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NOVELA GALARDONADA CON EL PREMIO PHOEBE DE NOVELA ROMÁNTICA 2018 Melina trabaja en una importante agencia de publicidad, tiene una relación estable, aunque no apasionada, con su novio, una familia a la que está muy unida… Su vida funciona, o eso cree ella hasta que en su agencia contratan a Lucas, periodista especializado en análisis político… y su amor del pasado. Han pasado siete años desde que se despidieron; siete años desde aquella historia de juventud que la deshizo por dentro, y el destino ha decidido unirlos justo ahora, cuando tienen otras vidas, cuando los dos han cambiado, cuando ambos han seguido adelante… Lo que tendría que quedarse en una relación estrictamente profesional empieza a convertirse en algo más cuando Lucas, el mismo Lucas que una vez se apartó de su lado, decide centrar todos sus esfuerzos en acercarse a ella de nuevo… Solo que Melina no está dispuesta a ponérselo tan fácil. Entre los recuerdos del pasado y la intensidad del día a día, Lucas intentará reconquistar a la que fue su chica y demostrarle que, además de tener alas, por ella puede echar raíces.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Primera edición: octubre de 2018
Copyright © 2017 Alejandra Beneyto
© de esta edición: 2018, ediciones Pàmies, S. L.C/ Mesena, 1828033 [email protected]
ISBN: 978-84-16970-97-1BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
A mi yayo, que arreglaba máquinas de escribir.A mi abuelito, que era escritor.Y a mis abuelas, por estar siempre.
«Dales a aquellos que amas alas para volar, raíces para volver y razones para quedarse».
Dalai Lama
Esto no va de un reencuentro
Me encontraba en el baño de la oficina respirando hondo. O al menos intentándolo, porque de repente parecía que había demasiado aire a mi alrededor como para poder asimilarlo al ritmo adecuado.
Me eché agua en la cara sin importarme arruinar mi maquillaje. A la mierda todo. Necesitaba algún estímulo externo que me distrajera durante el tiempo suficiente como para normalizar las pulsaciones que rebotaban frenéticamente contra mi garganta.
No eran ni las nueve menos diez de la mañana, por Dios. ¿Cómo se había descontrolado tanto mi vida a una hora tan temprana? ¿Es que había hecho algo tan horrible en algún universo alternativo?
Observé mi reflejo en el espejo del baño y resoplé. Me retoqué un poco para no salir de nuevo con aspecto de haber perdido los papeles. Hasta mi pelo se había visto perjudicado. Lo cepillé con fuerza para que mis ondas color caramelo recuperaran una forma aceptable, me lo coloqué con cuidado detrás de las orejas y me pellizqué las mejillas antes de volver al mundo real; aquel en el que mi rutina se había salido de su órbita programada.
Mientras caminaba con toda la decisión que pude reunir hasta mi mesa, pensé en mis primeros pasos de esa mañana. Todo apuntaba a que podría haberse tratado de un día normal, pero el caso es que no lo había sido.
Me levanté a la misma hora y tardé en vestirme algo menos de lo habitual. Jaime había dormido en mi casa, pero lo único que quedaba de él era su olor impregnado en las sábanas y la cama revuelta, así que desayuné sola en la cocina. Después fui al metro con Les passants envolviéndome para amenizar el trayecto y crucé las puertas de la agencia sin ninguna señal que flotara a mi alrededor para avisarme de lo que estaba a punto de suceder.
Debería existir algún tipo de ley que garantice a los ciudadanos que serán avisados cuando su vida vaya a dar un giro de ciento ochenta grados. O una aplicación en el móvil para tal efecto. O… yo qué sé, algo que impida que se te quede la misma cara de gilipollas que se me quedó a mí cuando puse un pie fuera del ascensor y mi jefe me indicó que lo acompañara a su despacho.
—Tengo una videoconferencia en menos de veinte minutos. ¿Podemos vernos luego? —le dije mientras me deshacía de mi bolso.
—Solo será un segundo, Meli. Hay alguien a quien tienes que conocer.
—¿Conocer?
Como única respuesta, Pedro, mi jefe, elevó las comisuras de su boca en un gesto enigmático. A continuación hizo una seña a Magda, una de mis compañeras y mi amiga fuera de esas cuatro paredes, para que también nos acompañase. Ambas intercambiamos una mirada y seguimos sus pasos hasta cruzar el umbral de la puerta del despacho principal… y ahí me quedé.
Habría dado lo que no tengo por haber reaccionado de una manera distinta. No sé, haber sonreído, haberme hecho la interesante, la indiferente, la elegante, la ingeniosa, la… lo que sea. Pero no. Toda esa serenidad de la que tanto me gusta presumir abandonó mi cuerpo y salió volando por aquella ventana que daba a la Diagonal. La media de mis parpadeos por segundo aumentó y la textura del interior de mi boca pasó a ser algo parecido al cartón. Intenté coger aire, pero este parecía haberse vuelto tan denso que mi sistema respiratorio no lo asimilaba, así que me limité a boquear como un pececillo fuera del agua.
—¿Meli? ¿Melina? —La voz de Pedro se hizo oír por encima del zumbido que había embrujado mi cerebro.
—¿Sí?
—Decía que Lucas, aquí presente —señaló con la mano al hombre de metro ochenta y pelo negro que esperaba dentro de su despacho; el mismo que me había robado el sueño hacía siete años—, se unirá a nuestro equipo a partir de esta misma semana.
Tardé un pestañeo más en volver a centrarme en el momento actual. Empecé a reaccionar cuando Magda saludó a Lucas, tendiéndole una mano con esa educación exquisita que los caracterizaba a ambos. Aunque Lucas solo la miró a los ojos unos pocos segundos, puesto que el noventa por ciento de su atención estaba centrado en mí. En mí y en mi gesto de desconcierto. ¿Cómo mi pasado se había mezclado de pronto con mi presente?
—Lucas, ella es Melina —siguió diciendo Pedro—. Técnica de desarrollo de negocio de Le Regarder.
—E intérprete —apuntó Magda.
—E intérprete —asintió Pedro, sonriéndome satisfecho.
Yo me aclaré la garganta y les hice un gesto de cariño, intentando ganar algo de tiempo y siendo a la vez consciente de que se me agotaba. No podía evitar mirarlo de frente durante mucho más, aunque tenía demasiado claro que él no apartaba los ojos de mí. Me dolía en la piel.
—Impresionante —dijo entonces con ese tono tan… «Welcome to America». Tan de mundo.
Una palabra. Cinco sílabas solo y tuve que luchar contra todos mis instintos para no cerrar los ojos mientras su voz desataba los recuerdos que había encerrado en mi pecho durante siete largos años. Lucas. Lucas Nahuel Samaniego. Parado junto a mí, hablándome, observándome aunque yo aún no me atreviera a hacerlo.
Tragué saliva con fuerza y por fin alcé la vista hacia sus ojos, mucho más negros de lo que recordaba. Tanto que por un momento temí que su oscuridad fuera a tragarse la claridad de mis iris azules.
Ignoré el escalofrío que se empeñaba en trepar por mi espina dorsal y alargué la mano, que permaneció unos segundos en el aire mientras él me observaba con las cejas agachadas, los labios ligeramente fruncidos y sus ojos brillando intensamente.
—Lucas. —Mi voz intentó sonar firme, como un saludo muy estudiado; creo que más o menos lo conseguí.
—Meli…
Tuve que esforzarme de nuevo para no cerrar los ojos cuando su piel y la mía se rozaron. Un chispazo de electricidad recorrió mis dedos y se fundió con el espeso silencio que se adueñó del despacho cuando Lucas y yo nos miramos a la cara por primera vez. Por primera vez en siete años, se entiende. Porque aquel rostro había quedado grabado en mi mente desde el primer momento. Mientras ambos recuperábamos el aliento, me permití a mí misma estudiarlo de cerca. Su nariz perfecta, un tanto respingona. Aquella mandíbula masculina que raspaba mis mejillas cada vez que estábamos demasiado cerca. Esa boca que me llevaba al cielo y que al mismo tiempo había dejado escapar las palabras más dulces y más hirientes que me han dicho jamás. Y sus ojos. Los mismos que me contaban historias de mil viajes que no haríamos.
Recuperé mi mano en un acto reflejo cuando sus dedos se movieron, produciendo cosquillas en los míos. Justo en ese momento, Pedro soltó un carraspeo y puso una mano en mi hombro, llamando mi atención y haciendo que me centrara de nuevo en el presente.
—¿Vosotros… os conocéis?
—No —dije yo.
—Sí —dijo Lucas al mismo tiempo.
Pedro entrecerró los ojos, pasando la mirada de uno a otro sin entender. Me aclaré la garganta.
—Quiero decir que… sí, nos conocíamos, pero no tenemos trato en la actualidad. Hacía muchos años que no… que no coincidíamos.
—¿Ah, no? ¿Y de qué os conocéis?
—Estudiamos juntos —atajé yo antes de que a Lucas se le ocurriera dar cualquier otra explicación.
—¿En Francia?
—No —intervino Lucas—, aquí en Barcelona. Hace ya tiempo. Siete años, ¿no, Meli?
Me encogí de hombros.
—No lo sé. No llevo la cuenta.
Lucas se me quedó mirando, y juro que me pareció ver cómo reprimía una sonrisa. Aparté la vista de él como si la fuerza que escapaba de sus ojos quemase.
Magda nos observaba con una expresión divertida y Pedro, que seguía pendiente de nosotros, se cruzó de brazos antes de volver a hablar con voz amistosa.
—Genial. Eso nos facilitará mucho las cosas. Igual es hasta buena idea que te unas a nuestra comida de hoy, Meli. Podréis poneros al día mientras aprovechamos para charlar del futuro.
Me quedé en blanco. ¿Ese hombre se había caído de un guindo y no sabía interpretar la tensión que sin duda circulaba entre Lucas y yo o es que de pronto era tan buena actriz que lo había despistado? Nadie, jamás, podría pensar que el hecho de que Lucas y yo compartiéramos historia fuera a facilitar cualquier escenario. Ni personal, ni laboral, ni nada.
—Hoy precisamente no creo que pueda comer con vosotros, Pedro. Ya tenía planes.
—¿Qué planes? —Arrugó la frente.
«Mierda. ¿Qué planes?».
—Esto… Planes personales.
—Bueno, Meli, esto es trabajo. Que conozcas ya a nuestro futuro reportero estrella es un punto que seguro que juega más a nuestro favor que en nuestra contra. Creo que será positivo para todos que nos acompañes.
Su voz sonaba amable, como de costumbre en Pedro, pero había un deje autoritario que me aconsejaba que no discutiera con él. Intenté tragar todo lo que estaba sintiendo. Por un lado, estaba toda la situación con Lucas y el pasado que compartíamos. Por otro…, la perspectiva de que entrara a formar parte del equipo. Él iba a ser el periodista que llevaría a cabo la investigación de un proyecto muy ambicioso que daría comienzo en el mes próximo. Un proyecto que venía pactado desde muy arriba, de tan arriba que ni una de las técnicas de desarrollo de negocio de la delegación de Barcelona había conocido la identidad del periodista encargado hasta ese momento.
Miré a Lucas de reojo. Parecía sereno, muy en su sitio. Me di cuenta entonces de que él no estaba ni la mitad de sorprendido de lo que estaba yo de que la vida nos hubiera subido al mismo barco. ¿Qué me estaba perdiendo?
—Está bien —dije finalmente—. Lo anularé, no te preocupes. Mándame un correo con los detalles de la comida y allí estaré.
Pedro sonrió triunfante.
—Claro. Ahora mismo se lo digo a Mercedes. Y de paso, que se encargue de llamar al restaurante para avisarlos de que seremos uno más. Espero que te guste comer de tapas, Lucas. Aquí está muy de moda.
Lucas sonrió de oreja a oreja y, de pronto, tuve ganas de gritar. Hasta me mareé. Había olvidado su sonrisa. Las arrugas que se le forman bajo los pómulos, la manera en la que sus ojos se achican, lo blancos que son sus dientes… Me obligué a apartar la vista enseguida, aunque creo que no lo suficientemente rápido como para que él no llegara a notarlo. Empezaba a dolerme el estómago por todas las reacciones que estaba reprimiendo con tal de no mostrarme como un libro abierto ante él. Recordaba demasiado bien lo fácil que le resultaba leerme.
—Suena perfecto, señor Dafoe.
—Pedro. Llámame Pedro, Lucas, por favor. Aquí nos gusta tutearnos.
Ambos hombres se sonrieron de nuevo y, a continuación, mi jefe me lanzó un gesto interrogante.
—¿No tenías esa videoconferencia, Meli?
Parpadeé hasta entender de lo que me estaba hablando. Claro. La conferencia con Singapur. La había olvidado. Sentí los ojos de Lucas en mi sien, aunque yo no tenía ninguna intención de volver a mirarlo a la cara. No quería arriesgarme a que viera más en mí de lo que ya había visto en los últimos cinco minutos. Los más largos de mi vida, por cierto.
Consulté el reloj. Eran casi menos cuarto y necesitaría unos minutos para reponerme. Sin más, me despedí escuetamente de todos y me dirigí al servicio. Estaba demasiado turbada. Necesitaba encerrarme sola en algún sitio para hacerme de nuevo con el control de mis emociones.
—Sofi, por Dios, ¿entiendes lo que te estoy diciendo?
Después de una conferencia densa y, a todas luces, poco productiva, regresé al despacho que compartía con Sonia, mi compañera de departamento y supervisora. Aprovechando que ese día Sonia tenía una cita médica, cerré la puerta y llamé a Sofía, mi mejor amiga y la única persona que podía contenerme en ese momento.
—Sí, joder. Lucas. Lucas en tu oficina. La puñetera ley de Murphy, Mel. Cuéntame, ¿cómo ha sido? ¿Estás bien?
Apoyé la cabeza en el escritorio y di pequeños cabezazos contra la madera blanca mientras le relataba lo ocurrido: mi patética reacción inicial, aquella pose de indiferencia que traté de adoptar para no sentirme tan en desventaja en ese escenario… como si estuviera en control de la situación. Cosa que no era así. No fue así en absoluto.
Habían pasado siete años desde que había visto a Lucas por última vez. Siete. No había vuelto a saber de él durante ese tiempo. Ni siquiera lo había encontrado en ninguna red social, aunque debo reconocer que lo había buscado alguna vez después de haberlo eliminado en su día de mi cuenta de Facebook. Nada de nada. Solo silencio. Y de repente tenía que digerir no solo que nos habíamos encontrado de nuevo, sino que se había infiltrado en mi rutina para quedarse unos meses. Como la llegada de ese invierno que se cuela por las ventanas y no te abandona hasta una nueva estación.
—¿Quieres que nos veamos luego? Puedo ir a tu casa —propuso Sofía.
—No puedo. Tengo planes con la familia de Jaime.
—Ah, sí. La gran familia gitana. —Se rio de su propio chiste. A Sofía le hacía gracia que la familia de Jaime se reuniera en cualquier ocasión y que yo me viera arrastrada a acompañarlo—. ¿Qué celebran? ¿La llegada de la Cuaresma?
—No, boba. Es el cumpleaños de la niña; la sobrina de Jaime. Cumple cuatro años.
—¿Cuatro? ¿Y ya está hecha semejante tirana? Los niños de hoy en día… —Chascó la lengua—. Finge que estás con la regla y quédate en casa. Yo llevaré el postre.
Sonreí para mí.
—En realidad no tengo que fingir. Me bajó anoche.
—¡Mejor! Si alguien te pide pruebas, las tendrás.
—No puedo, Sofi. Tengo que ir. Además, tampoco es tan grave. Ya soy mayorcita. Y lo de Lucas lo superé en su momento. No debo dramatizar. —Mientras lo decía, me mordí el labio y cerré los ojos, intentando que esas palabras cobraran un mayor sentido en mi interior.
—Está bien. Pero si cambias de opinión, dímelo con tiempo para que te compre una docena de cupcakes de todos los colores.
Llegué la última a la comida con Lucas y Pedro. No es que quisiera hacerme la interesante…, aunque un poco sí. Quería que me viera llegar. Quería que leyese mi lenguaje no verbal. Quería que mi cuerpo gritase lo bien que estaba, lo exitosa que era y lo genial que me sentía conmigo misma, porque juro que era verdad. Tal vez ver a Lucas ese día me había llevado a comportarme de manera dispersa, pero en general yo era feliz con la vida que tenía. Mi familia, mis amigos, mi chico, mi trabajo y, en el centro de todo, yo. Había aprendido a quererme y a aceptarme con el paso de los años. Estaba cómoda en mi propia piel, y eso es lo que quería que Lucas percibiera en ese momento, así que… me paseé sin prisa por las mesas que cubrían el mármol del restaurante, sintiendo su mirada a lo lejos conforme me acercaba a ellos.
Para cuando me senté en una de aquellas sillas de madera, era más que consciente del repaso al que Lucas había sometido a mi cuerpo. Hasta la ropa me ardía. Lo miré entrecerrando los ojos y él apartó la vista de inmediato, dirigiéndola hacia su copa.
—Bien. Ya estamos todos —dijo Pedro pasándome una carta.
La comida transcurrió en calma. Bueno, todo lo en calma que puede transcurrir un lapso de tiempo en el que alguien se ve obligado a compartir un rato en compañía de quien marcó una etapa de su vida. Pedro me pidió que le explicara a Lucas todo sobre el plan de expansión en Singapur porque «ahora era uno más del equipo». Así que no tuve otra opción que mirarlo a la cara mientras le exponía con todo lujo de detalles aquellas estrategias que había ideado como técnica de desarrollo de la agencia de contenidos Le Regarder.
—Confieso que me gustó el modelo que me explicó Pedro. Nunca había trabajado en un sitio como este —comentó Lucas mientras nos traían el primer plato.
—Lucas se ha dedicado a la prensa la mayor parte de su carrera —explicó Pedro—. Se ha movido por toda Europa. Es bastante conocido en Alemania y en la Suiza germanófona.
—¿Te las apañas para escribir en alemán y que se te entienda? —pregunté yo. Y sí, mi tono sonó más insolente de lo que había previsto.
Lucas jugueteó con la servilleta de tela que sostenía entre sus dedos. Estábamos en un restaurante cercano a la oficina donde servían tapas típicas en platos de porcelana, pretendiendo que aquello le diera un aspecto más chic. Observé cómo las facciones que vestían su rostro, que habían permanecido relajadas a lo largo de la comida, se transformaban hasta reflejar un gesto de regocijo. O de orgullo. No lo tuve muy claro.
—Me defiendo más que bien en alemán, pero no es perfecto, claro. Para eso están los editores. Supongo que conmigo cubren el cupo de horas extra.
Asentí con lentitud, obligándome a no perder esa especie de mueca que simulaba ser una sonrisa cortés. Pedro me miraba con la frente arrugada, marcando de manera severa las líneas de expresión que el tiempo había dibujado en su cara. Me mordí instintivamente la lengua. Creo que mi jefe empezaba a contemplar la posibilidad de que, tal vez, las cosas entre Lucas y yo no fueran tan fáciles como le habían parecido en un primer momento, pero siguió mi ejemplo y no hizo desaparecer su sonrisa.
—Meli te puede confirmar que trabajar en Le Regarder tiene cosas muy buenas —siguió diciendo, dirigiendo la conversación hacia su tema favorito: lo afortunados que éramos todos de formar parte de la familia de Le Regarder—. Es cierto que invertimos mucho en la investigación de todos esos temas tan serios que luego nos encargamos de vender a países de todo el mundo. Pero también tenemos nuestra propia revista digital en la que hablamos de todo tipo de cosas, en general más ligeras, que interesan a nuestros lectores.
Pedro hizo una pausa dramática en la que aprovechó para servirse más vino. En todas las reuniones con nuevos fichajes a las que lo había acompañado soltaba el mismo rollo. Y cuando digo el mismo, es el mismo. Usaba aquellas palabras exactas una y otra vez. Ahora venía la parte en la que ofrecía la posibilidad de una rutina de trabajo flexible. Di un buen trago a mi copa mientras sonreía.
—Así que, ya sabes. Si te agobias con el reportaje y te apetece escribir algo más distendido…, puedes hablarlo con los de marketing de contenidos. O incluso con Melina si te sientes más cómodo con ella.
Lucas me dedicó una mirada fugaz que reflejaba una sonrisa que pretendía ser cómplice. Yo la ignoré educadamente, fingiendo no haberla visto, y seguimos comiendo.
Más tarde, mientras tomaban nota para el café, un grupo de ejecutivos tomó asiento un par de mesas a la derecha de la nuestra. Pedro levantó la vista y puso gesto de reconocimiento justo antes de alzar la mano y saludar a alguno de los recién llegados. Se aclaró la garganta y retiró la servilleta de sus piernas, depositándola sobre la mesa de nuevo.
—Disculpadme un momento. Tengo que ir a saludar. —Se puso en pie y volvió a dirigirse a nosotros—. Aprovechad para poneros al día. Seguro que después de tantos años tenéis muchas cosas que contaros.
Dicho esto, esbozó una sonrisa, y sus largas piernas iniciaron el camino hacia la mesa en cuestión. Lo observé mientras saludaba a aquel grupo de hombres trajeados. Apretones de manos, palmadas en la espalda y lo que Sofía llama «pechazos corporativos».
Cuando volví a centrarme en mi propia mesa, me di cuenta de que Lucas me estaba mirando. Y no mirando de manera casual, como miras a un compañero de trabajo, sino observándome. Estudiando cada uno de los pequeños gestos que se formaban en mi rostro. Analizaba mis ojos, mi nariz y mi pelo. Algo así como una especie de radiografía facial.
Me revolví algo incómoda y balanceé la copa, ya vacía, entre mis dedos. Tragué saliva, y tan concentrada estaba en mis propias reacciones que incluso fui consciente de cómo descendía por la garganta. Quise ser como Sofía, capaz de romper el hielo en cualquier situación. O como mi amigo Óscar que, aunque no se le daban demasiado bien las relaciones sociales, tenía un don para no desentonar en exceso cuando se sentía incómodo. O como yo misma delante de cualquier persona que no fuera Lucas, puesto que normalmente me desenvolvía sin problemas. Pero no. Se ve que él tenía facilidad para dificultar la afluencia de mis palabras.
—Supongo que no soy el único que no sabe qué decir —dijo finalmente Lucas, y su voz, tan profunda como hipnótica, se deslizó en mi interior hasta desatascar, letra por letra, todas aquellas contestaciones que se me cruzaron por la cabeza.
—Pensaba que tú siempre sabías qué decir. Eres periodista. Tu fuerte son las palabras.
—Hasta el orador más experto se inhibe ante el estímulo adecuado.
—¿Estímulo? ¿Ahora soy un estímulo?
—Si te soy sincero, no sé qué eres ahora. Esto es bastante… peculiar.
—Ya.
Lucas se inclinó hacia delante en su asiento, de manera que su brazo quedó aún más cerca del mío. Casi nos rozábamos. Dirigí la vista hacia allí antes de separarme un poco, y cuando lo miré a él de nuevo, vi cómo se preparaba para decir algo. Se frotó los ojos con las manos. Parecía que quisiera crear algún tipo de energía que le diera fuerzas.
—Meli… Creo que hay algunas cosas que deberíamos hablar si vamos a trabajar juntos. Lo último que quiero es que nuestros días en Le Regarder se conviertan en algo extraño.
—Estás equivocado, Lucas. Nosotros no tenemos absolutamente nada de qué hablar. No hemos tenido que cruzar una palabra en siete años; no vamos a hacerlo ahora por mucho que hayamos coincidido. Tú, tu vida y tu trabajo; yo, a lo mío. Y los ratos que debamos pasar juntos seremos dos profesionales que deben compartir tiempo y espacio por una cuestión laboral. Nada más que eso.
Se quedó callado unos segundos, mirándome con tanta intensidad que me vi obligada a apartar la vista. Después me arrepentí, por si acaso él interpretaba el hecho de que huyese de su mirada como un signo de debilidad por mi parte, así que alcé los ojos de nuevo. Los suyos, tan negros como dos pozos demasiado profundos, querían inmiscuirse en mi interior con un permiso que no les había sido concedido. Noté cómo poco a poco desaparecían todos los sonidos del restaurante. Los platos, las voces, la música de fondo. Todo fuera. Solo quedaba el sonido de nuestra respiración y el del pulso que latía con fuerza en mi cuello.
—¿No quieres saber nada de mí o de mi vida? ¿No tienes curiosidad?
—No —mentí—. Tú desapareciste y, contigo, mi interés en todo lo que a ti respecta.
—¿Y si a mí sí que me interesa saber cosas de ti?
—¿Por qué iba a interesarte de pronto mi vida? No tiene ningún sentido.
—No, no lo tiene —reconoció. Se aclaró la garganta y se acomodó en su asiento, como si él también necesitase aumentar los límites de su espacio personal. Juntó los dedos a la altura de su barbilla y sacudió la cabeza, intentando deshacerse de alguna idea intrusa—. Mira, esto no va de un reencuentro en el que nos ponemos al día después de soltarte el típico discursito de que me alegro de verte, Meli. De hecho ni siquiera me alegro. No es alegría lo que siento. Es otra cosa. Algo a lo que no sé ponerle nombre.
—Ahórratelo, Lucas. No me interesa.
—¿De verdad que no? Hasta donde yo recuerdo, eres una persona bastante curiosa.
Esa fue, sin duda, la primera patadita que dio al castillo de naipes que conformaban los recuerdos del ayer y que, ante ese primer impacto, empezó a derrumbarse. Claro que era una persona curiosa, especialmente cuando se trataba de él. Había sentido curiosidad por saber de su vida. De su pasado, de su presente y lo que esperaba del futuro. Curiosidad por conocer el porqué de todo aquello que compartía conmigo, y la naturaleza de todo lo que decidía callar, que era mucho. Curiosidad porque quise ser la primera en llegar a su interior y clavar allí una bandera que llevara mi nombre. Pero como dice el dicho, «la curiosidad mató al gato», y yo acabé fracasando en mis intentos por formar parte de las verdades que escondía.
El camarero llegó en ese momento con los cafés que habíamos pedido de postre. El solo para Pedro, que seguramente acabaría enfriándose, y dos cortados; uno para Lucas y otro para mí. El café no estaba entre mis hábitos, pero no solía decir que no a uno cuando tenía sueño o cuando quería despejarme, como era el caso en ese momento.
Mientras esperaba a que se enfriara el mío, vi cómo Lucas vertía el contenido del sobre de azúcar en el suyo y le daba unas cuantas vueltas con la cucharita plateada. Reflexioné unos segundos acerca de su actitud. Es cierto que Lucas siempre fue una persona muy dueña de sus reacciones. Sabe cómo mantener el tipo; supongo que es parte de su encanto. Pero, si me esforzaba por analizar los eventos del día, podía ver con claridad que tenía cierta ventaja en la situación. Que parecía elegir con cuidado sus palabras, como si ya las hubiera ensayado. Que cuando nos encontramos en el despacho había seguido respirando con la misma tranquilidad. Que ni siquiera hubo un mínimo atisbo de sorpresa; no reflejó ninguna emoción.
Con todo eso en la cabeza, y su último comentario aún aguardando una respuesta, me decidí a anunciar:
—Lo único de este tema que me produce curiosidad es tu reacción cuando nos hemos encontrado antes en el despacho de Pedro.
—¿Reacción? —Alzó las cejas—. No recuerdo haber reaccionado de una manera especial.
—Exacto. No has mostrado ningún tipo de sorpresa. Como si nos hubiéramos visto el día anterior.
Por la sonrisita triunfante que asomó a sus labios, supe a ciencia cierta que había estado esperando ese comentario por mi parte desde que nos habíamos quedado solos.
—Te busqué —dijo.
—¿Qué?
—Cuando Pedro me ofreció este trabajo, me costó aceptar. Volver a Barcelona no entraba en mis planes a corto plazo. No quería algo demasiado… encasillado. Pero me picó con el proyecto. Cuando por fin acepté, hizo todo lo que estaba en su mano para asegurarme que había tomado la decisión correcta y para que no me echara atrás. —Sonrió—. Me habló de su equipo. Está muy orgulloso de todos vosotros.
—Al grano —le apremié.
—Me habló de los planes de expansión en Singapur. Y mencionó que el departamento de marketing, formado por Jimena, Sonia y una tal Melina Ruiz, estaba obteniendo grandes resultados.
—¿Y? Apuesto a que hay muchas Melinas Ruiz en Barcelona.
—Ya. Por eso te busqué en Facebook. «Melina R I». Me costó dar contigo. Pero eras tú, sin duda.
Entrecerré los ojos en su dirección. Él me mantuvo la mirada, reflejando que no le avergonzaba lo más mínimo haber utilizado sus recursos de investigador para saber de mí. Sabía que en mi perfil de Facebook no habría encontrado mucha información que le diera pistas de cómo era mi vida. Para empezar, lo tenía cerrado, de manera que nadie que yo no quisiera podía acceder a mis fotos.
—¿Y qué ponía? —pregunté.
—Que trabajabas en Le Regarder, que vivías en Barcelona y que tienes una relación.
Lo dijo fingiendo no darle importancia, pero la intensidad que cruzó su rostro me indicó que realmente se había preocupado por averiguar cosas de mí. Igual incluso mantenía la esperanza de tener conmigo algún tipo de relación más allá de las horas de trabajo. Puse los ojos en blanco en mi interior solo de pensarlo.
—Debería quitarme el Facebook —contesté, dirigiendo la mirada a mi café, que esperaba en la mesa sin ser tocado—. Total, ni siquiera lo uso.
—¿Eso significa que no tienes una relación?
—Eso significa que el hecho de que tenga o no una relación no es asunto tuyo ni de nadie.
Lucas sonrió ampliamente.
—Me gusta cómo se ha desarrollado ese carácter tuyo. Si este fuera un encuentro normal, entre dos personas normales, te diría que estoy muy orgulloso de ti y de la persona en la que parece que te has convertido. —Se acercó un poco más a mí y en voz muy baja, casi susurrante, añadió—: Pero esto no es para nada normal, ¿verdad? Somos tú y yo.
Se me aceleró la respiración y decidí tragarme una risotada amarga que me brotó de dentro, pero que finalmente quedó atascada en mi garganta; en realidad aquello no me hacía ninguna gracia. No desvié mis ojos de los suyos cuando dije:
—En eso te equivocas, Lucas.
—¿En qué?
—En que no existe un tú y yo.
Gracias a algún tipo de deidad cósmica, antes de que él pudiera dar una respuesta, Pedro volvió con nosotros a la mesa. Tomó asiento de nuevo parloteando sobre lo mucho que le gusta a la gente escucharse hablar a sí misma y cogió la cucharilla del café, ajeno a la manera en la que los ojos de Lucas taladraban los míos. Suspiré y fijé la vista en el cortado que había pedido y al que no le había echado ni siquiera el azúcar. Pensé en no tomármelo, porque los latidos de mi corazón habían adquirido tanta fuerza que tal vez meterme una dosis de cafeína daría como resultado que estuviera taquicárdica el resto de la tarde. Pero aun así lo tomé, aunque solo fuera por el simple hecho de mantenerme ocupada mientras seguía a tan poca distancia de Lucas.
Cuando, un rato más tarde, salimos del restaurante en dirección a la agencia, buceé en mi bolso hasta hacerme con mi teléfono móvil. Lo desbloqueé y en la aplicación de WhatsApp localicé mi conversación con Sofía.
«Luz verde al plan en mi casa por el malestar ocasionado por la regla. Que sean dos docenas de cupcakes».
Como pequeñas gotitas de lluvia
Sofía entró en mi casa a eso de las siete de la tarde como un elefante en una cacharrería: de manera ruidosa, armando revuelo y parloteando sin cesar. Eso que hace cuando quiere ocultar su verdadero estado de ánimo.
—He traído cupcakes,muffins y ensaimadas. Estaban de oferta. También he cogido vino de ese malo del supermercado que tanto te gusta y un par de pizzas congeladas por si se hace tarde y queremos cenar. ¡Ah! Y palomitas. He pensado que igual luego te apetece distraerte viendo una peli.
La seguí hasta el interior de la cocina, donde descargó las tres bolsas que llevaba. Como siempre que venía, empezó a guardar la compra abriendo la nevera y algunos armarios como si estuviera en su propia casa. A continuación sacó un par de platos y sirvió aquellas bombas calóricas que había traído como merienda mientras yo, contra mi buen juicio, descorchaba la botella de vino.
Para Sofía todos los males de este mundo pueden solucionarse con la comida adecuada, así que sonreí agradecida cuando puso todas las cosas en un par de bandejas y se dirigió al salón sin más ceremonia; esa era su versión de un gabinete de crisis.
A principios de marzo, a esa hora de la tarde era prácticamente noche cerrada, así que corrí las cortinas y encendí la lámpara de pie que había junto al sofá antes de tomar asiento al lado de Sofía.
—Ahora sí —dijo llevándose el primer cupcake de la tarde a la boca—. Cuéntamelo todo.
Y yo obedecí. Desde que la conocí el primer día de universidad había sido incapaz de ocultarle nada. Nos habíamos hecho íntimas enseguida, creo que porque ambas llevábamos años buscando lo que habíamos encontrado en la otra: alguien que te escucha, que te lo da todo, que no te juzga, que te apoya y que te entiende. Yo había tenido otras amigas antes, pero ninguna como ella. Lo que más se asemejaba a lo que teníamos era mi relación con Óscar, pero los hombres son hombres, y, además, Óscar era más reservado que yo; no había tanto equilibrio en nuestra amistad.
Mientras masticaba un muffin de arándanos, le conté, punto por punto, todo lo que había ocurrido esa mañana, en especial lo que había hablado con Lucas en el restaurante cuando nos habíamos quedado solos.
Sofía me interrumpía de vez en cuando con sus «¿de verdad ha dicho eso?» o «a ver, a ver, dime exactamente cuáles fueron sus palabras» o «¿te lo dijo mirándote a los ojos?».
Cuando por fin acabé, preguntó:
—¿Crees que intentará volver a acercarse?
—No lo sé. No sé qué esperar. Me tiene despistada. Ni siquiera esperaba una conversación como la que hemos tenido hoy. —Suspiré—. Ahora mismo es alguien a quien ni siquiera conozco.
—Supongo que habrá que esperar y ver. Todavía no me lo puedo creer. Me parece una casualidad tan grande…
En su día, Sofía había sido uno de los principales testigos de mi «relación» con Lucas. Estuvo a mi lado en cada paso y en cada primera vez. Me había acompañado cuando las circunstancias así lo exigían y fue mi paño de lágrimas cuando todo acabó. Además de a mí, si a alguien más le impactaba que, en cierta forma, se reanudara el tema, era a ella.
La vuelta de Lucas era un choque. Él había sido la historia más intensa de mi juventud y, ahora, años después, no sabía qué palabras utilizar para explicar lo que suponía que hubiera regresado a mi vida.
Todo lo que había sentido en su día estaba superado, pero ¿había desaparecido del todo? Apenas unas horas después de nuestro primer encuentro en tantos años, ya me aterraba formular esa pregunta.
Sofía cambió su posición en el sofá y se apoyó en uno de los cojines antes de volver a hablar.
—No se lo vas a decir a Jaime, ¿verdad?
La miré sin entender qué pintaba Jaime en este asunto.
—¿A Jaime? ¿Para qué?
—No sé. Por eso de la sinceridad en las parejas y todo ese rollo.
Hice un gesto difuso con la mano.
—No creo que haya nada que contar. A Jaime nunca le he hablado de Lucas. Sinceramente, no veo motivo para hacerlo ahora. Dudo que vaya a traer nada bueno.
Sofía se me quedó mirando un rato y después asintió con lentitud. Seguimos comiendo y bebiendo en silencio durante unos minutos. Después hablamos de cosas sin tanta carga emocional, como de trabajo, de unos pantalones que había fichado en Zara o de la fiesta de bienvenida a Óscar del fin de semana pasado.
Mi amigo había estado viviendo en Houston tres años y acababa de volver a Barcelona en busca de un nuevo proyecto personal y profesional tras la reciente ruptura de su relación de pareja.
—¿Saldremos mañana a cenar con él? —preguntó Sofía.
—No creo. Le debo una noche a Jaime después de haberme escaqueado hoy del cumpleaños de su sobrina.
—¿Te ha dicho algo? —Compuso una sonrisa culpable.
—Ha bromeado diciendo que si estaba fingiendo para escaparme a comer guarrerías contigo.
Me encogí de hombros, a lo que Sofía contestó con una risilla.
—Nos conoce demasiado…
Le devolví la sonrisa y ambas nos quedamos en silencio mientras esperaba la pregunta que sabía de sobra que venía.
—¿Cómo os va? Ya sabes, después de la bronca de hace un par de semanas.
—Bien. Bueno, normal. —Suspiré, llevándome la copa a los labios y dando un pequeño sorbo—. Actuamos como si nada, pero creo que es cuestión de tiempo hasta que vuelva a salir el tema.
—¿Lo de vivir juntos?
—Sí. Lo de vivir juntos, lo de encontrarnos en puntos distintos… Resumiendo mucho: Jaime cree que no estoy tan implicada como él en nuestra relación. Como ninguno de los dos sabe qué hacer para acercar posturas, de momento no hablamos de ello.
—Sabes que las cosas acaban cayendo por su propio peso, ¿verdad?
Asentí, pero no se me ocurrió contestar nada que mereciese la pena, así que cambié de tema:
—Bueno, hablemos ahora de ti. Tienes que ponerme al día de cómo van las cosas con Álex.
—Uf… —contestó soltando un resoplido—. Ahora mismo, la verdad es que no van.
La historia de Sofía y Álex merecía una mención aparte. Se habían conocido en el trabajo hacía ya varios meses, justo cuando ella sacó su plaza como intérprete en la Gerencia Territorial del Departamento de Justicia de Barcelona. Álex era el abogado de una de las partes en uno de los primeros casos que le asignaron. Debido a la naturaleza del propio caso, empezaron a pasar bastante tiempo juntos. Quedaban para comer o se veían después del trabajo para tomar una cerveza rápida. Poco a poco, comenzaron a hablar de temas más personales, como de sus motivaciones, sus aspiraciones y sus inquietudes. Parecían hechos el uno para el otro; habían conectado.
¿Dónde estaba entonces el problema? Pues que Álex, a pesar de ser el hombre de los sueños de mi amiga, estaba casado. Y tenía dos hijos.
Sí, Álex tenía un matrimonio cuyo noveno aniversario ya había celebrado. Un matrimonio que jamás había ocultado, pero del que ambos parecían olvidarse cuando estaban juntos.
Sofía y yo habíamos hablado del tema lo suficiente como para saber que ella era totalmente consciente de que estaba mal sentir cosas por un hombre como Álex. Pero daban igual las horas de terapia o las veces que la sacara de fiesta para intentar que conociera a alguien, porque no había manera de que se lo sacara de la cabeza. En cuanto a Álex…, él tampoco parecía ser capaz de poner la distancia que probablemente tanto uno como otro necesitaban. Así que siguieron quedando.
Desde el principio estuve muy preocupada por el camino que estaba tomando mi amiga, que parecía no darse cuenta de hasta qué punto se estaba complicando la vida. Pero ella me aseguraba que tenían la situación controlada. Yo, que la conocía como a la palma de mi mano, sabía que lo que sentía por Álex no era algo fácil de mantener bajo control durante mucho tiempo, y, efectivamente, así fue. Los límites que debían respetar se fueron desdibujando cada vez más, hasta el punto de que Álex le confesó que sentía cosas por ella; cosas que un hombre casado no debe sentir por una mujer que no es su esposa.
Sofía siempre ha sido una persona demasiado emocional para su propio bien, así que acabó sincerándose. Le dijo que ella también sentía cosas, pero que no quería inmiscuirse en una relación.
Desde entonces, mi amiga había intentado cortar todo contacto.
—¿No has vuelto a saber nada de él en este tiempo? —pregunté, reanudando la conversación que habíamos empezado.
—Sí. Claro. Me escribe todos los días. Parece bastante desesperado por que hablemos, pero yo no estoy preparada para escucharlo. Para mí es muy duro saber que me he enamorado de un hombre que es totalmente inalcanzable. Es padre, por el amor de Dios.
Sofía era diferente a casi todas las personas que yo conocía. No por sus rasgos asiáticos —ojos rasgados, facciones delicadas y pelo lacio y negro—, ni tampoco por su mente privilegiada, que le permitió sacar una plaza de funcionaria al segundo intento, sino por esa facilidad de ser ella misma en cada situación. Por su capacidad para preocuparse por todo el mundo. Por su entrega incondicional. Había muchas cosas que me gustaban de ella y que me hacían sentirme muy afortunada de tenerla en mi vida, pero en esos momentos me preocupaba que decidiera seguir sus emociones sin tener en cuenta las consecuencias, porque, entre otras muchas cosas, Sofía era impulsiva. Estaba demostrando mucha fuerza de voluntad manteniéndose alejada de Álex, pero sabía que tarde o temprano él terminaría llegando a ella.
—Acabarás cediendo —dije con delicadeza, aunque estaba segura de que no se ofendería.
—Ya. Ya lo sé. Cuando salga de este estado de shock, necesitaré hablar con él. ¿Qué hago, Mel? ¿Qué hago con todo esto que siento? Tengo muy claro en mi cabeza que él no es el hombre para mí, pero aquí —se señaló el pecho—, aquí creo que nos merecemos una oportunidad. Él siente lo mismo que yo. Lo sé. Lo siento cada vez que estamos juntos. ¿Por qué nos hemos tenido que conocer en estas circunstancias?
Reflexioné sobre sus palabras con bastante tristeza. Sofía no se merecía una historia imposible. Se merecía a alguien que la hiciera más fuerte de lo que ya era.
Mientras seguíamos bebiendo tiradas en mi sofá, mi mente continuó dando vueltas a algo concreto que había dicho; algo acerca de saber que alguien no es la persona indicada para ti y aun así sentir que quieres acercarte. Por supuesto, ante ese pensamiento Lucas volvió a mi cabeza.
Es curioso, tantos años reprimiendo los recuerdos y poco a poco estos se iban infiltrando en mi cerebro como pequeñas gotitas de lluvia en un techo agrietado.
Estando sentada allí junto a mi mejor amiga, en plena crisis tanto para una como para otra, me puse a recordar. Rasqué la superficie de una herida que había cicatrizado años atrás. No lo pude evitar. Y habría dado lo que fuera por conseguir guardármelo dentro durante más tiempo y no traerlo de nuevo a mi mente.
Así empezó
Toda esta historia empezó con una cena de clase. Concretamente, una cena de clase con la gente del colegio. Es curioso que fuera ese tipo de evento el que marcó la diferencia en mi vida, porque nunca supe si acudía con resignación o si, por el contrario, adoraba la idea. Creo que fue una mezcla de ambas cosas. Por una parte, estaba la alegría de reencontrarme con aquellas personas con las que compartí una etapa de mi vida y a las que ya no veía a diario. Por otra, el tener que enfrentarme a cuánto había cambiado en apenas un año y medio. Todo era demasiado diferente. Yo era diferente. Había salido de un círculo en el que nunca sentí que encajaba realmente y había empezado la universidad con gente distinta. Había hecho nuevas amistades, y muchas de las relaciones que consideré íntimas ya no lo eran tanto. Solo continuaba siendo inseparable de Óscar. El resto de los amigos que habían sido cercanos estudiaban fuera de Barcelona y, poco a poco, habíamos perdido el contacto.
La cena tuvo lugar en un restaurante italiano de moda entre los universitarios, cerca de plaza Cataluña. Estela, que había sido la delegada de clase durante los años de bachiller, se encargó de la organización, de la reserva y de que todos acudiésemos con puntualidad el día y a la hora acordados.
El principio de la noche transcurrió con normalidad. Menú de fin de semana, jarras de cerveza y de sangría, entrantes al centro para compartir y conversaciones cruzadas a lo largo de la mesa.
A mi lado, como siempre, Óscar.
—¿Te das cuenta de que somos los únicos de toda esta gente que hemos optado por la educación pública? Debemos de parecerles la plebe o algo así —susurró en mi oído cuando ya habían servido el primer plato.
Sonreí al escuchar lo que decía. Óscar siempre estuvo hecho de otra pasta. Como yo, supongo. Habíamos asistido a uno de los colegios bilingües más importantes de Barcelona. Y de Cataluña, si me apuras. No era de extrañar que entre nuestros compañeros de clase se encontraran hijos de políticos o de los directivos de las empresas top del momento. En general, el ambiente era bastante elitista, y tanto Óscar como yo solíamos tener nuestras reservas a la hora de relacionarnos de manera estrecha con algunos de ellos. No era nuestro estilo.
Miré a mi alrededor. El restaurante se había llenado de otros grupos de estudiantes que asistían a sus propias cenas de clase. Parte de mí quería cenar rápido, agarrar a Óscar del brazo y montar un plan alternativo los dos solos. Algo más tranquilo; algo más nuestro. Pero el simple hecho de pensarlo era inviable, al parecer. Un relaciones públicas se había acercado a la mesa en mitad de la cena y Estela ya había pactado con él el precio al que nos dejarían las copas y los chupitos si asistíamos a su local. No parecía haber muchas posibilidades de rechazar el plan.
A pesar de mis reticencias, a lo largo de la noche conseguí relajarme y disfrutar. Intenté ser la chica de diecinueve años que era. Bebí. Hablé. Me reí. Y obligué a Óscar a que hiciera lo mismo. A él siempre se le hacía un mundo eso de relacionarse. Pero después de una jarra de sangría prácticamente a medias, ambos empezamos a comportarnos según la tónica general de lo que se esperaba de nosotros esa noche.
Para cuando nos trajeron la carta de postres, mi vejiga estaba a punto de explotar. Había bebido bastante durante la cena y necesitaba con urgencia ir al aseo, así que me puse en pie.
—Meli, ¿vas al baño? —me preguntó Estela cuando vio que abandonaba mi sitio.
—Sí. ¿Sabes dónde está?
—Espera, te acompaño, que también tengo que ir.
Fuimos hasta los aseos y salimos unos minutos después hablando animadamente. Yo, a causa el alcohol que circulaba por mi organismo, y Estela…, porque ella es así. Según Óscar, era alguien a quien se podría calificar de histriónica, debido a su lenguaje corporal y a esa manera de hablar siempre buscando llamar la atención de los demás. Era exagerada en sus maneras y reacciones.
El caso es que íbamos distraídas en medio de una conversación superflua y sin mucho sentido cuando nos dimos de bruces contra algo. Contra alguien, en realidad. Trastabillé levemente a causa del suceso, pero enseguida recuperé el equilibrio. Estela fue la peor parada. La persona con la que habíamos impactado era uno de los camareros del restaurante. En el momento de la colisión, llevaba una bandeja con dos vasos de gaseosa que habían acabado desparramados sobre la tela color burdeos de su vestido. Todo pasó a cámara lenta. Yo me llevé las manos a la boca al ver lo que había ocurrido, el camarero hizo malabarismos con la bandeja para evitar que los vasos cayeran al suelo y el rostro de Estela se vio invadido por una muestra de horror un tanto exagerada, que poco a poco fue sustituida por signos de furia en absoluto disimulada.
—¡¡¿Pero qué has hecho?!! —gritó mientras evaluaba el lamentable estado en el que había quedado su indumentaria.
—¡Lo siento! Lo siento mucho, de verdad. Ha sido un accidente —se disculpó el chico como pudo, alternando la mirada de Estela hacia mí.
—¡¿Accidente?! ¡Accidente será todo lo que haré para que pierdas tu trabajo! ¡¡¿Sabes cuánto cuesta este vestido?!!
El camarero respiró hondo y mantuvo la calma. Permaneció quieto, observando a Estela. Pude ver en sus ojos la lucha entre no dejarse pisotear y la obligación que tenía como trabajador de mostrarse arrepentido y ser educado con una clienta. Tragó saliva sin dejarse amedrentar.
—Supongo que mucho. Lo siento de verdad, pero estas cosas pasan.
—¿«Estas cosas pasan»? —Estela no daba crédito. Estaba roja de ira—. Quiero hablar con tu supervisor. Ahora. Este vestido me lo pagáis.
—Eh… Tranquila, solo es agua con gas —contestó el chico—. Con un paseíto a la tintorería será suficiente. Espera un rato a que se seque y podrás comprobarlo tú misma.
Me quedé mirándolo casi maravillada por estar plantándole cara a Lady Estela. Tuve que esforzarme al máximo para camuflar una sonrisa. Seguro que con solo echarle un vistazo, el camarero había adivinado qué tipo de persona era ella, pero no parecía dispuesto a tolerar tonterías, vinieran de quien vinieran.
A esas alturas habíamos llamado la atención de toda la sección del restaurante. La gente miraba la escena, y de pronto sentí mucha vergüenza ajena. Especialmente por Estela, que había magnificado la situación hasta un punto que rozaba lo ridículo.
Cuando el chico se sacó una servilleta de tela del bolsillo y se la tendió para ayudarla a secarse, los ojos de ella se entornaron con maldad.
—Tu supervisor. Ahora.
Puse los ojos en blanco y di un paso atrás, queriendo tomar distancia de lo que ocurría. El camarero chascó la lengua y asintió con decisión, haciéndonos una seña para que camináramos en la misma dirección que él. Estela se irguió e hizo sonar sus tacones sobre el suelo mientras lo seguía, y yo, discretamente, volví hasta nuestra mesa. No fui el mejor ejemplo de compañerismo, pero me negaba a continuar formando parte del asunto. Me parecía absurdo.
Estela apareció en la mesa diez minutos más tarde, con la mancha de agua casi seca y sus humos más subidos que nunca. Entre nuestros compañeros ya se había corrido la voz de lo ocurrido, y casi la vitorearon cuando ella anunció que, por cortesía de la casa, nos invitaban al postre, que no venía incluido en el menú, y a una ronda de chupitos.
Óscar y yo nos hicimos cruces al ver que Estela anotaba un triunfo más a su colección.
Un buen rato después estábamos en ese pub con el que Estela había llegado a un acuerdo. Tomamos un chupito de tequila que casi me hizo vomitar y después pedimos las copas. Bailamos un rato en la pista y, no sé cómo pasó, pero a la media hora teníamos un sitio reservado en la parte vip.
—¿Qué te parece si hacemos una bomba de humo? —me propuso Óscar cuando se cansó del postureo que se gastaba el resto del grupo—. Finges que tienes que ir al aseo, tardas en volver y, entonces, yo anuncio que voy a buscarte por si te ha pasado algo. Nos reunimos en la salida y nos largamos de aquí.
Me reí por la idea, no porque no lo tomara en serio, sino porque sabía que no había ni rastro de broma en sus palabras.
Nuestros planes de huida se vieron truncados cuando de pronto apareció Nadia, la exnovia de Óscar. Mi amigo me lanzó una mirada que hablaba por sí sola: con ella allí, no quería marcharse todavía. Yo hice un movimiento de cabeza afirmativo y decidí darle su espacio, así que me levanté de mi asiento y bajé las escaleritas que separaban la zona donde estábamos de la pista de baile, en dirección a la barra. Solo era la una de la madrugada, pero el local estaba bastante lleno.
Cuando por fin llegué, estaba seca. Allí dentro hacía demasiado calor a pesar del frío de noviembre que empañaba las calles de Barcelona. El vestido negro que llevaba era de lana fina, y en ese momento me picaba por todas partes.
Apoyé los brazos en la barra y esperé a que me atendieran. A los pocos minutos, un chico con un paño sobre su hombro izquierdo se acercó a mí.
—¿Qué te pongo?
Parpadeé hasta adaptar mi vista a la iluminación de aquella zona, en la que había más claridad. La cara del chico me resultaba familiar, pero tardé unos segundos en caer.
—¡Eh! ¡Tú! —exclamé, animada por el alcohol, cuando recordé dónde lo había visto antes.
Frunció el ceño.
—Perdona, ¿nos conocemos?
—Eh… —balbuceé algo cortada—. Sí. Bueno, en realidad no. Soy la chica que estaba… antes. Ya sabes, en el restaurante. Cuando el accidente con el vaso de gaseosa.
El camarero me observó atentamente unos segundos, intentando ubicar mi rostro en su memoria reciente. Vi una señal de reconocimiento cruzar sus ojos cuando miró a los míos, pero no compuso ninguna expresión amistosa. Más bien todo lo contrario.
—Ah, sí. Ya. —Carraspeó—. Bueno, ¿qué te pongo?
—Pues… —Vacilé un poco ante su actitud cortante—. Un ron con Coca-Cola, por favor.
Asintió rápidamente y se dio la vuelta para coger las cosas con las que preparar mi bebida. Me quedé mirándolo más de la cuenta mientras trabajaba. Era alto, bastante más que yo, aunque eso no era significativo porque yo apenas medía un metro sesenta. No era exactamente guapo, pero tenía algo, un atractivo de esos que no se encuentran en todo el mundo. Aunque he de reconocer que ni siquiera era mi tipo. Demasiado moreno. Ojos negros, piel más morena que la mía y pelo también negro y largo, recogido en su nuca en una pequeña coletita. Nariz respingona, mandíbula masculina y un suave seseo al hablar que me dio la pista de que no era de España.
Se giró hacia mí de nuevo y me dijo el precio de mi consumición, ajeno al hecho de que tenía derecho a un descuento por ocupar la parte del reservado.
—Esto… En realidad estoy en la zona vip —le informé mientras le enseñaba la pulsera que nos habían puesto al entrar allí.
El camarero alzó las cejas, dirigiéndome una expresión sarcástica.
—Ya. Bueno, supongo que no me sorprende —dijo mientras tecleaba de nuevo en la caja registradora.
—¿Cómo?
—Digo que no me sorprende. Desde luego, dais el perfil.
Pestañeé sin comprender lo que quería decir.
—No te entiendo.
—Estoy acostumbrado, ¿sabes? A la gente como vosotros. Todos los fines de semana se deja caer por aquí un grupito como el vuestro. Os creéis que porque hayáis nacido con dinero sois superiores a los demás.
Me quedé callada, recibiendo cada palabra como una bofetada. Toda la simpatía que había sentido por él en el restaurante durante el altercado con Estela se esfumó de pronto. A lo largo de mi vida había escuchado un discurso parecido en otras ocasiones. Gente que se creía con derecho a opinar sobre mi vida por la educación que había recibido o quién era mi familia paterna. Solo aquellos que me conocían bien sabían la verdad sobre mis orígenes.
A nuestros oídos acudía un remix de la canción Viva la vida, que estaba de moda ese año. La gente seguía bailando y cantando alrededor de la barra en la que esperaba mi bebida, ubicada entre nosotros como el elemento de la discordia
—Creo que te estás equivocando —contesté finalmente.
—¿Equivocando? ¿Sabes los problemas que he tenido por el numerito de tu amiga?
—No, y de verdad que siento cómo se ha puesto, pero…
—He tenido que dar las propinas de la noche para compensar por la invitación a vuestro postre —me cortó—. Todo porque tu amiga ha dicho que me he reído de ella en su cara. Me ha hecho quedar como un gilipollas delante del jefe. Y necesitaba la pasta, ¿sabes?
La manera en la que sus ojos brillaron me indicó que no mentía. A pesar de que estaba siendo un imbécil conmigo, sentí compasión por él. Me supo mal que una persona que se veía obligada a tener dos trabajos sufriera repercusiones económicas por alguien «cercano» a mí.
—De verdad que siento el problema que has tenido con Estela. Ha sido un accidente y ella ha sido una idiota. Tú… tú te has portado bien, demasiado bien, en realidad. Yo la habría mandado a la mierda. Siento que hayas salido tan mal parado. Si hubiera algo que pudiera hacer para ayudarte, te prometo que lo haría. ¿Quieres…, no sé…, el dinero de las propinas?
Sus ojos se entornaron levemente antes de negar con la cabeza. Leí un gesto de reprobación en su cara mientras me miraba con intensidad.
—La gente como tú piensa que todo se arregla con dinero. Qué vida más triste debéis de tener si pensáis que eso es así.
—Oye, mira, te estás pasando —me defendí, enderezándome desde mi lado de la barra—. Tú no me conoces. No puedes juzgarme por el grupo de gente con la que he acudido a una cena. La mayoría ni siquiera son amigos míos. He intentado ser amable contigo y ayudarte porque me siento mal por que hayas tenido problemas. Pero no hay razón para ser desagradable.
—No quiero tu caridad ni tu lástima. —Se encogió de hombros mientras me tendía las monedas que correspondían a las vueltas.
Las miré antes de cogerlas, meterlas en el monedero y volver a alzar la vista hasta él.
—Está bien. Me queda claro. Espero que te merezca la pena esa actitud de prepotente que te gastas, porque no te llevará muy lejos en la vida.
Sin más, me di la vuelta y me marché. Me deslicé entre los grupos de personas que se movían por la pista. Había gente desplegada por todas partes, allá donde miraras, así que tardé más de la cuenta en llegar a la otra parte. Cuando logré alcanzar las escaleritas que daban acceso al reservado, di las gracias por que mi bebida no se hubiera desparramado por el camino. Tomé asiento de nuevo al lado de Óscar, que ya no estaba acompañado de Nadia, y me dijo al oído que luego me contaría lo que habían hablado.
Contra todo pronóstico, nos quedamos casi hasta el final de la velada. Llegados a cierto punto, incluso nos animamos a bailar rodeados de nuestros compañeros. Las luces seguían brillando al son de las diferentes melodías que nos alcanzaban desde los altavoces, y finalmente terminé dejándome llevar.
A eso de las cinco de la madrugada, la gente empezó a marcharse. Algunos, a casa y otros, en busca de nuevos destinos donde seguir la juerga. En nuestro grupo hubo de todo, aunque la mayoría nos repartimos para coger taxis que nos llevaran a la zona donde vivíamos. El resto abandonó el pub con esperanzas de perseguir la noche hasta el amanecer.
Gran parte de mis compañeros vivían en la zona alta de Barcelona, así que no les resultó demasiado complicado organizarse para compartir los taxis cuando llegamos a la parada. Yo, que vivía en otra dirección, me quedé colgada. Tendría que ir en un vehículo aparte. Pero no estaba tan lejos de mi casa, así que no me preocupó demasiado.
—¿Seguro que no quieres que me quede contigo y cojamos el taxi juntos? De verdad que no me importa —me dijo Óscar mientras esperábamos fuera del local.
—No, de verdad. Es una tontería que des tantas vueltas para llegar a tu casa. Ve con ellos.
Cuando llegó el siguiente taxi, la parte de atrás se llenó enseguida. Óscar me lanzó una última mirada antes de ocupar el asiento del copiloto y yo le dirigí una sonrisa para hacerle ver que estaba todo bien.
El coche arrancó y yo me abroché el último botón del abrigo antes de acomodar mejor la bufanda para guarecerme del frío. Era una noche especialmente húmeda. Los cristales de los vehículos que había por ahí estaban empañados. El suelo se veía resbaladizo. Y yo permanecía de pie, sola, en una calle desierta e iluminada de manera pobre mientras esperaba, aunque lo cierto es que un poco de aire fresco me venía bien para despejarme de los efectos del alcohol antes de llegar a casa y meterme en mi cama.
Saqué unos guantes de piel que llevaba dentro del bolso. Mientras me los ponía, noté unos pasos rápidos que se acercaban. A través de la penumbra, vi cómo se dibujaba una sombra en el suelo. Una sombra que cada vez estaba más cerca de mí y que consiguió que el frío que sentía dentro empezara a desaparecer.
—Buenash noches —dijo una voz.
