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La ficción, el misterio y lo paranormal son la esencia básica Cuentos cortos 4, en los que se agregan situaciones y finales inesperados, por ello el título contempla que "nada es lo que parece", a pesar de que el lector trata o cree adelantarse al resultado final. La lectura de esta obra lleva al lector a un camino alegre o misterioso, justiciero o de ansiedad, pero con sana finalidad.
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Seitenzahl: 79
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Rebasti, Sergio Alejandro
Cuentos cortos IV : nada es lo que parece / Sergio Alejandro Rebasti. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
86 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-962-9
1. Antología Literaria Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023.
© 2023. Tinta Libre Ediciones
CUENTOS CORTOS 4Nada es lo que parece
Sergio Rebasti
Ministro
Era una mañana fría de 1.º de mayo, los negocios estaban cerrados, las calles desiertas. Solo algún que otro vehículo pasaba frente a la comisaría del barrio generaba la impresión de que había vida.
En el frente, a unos metros, un auto, con dos personas en su interior, esperaba.
—Gordo, esto no me gusta, esto no va a salir bien.
—Callate, forro, es mi hermano el que está en cana. El tuyo salió hace dos meses y yo estuve ahí para ayudarlos.
—Sí, gracia, Gordo, pero la banda dijo que e una locura. Ademá estamo lo do bajo palabra, si nos cachan, vamo a cagar.
—Esos hijos de puta me la van a pagar caro. En cuanto saque a Ricki, los paso a valores a todos, putos traidores. Además, a esta no se le anima nadie —dijo, mostrándole una escopeta recortada de dos caños que mantenía en el regazo.
Un vehículo de alta gama con tres personas de traje, uno con sobretodo, entró en el estacionamiento de la comisaría, con el saludo del guardia de la puerta.
—Viste, ahí llegó el ministro, el dato era posta, ¡vamo! —dijo el Gordo.
Con pasos acelerados, justo cuando el guardia terminaba de cerrar la reja, le colocaron el arma en la espalda.
—Tranquilo, hijo e puta, vamo adentro. —Ingresaron por la puerta principal, el guardia adelante, el Gordo detrás y el tercero con una tumbera cubriendo la espalda de su jefe.
Minutos antes, en el interior de la dependencia, el Loco, uno de los trajeados de pelo negro ensortijado, le había hablado al otro, rubio, de pelo corto lacio.
—Gato, voy a preparar las cosas —dijo, saliendo nuevamente al patio.
—OK, señores, atiendan, el caballero es… —comentó el Gato, dirigiéndose a los dos oficiales y a una cadeta que se hallaban en la oficina de guardia.
Por detrás de ellos, ingresaron las tres personas y el Gato, con una rapidez asombrosa, se ocultó detrás de unos armarios que estaban fuera de su lugar por refacciones en el edificio.
Había sido tan rápido que el Gordo apenas vislumbró una sombra y les gritó a los restantes:
—¡Nadie se mueva, mierdas! —Le apuntó con la escopeta al hombre de sobretodo y empujó al guardia de rodillas al piso, con la anuencia de su compañero, que apuntaba con su arma al resto.
Detrás de uno de los armarios, el Gato marcó un número en el celular y lo dejó cerca, con el micrófono en alta voz.
El Gordo le dijo a una oficial sentada en el escritorio:
—Vo andá al calabozo y liberá a mi hermano Ricki. Soy «el Gordo» Chavón y no estoy jodiendo. O me cargo al ministro —agregó, apuntando al vientre del hombre con sobretodo.
En el patio, el Loco escuchó la amenaza en su celular y corrió al sector de los calabozos. Habló con el carcelero.
—Abrí la jaula de Ricki Chavón y ponele las esposas en la espalda.
—Sí, jefe.
—¿Esa cinta de embalar es tuya? Prestámela.
—Suya, jefe.
En el interior, la oficial le respondió al Gordo:
—No podemos, señor, las llaves las tiene el carcelero, en la zona de los calabozos.
—Me importa un carajo. Dejá tu arma en el escritorio, andá y decile que lo libere o aquí armo un desastre.
Desde el patio, se oyó la voz del Loco.
—¡Gordo Chavón! Tu hermano Ricki está en actitud de fuga y lo tengo que ajusticiar.
El Gordo se dio vuelta y se acercó a la ventana, mientras el Gato se deslizaba hasta una división entre muebles. Le hizo un chistido al guardia que se hallaba de rodillas en el piso. Este lo vio y prestó atención a las señas que realizó, para que se tirara al piso cuando tuviera la oportunidad.
Cerca de la ventana, el Gordo vio a su hermano parado en medio del patio, esposado, con una cinta de embalar tapándole la boca. Y cubierto, detrás de él, al Loco, apuntándole su pistola a la cabeza.
—Soltalo, hijo e puta, o mato al ministro.
—Lo lamento, Gordo, veo que no estás informado. Desde ayer, el ministro firmó un decreto cuyo protocolo dice «Tolerancia Cero»: tipo armado, tipo muerto. Vos estás armado y tu hermano se quiere escapar, no me dejás opciones.
—Mierda, estoy hablando en serio. Lo que decís es mentira. Ahora lo mato y vemos quién tiene más huevos.
—Tiene razón el Loco —contestó tranquilamente el hombre con traje y sobretodo, mientras encendía un cigarrillo y le daba una pitada larga y profunda—. Ayer firmé un nuevo protocolo de Tolerancia Cero. Estoy harto de que los jueces dejen en libertad a delincuentes como usted o su hermano, así que antes de que yo caiga muerto al piso, usted, su colega y su hermano estarán tan llenos de plomo que será difícil el reconocimiento.
—¡Voy a contar hasta cinco! —gritó el Loco.
El Gordo dudó unos segundos:
—Pero usted se irá al infierno conmigo.
—Unooo.
—Es mi trabajo, no estoy aquí para pedir favores. Soy un funcionario y si me toca, me toca. También caerán su hermano y su amigo.
—Te dije, Gordo, que era mala idea.
—Callate, pelotudo, están mintiendo. No tienen huevos y un juez les romperá el culo.
—Dooos.
El Gordo transpiraba y se movía entre la ventana y el hall, mientras el Gato, arma en mano, se arrimaba al costado del armario cerca de la ventana, para dar el zarpazo.
—Cuatrooo.
—Hijo e puta, te salteaste el tres.
—Upsss.
—Usted elige, vivir o morir, no hay otra —dijo, echando pasmosamente otra bocanada grande de humo.
El Gordo miró por la ventana: su hermano lagrimeó al escuchar el típico clic de un arma martillada.
Sin darle tiempo a pensar, el Gato salió de atrás del mueble, arrebató la escopeta de la mano del Gordo y puso la pistola en su cabeza.
El guardia se arrojó de costado y sacó su arma reglamentaria. El colega del Gordo levantó su arma y gritó, al momento en que otro oficial se le arrojaba encima para esposarlo:
—¡No tiren, no tiren! Me rindo.
Con una toma de judo, el Gato puso al Gordo en el piso y lo esposó.
—Locooo, zona protegida.
El Loco levantó su pistola al cielo, bajó lentamente el martillo y, con una seña, indicó al carcelero que llevara al detenido de vuelta a su lugar.
En el interior, el hombre de sobretodo se sentó, tocándose con la mano el corazón y suspirando fuertemente.
La cadeta se acercó y, aún temblando, señaló con el dedo un cartel de «Prohibido fumar» y le dijo:
—Señor, aquí no se fuma.
—Ja, ja, ja, me encantó —contestó y apagó el pucho en el piso—. Voy a hacer una obra de humor con esta anécdota. Ustedes me dieron letra. Hasta voy a poner lo del cigarrillo, ja, ja, ja.
—Muy buena tu actuación, hijo de puta —dijo el Gato, saliendo de atrás del mueble donde había dejado el celular—. Te merecés un Oscar.
—¿No es el ministro del Interior? —preguntó el Gordo desde el piso.
—No, soy actor y humorista. Si bien me parezco al ministro (ya me lo han dicho antes), creo que yo soy un poco más alto. Ja, ja, ja, vine invitado por los muchachos para un asado y, de paso, contarles una rutina que tengo de chistes.
—Pero el ministro iba a venir a inspeccionar la comisaría.
—Sí, Gordo, pero eso fue el viernes. Te dieron mal la buchoneada.
Todos rieron al unísono, cuando entró el Loco.
—¿Qué me perdí?
—Todo, ja, ja, ja. Contale vos que yo voy a llamar al juez, no me va a creer lo que pasó. Y ya que estás, haceme la gamba, llevate a estos sucios con su hermano. Repito, el juez no me va a creer.
Extrañas desapariciones
El 10 de diciembre de 1939, durante los horrores de la agresión japonesa contra la República de China en la segunda guerra chino-japonesa (1937-1945), se asignaron 2988 soldados chinos para defender un puente sobre el río Yangtzé.
El comandante del recién llegado batallón era el coronel Li Fu Sien.
Abrió el sobre con las órdenes superiores y, luego de leerlas, ordenó:
—Atiendan, necesitamos defender las colinas de Nanjing. Consisten en un área de poco más de tres kilómetros. La idea es defender un puente sobre el río Yangtzé contra el inminente ataque japonés.
»Nosotros somos el batallón de la retaguardia, que hemos avanzando hacia las fortalezas japonesas en el área.
»Estamos bien equipados con una gran cantidad de artillería pesada y, obviamente, estamos listos para luchar hasta el último hombre, si es necesario.
—¡Sí, mi coronel! —contestaron al unísono sus soldados.
Después de ver que sus tropas estaban bien enclavadas para pasar la noche y los soldados estaban vigilando, el coronel se retiró a su dormitorio, a unos tres kilómetros detrás de las líneas.
