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Estas historias nos pasaron a todos; resulta inevitable sentirse identificado con lo positivo y lo negativo de cada personaje. La grandeza de la obra, donde se encentran situaciones cotidianas al estilo de Chéjov, reside en describir la vida de hombres y mujeres sujetos a un destino mediocre. Una lengua artificiosa, sombría e incierta, nos desafía a múltiples interpretaciones y a finales inesperados. El autor, por momentos al estilo de Cortázar, logra describir objetos y sensaciones habituales de un modo extraño y novedoso; desafía y hace dudar al lector. En los cuentos aparece el barrio como lugar arquetípico de una época pasada, con una identidad propia totalmente reconocible y añorada. A partir del monólogo interior, los personajes se presentan cercanos; sus pensamientos revelan lo íntimo y logran hermanarnos. Los miedos, el amor, la familia, la amistad, y la muerte son temas que hacen, de este libro de cuentos, un clásico literario. Porque se resignifican y nunca pasan de moda.
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Seitenzahl: 224
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo.
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Fotografía de tapa: Andrea Piñeyro (Ojos sin filtro)
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Corrección: Laura María Lasala.
Chiachio, Gustavo Adolfo
Cuentos a viva voz / Gustavo Adolfo Chiachio. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
174 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-715-4
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. 3. Relaciones Interpersonales. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Chiachio, Gustavo Adolfo
© 2020. Tinta Libre Ediciones
Cuentos a viva voz
Carmen
Todo comenzó cuando tenía diez años. Una mañana mi madre fue de compras y tardó mucho. Esa mañana se convirtió en algo particular. Me sentí importante, casi una persona grande. Experimenté una sensación extraña, a tal punto que me levanté y preparé mi primer desayuno. Desde pequeño me gustaba quedarme solo en casa. La pasaba bien. El ir a la escuela por la tarde me permitía disfrutar de las mañanas en casa, donde hacía todo mi madre. Tenía un trabajo por la tarde que coincidía con mi regreso de la escuela. Eso la llevaba a que todas las tareas del hogar, incluidas las compras, las hiciera temprano. Un día fue un poco más extensa la tardanza. Ahí se me ocurrió la idea de quedarme solo en casa. Por supuesto nadie sabía de mis intenciones. Ni mis tías ni mi abuela estaban enteradas.
Todos vivíamos en una manzana. Nos conectábamos con solo caminar e ir de casa en casa. Las mujeres de mi familia, incluida la abuela, eran cuatro: la mayor vivía sola en un departamento muy pequeño en el fondo de la casa de la abuela. La abuela convivía con mi tía María. Mi madre era la más chica de todas. Me acostumbré a verlas juntas todo el tiempo. Era una familia un tanto particular, sin varones, sin padres. Nunca conocí al mío, mi abuelo había muerto antes que yo naciera, y de mis tíos ni noticia. Fui como un juguete para ellas. Me sobraba cuidado y faltaba libertad. Eso lo supe mucho tiempo después.
Las quería pero sentía cierta opresión de amor. Cada vez que estaba en la calle jugando, los ojos claros de mi tía mayor, se cruzaban con los míos. Alzaba su mano y me llamaba. Iba, fui siempre muy obediente, me abrazaba, me soltaba y me decía que me cuide. ¿Alguien puede dudar de su acto de amor?, para nada, todas eran muy buenas conmigo. Podía llevar amigos a mi casa y a la de ellas. Nos esperaban en su casa al salir del colegio. Era toda una fiesta. El crecer no impidió que el flujo de amor siguiera.
Mi adolescencia acentuó la pregunta acerca de dónde estaban esos hombres de la familia. Ver las familias de mis amigos y que pregunten por mi padre, hacía que la búsqueda no cesara. Alguna que otra vez le pregunté a mi tía mayor por mi padre, solo atinó a besarme y decirme que le pregunte a mi madre. Era difícil para mí entablar semejante conversación con mi madre. La tía me llevó por el camino correcto, indicó lo que tenía que hacer. Me hubiese gustado que ella me solucione el interrogante. Me sentía atrapado en un laberinto, tenía que pensar quién podría estirar su mano para sacarme. La abuela sabía la verdad, todas la sabían. Silenciosamente se habían puesto de acuerdo para guardar secretos. No se rompería el pacto, nadie delataría a nadie.
Un día, regresando de la escuela, fui directo a la casa de la abuela. En toda la mañana no pude escuchar a mi profesora de Historia. El grado de dispersión fue voraz, a tal punto que me preguntó si me pasaba algo. Balbuceando le dije que no me pasaba nada. Me encantaba la materia y ella. Eran cosas que iban de la mano, como una fórmula. Era linda por todos lados, inteligente, sabía mucho de Historia y de otros temas. Despertó en mí el amor por la historia, la política y hacia ella. Los mejores días en los que iba feliz al colegio tenían que ver con sus clases. Los lunes y viernes de Historia me salvaron de la tristeza de los impiadosos domingos.
Entré a la casa de la abuela y estaba sola preparando la comida. Su cara se transformaba cuando me veía. La sonrisa se le escapaba de la cara. Tenía una sonrisa de abuela buena. Me daba un beso por mejilla, y me abrazaba fuerte. Se secaba los ojos y seguía cocinando. Una casa destinada a tener el aroma a comida de olla al mediodía, a café con leche y tostadas a la tarde, a estofado y sopas por las noches. El territorio de la cocina era suyo. Muy ordenada, limpia y prolija. Ollas y sartenes por un lado, platos por otro, muy cerca los vasos, y una cantidad de especias que invadían con sus olores toda la cocina. Su orden la llevaba a que todos los platos del mismo color se encontraban juntos, los vasos también y las especias en cada frasco de vidrio. Era la paleta de colores de un artista.
El sonido del televisor resultaba el telón de fondo de nuestra conversación. Las preguntas de ella eran de rigor, cómo me había ido en la escuela, si tenía novia, qué pensaba hacer cuando termine la escuela; lo de siempre. Busqué la mejor manera de rodear el asunto. El índice de temas llevaba como título: ¿Dónde están los hombres de esta familia? y su primer capítulo decía: ¿Quién es mi padre? Opté por preguntarle por su marido, mi abuelo. ¿Cómo hacerlo sin que se pusiera mal? Cada tanto lo nombraba y se angustiaba. Pensaba que debe ser doloroso perder a un marido.
Terminamos de almorzar, junté los platos, vasos y fui para la pileta a lavar. Ella se oponía a eso, creía que al ser tantas mujeres ellas tenían que hacer esa tarea. Sabía mi posición al respecto, saber y conocer cada día más; desde esas ideas aprendí a cocinar, lavar mis prendas y plancharlas. Me sentía libre y no dependía de nadie para esos menesteres. Desde siempre supe que la libertad estaba atada a la independencia.
Entonces lavé todo, ella preparó el café y lo sirvió con unas masitas que había cocinado. La abuela sospechaba algo, por eso era vieja. Me veía un tanto enigmático. Cuando preguntó qué me pasaba, me dio la posibilidad para preguntar. Le dije que estaba un tanto intrigado y que quería saber cosas de la familia. Antes que siguiera, dijo: —¿cómo qué?—, ya su sonrisa había desaparecido. Un gesto duro, pero aún cariñoso, la llevaba a estar mucho más concentrada para escucharme. Las preguntas que hacía a los diez años habían desaparecido. Este joven tenía otras, de mejor calidad y ella lo sabía. Le pregunté por el abuelo y ¿cómo se habían conocido?, ¿cómo pensaron en tener hijos?, ¿cómo habían llegado al barrio? El escenario estaba listo. Nunca la vi dar tantos detalles a cada consulta, a tal punto que se olvidó de mirar la novela de la tarde. Otra ronda de café, con más masitas. Sus masitas de miel eran una belleza. Seguía hablando, ya con la sonrisa instalada, relajada. Durante los últimos diez minutos mi mente se silenció; la veía mover su boca pero no escuchaba lo que decía. En un momento la detuve con una pregunta directa: —¿quién es mi padre?—. El silencio fue atronador. Me miró acorralada. Se levantó de la mesa, juntó las tazas y se fue al baño. Al volver me dijo que ese tema lo tenía que hablar con mi madre.
—Vos sabés la verdad —le dije—. Decímela.
—No, yo no sé nada —me respondió, sin romper el pacto y recordando que nadie delataría a nadie.
—Es imposible que no sepas —volví a decir.
—Dejemos las cosas así —me dijo.
Me despidió como siempre, un beso por mejilla. Caminé con las mismas preguntas y sin respuestas. La llave de los secretos ¿la tenía ella?, si no fuera ella ¿quién?
La vida en casa se desarrollaba como de costumbre. Tenía que buscar la manera de encontrar la verdad. Al llegar del trabajo mi madre no se sentía bien. Se la veía desmejorada. A tal punto que me pidió disculpas ya que quería tirarse un rato en la cama. Le dije que se quedara tranquila, que todo iba a pasar. Me daba miedo que a ella le pasara algo. Nunca había sentido esa sensación. Pensaba ¿cómo serían mis días sin ella? Exageraba en mis solitarios comentarios. No podía conversar con nadie este reciente tema, este miedo reciente de perderla. Me concentré en preparar un té, y me esforcé en pensar cuestiones positivas. Lo sorprendente fue la novedad de ese pensamiento tan negativo.
Mientras esperaba que se caliente el agua, intentaba saber por qué me estaba pasando eso. Fui a su dormitorio y la vi dormir. Se había tapado hasta la cabeza, inclusive, pero se la escuchaba respirar con normalidad. Eso me alivió. Dejé pasar unos minutos y la desperté con la taza de té verde que a ella tanto le gustaba. Como pudo se incorporó. Le pregunté cómo se sentía. Me dijo que estaba bien. Tenía sus mejillas rojas. Apoyé mi mano sobre su frente y descubrí que tenía mucha fiebre. Le propuse llamar al médico del barrio. Me dijo que no, que esperemos a mañana. Me pidió que la deje dormir una hora más, y que luego se levantaría para darse una ducha. Se acomodó, la arropé un poco más con una frazada pequeña que estaba dando vueltas por ahí.
Un tema desplazaba a otro en mi mente. De atemorizarme con su enfermedad, a repensar la charla con la abuela; de investigar el por qué no había hombres en la familia a pensar en la profesora de Historia; de posponer el llamado al médico a mirarme la barba que no crece; de estudiar para no llevarme Lengua a cómo será coger; de lo hábil y escondedora que resultó la abuela a por qué mi tía está soltera. Ese devenir me llevó una hora. La desperté, se la veía mejor, ella misma lo dijo. La acompañé al baño, estaba un poco débil por la fiebre. Luego de la ducha, ya sin fiebre, nos pusimos a cenar. Preparé sopa con arroz, algo liviano, para ella, también un jugo de naranjas exprimido. Para mí en cambio preparé una milanesa que saqué del freezer y me hice un huevo frito; yo no tenía fiebre, podía comer algo rico. La tele seguía su rumbo. Para nosotros siempre fue un punto de encuentro. Nos gustaba mucho reírnos de la gente que hacían los programas. Muchas veces no sabíamos qué estábamos mirando. La idea era ridiculizar la situación. Personas con aparentes problemas, en conflictos de pareja, concursos de baile, sanadores, novelas dobladas al castellano; nada serio veíamos, nada de noticias tristes, ningún noticiero. Diversión casera, económica.
Después de un rato me preguntó qué había hecho a la tarde. Una pregunta de rutina, para respuestas de rutina. Esta vez fue un tanto distinto. Le conté parte de la conversación con la abuela. No entré en detalles. Pero sí le comenté mis dudas sobre la ausencia de hombres en la familia y la de mi padre; le pregunté en ese momento ¿quién era mi padre? Levantó su cabeza, me miró igual que mi abuela y se levantó. Desde la cocina me siguió mirando, y me dijo
—Sabía que en algún momento esta pregunta llegaría —y agregó— te pido me des un tiempo para saber cómo debo decirte la verdad.
Ya venía entrenado de la conversación con la abuela. Sabía que no me iba a dar una respuesta ligera. También sabía que entre las mujeres de la familia se contaban todas sus cosas, y dentro de sus cosas estaba yo. Alianzas fraternales entre mujeres. Seguro iba a hablar con la abuela para que le dé detalles de nuestra conversación y planificaría qué, cómo, en qué momento y dónde decirme la verdad. O al menos darme una respuesta. Le dije que podía esperar, que no se preocupe, que la entendía.
Recuerdo que mi madre todos los meses viajaba a un destino incierto. Lo que sabía es que eso la demoraba dos días. Salía los viernes, regresando el sábado muy tarde. Tomaba un micro de dos pisos, muy cerca de casa, subía y partía. Siempre salía en el horario de la tarde. Un bolso con poca ropa, su cartera en mano y lo puesto, eso era suficiente. Cuando era chico con alguna de mis tías o mi abuela la despedíamos. Todo un juego para mí esa situación. Nos saludábamos, me besaba y me prometía que algo me traería si me portaba bien. Esto último era innecesario, me portaba bien. Los viajes se repetían mes a mes, año a año.
A los catorce años, en uno de los viajes de mamá, le pedía mi abuela que quería quedarme solo en casa. Anteriormente alguna de las mujeres de mi familia se quedaba en casa conmigo a cuidarme; o iba a dormir a la casa de alguna de ella. Mi pedido generó cierto revuelo, todas se miraron y me pidieron unos minutos para resolverlo. Se apartaron unos metros para deliberar, mientras tomaban un té. Me senté a esperar en el sillón mirando tele. Podía entender un no como respuesta, pero no quería saberlo. Escuchaba muy parcialmente la conversación que iba desde, es muy chico todavía, en algún momento lo tiene que hacer; es un chico muy responsable le tenemos que dar ese permiso pasando también por ¿y si le pasa algo?
Minutos después me llamaron y me dieron “el veredicto”.
—Te podés quedar en tu casa solo pero primero cenas con nosotras, te acompañamos a tu casa y ahí dormís —el informe no terminaba, agregaron—. Mañana luego de desayunar te esperamos para almorzar.
No era un mal acuerdo. Por supuesto acepté las condiciones, mientras seguía mirando la tele y ellas preparaban algo para comer. Cenamos, me acompañaron y me dejaron en casa. Todas me dieron un beso. La abuela me abrazó fuerte, y dijo que confiaba en mí. Me besó nuevamente, hasta me dio un crucifijo, para que me proteja. Era muy creyente.
La soledad de mi casa no fue fácil en los primeros minutos. Todos los pequeños ruidos se agigantaron. Parecía que los perros del barrio habían hecho una apuesta para ladrar y aullar. Tuve la precaución de revisar todas las entradas, incluidas las ventanas. La casa era chica y fácil de controlar. Me preparé un café instantáneo. Una cucharada de café otra de azúcar, en un pocillo, unas gotas de agua; batir con una cuchara hasta quedar cremoso. Herví agua, la agregué en el pocillo y ahí surgió mi café. Siempre fui muy curioso y aprendí por imitación mucho de ellas; veía los detalles de su accionar. Mirar me hizo bien. No me podía detener; todo me empujaba a saber quién había sido mi padre.
Luego del café, y unas masitas que me había dado la abuela para el desayuno, comencé la búsqueda. Con suma discreción busqué en la intimidad de mi madre. El ropero con su ropa, un baúl, una cómoda, y no mucho más, cuidaban sus prendas, zapatos, carteras y algunos papeles importantes. Debía ser muy cuidadoso. Las mujeres de la familia tenían la particularidad de ser muy ordenadas, y ese orden las llevaba a un ejercicio de la memoria increíble. Si alguien movía algún objeto en la casa de la abuela ella se daba cuenta. Con las tías y mi madre pasaba lo mismo. El florero, las macetas, los repasadores, todo, absolutamente todo lo tenía en su radar. Como si midieran la distancia entre objetos, o si con un marcador delinearan el contorno de la base en la cual fueron apoyados. Las marcas y coordenadas invisibles que solo ellas podían descifrar, delineaban su mundo, sus fronteras. Los argumentos para semejante religiosidad eran variados e inverosímiles. Las tazas alineadas, los vasos también. Todo en orden, en su lugar; un orden al que nadie se atrevía a desafiar. Ese orden era mental; allí guardaban recuerdos, elaboraban estrategias, seleccionaban amores y escondían secretos.
Comencé por el ropero. Camisas colgadas, algún que otro abrigo, pantalones. Casi signado por la herencia del orden, y para no cometer errores ni perder el tiempo, tomé un cuaderno sin usar y comencé a anotar cada movimiento. Metí la mano en los bolsillos de cada prenda; unos diez zapatos completaron la búsqueda en ese sector del ropero. Resultado cero. Anoté todo en mi cuaderno. Fui a los cajones de las medias y la ropa interior. Eso fue muy difícil. Sentí que un canalla se había apoderado de mí. Igual perseguía un fin noble. Quitar cada prenda y dejarla en la misma posición me llevó más de una hora. Estaban agrupadas por color, por modelo; las muy eróticas estaban en el fondo del cajón. Me sorprendió la cantidad de ropa interior, si las comparo con las otras prendas del ropero. Con las medias fue un poco más sencillo. Igual resultado. Volví y anoté.
Quedaba un solo espacio del ropero en donde guardaba sábanas y ropa de abrigo para la cama. Con eso el ropero estaría listo. Miré al detalle cada juego de sábanas. Pequeñas y grandes; fundas de almohadas de juegos que ya no existían. Descubrí, aunque no representara nada para mi investigación, el lugar donde guardaba el dinero. Algunos dólares, ahorros de su trabajo, supuse; y algunos preservativos dispersos. Verlos me incomodó, pero a la vez me daba alguna señal que por su vida algún hombre había pasado. Acomodé todo y cerré la búsqueda del día.
Fantaseaba con encontrar fotos viejas. Mi casa estuvo desprovista de fotos a la vista, de marcos con fotos familiares, sin retratos, sin huellas del pasado. Tampoco se usaba sentarse a la mesa y sacar álbumes de fotos, como lo había visto en casa de amigos. Esas costumbres no estaban en la familia. Hasta el momento, la búsqueda no arrojó ningún resultado positivo. Era tarde, muy tarde y debía ir a la cama. Me di una ducha caliente. Hacía bastante frio. Exploré mi cuerpo recordando a la profesora de Historia. Una belleza de mujer con mayúsculas por lo linda, inteligente y sensual. Aún no puedo saber si amo la Historia o, porque ella me gustaba mucho, amo la Historia. Para el caso es igual de motivante. Con ella, y la Historia, descubrí un método para investigar. Cada documento, foto, instrumento, calle, balcón, ropa, vestidos, zapatos; todo encerraba una o varias historias. Salí de la ducha reparadora, me sequé, me vestí, y fui a buscar el cuaderno. En él hice un cuadro para no perder detalles.
Las primeras anotaciones habían sido apresuradas y desprolijas. Cuando seleccioné otro sector, fui más cuidadoso. Como último intento, antes de dormir, fui camino hacia su mesa de noche. Al ser una sola podía hacerlo rápido. Tomé el cuaderno y la lapicera. Repasé el cuadro, columna por columna; objeto, cantidad, día de revisión, resultado, observaciones. Todo iría sin título. Dejar un título, sería entregar una señal y dar pistas. Solo escribiría en la tapa Historia con letras bien grandes, por si me olvidara el cuaderno en algún lugar visible de la casa, y en su afán de ordenar mi madre lo leyera. Abrí el cajón de su mesa, vi pocas cosas. Un reloj con malla de acero, aros, pulseras, la biblia de tamaño pequeño, unos lentes, lapiceras, lápices negros; nada relevante. Unos recibos de sueldos antiguos, papeles en blanco. Nada de nada.
No podía terminar la noche sin novedades, algún detalle que me conduzca a lo que estaba buscando. Cada recibo de sueldo estaba dentro de un sobre blanco con el membrete de la empresa. Me tomé el tiempo para ver cada uno de ellos y dejarlos en la misma posición. En el último, de un total de diez, descubro algo importante, una foto ajada por el tiempo. Por primera vez pude ver de cerca parte de la familia en su juventud. Resultaba un tanto complejo identificarlas. Mi abuela conservaba la misma sonrisa, al lado mi abuelo, y niñas a su alrededor. La sorpresa estuvo en el dorso de la foto. Se la veía adulterada, cortada y vuelta a pegar. Ese trabajo había sido muy al detalle.
Volví al cuaderno y anoté los detalles de este pequeño documento encontrado. Guardé todo, y me preparaba a dormir solo por primera vez. Al despertar por la mañana tuve una sensación de felicidad distinta, me sentí pleno. Mientras me preparaba el desayuno, el sol pegaba en la ventana y calentaba la cocina. Minutos después sonó el teléfono. Mi tía preguntando cómo me había ido. Se la escuchaba exaltada, eufórica al preguntar, como si compartiéramos la misma alegría. Dijo que me esperaban al mediodía y que habían preparado mi plato favorito, ravioles de ricota con estofado de carne. Estaban muy pendientes de lo que hacía y de mis nuevos gustos de joven. Me sentía muy querido.
Después de comer me fui a la casa de un amigo del colegio para hacer un trabajo que nos habían pedido. Toda la tarde la pasamos juntos. Nos divertíamos mucho. Mi madre estaría de regreso cerca de la noche, eso me permitió quedarme un rato más en casa de él. Nadie sabía de mi búsqueda, ni mi amigo. Me costaba guardar el secreto de lo que estaba buscando. Pesaba ese silencio. Creía que si le contaba a alguien, esa persona se lo iba a comentar a otra y no quería correr riesgos.
En las primeras horas de esa noche mi madre llegó. Este viaje se había demorado, una tormenta fuerte en el camino hizo que se tuvieran que refugiar en un parador, casi una hora. Nos preocupamos un poco por la tardanza, mi tía se encargó de preguntar y la información nos tranquilizó. Nos sentamos a esperar y minutos después el micro llegó. Mi madre era muy afectuosa conmigo, me abrazó fuerte, y sus ojos se humedecieron. Me decía que me había extrañado y quería saber cómo la había pasado solo en casa. Por supuesto ellas ya se lo habían comentado llamada mediante. Era un mecanismo habitual que no me sorprendía. Cada una tenía su pequeño radar siempre alerta.
Mientras volvíamos a casa el pelotón se fue estirando; mi abuela y mi madre quedaron relegadas, mis tías y yo avanzamos en punta. Al sobrepasarlas escuché la palabra Carmen que muy por lo bajo pronunciaba mi abuela. Registré y me sumé a la estrategia de mis tías, dejarlas solas para que mi madre la llene de información. Sabía que mi madre era una persona sometida por otras voluntades. No fue alguien con iniciativa propia. Parte de su domesticación estuvo guiada por el carácter y la mirada de mi abuelaque, con el manto de bondad y su sonrisa cordial, sometía. Mi madre mansamente se ofrecía dócil, a la voz y mirada de la abuela. La mirada de los otros marcaba el sendero de su propia voluntad. Varias veces la vi no sabiendo qué elegir. Resolver esas situaciones pasaba a ser todo un dilema. Cuando salían de compras con mis tías, ellas elegían su ropa. No era que no tuviese gustos por los colores o los brillos, o el buen gusto, simplemente era más sencillo que otros lo hagan por ella. En un punto resultaba decepcionante. Me vi insistiéndole para que elija, que tome determinaciones. Se dejaba llevar, en una suerte de comodidad incómoda. Reposaba en los aciertos de esas otras mujeres. Si la invitaban al cine, ella se sumaba; si salían de compras también, y así la agenda la marcaban las otras mujeres de la familia. Solo tomaba la decisión de conversar conmigo todas las noches. Compartíamos ese pequeño universo, que cuando fui creciendo no nos resultaba tan conveniente; mis preguntas la incomodaban y sus respuestas me fastidiaban.
Cuando llegamos a la casa de la abuela, que había cocinado para todos, nos quitamos los abrigos y nos dispusimos a comer. Lo que, cuando niño, era una fiesta encontrarnos a cenar al regreso de mi madre de su viaje misterioso, ahora no lo era. El gesto de mi abuela y mi madre, luego de esa breve conversación, se tornaron en malestar. Si a esa situación le sumaba mis preguntas amenazantes, el ambiente hubiera sido insostenible. Agotado de escuchar los temas del clima, del frio reinante, de la vecina y su amante, del perro bravo de la otra esquina, intentaba derrumbar con mis preguntas punzantes, todo eso. Podía escuchar cualquier tipo de respuesta, inclusive las que no me gustaran. No aceptaría evasivas. El haber descubierto preservativos en su cuarto me conducía a pensar en que esos viajes eran por un amor que no quería mostrar. Me hubiera encantado saber que ella era feliz con un hombre, o con una mujer. Fantaseaba con la idea romántica de ese encuentro. Era buena persona y se merecía lo mejor, me encantaba pensarlo así. Qué mejor ocasión para derrumbar misterios que preguntar en forma directa. Tomé valentía, esperé ese pequeño intervalo de silencio que pocas veces se origina. Es el momento, me dije; todas se llevaban algo a la boca, y lancé
—¿Me gustaría saber a dónde vas todos los meses? —y para que no suene tan inquisidor lo alivié con un— ¿Tenés novio?
Todas se miraron y la abuela, ¿quién si no?, dijo que no era una pregunta de un hijo a una madre. La miré fijo y le dije que tenía derecho a saber alguna verdad; que estaba un poco cansado de los secretos.
La mirada de la abuela me fulminaba, en ese momento mi madre dijo —¿Querés saber la verdad?
La abuela y las tías la miraron fijamente esperando que su respuesta derrumbe todo.
—Si te preocupa —dijo— no tengo novio, todos los meses visito a una amiga del colegio primario. Éramos muy amigas y los padres decidieron irse del pueblo y mudarse lejos de aquí. Eso es todo.
El alivio de ellas fue evidente, la jugada de mi madre fue brillante para escapar de la situación. Ellas se tranquilizaron y a mí me motivó a continuar con la búsqueda. Sentí orgullo por su hábil inteligencia para salir de la situación, y poner incómodas a esas mujeres que la veían como una tonta. Se encargaron de pasar a otro tema, levantar los platos los cubiertos y servir rápidamente el café.
Fuimos para casa sin hablar en el camino. Llegamos y me fui a dormir. No tenía muchas ganas de conversar, quería que llegue el mes próximo para seguir rastreando las huellas de un pasado borroso. Solo había encontrado una foto adulterada; una pista débil pero la única. Entre un mes y el otro pude planificar los lugares y movimientos que debía hacer cuando ella volviera a viajar. Había desistido hacer búsquedas cuando ella estaba en el trabajo. Me daba mucho temor saber que alguien podía entrar sin avisar. Todas tenían las llaves de las tres casas. Era un acuerdo sustentado en la confianza y, supongo, en el control.
Daba vueltas respecto a dónde se podrían guardar fotos, documentos, partidas de nacimiento, en esta casa tan pequeña. Me aterraba pensar que mi abuela tuviese ese tesoro guardado en su fortaleza. Cuando lo hacía me angustiaba. Forzaba todo mi pensamiento para abortar esa posibilidad. Sabía que podía ser así, igual mi objetivo estaba en mi casa. Si no encontraba nada, tendría que utilizar otras estrategias y cambiar el rumbo. La alacena, el bajo mesada, un mueble pequeño en donde se guardaban platos, copas y manteles, y un cuartito afuera de la casa donde dormían bicicletas viejas, cajas con ropa, triciclos, alguna pala que se utiliza en el jardín, y no más.
