Cuatro Lunas - LAURA GALLEGO - E-Book

Cuatro Lunas E-Book

Laura Gallego

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Beschreibung

Milo es un pastor con una vida apacible y sin sobresaltos. Suele llevar a sus cabras a los pastizales del Pico Brumoso, donde disfruta de la soledad y la reflexión de sus caminatas. Un buen día, entre la niebla que envuelve el pico, Milo cree divisar la silueta de un dragón y lo comparte con los habitantes del pueblo sin que nadie dé crédito a sus palabras.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Texto D. R. © Laura Gallego en colaboración

con Agencia Literaria Antonia Kerrigan

www.lauragallego.com

Ilustración de portada D. R. © Anna Franquesa

D. R. © Ediciones SM, 2025

Impresores 2

Parque Empresarial Prado del Espino

28660, Boadilla del Monte, Madrid

www.grupo-sm.com

Dirección de producto: Mara Benavides Reina

Gerencia de Literatura Infantil y Juvenil: Estela Ruiz Torres

Coordinación editorial: Janine Porras

Dirección de Arte y Diseño: Quetzal León

Diagramación: Mariana Castro

Desarrollo de ebook: Miguel Ángel Brand

Primera edición, 2025

D. R. © SM de Ediciones S.A. de C.V.

Magdalena 211, colonia Del Valle,

03100, Ciudad de México

Tel.: 55 1087 8400

www.ediciones-sm.com.mx

ISBN: 978-607-24-5487-3

Miembro de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana.

Registro número 2830

Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento informático, o la transmisión por cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

La marca SM® es propiedad de Fundación Santa María,

licenciada a favor de SM de Ediciones, S.A. de C.V.

Hecho en México. / Made in Mexico.

a primera vez que Milo oyó hablar del dragón del Pico Brumoso, tenía sólo diez años y había acudido a la plaza a disfrutar de los festejos de la cosecha. Se había organizado un pequeño mercado, con algunos vendedores llegados de otras partes del valle. También había músicos decididos a hacer bailar a todo el mundo, y un veterano juglar relataba historias de tiempos pasados desde lo alto de una banca.

En torno a este último se había reunido un grupo de niños entre los que se encontraba Milo. Se había acercado a ellos con curiosidad, pero no tardó en sentirse decepcionado.

— Hubo un tiempo en el que los dragones asolaban el mundo — estaba relatando el juglar —. Sembraban el terror en las aldeas, destruían las cosechas, devoraban el ganado y a menudo raptaban a niños como ustedes para darse un festín en su guarida. Y este pequeño valle no fue la excepción. Seguro que sus abuelos ya les han contado la historia del dragón del Pico Brumoso… — Los niños se miraron y negaron con la cabeza —. ¿No? Pues deben saber que este lugar tuvo su propio dragón, que causó estragos durante mucho tiempo hasta que…

— ¿… Hasta que un valiente caballero lo venció? — interrumpió una niña que se hallaba junto a Milo.

Él la conocía de vista, aunque nunca habían cruzado palabra. Se llamaba Doria; su familia pertenecía a la nobleza o, al menos, eso le habían contado, y tenía propiedades en la ciudad. Pero ahora habitaba en un caserón de piedra en la zona alta del pueblo.

— No — respondió el juglar con una enigmática sonrisa —: hasta que entró en letargo. Un buen día, pensó que ya tenía la panza bastante llena, se internó en lo más profundo de su guarida y se echó a dormir… Y ahí sigue todavía, porque no hay aventurero capaz de encontrarlo ni cazador que pueda vencerlo.

— Eso no es verdad — murmuró Milo.

Habló para sí mismo, pero Doria lo oyó y se volvió hacia él.

— ¿Qué dices?

— No hay ningún dragón en el Pico Brumoso. De lo contrario, yo ya lo habría visto.

— ¿Y quién eres tú? — preguntó ella con genuina curiosidad —. ¿Acaso vives ahí?

— La mitad del tiempo, sí — respondió con una media sonrisa —. Pero entiendo que tú no podrías… Es un lugar frío y muy húmedo, especialmente en invierno, y tú estás acostumbrada a vivir en una casa cómoda y calientita.

Doria entornó los ojos, pero no dijo nada. Los tenía de un color verde claro, casi felino, y su mirada desafiante asomaba bajo un flequillo negro como la tinta. Era muy diferente del resto de las niñas del pueblo, y a Milo le parecía bonita, a su manera. Pero acababa de descubrir que, por alguna razón, le resultaba muy satisfactorio hacerla rabiar.

Ella, sin embargo, no cayó en la trampa.

— ¿Y por qué vives en el Pico Brumoso? ¿Es que no tienes casa?

— Sí tengo, pero no la visito mucho. — Le dedicó otra de sus medias sonrisas —. Alguien tiene que cuidar de las cabras, ¿sabes? Si no pastan en los mejores sitios, no dan buena leche, y en ese caso tú no podrías tener los quesos que sirven en tu mesa.

Mucho tiempo después, al rememorar aquella conversación, Milo comprendería que había intentado llamar la atención de Doria, con escasa fortuna, desde el mismo instante en que había tenido la ocasión de conversar con ella. Pero en aquel momento sólo se dedicó a provocarla, sin saber muy bien por qué lo hacía.

No obstante, aquella niña era un ave que volaba demasiado alto como para que las flechas pudieran alcanzarla. Ignoró las burlas del cabrero y devolvió la conversación al único tema que a ella le interesaba.

— Entonces, ¿nunca has hallado la guarida del dragón?

— No hay ningún dragón, ya te dije. Conozco las montañas como la palma de mi mano. Si un monstruo como ése viviera ahí, yo lo sabría.

Milo se dio cuenta entonces de que había elevado la voz. Se volvió hacia el juglar y encontró sus ojos fijos en él.

— Oh, así que nunca te has encontrado con el dragón del Pico Brumoso — resumió éste con una sonrisa pícara —. Eso se debe a que aún no ha llegado el momento adecuado. Pero llegará, muchacho, no te quepa duda. Y si resulta que estás ahí para verlo porque, después de todo, conoces las montañas como la palma de tu mano…, te recomiendo que des media vuelta y salgas corriendo como alma que lleva el diablo. Con un poco de suerte, tal vez puedas escapar. Los dragones se despiertan del letargo con un hambre voraz, ¿no lo sabías?

El cuentacuentos había vuelto a captar el interés de su audiencia, que lo contemplaba con una mezcla de horror y fascinación. A Milo no le gustaba ser el centro de atención, por lo que bajó la vista, enfurruñado, y no añadió nada más.

Pero el juglar no había terminado.

— Seguramente se estarán preguntando por qué les hablo ahora del dragón. Muy sencillo: esos monstruos duermen durante doscientos años, y después despiertan y salen de sus guaridas para aterrorizar al mundo durante un siglo…, hasta que vuelven a hibernar. El ciclo del dragón del Pico Brumoso está a punto de completarse, niños. Porque ya han pasado doscientos años desde que fue visto por última vez sobrevolando esas montañas.

Señaló con el dedo una cadena rocosa que dividía el horizonte. El Pico Brumoso, una montaña solitaria cuya cumbre estaba siempre envuelta en nubes, destacaba sobre todas las demás. Milo reprimió un suspiro de tedio. No había nada extraordinario en ese lugar. Sólo rocas y hierba, algunos árboles y algún riachuelo. Y un montón de niebla.

No se quedó a escuchar la siguiente historia. Cuando estaba a punto de marcharse, sin embargo, alguien lo retuvo por el brazo. Se volvió para encontrarse con la profunda mirada de Doria.

— Oye, cabrero — le dijo con seriedad, sin el menor aso­­mo de burla o desprecio en su voz —. Si alguna vez te topas con ese dragón…, ¿me lo dirás?

— Si no me devora antes, sí, te lo diré — bromeó él.

Pero ella no sonrió. Sólo asintió, como si acabaran de firmar un pacto solemne.

— Gracias.

Milo hizo un gesto de indiferencia con la cabeza, pero no contestó. Apenas un rato más tarde, ya se había olvidado de su promesa.

Pasaron las estaciones, y Milo, inmerso en la rutina diaria, apenas volvió a pensar en Doria o en el dragón. A medida que se hacía mayor, además, su patrón le iba encargando más responsabilidades que ya no tenían que ver únicamente con la vigilancia del rebaño. Al muchacho, por tanto, le preocupaban más los lobos, el mal tiempo o la salud de las cabras que los cuentos fantásticos del juglar. Tampoco Doria, con quien se cruzaba algunas veces en el pueblo, volvió a mencionar aquel tema.

Hasta la mañana en que todo cambió para siempre.

La jornada había amanecido gris y neblinosa. El tiempo empezaba a ser frío y algo húmedo, y las horas de luz se acortaban, anunciando ya el otoño. Milo había pasado el verano en los pastos altos de la montaña con su rebaño, pernoctando en cabañas y aprendiendo a elaborar quesos con la leche que ordeñaba. En unos días tendría que recoger sus cabras y llevarlas de vuelta al pueblo, donde pasarían el invierno, durmiendo resguardados en el establo y saliendo a pastar a las praderas cada mañana.

Se estremeció y se ajustó la pelliza mientras contaba las cabras. Le parecía que no estaban todas, pero quería estar seguro.

Frunció el ceño. En efecto, había una menos.

Dejó al perro a cargo del resto del rebaño y se alejó para buscarla por los alrededores. La niebla impedía ver mucho más lejos, pero el chico aguzó el oído, atento al sonido del cencerro. No lo oyó, ni tampoco balidos. Procuró no ponerse nervioso. Lo más probable era que la cabra se hubiera quedado atrás. Se dijo a sí mismo que no tardaría en encontrarla.

Subió por la ladera de la montaña. Cuando por fin se detuvo un momento y echó la vista atrás, ya no pudo distinguir la cabaña ni el rebaño, ocultos tras la bruma. Se preguntó, dudoso, si no sería mejor volver sobre sus pasos. Y justo entonces, oyó un balido un poco más arriba.

Reprimiendo un suspiro de alivio, corrió al encuentro del animal perdido. Silbó un par de veces y la cabra le respondió, esta vez desde más cerca. Milo se abrió paso entre los matorrales, bordeando un risco que quedaba por encima de un impresionante precipicio.

Y ahí encontró a la cabra, atrapada en una saliente. Probablemente habría bajado desde una peña más alta y después se había visto incapaz de avanzar o retroceder. El chico la calmó con suaves palabras y la guio despacio hasta la ladera. Una vez en campo abierto, la cabra lanzó un balido de alegría y se alejó brincando a toda velocidad. Conocía a la perfección el camino de regreso, por lo que Milo no se preocupó. Sabía que la encontraría con el resto del rebaño cuando llegara.

Cuando se disponía a seguirla, oyó de pronto un ruido extraño, como el de una lona golpeada por el viento. Algo enorme se movió a su espalda, alzándose hacia los cielos.

El cabrero se dio la vuelta sobresaltado.

Y vio una inmensa criatura que se elevaba entre la niebla, impulsada por dos grandes alas membranosas. Tenía la piel de color gris, la cabeza coronada por un par de largos cuernos y un esbelto cuello erizado de espinas. Cuando se alejó entre los picos rocosos y desapareció de nuevo en la bruma, agitando tras ella una larga cola acabada en punta de flecha, Milo se pegó a la pared de piedra, tembloroso. No se atrevió a moverse hasta que tuvo la certeza de que el monstruo se había marchado.

Era verdad que nunca se había cruzado con un dragón, pero sabía reconocer uno cuando lo veía.

Unas horas más tarde, varios hombres subían por aquella misma ladera. Algunos iban armados con lanzas y picas, pero la mayoría enarbolaba herramientas de labranza, como tridentes y guadañas. Al frente de todos ellos iba el alcalde, con una antorcha en la mano para guiar al grupo entre la niebla.

— ¿Estás seguro de lo que has visto, muchacho? — preguntó en voz baja Baldo, el patrón de Milo.

Éste asintió, un poco ofendido.

— ¡Por supuesto! ¿O crees que habría recogido las cabras antes de tiempo por nada?

Baldo frunció el entrecejo, pero no dijo nada. Era un hombretón serio y de pocas palabras, pero siempre había tratado bien a Milo desde que, unos años atrás, lo había sorprendido tratando de ordeñar una de sus ovejas. En aquel entonces era sólo un niño huérfano, escuálido y andrajoso, así que Baldo se lo perdonó. “Deberías saber que las ovejas no dan leche en invierno”, le dijo, y, en lugar de denunciarlo a las autoridades, lo llevó a su casa, donde le ofreció comida caliente y un camastro en una esquina. Al día siguiente, le dijo: “Necesito a alguien con piernas jóvenes y fuertes que lleve a mis cabras a pastar a la montaña, porque a mí ya empieza a fallarme el paso. Si crees que puedes estar a la altura, conmigo nunca te faltará comida ni un techo bajo el que cobijarte”. Y Milo, por supuesto, aceptó.

Baldo era un buen patrón, justo y razonable, pero también exigente. Milo sabía que con él no valían los retrasos ni las excusas, y que no veía con buenos ojos a los haraganes y mucho menos a los mentirosos. El chico había tratado de engañarlo una sola vez, muy al principio, para librarse de una tarea que no tenía ganas de hacer. Baldo lo había descubierto y se había enfurecido tanto que Milo jamás había vuelto a intentar una treta semejante.

Desde entonces, habían construido una relación de confianza mutua. Baldo miró al cabrero a los ojos y éste le sostuvo la mirada. Por fin, el patrón asintió.

— Te creo — dijo.

Sin embargo, parecía profundamente preocupado. Todos los hombres del grupo lo estaban en cierto grado, a caballo entre la inquietud y el escepticismo. El alcalde se detuvo un momento para volverse hacia Milo.

— ¿Dónde dices que viste a la bestia?

El chico señaló el camino que había seguido aquella misma mañana, cuando buscaba la cabra perdida. La niebla se había levantado un poco, de modo que la ruta hasta la saliente era perfectamente visible.

El grupo decidió enviar a un par de hombres de avanzada para investigar. El resto los aguardó con nerviosis­­mo. Al regresar, sin embargo, los hombres anunciaron que no habían visto ningún monstruo.

— De todas formas, jamás he oído hablar de un dragón de color gris — comentó alguien —. Los dragones son rojos, verdes… Todo el mundo lo sabe.

Los hombres miraron a Milo con aire dubitativo.

— ¿Seguro que no lo imaginaste todo, chico? — preguntó el alcalde.

Milo se sintió indignado.

— ¡Yo sé muy bien lo que vi…! — empezó, pero Baldo colocó la mano sobre su hombro.

— Quizá debamos buscar un poco más — sugirió con cal­­ma —, sólo para asegurarnos.

En silencio, el grupo recorrió los alrededores, escudriñando cada rincón y cada sombra sospechosa en la pared de la cordillera. Al caer la tarde, volvieron a reunirse y acordaron regresar a la aldea.

— Creo que hemos perdido el día para nada — gruñó alguien.

Milo estaba muy seguro de que la criatura existía, pero no podía probarlo. Miró de reojo a su patrón, que permanecía en silencio, con gesto serio y ensimismado.

— ¿Quieres que mañana vuelva a subir el rebaño a los pastos? — se atrevió a preguntarle.

Baldo lo pensó un momento y negó con la cabeza.

— No vale la pena a estas alturas del año. Dormirán en el establo hasta la primavera.

Milo asintió. Tenía la impresión de que Baldo estaba decepcionado, y eso quería decir, con toda probabilidad, que no le creía.

— ¿Estás enfadado? — tanteó.

El pastor volvió a la realidad.

— ¿Enfadado…? No, no. Más bien aliviado, supongo. — Frunció el ceño, pensativo —. Si realmente hubiera un dragón en estas montañas, sería catastrófico para todos. Así que… será mejor que lo hayas soñado todo, zagal.

Milo bajó la cabeza, con sentimientos encontrados. Ciertamente, no era agradable para nadie ser el portador de malas noticias. Pero, dado que no habían hallado a la bestia, todos acabarían por pensar que sufría alucinaciones o, peor aún, que no era más que un embustero que quería llamar la atención.

Por otro lado, Milo tenía claro lo que había sucedido. Pero como ya no tenía que regresar a las montañas hasta la primavera, estaría seguro en la aldea. Quizá otras personas avistaran al dragón entretanto y, en ese caso, ya no le correspondería a él avisar a nadie. ¿Qué sucedería después? Lo cierto era que no lo sabía. Había oído que los dragones devoraban el ganado y que, cuando se aburrían o se sentían especialmente hambrientos, atacaban las aldeas en busca de presas humanas. Si, tal como el juglar había relatado, el dragón del Pico Brumoso había despertado de su letargo, a Milo y a su gente les aguardaban años inciertos.

Se estremeció, y no precisamente de frío. Una parte de él deseaba, en el fondo, que el alcalde tuviera razón y que todo aquello no fuera más que una extraña pesadilla.

adie vio al dragón en los días siguientes y, por descontado, tampoco Milo subió a las montañas para buscarlo. Una mañana, mientras conducía su rebaño hacia las praderas que rodeaban el pueblo, se encontró con Doria, que lo aguardaba sentada en el borde del abrevadero. Milo la saludó, un poco extrañado de verla ahí. Pero ella no se limitó a devolverle el saludo, sino que saltó ágilmente al suelo y corrió hasta ponerse a su altura, abriéndose paso entre las cabras.

El chico se detuvo a esperarla, intrigado.

— ¿Es verdad lo del dragón? — preguntó ella sin rodeos.

Milo recordó entonces la conversación que habían mantenido tiempo atrás, durante la fiesta de la primavera, tras escuchar juntos el relato del juglar.

— No — mintió.

Había llegado a la conclusión de que lo mejor para todos era olvidarse de aquella bestia, como si él nunca la hubiera visto o como si se lo hubiera imaginado todo.

Ella lo miró con desconcierto.

— ¿No? — repitió —. ¿Quieres decir que engañaste a todo el mundo?

Milo cambió el peso del cuerpo de una pierna a otra.

— Quiero decir que tal vez lo que vi no fuera real. O quizá lo soñara todo.

— ¿Y qué fue lo que viste? — insistió ella.

El cabrero no respondió.

— Me prometiste que me lo dirías, ¿recuerdas? — Doria se plantó ante él con los brazos cruzados y el ceño fruncido —. Que, si te topabas con el dragón del Pico Brumoso, yo sería la primera en enterarme. ¡Y se lo contaste a todo el mundo menos a mí!

— No es así como ocurrió — se defendió él. No recordaba haberle prometido nada, al menos en aquellos términos; pero sí sabía que, el día en que se había encontrado con el dragón, ir corriendo a contárselo a Doria no había estado entre sus prioridades —. Se lo dije a Baldo, en primer lugar, y él fue a avisar al alcalde y reunieron un grupo de hombres para ir a cazar a la bestia.

— ¡Podrías habérmelo dicho a mí también!

— ¿Para ir a cazar a la bestia? — reiteró él, alzando una ceja.

Doria resopló. Pareció que iba a replicar, pero cambió de idea.

— Entonces, ¿sí que viste un dragón después de todo? — insistió.

Milo frunció el ceño.

— No encontramos nada. Seguro que me lo imaginé todo, ya ves… Quizá porque he escuchado demasiados cuentos de niños.

— No son cuentos de niños. Los dragones existen, todo el mundo lo sabe. Así que… ¿por qué no iba a haber uno precisamente aquí? Si las leyendas dicen…

— Las leyendas son cuentos de niños — cortó él —. Y ahora, si me disculpas, tengo trabajo que hacer.

Echó a andar, seguido de su rebaño. Doria se quedó atrás, pero la oyó decir a media voz:

— Sé que viste al dragón. A mí no me puedes engañar.

Milo se encogió de hombros y no respondió.

Como no hubo más avistamientos a lo largo del invier­­no, todo el mundo acabó por pensar que el cabrero tenía demasiada imaginación. Al principio, algunas personas se burlaban de él, pero Milo sólo se limitaba a reírse también, como si aquel episodio hubiera sido un momento de ofuscación, un mal sueño o el fruto de una inoportuna borrachera.

Para cuando la primavera regresó al valle, todos en la aldea habían olvidado aquella historia, incluido Milo, a quien la perspectiva de regresar a las montañas ya no le parecía tan terrible. Cuando Baldo juzgó que las nuevas cabritillas estaban lo bastante fuertes, ambos reunieron al rebaño y el chico lo condujo hasta los pastos altos un año más.

Sólo se acordó del dragón cuando alcanzó el paraje donde lo había visto. Entonces, miró a su alrededor con aprensión. Pero el sol brillaba con fuerza aquella mañana, y de la niebla sólo quedaba un anillo de nubes en torno a la cumbre del Pico Brumoso. Milo sacudió la cabeza para alejar los malos pensamientos. Tenía entendido que los dragones, como cualquier otra alimaña, atacaban a las poblaciones humanas en invierno, cuando no hallaban alimento en territorios más agrestes. Y nadie había tenido noticia de la bestia en los últimos meses.

Aún estaba bastante convencido de que no lo había soñado, pero también existía la posibilidad de que aquella criatura sólo estuviera de paso. Tal vez no volvieran a verla nunca más en el valle.

Animado por aquella perspectiva, silbó para llamar a un par de cabras rezagadas y continuó su camino hacia los pastos altos.

Pasaron un par de semanas antes de que Milo volviera a ver al dragón. Había conducido el rebaño hasta uno de sus prados favoritos, que estaba encajonado entre dos paredes rocosas, por lo que podía echarse a dormir la siesta sin miedo a que las cabras se le despistaran. Se había tumbado a la sombra de un árbol y, medio adormilado ya, contemplaba la silueta del Pico Brumoso, del que tenía una magnífica vista desde su posición. En ese momento, distinguió algo que se movía entre la niebla. Pestañeó con desconcierto y se preguntó perezosamente qué clase de pájaro podía alcanzar un tamaño tan grande. Entonces lo vio planear entre las nubes, rodeando la cumbre. Batió las alas y el sol arrancó un destello de su piel escamosa.

Milo se incorporó de golpe, con el corazón desbocado. El dragón se elevó un poco más y volvió a desaparecer en la bruma.

El chico mantuvo la mirada fija en el lugar donde lo había avistado, sin atreverse a mover un solo músculo. Pero no volvió a divisarlo.

Miró a su alrededor, incapaz de decidir qué hacer. La criatura no parecía haberlo descubierto o, si lo había hecho, al menos no le había prestado atención, sin embargo, podía cambiar de idea en cualquier momento.

Milo tomó una decisión. Llamó al perro para que lo ayudara a reunir las cabras y en cuanto tuvo el rebaño congregado, se lo llevó de ahí.

Había varias cabañas de pastores repartidas por la cordillera, y Milo condujo a sus cabras hasta la más cercana. No era su preferida, porque la encontraba pequeña y demasiado vieja, pero la eligió porque estaba en la ladera contraria y no se divisaba el Pico Brumoso desde ahí. De camino, siguió pensando en cómo debía actuar a continuación. Si regresaba al pueblo a dar el aviso, podría repetirse la misma situación del otoño anterior. Además, probablemente tardaría mucho más en convencer a la gente de lo que había visto, y quizá, cuando llegaran ahí, el dragón ya se hubiera marchado. “No me creerán”, pensó. “Si no consigo probar que lo que digo es cierto, incluso Baldo dejará de confiar en mí”.

Y entonces se acordó de Doria.

Un par de horas más tarde, se encontraba ante la puerta del caserón donde vivía la familia de la chica, un edificio de piedra que incluso tenía su escudo heráldico tallado sobre el dintel. Era muy antiguo y estaba erosionado por el tiempo, pero Milo podía distinguir una luna tallada sobre un animal de formas indefinidas. Tal vez fuera un gato, aunque tenía las orejas redondas y las patas demasiado largas.

La puerta se abrió y Milo dejó de prestar atención al escudo. Lo recibió el ama de llaves, que frunció el ceño y lo estudió de arriba abajo.

— ¿Tú no eres el cabrero? ¿Qué es lo que buscas aquí?

Milo tragó saliva. Tras dejar el rebaño en los pastizales junto a la cabaña, bajo el cuidado del perro pastor, había dado un rodeo para no encontrarse con nadie que pudiera decirle a Baldo que había descuidado sus obligaciones. Esperaba que aquella mujer no fuera a contarle a alguien más.

— Yo… Tengo algo que decirle a Doria. Es muy importante. Y será sólo un momento — se apresuró a añadir, al ver que la arruga del entrecejo de su interlocutora se hacía más profunda.

— Si es sobre la leche o los quesos, me lo puedes decir a mí — le espetó ella, cruzándose de brazos.

— ¿Quién es? — preguntó la voz de Doria desde el interior —. ¡Oh! ¿Milo? — La chica se asomó a la puerta —. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar…?

— … En las montañas, sí — completó él, secretamente emocionado de que ella recordara su nombre —. Pero resulta que… ¿Te acuerdas de lo que me pediste la última vez que nos vimos?

Doria abrió mucho los ojos, comprendiendo. El ama de llaves le dirigió una mirada interrogante.

— ¿Qué está diciendo este muchacho? — quiso saber.

— Cosas nuestras — contestó ella, evasiva —. ¿Podemos hablar a solas?

No muy convencida, la mujer se retiró al interior de la casa. Doria se inclinó hacia Milo para hablarle en voz baja.

— ¿Es verdad? — susurró —. ¿Lo viste… otra vez?

— Sí — respondió él con el mismo tono —. Pero no se lo he dicho a nadie todavía.

— ¡Llévame a verlo! — Como Milo dudaba, Doria añadió —: ¡Si me lo enseñas, yo podré confirmar que lo que dices es verdad, y la gente te creerá!

— ¿Doria? — llamó entonces una voz masculina desde el interior de la casa.

— Me encontraré contigo dentro de un rato — prosiguió ella deprisa —, en el abrevadero de aquella vez.

— Pero…

— ¡Espérame ahí! — le suplicó Doria.

Y cerró la puerta.

No muy convencido, Milo se alejó del caserón y de nuevo dio un rodeo para evitar los lugares de paso habituales de la gente del pueblo.

Cuando llegó al abrevadero, Doria ya se encontraba ahí. Había cambiado su vestido de diario por unos pantalones de color gris, una camisa suelta y unas botas de piel. Su cabello negro, no obstante, seguía cayéndole como una cascada de tinta sobre los hombros.

— No estoy seguro de que puedas verlo — dijo él cuando emprendieron juntos el camino hacia los pastos altos —. Llevo ya un par de semanas viviendo en la montaña y no lo he avistado hasta esta mañana, y ha sido sólo un momento.

— No me importa, esperaré lo que haga falta — replicó ella —. Pero dime: ¿cómo era?, ¿qué hacía?

Milo le resumió lo poco que sabía. Temía que Doria se sintiera decepcionada ante la falta de detalles, pero no fue así; al contrario, sus ojos verdes relucían emocionados.

Tardaron en llegar a su destino menos de lo que Milo había calculado. Doria era ágil y rápida, y trepaba por los senderos de la montaña casi como una de las cabras de su rebaño.

— Serías una buena pastora — la alabó. Ella se volvió para mirarlo con sorpresa y él se ruborizó un poco —. Quiero decir… que te mueves bien por aquí. No todo el mundo… Da igual — concluyó abruptamente —. Supongo que tendrás cosas mejores que hacer con tu vida cuando seas mayor.

— Me iría a vivir al bosque, si pudiera — confesó ella con un suspiro, para sorpresa de Milo —. Pero mis padres me enviarán a estudiar a la ciudad. Para hacer de mí toda una señorita.

— Suena… interesante.

— Suena aburrido.

Milo no supo qué decir.

Cuando por fin alcanzaron la cabaña, el perro los saludó con un alegre ladrido, y Milo comprobó con alivio que todas las cabras seguían ahí. Guio a Doria hasta la pradera desde donde había avistado al dragón y le señaló el punto exacto.

— Salió por ahí y después volvió a esconderse entre la niebla…, más o menos por allá.

Doria hizo visera con la mano y clavó la vista en el lugar que indicaba su compañero. Esperó un largo rato, expectante, pero nada sucedió.

Dejó caer los hombros, un poco desanimada, y se volvió hacia Milo para preguntarle:

— ¿Crees que vive en el Pico Brumoso?

— ¿El dragón, dices? — El chico no se había parado a pensar en ello —. No lo sé. Es lo que dijo el juglar, ¿no? Pero nadie más lo ha visto, y tampoco ha bajado al pueblo para atacar a la gente, como se supone que hacen esas bestias.

Doria inclinó la cabeza, pensativa.

— ¿Se puede subir al pico? ¿O es una montaña infranqueable?

— Hay senderos que conducen a la cima, sí, aunque son un poco empinados. Yo los conozco, pero no los uso casi nunca porque ahí no hay buenos pastos. De todas formas, una partida de caza con hombres bien entrenados podría llegar sin problema.

Doria negó con la cabeza.

— Ni todos los hombres del pueblo juntos podrían vencer al dragón. Es tarea para un Cazador.

— ¿Un cazador?

— Un Cazador. — La forma en que Doria pronunció la palabra hizo comprender a Milo que no se refería a un trampero cualquiera —. Son un gremio de batidores excepcionales, ¿entiendes? No buscan presas comunes, como corzos o jabalíes. Ni siquiera se molestan en abatir osos o lobos. No, ellos cazan criaturas más peligrosas. Licántropos. Vampiros. Mantícoras. Dragones — concluyó tras una breve pausa.

Milo reflexionó durante un instante.

— Entonces, ¿no hay en el pueblo ninguno de esos cazadores? — interrogó por fin.

Doria se rio. El cabrero se sintió un poco abochornado al principio, hasta que se dio cuenta de que no se estaba burlando de él. Realmente le hacía gracia la posibilidad de que cualquiera de los hombres de la aldea osara compararse con aquellos legendarios batidores.

— ¡Qué más quisieran! — respondió, aún sonriendo —. Los cazadores de verdad son muy escasos y no es fácil contratarlos. Aunque quizá alguno de ellos decida venir al valle. Para cazar a nuestro dragón, ¿sabes?

“¿Nuestro dragón?”, pensó Milo, pero no lo dijo en voz alta. En su lugar, preguntó:

— ¿Dónde aprendiste todo eso?

— En los libros — contestó ella con naturalidad. Y Milo calló, porque él nunca aprendió a leer.

Permanecieron en silencio un rato más, contemplan­­do la sombría silueta del Pico Brumoso, hasta que Doria planteó:

— ¿Puedo venir más veces?

— ¿Cómo dices?

— A visitarte. Sabré llegar yo sola, he memorizado el camino. Así podré vigilar el Pico Brumoso, y quizá esté cerca la próxima vez que el dragón se deje ver.

Milo frunció el ceño con desconcierto y clavó en ella la mirada de sus ojos color avellana.

— Entonces, ¿me crees? — preguntó. Doria asintió —. En ese caso…, ¿no piensas que sería mejor dar la alarma en el pueblo?

— ¿Y que vengan todos aquí otra vez para nada? — La chica le dedicó una media sonrisa —. Primero hay que estudiar al dragón, Milo. Tenemos que vigilarlo, aprender sus costumbres y descubrir dónde está su guarida. Hemos de averiguar si de verdad tiene malas intenciones y si es peligroso para los habitantes del valle.

— ¿Cómo no va a serlo? ¡Es un dragón!

— Pero tú mismo dijiste que no se ha dejado ver en el pueblo en todo el invierno. Quizá no necesite atacar a los humanos. Quizá le baste con lo que caza en las montañas.

Milo meneó la cabeza, pensativo.

— Aun así, es peligroso. Tal vez ni mis cabras ni yo debamos seguir aquí.

— Pero no te las vas a llevar de vuelta a casa, ¿verdad?

Milo recordó la expresión de Baldo la última vez que había recogido el rebaño por culpa de lo que su patrón consideraba una falsa alarma.

— No puedo, a menos que consiga probar que lo que digo es cierto — reconoció —. Pero me las llevaré a otra pradera, un poco más abajo.

— ¿A la cabaña por la que pasamos de subida, una que está junto a un arroyo?

— Sí, pero…

— ¡Perfecto! Te veré ahí mañana.

— Pero…

Sin darle tiempo a terminar la frase, Doria se levantó con la ligereza de un cervatillo y se alejó por el sendero.

— ¡Espera! — la llamó Milo —. ¿No quieres que te acompañe?

Ella se volvió sobre sus talones y, por toda respuesta, le guiñó un ojo y le lanzó un beso antes de seguir su camino sin mirar atrás otra vez. Milo se ruborizó, se pasó la mano por su rizado cabello castaño y esbozó una sonrisa insegura.