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La señora María Serna, ha compartido toda su vida con un marido tosco y machista. Tras su muerte, ella trata de encontrar su lugar, debe serenarse y pensar, pero no tiene tiempo, nuevas obligaciones se imponen, los hijos la necesitan y ella se deja llevar, porque la soledad no es buena compañera. Pero las cosas no son siempre lo que parecen, el tiempo pasa y las verdades afloran, lentas, implacables.Y en medio, la generosa amistad de mano de la persona más inesperada. Tal vez sea el momento de mirar hacia el horizonte de una forma diferente.
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Veröffentlichungsjahr: 2014
Cuando suba la marea
Cristina Tironi Maté
Titulo Original: La marea borrará nuestras huellas
Textos de: Cristina Tironi Maté – 2005
Revisado 2010
Edición no abreviada
Portada de: Cristina Tironi Maté
Registro Gral.Propiedad Intelectual Nº B-4211-05
ISBN: 978-84-9981-498-8
DL: M-9570-2011
Impreso en España / Printed in Spain
Impreso por Bubok Publishing
A mis padres, que siempre están.
A mi compañero y mis hijas.
Nota de la autora:
Los libros necesitan ser leídos para poder respirar. Por eso la señora María Serna, a sus sesenta y cinco años de edad, ha decidido al fin dejar de guardar silencio. A través de las páginas de esta novela, respira la familia y los amigos de María: Sus hijos Manel, Roger y Sofía; Su hermana Antonia; Rosita la planchadora, Angustias y Filomena; Paco el frutero; los anfitriones de Cal Niuet, Eusebio Tabernero, Petra Prieto y Antoñito Sierra; el Sr. Moisés Durillo, propietario de una librería de Barcelona... Son personajes que han sido desempolvados del fondo de un cajón y sonríen agradecidos porque al fin, alguien más conocerá su historia.
Ellos y por supuesto, yo, les damos las gracias.
Estaba muerto y ella debería respirar liberada, pero se sentía culpable, porque alguna vez, el pensamiento de matarle se había colado en su mente.
- Infarto.-Le habían dicho en el hospital.
Ahora estaba triste y cansada, era ya demasiado tarde, tarde para todo.
Fijó los ojos en la lámpara que pendía sobre la cama. El globo de cristal tenía una grieta que se había hecho el mismo día que Agustín lo colgó. Nunca había sido muy hábil con el bricolaje e incluso la instalación de una lámpara, representaba para él un terrible esfuerzo. El cristal también estaba tarado, el anciano de la tienda le engañó en el último momento, Agustín era un hombre muy despistado y su atención debía estar en cualquier otro producto o cliente... más bien clienta, que María se hacía la tonta para no discutir, pero no lo era y a Agustín las faldas ajenas le volvían la cabeza del revés. Al final la lámpara no quedó mal del todo, habría desentonado en una habitación moderna y bonita, pero no en aquella, de sinuosas paredes, ventanas desencajadas y muebles discretamente apedazados, comprados en una feria de ocasión. El colchón sí que era nuevo, con eso no dio el brazo a torcer, no quería dormir sobre los sueños de otros, tampoco sobre pesadillas que no le pertenecían, que para eso ya tendría ella las suyas. Así se lo había explicado siempre su madre y así fue a lo largo de su vida. Pequeña, sin ruidos, sin grandes acontecimientos, tan solo silencios, minutos de tranquilidad delante del serial de la tele, relax en compañía de una amiga con la taza de humeante tisana entre las manos, un beso en la mejilla regalo de la pequeña Sofía, una sonrisa de Manel, un abrazo de Roger... Sus tres hijos. Pequeños instantes, los más valiosos.
Tenía los ojos irritados de tanto llorar la pasada noche, cuando sus huesos se confundieron con el colchón que habían estrenado la noche de bodas..., la de Agustín y María, a pesar de que él la había hecho a su manera, deprisa y sin contemplaciones... Corría el mes de Marzo de 1954 y como si fuera ayer, recordaba la voz seca del que ya era su marido, “Es normal que te duela”, le dijo. Ella le había mirado con los ojos inundados y ante su imagen borrosa murmuró con labios temblorosos por la intensidad de las emociones, que sí, que suponía que así tenía que ser si él lo decía, pero que quizás podía haber ido con un poco más de cuidado... En realidad esto último no lo dijo, porque María era “una mica bleda”, como se empeñaba en decir su hermana y únicamente sabía decir que sí o callar. Aquella noche, paseó la punta de la lengua por el labio superior para beber la gotita de sangre que su propio mordisco había hecho brotar. Él no dijo nada en defensa propia, nunca decía nada que pudiera darle la razón al contrario, especialmente a su mujer. Le dio un beso en la frente, como haría un padre condescendiente con su hija. Luego señaló su pubis, convenientemente velado por el largo camisón de blanco algodón y románticas puntas que ella se había apresurado a bajar y le sugirió que fuera a lavarse. Un segundo más tarde, los ronquidos llenaban la estancia. Con el paso de los años, seguía mirando el flamante colchón con cierto rencor, como si le hubiese traicionado. No había valido la pena gastar tanto dinero en aquel nido repleto de agujeros, ya que desde la primera noche estaba dispuesto a dejar escapar por ellos sus inocentes ilusiones. Mejor habría sido comprar una buena radio que no emitiera frituras, la gran compañera de su vida...
No conseguía imaginar su futuro, no podía pensar en lo que sería de su vida a partir de aquel momento sin Agustín a su lado, con los hijos tan ocupados, rodeada de tantas y tantas cosas que le hablaban de una larga vida de mujer casada, ama de casa, mujer de cabeza baja y corazón fuerte. “Quizás no todas las mujeres son tan tontas como yo lo he sido –
pensaba - Las jóvenes de ahora saben lo que quieren y lo que no quieren. No se arrugan delante de unos pantalones, por muy bien que le caigan a su percha”.
Sábado, 25 de Julio de 1998
Selena, es diferente, no creo que sea mala mi nuera, supongo queprotege su corazón con la distancia y eso la hace parecer fría. No puedocreer que no quiera a mi Manel, a mi pequeña y frágil Juliette, con aquelnombre tan francés que le puso porque le debía parecer muy chic, comotodo lo que ella hace. Mi hija Sofía es diferente, mujer fuerte, inteligente,que ha sacado un buen partido de los estudios que su padre y yo le hemosdado, pero que al mismo tiempo han servido para alejarla de nosotros,tan incultos, tan de la calle que la ha visto nacer, que la avergonzamos apesar de que ella lo niega una y mil veces. Qué puede hacer una abogadaen un piso de sesenta metros cuadrados, sin vistas en las ventanas, sinascensor para alzarla a su nivel, sin calefacción para calentarse durantelas noches de duro trabajo... Nunca nos arrepentimos de darle estudios,es la más inteligente de los tres hermanos y habría sido un crimen noaprovecharlo, pero... demasiados humos, quizás demasiadas alabanzas...Roger es el más listo, no el más inteligente, porque las fórmulas y lasletras se escapan de su inquieta cabeza, pero tiene la sabiduría de lasgentes de las montañas. Siempre supo lo que deseaba y lo ha logrado. María dudaba, era lo que su hijo le explicaba en las cartas llegadas de Francia, tan cerca, tan lejos... Trabajaba con antigüedades al otro lado de los Pirineos con bastante fortuna, según escribía con floridos detalles, no para hacerse millonario, pero sí para vivir holgadamente con Celine y sus hijos, Amelie y Hugo. Celine trabajaba en una boutique de alta costura y su imagen lo delata, siempre tan a la última que invariablemente, después de sus visitas a España, Selena tenía nuevos ataques de impulsivas compras en las boutiques de moda de Barcelona, provocando números rojos en las cuentas familiares... Manel era el que, para su desgracia, más se parecía a su madre. Demasiado bueno, demasiado conformista, ciego de amor por su pareja como para plantarle cara y dejar las cosas en su sitio... Manel, el hijo mayor que parece el pequeño. Roger, el mediano que se ha hecho a si mismo. Sofía, la pequeña, la niña tantas veces deseada, la cuarta, no la tercera, porque antes María sufrió un traumático aborto, un niño menudo, arrugado y amoratado que había nacido ya sin aliento, demasiado agotado de luchar contra su propia debilidad. Sofía se vio favorecida por la desgracia, la “nineta dels ulls” de su padre, la princesita soñada, la mimada de todos y para todo...
Oyó pasos. Sus ojos se descolgaron del techo para buscar la puerta que se abrió tímidamente con una ranura por la que se coló la luz. Puerta gruesa, no por la calidad de la madera, sino por las capas y capas de pintura que la habían engordado con el paso de los años. También estaba torcida, como las paredes y no cerraba del todo, dejaba pasar el aire, las voces y los ruidos, por suaves que fuesen...
- Juliette.
Susurró y la ranura por la que se colaba la luz creció para dejarle ver la silueta de su nieta, hija de su padre, buena, dulce, tímida... hija de su madre, niña de pies a cabeza, ojos inmensos verde esmeralda, labios carnosos, cuerpo espigado pero algún día lleno de formas, como gusta a los hombres, como a Manel le había atraído el de Selena, tan hermosa por fuera como su pequeña Juliette.
- Juliette, entra.
Repitió un poco más alto. La puerta se abrió del todo y la niña llegó a los pies de su cama dibujando saltitos en el aire. “Tantos lazos – pensaba María – tantos volantes. ¿Cómo podrá jugar?” Selena quería ser encantadora, seductora, elegante... Selena deseaba que su mundo fuera todo así, como un decorado a punto para hacer la foto y todo lo adornaba como si de una fiesta se tratara.
- Juliette, deja a tu abuela que descanse.
Miró la silueta de su nuera recortada en el marco de la puerta y le rogó que le dejara a la niña un rato. Selena quedó unos segundos mirándola, agitó los cabellos recientemente teñidos de caoba cobrizo que hacía resaltar sus ojos gatunos e hizo una mueca con sus labios. Luego, como si acabara de tomar la decisión más difícil del día, le concedió a su suegra el favor de tan grata compañía mientras aprovechaba la tarde para hacer algunos encargos. Al menos una bolsa descansaría más tarde a su lado mientras hilase, con cara de agotamiento, el discurso de los penosos encargos que había debido llevar a cabo.
- Gracias.
Murmuró y mientras la pequeña Juliette se acercaba a la cabecera de la cama, Selena se deslizó suavemente por el pasillo hasta alcanzar la puerta de salida. María la imaginó respirando hondo en la estrecha calle, alzando el rostro en busca de la luz, del cielo azul, del aire. Miró a su nieta y decidió olvidar que pertenecía a aquella oscura habitación de deformes paredes y ambiente claustrofóbico para centrarse en su pequeña acompañante.
Juliette sonrió y la luz de su rostro liquidó cualquier resto de oscuridad.
Tan sólo hacía un día que le habían enterrado. El funeral había sido silencioso, lento y repleto de rostros extraños salpicando el manto de los familiares, unos queridos, otros no. Agustín había sido una persona difícil de definir. Su carácter repleto de picos y valles se repartía entre dos territorios, el privado más privado y el público. Frases frías, pasos lentos, miradas duras, intolerancia, machismo y desconsideración en el nido matrimonial, beneplácito concedido a la esposa excesivamente buena, apocada por una educación marcadamente religiosa, machista y servil, esposa sumisa, lista para bajar la cabeza y silenciar las quejas y el descontento. Lista para jurarse una y otra vez que en el fondo no era tan malo, que no le levantaba la mano, que no le faltaba el pan, la ropa o un techo bajo el que cobijarse. En el exterior, carácter abierto, carcajada suelta, partidas de cartas y dominó sobre las mesas del café, mano tendida para el amigo o el vecino. Los hijos quedaban a medio camino entre los dos polos. Besos y autoridad, generosa semanada y control de salidas y entradas, taxista de turno y examen de las pertenencias de bolsos, mochilas y armarios. Al final de toda una vida, sólo ella había conocido al verdadero Agustín Dalmau, el que no se escondía bajo una apariencia amable y generosa, al Agustín de carne y hueso, más de hueso que de carne. Sus hijos guardaban un profundo respeto por el padre perdido, habían aprendido a sortear sus malos días, aprovechando los buenos momentos, los instantes de sonrisas y generosidad. Tras las respectivas huidas a sus propias vidas, María se había sentido tan vacía, tan perdida entre aquellas cuatro paredes, que había llegado a cuestionar las razones de su existencia, al final de sus meditaciones, no podía hallar más que tres, tres poderosas razones con nombre propio y vida propia, Manel, Roger, Sofía... Entonces suspiraba con resignación y sonreía frente a su fotografía, la que habían hecho el verano pasado, los tres hermanos juntos en la orilla del mar.
Al final del funeral, estaban todos agotados, pero se reunieron, según la costumbre, bajo el techo familiar. Roger y Celine, partían aquella misma tarde, habían dejado a los niños con sus abuelos maternos y no podían quedarse ni una sola noche. María se había sentido profundamente decepcionada, pero lejos de pedirles que se quedarán con ella, sonrió comprensiva.
- Dadles un beso muy fuerte y abrazarles como lo haría yo. –
Celine escuchaba en silencio, tomando nota de tan importante encargo –
Decirles que les quiero mucho, que tengo muchísimas ganas de verles. Roger abrazó a su madre como el hijo afectuoso y cálido que había sido de niño. Lo hizo porque se iba de su lado sin haber tenido ocasión de intercambiar apenas unas palabras y se sentía culpable. Su lejanía no le impedía comprender que estaba siendo un poco egoísta, había muerto su padre, pero él tenía su propia familia junto a él, esposa e hijos para llenar los días y las largas noches. Su madre había perdido al compañero de su vida... Allí quedaba en un piso desolado, las manos vacías, el corazón hueco, la memoria repleta de mil imágenes, el convencimiento de que la vida ya no podía ofrecerle grandes cosas, no había un futuro por el que luchar, un marido al que servir, unos hijos a los que cuidar, educar y hacer crecer. María miraba a su nieta Juliette, al menos estaría a su lado para verla crecer, ya que no podía ver a los tres. Creía firmemente que a partir de entonces simplemente existiría para ayudar a los hijos en lo que necesitaran, lo demás quedaba en la penumbra, ganchillo frente a la tele, ganchillo junto a la radio, una ollita en el fuego y la nevera, tan pequeña durante toda una vida, de repente enorme, desproporcionada, vacía y fría como ella se sentía en aquellos duros momentos. Roger la abrazó con fuerza porque sabía todo eso y comprendía, a pesar de que lo hacía con las llaves del coche en la mano, que debía quedarse junto a su madre, que Celine podía irse sola con los niños y él podía quedarse tres días, dos, quizás tan solo uno, pero quedarse junto a ella en aquella dura experiencia.
Les acompañó hasta la puerta y cuando besó sus mejillas, no pudo evitar que sus labios temblasen, como si aquella fuera una despedida definitiva, como si en aquella terrible tarde debiera despedirse de todos sus seres queridos. Roger paseó la mano por su mejilla y le aseguró que la llamaría.
- Estaré esperando.
Murmuró, pensando que no era necesaria aquella promesa, no podía imaginar ni por un momento que al menos durante las primeras semanas, no iban a estar en contacto.
- Si necesitas cualquier cosa...
- No te preocupes, tus hermanos están más cerca.
Sofía se fue a la media hora, tenía un importante juicio que preparar y no disponía de mucho tiempo para hacerlo. Le apuntó un número de teléfono en un papelito que rasgó de una carísima agenda de piel. Su madre la observó sorprendida.
- Llámame si necesitas cualquier cosa por favor.
Miró aquellos números inclinados sin acabar de comprender. Tenía el teléfono de su apartamento, el del móvil y también el del despacho.
- No te preocupes, concéntrate en tu caso, yo estaré bien. María, como tantas madres, poseía un don y no siempre necesitaba que sus hijos le expresaran sus inquietudes. Aquel día estaba especialmente receptiva, los ojos de Sofía brillaban de una forma diferente y comprendió que sí que tenía trabajo, pero que la urgencia la creaba ella al necesitar sumergirse entre leyes para aliviar su dolor y que un buen compañero al lado sería mayor consuelo que el ambiente que se respiraba en el oscuro piso. No la iba a llamar, Sofía era independiente, un ser libre que se ofrecía por obligación pero le molestaban las interrupciones. La pequeña princesa mimada estaba realmente afectada por la muerte de su padre y en su dolor era incapaz de comprender donde quedaba su madre. Desierto en la piel, glaciar en el corazón, infierno en la mente. Sofía necesitaba todas sus energías para concentrarse en si misma, siempre había sido así. Se sentía hundida y el trabajo era su mejor antídoto para el dolor, se sentía sola y la pasión llenaría el vacío. Manel también se fue, Selena estaba terriblemente agotada por los nervios y aquel ambiente no era el más adecuado para una niña sensible como Juliette. Él le pidió a su mujer que se retirara sola, deseaba hacerle un poco de compañía a su madre, esperar a que el resto de los asistentes se retiraran, ayudarle a recoger y esperar a que la fatiga pudiera con el dolor. Pero Selena le abrazó misteriosamente, como ella solía hacer cuando deseaba salirse con la suya, habló entre susurros en su oído y luego recostó la cabeza sobre su hombro, los ojos cerrados, el ceño fruncido. La niña miraba a su madre con seriedad, pero permanecía junto a su abuela, cogida a sus piernas enfundadas en negras medias, a pesar de estar viviendo un tórrido verano. Deslizó la mano por la angelical cabeza y habló muy segura de sus palabras, para no dar opción a réplica y no agotarse más en una absurda discusión que de antemano tenía perdida.
- Selena parece realmente cansada Manel, ve con ellas. Yo estaré bien.
No quedó a merced de sus fantasmas, su hermana Antonia sentenció que se quedaba y ella asintió. No deseaba estar sola aquella primera noche y sus hijos no estaban allí como hubiera deseado. Se dejó caer en el butacón orejero en el que Agustín se sentaba para ver la televisión, leer alguna revista o simplemente fumar sus pitillos o puros. Era cómodo, mucho más que la silla de anea en la que María hacía ganchillo frente a la ventana, para aprovechar la escasa luz. Paseó la palma de sus manos por el gastado terciopelo y pensó que necesitaba con urgencia una buena funda.
- La haré de ganchillo. - Murmuró sin darse cuenta.
Antonia la miró sonriente, como si estuviera delirando. El sol ya estaba muy bajo, la penumbra empezaba a ganar la partida y como si ésta marcara el final de la reunión, desconocidos, vecinos, amigos y parientes se fundieron en un baile de despedidas que la agotada viuda observó como si una vitrina la separara de ellos. Parecieron comprender su mutismo, su inexpresión, todos asentían compungidos e intercambiaban unas afectuosas palabras con Antonia, que de pie junto a ella, hacía las funciones de anfitriona. Al fin, el silencio y con él la paz. Miró a su alrededor y se preguntó que había pasado con las bandejas de bocadillos, con los pastelitos, con las botellas de refrescos que había dispuesto sin demasiada fe, sobre la mesa del comedor.
- No habrán comido. - Volvió a murmurar.
Antonia hizo ademán de ayudarla a levantarse, pero María le rogó que la dejara unos minutos a solas, que apagara la luz y abriera la puerta del balconcito para que entrara un poco de aire nuevo y se fueran los olores de cigarros, colonias, perfumes y sudor, que se fueran las voces que pudieran haber quedado prendidas de las cortinas, los muebles, las paredes. Todo fuera, sólo ella y su sillón orejero que forraría con urgencia para borrar las huellas de Agustín, que se había ido al fin, pero demasiado tarde ya, demasiado tarde para dejarle un trozo de vida aprovechable. Antonia la miró con los ojos muy abiertos, como si desconfiara de su estado mental, pero volvió a rogarle, a suplicarle que la dejara unos instantes a solas consigo misma, sin nadie más. Sola.
- No ha sufrido.
Dijo Antonia de repente, como si pensara que necesitaba unas palabras de consuelo, como si creyera que en el fondo, lo que su hermana esperaba de ella era un discurso consolador.
- Yo sí. Mucho y supongo que no dejaré de hacerlo, que no tiene remedio, pero quizás lo intente, a pesar de lo tarde que es ya.
- No son más que las ocho.
¿De qué estaban hablando? Intercambio de palabras, de sonidos guturales, chasquidos de lenguas para matar los silencios. ¿De qué hablaban? “Son las ocho”, había dicho y María pensó que las ocho no era ni pronto ni tarde, cuando no hay nada que hacer, cuando no hay ningún horario que cumplir, cuando no hay obligaciones llamando a la puerta. Las ocho. ¿Y eso que significaba? Le daba igual los números que señalaban las agujas del reloj, tenía el suyo interior y le indicaba que era demasiado tarde ya.
- ¿Las ocho?
Antonia afirmó como si con la pregunta se hubiera logrado tapar el negro agujero en el alma de la desafortunada y se animó a proseguir con el absurdo diálogo.
- Sí, ¿quieres que te prepare algo para cenar?
María miró de nuevo la mesa y señaló los restos.
- Mi estómago está cerrado, sírvete tú si quieres, ellos lo han hecho.
No comprendió del todo el significado de sus palabras, pero no se rindió.
- ¿Una tila?
La miró de nuevo, tomó su mano y la obligó a sentarse junto a ella, en la silla de anea.
- Silencio, dame en silencio tu compañía y luego me retiraré a descansar.
Durante las primeras semanas que siguieron al funeral de Agustín, el estado de ánimo de María se repartió entre una profunda tristeza y una placentera sensación de paz. El primer estado era duro de soportar entre aquellas oscuras paredes empapadas de toda una vida y durante sus indagaciones por los pozos de la desesperanza, Antonia, que había decidido instalarse en la habitación de Sofía hasta que el estado de su hermana denotase una clara mejora, la miraba con preocupación. No sabía muy bien como dirigirse a ella, ya que María se encargó personalmente de ponérselo realmente difícil. Mordía, la angustia le hacía morder la mano que le era tendida con generosidad, pero no era sólo por la perdida del esposo, mordía a Antonia porque ella no era Sofía, no era Manel, no era Roger. Su soledad era más dolorosa ante la huida de los hijos y Antonia pagaba las consecuencias de su rabia. Roger cumplió su promesa, llamaba cada noche desde el país vecino. La conversación seguía siempre el mismo orden, le preguntaba por su estado, si dormía, si comía, le preguntaba si estaba sola, le preguntaba por sus hermanos y tras el interrogatorio, en el que María invariablemente mentía, pasaba a informarle sobre sus pequeños. Amelie, que ya había cumplido seis años y Hugo, que tenía tres y se dedicaba a romper todo lo que se cruzaba en su camino. La ponía al día sobre las preocupaciones de Celine respecto a su estado y concluía con la buena marcha de sus negocios de antigüedades. Le gustaba oír la voz de su hijo, a pesar de sentirla lejana y deforme a través del auricular, él no tenía la culpa de vivir tan lejos y de tener tantas obligaciones que atender.
Sofía acudió todos los atardeceres durante la primera semana, lo cual representaba para ella un gran esfuerzo, ya que desde hacía dos años, había comprado un apartamento en Barcelona para facilitar su trabajo y su independencia. Entraba en el piso de su madre con su cartera bajo el brazo, clara representación de las horas de trabajo que aún le quedaban por delante y se sentaba en la vieja silla de anea mientras su madre se afanaba con la funda de ganchillo para el reconquistado sillón orejero. Apenas hablaban, hacía ya mucho tiempo que no sabían muy bien que decirse, todo en ellas era tan diferente y la comunicación natural, hecha de sentimientos, de aliento, de la corriente afectiva que une a madres e hijas, hacía tanto tiempo que había sido congelada, que les resultaba difícil hablar con espontaneidad. Sofía movía sus manos en exceso y María ocultaba sus nervios entre rápidas pasadas de hilo y ganchillo, la mirada oculta, el alma bajo los pies. Antonia se retiraba durante esas visitas, convencida de que tendrían mucho que contarse y aprovechaba para salir a respirar un poco de aire puro. Al final se daban un beso y se abrazaban con una fuerza real, como si trataran de decirse así todo lo que no les salía en palabras. María la miraba a los ojos y acariciaba su mejilla, pensando en lo bonita que era y en lo hermoso que sería poder entenderse. Luego la dejaba marchar. Sus tacones repicaban con rapidez y fuerza por el pasillo y un rastro de carísimo perfume quedaba como testimonio de su estancia. A partir de la segunda semana, empezó a distanciar sus visitas sustituyéndolas por rápidas llamadas.
- ¿Qué tal estás mamá?
- Mejor hija, voy aceptando la ausencia de tu padre.
- ¿Quieres que venga?
- No es necesario, debes tener mucho trabajo y yo debo acostumbrarme a la soledad.
No intentaba recriminarle nada, sólo le decía lo que pensaba, porque le resultaba mucho más sencillo hacerlo sin su imagen de eficiente abogada frente a ella, más fácil ver a la hija a través de su voz y olvidar que tenía una cabeza tan repleta de leyes que apenas había lugar para cálidos sentimientos.
- Bien, si necesitas algo me llamas.
Manel acudió a visitarla al día siguiente con sus mujeres, como a él le gustaba decir con gran satisfacción. Se sintió protegida por los suyos y hasta se atrevió a pensar que iban en su busca. Pensó que la llevarían en volandas a su piso para cuidarla, al menos durante aquellos dolorosos días en los que Agustín parecía aun de cuerpo presente. Se equivocó y recordó cuantas veces su marido le había dicho con un tono lejano a la broma, que su cabeza era como la de una niña, llena de tontas fantasías. Manel había hecho un hueco en su agenda para traerle a Selena y Juliette, pero él debía continuar con su jornada laboral.
Selena empezó a evidenciar su aburrimiento en el mismo instante en que la puerta se cerró tras su marido. María se sintió incómoda y aseguró que necesitaba estirarse un poco. No le dijo que podía irse si lo deseaba, porque la conocía y pensó que le daría a sus palabras el matiz necesario para volverlas en su favor.
- Me siento un poco mareada, voy a estirarme un poco. Juliette miró a su abuela con tristeza. Su madre se sentó en el sillón orejero bajando la cabeza como si necesitara ubicar la mirada en el lugar exacto. En realidad estaba ocultando su rostro.
- Esperaremos a que llegue Antonia.
María se retiró a su habitación aliviada por la intimidad que le ofrecían aquellas cuatro paredes. Después de aquel día, su hijo fue a visitarla a menudo, a veces solo, a veces con Juliette, que era el mejor sedante para ella. Él se sentaba en una silla cualquiera, la niña corría a acomodarse en el regazo de su abuela y apoyando su cabecita en su pecho, le recordaba lo mucho que la quería, se prodigaba con besos y caricias que invariablemente le hacían brotar lágrimas de emoción y luego corría a registrar el antiguo baúl repleto de recuerdos, fotos, cajas, cintas de pelo... Nadie más podía profanar su cofre del tesoro, solo la pequeña Juliette con su cándida inocencia, con su nutrida imaginación alimentada por los cuentos que devoraba. Manel trataba de frenar sus incursiones, pero María la dejaba hacer, feliz de ver su pasado en tan dulces manos. Selena no apareció en varias semanas. No se sentía bien, aseguraba él
- La muerte de papá la ha afectado mucho.
María asentía, benévola con la bienintencionada mentira. Conocía a su nuera y la imaginaba leyendo tumbada sobre la cama, sentada frente al televisor o disfrutando del verano con alguna amiga en una terraza de una cafetería o en un salón de belleza.
A finales de Agosto, Antonia hizo su equipaje y se fue a su casa en Barcelona. María estaba mejor, sus ataques de tristeza se iban viendo ganados por la serenidad, ya no le brillaban los ojos bajo las lágrimas, ni le temblaban los labios ante un repentino recuerdo. Sus manos habían trabajado cada vez con más firmeza y la funda del sillón orejero ocupaba ya su lugar. En los últimos días, las dos hermanas habían salido a pasear después de la cena, hablando al fin con la franqueza que requería el momento. María se sentía muy agradecida por la dedicación de su hermana y sabía que le debía un poco de sinceridad tras tantos días de sequedad, después de tantos años distanciadas por... Agustín. María sabía cosas y quizás aquel era el mejor momento para sacarlas a la luz.
- No está bien que lo diga, pero me alegro de que esté muerto. Las palabras resonaron entre los callejones y comprendió lo terribles que eran, lo negras que resultaban al chocar con el aire, - “mejor no decir las cosas cuando nuestros pensamientos son tan fríos y duros”-Sin embargo su hermana pasó el brazo por su cintura y la atrajo hacia si. María la miró y supo que la comprendía, que podía confiar en ella a pesar de lo poco que se habían visto y relacionado desde su salida de la casa paterna, sujeta del brazo de Agustín.
- No está bien que lo diga, pero yo me alegro de que no esté entre nosotras, me da igual muerto o vivo, pero lejos.
Antonia se había casado con Carlos, el amiguito de juegos de la infancia, pero el destino quiso arrebatárselo en las primeras mieles. Antonia sí había vivido un duro luto interior, no exterior, porque nunca vistió ni un pañuelo negro en memoria de Carlos y cuando logró salir de la oscuridad, decidió vivir como mujer libre e independiente. Abrió una mercería en su barrio y repartió su vida entre madejas de hilos, botones y cintas, partidas de cartas en la salita de turno y salidas al cine o al teatro, cuando no era un viaje con su grupo de amigas. María siempre había envidiado su vida independiente y eso la alejó de ella, tanto como el propio Agustín, quien temía que su sumisa esposa pudiera contagiarse de la libertina cuñada. Eso era para él su cuñada y María llegó a imaginar a su hermana de brazo en brazo por las calles de Barcelona, sin suponer que el odio de Agustín por Antonia, provenía del enfrentamiento que habían vivido muchos años atrás, cuando María, agobiada por los embarazos, los niños y la casa, se mostraba muy poco dispuesta a soportar las caricias nocturnas. Él se había acercado a Antonia, siempre tan arreglada, con su buen tipo intacto y su fama de mujer moderna y había intentado confraternizar más de lo debido. María lo supo por él, que mencionaba su nombre entre sueños y que despierto, la trataba con despecho.
- Pasó hace muchos años, pero sé lo que ocurrió.
Murmuró María. Antonia detuvo sus pasos, apretó su mano en su cintura y la miró con temor.
- ¿De que hablas?
- Sé como era, le volvían loco las faldas, a pesar de ser un orangután en la cama y sé que también contigo lo intentó, que le rechazaste y que por eso hemos estado todos estos años separadas, como si hubiéramos hecho algo terrible, como si la guerra fuera entre nosotras. Se fue aquella misma semana, pero aquella separación fue en realidad un reencuentro en el otoño de sus vidas. Antonia reabrió su mercería a principios de Septiembre y le rogó a María que dejara el claustrofóbico piso del casco antiguo de Martorell, le pidió una y mil veces que se trasladara a su ático de Barcelona, pero ella se negó con tozudez. A pesar de todo, no podía dejar a sus hijos y a su nieta, que podían necesitarla y a quienes por supuesto, no podía fallar.
Selena decidió de repente que su suegra necesitaba una especie de terapia ocupacional, no podía ser bueno permanecer tantas horas encerrada en su piso. Había llegado el mes de septiembre, poniendo fin a un verano asfixiante. Las primeras tormentas refrescaron el denso ambiente y limpiaron calles y montañas. Con el primer trueno, llegó Selena con la gran noticia.
- He decidido abrir un negocio.
Lo había pensado muy bien y todo encajaba a la perfección. En el barrio no había ninguna corsetería y ese era un establecimiento hecho a su medida o así lo vio en ese momento, limpio, femenino y agradable. Ya lo había hablado con su marido, aseguró, como si su marido y el hijo de María no fuera la misma persona.
- Está de acuerdo si eso es lo que yo deseo.
- Por supuesto querida. – Murmuró.
Selena la miró algo altiva, pero al momento relajó sus facciones y siguió hablando con voz suave y sonrisa pintada.
En media hora de discurso, dibujó un hermoso castillo de cristal sujeto por su volátil e imaginativa ilusión. Aun así, aseguró ser consciente de que había ciertos inconvenientes. Deberían solicitar un préstamo y abrir una tienda en la que las clientas se sintieran a gusto, incluso habló de poner unas butacas.
- La conversación distendida afloja los bolsillos. - Aseguró.
- Además de las lenguas. - Interrumpió María.
Selena la miró como si fuera tonta y preguntó a su vez.
- ¿Las lenguas?
- Claro querida, para hablar, ¿no?
Negó con un gesto nervioso y prosiguió con recompuesto entusiasmo. Sin duda en ese punto tenía toda la razón que la propia experiencia le otorgaba, pero únicamente en ese, porque María no podía imaginar que una vez pasada la novedad, su nuera fuera capaz de madrugar un día tras otro, perdiéndose todos y cada uno de los fines de semana, los puentes, las tardes de paseo, compras y estética. A pesar de la evidencia, asintió como ella esperaba, consciente de que al final de tantas explicaciones, debía haber un capítulo especialmente dedicado para ella, único motivo que podía justificar que su reservada nuera se perdiera con los detalles de su plan de futuro.
- Los principios son duros – Dijo al fin y María pensó, “ahora viene mi parte” – pero el sacrificio de mi tiempo y mi propio esfuerzo por ayudar a Manel en la economía doméstica, tiene una parte buena para usted y estamos seguros de que no la desaprovechará. – Quedó un instante en silencio, con los ojos clavados en la madre de su marido, esperando la pregunta que confirmara su interés al respecto, pero María, decidió guardar silencio. – Juliette estará encantada de que la acompañe a la escuela, a las clases de ballet y piano, a cerámica y a inglés. María no pudo evitar una mueca de desagradable sorpresa. Juliette era muy niña como para tener ya tantas obligaciones en su agenda diaria y no pudo dejar de preguntarse que franja horaria era la que podía dedicar al juego.
- También podré jugar con ella supongo.
- Siempre que sus notas y su conducta sean como deben ser, puede jugar todo lo que desee.
Recordó su sillón orejero forrado de artesanal ganchillo. Recordó su habitación de curvilíneas paredes entre las que lucía una hermosa y sencilla cama nueva. Recordó el plafón color paja que había reservado con una paga y señal en una tienda del barrio. Pensó al fin, que tal vez debería hacer profunda limpieza en la que había sido la habitación de Sofía y que en más de una ocasión ocuparía con satisfacción su nieta. Después de toda una vida acumulando pequeños o grandes momentos, el tiempo no era para María más que una desbocada carrera de semanas calcaditas las unas de las otras, en las que veía el principio y el final cada vez más sorprendentemente cercanos.
- Pensamientos de vieja chocha, supongo, no sé... es todo muy extraño. ¿Soy mala por no sentir un profundo dolor por la pérdida de mi marido?
María deseaba aprovechar el tiempo que le quedaba para ser ella misma y actuar en consecuencia, pero... se le escapaban las ideas, sentía que a lo largo de los años, había perdido su propia identidad. A fuerza de vivir a la sombra de Agustín, había olvidado como hacer las cosas, como se organiza una vida sin un mando todopoderoso... La memoria le flaqueaba, olvidaba a qué había ido a la habitación y se encontraba allí, frente a un armario que bostezaba mostrando sus interioridades, sin saber para que lo había abierto como una tonta, muda, sorda, ciega. Miraba las sábanas, las toallas...
- Recuerda.
Se decía, pero no recordaba. Se negaba a si misma con un mecánico gesto y deshacía los pasos andados.
- Cuando llegue al punto de partida recordaré.
Pero la memoria de María, tenía cada vez más agujeros y seguramente no sería hasta la noche, ya en la cama, cuando recordaría que había ido a buscar una combinación porque había refrescado un poco y había sentido un cosquilleo en la espalda.
- Muy mal – murmuraba - Muy mal estás si no recuerdas que sentiste frío en los huesos.
Paco, el frutero, caballero sin espada ni caballo, sentía una debilidad especial por aquella señora profundamente educada que miraba con destellos de bondad. Por eso y porque también él era una especie en peligro de extinción, le llevaba la compra a casa. No había en ello motivo de conveniencia alguno, las adquisiciones de María eran pocas porque ni su cuerpo ni su cartera le permitían más. Ella se sentía agradecida y avergonzada al tiempo, por las atenciones de aquel hombretón cercano a la cuarentena que fortalecía brazos y espalda a fuerza de cargar sacos de patatas.
- Creo que se ha confundido Paco. – Le decía en alguna ocasión – Yo no he comprado naranjas.
Pero él sonreía y movía la cabeza condescendiente.
- No se preocupe, estas me sobraron ayer, regalo de la casa.
- Si sigue así acabaré por pensar mal y me veré obligada a cambiar de tienda.
El tono de voz era amistoso, siguiendo la broma, pero en el fondo a María le turbaban esos pequeños obsequios que no sabía como agradecer. En más de una ocasión, le entregaba algo más que la mera carga de frutas y verduras y cada vez esperaba que María se diera cuenta al fin de que de su mano pendían las llaves de su casa, de María, no de Paco. Las balanceaba con ostentación para que repiqueteasen entre si. Y al fin los ojos empequeñecidos por el paso de los años se abrían impulsados por el susto y la sorpresa y creía comprender, por eso no las encontraba, las había olvidado sobre el mostrador mientras pagaba la cuenta.
- ¡Bandido! – Le decía tratando de disimular el acelerado ritmo de su corazón. Quería robar a una pobre mujer, ¿eh?
- No María no, las he encontrado puestas en su puerta. – Y los ojos de ella, no pudiéndose abrir más, se cerraban tratando de serenarse, de no pensar en el peligro corrido sin saberlo.–Hay cosas que debería comprobar tres veces, por si acaso.
Entonces simplemente afirmaba, sin deseos ya de bromear. De repente se sentía muy sola y abandonada, perdida en un mundo de jóvenes demasiado ocupados.
- ¿No sería mejor que fuera a vivir con sus hijos?.
María negaba. La soledad se hacía entonces tan patente que dolía. Le miraba a los ojos en silencio. Le daba las gracias y le decía adiós mientras él ensayaba un “Lo siento, he sido inoportuno”. Ella cerraba la puerta buscando la soledad física para respirar hondo y absorber el silencio de la casa que palpitaba al ritmo del viejo reloj de péndulo. Juliette sonreía a su abuela desde la cama, demasiado temprano, pensaba María. A las siete de la mañana, su hijo, puntual como un reloj, llamaba a su portal. Ella nunca le hacía esperar, conocía de sobras el caos circulatorio que tenía que salvar cada día para alcanzar su oficina, donde los trámites de todo el aburrido papeleo de seguros, le esperaba sobre la mesa. Para él, las siete ya era demasiado tarde, según le decía en más de una ocasión. Para María era demasiado pronto. Se levantaba media hora antes, tiempo suficiente para asearse, airear el piso, hacer la cama y tal vez regar alguna planta. Sin duda eran treinta minutos muy bien aprovechados, nunca había necesitado una hora para su acicalamiento, como su hija o nueras... o como su hermana, que siempre le recriminaba que no fuera un poco más coqueta.
- Con ir limpia y peinada es suficiente a nuestra edad.
- A nuestra edad es cuando más debemos arreglarnos – Aseguraba siempre Antonia – Las jóvenes están guapas con cualquier cosa. Era un inútil intercambio de opiniones, ya que ninguna de las dos tenía intención de cambiar las costumbres de toda una vida. Manel la dejaba en el portal de su flamante piso, ubicado en el otro extremo de Martorell, característico por sus anchas avenidas. Él, entre satisfecho y avergonzado le decía que así podía salir de los estrechos callejones y respirar un poco, hacer la compra, sentarse al fresco en un banco o simplemente dormir en su casa. María como respuesta, le daba un beso en la mejilla.
- Claro hijo, sois para mi una bendición.
Y era cierto, lo eran.
Manel, más para convencerse a sí mismo que a su madre, aseguraba que el plan elaborado por su mujer era inmejorable para todos, que a ella se la veía más animada, a Juliette más feliz, a Selena satisfecha.
- Haces mala cara.
Le decía María, porque era cierto. Tenía unos hermosos ojos, pero estaban velados por el agotamiento, enrojecidos, algo hinchados.
- Tú no, te has quitado años de encima.
María pensaba en Paco el frutero y recordaba su consejo.
- Es la independencia.
Manel la miraba sorprendido. No la entendía. Normal, para un hijo que había perdido a su padre recientemente, semejante declaración de la madre era un ultraje.
- Madre..., papá...
No le dejaba continuar. Entendía su dolor, pero no deseaba que nadie, ni su propio hijo, le explicara quien era ese hombre que les había acompañado durante tantos años. No podían darle lecciones al respecto, sólo ella le conoció y sufrió.. -“Descanse en paz, él con los muertos... Yo con los vivos... Con mis hijos y nietos y hermana y fruteros y drogueros.”
– Se decía. Había comprendido de jovencita que la discreción es una preciosa cualidad y trataba de recordársela a si misma, para no enturbiar las relaciones con sus seres queridos, que lo fueron también de Agustín.
- Ve a trabajar hijo, no vayas a llegar tarde.
Hurgaba en su bolso buscando la llave, subía lentamente las agotadoras escaleras que la llevaban hasta el tercero segunda y abría la puerta sabiendo de antemano que las mujeres de su hijo dormían aun plácidamente. Eso, evidentemente, era un secreto guardado celosamente por María para evitar conflictos matrimoniales.
Lo primero que hacía todas las mañanas, era plantarse delante de la habitación de matrimonio y aporrear la puerta con fuerza. No era una venganza por el madrugón impuesto, a pesar de que María sentía un cierto alivio al hacerlo, se trataba de una necesidad vital si deseaba que Selena abandonara al fin a Morfeo. Después, entraba con sigilo en la estancia de su nieta y miraba una vez más los volantes, lazos, ositos, muñecas cojines y un largo etcétera con evidente predominio del rosa. El reducido espacio estaba tan saturado que apenas resaltaba la camita de princesa con dosel incluido. La niña dormía como un ángel y ni un solo día podía evitar acercarse, mirarla unos segundos, dar gracias por tenerla tan cerca y besar su frente cálida y suave. Después salía en silencio para preparar el desayuno. Al pasar de nuevo junto a la habitación de matrimonio, volvía a golpear la puerta, la abría unos centímetros y dejaba que su mano buscara a tientas el interruptor. El primer gruñido le daba al fin esperanzas, había vida al otro lado.
María se adentraba entonces en el conocido mundo de la cocina para preparar el desayuno de Juliette y con las manos en la tarea y tras el ejercicio de tantos años, se sentía culpable si no disponía el de su nuera, que la primera semana se lo agradeció con un beso y un abrazo, la segunda con un abrazo y la tercera con una sonrisa. -“Es normal – se dijo - no vamos a hacer de las mañanas un caramelo”. Y así María acabó sintiéndose como la sirvienta de la casa, sin gracias ni jornal. Al final de su generosa colaboración, María debía acarrear con un desagradable y desconcertante sentimiento de culpabilidad que no lograba sacudirse de encima y que le avergonzaba confesarle a nadie más que, precisamente a su confesor. Cada semana rezaba las oraciones que el párroco le imponía como penitencia, pero eso no logró romper la extraña cadena de contradictorios sentimientos.
Juliette estaba muy contenta, le gustaba que la despertase su abuela y se despedía de su madre con un rápido beso que María intentaba prolongar. Esa batalla también la tenía perdida, ya que a Selena no parecía importarle lo más mínimo. “Se siente liberada”, pensaba con pena. Era cierto, pertenecía a esa clase de mujeres que tienen hijos porque el reloj biológico marca la hora, o porque las amigas ya tienen descendientes o porque ceden ante la presión del marido. El problema de Selena no era la malicia. El egoísmo era el sello de su personalidad y en consecuencia a nadie quería en el mundo más que a ella misma y nunca, antes de quedar embarazada, se le había visto el más mínimo interés por los niños. Durante los meses de gestación, los miraba de reojo, como si no se atreviese a encararse con la realidad que se le venía encima. María no entendía porque tuvieron a Juliette, pero imaginaba que haber cumplido treinta y cuatro años tuvo su peso, como también el nacimiento de Amelie, su sobrina francesa.
María dejaba a Juliette en la escuela a las nueve menos cinco. La observaba durante unos minutos y luego salía del recinto escolar para sentarse en un banco junto a la puerta, bajo una morera a la que los niños trepaban, según las modas y las temporadas y cogían hojas para sus gusanos de seda. Juliette no pedía gusanos, quería un perrito que sus padres le negaban una y otra vez por no poder atender convenientemente. María les daba la razón y seguía sus razonamientos, la niña escuchaba a su abuela con más atención, pero al final de la explicación se quedaba mirando un punto fijo, meditaba las palabras tantas veces dichas y hablaba con su voz dulce.
- Puedes pasearlo mientras yo estoy en el cole, después lo cuido yo.
Era inútil, pero María insistía.
- Tu abuela no puede cuidar a un perrito.
- A mí me cuidas.
- Pero tú eres mi nieta, te quiero tanto, tanto, tanto, que cuidarte a ti no puede cansarme.
- Pues cuidar de mi perrito sería lo mismo.
- No sería lo mismo cielo, tú eres única y no puedo querer a nadie tanto como a ti, y mucho menos a un animalito.
Su mirada quedaba entonces fija en el cielo, en un árbol o en el suelo. Silencio. María aguantaba la respiración. Juliette era muy pequeña pero sus preguntas le resultaban muy difíciles de contestar porque sentía que no podía traicionar su confianza. Para la niña, su abuela era muchísimas cosas entre las que se contaba la sabiduría.
- ¿Y Amelie y Hugo?
Respiró hondo. No creía que estuviera bien decirle a una niña de seis años que la quería más a ella que a sus primos.
- A Amelie y a Hugo les quiero tanto como a ti cariño, pero les vemos muy poquito, ¿verdad?
Al fin Juliette afirmó.
Aquel año, Noviembre entró con un frío que calaba los huesos y los pulmones de María se resintieron, la dificultad respiratoria la dejaba agotada a cada paso que daba y su cabeza se convirtió en la caja de resonancia de una orquesta de enanitos locos. Trataba de hacerse la fuerte, pero sus pies no lograban despegarse del suelo, arrastrándose penosamente, como si un gran peso le impidiera alzarlos para caminar. Paco el frutero, le preguntó en dos ocasiones si estaba bien, preocupado por su aspecto.
- Sí bien, gracias.
- Debería verla un médico.
- Ya le tengo a usted.
Era un buen hombre, pero a veces con sus ganas de servir y su preocupación hacia ella, le resultaba un poco incómodo, como si fuera su ego, quien, sin darse cuenta, buscara tantas atenciones. Cuando supo que el doctor le había recomendado quedarse en casa hasta que sus pulmones guardaran de nuevo silencio, le prohibió acudir a su tienda a comprar.
- No tiene más que marcar mi teléfono y pedirme lo que necesita. – Ella le miró avergonzada, sin saber que contestar – Ya sabe que la serviré como a usted le gusta, que son muchos años señora María.
- Sí que lo son Paco, ya lo creo, muchos, pero es que es lo mismo, ¿no ve que no puedo quedarme en casa?
- ¿Tiene que ir a trabajar?
Preguntó bromeando, tratando de quitar dramatismo a la conversación.
- No, claro que no, pero debo cuidar de mi nieta.
Como tantas otras veces, movió la cabeza de un lado a otro.
- ¿Y quién cuida de usted?
- Paco, Paco, Paco... Que quien le oiga pensará que soy una vieja inútil a la que hay que encerrar en un asilo.
- Ya no se llaman asilos señora María, que los tiempos han cambiado, ahora son residencias para la tercera edad.
- ¡Menuda chorrada! También usted puede cambiar de nombre, pero seguirá siendo Paco el frutero.
- Ya, ya, pero los fruteros... ¡Huy si yo le contara lo que llegan a saber los fruteros!
María rió con ganas y la risa le dio tos.
- No me sea cotilla Paco, que dicen que eso es cosa de mujeres.
- Ya, ya, crea usted todo lo que dicen y verá.
- Sí, mejor me voy, que ya he oído suficiente por hoy. Esa misma tarde la llamó su hermana. Lo hacía cada semana para hacerla reír, para reñirla, para explicarle sus salidas al baile y las novedades del barrio. Había adoptado el papel de hermana mayor, como si las fechas de los calendarios hubieran sido cambiadas. María la escuchaba, consciente de que en aquella ocasión, la razón estaba de su parte, pero mentalmente, argumentaba que le decía todas esas cosas porque no tenía hijos, con la libertad y soledad que eso comportaba, que le decía eso porque disponía de buenos recursos económicos y porque el ejercicio de tantos años de independencia la habían hecho más cómoda y egoísta. “En la fría distancia se teoriza muy bien”, se decía. María la escuchaba y le prometía muchas cosas, porque al fin y al cabo con eso se quedaba más tranquila.
- ¿Por qué no vienes a vivir conmigo? El piso es grande, en la tienda te distraerías y nos haríamos compañía mutuamente.
- Tú no necesitas mi compañía y en la tienda será mejor que pongas a alguien más joven y ágil, que yo ya no estoy como para entrar de aprendiza.
- Ni para hacer de canguro.
Le molestaban esas entradas punzantes, pero no sabía si era porque estaba equivocada o precisamente por todo lo contrario.
- Es mi nieta.
- Pues de eso se trata María, tienes que ejercer de abuela.
- Ya lo hago.
Se mordió la lengua antes de que se le escapara que ella no podía dar consejos al respecto, que no era abuela de nadie y que era todo un honor que la necesitaran a una. Fiel a su discreción guardó silencio a tiempo, antes de hacer daño. Creía que era bueno hablar pausadamente, sin prisas, era una buena manera de decir lo justo, porque al fin el tiempo se acababa y los sapos se los tragaba ella, pero dormía con la conciencia tranquila.
María había escrito sobre ello en su diario, un libro manoseado que guardaba como las adolescentes, bajo el colchón sobre el que dormía. Jueves, 5 de Noviembre de 1998
“De niña tuve una ranita pequeña y simpática. Se habíainstalado en la maceta de un potus que teníamos en la terraza, le gustabael lugar porque había muchísima humedad y se sentía como si estuvieraen su propio estanque. Tenía una piel brillante, de un verde muy bonito ycuando nuestros pasos se cruzaban, se quedaba muy quieta, con lapapadita palpitando, los ojillos clavados en mi, las patitas listas parapegar el gran salto en cuanto yo intentaba un acercamiento. Para evitarsu fuga, yo daba un rodeo pegándome a paredes y barandas y llegaba alfin a la puerta del lavabo, al que me resistía a entrar, porque sabía quemi amiga no estaría cuando yo saliese. Mi abuela no la soportaba, decíaque era la evidencia del humedal en el que vivíamos. Pobrecita, miabuela digo, tenía un doloroso reuma que la mantenía la mayor parte deltiempo frente a la estufa en invierno y en la terraza al sol durante elverano. Cuando el abuelo no estaba, ocupaba la vieja mecedora quehacía oscilar su cuerpo a un ritmo que debía semejarse al del mecimientode un bebé, porque quedaba en tal estado de relajación que parecíaeternamente dormida, incluso cuando miraba sus ojos, fijos en algúnpunto del horizonte de su vida. Eso me decía muchas veces, pero yo no loentendía por aquel entonces. No soy capaz de recordar la terraza sin oírel cric-crac del mimbre y la profunda respiración de mi abuelo Zacaríaso mi abuela María.
Muchas, demasiadas Marías con vocación de santas y mártires enmi familia. Mi tatarabuela fue la primera, yo la última y en medio todas,excepto mi hermana Antonia, para la que el destino tenía mejorespáginas, no el de las Marías asintiendo, cediendo, rezando, envejeciendo.Mi madre no comprendió que mi hija fuese bautizada con el nombre deSofía. - “La iglesia le pone María”-Le dije yo, pero ella sentenció queme saldría un poco díscola y despegada. No sé porque, al fin y al cabo nola llamé Magdalena. Cuando el príncipe Juan Carlos se casó con laprincesa Sofía, mi madre añadió un nuevo presagio, - “Nombre de reinapara una hija de pobres, se avergonzará de su cuna”. - En aquelmomento me eché a reír, mi pequeña Sofía acababa de cumplir tresañitos y era una delicia de criatura que reía como un cascabel. Luegocambió... Tonterías, supongo, coincidencias absurdas que nos marcan eldestino, al fin y al cabo mi madre tiene nombre de Virgen, no de bruja.Mi abuela fue como yo... No, en realidad yo soy como mi abuela.Demasiado débil para luchar por mis deseos y convicciones, que aun hoyintento saber cuales son. Sigo un esquema familiar. Mi abuela enviudó enel 46, ella tenía sesenta y cinco años, como yo, y él un decenio más. Laslágrimas del funeral no fueron fruto de la pena, sino de media cebollaque escondió en su bolsillo en el que iba frotando el fino pañuelo depuntas, que quedó lleno de manchas amarillentas al final de todo elritual. Mi abuelo Zacarías no tenía un sillón orejero, tenía la mecedorade mimbre que dejó en herencia a la abuela y en ella se sentaba a fumarpuros y escupir pequeñas partículas sobre las losas mientras veíaponerse el sol. Un roído y sucio almohadón de pana se había idoamoldando con los años a sus doloridas lumbares, por lo que estabaabsolutamente prohibido meterlo en agua hirviendo junto con suscalzoncillos, para arrancar la “mierda” de ambos. María se sintió culpable escribiendo el taco, lo miró unos instantes, lo tachó y encima garabateó, “mugre”, entonces se sintió mejor. Creo que el sacerdote que ofició el funeral no lo habría permitido,pero ya se sabe que no sufre el corazón lo que los ojos no ven, los oídosno oyen y las narices no huelen, así es que mi abuela quedó muysatisfecha cuando tras la losa, perdió de vista no solo al malogradoabuelo, sino también el mugriento cojín. Por supuesto no lo hizo ellasola. El amable nieto de una vecina que ejerció de plañidera voluntaria,oyó con el corazón encogido, las explicaciones de mi abuela, quien leaseguró entre encebolladas lágrimas, que mi abuelo tenía en aquelenfundado montón de plumas de gallina, una especie de fetiche de labuena suerte, que nunca había sido lavado porque durante la procesióndel Corpus del veintinueve, su chaqueta de pana fue rozada por lassantas manos del Excelentísimo señor Obispo Doctor Miralles, y variosmiembros de la escolta real, incluido el gracioso roce de Don AlfonsoXIII y Doña Victoria. Oí como le aseguraba que en más de una ocasión,el abuelo le había expresado su deseo de reposar en el cementerio sobreaquella prenda transformada en cojín, para así, hacer más cómodo yseguro el camino al cielo. Yo no sé si aquella historia tiene de cierto unsolo acento, pero el pobre muchacho creyó de la primera a la últimapalabra y le prometió su ayuda. Así, mientras él hacía girar el cuerporígidus mortus, sobre el costado derecho, mi abuela depositó la prendaen cuestión junto con su anillo de casada y descansó al fin en paz..., miabuela, que mi abuelo Zacarías nunca lo sabré.
Yo no conocía mucho a mi abuela, porque era una mujer casi tansilenciosa como lo había sido él, a quien tampoco conocí mucho... Laspersonas hablan entre ellas para relacionarse y así van sabiendo de susdeseos, gustos, preferencias, metas... Por eso no les conocí, porque nohablaban más que para lo imprescindible. Eso creía de niña, con losaños, la vida me enseñó una dura lección, en medio del silencio y laincomunicación, que no siempre es lo mismo, se puede llegar a conocerhasta la médula a la persona con la que se comparte el plato en la mesa yel calor o el frío en la cama. Con las palabras podemos construircastillos en el aire, como hizo mi difunto durante nuestro noviazgo, sepuede dar vida a hadas y dragones, princesas y brujas, enanitosencantadores o ranas parlantes... La actitud no engaña, las miradas nosmuestran el alma, los pasos el camino andado... Me lío, estasdivagaciones pertenecen a otro difunto...
Yo no conocía mucho a mi abuela, decía, porque ni hablaba, niexpresaba, ni miraba, ni andaba a mi lado. No me quería, ni a mí ni a mihermana y no creo equivocarme si digo que tampoco a mi madre. Nosesquivaba para no tener que enfrentarse con la dura realidad de su vida:Nosotras estábamos allí porque ella y el que sus padres y la iglesia lehabían adjudicado como esposo, nos habían traído al mundo. A Antonia ya mí indirectamente, pero mi madre era consecuencia directa y nosotrasindirecta y mis hijos... Creo que su animadversión no tenía solución, sinla sentencia de su matrimonio, no habríamos estado ninguno de losdescendientes...
Eso me causa tristeza, porque a pesar de entender la dureza de suvida, no alcanzo a comprender la frialdad de su corazón. Soy madre y sé lo que digo...
Que no la conocía, decía, pero me gustaba espiarla precisamentepor eso. Para mí era una mujer misteriosa y deseaba desvelar su gransecreto. Escondida tras una cortina fui testigo de la confabulación deljoven y mi abuela sobre el asunto del cojín del abuelo Zacarías y trasotra cortina de otro lugar, concretamente la que había bajo el fregaderopara ocultar el cubo de la basura y otros muchos trastitos como yo, oí losaspavientos de mi tía abuela Isabel al ver el dedo desnudo de suhermana, en el que un blanco surco, profundo y cilíndrico delataba laausencia del aro nupcial. Mi abuela no deseaba hacer de aquello un temapúblico, así es que empujó a su hermana haciéndola caer sobre unabanqueta, el silencio fue automático y entonces habló con voz pausada,asegurándole que era una promesa que se habían hecho en vida, elprimero que falleciese sería enterrado con el anillo del otro, para así permanecer juntos. A mí me pareció una promesa hermosísima, teníaentonces trece años y el romanticismo atacaba con furia mi corazón, peromi tía abuela Isabel debía estar ya curada de esas enfermedadesjuveniles, porque soltó una rotunda carcajada antes de asegurarle queese era un cuento que debía aprender de memoria para explicarlosiempre igual, pero que a ella ni la mirase cuando lo repitiese una y otravez si no quería que fuese puesto en duda. “Sabes que me cuesta muchodisimular”, le dijo. La verdad es que no entendí nada, mis resultadoscomo espía no hacían más que incrementar los misterios de su vida, hastaque las evidencias de la mía me dieron la llave.
El caso es que mi abuela corrió a apoderarse de la mecedora, nosin antes limpiarla con agua caliente, lejía y un cepillo de duro plástico.Tras el lavado, vino el barnizado y la elaboración de un hermoso cojín
