Cuando tuve tiempo - Mateo Pettinato - E-Book

Cuando tuve tiempo E-Book

Mateo Pettinato

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Beschreibung

Cuando tuve tiempo es un libro de cuentos cortos y reflexiones, que nace de la necesidad de comunicar historias, compartir vivencias y liberar emociones. Compuesto de treinta y tres cuentos cortos y más de quince reflexiones, sus íntimas palabras exploran temáticas diversas, que van desde el amor y el deporte hasta la familia y la soledad. En el afán de ser más que un texto, la recaudación de la venta de los ejemplares de Cuando tuve tiempo es destinada en su totalidad a Enseñá por Argentina, una ONG que intenta modificar el presente y futuro educativo de nuestro país a través de iniciativas cautivadoras y necesarias. Con atención al detalle, emociones a flor de piel y pensamientos cotidianos, Cuando tuve tiempo crea un espacio lúdico, reflexivo y cargado de sentimientos en cada una de sus páginas. ¡Gracias por ser parte de esta locura! ¡Que lo disfrutes!

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Seitenzahl: 141

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Pettinato, Mateo

Cuando tuve tiempo / Mateo Pettinato. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

170 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-910-3

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Antología de Cuentos. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Pettinato, Mateo

© 2021. Tinta Libre Ediciones

A mi familia,

a la curiosidad,

a jugar

y a las risas

CUANDO TUVE TIEMPO

Mateo Pettinato

A beneficio de Enseñá por Argentina

Los palabras que componen este libro fueron escritasporprimera vez en un blog que lleva el nombre de Cuando Tengo Tiempo.

Ese blog es el espacio lúdico, creativo y sin fronteras donde el autor se anima a compartir sus miedos, sentimientos y deseos.

Los cuentos también están dispomibles en formato auditivo y visual en Spotify, YouTube e Instagram.

Prólogo

Por Sofía Altuna

Este libro llegó para combatir la falacia más repetida del posmodernismo: “No tengo tiempo”. Pocas mentiras tuvieron la repercusión que ha tenido la prisa constante, la saturación temporal, la ansiedad de la durée.

Porque la realidad es que, aunque no queramos admitirlo, todos contamos con el mismo tiempo. Desde el mayor magnate de una compañía hasta el más pequeño de los niños. El verdadero diferencial es que no compartimos las prioridades. 

Y las mejores prioridades, en mi opinión, son las que no lo son. Aquellas que llegan como un impulso injustificado, completamente innecesario o irracional. Como madrugar en vacaciones para ver el amanecer, hacerle un regalo a un amigo un día cualquiera, reacomodar los muebles de tu habitación por cuarta, quinta o sexta vez, o leer un libro de cuentos. 

Este libro no tiene obligación de compra y tampoco de lectura. Por más que estas palabras espanten al autor, son ciertas. Tampoco era necesario publicarlo, pero sin embargo en algún momento se volvió una prioridad para él. Y ahora, también, para vos.

Si tenés tiempo, si le das tiempo, pronto estarás asomándote a la intimidad de la picardía de Mateo a través de los cuentos que le sirven de espejo. Que se acomodan como un mosaico para capturar con astucia esos detalles que se presentan únicamente al ojo de quienes miran la vida algunos segundos de más.

Así, vas a conocer a su abuelo, a sus desamores, a su pasión por el deporte. Podrás conversar con su soledad, sentir sus reflexiones y cuestionarte con su niño interior. 

Entreverás los mil momentos que conformaron la escritura de estas hojas, mientras entrelazas los tuyos en forma de lectura. Y así, quedará inmortalizada esta preciosa ocasión en la que, a pesar de la vorágine de la vida, el relato venció al tiempo otra vez.

Cuentos cortos

En algún momento extraño de mi vida, sin motivo ni razón, empecé a escribir en un blog las cosas que pensaba, las cosas que me inventaba y las cosas que vivía.

Nunca entendí bien por qué, pero hoy me doy cuenta de que esta colección de cuentos cortos nació, como todo, de una necesidad vital de movimiento, de compartir, de reír y de contar.

Ideas que se volvieron textos. Textos que se volvieron libro. Un libro sin más pretensiones ni objetivos que compartir, reír y contar.

¡Que lo disfruten!

Quizás mañana

El subte para él es esperanza.

Si le preguntan, seguramente esquive la respuesta y termine diciendo que nada más lo usa porque todavía no tiene auto, o alguna otra excusa que se le ocurra para escapar a la verdad. Le cuesta decir lo que siente, admitir que se equivoca y mucho más aceptar que la extraña.

—¡Estás loco! No sé de qué hablás. Ya pasó—, suelta si alguien empieza a interrogarlo. Es seco, duro y a veces agresivo. Es su manera de convencerse, de negar lo que ya no tiene sentido negar.

Cada vez que baja las escaleras para tomar el subte vuelve a sentir lo mismo.

Es una voz interior que le molesta, lo irrita y encima le habla. “Quizás”, es lo que le susurra esa voz, y un escalofrío recorre todo su cuerpo.

Se enoja.

Sabe que después de escuchar ese —quizás— ya no será dueño de su cuerpo. Sus ojos se abrirán y en vez de tener la mirada perdida como la mayoría de la gente en el subte, empezará a buscarla. Su corazón se acelerará si por casualidad se cruza con alguna mujer parecida o de la misma estatura y sus oídos dejarán de prestarle atención a la música de sus auriculares para intentar escuchar su voz.

Nunca lo dice pero extraña su sonrisa, sus ojos y hasta dormir con ella. Todo lo que le parecía estúpido, infantil y absurdo es lo que ahora necesita. Hay momentos en los que la nostalgia lo invade y vuelve a leer sus cartas; en el papel se reflejan los recuerdos que construyeron juntos y en varias ocasiones una lágrima arruina alguna que otra letra.

«¿Volveré a verla?»; está convencido de que aprendió de sus errores, pero todavía no tuvo la oportunidad de confirmarlo.

El vagón vuelve a frenar en otra de las estaciones del recorrido y una chica de unos quince años cede su asiento a una señora que acaba de subir. Ella vive cerca de donde él toma el subte, pero para que se encuentren tendrían que coincidir demasiadas cosas.

Para empezar, ella debería tener alguna razón para ir hacia el mismo lado que él, debería subirse a la misma formación de la misma línea y, como si eso fuera poco, deberían coincidir en fecha y horario. Imposible.

Le gustaría olvidar, dejar de estar pendiente de cada mujer que entra y sale del subte. Quisiera sentarse, leer un libro, lo que sea. Sin embargo, todos los días lo mismo. Le parece inútil ilusionarse, pero no puede evitarlo.

El subte sigue avanzando. No lo tiene calculado porque no se le dan bien los números, pero sabe que cada nueva parada implica todavía menos probabilidades de encontrarla.

La voz interior le recuerda que la esperanza debe ser lo último en perderse y una parte de sí le hace caso. El deseo de verla por lo menos cinco minutos es tan fuerte que hasta se imagina la situación.

Cuando la encuentre, será él quien se acerque y el saludo será incómodo. Habrá muchas pausas y ninguno sabrá cómo reaccionar. Ella se preguntará por qué justo tuvo que tomarse esa línea, en ese horario, en ese todo, y él estará entre contento y asustado.

No podrá evitar mirarle los ojos y luego la boca. Ella se dará cuenta y le vendrán a la cabeza recuerdos de algún tiempo atrás: tardes juntos, risas, peleas. Serán solo algunos instantes, pero ambos se olvidarán de lo que pasó. En esos segundos, volverán a ser los de antes, los amigos, los amantes y los compañeros. Volverán a ser todo eso que el tiempo separó sin darles una buena razón.

«Qué linda», pensará él y querrá besarla.

Antes, la idea de besarse en público no le agradaba, pero aprendió que el lugar es lo de menos y que la compañía es lo importante. Entre recuerdos, miradas y comentarios, ambos se olvidarán de bajarse del subte en sus respectivas paradas y un par de risas harán la situación más amena.

Lo que ocurra después es asunto suyo. Él todavía no sabe si irán a tomar algo, si podrá caminar con ella de nuevo, o si ella se le escapará de las manos otra vez. Lo único que sabe es que si la oportunidad aparece, no la va a desperdiciar.

Por eso toma el subte.

Cada vez que se abren las puertas y suena la alarma, se abre una nueva oportunidad y suena ese “quizás— que lo alienta. Es una oportunidad remota, ínfima, pero una oportunidad al fin. El altoparlante anuncia que han llegado al final del trayecto. Se baja del subte y apunta hacia las escaleras. Ya lleva más de un año realizando esta misma rutina.

Antes de salir de la estación, se da la vuelta y vuelve a mirar. Siempre hace un último recorrido. Es su último aliento.

Esta vez no es la voz interior la que le habla, es él, son sus palabras:

—Quizás mañana.

El espejito de Rubén

—Y por eso estamos así.

Rubén se quejaba mientras volvía a poner punto muerto. El tránsito de la ciudad era un caos. Hacía quince minutos que estaba estancado en Retiro y no había forma de avanzar.

Eran casi las nueve de la mañana y entre bocinazos, gente que pedía plata y bicicletas que a más de un auto le dejaban cicatrices, Laura, en el asiento de atrás, lo escuchaba.

No le quedaba opción. Su celular había muerto hacía tiempo, así que asentía con la cabeza y cada tanto soltaba alguna frase genérica de esas que usamos cuando no queremos faltar el respeto, pero al mismo tiempo nos importa muy poco lo que la otra persona nos está diciendo: —claro—, —tal cual—, —y sí—.

Rubén ya había tocado temas como la política económica del país, había afirmado que las próximas elecciones las iba a ganar la oposición y hasta llegó a sentenciar un plan de reformas a largo plazo en la educación que harían que el país se asemejara a Suiza. Los taxistas, al igual que muchos, creen saberlo todo.

Los ojos de Rubén observaban a Laura por el espejito retrovisor.

Desde hacía algunas cuadras lo había acomodado para poder verla mejor, un viejo truco que había aprendido de pendejo. La imagen la completaba lo poco que podía verse del camión de basura que lo venía siguiendo desde que doblaron por Libertador. Laura revisaba su reloj a cada rato, estaba apurada por llegar a su trabajo porque tenía una reunión importante y si seguían a ese ritmo iba a estar atrasada.

El monólogo de Rubén iba acompañado de múltiples movimientos de manos y expresiones faciales. Era una coreografía. Levantaba las cejas, se acomodaba los anteojos y soltaba una frase. Pasaba su mano por los pocos pelos que le quedaban sobre la frente, volvía a acomodarse los anteojos y soltaba otra frase. A veces hacía unos golpes sobre el volante con su mano derecha. Bajaba el volumen de la radio, lo volvía a subir. A Laura le molestaba cuando con esa misma mano se tocaba el bigote de color gris y con olor a tabaco.

Después de un largo rato, ella se bajó en avenida Córdoba y caminó algunas cuadras hasta su trabajo. —Por fin—, suspiró cuando se alejó del taxi.

Rubén continuó su día. «Qué linda piba», pensó cuando Laura se bajó del taxi y se atrevió a mirar su silueta por el espejito.

Nunca miraba a nadie a la cara.

Todo lo veía, todo lo observaba, todo lo escuchaba y todo lo sentía a través de aquel espejito retrovisor del que colgaban una estampita de San Cayetano y un rosario con la Virgen María.

Lo mismo pasaba con los pasajeros que se subían al taxi de Rubén. Lo único que veían de su chofer eran los ojos. Ojos cansados, de esos que tienen el contorno arrugado, que delatan hastío. Ojos de esfuerzo, ojos de dormir poco, ojos que piden a gritos una mirada real y directa sin vidrios de por medio.

Ojos solos.

¿Qué tan real puede ser ver todo a través de un espejito? ¿Habrá sido Laura verdaderamente tan linda? ¿Son las cosas que sentimos y vemos tal como las sentimos y vemos? ¿Cuántos espejitos hay?

La mayor parte del tiempo, Rubén se la pasaba manejando por las calles del centro de Buenos Aires. A veces iba hasta Belgrano o Núñez, pero mucho no le gustaba. Los viajes que le tocaba hacer por esas zonas eran, por lo general, cortos, y los pasajeros, poco receptivos, y eso a Rubén no le servía.

Necesitaba que lo escucharan, necesitaba levantar la vista y que el espejito mostrase más que solo la parte trasera del auto. Quería gente, historias, risas, discusiones. Quería lo que todos queremos de tanto en tanto: compañía.

Siguió manejando y levantó por el Obelisco a una pareja de extranjeros, que creyó que eran estadounidenses por su forma de vestir y que iban hacia el Museo de Bellas Artes. Con el poco inglés que manejaba intercambió unas palabras con sus pasajeros y los dejó a los pocos minutos en su destino. Puede ser que, aprovechándose un poco de la situación, Rubén les haya cobrado más de lo que valía el viaje. Otro de los trucos que había aprendido de pendejo.

En promedio hacía unos ocho viajes por día. Algunos cortos, otros largos. A sus pasajeros les hablaba de política, de fútbol, de amores que inventaba mientras pasaba de un cambio a otro, les narraba anécdotas que solo eran un tercio verdaderas, contaba chistes, hacía de todo.

En un viaje, había jugado en la primera de un club del sur de Buenos Aires, pero había dejado su sueño de ser futbolista porque su mujer le demandaba mucho. En otro, se había recibido de abogado en la Universidad de Buenos Aires, pero prefirió no ejercer la profesión y ponerse un bar en la costanera. Era un gran cuentacuentos, rápido para las matemáticas y astuto con los atajos.

Pasó toda la semana así: arriba del auto.

Por su espejito desfilaron Luis, Viviana, Sol, Romina, Ricardo y Agustín. Martín le discutió algunas de sus posturas políticas, Belén le dijo que era un desubicado por querer sacarle su teléfono, Tobías se quejó porque había agarrado por un camino equivocado y estaba por llegar tarde al cumpleaños de su mejor amigo. Martina se quedó dormida en el hombro de Pedro mientras Rubén le hablaba del partido del domingo. Beatriz le confesó que engañaba a su marido desde hacía cinco semanas con un compañero de su oficina.

¿Era el bigote de Ricardo tan opaco como parecía? ¿Martina estaba dormida o estaba fingiendo para no ser parte de la charla con Pedro? ¿El labial de Beatriz estaba verdaderamente corrido?

El espejito de Rubén fue testigo de infidelidades, de chistes que no recibieron ni una mueca de sonrisa, de miradas perdidas en las ventanillas. Los ojos solos de Rubén eran la única constante.

Jamás miró a nadie directamente. Siempre miró a través del espejito. Pobre Rubén. Nunca, pero nunca, se dio cuenta de que su auto siempre estuvo vacío.

Hablemos de Juan

Texto escrito el 7 de septiembre de 2017, luego de la victoria de Del Potro sobre Federer en el US Open.

Podría empezar diciendo que Del Potro es doble medallista olímpico, que ganó la Copa Davis por primera vez en nuestra historia y que ayer volvió a ganarle al mejor jugador de tenis de todos los tiempos en el US Open. No sería productivo, y rozaría la falta de respeto. Ya sabemos lo que hizo.

Me gustaría, en cambio, hablar de eso que Del Potro hace y que nos llama la atención. Porque hay algo que hace que nos eriza la piel.

Madrugamos cuando arranca el circuito en Australia e interrumpimos actividades por la tarde cuando es momento de jugar en el césped del All England. Festejamos a lo loco un tiro ganador y nos ponemos nerviosos cuando el rally empieza a estirarse.

¿Por qué hacemos todo eso? La respuesta es simple. Hacemos todo eso porque Del Potro no solo juega al tenis, sino que cuando juega al tenis habla.

Entre cada uno de sus saques Juan nos dice que es necesario caerse, que es normal perder y que es humano llorar. Pero lo más importante lo cuenta al tiempo que golpea la pelota con su temible derecha, porque allí sentencia que si es necesario caerse, levantarse es obligación.

Si maestro es aquella persona de la que se obtienen enseñanzas, entonces Del Potro es un maestro. Su pizarrón es de cemento, y su tiza, una raqueta. Cada vez que entra en el aula deja escrito que quien persevera triunfa y que quien tiene un porqué soporta cualquier cómo.

Cuando vemos a Juan Martín vemos mucho más.

Del Potro es la esencia de Argentina. Es ir a los tumbos, pero ir. Es plantarse frente a lo que venga. Es pelea, es coraje y es verdad. Juan es el trabajador que sale a las cinco de la mañana y vuelve a las once de la noche y también es la mujer que no descansa.

Ayer, Del Potro volvió a dar cátedra y venció a Roger Federer, y mañana volverá a entrar al Arthur Ashe para medirse con Rafael Nadal. Lo que ocurra allí es anecdótico, es un simple condimento. Lo que seguro no va a ser es heroico o increíble. Porque lo que hace Juan Martín no es heroico ni increíble. Es, en cambio, merecido y digno. No me sorprende y tampoco me asombra.

Si alguna vez lo escuchaste hablar, si lo viste llorar, si lo acompañaste, tampoco debería llamarte la atención.

Lo único que deberíamos hacer es silencio. Levantarnos de la silla, asentir con la cabeza y aplaudir. El maestro se encargará de hablarnos y nosotros de aprender.

Mi ventanita

Llueve y otra vez miro por la ventana.

No es que lo haga todo el tiempo, pero suelo hacerlo con frecuencia, y si es domingo, todavía más. Son solo algunos minutos, pero me alcanzan para recordar experiencias, reírme de alguna ridiculez que hice o pensar un poco en lo que vendrá.

Hay veces en que incluso pasan cosas raras y en la ventana aparece gente. Veo amigos, familiares, desconocidos. Hasta puede aparecer gente que ya no está. Algunos por culpa de la biología, otros por el puto cigarrillo y otros porque simplemente tomaron otro camino.