Cuando me enamoré de Mr. Big - Nicolás Papalía - E-Book

Cuando me enamoré de Mr. Big E-Book

Nicolás Papalía

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Beschreibung

Luego de terminar una relación estable en la que el sexo y la conexión interpersonal estaban en declive, el protagonista de esta novela conoce a Mr. Big, con quien comienza en poco tiempo un vínculo intenso, atravesado por los ideales del amor romántico. Esa potente experiencia amorosa se va conectando, a lo largo de estas páginas, con sus relaciones amistosas, sociales y familiares, tanto de su pasado como de su presente. Nicolás Papalía construye de manera elegante y moderna, con ciertos rasgos ensayísticos, una novela que no teme explorar la profunda sensibilidad de las relaciones apasionadas.

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Seitenzahl: 168

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Nicolás Papalía

CUANDO ME ENAMORÉ DE MR. BIG

Papalía, Nicolás

Cuando me enamoré de Mr. Big / Nicolás Papalía. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6505-86-6

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Contemporánea. 3. Novelas. I. Título.

CDD A863

© 2024, Nicolás Papalía

Primera edición, mayo 2024

Dirección comercial Sol Echegoyen

Dirección editorial Julieta Mortati

Asistencia editorial Eleonora Centelles

Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert

Jefa de corrección María Nochteff Avendaño

Corrección Renata Prati y Patricia Jitric

Diseño y diagramaciónLara Melamet

Conversión a formato digital Estudio eBook

Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

[email protected]

www.pampublicaciones.com.ar

Aviso: la publicación de nombres, mensajes de texto, diálogos o declaraciones en esta historia bajo ningún aspecto, y de ninguna manera o forma, implica, o de otro modo necesariamente expresa, sugiere o confirma su autenticidad.

 

Los hechos y personajes son producto de la ficción. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

A mis amigxs

que siempre me bancan en todas mis locuras

Nota al lector

Había una vez. Así aprendí de niño que empiezan las historias de amor, los cuentos de hadas en los que el príncipe llega en su corcel blanco y rescata a la pobre princesa acosada por alguna bruja malvada. Ese es el modelo ideal de las relaciones con el que crecí. Bastante lejos de la realidad de mi familia y las familias de mis amigos y las familias de todas las personas que pasaron por mi vida. En casi cuarenta años no conocí ninguna historia real, de carne y hueso, que se asemejara a esas. A Disney, Universal y compañía se les ocurrió que no hay nada mejor para soportar la crueldad del mundo en el que vivimos que imponernos esos ideales. Vaya favor que nos hicieron.

Varios años de terapia encima me convencieron de que no gano nada repartiendo culpas. Ni a las empresas, ni a la sociedad capitalista, ni siquiera a los padres, a quienes siempre apuntamos en primera fila en los divanes psicoanalíticos. Pero esa distancia entre las historias ideales y las reales es el punto de partida de mi historia.

Sí, pleno siglo XXI, varón gay, impulsor de las reformas feministas y promotor de la deconstrucción masculina, pero profundamente atravesado por el paradigma del “amor Disney” como le dice Brigitte Vasallo a lo que se conoce por amor romántico. Treinta y nueve años de tropiezos, relaciones estables y otras no tanto, intentos fallidos, pero todavía con la ilusión de cruzarme inesperadamente con un apuesto caballero del que pueda enamorarme a simple o primera vista. Con la cabeza lo suficientemente abierta para entender que hay diversas formas de vivir y experimentar el amor, igual espero a mi príncipe azul, que me haga sentir mariposas en la panza y me permita transportarme sin escalas a una galaxia desconocida, donde las miserias de la vida cotidiana se vuelvan demasiado insignificantes como para ni siquiera registrarlas.

Los cuentos de princesas no solo fueron escritos para las mujeres. Ni siquiera solo para las personas heterosexuales. Aunque el machismo de la época no hizo más que representar parejas de varones y mujeres que se enamoraban recíprocamente, los varones en general y los gais en particular también crecimos bajo estos relatos. Aunque usualmente se nos asocie a la lujuria y al sexo desenfrenado (que también existen, afortunadamente), no somos ajenos a los mandatos del amor romántico. Sufrimos el abandono y vivimos preocupados por la búsqueda y el encuentro de nuestra media naranja. El príncipe azul que nos complete y nos haga infinitamente felices, para poder comer perdices.

Tenemos las mismas razones y argumentos muy parecidos para desarmar las estructuras del patriarcado. Pero en el mientras tanto, nos tenemos que hacer cargo del impacto que estas tienen sobre nosotros, y así poder sobrellevar nuestra vida como podamos. A veces uno no puede hacer lo que quiere. A veces, solo queda conformarse con lo que se puede.

Esta es la historia de cómo conocí a Mr. Big, mi propio Mr. Big. Ese nombre viene de una de mis series favoritas de todos los tiempos: Sex and the City. Esta producción yanqui tuvo inicio en los años noventa y nos contó al mundo entero la historia de cuatro amigas que, sobrepasados los treinta, vivían obsesionadas por su relación con los hombres. Exitosas, hegemónicas y en pleno disfrute de las ventajas y excentricidades de la vida neoyorquina, las protagonistas transitaban diferentes historias lidiando con el peso de su soltería y las desavenencias asociadas a los hombres: relaciones, sexo, dinero y poder. Un combo explosivo que me cautivó durante décadas.

La protagonista de esta serie, Carrie Bradshaw (interpretada por la siempre increíble Sarah Jessica Parker), es una escritora famosa y exitosa que tiene una columna en una de las publicaciones más importantes de la city, en la que habla de sexo. Desde el principio, Carrie está obsesionada con los hombres, mejor dicho, con conocer uno que colme todas sus expectativas y que le permita vivir con plenitud una vida llena de logros personales, que ella no puede ver ni disfrutar por no poder compartirlos con un príncipe azul. Claramente, la pobre Carrie es otra víctima ilusa de los cuentos de hadas. A las producciones de Hollywood ya no les alcanza con inculcarnos esos modelos, sino que se regodean con demostrarnos lo patéticos que podemos llegar a vernos cuando una y otra vez intentamos alcanzarlos.

Aunque con menos magia que las princesas de Disney, en esta historia de amor Carrie también tenía que tener a su propio príncipe azul, Mr. Big: John James Preston, un multimillonario empresario, con una seducción que (desde mi punto de vista) supera ampliamente su atractivo físico y que, desde el primer momento, logra copar no solo el corazón de Carrie, sino que tiñe por completo la vida de la famosa escritora, y con ello, el libreto de la serie.

Pero este príncipe azul nunca llegó con su caballo blanco y armadura de metal dispuesto a rescatar a la pobre princesa. Mr. Big fue un héroe bastante más real y, por tanto, bastante más cruel que los de los dibujitos animados. De hecho, casi todos los que amamos la serie en algún momento odiamos profundamente a Big. Incluso aquel que quiera negarlo, en lo más profundo de sí, sabe que estoy diciendo la pura verdad. No fueron pocas las oportunidades en las que quise atravesar la pantalla y darle a Big unos buenos golpes. O emplear, con mucha anticipación, una frase que en la actualidad se ha convertido en una bandera feminista: “Carrie, amiga, ¡date cuenta!”.

Mr. Big es un personaje que, en cuanto a su seducción y atractivo, todos quisiéramos tener sobre nuestra mesa de luz. Pero, a la vez, es un ser difícil de descifrar. Profundamente limitado para manifestar sus emociones, por momentos frío y calculador, que huyó reiteradamente del compromiso, dejando a nuestra pobre y amada Carrie en las puertas del altar. Literalmente, plantada en el altar. Un personaje un tanto cruel, del que Carrie y yo nos pudimos enamorar intensamente, pero que, en un abrir y cerrar de ojos, nos hizo trizas.

El punto no es contar de qué va esta imperdible serie (que recomiendo mirar, incluso sus últimas temporadas, aunque disten millones de años luz de las primeras), sino usar a Mr. Big para representar a quien fue el motor de mi propia historia.

Es la excusa perfecta para hablarles de este príncipe azul que, al igual que Mr. Big a la pobre Carrie, me hizo experimentar los sentimientos más intensos y los dolores más profundos en una historia que hoy, entre la fantasía y la realidad, me animo a contar.

Capítulo 1

Pasaron dos días después de hablar con Matías y decirle que nuestra relación ya no daba para más. Después de varios meses de idas y vueltas, charlas interminables, repletas de confianza y mucho cariño, solo tenía certezas. Hasta acá llegamos, por lo menos como pareja. Esas fueron las palabras que usé cuando le propuse tomar un café después de almorzar juntos el domingo al mediodía.

Habíamos ido a la parrilla de siempre, uno de esos bodegones de barrio que no ganan un peso por la apariencia y la decoración, pero que te cautivan por la calidad de la carne y lo barato de los precios. Platos abundantes, gaseosas de litro y medio y el trato cálido y amable de los meseros son un combo difícilmente superable por los restaurantes más finos y pretenciosos, en los que dejás medio salario y encima te quedás con hambre.

Igual no puedo mentir. Me gustan los dos tipos. Amo los bodegones, pero también disfruto de pasearme floreando por alguno de esos lugares súper fancy, en los que podés saborear platos que nunca hubieras imaginado. Combinaciones exóticas que jamás escuché nombrar en las calles de mi pueblo. Cuando era niño no existía la palta. Lo digo y ni yo me lo puedo creer, ¿cómo hice para vivir más de veinte años sin probar una sola palta?

Matías era team bodegones. No había forma de convencerlo de cambiar de rutina. Esa era una más en la lista de las cosas que siempre me hicieron ruido de él. Amé desde el primer día su sencillez y su simpleza. Pero las detestaba cuando se convertían en pautas rígidas que no me dejaban desplegar mi versatilidad a pleno. Es que esa es una de las cosas que disfruto y admiro de mí mismo, la versatilidad y la apertura a nuevas experiencias. Soy muy inquieto, me encanta experimentar y probar todo el tiempo cosas nuevas y diferentes. Hace un tiempo aprendí que, para algunos, estos son “rasgos de la personalidad” que todos tenemos, en mayor o menor medida. Evidentemente, en mi caso están un poco exacerbados.

Ese domingo de agosto, volvimos a ese viejo y sabroso bodegón. Almorzamos, como siempre, una provoleta de entrada, entraña con revuelto gramajo de plato principal, gaseosa diet (para compensar las calorías, pensábamos… ¡qué ilusos!) y flan con dulce de leche y crema de postre. Yo ya tenía pensado desde la noche anterior el speech para cortar. Ya no había margen para estirar nuestra relación, nos terminaríamos lastimando. Pero ¿en qué momento se lo decía? ¿Entre la provoleta y la entraña? ¿Mientras nos traían el flan? Cualquier opción me parecía inoportuna. Yo sabía que lloraría. Siempre lloro cuando se trata de hablar de emociones y esta no sería la excepción. Cortar, llorando, mientras el mesero nos servía el flan casero imposible de dejar intacto, en medio del salón del bodegón familiar del barrio. Me imaginaba en una escena de una película de Almodóvar.

Después de darle el último bocado a la entraña, Matías me dijo algo que hizo crecer mi indecisión: “Qué fiaca, ¿vamos a casa a dormir la siesta?”. Esa era nuestra rutina de todas las semanas. Otra de las tantas rutinas. No podía sorprenderme y mucho menos culparlo por proponer un plan que durante más de un año hicimos juntos y a mí al principio me encantaba. Pero quedé en shock.

No podía procesar que él no registrara en absoluto el punto límite en el que estábamos. Desde hacía varias semanas nuestras charlas ya no eran las mismas. Él me proponía el plan de siempre, como si nada hubiese pasado. Opté primero por no responder. Minutos después, con las ideas un poco más ordenadas, le propuse caminar hasta el café de la esquina, cambiar un poco el aire y tomar un flat white digestivo. Me copan los nombres cool que ahora le ponen al tradicional café con leche. En un principio no los entendía y terminaba tomando cualquier cosa, pero desde hace un tiempo me acostumbré.

Matías aceptó, un tanto malhumorado, porque le encantaba dormir la siesta. Pero es cierto que tampoco le di mucho margen. Pagamos la cuenta, salimos del bodegón y perfilé directo para el café de la esquina. Nos sentamos en una mesita en la vereda y él se encargó de realizar el pedido en la barra. Siempre con esos gestos dulces. Me dio bronca tener que cortar esa relación tan bonita, con una persona extremadamente buena, sincera y protectora. Pero la decisión estaba tomada. Esperé impacientemente hasta que los dos termináramos el flat white, hablando de los avatares de la economía y las dificultades para poder ahorrar algo de dinero, hasta que con mucho coraje se lo dije:

—Hasta acá llegamos.

Me resultaba imposible sostener nuestra relación como pareja. Yo no tenía lo que quería y él también la estaba pasando mal. No estaba preparado para una relación con todas las letras, tenía muchas cosas personales que resolver. Hace dos años, en medio de la pandemia de covid-19, Matías perdió a su único hermano. Si bien de chico tuvo una relación bastante conflictiva, en los últimos años había logrado recomponerla un poco. Pero el virus se lo llevó de un saque y no le dio tiempo ni siquiera para despedirse. Él seguía sin poder cerrar ese duelo y se volcó por completo a su trabajo, en un intento de tapar con la rutina el dolor que aún lo acongojaba. Necesitaba cariño, comprensión, pero no tenía la disponibilidad emocional para estar en pareja. Él mismo me decía: “estoy roto”. Y yo sentía que mi sola presencia se convertía en una presión enorme que se sumaba a las que él ya tenía por su propia historia.

—Estoy seguro de que puedo aportarte más como amigo que como pareja —le dije. Y así lo creía profundamente. Tenía la certeza de que podía acompañarlo en su proceso personal mejor como amigo que como compañero. Eso es algo que me pasa seguido y no solo con parejas “pasajeras”. A veces tengo la sensación de que mi misión en esta vida es ayudar a otros a atravesar sus mambos personales y crecer. Una especie de Sr. Miyagi que enseña a Daniel San a “encerar y pulir” para que gane el torneo y se quede con la chica linda. Pero al igual que en la película ochentera, siempre termino con la quintita destruida, teniendo que recomponerla una y otra vez. Los otros crecen, aprenden a volar y pegan el salto hacia nuevos destinos. Y yo me quedo atado a la ilusión de lo que podría haber sido y, en realidad, nunca fue.

Matías lo entendió. En realidad, sabía que era una de las posibilidades, pero se negaba a que sucediera. Él no quería cortar, pero tampoco tenía para proponerme algo que nos permitiera sortear los obstáculos que teníamos y que eran más que suficientes para decir basta. Fue un momento triste, lloramos ambos, nos abrazamos, caminamos juntos de la mano, nos besamos, nos dijimos lo mucho que nos queríamos y, finalmente, nos despedimos. Un cierre maduro, respetuoso y, sobre todo, repleto de amor, como fue toda nuestra relación.

 

***

 

Subí al auto y lloré desconsoladamente. Con esas ganas que hacen que las lágrimas broten desde lo más profundo del alma. Antes de arrancar lo llamé a Carlitos para contarle y escuchar esas palabras que consuelan. Carlitos es mi hermano de la vida. Lo conocí en mi pueblo jugando tenis hace casi treinta años y desde entonces no doy un solo paso sin su apoyo. Al principio nos caímos bastante mal, producto de la soberbia que alimentaba nuestra competencia deportiva. Pero con el pasar del tiempo fuimos descubriendo que teníamos muchas cosas en común. La pasión por el tenis, una gran sensibilidad social y un sentido del humor ácido que nos permiten mirar la vida de una forma bastante parecida.

Fue una de las personas más importantes en los años más difíciles de mi adolescencia. Juntos hicimos frente a las miradas ajenas que pretendían juzgarnos por desafiar las normas de una sociedad pacata y conservadora. Ninguno de los dos provenía de una familia acomodada, pero ganábamos los campeonatos organizados por el club más cheto de la ciudad, despertando rabietas que nos hacían morir de la risa. También se dijo que éramos amantes, pervertidos, impertinentes. Una serie de títulos que lo único que consiguieron fue sellar nuestra amistad a fuego.

Carlitos me conoce a la perfección. Es capaz de distinguir mis tonos de voz y saber a la distancia qué es lo que estoy pensando y sobre todo sintiendo. Siempre tiene la palabra justa para calmarme. No siempre son las palabras que quiero escuchar, pero nunca cuestiono que son las que necesito en ese preciso momento porque son sinceras, realistas. Es mi alter ego racional, que me cuida y me hace bajar a tierra cada vez que decido emprender un nuevo viaje, algo que en los últimos años se da bastante seguido.

—Disculpá, amigo —me habla con humildad, recalca que no es nadie para decirme qué hacer, sino que me habla desde su punto de vista, desde su propia experiencia—. Pero esta historia vos la cortaste hace rato, pasa que no te animaste a hacerlo hasta estar 100% seguro —me dijo.

Cómo no creerle, si es como mi oráculo personal. Es cierto, pensé. Si había algo de lo que no tenía dudas, era que se trataba de la decisión correcta. Sin embargo dolía, dolía mucho.

Llegué a casa y me tiré sobre la cama. Me saqué la ropa y me metí debajo del acolchado, me tapé hasta la cabeza como si quisiera esconderme del mundo, evadirme de la realidad para que la tristeza se desvaneciera. Silencié el teléfono porque no quería saber nada de nadie. Mucho menos quería ver si Matías, en su propio proceso del corte, decidía enviarme un mensaje. No estaba preparado para decir ni una sola palabra más, para tolerar su peso emocional. Lloré mucho y me dormí, aplacando con el sueño la desilusión de otra historia que se me escapaba entre las manos.

El lunes fue aún peor. Me desperté, me duché y sin siquiera prepararme el café de todas las mañanas salí temprano directo para la facultad. Los lunes a las 8.30 cursaba una de esas materias que te hacen replantear no solo por qué decidiste volver a hacer una carrera de grado a tus 39 años, sino también la vida misma. Yo estaba en piloto automático. Caminé, me senté en el aula y creo que alcancé a decirle a mi grupo de amigos de la facu que me había separado, aunque no recuerdo si lo hice en ese preciso momento, porque mi mente no procesaba información. Lo único que circulaba de manera consciente eran las emociones que me desbordaban.

En la facultad me hice de varios amigos y amigas. Una mezcla rara de jóvenes adolescentes y otros bastante más viejos, como yo, que decidieron pegar un volantazo en sus vidas. “La crisis del ecuador de la vida”, nos dijo una vez una profe de las más copadas que conocí. Lo más loco y divertido es que pude encontrar un punto de conexión increíble con cada uno de ellos. Con los más chicos juego el papel del hermano mayor que nunca fui y me divierto dándoles consejos y alentándolos a vivir su propia vida al máximo, sin preocuparse por el qué dirán. Los más viejos se convirtieron en fieles confidentes, en quienes puedo recostarme cuando las cosas no salen del todo bien. Es otro ejemplo más de la versatilidad que tanto me gusta.

Al mediodía volví a casa y seguí la misma rutina. Me saqué la ropa, la tiré sobre el sillón de la esquina de mi cuarto, apoyé el teléfono sobre la mesita de luz y me acosté. Debajo del acolchado, en mi refugio, dispuesto a desconectar de la realidad que una vez más se volvía demasiado hostil. No me importaba si me llamaban de la oficina, si se disparaba el dólar o si el país o el mundo se prendían fuego. Yo solo quería que ese vacío que sentía en el pecho desapareciera.

El martes arrancó igual. Pero las palabras de Carlitos comenzaron a calar hondo. Él tenía razón. Yo venía procesando esa decisión desde hacía muchos meses. No podía sorprenderme. Tenía que conectar con mi lado más racional. Necesitaba hacerlo para poder levantarme y seguir con mi vida. No quería volver a caer en un pozo como el que había atravesado hacía más de un año, y que había terminado con una interconsulta con el psiquiatra. Respeto mi salud mental, calculo que más por miedo que por otra cosa, así que en ese momento decidí enfocarme en eso. El salvavidas que mi amigo incondicional me arrojó el domingo tenía que ser mi brújula para poder salir.