Cuando se extinga la luz - Dioni Arroyo - E-Book

Cuando se extinga la luz E-Book

Dioni Arroyo

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Beschreibung

Cuando se extinga la luz es una novela que se adentra en los silencios, las ausencias y las grietas que aparecen cuando una relación esencial comienza a desmoronarse. A través de una prosa contenida y emocionalmente precisa, Dioni Arroyo explora el desgaste de los vínculos afectivos, la dificultad de comunicarse y el miedo a quedarse a oscuras cuando aquello que daba sentido a la vida desaparece. La narración avanza entre recuerdos, gestos mínimos y pensamientos no dichos, mostrando cómo el paso del tiempo y las decisiones aplazadas erosionan la intimidad. La luz que se apaga funciona como metáfora del amor, de la confianza y de la identidad compartida, obligando a los personajes a enfrentarse a la soledad, al duelo anticipado y a la necesidad de reinventarse cuando ya nada vuelve a ser como antes

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Seitenzahl: 305

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Índice

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CUANDO SE

EXTINGA LA LUZ

 

CUANDO SE

EXTINGA LA LUZ

© DIONI ARROYO

© Edición: Ediciones Huso

© De la imagen de cubierta e interiores: Cedida por Remton

© Del prólogo:Distopías para salvar al mundo. Daína Chaviano

© Foto del autor: Adrián de la Iglesia

 

EDICIONES HUSO

[ BASTET ARTE Y CULTURA SL]

Paseo Ermita del Santo 40, Local 1 • 28011 Madrid

[email protected]

www.husoeditorial.es

 

Diseño de catálogo: Carril Bustamante

Corrección ortotipográfica y de estilo: Vivian Stusser

 

Bajo las sanciones establecidas por la legislación, están rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del titular delcopyright, la reproducción parcial o total de esta obra mediante cualquier procedimiento mecánico o electrónico, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.

 

 

 

 

 

Porque la realidad nunca nos será suficiente...

 

A quienes me enseñaron a vivir con otros mundos,

a quienes tuvieron la osadía de acompañarme

y a quien, además, se atrevió a amarme.

 

Para ti, Mónica, soñadora entre soñadores,

para que nunca dejes de creer en mí

y sigas dándome la mano en mis vanos y locos intentos

por encontrar mundos diferentes.

 

 

Distopías para salvar al mundo

 

 

La ciencia ficción sigue siendo el género literario de la experimentación y el cambio, posiblemente el que mejor continúa reflejando nuestras pesadillas y nuestros temores; el que no deja de advertirnos sobre las peores variantes sociales y políticas que nos acechan, con el fin de ponernos sobre aviso para eludirlas antes de que sea demasiado tarde. Ha sido esta obsesión por atajar las inminentes catástrofes lo que ha llevado al nacimiento de un tipo de historias como la que el lector tiene ahora en sus manos.

Cuando se extinga la luzes una distopía escrita por Dioni Arroyo Merino (Valladolid, 1971), cuyas obras suelen recrear diversos escenarios que alertan sobre posibles desastres provocados por el ser humano. Recordamos que en su novelaFractura, por ejemplo, examina las consecuencias ecológicas delfracking, una tecnología que inyecta agua con arena y algunas sustancias químicas al subsuelo rocoso para extraer con facilidad cierto tipo de combustibles. En otra,Fracasamos al soñar, desarrolla el tema del transhumanismo con varias interrogantes temerarias sobre el futuro de la especie.

En términos generales, Arroyo comparte su preocupación por el manejo errado —y las secuelas— de esa ciencia que se utiliza para conseguir ventajas o gratificaciones inmediatas sin medir sus funestas ramificaciones. El presente título no es una excepción. Sin embargo, Cuando se extinga la luz nos propone una curiosa (re)visión y mezcla de asuntos que no habíamos hallado en sus obras anteriores.

Construida sobre la base de dos escenarios donde se combinan elementos del steampunk, la eco-ficción y la historia alternativa, también contiene ingredientes propios del horror lovecraftiano, el feminismo distorsionado y una biología con shapeshifting ­(literalmente: cambio de forma) que contribuyen a conformar una distopía llevada al límite de la pesadilla.

La novela se inicia en un mundo alternativo donde la revolución menchevique ha triunfado en 1905. Recordemos que, en la historia que conocemos, esta fue una revuelta fallida; pero en la novela, los mencheviques no solo consiguen la victoria, sino que ocupan el lugar que desempeñaron los bolcheviques, después de 1917, en nuestra línea temporal.

Téngase en cuenta que ambas ramas políticas fueron facciones rivales dentro del movimiento socialista ruso. Sin embargo, del mismo modo que en la novela triunfan los mencheviques, en la trama literaria —a diferencia de la revolución bolchevique que se impuso en unos pocos países de nuestro mundo hasta la caída del muro de Berlín—, la dictadura de los mencheviques consigue avanzar y dominar todo el planeta.

Quizás por ello —aunque no se hace explícito—, la sociedad global en esta novela se ha estancado en la primera fase de la Revolución Industrial; y sin formas de energía más limpias, el mundo se contamina de tal manera que resulta imposible salir sin máscaras que filtren el aire.

Por si fuera poco, el drama del patriarcado se invierte para mostrarnos la otra cara de una discriminación por razones de género. Los hombres, que ahora son ciudadanos de segunda clase, son tratados como objetos sexuales o como meros asistentes civiles o militares, sin derecho alguno.

Sepa el lector que no estoy revelando nada esencial sobre la trama. No he hecho más que esbozar lo que resulta evidente desde el inicio de la novela, donde dicho escenario es solo el punto de partida para la verdadera historia.

Sin entrar en detalles, añadiré que otra sociedad igualmente matriarcal aparecerá en la segunda mitad del libro, aunque se diferenciará de la primera en que se trata de una cultura tribal y más primitiva.

Lo curioso es que ambos matriarcados —con sus diferentes niveles tecnológicos— son igualmente opresivos y dictatoriales. En los dos casos, la casta femenina gobernante despreciará al sexo masculino que resulta manipulado y usado como un objeto más.

De esta situación ficticia creo deducir que el autor nos propone dos lecturas. Por un lado, muestra a los hombres cómo es ser excluido, humillado o relegado a un segundo plano, y también lo que significa tener que doblegarse y no ser dueño de su propio destino por el simple hecho de haber nacido con un cromosoma diferente.

Por otra parte, es obvio que un matriarcado puro y duro tampoco es una opción socialmente válida para este creador. Arroyo parece decirnos que la desigualdad hacia cualquier sexo resulta igualmente funesta y no funciona para ningún tipo de sociedad, sea cual sea su desarrollo material.

Existen otros factores que aluden a diversas ideas e influencias, pero es mejor que el lector los descubra por sí mismo. Es imposible entrar en más detalles, a menos que queramos revelar el argumento.

Por último, valga aclarar que la novela no expone una historia optimista, pero su valor radica precisamente en las sombras que proyecta sobre nuestro ánimo, pues si queremos salvar al mundo, debemos estar listos para cortarle el paso a los monstruos que nos acechan. Solo por eso es una suerte que existan escritores como Dioni Arroyo, capaces de plantearse los problemas más angustiosos y desafiantes que podríamos enfrentar en este nuevo milenio.

 

Daína Chaviano

 

…qué mundo tan extraño. Con cada día que pasa

se hace más difícil saber cuánto es solo hipotético y cuánto es real.

Dime, Tengo, como novelista, ¿cuál es tu definición de realidad?

«Cuando picas a alguien con una aguja, la sangre roja sale.

Ese es el mundo real», replicó Tengo.

 

HARUKI MURAKAMI

1Q84

 

Primera Parte

EL MUNDO MECÁNICO DE MILENA

 

 

…y avanzan en la bruma perezosas sombras condenadas al destierro, en un día como otro cualquiera, en el que tampoco amanecerá.

El cielo, cubierto por densas capas de humo grisáceo, igual que si cien mil bombas hubieran arrasado los campos, otorga al ambiente un aspecto decrépito.

 

CAPÍTULO I

 

 

—Milena, ¡Milena! ¿Es que no me oyes? ¿Has preparado ya el petate? He escuchado la sirena para la Boyeváya Organizátsiya, te están llamando, no te retrases, niña, que siempre llegas tarde y luego lloras porque te castigan.

—Sí, señora Helena, he oído el pitido, no se preocupe, que estoy lista y arreglada. Aún dispongo de unos minutos.

Milena recorrió el estrecho y angosto pasillo para observar a la anciana recostada sobre el sofá del comedor. Aquella mujer octogenaria, de aspecto frágil y ojos hundidos, contemplaba el vacío con su mirada perdida, arrugando la frente en diminutos pero numerosos pliegues, como si su cerebro tuviese una actividad frenética, como si resolviera acertijos y problemas matemáticos a incesante velocidad. Satisfecha por la respuesta de «su niña», volvía a perderse en sus recuerdos, con la mirada fija en la estufa en la que el carbón crepitaba con una elegante danza de fuego hipnotizadora.

Quiso aproximarse para besarle la frente y ofrecerle compañía, pero optó por dar media vuelta y dirigirse a la cocina, al recordar que el café ya estaría a punto. El insistente pitido de la cafetera exigía su atención, y según se fue acercando, el aroma le permitió saborear los mejores momentos de su vida.

No podía comprender cómo era posible que la señora Helena, la anciana viuda que le había tocado por compañera de piso desde su infancia —que había estado a su lado desde el momento en que consiguió aprender a vestirse y calzarse, a lavar su ropa a mano y a contener las lágrimas cuando sus compañeras de clase se reían de ella—, estuviese perdiendo la cabeza de forma tan apresurada. Aquella mujer de ojos cansados y mirada somnolienta había sido para Milena su más fiel consejera, amiga y aliada, alguien en quien depositar toda su confianza. El Estado, como siempre, les había garantizado los cuarenta metros cuadrados reglamentarios, en un diminuto pero distinguido edificio modernista del centro, y desde entonces, la vida transcurrió de manera plácida. Lamentablemente, los años no pasaban en balde para aquella anciana, que aunque para ella siempre fue una mujer mayor, ya comenzaba a mostrar acusados rasgos de demencia senil.

Era sorprendente que aún recordase su organización de combate y lo repitiera con inigualable pronunciación en ruso, la lengua de sus superioras. Podía recordar sucesos de la niñez como si hubiesen acaecido ayer mismo con una clarividencia más que envidiable, pero luego era incapaz de discernir si era de día o de noche, lunes o viernes, o incluso el nombre de su difunto marido, lo que le producía a Milena un terrible desasosiego. Había pasado casi una década desde la Boyeváya Organizátsiya, la época en la que Milena era una brillante alumna en los estudios del Gimnasio del Ejército Popular Ibérico. Fueron años duros en los que la señora Helena siempre se preocupaba de que sufriera lo menos posible y no le faltase de nada, y tanto se involucró en su vida, que se aprendió de memoria y a la perfección toda la escala militar, rangos, insignias y galones que formaban parte de la realidad cotidiana de «su niña». Y se lo aprendió en ruso, tan bien pronunciado, que nadie diría que procediera del sur de la península ibérica.

Volcó el café sobre la taza y volvió a observar a través del cristal de la puerta a la anciana que había estado a su lado, compartiendo aquel hogar durante tantos años. Seguía perdida en la inmensidad, como si vigilase el movimiento de un fantasma que se hallara desfilando a su alrededor. Milena se esforzó por contener las lágrimas, quería impedir a toda costa que los vecinos se percataran del alto nivel de dependencia de la señora Helena; sería cuestión de días que las autoridades le abriesen un expediente de eliminación. Las «medidas higiénicas», como se llamaba a las prácticas relativas a la eutanasia, eran una tradición apoyada por toda la sociedad, y no podría alegar sus vínculos sentimentales. Su rango militar le desaconsejaba mostrarse débil; nadie debía conocer el cariño que las unía.

Bebió un sorbo que le quemó los labios y suspiró, deseando que pudieran disfrutar juntas de la semana de vacaciones que les correspondía en verano. Los últimos años les había tocado en el sorteo una original dacha en la montaña, lejos del bullicio de las ciudades, y con la ventaja de contar con el inestimable apoyo de un autómata de última generación que les tendía la ropa, les preparaba el desayuno y hasta les calentaba el agua para la ducha. Un pequeño lujo conseguido gracias a su fulgurante carrera.

La horrorizaba la idea de marcharse sin ella de vacaciones, y no porque fuese a sentir la soledad como una guillotina, a fin de cuentas… En su mente apareció el rostro de Yuri, aquel joven soldado de ojos traviesos y mirada espabilada, que a buen seguro desearía con todas sus fuerzas compartir con ella esos momentos de libertad. Pero lo que más ansiaba era disfrutar sus últimas vacaciones con la señora Helena. Consciente de que ochenta años desbordaban todas las previsiones de esperanza de vida, y de que los rumores entre el vecindario solo se aplacaban ante su mirada hostil y los temibles galones de su uniforme, sabía que sería cuestión de tiempo que los del Comité de Defensa de la Revolución se lo transmitieran a sus superioras. Toda una vida de entrañable convivencia, compartiendo momentos dichosos, se vería truncada con violencia, abocada al olvido, al recuerdo y al pasado.

Suspiró con melancolía, sintiendo que le faltaba el aire y que las obligaciones cotidianas marchitaban sus intentos por evitar lo que no tenía remedio.

Se frotó la frente al recordar el mensaje del intercomunicador, en el que era «invitada» a asistir a una reunión con nada menos que una desconocida general del Aire, una mujer de la que nunca había oído hablar, pero que parecía conocer muy bien todos sus datos, su número de identificación sistemática, grupo sanguíneo, domicilio y rango militar; naturalmente, debía tratarse de un lamentable error de recepción, pues Milena había condenado su vida profesional a la Infantería. Volar era un asunto que ni por asomo se encontraba en los vericuetos de su cabeza. Pero ese incómodo error la obligaría a acudir a la sede del Alto Mando del Ministerio del Aire, personarse ante esa oficial general, transmitirle que estaba a su servicio y entera disposición, y posteriormente recordarle que ella pertenecía al Cuerpo de Tierra. Por lo menos la cita se realizaría en su ciudad, un detalle que agradecía porque odiaba volar en aquellos malditos dirigibles que surcaban los cielos con elegante torpeza. No soportaba el vértigo, y un par de días fuera de su casa supondrían que la señora Helena pudiese salir al portal, desorientada, para preguntar al vecindario si era primavera o verano, o dónde estaba su niña que aún no había terminado su Boyeváya Organizátsiya. Significaría su inmediata eliminación sin que pudieran despedirse.

Dejando atrás los malos augurios, se aproximó a la ventana y, en un acto instintivo e irresponsable, la abrió ligeramente para dejar entrar los gases brumosos que intoxicaban el ambiente. Volvió a cerrarla, alarmada por un incontenible golpe de tos, y buscó con su mirada algún zepelín que flotara como las pelusillas de los chopos que se estampaban en su nariz para provocarle un insoportable picor de garganta. No vio ninguno, pero como los gases le impedían distinguir lo que había a tan solo unos pocos metros, no le dio la menor importancia y se dedicó a terminar la bebida.

El café también formaba parte de su vida. La primera vez que acudió al Ejército, esperó con paciencia a que el café se enfriara, con la señora Helena reprochándole lo tarde que era… Solo que en aquella lejana ocasión se había retrasado demasiado, sin tener ninguna excusa para evitar ser regañada por sus superioras.

—¡Milena, que vas a llegar tarde a la Boyeváya Organizátsiya! ¿Tienes el petate preparado?

—Sí, señora Helena, no se preocupe, que aún dispongo de unos minutos —exclamó, lamentando sus palabras, y dejando la taza sobre la mesa de la cocina, se aprestó a acompañar a la anciana en su viaje por un mundo que ya no existía, por una vida de la que solo se podían atrapar recuerdos.

Le sonrió como mejor pudo, besó su frente y se cargó de serenidad. Siguió su vista y contempló cómo el carbón de la estufa se consumía inexorablemente. Deberían solicitar al Estado otra que se alimentara con gas, de esas con finos tubitos de goma para evacuar el vapor residual, como las que utilizaba todo el mundo. Debería pensar en esa moderna posibilidad; aquella estufa de carbón se estaba quedando anticuada y apenas les restaba para combustible en su tarjeta de peculio.

 

Unos minutos más tarde abandonaba su casa. La señora Helena por fin se había recostado para disfrutar de la siesta, y así estaría un par de horas. Era una anciana de costumbres sencillas, por lo que comprendió que no se percataría de su ausencia. Bajó las escaleras de dos en dos, abrochándose los botones de su abrigo negro, y salió a la calle preparada para soportar el frío y el humo. Los tranvías de aire comprimido se deslizaban por la carretera anunciando su paso con sus insistentes silbidos, mientras los humanos aceleraban el paso protegidos por las mascarillas antigás. Ella se colocó la suya y se echó unas gotas de colirio en los ojos. Sus lagrimales se encontraban demasiado resecos aquella fría tarde de primeros de enero.

Se cruzó con unos autómatas que avanzaban con paso seguro; eran los únicos seres que no necesitaban mascarillas y que trabajaban sin descanso veinticuatro horas al día. Sus venas de cobre, sus válvulas, bielas, relés y ruedecillas soportaban a la perfección la realidad de un mundo dominado por máquinas de vapor y de metal, como ellos, al fiel servicio de los humanos.

El reflejo de un vagón de tranvía detenido le devolvió su imagen, lo que por un instante le permitió a Milena sentirse a gusto consigo misma. El abrigo disimulaba toda su figura, dejando entrever el pantalón verde oliva militar y los brillantes galones de los hombros. Su altura media y su caminar altivo, con la cabeza levemente alzada, correspondían a su estatus, aunque en su interior se sintiera como si caminara cabizbaja y ocultándose del mundo. Borró esa imagen de sí misma y levantó la mirada para observar los edificios junto a los que pasaba, caminando a gran velocidad; edificios que mostraban su cara más gris, azotados por la inclemencia del viento y del hostil polvo en suspensión de las fábricas. Los elementos decorativos de la coqueta arquitectura hablaban de la naturaleza, con figuras adosadas en la piedra que simulaban mariposas, aves exóticas, unicornios y otras especies desconocidas para ella. Los objetos de colores y cerámica se reservaban para las cornisas y ofrecían un aire modernista trasnochado a aquel nuevo año, que comenzaba a dar, tortuosamente, sus primeros pasos. En los áticos se vislumbraban pétreas esculturas de apuestas mujeres portando estandartes, banderas y espadas en actitud amenazante, como experimentadas amazonas listas para el combate, recordando al mundo quiénes ostentaban el poder. Atravesó varias avenidas plagadas de vehículos dirigidos por autómatas que expulsaban el vapor residual en sus espaldas, con tubos que sobresalían por el techo corredizo, y tranvías que no se detenían a menos que alguien levantara la mano. Alzó su mirada a los cielos y contempló los panzudos dirigibles que procedían del norte de Europa, descendiendo como torpes patos en las explanadas de la Plaza de la Revolución.

La Plaza de la Revolución… Pensar en ella le recordaba que aún no se había inscrito para la Peregrinación Anual a Járkov, acontecimiento en el que, como militar que era, estaba obligada a participar: de ninguna manera se contemplaba su ausencia. Járkov siempre le había parecido un nombre atractivo, un enigmático nombre perdido en la historia; era la ciudad en la que se conmemoraba la fundación de un desconocido Partido Social Revolucionario, sin dudas uno de los artífices del cambio en el primer año del siglo veinte de la anterior era, de la exitosa Revolución Menchevique de 1905. «En Járkov empezó todo», decía su profesora de Antropología Política. «En Járkov comenzó el nuevo mundo, la revolución que no cesaría una vez conquistada la madre Rusia, una revolución que continuaría incesante hasta alcanzar los confines del mundo, haciendo del planeta un lugar luminoso donde vivir mejor de manera eternamente revolucionaria». Así recordaba las redundantes palabras de su profesora, en la Facultad en la que estudió durante cinco agónicos y tediosos años, que ahora debería devolver al pueblo, en forma de trabajos «voluntarios», durante tres lustros… Y tenía suerte de no ser hombre, porque para esos pobres, el Periodo «Voluntario» de Devolución lo conformaban nada menos que dos largas décadas. Se alegró de haber nacido mujer en un mundo en el que la superación de la propiedad privada había traído como consecuencia, no solo el fin del patriarcado, sino el inicio de una nueva forma de vida, lo que las políticas del Politburó y del Consejo de los Soviets llamaban con insistencia «la sociedad ginocéntrica»: ellas eran las jefas, las responsables, las directoras; ellas tomaban las decisiones, planificaban y ordenaban. Como fuera casi seis mil años atrás, antes del nacimiento de la agricultura en Mesopotamia, aquel lamentable y anómalo incidente de la historia que permitió el nacimiento de las civilizaciones patriarcales, la división del trabajo y las nuevas funciones y roles humanos, la propiedad privada y el eterno y consiguiente conflicto entre cazadores y recolectoras. Antes de aquella etapa histórica, los pueblos dibujaban en sus templos y palacios las estilizadas siluetas de las diosas, de mujeres todopoderosas que dirigían con mano de hierro los destinos de los pueblos. Después llegaron los siglos de decadente oscuridad, de las castas humanas y clases sociales, hasta que en Járkov se diseñó un nuevo escenario que cambiaría el rumbo del mundo, que devolvería al progreso su ritmo natural, en línea con la evolución y con la naturaleza. Los «gloriosos años» habían regresado en un planeta libre de la propiedad privada. Las mujeres eran las que nuevamente alcanzaban la cima de la jerarquía que por naturaleza les correspondía: dominar el mundo y decidir sobre el otro género; la «normalización del progreso», como decían con orgullo las políticas de su tiempo.

Atravesó una calle, admirando cómo su sombra se afilaba por la débil luz del amanecer, hasta alcanzar el mayestático edificio del Ejército Popular del Aire. Sintió que su corazón se desbocaba cuando le vino a la mente el inicio de su carrera en la academia, y recordó la primera vez que pisó un edificio semejante. Una sensación de incómoda angustia la hizo trastabillar, como si sus pantalones la detuviesen. Los malos presagios se empeñaban en resurgir del olvido en aquel preciso instante.

Volvió en sí en el momento en que dos esbeltas figuras frenaron su paso. Un par de autómatas de casi dos metros, fuertemente parapetados con escopetas antediluvianas, con sus clásicas culatas de marfil y sin mira telescópica, levantaron sus manos derechas en señal de alto. Era el protocolo habitual. Tras ser identificada, tendría que esperar en el recibidor a que un soldado se dirigiese a ella para anunciar su llegada. Se cargó de paciencia y aprovechó para retirar su mascarilla y respirar un poco de aire limpio. Lamentó su suerte y la pérdida de tiempo que suponía aquella misteriosa reunión, era evidente que ella no podía ser la destinataria de aquel mensaje. Debía calmar la ansiedad que la embargaba, que no era debida al hecho de volver a entrar de nuevo en uno de aquellos majestuosos edificios, símbolos del poder; sino a que, al caer la tarde, había concertado una interesante cita con Yuri, su soldadito favorito, con el que liberaba la angustia de vivir con una anciana que día a día olvidaba los nuevos recuerdos y se volvía cada vez más infantil.

 

—.—

 

A Yuri no le importaba amar a una mujer que no le hiciese regalos. Se había acostumbrado al carácter aguerrido de Milena, a sus contradicciones permanentes y a su incapacidad para tomar una decisión sobre la anciana con la que compartía el piso. Era evidente que ya no podía valerse por sí misma, lo que suponía una carga inaceptable. También pensó que, si la eliminaban, a saber a quién le metían de sustituto; Milena carecía de la facultad de escoger compañera de piso. Pensando en esos truculentos asuntos, no se percató de que la iluminación a base de bujías de gas que estaba reparando funcionaba tan bien como las lámparas de parafina de su cafetería favorita. Su fornido compañero comprobó los medidores de presión de las turbinas cromadas y le llamó la atención, invitándolo a que se lavase las manos y abandonara el trabajo. Añadió la socarrona frase: «Que el pueblo de la Unión te lo agradezca con una buena novia que te mantenga».

Yuri dejó las herramientas y se lavó bajo el tibio chorro de agua mientras se contemplaba en un trozo de cristal que se suponía que en algún momento había sido un espejo. Era ligeramente cóncavo, por lo que su figura deformada parecía la caricatura de un payaso burlándose de él. Le hizo gracia y buscó inútilmente una toalla donde secarse, pero al no encontrarla, tuvo que usar sus pantalones de tergal. Sus veinticinco años lo estaban tratando bien, una abundante mata de cabello oscuro y rizado le confería un aire jovial, y su metro ochenta provocaba que algunas mujeres volviesen la vista para escrutarlo. Así que no le molestó no poder contemplarse frente a un espejo en condiciones y salió sin despedirse, satisfecho por haber llevado a cabo su trabajo con éxito, aunque ese detalle no se viera recompensado en su tarjeta mensual de peculio. Sin pensárselo dos veces, salió a la calle, aventurándose a caminar sin mascarilla antigás. Bastaron unos pocos segundos para empezar a toser como un tuberculoso, lamentando tampoco poder pedir un taxi: su tarjeta le recordaba que ya no le quedaba fondo suficiente. Tosiendo sin control, avanzó entre la bruma hasta el primer café de la calle, donde varias mujeres lo examinaron con mirada arrogante nada más franquear la puerta. Se suponía que un hombre a esas horas —y más si tenía menos de treinta años— debería estar produciendo, devolviendo al Estado lo mucho que este le había proporcionado, y no holgazaneando en una cafetería. Pidió disculpas, bajando la cerviz ante la mirada inquisidora y presuntuosa de las señoras, y se dirigió titubeante hasta la barra. Por lo menos su tarjeta de peculio aún conservaba unas ennegrecidas rayas que lo autorizaban a tomar un té. Se la entregó al solícito autómata-camarero y este se lo preparó silenciosamente. Era lo único que podía tomar dada su catastrófica situación económica. Esperó a que el viento amainara y la bruma envenenada se dispersase para continuar, mientras miraba con insistencia el reloj de pared, evidenciando las ganas que tenía de encontrarse con Milena.

Ambos se habían conocido fortuitamente unos meses atrás. Ella dirigía un equipo multidisciplinario —integrado por algunas antropólogas culturales, sociólogas y psicólogas—, que investigaba el comportamiento de diversas sociedades primitivas de África Ecuatorial, en busca de teorías que contribuyesen a corroborar la relación directa entre su estructura patriarcal y el escaso desarrollo científico-tecnológico. Naturalmente no había entre ellas ninguna civil, todas pertenecían a la eminente y prestigiosa casta militar y se trataba de un trabajo teórico con escaso alcance etnográfico, y llevado a cabo desde la visión de las profesionales, nunca desde el punto de vista del nativo. En realidad, y desde el primer momento, comprendieron que «alguien» desde el Ministerio necesitaba cubrir el expediente con la mayor celeridad, y requería de la impronta de un grupo de pardillas que se encargaran del trabajo difícil. Debían documentarse con el abundante material existente y recoger pormenorizadamente, en unas quinientas páginas, todos los asuntos, por triviales que pareciesen, de la vida íntima de aquellas personas. El equipo había sido seleccionado por las superioras del Ejército, y Yuri, soldado de Infantería, acabó formando parte de él como chico de los recados.

El momento en que conoció a Milena fue mágico. En el primer instante en que se cruzaron sus miradas, ambos balbucearon palabras inconexas que no pasaron desapercibidas para el resto de camaradas. La comunicación visual, sin expresar una sola palabra, fue la mejor manera de desvelar los sentimientos de los dos. Milena lucía una lustrosa melena rubia y lisa que caía libremente sobre sus hombros, con sus símbolos militares en la visera de su gorra y los orgullosos galones en el pecho. Naturalmente, vestía el uniforme militar propio de toda una teniente de Infantería, por lo que Yuri se convirtió en la envidia de su destacamento de soldados fracasados. No era común relacionarse con otros estamentos, aunque no estaba mal visto —las clases sociales habían sido felizmente abolidas—, pero la realidad era que existían determinados puestos del escalafón a cuyos ocupantes no se los debía ni mirar a los ojos. Y sin embargo, los dos se contemplaron, esgrimiendo una sonrisa con absoluta naturalidad y despertando disimuladas suspicacias. Milena Ivanova era una joven muy bien proporcionada, con una acentuada palidez en el rostro y venas azuladas que se le marcaban en los brazos. La claridad de sus ojos y su sonrisa diáfana lo trasladaron al paraíso. Yuri era un joven mucho más moreno, con el cabello revuelto y vestía un uniforme que le estaba un poco pequeño para su estatura. Pero tenían algo en común: la claridad, la luminosa transparencia y la sensación de paz que despedían sus ojos. Ella se los pintaba de un color negro, al igual que los labios, al gusto de las jóvenes de aquella época, en que las modas eran pasajeras y efímeras, y se prohibía el maquillaje en las mejillas y el resto del rostro. Pensó en los grabados antiguos, de cuando las mujeres llevaban faldas que acentuaban sus seductoras caderas, e imaginó cómo le sentarían a Milena.

En aquel grupo interdisciplinario discutían casi a diario sobre una cuestión que aún despertaba controversias: la existencia primitiva de la familia, algo felizmente superado por la modernidad de su mundo, donde los fetos eran concebidos y desarrollados fuera del vientre materno, en recipientes artificiales mediante la ectogénesis, en un entorno aséptico creado al efecto y que garantizaba con mayor seguridad la viabilidad del nuevo ser humano. Las mujeres no podían desperdiciar su tiempo en largos embarazos, ni arriesgarse a perder el feto por algún fortuito accidente; era mejor que la crianza de los niños fuera responsabilidad del Estado, mucho más profesional en esos asuntos. Por eso a Yuri no dejaban de sorprenderlo aquellas sociedades primitivas en las que la familia jugaba un papel decisivo, con la existencia de una madre y un padre responsables de los seres que procreaban, a los que llamaban «hijos». Una curiosa forma de vida primitiva en la que la institución familiar sustituía al Estado. Y con una pintoresca división del trabajo —las mujeres dedicadas a la tierra y los hombres a la caza— que él comparaba con la civilización moderna, en la que los hombres se responsabilizaban de tareas manuales y repetitivas, y las mujeres se especializaban en labores administrativas y directivas. Había similitudes que le permitían atisbar un mundo que podía llegar a resultarle comprensible. Pero la tendencia y las funciones de una ciencia cualitativa como la antropología eran evitar toda intervención, solo dedicarse a observar a través de los libros y conjeturar hipótesis; al final, el proyecto careció de financiación por parte del Estado y no recibieron autorización para volar a las salvajes tierras del África Ecuatorial. Todo se quedó en pura teoría, pero por lo menos les sirvió para conocerse mutuamente. La carrera militar de Milena había tenido un meteórico ascenso, no en vano había sido educada en la más estricta pedagogía competitiva, como correspondía al género femenino. A Yuri el destino le reservaba ser soldado, desarrollar sus inquietudes y sed de aventura, respetando las órdenes de sus superioras y contando con el apoyo de los autómatas para llevar a cabo los trabajos más desagradables. Al menos su vida no era tan dura como la de las máquinas.

Detuvo sus pensamientos y volviendo en sí, clavó la vista en el autómata-camarero, al que contempló durante varios segundos. Las ruedecitas y relés que contenía su cerebro le indicaban que un cliente lo miraba fijamente, por lo que su orden preconcebida era adelantarse varios pasos para escuchar la nueva solicitud y recibir la tarjeta de peculio; la ranura por la que se introducía dicha tarjeta constataría si el cliente tenía derecho a semejante producto. Los ojos metálicos de la máquina, similares a los botones de una vulgar camisa, se acercaron hasta él y se quedaron paralizados, esperando una orden que no iba a llegar. Yuri no podía pedir nada más, así que se levantó de la silla y se marchó, dejando el amargo y desagradable té sin terminar. La tarde se había despejado y su garganta se lo agradecería.

 

 

 

CAPÍTULO II

 

La gloriosa revolución había estallado en el año 1905 de la anterior era, con la misma fuerza con la que florecen las rosas en primavera y brotan los manantiales tras el deshielo. La ciudad de Járkov asistió al nacimiento y fundación del Partido Social Revolucionario, que consiguió levantar a los empobrecidos campesinos con la promesa de la colectivización de la tierra. La insurrección llegó hasta Moscú, donde lograron derrocar la autocracia zarista. Lenin y los mencheviques se hicieron con el poder, y tras unos años de consolidación del nuevo modelo de vida —en los que se dedicaron concienzudamente a socializar los medios de producción, planificar la economía y educar al pueblo—, el gran intelectual que era Trotski inició su «proyecto de revolución mundial», que como una lluvia torrencial recorrió los cinco continentes, liberando a los pueblos de las huestes capitalistas. En el 1925 se había cumplido su deseo y, desaparecido Lenin, se convirtió en el líder supremo del Ejecutivo Mundial. El proceso estuvo plagado de momentos lamentables oscurecidos por los historiadores, como el asesinato de Stalin, otro líder político de la época, a manos de unos sicarios de ideología anarquista y bajo las órdenes, según se rumoreaba, nada menos que del propio Trotski.

A partir de 1925 se inició el Año Cero en el nuevo calendario: el Revolucionario, lo que supuso la abolición de toda sombra de régimen burgués. Se «superó» la institución liberal-burguesa de la familia, se puso fin a la alienación de los trabajadores, comenzó la emancipación de los jóvenes y la instauración de medidas higiénicas de regulación y protección del pueblo, tales como la ectogénesis obligatoria y la eutanasia o eliminación de las personas de edad avanzada o de aquellas cuyas facultades supusieran una merma en la productividad. El trabajo se convirtió en un derecho y en una obligación para todo ciudadano en edad adulta; había que comprender que el pueblo sería la prioridad y el individuo pasaría a un segundo plano. La mecanización global de la vida y el desorbitado desarrollo de asombrosos ingenios impulsados a vapor permitió acelerar el nivel de vida y la mejora integral del bienestar de los pueblos, organizados en comités y soviets de elección democrática y asamblearios en cuanto a la toma de decisiones, pero eso sí, siempre dirigidos por mujeres. Se fomentó el desarrollo científico, la investigación e innovación, y se hizo hincapié en el avance de la industrialización, con la construcción de miles de polígonos plagados de fábricas alrededor de todas las poblaciones de más de veinticinco mil habitantes, gracias a los imponentes generadores de electricidad movidos por el viento. Se prohibieron todas las religiones y sus líderes fueron implacablemente perseguidos, a la vez que se procedía a la destrucción de todos los templos e imágenes relativas a cualquier atisbo de trascendencia. La pena de muerte se extendió a multitud de delitos con una doble finalidad: con fines disuasorios, debía contribuir a la reducción de la delincuencia, pero también su efectiva aplicación ayudaría a disminuir el número de habitantes, algo que llegó a convertirse en una verdadera obsesión. También se fomentó la carrera militar para millones de ciudadanas, con el objetivo de mantener el control real de las personas y garantizar la seguridad global.

El mundo entero acogió con entusiasmo las proclamas y principios de la nueva era que se presentaba a una gloriosa humanidad sovietizada y revolucionaria.

 

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—Teniente Ivanova, me complace saludarla. Tome asiento, por favor.

—Con su permiso, le agradezco mucho la invitación. —Milena, visiblemente afectada por los nervios, se sentó, incómoda, en el sillón frente a la general Steinz.