Cuentos con alma - Merche Martínez Collantes - E-Book

Cuentos con alma E-Book

Merche Martínez Collantes

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Beschreibung

Merche Martínez Collantes le da voz a personajes inundados por la soledad, que no lo han tenido fácil para encajar en un mundo falto de sensibilidad. Sus protagonistas invitan a los lectores a sentirse menos incomprendidos; a encontrar palabras que renueven las esperanzas perdidas. La fuerza salvadora de las palabras ha dado a la autora consuelo para habitar más plácidamente en este mundo. Como expresa en estas páginas: «La soledad nos une». Así, navegar la soledad de los personajes de Cuentos con alma nos lleva, en cada ocasión, a buen puerto bien para lograr encajar o, tal vez, definitivamente no hacerlo en un mundo con sensibilidades distintas, que siempre parecen pocas, resecas, comparadas con la abundancia de sentimientos y raciocinio que afloran desde lo íntimo.

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Seitenzahl: 161

Veröffentlichungsjahr: 2024

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CUentos con alma

Merche Martínez Collantes

© Merche Martínez Collantes © Cuentos con alma

Mayo 2024

ISBN papel: 978-84-685-8139-2 ISBN ePub: 978-84-685-8141-5

Depósito legal: M-12513-2024

SafeCreative: 2405097926840

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

A Merceditas la valiente, la parte más bonita que tengo. A todas las noches estrelladas que me han hecho continuar y a las profesoras de Literatura que recomiendan la lectura de El guardián entre el centeno

Índice

La vida en el horizonte

Azul

La luz en la oscuridad

Sola

Julio y Julia

La valiente de la casa

Nube, el perrito

Pedre Casolada

La heurística de lo particular

Lo dulce de Clara

Tengo una idea

24 horas dentro de mí misma

La desgana

La mano invisible

Reflexión fugaz de una adolescente en bachillerato

Esto de escribir

La muchacha del vestido naranja

El secreto del rosa palo

En el mismo sitio

La vida en el horizonte

Y parece que ciertas personas disfrutan sintiéndose más fuertes, más morales e íntegras que las de seducción fácil. Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer

—La prisa para que pase el sufrimiento me entretiene y el pensamiento de mis ideas anula mis ganas de abandonar —se repetía en voz alta.

El mar apaciguaba su ira. La brisa fresca y la humedad que molestaban la hacían sentirse viva por su incomodidad. No había nadie a esas horas de la tarde por el paseo marítimo.

Lara mantenía una relación de matrimonio de cinco años. Con un golpe de suerte de la mala, se resquebrajó algo importante, con posibilidad de recomponerse. Es eso lo místico de la posibilidad, que siempre hay espacio para algo nuevo. Brinda oportunidades por sí misma.

Pasa lo mismo con las adicciones y el recuerdo, son del todo inseparables. El gran secreto de no poder dejar los vicios reside en la vinculación de estas dos palabras hermanas. No hay nada más adictivo que el recuerdo. Bien aprendido lo tenía Lara.

Al deseo también lo conocía. Responsable de muchas de sus malas decisiones, había sido un buen maestro. «Nada como conseguir doblegarlo para triunfar en el equilibrio. Las consecuencias del aventurado deseo sexual son un peligro para los proyectos de lealtad. Nadie mejor que los amantes saben de lo que hablo. Al probarlo, la decisión inmediata es detenerlo para no llegar a saborearlo del todo, pero es ese maldito recuerdo del instante lujurioso el que nos hace perder el tiempo de nuevo, sin tan siquiera saborear lo acontecido. Lo buscado ya no se encuentra las segundas veces, ni las terceras, ni las cuartas. Es el recuerdo de la primera lo que engancha. La obcecación de volver a vivir el éxtasis de lo inmortal nos vuelve esclavos de una senda de disfrute que no llega», escribió para sí un día tonto.

Había pasado por diversos duelos en su corta vida. Se negaba rotundamente a vivir uno de nuevo por su marido. «Sufrir por separación no tiene sentido mientras haya vida», pensaba.

«Trascender y trascenderse», le decía su vocecilla. Lara buscó el significado de esta palabra en el diccionario con la intención de entenderla en profundidad.

Lo del affaire de su marido sucedió en el momento idóneo para que la joven entendiese que la voluntad no todo lo puede. Ya se lo decía su amiga. Ahora se trataba de integrar aquella experiencia como un conocimiento necesario. «Las cosas pasan como tienen que pasar».

Se consolaba pensando que en las relaciones hay varias etapas. Cuando una de las partes no está a la altura, se siente la pena. La chica la sentía hasta lo más profundo de su esqueleto. Sentía que sus fibras nerviosas se la comían entera. Toda su existencia, ahora, estaba dedicada a aquel sentimiento repugnante. Para ella, lo que estaba viviendo se convirtió en una de esas ocasiones en las que, aparte de cargar con el mal que afligía a su ser, parecía morir de un dolor muy físico propio del cuerpo. Intentaba buscar una solución rápida a tan lenta angustia. Pensaba que la clave debía estar en algo como conectarse a una visión capaz de traspasar el mundo mirando hacia el horizonte.

La decisión la tuvo clara desde el primer momento. Lo perdonó. No contó a nadie el secreto de aquel pobre hombre, para así poder omitir cualquier juicio de valor desafortunado hacia la persona que más quería. Su marido. Eso era el amor para Lara. No podía dejarle tirado a solas en su desgracia. Ella nunca había sido cruel, y menos con el amor de su vida.

La realidad era que, a pesar de las disparidades maritales, su marido la entendía perfectamente. Sabía cuándo su mujer hablaba con propiedad sobre algún tema. Él lo notaba en su tono de voz y en sus gestos faciales. Daba por hecho que los juicios de valor tan aventurados de su esposa se amparaban en la firmeza de sus conocimientos. Porque, aunque no hubiera sido fácil, Lara sabía que aquel hombre creía en ella.

Con veintiocho años de edad, tenía claro que contextualizar las cosas era muy importante. Ver la vida de color gris, fundamental. Estaba preparada para aguantar eso y mucho más. Lo que importaba de verdad lo aprendió muy pronto. Entendía el sentir de la culpa tras el fracaso y lo que pesa llevarla al verla en los ojos de los demás. Era muy dolorosa en los ojos de su marido.

Recordaba la historia de su vida con integridad. Empatizar con los errores ajenos era lo que mejor se le daba. Aunque parezca peligrosa la cosa, de vez en cuando Lara sentía que había venido a este mundo a ayudar a los demás. Demasiado difícil le fue dejar esa identidad con la que había crecido. Se vestía con ella cada día de su vida. Dejarse las prendas en casa la hacía del todo infeliz.

Las dicotomías la mantenían en velo. «El dolor y el sufrimiento —reflexionaba mirando al mar— son cosas bien distintas, una pertenece al cuerpo y la otra es cosa del alma».

Al pasear por la arena húmeda con los pies descalzos, volvía el pasado a su cabeza. Su padre. Siempre su padre. El hombre de su vida que la destrozó en mil pedazos. Desde que tuvo uso de razón vivió su rechazo, y como es natural, en su adolescencia se rebeló. El sufrimiento de aquella etapa fue insuperable por parte de cualquier otro que viniese a continuación. En su desastrada habitación (valiéndose de su imaginación), ideó una máquina capaz de extirpar con un botón, de forma rápida y sin dejar ápice de suciedad, el estiércol que había fabricado su figura paterna y que la desbordaba cada día, prisionera de su desesperada vida sin amor.

Lara se había abierto camino en el mundo de la odontología. Consiguió un trabajo estable.

«La suciedad se lo carga todo. Pasa igual con los dientes. Primero la autolisis salival no da abasto con su barrido antibacteriano. El esmalte no puede estar siempre a salvo, y menos aún cuando las bacterias ya se han apoderado en demasía de la microbiota oral. Las zonas retentivas de nuestra anatomía dental se perjudican a sí mismas, dando cabida a la retención de placa. Unido todo esto a una mala praxis, la caries se vuelve inminente. Del micromundo bacteriano al esmalte, para llegar a la pulpa. Poco a poco, de manera progresiva e irreversible. Tal como el sufrimiento, la caries se puede parar en algún momento. Frenarla es posible, pero lo que ha consumido dejando el tejido desmineralizado no va recomponerse de forma natural. Tiene que tratarse el diente con la odontología, y el alma con la filosofía», reflexionó mientras notaba la brisa del mar en sus mejillas. Trabajar en una clínica dental le venía bien para hacer este tipo de analogías entre los dientes y la vida.

La joven intentaba hacer lo correcto. Su conciencia la perseguía sobremanera. Acallar aquella voz secundaria era prácticamente imposible. Es por esta razón que la chica decidió que el camino del mal no le sería en absoluto provechoso. Nunca sería capaz de ejercer esa malicia premeditada; de hacerlo, su conciencia la aplastaría y no la dejaría respirar nunca más. Por lo menos, no a gusto.

«El conocimiento, el bien y la virtud —se decía— son el pasaporte hacia una existencia más relajada». No es que reprimiese sus instintos más primitivos. Era algo más elaborado; lo fácil nunca le ha gustado.

Tenía un ejercicio grabado a fuego en su psique: antes de que afloraran sus desorbitadas emociones al exterior, hablaba con ellas y las tranquilizaba. Tal como hacía Zaratustra con su corazón, hacía Lara con sus emociones. Se iba dando cuenta de aquel secreto escondido. Sacar jugo de cualquier situación, fuese la que fuese, aliviaba el dolor y el sufrimiento del corazón. Inventó, en el ocio de sus quehaceres mentales, la forma de salirse de sí misma y contemplar de una forma más clara los pilares que ella consideraba fundamentales. Se había sentido esclava de ellos durante mucho tiempo. Necesitaba juzgarlos desde la distancia. Cuestionarlos era cosa necesaria para volver a reconciliarse con el mundo, esta vez de una manera más fuerte. Más auténtica.

«Auténtica» fue de las últimas palabras que resonaron en su cabeza. Recogía conceptos y juegos de palabras para guardárselos. Le era útil. Era una estructura de pensamiento que había nacido con ella.

Mirando al horizonte, se le ocurrió otra de sus analogías. La línea del horizonte y la obviedad.

—La línea que separa el mar del cielo resulta ser una clave más de la vida —exclamó resuelta, en voz alta, sin miedo a que la juzgasen por hablar sola con sus ideas. Había hecho un descubrimiento y no había forma de hacer que dejara de vislumbrarlo. Su cabeza se encerró en aquella narrativa que le interesaba. Prosiguió con su verborrea mental sin ápice de culpa. Otra vez se encontró filosofando—: La línea que separa el mar del cielo es la clave. No nos damos cuenta, y al mirar vemos los dos azules. Cada uno correspondiente a un espacio. Damos por seguro que la delimitación no guarda ningún misterio. La línea es lo obvio del mundo. Eso que nos pasa de largo, y cuando aguardamos para conocerlo un poco mejor, tenemos la sensación de haberlo descubierto como un no sé qué importante para nuestros adentros. Es entonces cuando, sabedores de tal artimaña, se nos ilumina la mirada y nace en nosotros el deseo de compartir tal experiencia.

Estaba anocheciendo, era hora de dejar la divagación existencial y la playa para volver a casa. El camino a pie sería largo. Había tiempo para divagar un poco más, esta vez más apurada. No hacía muchos meses que había fallecido su madre. Solía pensar en los errores que cometió aquella mujer para no repetirlos. Para su sorpresa, se parecía más a ella de lo que creía.

En sus años de adolescencia, su madre le parecía una pesada. Le decía, en época de exámenes, que dejase de perderse en ensoñaciones tontas. Insistía en que escaparse de la realidad con la imaginación no traía nada bueno.

—En el caso de que trajese nada la ensoñación, podría cerciorarme de lo que es nada.

Su madre se ponía enferma con sus contestaciones. Pensaba que la niña cualquier día se iba a dar un golpe tremendo con la realidad. Temía la locura de su retoña, y el temor se acrecentaba más en ella tras pensar en el irresponsable de su marido. Nunca había sido un buen padre para Lara, e intentaba no darle vueltas al asunto. Se resignaba a pensar en soluciones que no dependiesen de ella. La solución era fácil. Si Lara sacaba buenas notas, podría llegar a ser alguien, tener un oficio, mantenerse de él y de paso encontrar su sitio en el mundo. Aquella pobre mujer, con un marido complicado, había dado a luz sin querer a una soñadora nata. Lara disentía mucho del pensamiento neoliberal de sus padres.

La niña era capaz de estar en dos mundos al mismo tiempo, su organización era algo compleja. Pasaba del estudio a la imaginación en un plis, y de la imaginación al estudio en un plas. Para Lara, la única forma de estudiar era llegar a un acuerdo con su conciencia. Un poco de ella y un mucho de imaginación. Solo podía ser así. Gracias a su obstinación por hacer las cosas a su manera, se quedó a medias en todo. Sin ser de ninguna parte, tal como predijo su madre, Lara nunca se sintió de ningún sitio.

Cada vez que alguna situación la enfadaba, se enfrascaba súbitamente en vínculos emocionalmente tumultuosos. Desde bien jovencita, el sexo se había convertido en un escondite, y el amor en su casa. Aprovechando la ocasión, la bonita joven que iba a convertirse muy pronto en adulta decidió refugiarse en el mundo de la ensoñación más surrealista que pudiera existir. Caminaba distraída por la calle como si no viese lo que tenía delante. Fueron varias las veces que se tropezó con alguna persona. Los días que andaba muy dentro de sí misma se decía: «Menos mal que tengo este mundo, no hay forma de soportar el otro». Otra vez la dicotomía de la realidad. Otra vez la dicotomía del yo.

Pensaba, acerca de sí misma, que era muy contradictoria. Ciertamente, se trataba de una persona con demasiada ensoñación, pero a la vez la habitaba una lógica aplastante. Parecía que viviesen dos en una sola. Tenía la sensación de perderse continuamente. Pensaba que nunca llegaría a sentirse a salvo en ninguno de los dos territorios. Había algo en la vida que desconocía, algo que suponía muy complicado integrar como verdad unificadora artífice de su armonía interna. En sus momentos introspectivos, era inútil llamar su atención. Cualquiera que hubiese intentado buscarla no la hubiera encontrado jamás.

Su madre estaba cansada de las visitas al colegio para hablar con la Dirección sobre sus crisis de identidad. La niña creció con el miedo de no sentirse entendida por su progenitora.

—Demasiado copioso tener que explicárselo todo —murmuraba Lara entre dientes.

El placer y la angustia dominaban su vida. Era esta la razón de su migración constante. Desear habitar en el cuerpo y la psique de otra gente se convirtió en un ejercicio habitual. ¿Cómo iba a entender eso su madre? La adolescente intentaba explicarle sus pareceres constantes, caídos a medio camino entre su espacio físico y el que podía ver, tomando como marionetas a los individuos que la rodeaban. Era su forma de entender el mundo. ¿Tan difícil era escucharla? Su intención era acercarse a la verdad de alguna forma.

Con los desengaños de la efectividad nula de la escucha activa propagada por los medios educativos, sus ideaciones tomaron las riendas de su vida, volviéndola fantástica. Se dio cuenta, de tanto salirse de su piel, de la inutilidad de ponerse en la piel de los demás para fabricar ella misma sus estructuras mentales y, por ende, conseguir su mejor funcionamiento. Lo de la empatía le parecía bien por eso de ser buena gente. Lo de la mecánica reparativa con fines de una ética global, inútil.

Constantemente, nuestra pensadora intentaba aplicarse teorías sobre la felicidad. Nunca pudo creer en ellas del todo. Demasiado aburridas. Lo de la paz interior le iba bien, hacer las cosas por convicción la motivaba; pero el asunto de dejar de pensar, no. No compartir de forma alguna el dolor por el sufrimiento que vivían los demás le parecía cruel. Todos los entretejes de su mente la hacían sentirse más sola de lo habitual, necesitaba compañía de vez en cuando.

Conocer de jovencita al que sería después su marido fue un puntazo para su autoestima. No podía creerse que un hombre la amara siendo ella misma. Si surgía alguna duda en ella sobre la relación, se disipaba de inmediato al comprobar cómo la escuchaba. Sentía admiración por la relación que fueron construyendo. Esta vez, se sentía omnipotente ante la mirada de los demás. Estaba respaldada por su mejor amigo. Aquel buen chico consiguió devolverle las ganas de vivir en sus pensamientos. Por un fracaso del cuerpo, no podía dejar de quererlo.

Después de tanta experiencia vívida, la muchacha decidió tomarse la vida con filosofía. Concluyó que lo que llevaba puesto no se lo podría quitar nunca. Ella llamaba, a ese vestido, «extrañeza». En todos los sentidos de la palabra. Tenía clarísimo que la vida era un duelo infinito, una constante de extrañeza por no entender el para siempre de la muerte. Era un vestido capaz de hacerla sentir como una niña inocente que intenta levantar mucho la voz. Fue entendiendo, en un proceso complicado para ella, que por muy alto que gritase, siempre habría gente sin intención de escucharla. A fin de cuentas, extrañarse es sentir la falta de algo. A Lara le faltaba algo del mundo, sin duda. Tal vez, para ella era suficiente con acostarse por las noches y pensar que al mundo no le faltaba nada de ella.

Sin darse cuenta le había vuelto a pasar. Estaba ya abriendo la cerradura de su casa. Por la hora que era, su marido debía de estar en ella. Tenían sexo asegurado. No era solamente un acto de pasión. Se trataba de un proyecto de ambos. Deseaba tanto ser madre, que obviaba los avatares que intentaban reducirla. La mala energía no podía con ella. Dar amor la consolaba, era su adicción menos controlable.

Lara era una mujer soñadora, fantástica, reflexiva, compasiva, influyente, insegura, segura, cobarde, valiente, honesta, cariñosa, lista, irascible, vehemente e impulsiva. De todos estos adjetivos, el que más gastaba era el de la valentía. Lo necesitaba a la hora de abrir la puerta y mirar a su marido a los ojos. Se moría de ganas por hablarle del mundo. Nadie podía negar que Lara era una entusiasta.

—Cariño, ya estoy en casa. Estaba pensando en algo. Creo que todo es una excusa.

—¿Una excusa para qué? —le preguntó boquiabierto.

—Para matar mejor el tiempo.

Azul

No lo sé. Solo sé algo sobre la inmovilidad de la vida. Así, cuando esta se rompe, sé. Lol V. Stein, El arrebato

La sabiduría tiene un color. Lo he descubierto y ahora quisiera pintarme de ese tinte. No hace mucho que lo averigüé. Me di cuenta en un instante, mirando a los ojos más sabios del mundo.

Interrogarse a una misma —pensé en mi pequeña habitación— es inventarse al otro, porque sin los demás no se puede. Lo notas cuando brota en ti una especie de espíritu que estaba muerto. Con el tiempo, sería un placer para mí poder explicarlo a quien quiera aprenderlo.