Cuenta atrás para el amor - Laia Soler - E-Book

Cuenta atrás para el amor E-Book

Laia Soler

0,0
9,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Empieza la cuenta atrás para el momento más mágico del año. Veinticuatro días de relatos navideños para abrir y disfrutar. Trece autores y veinticuatro días de relatos navideños llenos de magia, humor, drama, tensión, amor propio, primeras veces y segundas oportunidades. Inicia la cuenta atrás para la Navidad con tus autores favoritos. - Raquel Arbeteta - Jen Bernal  - Iria G. Parente y Selene M. Pascual  - Eva López - Myriam M. Lejardi - Miriam Mosquera - David Olivas - Cristina Prieto Solano - Laia Soler - Nira Strauss  - Natalia Torvisco - María Zárate   TODO LO QUE QUIERES POR NAVIDAD ESTÁ AQUÍ.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 777

Veröffentlichungsjahr: 2025

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Índice

01

La tercera ley de Newton

02

La tercera ley de Newton

03

Mientras las auroras leven tu nombre

04

Mientras las auroras leven tu nombre

05

Por una estrela

06

Por una estrela

07

Cuando las luces brilan

08

Cuando las luces brilan

09

Un Match para Navidad

10

Un Match para Navidad

11

La vida después

12

La vida después

13

Los (MONSTRUOS) que entran...

14

... por los (MONSTRUOS) que salen

15

Donde las estrelas tocan el agua

16

Donde las estrelas tocan el agua

17

Un alfa por Navidad

18

Un alfa por Navidad

19

Cómo sobrevivir a la Navidad

20

Cómo sobrevivir a la Navidad

21

Sonder

22

Sonder

23

Aquí nunca es Navidad

24

Feliz Nochemuerta

AVISO DE CONTENIDO

Esta antología va destinada a un público adulto. Algunos de sus relatos tratan temas delicados que pueden herir la sensibilidad de algunos lectores.

Por favor, ten esto en consideración antes de leer.

© del texto de La tercera ley de Newton: Raquel Arbeteta, 2025.

Autora representada por IMC Agencia Literaria.

© del texto de Cómo sobrevivir a la Navidad y no morir en el intento: Jen Bernal, 2025.

Autora representada por Lenke Agency Brands & Influence, S.L.

© del texto de Aquí nunca es Navidad: Iria G. Parente y Selene M. Pascual, 2025.

Autora representada por Agencia Literaria Antonia Kerrigan.

© del texto de Cuando las luces brillan: Eva López, 2025.

Autora representada por Agencia Literaria Antonia Kerrigan.

© del texto de Los (monstruos) que entran por los que salen: Myriam M. Lejardi, 2025.

Autora representada por Agencia Literaria Antonia Kerrigan.

© del texto de Donde las estrellas tocan el agua: Miriam Mosquera, 2025.

Autora representada por IMC Agencia Literaria.

© del texto de La vida después: David Olivas, 2025.

Autor representado por Dos Passos Agencia Literaria.

© del texto de Un match para Navidad: Cristina Prieto Solano, 2025.

Autora representada por IMC Agencia Literaria.

© del texto de Mientras las auroras lleven tu nombre: Laia Soler, 2025.

A través de la agencia Ute Körner Literary Agent.

www.uklitag.com

© del texto de Un alfa por Navidad: Nira Strauss, 2025.

Autora representada por Agencia Literaria Antonia Kerrigan.

© del texto de Por una estrella: Natalia Torvisco, 2025.

Autora representada por Agencia Literaria Antonia Kerrigan.

© del texto de Sonder: María Zárate, 2025.

Autora representada por Eva Fraile.

© de las ilustraciones de interior y cubierta: Isa González

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: noviembre de 2025

REF.: OBEO008

ISBN: 979-13-7031-000-4

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

PARTE 1:

ACCIÓN, REACCIÓN

Desde los aposentos de lady Kathleen se escuchaban los cánticos navideños que su familia y amigas recitaban en el salón. Sin embargo, la joven se sentía muy alejada de todo ese ambiente festivo. Porque el mismísimo (y apuesto) duque de Lancaster la había retado con la mirada, primero, y acorralado contra el ventanal de sus aposentos después. Sus grandes manos le rodeaban la cintura, su aliento le hacía cosquillas junto al oído y su olor la envolvía por completo.

El corazón del aristócrata marcaba sin piedad el ritmo al que latía el de ella.

—Le ruego que deje de ser tan cruel —murmuró él, ronco—. Sabe que siempre la he amado. Incluso cuando decidió alejarse y aceptar la propuesta de lord MacLeod…

—Calle —gimió Kathleen—. ¿Qué podía hacer si no?

—Decirme que sí —masculló él—. Antes. Ahora. Siempre. Diga que sí.

Sus dedos se deslizaron hacia abajo. Notó cómo aferraban su falda, la levantaban y se colaban bajo la tela abullonada para acariciar la piel por encima de sus medias.

—Lord Brooks, yo…

—¿Estás leyendo porno?

Del susto, casi lanzo el libro por los aires. Por suerte, consigo cerrarlo de un golpe y aproximarlo a mi pecho para que él no lo vea. Aunque de poco sirve, porque el tío sigue igual que cuando me ha cazado: a mi espalda, inclinado sobre mi hombro para observar las páginas con esa maldita sonrisa de engreído cortándole la cara.

—¡¿Qué haces aquí?!

—Venía a comprobar si seguías ocupando el mejor microscopio del laboratorio, pero ya veo que has decidido usar tu tiempo de forma más útil —dice burlón.

—Estaba esperando a que la tinción hiciera efecto —gruño.

Me giro del todo en la silla y me pongo en pie para quedar frente a frente. Roi baja un poco la mirada hasta enfrentar la mía y ladea la cabeza. Lleva la bata del laboratorio sin abrochar (como siempre) y una camiseta de Loki disfrazado del Grinch, tan apretada contra sus pectorales que bien podría ser de la sección infantil (ojalá le corte la circulación y le dé una embolia). El pelo corto y castaño está alborotado, como si acabase de pasarse los dedos por él varias veces, y sus ojos verdes relucen con un brillo malicioso.

—Claro, claro. Oye, ¿y por qué le has puesto una funda al libro? Es una pena. Con lo que me gustan a mí esas portadas con escoceses descamisados…

—¡Nunca he leído eso! —exclamo e, igual de rápida, me corrijo—: Es decir, nunca se me ocurriría traer nada parecido al centro. —Hago una pausa—. Este está ambientado en la Regencia.

—Ya veo. Así que la estirada de la doctora Abril Peña prefiere a los duques… —Asiente, poniendo cara de fingida seriedad—. Carlos, el nuevo técnico, tiene pinta de mear colonia.

¿Quieres que le diga que estás interesada? Igual se planta aquí vestido como esos tolais de la serie de Netflix y podéis daros una alegría. El resto del laboratorio agradeceríamos no verte con esa cara de pasa todas las mañanas.

—Oh, qué original: recomendándole a una mujer que se toma en serio su trabajo que folle para que no sea tan dura —mascullo, cruzándome de brazos—. Creo que nunca habías caído tan bajo. Aunque tampoco es que me sorprenda viniendo de ti, Federico Roi.

El otro posdoctorado (posdoc para los amigos) del laboratorio 3 de biología evolutiva del CNBE (y mi archienemigo declarado) frunce el ceño e imita mi postura.

—Como no estás acostumbrada a soltarlas, te lo aclaro: era una broma de mierda. Y, en segundo lugar: no me llames Federico, joder. Te lo he dicho mil veces.

—Qué mal hablado, doctor Federico Roi Taboada —digo con un deje de falsa dulzura—. ¿Qué diría nuestro adorado jefe si te oyera?

—Que tengo razón. Y que debería interponer una denuncia ante la dirección del centro.

Suelto un resoplido.

—¿Con qué motivo? Es tu nombre completo, ¿o no? Además, te recuerdo que fuiste tú quien empezó a acosar a los miembros de mi equipo y quien retrasó nuestros experimentos del mes pasado una semana entera.

Roi esboza una sonrisa fanfarrona que hace que el estómago me dé un vuelco. El corazón también me late rapidísimo. Está así desde que este idiota me ha interrumpido.

Malditos libros de romántica; siempre me dejan alterada. Esta es la última vez que me traigo uno al laboratorio.

—No es culpa mía que aceptasen unirse a nuestra fiesta —replica con sorna—. Y menos todavía que la juerga se les fuera un poco de las manos…

—¿Un poco? Todos los míos terminaron con una intoxicación alimentaria. ¡Patricia casi acaba en el hospital! —No ayuda a mi ira efervescente que se eche a reír en mi cara—. No tenías derecho a arrastrar a mi equipo a vuestra fiesta de disfraces de mierda.

—No los obligué a punta de pistola, ¿sabes? —Se inclina hacia mí y, a pesar de la flagrante invasión a mi espacio personal, me niego a moverme un centímetro, lo que acaba dejándonos casi nariz con nariz—. Quizá fue culpa de su maestra de ceremonias, que nunca propone planes divertidos. Nada que no sea sacar el látigo para obligar a los miembros de su grupo de investigación a que lean treinta papers semanales. ¿O me equivoco?

Odio cómo pronuncia la pregunta, con esa voz baja y burlona, como si me retara a negarlo.

—Aquí venimos a trabajar, no a hacer amiguitos —le recuerdo, y entrecierro los ojos—. ¿Vas a hacer lo mismo esta Navidad? ¿Buscar una excusa estúpida para emborrachar a tus doctorandos y técnicos y, de paso, a los míos?

—A lo mejor —murmura—. Y a lo mejor esta vez quieres unirte.

—En tus sueños —mascullo—. ¿Para qué querría acompañarte?

Él baja la vista. Navega despacio desde los ojos oscuros tras mis gafas hasta mis labios. Sé que están fruncidos en una mueca de desagrado, y él compone una similar. Después, su atención desciende aún más.

Sospecho por su expresión de higo chumbo que juzga mi blusa perfectamente planchada y mi elegante falda de lápiz. Su escaneo silencioso continúa recorriendo todo mi cuerpo hasta los pies, embutidos en unas botas altas negras de tacón que casi consiguen que le iguale en altura.

Me pone de los nervios que no me responda. Sobre todo porque no es habitual. Roi, el eterno parlanchín (y grano en el culo oficial de mi existencia), no suele aguantar más de tres segundos callado.

—¿Te recuerdo qué va a anunciar el jefe en la fiesta de Navidad? —dice al fin—. Más te vale asistir si quieres tener alguna posibilidad.

—¿Anunciar? —Dejo por fin el libro junto al microscopio y me centro—. ¿De qué estás hablando?

Acrecienta su sonrisa, incrédulo.

—No me tomes por idiota, Abril.

—Siempre lo hago, Federico Roi, aunque, extrañamente, no ahora.

Roi arruga la frente.

—Espera. ¿No te lo ha dicho el jefazo?

A tiempo, un carraspeo femenino nos saca de nuestra burbuja de rivalidad. A un par de metros, Patricia, una de las doctorandas de mi proyecto, nos mira con cara de circunstancias, retorciéndose las manos enfundadas en guantes de látex azul.

—El doctor Magalhães quiere que vayáis a su despacho —anuncia a diez decibelios—. Los dos.

Me giro como una exhalación hacia Roi.

—¿Qué has hecho ahora?

—¿Yo? Si soy un auténtico ángel. —Finge que se escandaliza—. ¿No será que él también te ha pillado leyendo porno durante la jornada laboral?

Oigo la exclamación ahogada de Patricia.

—¡Que no es porno! —se me escapa, antes de darme cuenta, y, tras oír su risa entre dientes, soy consciente de que he caído en la trampa—. Anda, vamos. Si nos quiere ver, será por algo, y odia que le hagamos esperar. Patricia, ¿me haces un favor? Si tardamos mucho, ¿podrías lavar y secar estas muestras?

Ella se cuadra como si estuviera frente a una sargento.

—¡C-claro!

De reojo, noto que Roi abre la boca (seguramente para soltar alguna gilipollez), así que le agarro de la bata y tiro de él para que salgamos del laboratorio. Le suelto en el pasillo, aunque no aminoro mi marcha, dejándole pronto a mi espalda. Oigo que sus pasos me alcanzan y un sonido extraño.

—¿Qué haces? —pregunto.

—Ah, nada. Imitaba tu látigo restallando contra la pobre Patri.

Giro la cabeza por encima del hombro para lanzarle una mirada de censura.

—He notado que sacas a colación demasiado a menudo el tema de los látigos. ¿Es que eso es lo que te interesa, Federico Roi? ¿Es una especie de obsesión o tu eterno fetiche?

—Ah, ¿es que te interesa saber cuáles son mis fetiches, doctora Peña?

Vuelvo la vista hacia delante.

—Ni lo más mínimo. No puede importarme menos la manera que tengas de decepcionar en la cama a tus parejas.

—Nadie se ha quejado, así que no creo que lo que provoque sean decepciones precisamente. Si tuviera cuenta en Tripadvisor, andaría por las cuatro estrellas. Puede que cuatro y media.

—Ya ha aparecido el hombre del día con el ego del tamaño de la Sagrada Familia —digo sin inflexión—. ¿Eso que oigo de fondo es la tonadilla de los Cazafantasmas?

En lugar de soltarme un reproche, a Roi se le escapa una potente carcajada. Una parte de mí se siente satisfecha y, ante el sonido espontáneo y musical, el pecho se me encoge.

Solo un poquito.

—Si supieras lo que tiene el tamaño de la Sagrada Familia…

Le corto con un siseo al detenerme frente a una puerta con una placa de metal. Enderezo la espalda, pongo la mano izquierda tras ella y toco con la derecha dos veces. Una voz de barítono nos invita a pasar de malas formas.

—Buenos días, doctor Magalhães —le saludo tras girar el pomo—. ¿Nos había llamado?

—Sí, hace un buen rato. —Está sentado frente al ordenador y a una taza humeante; su vista no se desvía de la pantalla—. Tengo que contaros algo. Tomad asiento.

Solo hay una silla delante de su escritorio. Y él lo sabe.

Me niego a dar el primer paso y sentarme, así que, después de cruzar el umbral y entrar en la pequeña sala, me hago a un lado y me quedo de pie, recta como una vara. Roi se encarga de cerrar la puerta. A continuación, señala la silla libre con la palma extendida. Es un gesto de amabilidad emponzoñado. Quiere quedar bien ante el jefe de nuestro laboratorio. Él, un agradable, simpático y resolutivo posdoc dispuesto siempre a arrimar el hombro. Yo, una zorra fría y calculadora que, a pesar de obtener buenos resultados, no estrecha lazos con nadie.

Si fuera al revés, a nadie le importaría. ¿Un tío que se limita a hacer un buen trabajo y que, en lugar de quedarse de cañas tras la jornada, decide hacer horas extras? No es una trepa despiadada, es un currante nato.

—Abril, siéntate —me ordena el jefe.

—No es necesario, no estoy cansada; llevo en la bancada del laboratorio toda la mañana —le aseguro—. Le cedo el sitio a Fed… al doctor Taboada.

—¿Toda la mañana? —Nuestro jefe frunce el ceño—. Son solo las diez.

—Lo que se traduce en que la doctora Peña lleva más de dos horas deambulando por aquí —dice Roi con una (estúpida) sonrisa en los labios—. Aun así, insisto. Es absurdo que estemos ambos de pie, y yo no llevo tacones.

No se me escapa que el jefe me da un repaso de arriba abajo hasta reparar en mi calzado. Le veo arquear una ceja, como si venir bien vestida un martes a trabajar fuera un pecado.

Voy a matar a Roi.

—Si os queréis quedar los dos ahí como pasmarotes, me da lo mismo —se pronuncia el doctor Magalhães—. Simplemente quería informaros de que ya nos han aprobado el presupuesto para el viaje y hay que comprar los vuelos a Turquía en enero, así que ya no puedo retrasarlo más: tengo que decidir cuál de los dos equipos del laboratorio va al congreso de la próxima primavera. —Me tenso de pies a cabeza—. Estos últimos meses habéis hecho un buen trabajo. No me lo habéis puesto fácil. —Yo asiento una vez, orgullosa, mientras Roi se cruza de brazos—. Pero debo tomar una decisión sí o sí. Me he puesto una fecha límite: os lo anunciaré a ambos en la fiesta de Navidad. Así tendréis la oportunidad allí mismo de informar de la buena noticia a vuestro equipo.

¿Dejar en manos de tus dos posdoc el anuncio de un decepcionante fracaso justo antes de las vacaciones? Buena idea, jefe. Estupenda. Fabulosa. Sobre todo para ti, que te libras de enfrentarte a las caras largas de los rechazados y, lo peor, al recochineo de los seleccionados.

Aunque no tenía muchas esperanzas de que nos ampliaran el presupuesto, escuece igual.

Dentro de nuestra disciplina, la rama que investiga la biología evolutiva no resulta tan épica ni llama tanto la atención como otras, las que suelen llevarse casi todas las ayudas e inversiones de nuestro centro semiprivado (oncología, biotecnología…, útiles, puros fuegos artificiales). Pero, además, incluso dentro de nuestra especialidad, el uso de ácaros como modelo evolutivo ha ocupado el papel de paria oficial. Somos el patito feo del CNBE. Suerte que el jefe ha conseguido que al menos una de nuestras dos líneas de investigación vaya a poder ir al congreso del año que viene.

Y tiene que ser la mía. Puede que mi equipo no esté muy unido, pero nuestros resultados son prometedores. Me he roto los cuernos y estamos a punto de publicar un artículo en Journal of Evolutionary Biology. Eso debería bastar, ¿verdad?

—Es una pena; el equipo que no vaya va a sentirse desplazado —comenta Roi. Cuando me giro para mirarlo con asombro, enseguida añade—: Lo siento mucho por los pobres subalternos de la doctora Peña.

—A lo mejor vamos nosotros —pronuncio en voz baja—. ¿Has llegado a considerarlo o es que eres tan presuntuoso que no puedes ni contemplar la posibilidad? Porque, que yo recuerde, la última vez que tuvimos una reunión, seguíais atascados con la interacción entre evansi y urticae.

Aunque Roi mantiene su eterna sonrisa, la alegría ya no le llega a los ojos. Incluso parece que su verde se oscurece. Da un paso hacia mí, con la potente mirada clavada en la mía, y se me olvida dónde estamos. Qué nos rodea. Qué llevo puesto.

—La reunión fue hace dos semanas —dice, más grave—. Pueden pasar muchas cosas en dos semanas.

—¿Ah, sí? ¿Hasta un milagro?

Entrecierra los párpados, pero no me libera de la fuerza contenida tras ellos.

—El milagro sería que fueses amable con tu compañero de trabajo. Pero tienes razón, en dos semanas no se ha obrado ninguno.

Abro la boca para contestar que Recursos Humanos ya hizo las valoraciones entre empleados y no había ninguna queja sobre mí (aunque me describieron como «exigente» e «intimidante». ¿Tengo un problema si al principio me parecieron piropos?), pero me limito a un simple:

—Soy amable. Cuando es necesario. El problema es que tú…

—Basta. —Ay. El jefazo se ha puesto en pie y su palma ha aterrizado con fuerza junto a la taza, provocando que se desborde una gota—. Si queréis discutir como niños, hacedlo fuera. Tengo una migraña horrible. Resolved lo que sea antes de Navidad. Cuando en la fiesta anuncie quién va de los dos equipos, no quiero más discusiones estúpidas. Se acepta y se acabó, ¿queda claro?

Ambos, a regañadientes, acabamos asintiendo con la cabeza.

Soy la primera que reacciona y, tras despedirse, se dirige a la puerta. Para mi desgracia, Roi está más cerca y se mueve más rápido. La abre antes de que llegue y mueve la mano en un falso gesto de educación para que pase. Lo hago manteniendo los puños apretados dentro de los bolsillos de la bata. En el pasillo, no me detengo hasta que he atravesado la primera esquina.

Al volverme, no me sorprende tener al idiota de Roi pegado al culo. Por lo que a él respecta, es como si tuviera ojos en la nuca. A veces, mientras trabajo en el laboratorio, no importa si llevo o no gafas, puedo sentirlo cuando entra. Me recorre un escalofrío y, al girarme, ahí está, observándome con intensidad. Nunca me he equivocado.

Lo de esta mañana ha sido una excepción a la regla. Estaba… distraída (yo os maldigo, duques sexys de la Regencia).

—Te has pasado —le acuso.

—¡Y tú! —exclama, cerniéndose sobre mí—. Me has llamado…

—No —le interrumpo—. Me refiero al hecho de que todo esto ha sido una pantomima. —Cuando frunce el ceño, añado—: Ya lo sabías incluso antes de que el jefe nos llamase. Sabías que iba a anunciar quién irá al congreso en la fiesta de Navidad. ¿Quién te lo dijo? ¿Él mismo?

Roi no relaja el ceño.

—Me lo encontré de pasada el sábado —me informa, serio de repente—. Estaba en un bar al que fui. Le saludé y estuvimos hablando. Lo soltó como si ya lo supieras.

Una garra me constriñe el corazón.

—Es evidente que no —comento impertérrita—. Conque de colegueo con el jefe en fin de semana… ¿Es así como pretendes conseguir ir al congreso? ¿Con tus viles artes de cutre-animador de fiestas?

—Simplemente charlamos cinco minutos —alega—. ¿Te molesta que me lleve bien con él?

«¿Quién no se lleva bien contigo?», quiero soltarle. Pero sé lo que me respondería: «Tú».

—Fuera de estas paredes, es un tío majo —sigue diciendo—. Tiene mucha presión encima.

—Como todos —replico—. O quizá menos que ninguno, ya que delega todos los marrones en nosotros.

—Ya, lo de dejarnos la tarea de anunciar que la mitad del labo no va a Turquía va a ser un palo. —Se mete las manos en los bolsillos de los vaqueros y ladea la cabeza, sonriente de nuevo—. ¿Cómo se lo piensas decir a tu equipo de forma suave, doctora Peña? ¿Con un terrón de azúcar en los dientes?

Me giro con un movimiento y sigo caminando hacia el laboratorio.

—Más bien te hará falta a ti. Tranquilo, te regalaré un poco de carbón dulce en Navidad. Te lo has ganado, doctor Federico.

Aunque no me vuelva, siento su intensa mirada taladrándome la nuca. Lo sé. El escalofrío de siempre me recorre la espina dorsal como una caricia hasta el final de la espalda.

Jamás admitiría que esa corriente nerviosa es la que me mantiene despierta y alerta durante todo el día, y no un romance ficticio entre páginas.

—¿Estás viendo porno?

En esta ocasión no me asusta; lo he sentido a kilómetros. De hecho, ni siquiera me aparto de los oculares de la lupa.

—Si contabilizar cuántas veces un macho de Tetranychus urticae procrea con cada hembra de su cuadrante te parece porno —pronuncio con calma—, entonces me preocupa ese cuatro y medio que dices tener en tu Tripadvisor sexual.

Le oigo reír entre dientes. También sentarse en el taburete junto al mío.

Una vez más, es imposible de ignorar, sobre todo porque no se corta en aproximarse tanto que su brazo roza mi hombro. Siento el calor que emana y la quemazón que parece atravesarme la piel incluso aunque ambos llevemos batas.

—¿Qué, lo están haciendo bien tus chicos?

Le mando callar con un siseo y sigo contabilizando.

—¿Has probado a poner un poco de música ambiente? —continúa, incansable—. Quizá la tasa de procreación aumente si además pones unas velas…

De repente, la alarma de mi teléfono, que marca el fin del experimento, se pone a pitar como una loca.

Salvado por la campana. Él, no yo. Porque estaba a dos segundos de desenchufar la lupa binocular y lanzársela a la cabeza.

Por suerte (para ambos), no he tenido que destruir equipo esencial del laboratorio.

Aguantándome un suspiro, apago la lupa y me incorporo en el taburete. Luego saco las gafas del bolsillo superior de la bata para ponérmelas y (ahí está) observar con más detalle la cara del gilipollas que ha venido a interrumpirme.

Barba de dos días, piel morena, pelo que no ha conocido un cepillo en su vida, nariz griega, cicatriz en la ceja por culpa de «insertar anécdota inverosímil que siempre se inventa» y sonrisa radiante posortodoncia, que me provoca sentimientos homicidas.

Y… de otro tipo.

Sí, es guapo. Y lo peor de todo es que lo sabe.

—A ver, ¿qué quieres?

—Todavía sigo dándole vueltas a lo que le dijiste la semana pasada al jefazo —dice Roi en lugar de contestarme—. Lo de que eras amable cuando era necesario.

Parpadeo impávida.

—¿Y?

—Que sigo sin entenderlo. —Ladea la cabeza—. ¿Qué podrías necesitar tú para ser amable?

Uso el dedo corazón para subirme las gafas.

—Si es que te largues y me dejes en paz, puedo serlo —le aseguro. Luego fuerzo una sonrisa y una voz de pito—: ¿Serías tan amable de irte a tomar por culo, querido?

Roi se echa a reír.

—Esa amabilidad ya me la conozco —dice—. ¿Seguro que no necesitas nada?

Frunzo el ceño nerviosa.

—Me estás asustando… ¿Qué es lo que quieres?

Coge aire y lo suelta con renuencia. Se ha sentado fatal, como es habitual. Abierto de piernas, con las palmas apoyadas en el espacio del taburete entre ellas. Los pies le llegan al suelo sin problema, a pesar de que, al contrario que yo, no lleve botines con plataforma.

Ha añadido más pines a su sempiterna bata desabrochada y remangada. Descubro varios con motivos navideños: un ácaro con un lazo rojo (qué monada) y tres elementos holmios danzarines con gorritos de Papá Noel (¡Ho-Ho-Ho! Vale, admito que ese es ingenioso). También ha sustituido sus típicas camisetas de friki por una sudadera gruesa de color rojo y letras blancas. Entreveo la primera frase: «Be nice, make love with a science boy and see the stars…».

Este tío es tonto del culo.

Y, sí, le encanta la Navidad. Como si no tuviera suficientes defectos…

—Es posible que necesite tu ayuda.

Distraída con mis pensamientos, al principio no le entiendo bien.

—¿Perdón?

—Que necesito tu ayuda —repite. Nunca le había visto tan incómodo—. Solo queda una semana para la fiesta de Navidad y tenemos la reunión de laboratorio este viernes, antes de las vacaciones. El jefe va a querer que le comentemos los últimos avances en los experimentos o, al menos, propuestas para enmendar los errores.

Ah. Ya entiendo.

Aun así, alzo las cejas para instarle a que siga. Ni muerta pienso hacérselo más fácil. De hecho, voy a ponerme cómoda y a disfrutar del momento.

—Si no hemos solucionado el problema entre las dos especies de Tetranychus, será imposible que nos elija para ir a Turquía —acaba por decir.

—¿Y ese es mi problema por…?

—Que tu victoria sería poco justa —completa.

Me cruzo de brazos.

—Una victoria es una victoria. Y creo que sobreestimas mi moralidad. Sobre todo teniendo en cuenta que entre nosotros nunca ha habido una guerra legal.

—¡Claro que la hay! —exclama, y me estremece lo ofendido que suena—. Podemos ser rivales, y puedes no aguantarme, pero nos respetamos como tus adorados duques de época en un duelo: hay reglas. —Coloca frente a sí las manos, rectas, paralelas y separadas por dos centímetros—. Tú aquí, yo aquí. La competitividad nos espolea, por eso el jefazo la permite.

—Lo hace porque es un vago —le corrijo—. Y tú me has saboteado muchas veces.

Su expresión enfadada se suaviza hasta desaparecer, lo que resulta antinatural en un rostro tan alegre.

—¿Cómo?

—En cuanto tienes oportunidad, te llevas de juerga a mis doctorandos y técnicos —empiezo a enumerar, usando los dedos—, me mueves todo el material de sitio para que sea imposible de encontrar, siempre tienes algo que decir a mis propuestas en las reuniones semanales, me distraes continuamente…

No paro porque no tenga más cosas que decir, sino porque Roi me ha agarrado de la muñeca. De ambas, en realidad. Aunque no me haya remangado como él, no llevo guantes, y noto sus yemas ásperas y calientes contra mi pulso.

Espero que no se dé cuenta de cómo acaba de acelerarse.

—No «me los llevo», ellos acceden a socializar fuera del trabajo. Tú eres la única que no quiere. —Me da un cariñoso apretón en las muñecas que provoca que el pecho se me encoja en respuesta—. Muevo las cosas porque las uso y porque nadie puede seguir tu ridículo sistema de ordenación. Siempre tengo algo que decir porque soy el único que se atreve a llevarte la contraria. La ciencia no avanza con un solo punto de vista. Además, si no fuera así, sería aburridísima.

Lo pronuncia todo en voz baja, con una cadencia lenta y suave, como si estuviera calmando a una bestia irracional. Abro la boca para replicar, pero al parecer no ha terminado con su discursito.

—Y respecto a distraerte, eres tú la que me distrae a mí. —Hace una pausa—. Eres mi tercera ley de Newton.

No sé ni cómo mantengo la compostura con lo mucho que tiemblo por dentro.

—«Para cada acción hay una reacción igual y en sentido opuesto» —recita, como si no me supiera la cochina ley—. Eso es lo que eres para mí, Abril. No hay un solo día que no estés en medio. Llego y te encuentro. Me voy y aquí sigues. Me organizo toda la jornada para hacer un experimento y apareces donde pensaba ir como una fuerza imparable, dispuesta a ponerme las cosas difíciles. —Me lanza una sonrisa que me cuesta descifrar—. ¿Estás segura de que no eres tú la que me sabotea a mí?

La pregunta se queda flotando en el silencio como una pompa de jabón. Incluso podría verla, vibrando entre los dos sin llegar a estallar, danzando con un brillo iridiscente, frágil y tensa.

Despacio, Roi hace descender nuestras manos. Sin embargo, no me suelta. Las apoya sobre sus muslos con sumo cuidado. Ignoro cuándo ha empezado a hacerlo, pero ahora me acaricia la piel interna de las muñecas con los pulgares de forma distraída. Dudo que ni siquiera él sea consciente de que lo esté haciendo.

Porque ha fijado su mirada en la mía y yo no puedo apartarla.

¿No puedo o no quiero?

«¿Y qué diferencia hay?».

A pesar de mi habitual reticencia a admitirlo, Roi tiene razón. Somos dos objetos que siguen la misma trayectoria y que chocan el uno con el otro con idéntica fuerza.

Aunque no importa si nuestra magnitud es pareja, porque nuestra dirección final siempre será opuesta.

Porque eso es lo que somos. Irreconciliables. O así ha sido desde que nos conocimos.

—Quieres que te ayude con tu investigación —murmuro. Todavía no he desviado la mirada. Roi tampoco se mueve, pero percibo una chispa de curiosidad en sus ojos verdes—. Lo haré. Solo si tú me ayudas a mí.

Las comisuras le tiemblan. Aun así, se mantiene tan estoico como yo. La sonrisa no aflora, sí su voz.

—¿Cómo podría ayudar un patético gremlin como yo a la gran doctora Peña? —inquiere, provocador—. Últimamente vuestra investigación va viento en popa.

—Lo sé —admito sin acritud—. Pero no me refería a nada relacionado con el trabajo. Me refería a ayudarme a mí. Con un… problema personal. Uno al que no dejo de darle vueltas desde hace una semana. —Bajo la voz hasta que solo es un débil susurro—: Puede que más tiempo.

Traga saliva. Siento el impulso de desviar mi atención para observar con detalle cómo sube y baja la nuez en su garganta. Por un extraño milagro de la vida, me mantengo firme.

—No pienses en nada pervertido —le advierto.

—Tarde —admite, y se me escapa un resoplido burlón—. No me culpes. Has elegido las palabras aposta. Sabías que lo haría.

—Lo sabía —confieso—. Eres demasiado predecible. Como una canica. Acción, reacción.

Roi deja escapar una risa quebrada.

—Acción, reacción… Serás cabrona. Venga, di, ¿en qué puedo ayudarte?

—Todos los del laboratorio me odian —respondo rápida para no pensar demasiado en ese axioma—. Ayúdame a que dejen de evitarme. Ayúdame a ser… más tú.

Nunca pensé que eso sería lo que al final liberaría mis muñecas. Aunque, en cuanto Roi detiene su caricia y aparta sus dedos largos de mi piel, la siento fría y expuesta.

—¿Qué gilipollez es esa? —suelta con brusquedad—. Nadie te odia.

—Pero sí me evitan.

—Ni que eso te haya supuesto un problema hasta ahora —comenta, ligero, sin darle importancia—. No te gusta la gente.

—Es cierto —admito—. De ahí a que cada vez que quiera hablar con alguien todos huyan aterrorizados, hay un trecho. Y no trates de darle la vuelta, tampoco soy miss Simpatía.

Roi se pasa la mano por el pelo, alborotándolo. Los mechones cortos se disparan en todas direcciones. ¿Así será la pinta que tiene cuando está fo…?

«Vale, Abril, volvamos al presente».

—¿Y? Esa es una de las razones por las que te admiro. —Se cruza de brazos, tensando los músculos, y (por extraño que suene) hasta se ruboriza—. No me mires así. Es la verdad. La mayoría de la gente se fuerza para caer bien, fingiendo hasta lo absurdo, soportando lo que no tiene que soportar y no poniendo límites a imbéciles. Las mujeres tenéis que aguantar mucha mierda. Os han enseñado a ser amables a toda costa. «Sonriendo estarías más guapa…». Eso le dijeron a mi hermana pequeña en su último curro. ¡Pues a tomar por culo!

Guau. En tres años trabajando juntos, jamás le había visto tan alterado.

Tampoco tan atractivo, he de admitir.

—Puede que no seas miss Simpatía —sigue, más calmado—, tampoco eres desagradable.

—Pero si siempre me dices que lo soy.

—Tú me dices todos los días que soy gilipollas y no hablas en serio. —Entrecierra los ojos—. ¿O sí?

—No, no eres gilipollas. —Hago una pausa—. Solo idiota.

—¿Lo ves? —Ladea la cabeza, risueño—. Y no me ofende esa mentira de proporciones épicas. En el fondo, piensas que soy extremadamente inteligente.

—Bueno…, en realidad, sí que lo pienso.

Su expresión alegre se paraliza. Yo aprovecho para subirme las gafas, que me han resbalado por la nariz.

—Entonces… —empiezo—, ¿no debería cambiar para que se acerquen a mí?

Roi vuelve en sí y esboza una sonrisa plácida.

—No te hace falta ningún cambio. Eres graciosa y lista. Tienes aura de tía misteriosa. Ellos ya quieren acercarse, pensaban que eras tú quien no querías. Solo necesitas dar la oportunidad al resto de que te conozcan. —Me pilla por sorpresa que alce un dedo y atrape un mechón de pelo negro que se ha escapado de mi pinza; noto el calor que emano y sé que Roi también—. ¿Quieres venir el viernes por la noche a tomar algo después del trabajo?

—Pero si la fiesta de Navidad es el martes de la semana que viene.

Roi no deja de tocarme. Juega con mi pelo, pasándoselo entre los dedos como si no estuviera a punto de provocarme una combustión espontánea. De hecho, su caricia asciende hasta dibujar el contorno de mi oreja, y añade:

—La fiesta de Navidad es para todo el centro. Esto será solo para los curritos de nuestro laboratorio. Algo muy informal, solo para celebrar que hemos superado la última puñetera reunión del año. —Hace una pausa y baja la voz. Siento que también me roza con ella—. No tienes que ir si no quieres.

Asiento.

—Nunca hagas nada que no quieras —continúa—. Por nadie. Y menos por mí.

Su tono es firme y templado. No suele hablar en serio. Quizá esa sea la razón por la que, cuando lo hace, sea incapaz de reaccionar como una persona normal.

Aunque no soy la única. Todos se derriten cuando mi rival los mira de la manera en que lo está haciendo ahora mismo conmigo (como si no hubiera nada alrededor más importante) y usa su tranquilizadora voz de profesor experimentado.

Porque lo es. Y uno muy bueno. Le he visto dar clase como adjunto en la universidad asociada al CNBE. Aulas enteras llenas de estudiantes que, en lugar de jugar al tute en la cafetería de la facultad, prefieren atender a sus explicaciones sobre cómo los Tetranychus detectan qué plantas poseen una mayor cantidad de metales pesados y qué relación tiene eso con la mecánica evolutiva y la constitución de un nicho ecológico.

Convierte lo aburrido en apasionante. Lo volátil en tangible.

Es pura magia.

Puede que Roi me admire por ser una borde de mierda que no le baila el agua a nadie, pero yo le admiro porque consigue que hasta el agua baile para él.

—¿Abril?

Parpadeo y me aparto unos centímetros. Mi pelo sigue enredado entre sus dedos. Siento un leve tirón al poner distancia, aunque no es tan fuerte como el de mi estómago.

Tampoco tan intenso como el calor en mi vientre. Ni tan sostenido como el molesto latido desacompasado en mis oídos.

—Iré para que el resto me vea… accesible —me pronuncio por fin. La voz me suena rara, ronca, como si no hubiera hablado desde hace mucho—. Tú convéncelos de que no muerdo.

Roi esboza una sonrisa ladeada que aumenta la tensión de mi cuerpo.

—Quién sabe, puede que con esa promesa se acerquen un poco más…

—He dicho que no pienses en cosas pervertidas —le corto, aunque en realidad mi mente esté plagada de ellas—. Ahora: tu problema. Tengo que terminar unos experimentos, pero podemos quedar en la sala de juntas en dos horas. Vamos a ver cómo podemos enfocar tus incompatibilidades.

Nadie debería sonreír de esa manera. Tan abierta, sincera y brillante. Podría provocar más muertes súbitas que una fibrilación ventricular.

Hasta puede que eso sea lo que esté sufriendo yo misma en estos momentos. Al menos, mi corazón parece que esté a punto de implosionar por una arritmia.

—Eres la mejor, joder. Increíble. Una reina. ¡La posdoc definitiva!

—Ya —suelto, como si no me bebiera cada piropo como un sediento el agua en el Gobi.

—Siento haberte molestado, te dejo con tus ácaros fornicadores. —Se inclina hacia mí y, antes de que pueda anticiparlo, me da un beso fugaz en la mejilla—. ¡Gracias! ¡Nos vemos luego! ¡Ánimo!

Acción (mi archienemigo acaba de besarme y de salir corriendo), reacción (me quedo inmóvil hasta que mis gafas vuelven a resbalar hasta la punta de la nariz).

Maldita tercera ley de Newton. Nunca falla.

Hace lo que le pido. Me atiende cuando le hablo de los artículos sobre los tetraníquidos que utiliza y que acaban de publicar. Toma nota como un estudiante modelo, rápido y eficaz. Apenas entiendo nada de lo que garabatea en su cuaderno, pero hace tres años que renuncié a descifrar esos jeroglíficos (es decir, el segundo día que compartimos espacio). Si él se entiende, perfecto. Ahora está atascado en su proyecto, pero no es un incompetente. Solo se comporta como si lo fuera.

A veces.

—Te debo la vida —me dice tras más de tres horas de búsqueda y discusiones (amistosas, la mayoría)—. Introducir Solanum quizá sea la opción más realista. Podríamos cultivarla y tener las nuevas poblaciones para enero. Ambas especies la consumen y Susana trabajó en el CE3C de Lisboa con ella.

—De ahí saqué este artículo y este otro —le recuerdo, señalándoselos en la pantalla del portátil—. Podrías llamar al doctor Santos, trabaja allí en una línea similar a la tuya. Intercambié unos correos con él, habla español y es un encanto. Puedo pasarte su contacto.

De súbito, Roi se endereza en su silla.

—Espera, ¿ese tío te gusta?

La pregunta es tan simple e infantil que se me escapa una corta carcajada.

—¿Qué dices, Federico Roi? ¿Has perdido el juicio o qué?

—No —contesta, tan sincero e imperturbable que me perturba a mí—. Solo trato de averiguar qué es lo que hace que alguien te parezca «un encanto».

—Que no me haga preguntas estúpidas, por ejemplo. —Él ladea la cabeza. Acabo suspirando y añadiendo—: No le conozco. No puede gustarme.

—¿Necesitas conocer a alguien para que te guste?

—Y ese es un ejemplo de pregunta estúpida —respondo con rapidez—. Claro que lo necesito. Salir con hombres es un deporte de riesgo. No quedo con nadie con el que no me sienta segura. —Le veo coger el bolígrafo, como si fuera a volver a tomar notas, así que me apresuro a preguntar—: ¿Y a ti? ¿Qué tiene que tener una persona para que te parezca encantadora?

—No me atrae la gente encantadora.

Debo de quedarme con la boca abierta, porque Roi enseguida fija la vista en mis labios.

—Me gustan las personas que me ponen las cosas difíciles.

Luego esboza una sonrisa que no enseña los dientes, aunque sí las intenciones.

No necesita verbalizarlas, ni tampoco le da tiempo a contestar la pregunta sobre ellas que me baila en la lengua, porque la señora de la limpieza irrumpe en la sala con su carrito, un altavoz con música navideña a todo trapo y el ceño fruncido.

—¿Otra vez? Son casi las nueve de la noche, doctora… —Al ver a Roi, se interrumpe—. ¡Uy! ¿Hoy tiene compañía?

—Sí, Luisa, y esta vez es culpa mía —responde él—. Discúlpanos. Recogemos y nos marchamos enseguida.

Aún sentada, le veo guardar el portátil y abarcar con un movimiento eficaz de su brazo todos los artículos impresos sobre la mesa para meterlos a toda prisa en su mochila.

—Todavía no hemos…

—Sí hemos —me corta—. Me has ayudado a enfocarlo todo mejor. Tener alternativas. Proponer una solución a mis cagadas. —Se coloca la mochila a la espalda—. Ya sigo yo mañana. Venga, te llevo a casa.

Tampoco me deja alternativa. Hoy he venido en tren, el siguiente pasa en media hora. Suelo llevar lectura para entretenerme en el camino, pero dudo que hoy funcionase. Estoy más cansada de lo normal.

Y Roi antes tenía razón: es todo por su culpa.

«Me gustan las personas que me ponen las cosas difíciles».

Mientras caminamos por el aparcamiento desierto del CNBE, esa frase resuena en mi cabeza junto a una demasiado gemela.

«Apareces donde pensaba ir como una fuerza imparable dispuesta a ponerme las cosas difíciles».

Ay.

—Aquí estás, preciosa.

Tengo que volver a la realidad y fijarme en cómo Roi acaricia el manillar de su moto para que mi mente no malinterprete también esas palabras.

—¿Ese es el nombre que le has puesto? ¿A una Kawasaki Eliminator 125?

—No, la llamo Sardinilla. —Ante mi cara inexpresiva, se ofende—. ¡La yegua de Geralt de Rivia! Uf, es igual. Ven, tengo un casco para ti.

Es negro y brillante, al contrario que el suyo, con un diseño rojo y blanco muy navideño (y hortera) que imita un gorro de Papá Noel. Dejo que me coloque el mío y, al abrochar la tira bajo el mentón, que su caricia me deje un reguero de cosquillas en la piel.

—Oye, lo de antes…

Calor. Pulso. Tensión.

—¿Sí? —murmuro.

—Has acertado con el modelo de Sardinilla. ¿Sabes de motos? —Por suerte, en su pregunta no hay condescendencia masculina, sino sana curiosidad, y acabo asintiendo.

—Aunque no suelo montar nada que no conozca bien.

Hasta que no observo su sonrisa torcida, no caigo en el doble significado.

—Me parece una regla muy buena —comenta con tono seductor—. A lo mejor puedo ayudar. Mañana, en lugar de llevarte a casa, me llevas tú, ¿qué dices? —Hace una pausa—. Me encantaría verte montar. Es decir, estar detrás de ti. De hecho, lo estoy deseando.

Le doy un manotazo en el brazo mientras Roi esconde su carcajada bajando la visera del casco. Luego toma asiento y me hace un gesto para que haga lo propio tras él.

Llevo una falda estrecha hasta las rodillas y no se me escapa que mi piloto fuerza una mirada hacia el otro lado para dejar que me coloque sin sentirme observada.

Me pregunta dónde vivo antes de arrancar la moto y quitarle el caballete. Mi intención era agarrarme al asidero a mi espalda, pero el maletero trasero no me permite sentarme del todo bien y acabo rodeándole la cintura a Roi.

Por suerte, todavía no hemos salido del aparcamiento, porque en la carretera un volantazo como el que acaba de pegar nos hubiera matado.

—¡ROI! ¡Ten cuidado!

—Sí, sí, perdona —le oigo por encima del ruido del motor—. No esperaba… Es igual.

Supongo que no soy la única que se alegra de que el otro no pueda verle la cara.

Al margen del susto inicial, conduce bien. Suave. Precavido. Pronto llegamos al centro y atravesamos las grandes avenidas colmadas de señales interminables del espíritu festivo que llena la ciudad.

Nunca me ha atraído la Navidad. La considero frívola, comercial, forzada. Sin embargo, hay algo enternecedor en los amigos que se saludan con entusiasmo fuera de los bares, en los padres que salen de las tiendas de juguetes abarrotadas, en las parejas que buscan con desesperación forjar un recuerdo invernal que sea memorable.

Gracias a la visera oscura, las guirnaldas de luces me resultan menos cegadoras, más tenues y soportables. Conforman ridículas siluetas (regalos, árboles, bolas, muérdagos) que jamás han significado nada para mí. Ahora, cada vez que las vea, recordaré cómo enmarcaron este viaje. Cómo fueron el escenario de fondo de este extraño final del día.

Cómo mis brazos, temblorosos, rodean la espalda tensa y firme de quien ha sido mi rival desde hace años. Cómo mis manos están heladas, al menos antes de que, en un semáforo, Roi se quite sus guantes y me los coloque sin añadir nada. Cómo sus hombros, anchos y fuertes, sostienen mi cabeza cuando, tras un impulso, decido rendirme a mis instintos y la apoyo sobre uno de ellos.

Nunca una vuelta a casa me había resultado tan corta. Y eso que mis latidos, como las campanadas de fin de año, han repicado bajo mi esternón, marcando cada segundo y volviéndolo eterno.

Cuando se detiene, Roi deja que pasen unos cuantos antes de apagar el motor.

—Ha llegado a su destino, doctora Peña.

Me bajo de la moto más entera por fuera de lo que en realidad me siento por dentro. Me quito el casco y lo coloco en su baúl; mi piloto no ha hecho amago de moverse. Apenas lo hace para ponerse los guantes que le devuelvo.

—Gracias por traerme.

—Gracias a ti —dice tras subirse la visera—. Por lo de esta tarde.

—Un favor por otro —le recuerdo.

—Puedo hacerte todos los favores que quieras. —Aunque el manotazo que le doy no es muy fuerte, se queja—. ¿Quién es la pervertida ahora? ¡No quería decir nada…!

—Suerte en la reunión del viernes —le deseo, y por una vez lo digo en serio.

Él asiente. Yo me subo a la acera y empiezo a arreglarme el pelo, apelmazado por el casco. Roi me observa mientras lo hago. Inmóvil. Con fijeza. En silencio. Poniéndome de los nervios.

Al final cabecea y, aunque gira la llave de contacto, parece pensarlo mejor y vuelve a mirarme.

—Me ha gustado nuestra cita.

Me subo las gafas y frunzo el ceño, e imagino que eso es lo que le hace reír primero.

—No ha sido una cita.

—Tienes razón. —Solo veo sus cejas alzarse—. Entre nosotros, seguro que sería más épica.

En lugar de negarlo, sonrío.

—Sí, seguro. Y acabaría fatal.

—O, sencillamente, no acabaría. —Se baja la visera con un movimiento—. Buenas noches, Abril.

Aunque se aleja, yo continúo en la acera, igual de estática y ridícula que las luces brillantes sobre mi cabeza.

Pienso en esa cita hipotética. En nuestro próximo encuentro. En esa cuenta atrás hasta la fiesta de Navidad que sigo esperando con expectación, aunque por una razón muy distinta.

PARTE 2: EN LA MISMA DIRECCIÓN

ABRIL

—¿Por qué no le gusta que le llamen Federico?

—¿Cómo? ¿No te lo ha contado?

Marta, una de las técnicos de mi equipo, bebe de su copa con una diadema de cuernos de reno y cara de sorprendida. Lo cual me sorprende, teniendo en cuenta que todo el mundo conoce la enemistad entre Roi y yo.

Sin embargo, el laboratorio al completo parece haber olvidado cualquier animadversión mutua, y eso que son conscientes de que solo una línea de investigación podrá ir a Turquía. Puede que tenga que ver con que, a excepción del jefe, todos estemos en el mismo barucho que apenas tiene iluminación (aunque sí decoración navideña hortera), solo pone música de principios de los dos mil y sirve copas a cinco euros (inquietante milagro en nuestra ciudad). A su favor, hay una mesa de billar y dardos. Además, la bebida barata ha propiciado un acercamiento ridículamente rápido entre unos y otros.

Incluso entre ellos (siempre temiéndome) y yo (siempre apartándome).

También ayuda el hecho de que ambos equipos hayamos tenido una última reunión espectacular.

Los posdoc hemos obviado nuestra guerra y no nos hemos interrumpido, los resultados de mi proyecto han impresionado al jefe y las alternativas de Roi le han entusiasmado.

—Es por su abuelo —me contesta Marta por fin—. Al parecer fue un hijo de la gran fruta. —Marta tiene hijos y no suele maldecir por costumbre—. Abandonó a su abuela cuando todavía estaban en Cuba, a punto de regresar a Galicia.

—Joder —se me escapa—. Entonces, ¿por qué le llamaron así?

Marta se encoge de hombros.

—¿Porque las mujeres somos idiotas? Yo qué sé. Mira, se lo puedes preguntar a él mismo.

—¿Qué me quieres preguntar?

Cuando me giro, le rozo el pecho con el hombro. Aunque el contacto es leve, me aparto de un salto, como si me hubiera quemado.

Al menos, así lo ha sentido mi cuerpo.

—Nada. —Balanceo mi copa llena de Coca-Cola—. Bueno, en realidad sí. Me preguntaba cómo habías encontrado este bar. ¿Es donde arrastras a tus citas de Tinder? Imagino que la escasa iluminación ayuda a que no huyan despavoridas.

Marta se ríe, pero él también lo hace en voz baja.

—No uso Tinder —dice después—. Hace tiempo que encontré lo que estaba buscando.

Una frase así no debería provocarme un vuelco en el estómago tan espectacular. Tampoco la sonrisa de lado que me dedica justo después.

¡¿Qué leches significa eso?! ¿Está hablando de otra persona, de mí o, como siempre, me está vacilando?

Antes de que pueda seguir dándole vueltas, me pregunta, ligero:

—¿Te lo estás pasando bien? —Todavía aturdida, asiento con la misma simpleza que ha usado él—. ¿Ves como nuestras salidas no eran tan terribles?

—Tenías razón. —Me enseña los dientes en una sonrisa deslumbrante—. Solo esta vez. No te acostumbres.

—¿A ti? Jamás.

Me giro para evitar su mirada (ya que mi sonrojo es imposible de disimular) y para mirar a Marta en busca de un cambio de tema. Sin embargo, la tía se ha volatilizado.

Traidora.

—Oye, en realidad venía para preguntarte si te importaría echarme una mano —me explica Roi—. El dueño del bar es algo mayor y me ha pedido que le ayude a traer unas cajas de cerveza del almacén.

—Ah. Sí, claro. —Hago una pausa—. Pero no soy tan fuerte, ¿por qué no se lo pides a…?

—Somos los dos únicos que no estamos bebiendo —me aclara—. No me fío de la psicomotricidad de nadie, y menos cuando el resto está a un chupito de cantar a capela «El Burrito Sabanero».

Me río y echo un vistazo alrededor. Dios, tiene razón. Hasta Patricia, con lo tímida que es, está bailando reguetón con un disfraz de ayudante de Santa Claus.

Al final, acabo siguiéndole hasta un pasillo que conduce a la parte trasera del bar. Tras dejar atrás los servicios, Roi abre la puerta con el cartel de «solo personal»; es una sala pequeña, repleta de barriles, cajas desordenadas e iluminada por una solitaria bombilla.

Solo allí caigo en la cuenta.

—Espera…, ¿has dicho que tú no estás bebiendo?

Roi niega con la cabeza mientras se agacha. Alarga un brazo y arrastra hasta sus pies una caja.

—¿Por qué?

No se levanta, aunque sí alza la mirada para clavarla en la mía.

—Pensé que… podrías sentirte incómoda —contesta con suavidad—. Quería poder llevarte a casa en moto si era así. Que tuvieras esa carta para escapar si lo necesitabas. —Se pasa una mano por el pelo—. Aún la tienes. Prometí ayudarte. Y quiero que te sientas bien. Así que, si en algún momento no te apetece estar con toda esa gente, puedo…

Se calla en cuanto, en dos zancadas, me planto delante de él.

«Encontré lo que estaba buscando».

No he dejado de darle vueltas a esa frase. Ni a él. Ni a esta idea de nosotros que, durante tres años, no ha parado de crisparme. Antes, por ridícula. Ahora, porque lo absurdo es que no la hayamos hecho realidad antes.

—Levántate.

Frunce el ceño.

—¿Qué?

—Que te levantes.

Me obedece. Despacio, casi con temor.

Es una noche extraña. Ninguno de nuestros compañeros me tiene miedo. Roi parece que lo tiene por primera vez.

Y yo me he olvidado por completo de seguir fingiendo.

Es una alteración absoluta de la realidad.

El gesto de Roi, su instinto de protección, me empuja a dar el paso. Pero lo que siento ahora no es fruto de un impulso. No puede considerarse así a algo que lleva años fraguándose en mi interior. Contenido, encerrado, latente, pero no por ello estático.

Roi sí lo está. Tenso, a la espera. Yo me subo con cuidado a la caja de plástico que ha arrastrado, para quedar a su altura. Solo así puedo agarrarle de su jersey navideño lleno de estúpidos renos y acercarle a mí de un tirón.

—No puedes decir esas cosas y pretender que no reaccione —susurro contra sus labios.

—Yo… —Traga saliva y clava la vista en mi boca—. Solo quería que te sintieras segura.

—Mala idea. Tú eres el motivo de que esté alterada. Eres el culpable de que no me concentre. —Abre esos malditos ojos hipnóticos de par en par—. La tercera ley de Newton habla de dos fuerzas opuestas. Pues bien: si yo soy la tuya, tú eres la mía.

Va a decir algo más, pero no se lo permito. Porque doy el último tirón necesario para acortar la distancia que todavía nos separa.

No es un beso suave. Yo no quiero eso, y sé que él tampoco. Roi se permite un segundo de desconcierto antes de aferrarme por la cintura y pegar por completo mi cuerpo al suyo.

Hemos orbitado demasiado tiempo retrasando un choque inevitable. Ahora somos fuerza y lengua y dientes, un estallido de energía liberada.

Acción, reacción. Si yo asciendo por su pecho hasta cerrar los dedos contra su pelo, él gime. Si Roi me lame los labios, yo se los muerdo. Cuando levanta una de mis piernas para apoyarla en su cadera, la falda se me enreda en los muslos.

Sus dedos se deslizan hacia abajo. Noto cómo se aferran a la tela, la levantan, se cuelan bajo ella hasta acariciarme la piel desnuda del muslo. El recorrido acelerado de sus yemas se detiene en seco.

—Joder, ¿no llevas nada?

—Sí. —Jadeo en la pausa—. Las botas.

Me echo a reír. La carcajada dura lo que Roi tarda en acallarla con su boca.

Una oleada de calor me trepa por la piel. El pulso me late acelerado. Bajo las costillas. Entre las piernas. Sabía que este beso sería así: puro nervio, electricidad sin control, un incendio.

Basándome en la experiencia, era previsible. Nuestras interacciones siempre han provocado eso en mí. Igual que una sustancia química estimulante, Roi me acelera el corazón, me hace sudar y elimina cualquier pensamiento racional para dejar latir solo uno, visceral y feroz. En esta oscuridad, solo estamos él, yo y este beso.

Aunque no por mucho tiempo. De pronto, oímos batir una puerta en el pasillo junto al almacén.

Con el ruido, me aparto de golpe. Roi se inclina, siguiéndome en el movimiento, pero lo detengo tirándole del pelo. Eso solo consigue oscurecer el poco verde que resistía en sus ojos.

—Deberíamos… parar.

—No. ¿Qué? ¿Por qué?

—¿Siempre tienes que llevarme la contraria? —Frunzo el ceño y le cojo de las manos, ahora envolviendo con cabezonería mi cintura—. Todos están ahí, a unos metros. Al otro lado de la puerta…

—¿Quieres irte? —Se inclina, aunque esta vez para hundir el rostro en mi cuello. Le oigo coger aire por la nariz—. No he bebido. Tengo a Sardinilla. Y también…

—Todavía no, la noche está yendo bien —murmuro. Es difícil concentrarse cuando noto sus labios paseándose entreabiertos por mi piel—. ¿Me has oído? Prometiste ayudarme a que los del laboratorio se abriesen conmigo.

—Yo también soy «del laboratorio». Y puedo abrirme a ti cuando quieras. O tú a mí. Lo que prefieras.

Se ríe cuando vuelvo a apartarlo gruñendo y me bajo de un salto. Acaba por claudicar con una sonrisa. Después asiente y se agacha para agarrar la caja de cerveza sobre la que me he subido.

—Deberías… —Le señalo la cabeza despeinada—. Tu pelo.

—Nah, siempre está así. —Me lanza una sonrisa espléndida—. Aunque esta vez es por una buena razón.

Se ladea para dejarme un beso en la mejilla con la caja todavía agarrada. No parece que le pese mucho. A juzgar por los músculos que he notado bajo el jersey navideño, entiendo por qué.

Se marcha y yo aprovecho el momento a solas para poner en orden mi ropa, mi peinado y mis pensamientos en forma de espiral.

«¡¿Qué coño acaba de pasar, Abril?!».

Lo inevitable.

Genial. ¿Y cómo voy a volver al bar ahora? Echo de menos las gafas, un muro entre el resto y yo, y las lentillas me resecan los ojos. Sin embargo, al final me digo que no es para tanto. ¿Liarme a fuego con mi mayor rival? Una experiencia de cinco estrellas. ¿Las consecuencias (terribles o no)? Se las dejaré a la Abril del futuro. Además, esta noche me siento ligera e iridiscente.

Como una pompa de jabón.

—¿Has oído? Lo de que al final iremos nosotros a Turquía.

Aunque quizá también sea igual de frágil.

Camino despacio hasta la puerta que Roi ha dejado entreabierta al salir. El pasillo que lleva al almacén también conecta con la puerta de los servicios. Carlos y Serhii, dos técnicos del otro equipo, charlan apoyados en la pared, con una copa cada uno.

—¿Qué? ¿Y eso por qué?

—Está cantado. Roi pilló al jefazo con la amante hace dos sábados. Al parecer le ha ofrecido ir al congreso si le tapa, ya me entiendes. Si dice que se lo está pensando es solo para no cabrear a la Témpano.

La burbuja de jabón se rompe.

Y yo con ella.

—Hostia, ¿y para eso me mato a trabajar? Que ayer hice horas extras para nada…

—Porque hay que disimular, joder. La Témpano podría quejarse. O sospechar.

—No creo que lo haga. ¿La has visto hoy con Roi? La tiene a punto de caramelo.

—Qué puta suerte.

—Ah, ¿es que te gustaría aguantarla? Ya damos suficiente por la ciencia. Por mí, enterita para él.

Apoyo la cabeza en la pared. Cierro los ojos, aunque a estas alturas ya no estén secos. Así, callada e inmóvil, me llegan las notas distantes de la voz de Mariah Carey.

All I want for Christmas…

Qué canción tan absurda. Tan patética y cursi e irreal.

La ciencia, por suerte, es todo lo contrario a eso. «Y a ella me debo», me recuerdo.

Cojo aire, me paso el dorso con rabia por los párpados y pido un deseo.

«Todo lo que quiero por Navidad…».

Es hacérselo pagar.

ROI

No me enamoré de Abril el primer día en que la conocí.

Ese amor no existe. O, al menos, no es el que cuenta para mí. El amor al que me refiero es el que brilla, mágico, recargado y cálido, como el árbol de Navidad colmado de regalos para un niño.

Me pareció atractiva, por supuesto. No estoy ciego. Admito que, en cuanto la vi, quise que me pisara la cara. Fue un par de meses después cuando entendí que estaba perdido.

Mi abuela me lo advirtió. Puede que mi primer nombre sea el mismo que el del cabrón que la dejó sola y embarazada, que tenga los ojos verdes del otro lado de la familia y que mi primer apellido sea Taboada, pero soy un Cambeiro de pura cepa. Igual que ella. Cabezón, idiota y romántico hasta el tuétano.

Cuando le hablé de Abril (por décima semana consecutiva) en nuestra llamada habitual de los miércoles, mi querida avoa se echó a reír.

—Ai, meu Roiño —dijo, con ese deje burlón que he heredado—. Estás namorado desa ruliña.

—¿Yo? Ni que fuera masoquista —mentí (como un estúpido)—. ¿No me has oído? Basta con que esté en la misma sala que ella para que me asesine con la mirada. Ayer…

—«Aínda que o amor se encubra, mal se disimula» —recitó la sinvergüenza.

—No encubro nada. Y ella tampoco su odio hacia mí.

—Chámame cando teñas o coraxe de admitilo.

Y colgó.

Es una macarra. La quiero por eso (y por sus filloas con mel).

Tardé tres semanas en volver a llamarla y que nuestra conversación durase más de cinco segundos, los que me otorgaba como margen para admitir algo que no me admitía ni a mí mismo.

—Vale —solté en cuanto gritó su «diga» de octogenaria con problemas de audición—. Me gusta.

—Noraboa. Qué mais?

—Y ya.

—Adeus…

—¡Bien, vale! Estoy enamorado de ella. Hasta las trancas. ¿Contenta?

—No. Agora fai algo.