2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
Charles Mallory solo quiere una secretaria que no rompa a llorar ante un problema… y que no cometa el error de enamorarse de él. Desafortunadamente, el atractivo magnate parece provocar un efecto extraño en sus empleadas. ¡Necesita una ayudante que sea a prueba de él mismo! Barbara, su amiga de la infancia, parece perfecta para el puesto. Lo conoce demasiado bien como para enamorarse de él. Pero trabajar al lado de Barbara está haciendo que Charles sienta cosas extrañas. ¿Será que Charles está en peligro de enamorarse de la única secretaria que es inmune a sus encantos?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 213
Veröffentlichungsjahr: 2021
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Linda Miles
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Cuando menos lo esperas, n.º 1446 - julio 2021
Título original: His Girl Monday to Friday
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-856-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
NO –dijo Bárbara.
Enterró la nariz de forma ostentosa en Rumano Coloquial. Era la quinta vez que lo había dicho, y la quinta vez que leía esa página sobre el vocablo compuesto, y por quinta vez, al igual que en las otras cuatro, las otras dos personas que había en el salón no le prestaron atención.
Bárbara estaba acurrucada en el asiento de la ventana en el salón de sus padres. A su derecha había una agradable vista de un jardín con rosales y parte de Richmond; a su izquierda unos muebles mullidos con telas de símbolos florales y un caos de proyectos inacabados. Jerseys a medio tejer, edredones a medio coser, servilletas a medio bordar. Entre la confusión estaba su madre Ruth, una mujer incapaz de pensar mal de alguien, y Charles Mallory, un hombre del que sólo una mujer que no pudiera no pensaría mal de él.
–¡Qué idea maravillosa! –exclamó Ruth por sexta o séptima vez–. Es espléndido que Bárbara tenga tantos intereses, aunque a veces me da la impresión de que muestra la tendencia a comenzar cosas para abandonarlas luego. Sería bueno para ella que terminara algo… ¡y qué oportunidad para emplear todos esos idiomas! –Ruth siempre había considerado a Charles como a un hijo. Era fantástico que hubiera pensado en Bárbara cuando podría haber tenido a cualquiera–. ¡Parece algo predestinado! –miró con ojos resplandecientes a Charles por encima del elástico de un jersey que acababa de empezar con un patrón sacado de una revista.
Charles sonrió… Bárbara consiguió verlo aun cuando no lo miraba a él, sino a la página 181 de Rumano Coloquial. Era la sonrisa que había derretido a todas las chicas de su clase aquel primer año que había ido a quedarse con sus padres quince años atrás; podía recordar el efecto devastador que surtió sobre ella cuando con once años vio por primera vez esa sonrisa.
En ese momento tenía un rostro más acerado, la boca implacable en reposo, los ojos verdes fríos y penetrantes, las líneas de la mandíbula, la nariz y la frente casi brutales al llevar el pelo negro muy corto… aunque la sonrisa aún iluminaba su rostro del mismo modo que lo había hecho irresistible con dicisiete años. Pero en ese momento, desde luego… en ese momento era distinto.
–Fue la primera persona en quien pensé –dijo él. Metió las manos en los bolsillos y comenzó a dar vueltas por la estancia–. Esto es lo más grande que he hecho hasta ahora. Europa del Este va a empezar a despegar en cualquier momento… debemos introducirnos ya. Necesito a alguien con los conocimientos adecuados para respaldarme. No es fácil encontrar a esa persona, y no puedo permitirme el lujo de dedicar seis meses a su búsqueda.
–Es verdad –coincidió Ruth con simpatía, sin dejar de tejer.
–Además, lo peor es que no hay una receta para esos conocimientos… necesito un estudio rápido. Va a ser como una montaña rusa y me hace falta alguien que sea capaz de enfrentarse a eso.
–¡Bárbara será perfecta!
–Y alguien con quien pueda contar.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Bárbara dejó de fingir que leía.
–Bueno, pues no puedes contar conmigo –dijo–. No quiero hacerlo. No me interesa. No quiero trabajar para ti –al fin consiguió su atención.
–¡Bárbara! –reprochó su madre.
–¿Por qué no? –Charles frunció el sueño.
–Porque eres un cerdo egoísta, malhumorado, despótico y arrogante –alzó la barbilla con gesto desafiante, se quitó el pelo rojo de los ojos y levantó unos ojos azules para mirar con furia al único hombre al que había amado.
–¡Bárbara!
–Y me quedo corta –añadió sin arrepentimiento.
–No es un trabajo para florecillas delicadas… –comenzó él.
–No es un trabajo para nadie a quien le importe la cortesía elemental. Hay gente que considera que los sargentos de prácticas no deberían escribir libros sobre etiqueta porque son demasiado modestos. Te sugiero que encuentres un sargento y lo contrates.
–Sólo trabajaste para mí un día…
–Y fue demasiado tiempo.
–Las circunstancias fueron inusuales. Por lo general no será tan malo; habrá mucha diversión.
Dejó de fruncir el ceño. No sonreía, pero en su boca se vislumbraba el fantasma de una sonrisa. Todos esos años de hombre entregado a los negocios, de millonario hecho a sí mismo, habían dejado su huella. ¿Quién era el tonto que había dicho que el amor es ciego? Bárbara sintió que le devolvía la sonrisa y que se le aceleraba el corazón, pero también pudo leer el malhumor en sus ojos. Luchaba contra su impaciencia en parte por Ruth, desde luego, pero principalmente porque quería salirse con la suya.
–¿De verdad? –inquirió ella con escepticismo–. ¿Significa eso que tú harás tu propio trabajo sucio?
–¿Qué quieres decir? –el mal temperamento se reflejó en sus ojos, pero aún tenía esa media sonrisa.
–Que si tienes media docena de amigas a las que no quieres volver a ver, deberías decirles que se terminó, no pedirle a tu secretaria que te excuse con que estás en una reunión. ¿Las circunstancias inusuales significan que por lo general sólo tienes que quitarte de encima a una o a dos, o que en la actualidad tú mismo te ocupas de ellas? –ya estaba… quizá eso le indicara a Ruth cómo era de verdad. Le irritó ver que no había dado en el blanco. Charles enarcó una ceja.
–¿Eso es lo que te molesta? No recuerdo a quién veía por ese entonces, pero no creo que intentara quitarme a nadie de encima. A las mujeres les digo que no me llamen a la oficina; si estoy trabajando en algo no dispongo de tiempo para llamadas sociales, pero si no te gusta una mentira educada, puedes contar la verdad. Te haré saber si hay alguien con quien quiera hablar.
Debió representar un alivio que aún no hubiera nadie serio. Hasta donde ella sabía, nunca lo hubo. Bueno, en cierto sentido era un alivio. Pero todavía la dejaba helada su indiferencia, como siempre.
Los padres de él lo habían enviado a Inglaterra para quedarse con su familia durante los últimos dos años del instituto. A los pocos días el teléfono no paró de sonar. A Bárbara no le había sorprendido. Jamás había visto a alguien tan guapo como el nuevo invitado… claro, todas las chicas de la escuela habían querido llamarlo. Pero como convivía con él, había visto ese rostro oscuro y atractivo cambiar de expresión al contestar el teléfono; se ponía rígido de aburrimiento y contenía bostezos, miraba el reloj y contestaba con monosílabos, encendía el televisor con el mando a distancia en busca de un partido de fútbol.
Algunas veces ella había contestado. Con tono de fingida indiferencia, una chica preguntaba si estaba Charles.
–Iré a ver –respondía Bárbara.
–¿Quién es? –preguntaba Charles.
Y en ocasiones, cuando la chica se lo decía, sacudía la cabeza o hacía un gesto con el pulgar hacia abajo. Había sido aterrador ver lo poco que le importaba, lo hastiado que estaba de la adoración que se ganaba con tanta facilidad, y le pareció que desde el momento de conocerlo siempre había sabido que jamás debía revelarle lo que sentía por él.
Había bromeado con él, lo había acosado y se había burlado como si realmente fuera su hermana menor, y a Charles le encantó de un modo peculiar… quizá porque representaba un cambio de la adoración incondicional que recibía de las chicas de su propia edad. Puede que incluso ella le gustara un poco, antes de que todo se torciera.
–No es lo único que no me gusta del asunto –continuó Bárbara–. Podría durar meses. Sabes que odio la idea de un trabajo permanente; no me gusta trabajar en ninguna parte durante más de un par de semanas… menos aún con alguien que considera que diez horas es una jornada laboral corta. Si llevara un mes así ya creería merecerme unas vacaciones. Al menos como trabajadora eventual puedo dejarlo siempre que me apetezca. Dame una sola razón convincente para abandonar todo eso y estar contigo once de cada doce meses.
–Dinero –indicó Charles.
–No sé cuánto ofreces –explicó ella–, pero no es suficiente. El mes próximo me voy a Cerdeña. Te enviaré una postal que ponga: «Me lo estoy pasando muy bien, quédate donde estás».
–¿Cuánto quieres?
–No querrías pagarlo.
–¡Bárbara! –protestó su madre, para quien la situación ya era excesiva–. ¡Charles necesita tu ayuda! ¿Es pedirte demasiado que postergues tu viaje hasta que haya puesto en marcha su proyecto? Es como si fuera de la familia… debería alegrarte ayudarlo.
–Habría pensado que yo sería la última persona de quien querría ayuda –soltó Bárbara antes de poder detenerse–. No le fue muy bien la última vez que lo intenté –lo miró; ella recordaba, aunque él lo hubiera olvidado.
Su madre puso cara de no entender nada. Charles la observó con expresión sarcástica. Estaba claro que recordaba.
–Yo no diría eso –repuso con frialdad–. No me encontraría en la posición que ocupo si tú no me hubieras ayudado.
–Perfecto –aceptó Bárbara–. Entonces no te debo nada.
–Tampoco diría eso –comentó Charles–. Creo que aún me debes algo, ¿no te parece?
–Entonces te lo pagaré de algún otro modo. Es insoportable trabajar contigo, y quiero ver Cerdeña antes de morir, por lo que la respuesta es no. Además, ¿por qué debo ser yo?
–Porque tienes un registro de ciento ochenta palabras por minuto como taquígrafa.
–Y otras miles de mujeres.
–Y eres capaz de mecanografiar cien palabras por minuto.
–Lo mismo digo.
–Y porque has desperdiciado tu tiempo desde que dejaste la universidad, viajando al extranjero siempre que podías y dedicándote a estudiar todo el espectro de idiomas, desde el albanés al zulú.
–¿Hay un Enséñese Usted Mismo Zulú? –preguntó.
–No lo sé, pero si lo hubiera lo podrías leer en tu hora para comer.
–Tú no das una hora para comer.
–Y porque este proyecto se va a topar con muchos problemas –continuó él, como si Bárbara no hubiera hablado–. Un montón de problemas logísticos… y quiero relegar eso en otra persona. Jamás he visto un problema que tú no fueras capaz de superar o soslayar –frunció el ceño y se pasó una mano por el pelo corto con gesto impaciente–. Podría recurrir a una agencia de empleo y encontrar a alguien competente… y aun así dar con alguien que recurriría a mí porque algún aparato de fax en Vladivostok no funciona o porque todos los hoteles en Kiev están cerrados durante el invierno… –los gélidos ojos verdes de pronto la miraron sin rastro de sonrisa. Costaba creer que el hombre que hablaba en ese momento había sido el chico despreocupado y atractivo que una vez conoció–. No me había dado cuenta de que te disgustara tanto trabajar para mí la última vez, pero no importa… todavía te necesito. No puedo permitirme el lujo de tener una secretaria que esté emocionalmente involucrada; al menos a ti no te costará mantener una relación puramente profesional. Calcula cuánto vale para ti soportar mi malhumor, a mis amigas y mi costumbre de olvidar el almuerzo, y hazlo por el dinero.
–Pero, Charles, querido –protestó Ruth consternada–. Estoy segura de que a Bárbara no le caes mal… todos te consideramos un miembro de la familia. Las personas no son siempre muy correctas con los miembros de la familia, ya lo sabes… yo solía tener discusiones acaloradas con mi hermano, que podía resultar exasperante, pero eso no significaba que no nos quisiéramos.
Un leve gesto de impaciencia hizo que él arrugara las cejas ante la intervención, pero desapareció al instante.
–Bueno, parece que yo puedo resultar exasperante –reconoció con una sonrisa que le dio calidez a su rostro y que sólo iba dirigida a Ruth–. Aunque espero que recordaras el cariño después de las peleas, así que no avergoncemos a Bárbara pidiéndole que se muestre de acuerdo con lo demás en medio de la… ¿diríamos discusión? En cualquier caso, preferiría que lo hiciera por algo que le compensara. Sé que no le gustan los compromisos a largo plazo. Si acepta éste, podrá terminar con algo que le permita hacer lo que desee.
Bárbara se dio cuenta de que medía sus palabras, tratando de minimizar la animosidad que sabía que angustiaría a su madre. Sabía que Charles no había querido sacar el tema en su casa. Había tratado de arreglar una cita en la ciudad, y le había contestado que estaba demasiado ocupada. El resultado fue que no pudo intimidarla para convencerla de que hiciera lo que él quería. Pero había que reconocer a su favor que se esforzaba por no herir a su madre… lo cual no significaba que no la hubiera coaccionado desvergonzadamente si se hubieran encontrado en terreno neutral.
Un haz del sol de la tarde atravesó la ventana. Lo había visto desde ese ángulo tantas veces. El asiento de la ventana había sido su refugio favorito; durante toda su infancia había ido allí a leer con voracidad.
Durante un año se sentó en él cada noche mientras Charles miraba la televisión y hacía sus deberes… las raras veces en que se tomaba semejante molestia. Había sido un estudiante brillante y perezoso, y en aquella época le había ido muy mal en el instituto, cumpliendo en lo que podía cada vez que ponían anuncios en la tele.
Bárbara había sido brillante y trabajadora, pero le fue muy mal en el instituto porque se aburría con facilidad. Había odiado hacer algo dos veces, y como siempre se anticipaba en las lecturas a su clase, no se la podía molestar para que hiciera los deberes cuando la clase llegaba al tema.
Le daba la lata a Charles para que le hablara de lo que hacía, y a veces, si el programa era muy malo, él respondía a sus preguntas. En ocasiones le decía que se callara, y si ella insistía, le pasaba su libro con una sonrisa maliciosa… pero a ella le encantaba leer sus libros, adoraba sostener algo que fuera suyo, le fascinaba entender un texto de nivel superior porque pensaba que eso lo impresionaría.
Las noches en las que pasaban algo bueno por la tele lo acompañaba y lo miraba. En aquella época no se cansaba de contemplarlo, de saber cosas de él… pero había pensado que no le prestaba atención.
Durante un instante, sintió una dulzura punzante ante la idea de que hubiera notado su presencia. No sólo que la hubiera notado… sino que hubiera pensado en ella. Y no era porque recordara lo que ella había hecho, aunque en sí mismo eso era una sorpresa. Había pensado en la clase de persona que era, en lo que podía y no podía hacer.
Ese pequeño destello de percepción bastó para liberar una oleada de añoranza… un deseo terrible e imposible de que pudiera pensar en ella tanto como ella pensaba en él, de que pudiera mirarla como ella lo miraba. En ese momento Charles se hallaba bajo la luz dorada, a la espera de que le dijera una cantidad. Sus ojos estaban en él, como sucedía siempre que se hallaba en la habitación, y le dolió apartarlos cuando se obligó a ello.
Era insoportable trabajar para él. Era egoísta, arrogante, ella odiaba los compromisos a largo plazo y le había hecho algo que Charles jamás perdonaría. Nunca habría recurrido a ella si los negocios no lo hubieran forzado a hacerlo. Sería una agonía estar en su compañía todos los días… y la perspectiva resultaba terriblemente tentadora.
–Lo siento, Charles –anunció con brusquedad–. No es cuestión de dinero… no puedo hacerlo.
–Bueno, naturalmente Charles no quiere obligarte a hacer algo que tú no deseas, cariño –intervino su madre, decepcionada y ajena a la expresión de impaciencia de él–. Parecía una oportunidad maravillosa, pero si estás segura, no hablaremos más del asunto. Espero que te quedes a cenar, Charles.
–Me encantaría –repuso–. Y, por supuesto, no presionaré a Bárbara, aunque confío en que cambie de parecer.
–No apostaría por ello –indicó ella, y por sexta vez bajó la vista para concentrarse en el Rumano Coloquial.
–Yo tampoco –coincidió Charles, y en voz baja para que sólo ella pudiera captar, añadió–: Nunca apuesto sobre algo seguro.
CHARLES Mallory sacó de la bandeja la carpeta con cartas para firmar, la abrió, extrajo la primera y puso expresión colérica. «¿Dónde encuentran a esas personas?», pensó exasperado. Con dedo impaciente apretó el botón del intercomunicador.
–Teresa –dijo.
–Sí, señor Mallory –repuso una voz casi inaudible.
–¿Ha pensado alguna vez en utilizar el corrector de ortografía del programa antes de imprimir un documento? –preguntó.
–¿Hay un error? –susurró la voz.
Con el ceño fruncido, Charles le echó un vistazo al resto de las cartas. «Falicitar» por «Facilitar», «mofidicar» por «modificar», «mirtptidr» por sólo Dios sabe qué. ¿Dónde las encontraban?
–También es conveniente revisar un documento antes de presentarlo para firmar –añadió con voz sedosa–. He firmado el único correcto. Los demás hay que repetirlos. Se los llevaré.
Cerró la carpeta, se levantó y se dirigió a la puerta. Salió justo a tiempo para ver la espalda de la última secretaria eventual desaparecer por una puerta que exhibía un cartel muy claro: SÓLO SALIDA DE EMERGENCIA. SI SE ABRE SE ACTIVARÁ LA ALARMA.
El aullido de la alarma de incendios llenó el edificio. «Dónde las encuentran?», pensó con amargura, tecleando el código para desactivar la alarma con la facilidad de mucha práctica. Regresó a su escritorio y marcó la extensión del Departamento de Personal.
–Buenos días, señor Mallory –saludó la voz resignada de Personal–. Oí la alarma. Qué pena. Estaba convencida de que duraría hasta la hora del almuerzo.
–No sé cuál fue el problema –tamborileó con los dedos sobre la mesa–. Sólo le recordé la existencia de un programa corrector de texto y le sugerí que repasara su trabajo. Debería saberlo sin que se lo dijeran. Si no, al menos debería aceptar una crítica constructiva.
–Lo siento, señor Mallory –Personal suspiró–, pero era la única disponible de la agencia. Todas las demás ya habían estado aquí y se negaban a regresar.
–Bueno, pruebe con otra agencia.
–Ninguna tiene a una secretaria que no haya venido ya.
–¿Qué les pasa? –comentó Charles–. No pido una Mujer Maravilla. Sólo quiero una secretaria experimentada con la competencia y la madurez habituales para trabajar en un entorno de gran presión.
–Sí, señor Mallory –aceptó con cierta cautela Personal–. Es que…
–¿Qué? –espetó él.
–Las personas con experiencia y alta cualificación disponen de elección. Nosotros ofrecemos un acuerdo competitivo, desde luego, pero la crème de la crème puede obtener los mismos beneficios y dinero en otra parte, y no le gusta que le griten.
–¡Gritar! –exclamó indignado–. Nunca grito. Es evidente que si un proyecto entero debe rehacerse porque alguien no ha mostrado la inteligencia de una niña de dos años, puedo impacientarme un poco…
–Al parecer, ha empleado un tono de voz que se ha percibido como un grito –indicó con diplomacia Personal.
–Es ridículo.
¿Por qué no encontraban a alguien como Bárbara? Alguien que no se disolviera en lágrimas si hacías una pregunta sencilla. Alguien que captara tus errores y deslices en un informe, en vez de añadir cincuenta propios. La agencia de ella se la había enviado un día un par de años atrás. Ni antes ni después había soñado con semejante secretaria.
Volvió a tamborilear los dedos sobre la mesa. Necesitaba una secretaria competente y permanente si quería acometer el asalto a la Europa del Este. Había planeado ir al apartamento de Bárbara para convencerla. Con Ruth fuera del camino, habría sido bastante fácil. Pero no había tenido tiempo, y como esperara un poco más descubriría que Bárbara se había marchado a Cerdeña. Quizá sería mejor contratarla como eventual y avanzar desde ahí. Al menos le daría la oportunidad de concentrarse en el trabajo, para variar.
–No tengo tiempo para ir con cuidado alrededor de una chica hipersensible que ni siquiera sabe escribir –dijo–. Vea si puede encontrar a Bárbara Woodward a través de una de las agencias, ¿quiere? Hágale una oferta que le compense el esfuerzo. Haga lo que sea necesario para conseguirla.
BÁRBARA quería aceptar un empleo eventual más antes de marcharse a Cerdeña. Había ahorrado dinero, pero parte lo gastó en un curso multimedia en bengalí. El lunes llamó a Jobs for Girls, su agencia, y de inmediato le ofrecieron un puesto en la Mallory Corporation.
–Es un empleo maravilloso –alabó Sue, la supervisora–. Nivel de dirección, abierto, sueldo fantástico. Y es halagador… preguntaron directamente por ti.
–Preferiría no aceptarlo –el taimado de Charles carecía de escrúpulos.
–Hmm –musitó Sue tras un breve silencio–. Bueno, no tengo nada más en este momento, pero es evidente que te mantendré en la lista. Hazme saber si cambias de parecer.
Colgó y llamó a Girl Monday–to–Friday.
–Bárbara, tengo el trabajo ideal para ti –dijo Cathy con alegría–. Es una empresa estupenda… la Mallory Corporation, en el centro de Londres, con taxi pagado después de las diez, cena gratis, nivel de dirección, sueldo máximo, abierto…
–Lo siento –repuso–, pero sólo busco un par de semanas.
–Bueno, podrías estar un par de semanas y ver cómo funciona…
–Preferiría probar otra cosa.
–Hmm –comentó Cathy–. La cuestión es que ahora no hay mucho más que ofrecer, nada que esté a la altura de tus conocimientos.
–No importa el nivel –indicó Bárbara.
–Sí, bueno, para ser sincera, no tengo nada más, pero te llamaré.
Colgó y miró con ojos furiosos el teléfono. Taimado, sin escrúpulos, maquiavélico…
Llamó a tres o cuatro agencias más, con resultados similares. ¡Maldito sea Charles!
Desde luego, si se lo contaba a su madre, Ruth llamaría a Charles y le diría que acabara con la situación, pero él sabía que Bárbara no lo delataría… heriría demasiado a Ruth. Suponía que podía sentirse halagada… debió haber llamado a todas las agencias para las que había trabajado alguna vez. Probablemente había obtenido la información de su madre… sin que ésta comprendiera el uso manipulador que le daría.
Por supuesto, le quedaba la opción de llamar a otras agencias, aunque no había garantías de que él no lo hubiera hecho ya. El problema radicaba en que ninguna agencia del mundo iba a poner los intereses de una eventual corriente, sin importar sus excelentes cualificaciones, por encima de la Mallory Corporation. Charles no tendría que haberlas amenazado con no recurrir más a ellas. Les podría haber garantizado que les daría prioridad en todas sus necesidades futuras, y ninguna lo habría rechazado. Apretó los dientes, alzó el auricular y llamó.
–Buenos días, despacho del señor Mallory –saludó una voz suave.
–Quisiera hablar con el señor Mallory –pidió con sequedad.
–Me temo que el señor Mallory está en una reunión.
–Siempre lo está. ¿Podría pasarme de todos modos? Es muy urgente.
–Pidió que no lo interrumpieran. ¿Quiere que le dé un mensaje?
–Sí, repuso al fin, tras pensar en una serie de comentarios impronunciables–. Dígale «Nunca en un millón de años». Él sabrá quién soy –colgó con fuerza.
Su primera idea fue llamar a alguna de las empresas en las que había trabajado en los últimos años. Jamás lo había hecho para alguien que no qusiera que trabajara con ellos con contrato indefinido. Seguro que podría encontrar algo, pero le llevaría tiempo, y mientras tanto se sentía furiosa. En vez de pensar en alternativas, no dejó de pensar en epítetos para Charles.
Finalmente, con la inspiración del genio, se dio cuenta de que aún podía decírselo a Charles. Iría a su oficina, le soltaría todos los improperios que deseara y luego buscaría un trabajo.
