Crónicas de un apellido inglés - Amelia Mayo - E-Book

Crónicas de un apellido inglés E-Book

Amelia Mayo

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Beschreibung

Londres, 1888. Olivia Pemberfort acaba de cumplir veinte años y ha pasado la mayor parte de su vida en el campo, por lo que, al verse obligada a participar en la temporada social, siente que su padre la ha condenado al más absoluto aburrimiento. Sin embargo, todo cambia para ella cuando se convierte en testigo accidental del asesinato de un noble español en los jardines del mismísimo Buckingham Palace.  Olivia se verá inmersa en una peligrosa investigación; y no le quedará otra que fingir un cortejo con el hijo del marqués asesinado, lidiar con amenazas anónimas, proteger a sus hermanas y reivindicar que ella ve mucho más allá de lo que la sociedad le supone por ser mujer, aunque sea sin sus anteojos…  Conoce a los extraordinarios Pemberfort en una historia de amor y misterio, donde los lazos de familia, la lealtad y el valor se ponen a prueba en cada página.

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Seitenzahl: 331

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Contenido

Página de créditos

Introducción

1. Un debut a ciegas

2. Un mal pasado, un buen presente y un futuro interrumpido

3. Ese olor…

4. De cómo el viento puede jugar con el cabello de una dama

5. Cómo explicarle que ya no está

6. Puede que Bellmont House sea un buen lugar para repasar lo acontecido

7. Dos ramos y un solo cortejo

8. Para una mujer decidida no existen los imposibles

9. La importancia de confiar en una hermana y en un amigo

10. Un beso, otro beso y una borrachera

11. Una carroza, aunque pequeña, puede ser un buen lugar

12. Lluvia, cintas azules y, de repente, el ferrocarril

13. La primera vez siempre es la más impresionante

14. Una serie de preguntas incómodas

15. Olivia no está y todo se hunde

16. Cuando solo dejas de luchar porque te duermen

17. Los planes siempre son una solución ordenada para Los problemas

18. Cuando la verdad arrasa la misericordia muere

19. Una confesión que espera un perdónimposible

20. El mar puede ser testigo de cualquier final

21. Un futuro prometedor

Epílogo

Agradecimientos

Crónicas de un apellido inglés. 1. Olivia

Página de créditos

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Título original: Crónicas de un apellido inglés. 1. Olivia

© 2025 Julia Díez

Corrección: Rosa Sanmartín

Diseño de cubierta: Eva Olaya

1.ª edición: marzo 2025

Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:

© 2025: Ediciones Versátil S. L.

Calle Muntaner, 423, piso 2

08021 Barcelona

www.ed-versatil.com

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.

A mi marido, por darme el tiempo que necesito, y a mis hijos, por no importarles el tiempo que les he robado. Os quiero.

Introducción

20 de diciembre de 1872

La salita estaba sumida en una penumbra inquietante, apenas iluminada por el débil resplandor de una lámpara de aceite situada en una de las esquinas de la estancia. Olivia apretaba las manos de Peyton, que no dejaba de temblar. La pequeña, de tres años, mantenía la cabeza sobre el regazo de su hermana como si no quisiera formar parte de aquella realidad. El eco de voces y pasos procedentes de la habitación de su madre resonaba en las paredes. Las criadas iban y venían; entraban con toallas blancas que salían al momento manchadas de sangre. Ambas estaban muy asustadas. Tenían el presentimiento de que algo malo iba a suceder, lo leían en las caras de los adultos, impregnaba cada partícula del aire.

—¡Más agua caliente! —Se oyó gritar a la matrona—. Rápido, ¡la necesito ya!

La situación era un caos: los gritos de dolor de su madre, las órdenes tajantes de la partera, el chirrido de los cubos de agua y el crujido del suelo bajo las botas apresuradas del personal estremecían el alma a Olivia, que parecía haberse hecho cinco años mayor de golpe.

Harriet, su tía, que las acompañaba en la salita, se paseaba de un lado a otro con las manos apretadas contra el pecho y la mirada fija en la puerta cerrada. Cada tanto, se inclinaba hacia las niñas intentando disimular su nerviosismo.

—Todo estará bien —murmuraba, aunque su voz sonaba hueca, demasiado frágil para resultar creíble.

De pronto, los gritos de su madre cesaron, provocando un silencio que duró unos segundos. Luego se oyó un llanto agudo. Olivia sintió que el corazón le saltaba del pecho. Peyton levantó la cabeza del regazo de su hermana y la miró.

—Un bebé —murmuró Olivia, como si decirlo en voz alta lo hiciera más real.

Harriet soltó un suspiro entrecortado, pero antes de que pudiera reaccionar, otro llanto, más fuerte y aún más desesperado, llenó el aire. Y entonces, un grito desgarrador, un alarido que Olivia nunca había oído antes: la voz de su padre.

Harriet se llevó una mano a la boca y corrió hacia el dormitorio. La puerta se abrió de golpe, dejando ver apenas un instante el interior antes de cerrarse de nuevo tras ella. Pero Olivia lo vio, aunque después deseó no haberlo hecho.

Su madre yacía en la cama, pálida como la cera, con los ojos abiertos y fijos en algún punto invisible. Parecía una estatua rota. Su padre estaba inclinado sobre ella; abrazaba su cintura desesperado, con el rostro hundido, sollozando como un niño perdido. Harriet corrió hacia él y lo rodeó con los brazos, también llorando. A los lados de la habitación, las criadas limpiaban con cuidado a dos pequeñas figuras que no dejaban de llorar.

Las lágrimas empañaron las gafas de Olivia. Casi no podía ver a través del cristal humedecido. Era la misma estampa que había contemplado tres meses atrás, cuando falleció su abuela materna. Y entonces supo que su madre no volvería a moverse.

Peyton, que notó que su hermana se tensaba, escondió la cabeza en su pecho, sollozando. Olivia, que intentaba entender lo que estaba ocurriendo, la abrazó con fuerza, tratando de protegerla del horror que ya jamás podría borrar de su mente. Las puertas del dormitorio se abrieron una vez más y la matrona asomó la cabeza con el rostro endurecido por la fatiga. Al ver a las niñas, su expresión cambió a algo parecido a la compasión, aunque no lograba ocultar la gravedad de lo sucedido.

—Tú, acompaña a las niñas —ordenó a una de las sirvientas, que se apresuró a obedecer. La mujer salió a la salita y cerró la puerta tras de sí. El golpe seco resonó en la mente de Olivia. Esa fue la última vez que vio a su madre.

***

18 de febrero de 1873

Arthur Pemberfort permanecía de pie junto a una ventana con la vista clavada en los jardines, grises y marchitos por el invierno. Era el vivo retrato de su corazón. Harriet, sentada con la espalda recta en un sillón de terciopelo, observaba a su hermano con preocupación.

—Son tan pequeñas, Harriet… —murmuró Arthur con un hilo de voz. Había algo quebradizo en su tono, como si cada palabra lo desgarrara. Se llevó los dedos a las sienes y las masajeó con un gesto inútil, como si así pudiera disipar el peso que cargaba—. Olivia ha guardado todas sus muñecas.

Harriet parpadeó, confundida, pero no lo interrumpió.

—Cuando la niñera le preguntó por qué lo había hecho, respondió que no quiere dejarlas solas y sin mamá. Dice que si se va, como están guardadas, no lo notarán… —tragó saliva— y no llorarán por las noches.

Arthur dejó escapar un gemido, agotado. Harriet no dijo nada, pero sus manos se crisparon un poco sobre el reposabrazos del sillón.

—También le dijo que cuidará de Peyton —prosiguió Arthur con la voz ahora más apagada, como si hablara consigo mismo—, porque cada noche, en sueños, llama a su madre. Olivia se levanta, la abraza y se queda con ella hasta que vuelve a dormirse. —Se detuvo un momento, como si necesitara reunir fuerzas para seguir—. Dice que las gemelas tienen suerte… —se le quebró la voz, y tardó unos segundos en recomponerse—, porque nunca recordarán cómo era vivir con su mamá. Nunca tendrán que echarla de menos.

Arthur miró por un momento a su hermana, y el dolor que reflejaban sus ojos era casi insoportable. Luego volvió la vista al infinito que le ofrecía el paisaje.

—Harriet, no puedo seguir aquí. No puedo seguir viéndolas sufrir. Cada rincón de esta casa, cada sombra, les recuerda a las niñas lo que han perdido… y a mí también.

El silencio que se adueñó de ellos después de las palabras de Arthur era tan denso que parecía absorber el aire de la habitación. Harriet se removió en su asiento, con la garganta seca y el pecho oprimido por la impotencia. Miró a su hermano, que permanecía de pie, con los hombros tensos y la cabeza inclinada. Quería encontrar las palabras adecuadas, algo que pudiera aliviar su dolor, pero sabía que cualquier cosa que dijera le parecería vacía.

—Arthur… —empezó—, es muy pronto. Para ellas… y para ti. Necesitáis daros un tiempo.

El hombre negó despacio con la cabeza, con un movimiento breve pero firme, como si su decisión ya estuviera tomada. Sus labios se movieron antes de emitir sonido alguno, y cuando lo hizo, su tono fue casi inaudible.

—No hay más tiempo, Harriet. Si me quedo aquí, no sé qué será de nosotros. No sé qué va a ser de mí. Aparte de ti, soy todo lo que les queda a esas niñas. Y están las gemelas. Ahora no se enteran de nada, pero no pueden crecer con un padre sumido en la desesperación y, si sigo aquí, es lo que van a tener. Ellas. Todas vosotras. Lo he pensado mucho estos últimos días y he tomado una decisión —anunció, pausando lo suficiente como para que sus palabras calaran hondo.

Harriet lo observó en silencio con el corazón acelerado mientras anticipaba lo que estaba por venir.

—Partiré con las niñas a Seabrook Manor. Nos quedaremos allí todo el año. Es lo mejor.

Harriet arqueó una ceja, desconcertada. Conocía aquella casa apartada en la campiña de Dorset, un lugar cerca del mar, solitario y azotado por los vientos. Había sido la residencia habitual de la familia durante generaciones, pero hacía años que nadie vivía allí. Solo se utilizaba en verano para el descanso familiar.

—¿Seabrook Manor? —repitió, incrédula—. Arthur, no puedes estar hablando en serio. ¿A ese rincón perdido de Dorset? ¿Con las niñas?

Arthur se giró hacia ella. Sus grandes ojos azules seguían ensombrecidos por el dolor, que parecía haberse alojado de forma permanente en su rostro desde el entierro de la esposa.

—No puedo seguir aquí, Harriet. Todo… todo me recuerda a ella. Las flores que escogió para el jardín, los cuadros en las paredes, incluso el olor de este lugar. Y Londres… Londres es aún peor. Esta sociedad hipócrita y decadente que la vetó por burguesa. No quiero que mis hijas crezcan rodeadas de esa miseria disfrazada de grandeza.

Harriet dejó escapar un suspiro al tiempo que tamborileaba los dedos sobre el reposabrazos.

—Entiendo tu dolor, Arthur, pero Seabrook Manor no es el lugar adecuado para las niñas. —Se inclinó hacia delante—. ¿Con quién se relacionarán allí? ¿Con campesinos? ¿Con pescadores? Las niñas necesitan cultura, modales. Algún día tendrán que presentarse en sociedad, y el campo no puede ofrecerles eso.

Arthur dio un paso hacia ella con la expresión endurecida.

—Prefiero que crezcan entre gente sencilla y honesta a que se conviertan en lo que son esos aristócratas. No necesito que sean aceptadas por una sociedad que despreció a su madre.

—Está bien. Lo entiendo. Perdona. Tienes razón, pero —rebatió intentando mantener la calma— vivir en el campo no tiene por qué estar ligado a la incultura o a la rudeza. Temo que no tengan una vida plena. Sabes que quiero lo mejor para ellas. Las quiero como si fueran mis hijas. —Su mirada se intensificó—. Merecen una educación adecuada a su posición, alguien que las guíe. Si insistes en ir a Seabrook, iré contigo, al menos hasta que encuentres una buena institutriz. Además, no hubierais tardado en contratar una para Olivia, ya está a punto de cumplir cinco años.

Arthur se debatió por un momento.

—De acuerdo. Pero no esperes que cambie de idea sobre Londres o sobre lo que esas niñas necesitan. Mi decisión está tomada.

Harriet se levantó ajustando las mangas de su vestido. Sus ojos encontraron los de Arthur, y durante un instante pareció querer decir algo más, pero se contuvo. En cambio, le habló con voz serena.

—Prepararé mi equipaje. —Se dirigió a la puerta de la sala, pero antes de alcanzar al picaporte se giró hacia su hermano—. Pero ten por seguro, Arthur, que no permitiré que esas niñas echen a perder su futuro. Su madre amaba a esas pequeñas y querría que tuvieran lo mejor; aunque tú no puedas verlo ahora, sé que acabarás dándome la razón.

Arthur no respondió. Volvió la vista hacia la ventana y dejó que el silencio regresara al salón.

Harriet salió de la estancia con paso firme. Aunque respetaba el dolor de su hermano, sabía que el camino hacia Seabrook Manor sería solo el principio de una dura batalla por el futuro de las niñas.

***

22 de mayo de 1883

Olivia se ajustó las gafas mientras avanzaba por el sendero que bajaba hacia la playa. Peyton la seguía de cerca, como siempre. Desde que perdieron a su madre, hacía ya una década, su hermana menor se había convertido en su sombra. Para Peyton, Olivia no solo era su hermana, sino también su amiga, su confidente y, a veces, su madre. Harriet hacía lo que podía para llenar el vacío, supervisaba la casa y las tierras con la misma dedicación que habría tenido su madre, pero para Peyton, Olivia era el pilar que más importaba.

—¿Adónde vamos? —preguntó Peyton intentando igualar el paso de su hermana mayor.

Olivia se detuvo al borde del acantilado, con la vista fija en el océano que se extendía frente a ellas. Las olas rompían contra las rocas y, más allá, se divisaba una oscura abertura en la pared de piedra. Era la Cueva del Cojo, un sitio que la fascinaba desde niña.

—Hoy quiero explorar la cueva —declaró con determinación.

Peyton frunció el ceño.

—¿La Cueva del Cojo? Olivia, sabes que papá nos prohibió ir hasta allí. Es peligroso. Cuando sube la marea, la cubre casi por completo. Ya te castigaron cuando fuiste con Thomas… Y, además, ¿para qué? Sabes que esa historia es solo un cuento para asustar a los niños.

Olivia se detuvo para enfrentar a su hermana. Sonrió cruzándose de brazos.

—No es solo un cuento. El pirata Cojo existió de verdad. Lo atraparon aquí mismo, en Dorset, hace más de cien años. ¿No te he contado la historia?

Peyton negó con la cabeza, aunque el miedo en sus ojos revelaba que no quería escuchar más.

—Dicen que era un asesino despiadado, que mató a toda su tripulación porque no quería repartir el tesoro. Ocultó las monedas de oro en la gruta antes de que lo capturaran, pero nunca reveló dónde las había escondido. Fue ejecutado en la horca, y dicen —su voz se oscureció deliberadamente— que su fantasma vaga por la cueva para proteger el botín. —Olivia hizo una pausa, alzando una ceja para añadir dramatismo—. También dicen que, si entras, puedes quedarte atrapada con él cuando sube la marea.

Peyton miró hacia la cueva con aprensión.

—Eso es absurdo. Yo no voy a ir. No pienso desobedecer otra vez.

—Pues yo sí. —Olivia se subió las gafas con ayuda del dedo índice, se giró y empezó a bajar el acantilado ignorando las protestas de su hermana. Peyton vaciló unos segundos antes de gritarle desde arriba.

—¡Olivia, por favor, no lo hagas! Es peligroso, y Harriet se enfadará. Y si papá se entera, te matará.

—¡No se enterará! —replicó Olivia sin mirar atrás.

Cuando llegó abajo, la recibió una pequeña orilla de arena fina y blanca. La chica se quitó los zapatos y el vestido para quedarse en ropa interior y lo dejó todo sobre una roca. Luego se ajustó las gafas y entró en el agua fría con cuidado. El mar estaba en calma, así que no le costaría llegar. Era un gran día para intentarlo.

No tardó en llegar a la cueva, a unos escasos treinta metros de la entrada. Una vez dentro, salió del agua y se sentó en la pequeña playa que había en su interior. El ejercicio la había hecho entrar en calor, por lo que no sentía demasiado frío. Se quitó las gafas y limpió los cristales con el tirante de su camisola. Tenía poco tiempo antes de que la marea empezara a subir. La primera vez que pisó la cueva, Thomas, el hijo del herrero de Seabrook Manor, le había enseñado el truco de la piedra: colocar una a cierta distancia de la orilla, y emprender el regreso en cuanto el agua la tocara. Desde entonces, había ido cuatro veces, contando aquella.

Sacudió la cabeza y se centró en la búsqueda. Se había imaginado infinidad de veces que encontraba las monedas y que era reconocida en todo el mundo como una gran arqueóloga. O mejor, ¡como una gran investigadora! Enseguida se puso a trabajar, inspeccionando las paredes de la cueva con detenimiento. Pero una vez más, no encontró ningún rastro del tesoro. Desilusionada, se sentó frente a la piedra, observando cómo las tenues olas se acercaban con lentitud. Hubiera sido un gran regalo de cumpleaños. Dibujó un pastel con quince velas en la arena mojada, con el dedo índice. Quince años. Diez sin ella. Pensó en su madre, en Harriet y en su hermana Peyton. También en Sophie y Freya, cuya crianza sentía como su responsabilidad. Tenía claro que haría cualquier cosa por protegerlas. Se estremeció y sintió un escalofrío. ¿Qué le depararía el futuro? ¿Y a sus hermanas? Con aquellas gafas como lastre, tenía claro que nadie se acercaría a ella. Thomas le había dicho que era guapa y, aunque era un secreto mudo entre ellos, Olivia había percibido que no le interesaban las chicas, así que no contaba. Hacía ya algún tiempo que se había prometido no presentarse en sociedad, aunque su tía insistiera. Se ahorraría ese mal trago.

El agua tocó la piedra. Era hora de marcharse, así que empezó a nadar hacia la salida. A medida que se acercaba a la orilla, logró distinguir, entre las gotas que adornaban los cristales de sus gafas, dos figuras esperándola: su padre y Peyton.

—Maldita sea —murmuró entre dientes.

Cuando llegó a la playa, en su prisa por salir del agua, tropezó con una piedra semienterrada en la arena mojada y se cayó. Sintió como las palmas de las manos y las rodillas se le llenaban de arañazos. También perdió por un momento los anteojos, suerte que pudo recuperarlos de un manotazo. Su padre dejó escapar un profundo suspiro. Tan valiente y tan patosa… Olivia se levantó con torpeza, se puso las gafas, enredándolas entre las hebras de cabello mojado que se le habían pegado a la cara, y se sacudió la arena mientras evitaba el contacto visual con él.

—¿Qué demonios estás haciendo? —Aquella pregunta sonó como un trueno, y Olivia se contrajo nada más oírla, olvidando el frío que sentía al recibir el aire contra su cuerpo mojado. Sin decir nada, recogió su ropa con la mirada gacha, esperando que la reprimenda no fuera a más.

Al pasar al lado de su hermana, la miró desafiante.

—Lo siento —murmuró Peyton. Su voz era apenas audible—. No quería decir nada… Se me escapó…

Olivia se secó las manos con el vestido antes de ponérselo, ignorando la disculpa de su hermana. Aunque entendía que Peyton no lo había hecho a propósito, la conocía de sobra. Era de boca fácil. No tendría que haberla llevado consigo. Se hubiera ahorrado aquella escena.

Olivia terminó castigada sin ir a la playa durante dos meses. Aunque el enfado se le pasó en apenas dos días, decidió que, en el futuro, no le contaría a su hermana nada que pudiera meterla en problemas. Algunas cosas era mejor guardárselas para sí misma.

1. Un debut a ciegas

12 de abril de 1888

La música reverberaba en los majestuosos salones de Buckingham Palace, acompañando el frufrú de las sedas y el ruido de las copas al brindar. Olivia Pemberfort se encontraba en el corazón de ese torbellino de debutantes, aunque a ella esa escena le parecía más bien un difuso cuadro abstracto. Sin sus anteojos, cada rostro, cada objeto, se transformaba en una mancha borrosa.

Era el año 1888, y la regia figura de la reina Victoria dominaba el poderoso Imperio británico, un imperio donde Olivia se sentía tan fuera de lugar como un lirio en un pantano. Su padre seguía convencido de que la decisión de alejar a sus hijas del mundanal Londres cuando murió la madre, para criarlas en el más puro aislamiento de la campiña, había sido la adecuada. Fueron años dedicados por completo a ellas, algo poco frecuente en un caballero. Podría haberse casado de nuevo y traspasar la responsabilidad de la educación de las cuatro hermanas a la nueva duquesa, pero Arthur Pemberfort se entregó a la tarea con esmero. Sin embargo, impulsado por el peso abrumador de las obligaciones familiares, Arthur había llevado a Olivia y a Peyton al frenesí de la temporada social. Harriet, su hermana, había insistido argumentando que era la mejor manera de asegurar un futuro prometedor para las jóvenes. Arthur cedió, pero con una condición: solo aprobaría un matrimonio por amor. Deseaba procurarles a todas sus queridas hijas una vida conyugal plena y feliz.

El salón empezaba a estar abarrotado. Las debutantes lucían vestidos de seda y satén con faldas amplias soportadas por crinolinas y corsés ajustados a unas cinturas imposibles. Los colores predominantes eran los pasteles suaves o el blanco puro. Cada vestido era una obra de arte ideada para impresionar. Las prendas, cuidadosamente adornadas con encajes finos, cintas elegantes y florecitas colocadas de forma magistral, proclamaban sofisticación y reflejaba el estatus de quienes las vestían. Las jóvenes, conscientes del efecto de sus atuendos, se movían con una gracia calculada haciendo ondular sus faldas a cada paso, coquetas, invitando al cortejo.

Los caballeros, por su parte, complementaban la escena envueltos en sus fracs negros de corte impecable. Los chalecos, corbatas de moño y guantes blancos contrastaban con las chaquetas y añadían un toque de distinción formal. El remate de tanta pomposidad lo ponían unos zapatos de charol que reflejaban las luces del salón.

En Buckingham Palace, el primer baile de la temporada era una obra de arte en movimiento, una sinfonía de colores, música y elegancia en la que cada participante sabía que aquello era mucho más que simple diversión: era el juego de la vida social en su máxima expresión.

Olivia permanecía de pie, apartada a un lado. En un intento de distraer su mente de la incomodidad que le producía no distinguir a nada ni a nadie a más de dos metros, dejó que sus pensamientos volaran a lo que había sucedido aquella misma mañana. Se sonrojó. Recordó la tensa presentación ante la reina Victoria, quien, con su imponente presencia, había marcado el retorno oficial de la familia Pemberfort a la sociedad londinense. En mitad de aquel momento trascendental para su familia, Olivia, en lugar de honrar su apellido, había proyectado la que consideraba la peor imagen de sí misma o, al menos, eso creía, humillando a los suyos. A pesar de que su padre y su hermana intentaron consolarla asegurándole que no había sido para tanto, Olivia no podía olvidar la angustia que había sentido. Justo antes del evento que debía marcar su debut en sociedad, sus hermanas pequeñas, en un acto que ella bautizó de pueril crueldad, habían escondido sus anteojos. Este pequeño, pero significativo sabotaje, no solo había afectado a su visión, sino que había minado su confianza y la volvía vulnerable ante la mirada de los presentes cuando más necesitaba dar una imagen de gracia y compostura.

Por supuesto, más tarde, sus hermanas se justificaron alegando que esos anteojos no iban a ayudarla a encontrar marido. Según dijeron, los habían dejado en Seabrook Manor a propósito. Pero ¿acaso eso le importaba a Olivia? A sus veinte años, la aristocracia más recalcitrante ya la consideraba una solterona, o casi. No tenía interés en buscar esposo; si había aceptado presentarse en sociedad, era solo para acompañar a Peyton, que acababa de cumplir los dieciocho. No estaban familiarizadas con las costumbres sociales, los chismes, las envidias y la frivolidad que abundaba en esos círculos, y Peyton era demasiado alocada. Tenía que cuidar de ella. Las dos estaban muy unidas, siempre lo habían estado.

La presentación había sido un fiasco total y, ahora, para colmo, todo el mundo la conocía. Olivia estaba convencida de que los asistentes ya la habrían apodado de algún modo despectivo. La imagen se sucedía una y otra vez en su cabeza. Ella caminando con torpeza hacia su majestad, vacilante y desorientada, con miedo de tropezar con su propio vestido o, peor aún, con su hermana, que avanzaba horrorizada a su lado. De repente, perdiendo de vista el frente, poco a poco, como si el tiempo se hubiera ralentizado, una caída muy poco elegante terminó con su cara demasiado cerca del zapato de su majestad. La pluma que Roseta, su dama de compañía, había colocado con esmero entre su cabello, se había roto. La falda se le había subido de forma indecorosa por encima de los tobillos. Por suerte, su hermana se había mantenido erguida a su lado.

Olivia aún podía sentir el corazón palpitando en las rodillas, manos y muñecas, marcando cada latido alrededor de sus sienes. Aún resonaban en sus oídos las risas de Peyton, seguidas por las de la reina y por las de los demás asistentes. Sintió de nuevo cómo el rubor inundaba su rostro. Suspiró sin importarle si había alguien cerca. Era imposible hacer más el ridículo. Quería volver a casa, a sus libros, a su violonchelo.

—¡Maldita sea! —murmuró para sí misma mientras sacudía la cabeza. Trataba de deshacerse de sus pensamientos y volver a la cruda realidad—. Esto no es para mí.

Había planeado rechazar cualquier invitación para bailar, inventándose una torcedura de pie, pero nadie se le había acercado. Se revolvió dentro del vestido y retorció las manos, que hasta aquel instante habían permanecido juntas sobre el regazo. Fue entonces cuando Peyton apareció jadeante y exhausta después de bailar una enérgica contradanza. Su rostro reflejaba el brillo del entusiasmo de su primer baile, pero también el del cansancio de la actividad frenética.

La repentina aparición de su hermana interrumpió los pensamientos de Olivia, pero apenas transcurrieron un par de minutos, antes de que Peyton fuera de nuevo solicitada por un caballero. Entones, una voz masculina resonó de forma inesperada a su izquierda. Era profunda y magnética, imbuida de una confianza que la capturó al instante. Esa voz llevaba consigo un aroma a sándalo y a cítricos frescos, una combinación inusual que se mezclaba con el aire perfumado del baile y se adhería a los sentidos de Olivia, provocándole un escalofrío tan sorprendente como involuntario.

—Señorita, perdone mi osadía, pues no he tenido el placer de ser presentado formalmente. —El desconocido se inclinó y comenzó a susurrarle al oído con una voz que a Olivia le pareció desafiante—. Sin embargo, me gustaría preguntarle algo… —Olivia se tensó—: ¿podría decirme por qué ha estado observándome durante toda la noche? ¿Acaso nos hemos visto antes? ¿Nos conocemos?

Olivia, confundida y sin atreverse a girar la cara para ver el rostro de su interlocutor, tartamudeó una respuesta poco convincente.

—Oh, lo siento mucho, caballero. Pensé que estaba mirando el… hum, bufé de los postres —replicó con una excusa improvisada en un intento de esquivar aquella situación.

Entre tanto, su mirada se desvió hacia la que creía era la mesa de los postres. Su voz sonó nerviosa, descolocada, y trató de recomponerse en balde de la inesperada interacción. Sin esperar respuesta, giró treinta grados sobre sus talones —demasiado rápido, tanto que casi se cae— y comenzó a atravesar la sala tropezándose con los invitados y los muebles que encontraba en su camino. Buscaba una salida desesperada, pero, en su lugar, lo que encontró fue una ventana cerrada y acabó estrellándose contra ella. Con disimulo, miró en derredor. Nadie la observaba o, por lo menos, nadie a pocos metros. Maldijo de nuevo la broma de sus hermanas. Decidida a darse un respiro, continuó buscando una salida hasta que dio con una de las puertas que se abrían hacia el jardín. Al cruzar el umbral, sintió como el aire fresco de la noche le acariciaba el rostro, ofreciéndole un momento de placidez. Se llevó la mano a la frente y dejó escapar un gemido exasperado. ¡El bufé de los postres! ¿De verdad acababa de decirle a un desconocido, cuyo rostro ni siquiera había mirado, que lo había confundido con un pastel de crema y nata? Estaba exhausta. Quería huir de aquella pesadilla, de aquel día y de todo lo que había sucedido. Se sentía poco más que el bufón de la corte, así que lo mejor que podía hacer era alejarse de aquel salón hasta que las últimas notas de la noche se extinguieran. Entonces regresaría para irse a su casa y no salir jamás de su habitación. Olivia juró que las gemelas pagarían por sus travesuras. La idea de enfrentarse a ellas y regañarlas le dio un nuevo impulso para buscar una vía de escape y un poco de paz lejos del caos del baile.

El palacio, iluminado de forma espléndida, era como un faro que la guiaría para regresar, por lo que se permitió vagar más allá de la terraza y se adentró en el oscuro y fresco jardín. Caminó por un sendero cubierto de petunias y damas de noche, cuyo fragante aroma la transportó de vuelta a su hogar en Dorset, donde su madre, las noches de verano, la esperaba en el columpio del jardín, invitándola a alcanzar el cielo con la punta de los dedos.

Pronto llegó a una pequeño claro rodeado de árboles. Reconoció lo que podía ser un banco de piedra y decidió sentarse un rato. No tardó en darse cuenta de que no estaba sola, un par de sombras se movían a unos metros, en el camino. Se desplazaban rápido, sumidas en una especie de duelo silencioso, pero Olivia apenas podía definir sus contornos. De repente, un sonido sordo, pesado, como el de un saco de grano al caer, rompió la noche, y una de las figuras cayó al suelo. El corazón de Olivia empezó a palpitar con fuerza. No sabía muy bien qué estaba pasando, pero intuía que nada bueno. Se levantó como un resorte y caminó unos pasos hacia las figuras. La sombra que había quedado en pie se giró alertada por el ruido de las pisadas de la joven sobre la gravilla. Sus ojos, aunque invisibles en la oscuridad, encontraron a Olivia, que se había quedado petrificada a unos metros de distancia.

—¡Estás muerta! —la amenaza del desconocido sonó con un tono de voz que le heló la sangre.

Cada palabra vibró a través del aire y golpeó a Olivia con fuerza. El terror se anudó en su estómago mientras la amenaza se hacía más y más real.

Olivia Pemberfort, sin sus anteojos, no hubiera sabido reconocer el rostro de ninguno de los dos hombres. Pero lo que sí sabía era que debía huir de allí en busca de la luz, y encontrar ayuda.

2. Un mal pasado, un buen presente y un futuro interrumpido

Los aposentos de Nicolás, en Kensington Palace, estaban en completo silencio. Las cortinas abiertas dejaban pasar la intensa luz de la luna llena. Nicolás seguía vestido, con la camisa desabotonada y el chaleco algo arrugado. Esas eran las únicas señales de que había intentado relajarse, pero no había tenido éxito. La corbata, que había arrojado sobre una silla cercana, yacía descuidada sobre el respaldo, igual que su abrigo, y es que había dado órdenes de que nadie lo molestara, ni siquiera su ayuda de cámara. No deseaba ver ni hablar con nadie. Tampoco recordar, pero las imágenes se le amontonaban en la cabeza…

En el momento que aquella joven irrumpió en el salón pidiendo ayuda, a Nicolás se le escurrió la copa de las manos, pero el ruido se camufló entre el murmullo de exclamaciones y la confusión general. Sin dudarlo, empezó a abrirse paso hasta la muchacha, apartando a cualquiera que se interponía en su camino, la mayoría más interesados en cotillear que en atender a la dama.

Cuando llegó hasta ella, un hombre se le había adelantado. Más tarde, supo que era el padre de la joven. La chica, con el rostro pálido y los ojos desorbitados, gesticulaba frenéticamente mientras procuraba hablar, pero las palabras se le atropellaban en la boca.

El hombre se inclinó hacia ella, tratando de calmarla.

—¿Qué ha pasado? Respira, por favor, cálmate.

En medio de aquel caos verbal, dos palabras llamaron poderosamente su atención: «asesinato» y «jardín». No necesitaba más. Nicolás salió disparado por la puerta, en el mismo momento en el que llegaba la Guardia Real, y tomó uno de los senderos. Tenía un mal presentimiento. Entonces lo vio. Un hombre yacía inmóvil, boca arriba, sobre la grava. Se detuvo en seco. Reconoció las ropas mucho antes de llegar al cuerpo. También el cabello. Sintió cómo una arcada le subía desde el estómago mientras su paso se volvía más torpe. Cuando ya no tuvo ninguna duda, dejó escapar un grito desgarrador.

—¡¡¡No!!!

El eco de su voz resonó entre los árboles. Se dejó caer de rodillas al lado del cuerpo y lo alzó para abrazarlo contra su pecho.

—¡Padre! —exclamó mientras las lágrimas comenzaban a deslizarse por su rostro.

La pena pronto se transformó en una ira que lo atravesó de pies a cabeza y levantó la mirada hacia el cielo oscuro.

—¿Dónde estás, cobarde? —rugió con la voz desgarrada—. ¡Sal de tu escondite! ¡Da la cara, maldito seas! —Sus palabras resonaron con furia, partiendo el aire en dos, mientras apretaba los puños con tanta fuerza que los nudillos palidecieron. Miró a su alrededor con los ojos desorbitados, buscando una sombra moviéndose entre los árboles. Entonces su voz volvió a quebrarse por el dolor—. ¿Por qué?, ¿por qué?…

Varios hombres que habían salido detrás de él y parte de la guardia de palacio llegaron hasta su posición alertados por los gritos, pero Nicolás apenas los miró. Cuando uno intentó tocarle el hombro, lo apartó de un manotazo.

—¡No me toquéis! —les espetó.

Miró una vez más el cuerpo inerte de su padre y apretó la mandíbula.

—Esto no va a quedar así, padre. Te lo prometo. Encontraré al responsable y pagará por lo que ha hecho.

***

Hacía mucho que no lloraba, y nunca habría imaginado que lo haría por la muerte de su padre, pero las lágrimas habían llegado como un torrente, arrolladoras. Se sentía vacío, lo mismo que al morir su madre. Alargó la mano hacia la botella de brandi que reposaba sobre la mesa y se lo sirvió en un vaso de cristal de Bohemia. Vació su contenido de un trago. El licor le ardió en la garganta, justo lo que necesitaba. Se sirvió otro más. Tenía los ojos tan hinchados, que su rostro parecía no ser capaz de contenerlos.

Qué injusto. Cuando por fin empezaban a entenderse y había comenzado a sentir que su padre lo aceptaba tal y como era, lo habían asesinado. Cerró los ojos y apretó los puños en un intento de controlar el temblor que empezaba a apoderarse de sus manos.

Observó el líquido ámbar que llenaba el vaso, se levantó y dio un paso hacia la ventana. Apoyó la cabeza en el cristal y habló entre dientes.

—No me detendré. —Se llevó el vaso a los labios—. El asesino no quedará impune , aunque me cuesta la vida.

La idea le permitió respirar con más calma. Tenía un propósito, necesitaba respuestas.

Nicolás se apartó de la ventana y comenzó a desnudarse antes de meterse en la cama. Entornó los ojos, pero la imagen de su hermana Elena se le apareció de repente, tan vívida que lo obligó a incorporarse de golpe.

Elena.

¿Cómo se lo iba a decir? ¿Cómo iba a explicarle que su padre ya no estaba? Era demasiado pequeña para quedarse huérfana, ni siquiera había llegado a conocer a su madre. Una sensación de impotencia lo invadió. Se llevó las manos a la cara.

Aún recordaba cómo la muerte de su madre había transformado a su padre. La relación entre ellos se volvió insostenible y terminó enviándolo a un internado en Madrid. Después llegó Elena y lo iluminó todo. Ahora tendría que explicarle que habían matado a su padre y que él no había podido hacer nada por ayudarlo. En parte, se sentía culpable. Quizá si hubiera pasado más tiempo con él en el salón en lugar de jugar al gato y al ratón con la dama que luego había desaparecido… Si hubiera estado a su lado…

Sintió el peso del mundo sobre los hombros. Elena era una niña que necesitaba apoyo, protección, y él no estaba seguro de estar a la altura.

El joven dejó escapar un gruñido grave y se sentó en el borde de la cama. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, en tanto el frío del suelo alcanzaba sus pies descalzos. Con movimientos lentos, tomó la bata que descansaba sobre una silla cercana y se la colocó, ajustándosela con desgana alrededor de la cintura.

***

Veinte años antes

—Nicolás, acércate —le ordenó el marqués. Su voz resonó en la habitación con tanta frialdad que los retratos de los antepasados que se distribuían por toda la sala parecieron cubrirse de escarcha.

El niño, de apenas nueve años, se aproximó con más miedo que curiosidad. Su padre estaba sentado, tamborileando con la virola de un lápiz sobre el reposabrazos de la silla una y otra vez. Cuando el chico llegó a su altura, los ojos del marqués se clavaron como dagas en los de Nicolás.

—Explícame las principales rutas comerciales de Europa, según te instruí —ordenó sin cesar el golpeteo.

El muchacho desvió la vista antes de contestar.

—Las rutas del norte atraviesan el mar Báltico y llegan hasta Rusia, y las del sur… —Nicolás, que había empezado con seguridad, miró a su padre y empezó a dudar—. Las del sur pasan por el Mediterráneo.

El muchacho respiró profundamente. Sabía que no debía mirarlo, pero siempre acababa haciéndolo.

—¿Y? ¿Eso es todo? ¡Precisión, Nicolás! —La voz de su padre escaló en volumen y desdén.

—Y… y conectan con… con el nor… nooor… norte de África —tartamudeó.

—¿Ahora tar… tarta… tamudeas? —se burló. Dejó pasar unos segundos antes de continuar con el interrogatorio y volvió al ataque cuando se cercioró de que los ojos del crío le ofrecían el nivel de terror que quería conseguir—. No tienes ni los mínimos conocimientos que se esperan de un hombre de tu estatus. Si realmente compartieras mi sangre, esta información no sería trivial para ti. Es imposible que seas hijo mío. —Las palabras del marqués eran como latigazos.

—Lo siento, padre, trataré de mejorar. —La voz de Nicolás sonó tan débil que apenas fue audible.

—«Trataré» no es suficiente. ¡Eres mi más amargo fracaso! ¡Un hijo que sabe menos que un criado! —gritó de forma incisiva y cruel. Se levantó y arrojó el lápiz contra el escritorio con tanta fuerza que rebotó en la ventana y salió disparado por ella. Se pasó la mano por la cabeza con desesperación—: Ya no sé qué esperar de ti.

Nicolás se quedó inmóvil. Su pequeño cuerpo temblaba sin control ante aquella tormenta de reproches.

—Cada día que pasa, me convenzo más de que no eres digno de llevar mi nombre. No sé qué va a ser del marquesado.

—Intentaré… intentaré ser mejor —balbuceó Nicolás, aun sabiendo que era en vano.

—¿Mejor? —El hombre escupió la palabra como si fuera veneno—. No creo que puedas ser mejor —afirmó dirigiéndose hacia la puerta.

—Yo sí soy hijo suyo, señor… —respondió Nicolás en un atisbo de valentía.

El marqués se detuvo en seco y giró despacio sobre los talones para enfrentarse al pequeño. Levantó la mano, dejándola colgada en el aire, tensa y temblorosa. Le ardían los ojos, las venas del cuello estaban tan tensas como las de un violín y las fosas nasales se dilataban con cada respiración, profunda, agitada, en un esfuerzo desesperado por controlarse.