nota del autor a dos puntos surgidos de ciertas afirmaciones últimamente vertidas en la prensa acerca de mi persona.

Uno de ellos atañe a la cuestión de la lengua. Siempre me he sentido observado como si fuese una especie de fenómeno, posición que, fuera del mundo del circo, no puede tenerse por deseable. Hace falta un temperamento muy especial para obtener una cierta gratificación del hecho de ser capaz de hacer intencionadamente cosas que se salen de lo normal, e incluso de hacerlas por mera vanidad.

Que yo no escriba en mi lengua materna ha sido, por supuesto, objeto de frecuentes comentarios en diversas recensiones de mis libros e incluso en artículos de mayor fuste. Supongo que era una cuestión inevitable; por si fuera poco, todos esos comentarios han sido sumamente aduladores hacia la vanidad de quien escribe. En esa cuestión, empero, no tengo yo vanidad que requiera de la adulación. No podría tenerla aunque quisiera. El primer objeto de esta nota es descartar el mérito que pueda existir en un acto producto de la volición deliberada.

De la manera que sea, se ha extendido bastante la especie de que, en su día, a la hora de escribir elegí entre dos lenguas, el francés y el inglés. Esa impresión es de todo punto errónea. Tiene su origen, según creo, en un artículo escrito por sir Hugh Clifford y publicado, creo recordar, en 1898. Tiempo atrás vino a visitarme sir Hugh Clifford. Si no la primera, sí es la segunda de las personas cuya amistad me he granjeado a través de mi obra; el otro es Mr. Cunninghame Graham, quien quedó cautivado por la lectura de un relato mío, titulado Una avanzadilla del progreso. Estas amistades, que han perdurado hasta la fecha, las cuento entre mis más preciadas pertenencias.

Mr. Hugh Clifford (pues por entonces no tenía título nobiliario) acababa de publicar su primer volumen de esbozos malayos. Naturalmente me encantó verle, y sentí una infinita gratitud por todas las amabilidades que me transmitió acerca de mis primeros libros y de mis más tempranos relatos, cuya acción se desarrolla en el archipiélago de Malasia. Recuerdo que tras decir muchas cosas que debieran haberme sonrojado hasta la raíz de los cabellos por pura modestia ultrajada, terminó diciéndome, con la inflexible y pese a todo cordial firmeza propia de un hombre acostumbrado a decir verdades imposibles de digerir incluso a los potentados de Oriente (por su propio bien, claro está), que, de hecho, yo no tenía ni la menor idea de cómo eran los malayos. De eso tenía yo plena conciencia. Jamás he fingido estar en posesión de tales conocimientos, pero me vi llevado a contestar lo siguiente, aunque aún hoy me maraville de mi impertinencia: «Pues claro que nada sé de los malayos. Con sólo saber la centésima parte de lo que saben de los malayos usted y Frank Swettenham haría dar un respingo a todos mis lectores». Él prosiguió observándome con cordialidad y, pese a todo, con firmeza, tras lo cual rompimos los dos a reír. En el curso de aquella gratísima visita, que tuvo lugar hace una veintena de años y que tan bien recuerdo, hablamos de múltiples asuntos; uno de ellos fue la disparidad de características que se da entre unas lenguas y otras, dado lo cual mi amigo se llevó aquel día la impresión de que había tomado yo una elección libre y deliberada entre el francés y el inglés. Más adelante, cuando la amistad (que para él no es palabra nueva) lo llevó a escribir un estudio en la North American Review sobre la obra de Joseph Conrad, transmitió al público lector esa misma impresión.

Este malentendido, pues no se trata de otra cosa, fue sin duda alguna culpa mía. Debí de expresarme bastante mal en el curso de aquella conversación amistosa e íntima, momento en el cual uno no observa sus frases y pronunciamientos con todo el cuidado que debiera. Que yo recuerde, tan sólo intenté decir que si me hubiera visto ante la necesidad de elegir entre los dos, pese a reconocer bastante bien el francés y pese a estar familiarizado con esta lengua desde mi más tierna infancia, me habría atemorizado proponerme el esfuerzo de expresarme en una lengua tan perfectamente «cristalizada». Creo que ésa fue la palabra que utilicé entonces. Acto seguido pasamos a tratar de otros asuntos. Tuve que hablarle un poco acerca de mí; todo lo que él me refirió acerca de su trabajo en Oriente, su Oriente propio y particular, del cual no había entrevisto yo sino el más neblinoso atisbo, me resultó del más absorbente interés. Es posible que el actual gobernador de Nigeria no recuerde aquella conversación tan bien como yo, pero estoy convencido de que no pondría reparo alguno ante esto, que es lo que en términos diplomáticos se denomina «rectificación» de una afirmación que ante él hiciera un oscuro escritor a quien había acudido a visitar por pura simpatía y generosidad, dispuesto a trabar amistad con él.

La verdad del caso es que la habilidad de escribir en inglés me es tan connatural como cualquier otra de las facultades de que dispongo desde mi nacimiento. Tengo la extraña y abrumadora sensación de que siempre ha formado parte inherente de mí. Y es que en mi caso el inglés no fue producto de una elección ni de una adopción. Jamás pasó por mi cabeza la más remota idea de plantearme una elección. En cuanto a la adopción… bueno, qué duda cabe, hubo adopción, pero conste que fui yo el adoptado por el genio de la lengua, que tan pronto superé la etapa de los balbuceos se apropió de mí de forma tan cabal que hasta sus propios giros idiomáticos incidieron de forma directa en mi temperamento y modelaron mi todavía maleable carácter.

Fue un acto muy íntimo, y por esa misma razón me resultaba también misterioso de contar. Proponerse explicarlo sería tarea tan imposible como proponerse explicar el amor a primera vista. Hubo en esa conjunción de reconocimiento exultante, casi físico, algo muy similar al rendimiento y al abandono emocional, así como el orgullo de la posesión propia; ahora bien, en todo ello no hubo la menor sombra de esa horrorosa duda que cae sobre la mismísima llama de nuestras pasiones perecederas. Supe en lo más hondo de mí que aquello era ya para siempre.

Siendo pues fruto de un descubrimiento y no de la herencia, esa misma inferioridad de categoría hace de dicha facultad un bien más preciado aún, y sitúa a quien detenta esa posesión ante una obligación de por vida, la obligación de ser fiel a su enorme fortuna. Sin embargo, se me antoja que todo esto debe de dar la impresión de un intento por explicarlo, y ésa es tarea que, como digo, está fuera del alcance de cualquiera. Si en toda acción tal vez hemos de admitir con temor reverencial que lo imposible retrocede ante el indomable espíritu del hombre, cuando se trate de analizarlo, ese imposible siempre se resistirá a desvelarse. Tras todos estos años de práctica devota, tras haber acumulado la angustia que se desprende de las dudas, las imperfecciones y los defectos de mi corazón, solamente puedo jactarme del derecho a que se me crea cuando digo que de no haber escrito en inglés nunca habría escrito ni una sola palabra.

La otra cuestión que quisiera tratar aquí es también una rectificación, aunque de carácter menos directo. Nada tiene que ver con el medio en que me expreso. Atañe de muy otra manera al tema de mi autoría. No seré yo quien critique a mis jueces, pues siempre he creído recibir más que justicia de sus manos. Sin embargo, tengo para mí que su simpatía y su interés han adscrito a las influencias raciales e históricas gran parte de lo que, según creo, es sencillamente patrimonio del individuo. Nada hay tan ajeno al temperamento polaco como lo que en el mundillo literario se denomina eslavofilia; nada hay tan ajeno a su tradición de autogobierno, su visión caballeresca de las construcciones morales y su exagerado respeto por los derechos individuales, por no mencionar el importantísimo hecho de que la mentalidad polaca, de textura occidental, se ha curtido en la influencia italiana y francesa e, históricamente, siempre ha mantenido su empatía, incluso en los asuntos religiosos, con las corrientes más liberales del pensamiento europeo. La concepción imparcial de la humanidad toda, en todos sus grados de esplendor y miseria, junto con una especial consideración para con los derechos de quienes carecen de privilegios, y no sobre la base de una convicción mística, sino fundamentada en la simple camaradería y en una honorable reciprocidad de servicios, fue la característica dominante del ambiente mental y moral propio de las casas que cobijaron mi azarosa infancia, en definitiva, asuntos de calma y honda convicción, a un tiempo duraderos y consistentes, tan ajenos como fuera posible a ese humanitarismo que parece mera cuestión de nerviosismo, locura o morbidez.

Uno de los críticos que me han tratado con mayor simpatía intentó justificar ciertas características de mi obra por el mero hecho de ser yo, según sus propias palabras, «hijo de un revolucionario». No hay epíteto menos indicado para un hombre dotado de un hondo sentido de la responsabilidad tanto en la región de las ideas como en la provincia de la acción, y tan indiferente a los arranques de la ambición personal como fue mi padre. No consigo entender por qué por toda Europa se tachó de «revolucionarios» los alzamientos acaecidos en Polonia en 1861 y 1863, pues no fueron más que simples revueltas contra la dominación extranjera. Los propios rusos los calificaron de «rebeliones», término que, según su punto de vista, hace justicia exacta a la verdad. Entre los hombres que estuvieron implicados en los preparativos del movimiento de 1863, mi padre no podría considerarse más revolucionario que los demás, en el sentido que tiene el término de subversión de cualquier planteamiento político o social preestablecido. Fue tan sólo un patriota, en el sentido en que lo es un hombre que, convencido de la espiritualidad propia de una existencia nacional, no consiente ver esclavizado ese espíritu.

Una vez requerida su presencia en público, en un amable intento por justificar la obra del hijo, no será posible despachar a esa figura de mi pasado sin dedicarle unas pocas palabras más. De niño es evidente que conocí muy poco acerca de las actividades de mi padre, pues ni siquiera había cumplido doce años cuando murió. Lo que vi con mis propios ojos en su funeral fueron las calles despejadas y la multitud en silencio, si bien entendí a la perfección que se trataba de una manifestación del espíritu nacional con motivo de una ocasión propicia. La masa de trabajadores que se habían descubierto las cabezas, los jóvenes de la universidad, las mujeres desde las ventanas, los colegiales en las aceras, difícilmente habrían podido saber a las claras nada de él, con la sola excepción de su fama por la fidelidad que había mantenido siempre hacia la única emoción que guiaba sus corazones. Yo tampoco disponía sino de aquella seguridad; aquella silenciosa manifestación me pareció el homenaje más natural del mundo, pero no en honor del hombre, sino de la Idea.

Me había impresionado de forma mucho más íntima la quema de sus manuscritos unas dos semanas antes de su muerte. Se procedió a la quema bajo su propia supervisión. Resulta que aquella noche entré en su habitación algo antes de lo acostumbrado, y sin que nadie se fijara en mi presencia vi cómo la enfermera alimentaba las llamas de la chimenea. Mi padre estaba sentado en un sillón, respaldado por varios almohadones. Fue la última vez que lo vi fuera de la cama. Su aspecto no se me antojó tanto el de un hombre desesperadamente enfermo cuanto el de un hombre mortalmente hastiado, un hombre vencido. Aquel acto de destrucción me afectó profundamente por lo que había en él de rendición incondicional, aunque no fuese exactamente una rendición ante la muerte. Para un hombre de tan profunda fe, la muerte no podría haber sido enemigo de talla.

Durante muchos años estuve convencido de que hasta los últimos restos de sus escritos se habían quemado; ahora bien, en julio de 1914 me hizo llamar el bibliotecario de la Universidad de Cracovia, en el curso de nuestra breve visita a Polonia; acudí a visitarle y me refirió la existencia de ciertos manuscritos de mi padre, sobre todo de una serie de cartas escritas antes y a lo largo del exilio, cartas que su amigo más íntimo había enviado a su vez a la universidad con objeto de que fueran debidamente conservadas. Acudí al punto a la biblioteca, pero sólo dispuse de tiempo para echar un brevísimo vistazo. Me propuse volver al día siguiente y ordenar que se hiciera una copia de toda la correspondencia. Al día siguiente había estallado la guerra. Por eso tal vez nunca llegue a mi conocimiento qué pudo escribir mi padre a su amigo más íntimo en su época de felicidad doméstica, acerca de su recién estrenada paternidad, de sus esperanzas y ambiciones, o después, durante las largas horas de la desilusión, las privaciones y la tristeza.

También había imaginado que se le habría olvidado por completo, transcurridos cuarenta y cinco años desde su muerte, pero no fue ése el caso. Algunos jóvenes literatos le habían descubierto sobre todo como notable traductor de Shakespeare, Victor Hugo y Alfred de Vigny, a cuyo drama titulado Chatterton, que tradujo él mismo, había antepuesto un elocuente prólogo en el que defendía la honda humanidad del poeta y sus ideales de un noble estoicismo. También se recordó la faceta política de su dedicación; algunos contemporáneos suyos, camaradas en la tarea de mantener firme el espíritu nacional y la esperanza de un futuro independiente, habían publicado en su vejez sus memorias, y en ellas se reveló al mundo entero el papel que había desempeñado. Tuve entonces noticia de hechos de su vida que nunca habían llegado a mis oídos, hechos que al margen del grupo de iniciados jamás habría podido conocer ningún ser vivo, hecha la sola excepción de mi madre. Gracias a un volumen de memorias publicado póstumamente, que trataba sobre aquellos años amargos, supe que la primera formación en secreto del Comité Nacional se propuso por encima de todo organizar la resistencia moral contra la creciente presión del dominio ruso, y que esa formación respondió a la iniciativa de mi padre, que las primeras reuniones se celebraron en nuestra casa de Varsovia, de la cual todo lo que alcanzo a recordar con cierta claridad es una sola habitación, decorada en blanco y carmesí, que probablemente fuese el salón. En una de aquellas paredes se abría el arco más gallardo de todos los de la casa; adónde pudiera conducir es para mí un misterio, si bien ni siquiera hoy puedo quitarme de la cabeza que era un arco de enormes proporciones, y que las personas que aparecían y desaparecían por aquella entrada eran seres que descollaban muy por encima de la normal estatura de los hombres. Entre aquellas personas recuerdo a mi madre, una figura si acaso más familiar que las demás, vestida rigurosamente de negro por el luto nacional, luto que llevaba en desafío a las feroces regulaciones policiales. De aquella época también he preservado el temor reverencial que me inspiraba su misteriosa gravedad, por más que de ninguna manera se negara a sonreír. Y es que también recuerdo su sonrisa. Tal vez siempre fuese capaz de esbozar una sonrisa y dedicármela a mí. Era entonces joven; no había cumplido treinta años. Murió años después, en el exilio.

En las páginas que siguen hago mención de su visita a la casa de su hermano, acaecida poco más o menos un año antes de su muerte. También hablo de pasada acerca de mi padre, tal como lo recuerdo en los años siguientes al mortífero golpe que le supuso esa pérdida. Bien, pues una vez evocadas estas sombras en respuesta a las palabras de un crítico amable, que regresen a su lugar de reposo, donde sus perfiles aún palpitan vivos, diluidos si bien todavía conmovedores, y que esperen el momento en que su realidad obsesionante, su última huella sobre la tierra, haya de irse conmigo de este mundo.

1919

J. C.

Prefacio familiar

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