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Dos hermanos que intentan incinerar un pato con una lupa, un futbolista filósofo, una mujer que no consigue huir de la mirada de Dios, una actriz porno y un mago negro, un hombre que descifra mensajes ocultos en las victorias del Barça, una historia en la que la identidad se gana o se pierde, un artista del tiempo, unos labios que se besan quince años después, una conversación con el espíritu de Sibylle Baier, un editor mentiroso que tal vez cuente la verdad. Un universo variopinto y seductor, de personajes tristes, cómicos y grotescos. Un espejo de las variables rarezas de nuestra existencia. Y, en su centro, un escritor singular: Francisco Díaz Klaassen.
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Seitenzahl: 190
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Cuando no éramos nada
Francisco Díaz Klaassen
Cuando no éramos nada
© Francisco Díaz Klaassen, 2025
© Diseño de la colección: Rosa Lladó - Salon de Thé
© Ilustración de cubierta: Miriam Membrilla Mozo
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Ned ediciones, 2025
Primera edición: mayo, 2025
Preimpresión: Moelmo SCP
www.moelmo.com
eISBN: 978-84-19407-61-0
La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.
Ned Ediciones
www.nedediciones.com
Para Constanza
—¿Qué haría usted si supiera con seguridad que un día determinado acaba el mundo?
—No diría nada, por causa de las criaturas —respondió Ramírez—, pero dejaría anotado en un papelito que en el día de la fecha era el fin del mundo, para que vieran que yo lo sabía.
Adolfo Bioy Casares
—Eso fue en el pasado.
—Sí, pero ¿no podría, con tu amable permiso, seguir vivo en mí como recuerdo?
Robert Walser
EL DÍA EN QUE CUMPLÍ TREINTA Y SEIS AÑOS el teléfono sonó tres veces.
Mi abuelita.
El banco.
Una vieja amiga.
Esa última llamada no duró ni un minuto. Después de los saludos de rigor la escuché decir: «¡Se acabó, Francés!» y soltar una carcajada. El volumen de su voz subía y bajaba con la misma brusquedad, y me la imaginé olvidándose a ratos del teléfono, el diafragma contrayéndosele espasmódicamente.
Yo no entendía nada. ¿Qué se acabó, la llamada? Mi vieja amiga tardó todavía quince segundos en calmarse. Solo entonces llegó la explicación: Ese día, me dijo, yo había dejado atrás la juventud.
—¿Ya no soy joven?
Pareció pensar un segundo la respuesta. La escuché tomar aire.
—La piedra es más suave que la arena —contestó al fin—. Eso es un hecho. ¿Otro hecho? Ya no eres joven, Francisco. Se te acabó la edad florida. Acéptalo.
Agregó algo sobre las células de no sé dónde que dejaban de hacer no sé qué después de los treinta y cinco años. Enseguida cortó.
Ni canas ni lentes —¡células!
¿Sería verdad? ¿Se podía ya no ser joven y todavía no tener trabajo?
Me puse una mascarilla y salí a trotar para averiguarlo.
Supuse que alcanzar la esquina de Presidente Errázuriz con Tobalaba, a unas quince cuadras, podía considerarse una meta no del todo descabellada.
No había vuelto a trotar en trece años, pero se me ocurrió que si me limitaba a avanzar, sin prestarle demasiada atención a la velocidad, tal vez no se notaría.
Me equivoqué.
Ni dos minutos llevaba en la calle cuando sentí la boca seca, la cara pálida y en el pecho un descontrol—como si mi corazón estuviera dando tumbos dentro de una cámara hueca.
Millones de punzadas parecían atacar mi cuerpo desde todas partes.
¿Cuándo me habían crecido rodillas?
¿Cuándo, caderas?
¿Por qué tenía una espalda?
¿Qué era eso que me quemaba los tobillos?
El trote se volvió casi de inmediato un paseo. Y la esquina de Presidente Errázuriz, esa cima que me había parecido tan poquita cosa, todavía no se veía por ninguna parte.
Llegué a Tobalaba tratando en vano de recuperar el fuelle. ¿Qué pasaría si volvía a mi casa? ¿Le daría con eso la razón a mi vieja amiga? Apelé a mi autoestima. Apelé a la vergüenza. Apelé al ingenio. Pensé:
RECIÉN CONOCEMOS NUESTRO CUERPO CUANDO NOS LO PRESENTA EL DOLOR.
Bien. He ahí una máxima, me dije. O una mínima. Algo, en cualquier caso, a lo que aferrarse para olvidar las punzadas y el cansancio. Por lo visto, pensar era el secreto. Pensé:
LOS PATOS NAVEGAN COMO LOS HOMBRES Y LOS PINGÜINOS NADAN COMO LOS PECES.
Mi rodilla derecha crujió. ¡No estaba funcionando! Pensé con más fuerza:
SI EL SOL SE INCLINA A SU OCASO, IRRADIA LA NOCHE CON TU FUEGO INTERNO.
Ahora se quejó la rodilla izquierda. La ignoré acordándome de repente de ese cuento, o tal vez cómic, o quizás poema, en que un hombre, enfrentado a un pelotón de fusilamiento, para no lidiar con su destino piensa en una rosa. Se imagina cada detalle de cada pétalo. Más tarde, buscando rematarlo, un soldado se le acerca y ve que en su mano empuña una flor.
Y entonces, ¿qué?
En mi caso, no había ninguna rosa. (Tampoco, es cierto, un pelotón).
Quizás la calle estuviera más en cuesta de lo que recordaba. Quizás hubiera exagerado el ímpetu inicial en ese brioso minuto y medio. Quizás el segundo aire, al que me había confiado y pensaba entregarme, no fuera más que un mito propulsado por la juventud.
Y yo ya no era joven.
De todas maneras, avanzaba. Ahora me daba cuenta. La estela de mis pasos arrastrados era visible en la grava crujiente que iba dejando atrás. ¡Pensar sí servía de algo, después de todo! De hecho, no tardé en divisar, a la distancia, la dichosa calle. Presidente Errázuriz. Calculé que la alcanzaría en tres o a lo sumo cuatro minutos.
En eso escuché algo a mis espaldas y al darme la vuelta vi acercarse a un grupo de corredores con el rostro cubierto por mascarillas quirúrgicas como la mía. Ahí se acababan las coincidencias. Ellos corrían tan rectos como encogido y doblegado lo hacía yo.
Es posible que fuera ese contraste de verticalidades lo que me llevara a retomar el trote, reemplazando mi silueta de plátano por la espigada y marcial de todos ellos.
Me sentí como si hubiera estado en una carrera de postas y me acabaran de encomendar la responsabilidad de llegar a la meta.
Eran seis, y cuando llegaron a mi altura busqué cruzar nuestras miradas—sin éxito, pues ninguno desvió la suya del horizonte.
Alcanzamos la esquina al mismo tiempo, corriendo todos juntos con idéntica velocidad y doblamos al unísono y proseguimos la marcha con movimientos acompasados; toda esa sincronicidad me hizo pensar que debíamos de parecer un pelotón a los ojos de los demás.
Pasados unos minutos, los corredores enmascarados redujeron la velocidad del trote y yo, que de pronto había quedado en medio de todos ellos, me vi enlenteciendo el paso también.
Mi cuerpo lo agradeció. La transpiración me mojaba el cuello y el nuevo ritmo me permitió volver a respirar por la nariz. Rebufé dentro de la mascarilla y sentí que algo salía despedido de mi boca y se quedaba alojado en la punta de mi nariz. Cada vez que respiraba, esa sustancia viscosa y pegajosa, que no tardó en enfriarse, se refregaba contra mí.
En la esquina de la calle Asturias nos detuvimos por completo, sumidos en un silencio anticipatorio. Lo aproveché para estirar los dedos de los pies.
Soplaba una brisa suave y la polera, mojada, se me pegó de inmediato a la espalda. Volví a adoptar la forma de una fruta.
El edificio frente al que nos habíamos enquistado se asemejaba al palacio presidencial, pero a menor escala. Desde afuera parecía una casa de muñecas. En una placa debajo del número leí que se trataba de un museo erigido en honor a cierta gloria no especificada de un pasado aparentemente no del todo remoto, supuestamente esplendoroso, que había vivido allí sus últimos años.
Dicho con pocas palabras: la casa de un libertador—construida, era de suponer, con dineros ganados honradamente.
Sus puertas se hallaban cerradas al público general debido a la pandemia, explicaba un papel que alguien había pegado con una tira de scotch junto a la placa.
A pocos pasos descubrí a un guardia armado con un fusil y entablamos una breve conversación.
El tipo tenía el sol de espaldas, de modo que su rostro era un gran agujero negro.
Durante un tiempo el palacio fue también una cárcel, me explicó, antes de añadir, con lo que me pareció un dejo de orgullo, que esa zona que él custodiaba había albergado a los criminales más nefastos de todos. Lo que dijo exactamente fue: teníamos delincuentes de la peor calaña. Usted sabe a lo que me refiero, agregó.
Yo no sabía nada. (Pero no hace falta confesar las carencias frente a desconocidos).
¿Inmigrantes?, aventuré a modo de broma. Él no se inmutó.
Como el silencio se alargaba, di otro paso en su dirección y, acercando mi cara a la suya, le pregunté, ingenuamente, en voz baja: ¿Violadores?
Ahora podía verle la cara. Le brillaron los ojos. ¡Peores!, contestó.
¿Asesinos en serie?
Lo vi bajar la vista.
No. Una amenaza mucho más real, joven.
Luego señaló al patio, a una zona en la que parecía que el pasto se había hundido.
—El pino siempre cede —dijo, mientras simulaba pegarme un codazo.
Vi en su uniforme que se apellidaba Parraguez.
Además de museo, continuó el guardia, sin esperar mi reacción, ahora el palacio acogía a un grupo de señoras que todas las semanas se juntaba a tomar el té bajo el lema «Ayudar Es Recibir, Ayudar Es Resolver». Las señoras de AER AER también organizaban en las dependencias un club de lectura. Son muy leídas, apostilló. La reverencia que no se molestó en ocultar me hizo imaginarlas reunidas en un gran salón abovedado, bajo la luz de una lámpara de lágrimas, leyendo gruesos volúmenes en tapa dura de tela y papel de Biblia, comentándolos en voz baja entre sorbitos de té y mordiscos casi imaginarios a scones apenas untados con mermelada de mosqueta.
¿Tendrían las señoras quien las guiara? ¿Alguien que les explicara, por ejemplo, que el amor entre personas es a menudo una servidumbre injusta, pero que el amor a los libros y a los muertos que los escribieron nos devuelve la honra que nos quitan los vivos?
Estuve a punto de preguntarle al guardia si no podría conseguirme un trabajo en el museo. Ahora que sabía de buena fuente que mi vejez era inminente, pensé, tenía que empezar a preocuparme de esas cosas. Me imaginé a las señoras de nuevo: esta vez, frente a una taza humeante, sentado a la cabecera, presidiendo la nave, sonriendo a diestra y siniestra, izando y arriando una mano abierta, para darles la palabra o llamarlas al orden, estaba yo, un yo ligeramente más redondo, no tanto un plátano como una pera, brillante, satisfecho de mi nuevo lugar en el mundo.
Parraguez, como si hubiera sido capaz de leerme la mente, se enderezó y pareció dejar de escucharme. Después de girarse abruptamente, fijó la mirada en un punto impreciso al otro lado de la calle. El que haya visto a una estatua humana moverse un par de segundos al recibir una moneda, para luego regresar a su quietud inconmovible, sabrá adivinar, como lo hice yo entonces, que el guardia no volvería a abrir la boca. Temiendo haberlo ofendido, y para no molestarlo más, me arrimé a los demás corredores, que no tardaron en sobresaltarse con mi cercanía, o así lo sentí. Sorprendí a uno de ellos observándome por el rabillo del ojo. Cuando nuestras miradas se encontraron, creí adivinar que la rabia inundaba la suya. Bajé la vista, avergonzado, sospechando que los corredores se volvían en mi contra, pero sin entender por qué.
Guardamos silencio durante los siguientes minutos. Aunque el viento arreciaba, yo era el único del grupo que parecía sentir frío. Los dientes me castañeteaban y arqueaba la espalda intentando en vano que la polera se me despegara de la piel. Pero no quería volver a llamar la atención, así que en vez de moverme traté de entrar en calor abriendo y cerrando los ojos, abriendo y cerrando los puños, abriendo y cerrando el... ombligo.
Finalmente, un timbre eléctrico me hizo saltar en mi sitio, y los corredores, en una fila india improvisada, se dirigieron lentamente hacia el interior del palacio. Los seguí de cerca, sin atreverme todavía a mirarles la cara. Iba el tercero en la fila. Al pasar junto al guardia, le hice un ademán con la cabeza que ignoró.
Bordeamos el palacio hasta encontrar una puerta de madera lateral, cubierta a medias por una hiedra que subía hasta casi alcanzar el techo. Recuerdo bajar casi en penumbras unas escaleras angostas de piedra en espiral. Conté veintisiete escalones. Dos rellanos. Tres tramas de peldaños. Se levantaban volutas de polvo con cada uno de nuestros pasos. Recuerdo avanzar, en el mismo orden en el que habíamos traspasado la reja, a través de un corredor desigual que a ratos parecía ensancharse pero que no debe haber tenido más de un metro de ancho, porque nos movíamos rozando con los codos el hormigón desnudo de las paredes, iluminadas apenas por unas ampolletas rojas, diseminadas cada diez o doce metros. Recuerdo entrar en un camarín de techos bajos, pintado de naranja, y que cada uno de los corredores se dirigió, sin dudarlo, a una taquilla. Esa familiaridad me indicó que ya estaban todas asignadas—y que, si quería pasar desapercibido, yo debía fingir la misma seguridad al moverme.
En una de las paredes habían tratado de pintar por sobre un grafiti, pero todavía resultaba legible:
¿NO TE GUSTA? ENTONCES VÍRATE.
Junto al grafiti colgaba un espejo y vi dos manchas de humedad dibujando la tela de mi polera, uniéndose a la altura del pecho. La transpiración me corría ahora por la frente.
Sentí de pronto el peso de mi mentira.
Buscando que no se me notaran los nervios, fui a sentarme en uno de los dos bancos que cruzaban el camarín y simulé estar todavía recuperando el fuelle. Estiré los músculos del cuello. Me acaricié un hombro. Gestos inútiles, sin duda: nadie me prestaba atención. Los vi sacar una percha y con el mismo ademán mecánico colgarla de la parte exterior de una taquilla.
Uniformes.
Los corredores se desnudaron y en dos segundos se dirigieron a las duchas. Yo dudaba todavía. Me di cuenta, mientras el camarín se iba llenando de vapor, de que tenía solo dos opciones: desandar mis pasos o abandonarme a la farsa. La primera implicaba volver a pasar por delante del guardia, tan pronto que tal vez esa singularidad lo llevara a sonar la alarma. La segunda opción entrañaba una incertidumbre infinita. Tanto así que, dentro de todas las cosas que podían pasar, se incluía la posibilidad de que no pasara nada.
¿No era hermosa, esa nada que mi imaginación no se atrevía a sobornar?
Además, si había llegado tan lejos, no era del todo imposible que pudiera seguir adelante. Quizás, pensé, acordándome una vez más de mis treinta y seis años, así encuentra trabajo la gente normal.
El recordatorio de ese declive me hizo recordar otro y me saqué bruscamente la mascarilla. Una mitad de la flema se había quedado pegada en el interior y la otra, endurecida, seguía alojada sobre la punta de mi nariz. Me arranqué la costra y la tiré contra el vapor, confiando en que uno de los corredores la pisara y llevara consigo el resto del día.
Basta de fantasías. Me puse de pie. Decidido al fin, abrí taquillas al azar hasta dar con un uniforme de mi talla. Gutiérrez, se leía en la etiqueta sobre el pecho izquierdo. Gutiérrez, murmuré como buscando adueñarme del nombre. Salí a la oscuridad del pasillo.
Las ampolletas rojas parpadeaban con un ligero zumbido. A excepción de mis pasos, ese era el único sonido que acompañaba mi marcha.
Caminé alejándome de la escalera por la que habíamos bajado, mirando sobre mi hombro de vez en cuando para asegurarme de que nadie me estuviera siguiendo.
¿Qué diría si me encontraba con alguien?
No alcancé a pensar en una respuesta, porque en ese momento pisé un charco y eso me llevó a advertir que iba descalzo. Reparar en ese descuido me hizo reparar en otro: había olvidado la mascarilla con la mitad del moco seco en el camarín.
Hice el amago de volver sobre mis pasos, pensando tal vez que podría, bajo el manto de la bruma de las duchas, pasar desapercibido una vez más, pero no tardé en entender que era demasiado tarde—los demás ya estarían seguramente vistiéndose. Seguí adelante.
El pasillo llegó a su fin no mucho después.
La última ampolleta roja se encontraba varios metros más atrás, por lo que tanto la puerta metálica con la que di a mi izquierda, como el mapa enmarcado que colgaba a mi derecha, señalando la existencia imaginaria de una salida de emergencias donde no había más que el gris de la pared, eran apenas visibles.
Para mi sorpresa, cuando empujé la puerta metálica, esta cedió.
Al asomar la cabeza me encontré con una sala abarrotada de archiveros negros. Después de acostumbrarme a la luz conté veintiuno: tres niveles de siete hileras cada uno, rozando tanto el borde esquinado de las paredes como el techo, que no era demasiado alto.
Dejé que la puerta se cerrara detrás de mí.
La sala era, a excepción del negro de los archiveros, completamente blanca. Blancos eran los paneles rectangulares del techo, blancas las paredes, blancos los baldosines. La iluminaban, recubiertos con plafones, siete tubos fluorescentes (uno por hilera), de los cuales solo estaban encendidos los extremos, y uno de ellos no dejaba de parpadear.
No había ningún interruptor a la vista, pero sí resultaban visibles, en una esquina opuesta a los archiveros, los fragmentos de yeso, desparramados por el suelo, de un pedazo del cielorraso que se había derrumbado.
Qué sala más extraña, pensé. ¿Habría sido diseñada (y construida) con los archiveros en mente, para que estos calcen con justeza, o habrán sido los archiveros confeccionados considerando las proporciones del lugar?
En otras palabras: ¿qué vino primero: el espacio o su uso?
Lo más llamativo de la sala es que era al mismo tiempo enorme y minúscula. Digo enorme porque cada archivero era equivalente, más o menos, a dos cuerpos, sin contar con la profundidad. Y, sin embargo, apenas abrías uno, todo el espacio quedaba cubierto y empezabas a darte cuenta, con una sensación creciente de encierro, de la limitada cantidad de pasos que ahora podías dar.
También descubrí, al verlos más de cerca, que cada archivero tenía una etiqueta en la parte superior, y que en esa etiqueta se podía leer una letra manuscrita minúscula. En algunos casos, no muchos, dos. En uno, tres.
Las letras (y, por consiguiente, los archiveros) habían sido emplazadas siguiendo el orden alfabético, de esta manera:
Abrí el primero, correspondiente a la letra A, y me sorprendió una provisión enorme de papeles, manuscritos, tipeados a máquina o computador, desperdigados y claramente desatendidos por completo. El cajón estaba sucio por dentro de tanto abandono, con escritos enrollados a medio roer y llenos de polvo. Vi papeles que habían sucumbido a los ratones y a las polillas, en los que colgaban nidos de arañas que semejaban motas de algodón cubiertas de mugre. También me topé con algunas carpetas, de distinto grosor, que parecían estar en mejor estado, repletas de postales y afiches.
Tomé una cualquiera, algo escuálida, y descubrí sobre la lengüeta un nombre y un apellido. Alberto Armiño. Justo encima, tres líneas recogían un intrincado número de serie. Me fijé en que esto parecía repetirse en cada carpeta: tres líneas de números y una identidad.
En el interior de la carpeta de Armiño: unas cuantas fotos a color (en una se ve a un hombre (¿Armiño?) llevando de la mano a un chico (¿su hijo?) mientras los dos miran sonrientes a la persona que toma la foto (¿su esposa?)), documentos legales —el acta de nacimiento y bautizo, cartolas del Banco Estado que se remontaban al año 1978, recibos de un fondo de pensión—, hojas sueltas de diversos tamaños, entre ellas una tira de papel muy pequeña que parecía sacada de una galleta de la fortuna, donde podía leerse lo siguiente:
«ARMIÑO, ARMIÑO: LO QUE TE CUELGA NO ES DE NIÑO».
¿Una consigna colegial para amedrentar al tal Armiño? ¿Una consigna universitaria para celebrarlo?
Dejé el archivador de la letra A abierto y empecé a mirar en los demás. Me movía de puntillas por la sala, cuidándome de no quedar atrapado.
Más de lo mismo.
Repasé sin seguir ningún orden cientos de papeles sueltos y decenas de carpetas, y en ellas montones caprichosos de escritos, con la sensación alarmante de que solo se podían encontrar en esas líneas sucesos deslucidos y turbios, sin son ni lógica. Me pareció que estaba espiando los recuerdos de juventud, los entretelones olvidados de la madurez de ancianos o incluso de personas que llevaban mucho tiempo muertas.
¿Por qué nadie limpiaba por dentro estos archiveros, que tan inmaculados se presentaban por fuera? Era un espectáculo a primera vista desolador. La decadencia de vidas infinitas. Viento, humo, sombra. Nada.
No tardé en encontrar un consuelo que me hizo reconsiderar esta idea. Sucios o fragmentados, aunque se estuvieran cayendo a pedazos, esos papeles ¿no se resistían acaso a la vejez que todo lo destruye? ¿No estaban empecinados en no desaparecer?
Por otro lado, ninguno de los nombres con los que me iba encontrando me resultaba familiar, y ese hecho me hizo pensar por un segundo que quizás se tratara de nombres inventados, papeles trucados, fotografías retocadas... hasta que di con un conocido del colegio en la letra I. ¡El Tetas Ibarra! Revisé su carpeta, llena de fotos de viajes por el mundo, pero como no me encontré en ella, busqué la mía.
Mi apellido ocupaba más de la mitad de un archivero. No había nada de extraordinario en eso, pero sí me sorprendió, aunque después de haber visto al Tetas de alguna manera me lo esperaba, ver mi nombre completo también allí, inconfundible, en una carpeta lo bastante gruesa como para poner en vergüenza a la de Armiño.
El número de serie, tal vez porque me resultaba indescifrable, me pareció siniestro:
282-514-247
70-90-4-3-200-50
6-200-90
FRANCISCO DÍAZ KLAASSEN
Al abrirla me encontré con distintos atados de papel, la mayoría ilegibles, a excepción de uno que había sido protegido de la casualidad por una bolsa plástica. Esta escondía algunas hojas corcheteadas dentro de una segunda carpeta de papel. En la solapa, puesta ahí, aparentemente, con pegamento en barra (los grumos volvían su superficie desigual), había una hoja que no tardé en leer:
¿PUEDE VISLUMBRAR LA META, SUPERADA LA MITAD DE LA CARRERA, QUIEN NO SE LA HA IMAGINADO YA?
Ignoré el escalofrío que me recorrió la espalda y tomé uno de los atados corcheteados. en mi pecho la llama de la liberación, decía en la primera página.
En mi pecho la llama de la liberación
A MI HERMANO SE LE METIÓ EN LA CABEZA QUE QUERÍA UN PATO, después de ver varios saltando en un cajón hediondo de la feria.
Ese verano casi no salió el sol, llovió treinta y cinco días de corrido.
