8,49 €
Sumérgete en un mundo de emociones intensas y conflictos internos con esta impactante antología de cuentos. "Cuentos de Amor Violento" explora las complejidades del amor y las relaciones humanas en su forma más cruda y desgarradora. A través de personajes que enfrentan traumas pasados, duelos, discriminación, soledad y oscuros secretos, estos relatos te llevarán a un viaje emocional profundo y conmovedor.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 194
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Rodrigo Barrera
Barrera, Rodrigo Gonzalo
Cuentos de amor violento / Rodrigo Gonzalo Barrera. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023. 180 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-398-6
1. Antología Literaria Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título. CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. © 2025. Tinta Libre Ediciones
Cuentos de amor violento es el punto de convergencia de varios años de mi escritura, donde he volcado muchas ideas que han estado dando vueltas en los momentos más incómodos, casi siempre durante la madrugada. Cuentos de amor violento juega con ese amor que nace con la sensación de ir contra el mundo, con las horas de soledad e introspección.
Originalmente, el título de esta antología era Lo que pudo haber sido, ya que iba a tratar de todas aquellas relaciones que tuvieron potencial de ser, pero que terminaron, por una razón u otra, de manera violenta.
Finalmente, con Cuentos de amor violento pude representar mejor la vida: las relaciones inconclusas, las personas que aparecen para luego desaparecer, el amor a pesar de todas las adversidades. Esta antología de cuentos explora los rincones más vergonzosos de la mente y el desarrollo natural de las relaciones humanas. A través de los personajes, se pueden experimentar diversas situaciones íntimas y sociales, como la violencia detrás de la puerta o la vergüenza de amar sin ser correspondido.
Cuentos de amor violento, o Lo que pudo haber sido, es, entonces, parte de mi propia vida. Los relatos son piezas de una misma monstruosidad. Algunos rozan lo fantástico y otros denuncian la crudeza de lo verosímil.
Te invito a leerlos, quizás así también te sientas un poco más comprendido/a.
Ruy HanmseIntroducción 7
Jugo de naranja 13
Santiago 23
El ángel de la muerte pequeña 31
Mis aliadas, las mariposas 41
Corazón herido 55
La golden hour 65
Este infierno 81
Bariloche 99
Lo terrible de estar solo 105
Sobre mi cadáver 111
Magenta 123
El hilo 131
La hora muerta 139
La noche expectante 149
Agradecimientos 167
Biografía del autor 171
Se habían sentado en una mesita en el patio interno de un café. El sol de septiembre calentaba las sombrillas y hacía brillar los plásticos tornasolados que pendían de unos hilos sobre sus cabezas, a modo de decoración. Ella, siempre puntual, tuvo que esperarlo casi quince minutos hasta que llegó y, mientras tanto, había jugueteado con una servilleta que ahora descansaba bajo su celular, doblada en forma de corazón.
Cuando notó que el mozo se acercaba, bajó la voz. Estaban discutiendo, eso era obvio. Se podía ver en las bocas tensas y las palabras cortantes que se escapaban entre los labios. Se le había subido el calor a la cabeza y de repente miró para arriba, y se enojó con esa sombrilla que no parecía querer cubrirle todo el cuerpo con su sombra. Agarró la silla donde estaba sentada de los costados y dio un par de saltitos hacia la derecha sin levantarse.
—¿Ya se decidieron? —dijo el mozo con una sonrisa, haciendo como si no hubiera escuchado nada.
—Sí —contestó ella—. Un licuado de frutilla con leche. —El mozo asintió y miró al chico, que recorría rápidamente la carta con la mirada.
—A mí traeme un jugo de naranja.
Algo en la parte más profunda de sus pensamientos se despertó lentamente, como quien despierta de una larga siesta. No se dio cuenta cuando el mozo los abandonó ni cuando Federico, del otro lado de la mesita de vidrio, intentaba explicarle cómo habían sido las cosas en realidad.
Se acordó de cuando era niña, cuando jugaba en el patio delantero de la casa con una muñeca sin pelo. En aquellos tiempos, el barrio todavía no era peligroso. Las calles doradas se llenaban de gritos infantiles y de las marcas que dejaban las bicicletas en el cemento al frenar de golpe. Entonces, el Fiat blanco de su papá se subió al puente y estacionó. Ella se levantó, dejando la muñeca tirada, y esperó a que se acercara.
“Hola, mi tesoro”, le había dicho, mientras ella se le colgaba del cuello. “¿Qué estabas haciendo?”, preguntó después y ella señaló la muñeca. “¿Querés un jugo de naranja? ¿Sí? Bueno, vamos”.
Y entraron.
—Flor, ¿estás bien? —preguntó Federico, observándola mientras su rostro se ensombrecía.
—Sí, perdón. ¿Qué dijiste? —respondió ella.
Él la miró fijamente, intentando descifrar esa mirada encriptada y esa mente que de vez en cuando viajaba a tiempos archivados.
—Te decía que no me gusta que estemos así. Si querés preguntarme algo, preguntame, yo te voy a responder. Pero no da que estemos así a las indirectas y eso.
—¿Y qué te tendría que preguntar?
—Lo que quieras.
Ella esperó un momento mientras el silencio se extendía por todo el patio. A lo lejos se oían el tintineo de las tazas y los murmullos de otras conversaciones por encima del resto.
—Mariana me dijo que saliste anoche. Te vio en Neptuno. Hasta me mandó una foto, mirá —empezó ella, sacando su celular y desbloqueándolo.
—Ya sé, no hace falta que me mostrés nada, dejá —la interrumpió.
—Me dijiste que te ibas a quedar en tu casa, Federico. Me dijiste que tenías entrenamiento mañana — replicó ella.
—Y eso es verdad, no mentí, fui…
—Sí mentiste —lo interrumpió.
—No sobre el entrenamiento, es que…
—¿Por qué me mentiste entonces?
—¡Ay, Florencia! ¿Me vas a dejar hablar o no? —exclamó, elevando un poco la voz. Una señora los miró y él se puso colorado—. ¿Me dejas que te explique, por favor? ¿O a vos te gusta que nos pongamos a gritar?
“¿Te gusta?”, le había preguntado el padre. Ella agarraba el enorme vaso de jugo con las dos manos. Lo inclinaba un poco sobre la mesa antes de llevárselo a los labios, dejando un gracioso bigote anaranjado bajo la nariz. La niña rio juguetonamente y dijo que sí, eclipsada por los dibujitos que salían de la pequeña pantalla de la tele. “Si querés más jugo, pedime. Papá te va a hacer más”. Después, con discreción, le puso la mano sobre el muslito desnudo de la pierna, sintiéndolo cálido por haber estado al sol toda la siesta.
Entonces, su mamá entró por la puerta del patio, secándose las manos con un repasador flaco y despeluzado. Se quedó mirándolos y él, al percatarse de la situación, se levantó de la silla y se fue a la habitación.
—Me fui para lo de Martín a tomar algo. Él quería salir a festejar que había rendido bien no sé qué materia y bueno, las cosas se fueron dando —comenzó Federico.
—¿No podías decirle que no?
—¡Ay, Florencia! No, no podía. Martín es mi amigo. Estaba contento y quería festejar. ¿Tan malo es eso? —Ella no contestó, simplemente lo miró con los ojos encendidos—. Le dije que no, pero los chicos se pusieron re densos con que salgamos y me decían que no sea forro, que Martín quería ir a bailar con nosotros. Entonces le dije que no tenía nada de plata y me dijeron que no había drama, que se dividían la plata de la entrada, pero que salga con ellos. —Hizo una pausa momentánea—. Pero no hice nada en Neptuno, Flor, posta te digo. Podés preguntarle a Mari, ella te lo va a confirmar. Me tomé la consumición y bailamos un poco y como a las tres me volví al depto porque hoy tenía que ir a entrenar.
—¿Y no podías siquiera mandarme un mensajito? —reprochó la otra.
—No te quería joder, ya ibas a estar durmiendo a esa hora.
—Bueno, no estuve durmiendo, me quedé toda la noche despierta.
Le costaba mucho dormirse. La habitación estaba toda oscura y un vientito fresco se filtraba entre la cortina cerrada de la ventana. Le daba miedo dormir sola y más aún desde que su mamá le había dicho que ya era grande y tenía que dormir con las luces apagadas.
Entonces apareció el monstruo en el umbral de la puerta, largo y aberrante, como todas las otras noches en que también había venido. Ella, asustada, juntó las piernas y se pasó la sábana por arriba de la cabeza, pero sabía que seguía ahí. Nunca se iba. Pudo escuchar los pasos casi mudos al deslizarse descalzo por el piso de la habitación mientras rodeaba la cama. Después se sentó a los pies, hundiendo el colchón. Empezó a llorar, suprimiendo todos los sollozos por miedo a que sus padres se despertaran, porque ella ya era grande y no tenía que tenerle miedo a la oscuridad.
Sintió cómo la sábana se le escapaba de las manos y se deslizaba suavemente por encima del pijama. Entonces la brisa nocturna le golpeó el rostro y al abrir los ojos, distinguió a esa sombra horrible entre la negrura, mirándola.
“No te preocupes, tesoro”, le dijo el monstruo, “no te voy a hacer nada”. Pero ella no contestó, porque una compañerita del jardín le había contado la historia de una sirena a la que una bruja le robó la voz y ella no quería que le pasara lo mismo. Porque todos los monstruos son iguales. Todos son silenciosos, vienen de noche y te roban la voz.
Una mano helada atrapó su piecito y ella lo retiró rápidamente. Empezó a sentir algo caliente entre las piernas y, avergonzada, quiso taparse, humedeciendo el pantalón que usaba como pijama en noches calurosas.
—Flor, ¿estás bien? Estás rara —preguntó su novio.
—Sí, perdón. Me estaba acordando de una cosa.
—¿Pero estás bien? —insistió Federico.
—Sí, no era nada, olvidate.
—¿Querés que nos vayamos? —propuso, con una expresión de preocupación.
—No, Fede, ya fue. Es una boludez. Me desconecté un momento nada más.
Notó entonces que el mozo ya había traído el pedido y que Federico ya se había tomado casi la mitad del jugo. Su licuado estaba intacto, todavía incluso con el detalle de papel de la bombilla. Flor tomó dos sobres de azúcar y los abrió juntos para añadirlos a su licuado.
—Quiero confiar en vos de verdad. Pero no me lo estás poniendo fácil. No sé, me disculpo por ser tan rompe pelotas, pero estoy cansada de que se caguen en mí— dijo Flor con frustración.
—Yo no soy así, quiero que estemos bien. Perdona. Te tendría que haber mandado un mensaje, mala mía. Ya lo sé para la próxima.
—No sé…
—Flor, sé que estás enojada y lo entiendo. Pero pensalo bien. ¿Dale? Te quiero con todo mi corazón, che. No me gusta que estemos mal.
Flor dio un sorbo a su licuado y luego lo mezcló con la cucharita alargada sumergida en la copa. Recordó los mensajes que Mariana le había enviado en la madrugada. Además recordó que Fede también le había mandado unos mensajes, diciéndole buen día y mostrándole una foto en la que se veía con su equipo de fútbol, acompañado por un “a entrenar se ha dicho” y unos emojis mareados.
—¿Te costó levantarte hoy? —le preguntó ella y él lo miró un poco confundido—. Digo, después de que te tomaste todo anoche y te levantaste tan temprano.
Federico sonrió, revelando esa hermosa y sincera sonrisa de la que ella se había enamorado hacía casi un año. Bajó la cabeza al descubrir que también se le dibujaba una mueca divertida en el rostro.
—Sí, Fue difícil. Estuve a punto de mandar un mensaje al grupo diciendo que no iría, pero seguro me mataban porque mañana jugamos contra La Colonia.
Su madre apareció por el pasillo y se quedó en el umbral de la puerta. Después prendió la luz de la habitación, inundando todo con ese resplandor eléctrico del foco sobre su cabeza. Se vino para la cama y agarró a la niña de la mano, obligándola a levantarse.
—Se hizo pis, Claudia —dijo el monstruo. Ahora podía verlo con claridad y lo reconoció al instante. Siempre lo hacía, pero su madre le había dicho que no era papá, que ese era un monstruo que se disfrazaba de papá para confundirla y que tenía que tener cuidado.
La niña, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, vio cómo la sombra se acercaba detrás de ellas cuando se dirigían a la otra habitación. “Quedate acá”, le dijo su madre antes de cerrar la puerta de un golpe. A través de la puerta, escuchó los pasos sordos del monstruo que se detenían y unos murmullos, cada vez más intensos, se filtraban por debajo.
—Se hizo pis encima.
—Con la nena no. —Su mamá estaba enojada.
—Se meó, Claudia. La iba a cambiar. —Silencio—. Dejame pasar.
—No.
Entonces sintió un golpe seco y algo cayó contra la puerta. Luego, silencio otra vez.
—Mirá lo que me hacés hacer —rugió el monstruo.
La niña comenzó a llorar y, temblando, fue hacia la puerta y la aseguró con el pestillo, como su mamá le había enseñado una vez. Le siguieron unos golpes más y escuchó malas palabras. La niña se sentó en un rincón y se tapó los oídos con las manos. Cada vez que hacía eso, todo terminaba más rápido.
Reconoció cómo los pasos se alejaban y suspiró aliviada. Pero la tranquilidad no duró mucho. El monstruo regresó después de un tiempo, no sabía exactamente cuánto. Escuchó cómo algo salpicaba afuera, como aquella vez que dejó el tapón del lavamanos puesto y la canilla abierta; el agua había comenzado a caer al piso, repiqueteando y su mamá se había enojado un montón.
—¿Mamá? —dijo con la voz temblorosa. Entonces, sin previo aviso, un fuerte olor comenzó a marearla. Sin entender, se fue a la cama y se acurrucó entre las sábanas.
Después se durmió.
—Flor, ¿me querés contar? —preguntó su novio y la miró con preocupación—. Claramente te pasa algo.
—Perdón, Fede —pronunció. Se había puesto pálida—. Es que me hiciste acordar de algo de hace mucho. No son lindos recuerdos. No quiero pensar en eso.
Entonces él estiró un brazo por encima de la mesa y comenzó a acariciarle suavemente la mano, pasándole los dedos por encima de los anillos y por la curva de la muñeca. Ella retiró la mano, dubitativa.
—¿Es sobre tu papá?
—Sí.
—Bueno —murmuró, sin saber cómo continuar—. Si te sirve, me podés contar. Y si no, podemos pensar en otra cosa, como la vez en que te caíste de la bicicleta cuando íbamos al centro y te hiciste mierda en medio de la calle.
Flor rio, recordando aquella vergonzosa secuencia. Federico se dio cuenta y también sonrió.
—No podía parar de reírme, habías quedado tirada como un muñeco de plastilina, así, toda doblada. —Se pasó un brazo por atrás de la cabeza y con el otro describió un arco—. Y encima la vieja boluda del auto ese que te empezó a tocar bocina…
—No seas malo —dijo la otra, con una tímida sonrisa.
—Y vos me gritabas “¡Dale, pelotudo, ayudame!”. Pero yo no podía, porque cada vez que te miraba me volvía a reír.
—Yo no sé por qué sigo con vos.
Él se siguió riendo. Cuando pudo calmarse, la miró con los ojos brillantes.
—Porque te quiero. Y porque soy un pelotudo —respondió—. Sobre todo por lo último.
Ella, con el corazón inundado y con unas tremendas ganas de saltarle encima, extendió ambas manos intentando tocarlo y él la agarró, como sosteniéndola, para que no cayera de nuevo.
—Y porque siempre voy a estar para vos. Y cuando sientas que querés hablar de aquello, te voy a escuchar. Pero todo a su tiempo.
—Gracias, gordo.
—Ya vas a ver que todo va a estar mejor.
“Todo va a estar mejor”. Eso también le había dicho la tía Pachi mientras la cargaba y la mecía, intentando calmarla. La niña había despertado cuando la puerta se abrió de un golpe. Ella, paralizada, observó una figura gigantesca que se le venía encima. “Otro de los monstruos”, pensó, mientras intentaba retroceder en la cama, tratando de alejarse lo más posible de las sábanas, de la pared, de la casa, de todo.
“Tranquila”, le dijo la bestia. Tenía la cara tapada. “Solamente los chorros se tapan la cara”, le había dicho su madre, “porque tienen miedo de que los reconozcan choreando”. La chica se agitó cuando sintió que esas zarpas gigantes se cerraban en torno a su brazo. El monstruo se detuvo de inmediato y levantó las manos. “Tranquila”, repitió, “vengo a ayudarte”. La chica lo miró desconfiada. Acto seguido, el monstruo se desenmascaró y un rostro morocho y desconocido quedó al descubierto. “Soy bombero, tenemos que salir de la casa”, le dijo, y ella, atando cabos, preguntó si era un matador de llamas. El hombre rio fuertemente, cautivado por la inocencia de aquella pequeña criatura. “Sí, un matador de llamas”, contestó y ella extendió los brazos.
Afuera estaba la tía Pachi con su esposo, a quien solamente llamaba Emilio porque lo había visto pocas veces en su vida. Aquella mujer, brillante por el sudor, se le vino encima cuando la vio en brazos del bombero y, llorando, la empezó a llenar de besos.
“¿Mi mamá?”, preguntó ella. “Está bien”, respondió la tía. “Hubo un accidente, un incendio. ¿Sabés qué es un incendio, Flor? Bueno, eso. Los hombres de uniforme de ahí todavía están intentando saber cómo ocurrió”.
Reconoció a su papá entre la multitud que se había reunido en la calle. Estaba en pijama, siendo atendido por uno de los enfermeros. Un policía a su lado parecía estar haciéndole preguntas.
Entonces él también la vio y le sonrió de lejos. Sonrió como todas aquellas veces en que mamá no se había levantado con los ruidos. Sonrió como todas aquellas veces en que, al llegar de trabajar, le preguntaba si quería un jugo de naranja.
A veces, cuando tengo que pasar por la Plaza Independencia, cruzo de vereda. Es que no te das una idea, pero cada vez que voy allá, me acuerdo de cuando eras chiquito, casi un bebé, y te llevaba a jugar. Te encantaba esa plaza sobre todas las otras, nunca supe por qué, a pesar de que era una de las más descuidadas. Cuando finalmente comenzaste a caminar, yo estaba en el laburo. Es algo de lo que me voy a arrepentir toda la vida; es como faltar a clases el día en que hacen llorar a la profesora. Algo que sucede una vez en la vida. Cuando mamá me mandó una foto tuya agarrado al apoyabrazos del sillón, me puse contento, pero por dentro sangraba, porque debería haber estado ahí, porque sin saberlo te ibas desvaneciendo rápidamente y con soltura, como los meses en el calendario. Después, cuando creciste, te encerraste en tu mundo y ya no compartimos tanto, siempre estabas inmerso en tantos libros y documentales que no entiendo. ¡Qué extraño era todo! ¡Qué extraño me resultaste, Santi! Pero al menos estaba completo y no lo sabía. Ahora todo me duele un poquito.
Criar un hijo no es fácil y cuando mamá me dijo que estaba embarazada, tuve miedo por nueve meses. Me acuerdo que casi me desmayo en el quirófano, pero solo con ver tus ojitos negros me invadió una extraña sensación de orgullo. Cerraste tus deditos pequeños en mi mano, como si me reconocieras, y me tuve que ir para no llorar delante de todos. Ahora, te digo, hubiese llorado igualmente; porque llorar nos libera, pero eso no lo sabía entonces. Quería hacer todo bien, quería que me quisieras como yo te quería a vos. Sé que hubo un tiempo que me odiaste. Nunca me lo dijiste, pero yo lo sabía, porque cuando por fin te abriste a mí, no te quise entender y eso te lastimó mucho.
Derrumbaste mis paradigmas y nos desconcertó a ambos.
Desde que te fuiste, tu mamá está como ausente. No habla casi nada y ha perdido todas las energías. Es como si estuviera agotada todo el día. A veces la miro de reojo mientras veo la televisión y distingo una sola lágrima pesada, cargada de angustia, brillando sobre su mejilla. Sé que es para vos. Porque recordando expía las culpas y, llorando, deja que se le escape un poco del dolor del pecho.
Cada persona es un quilombo, ¡qué sé yo! Fue mi error esperar que todos respondieran como yo lo haría. Eso me pasó a mí, y seguramente también a mamá. Porque no sabés cuánto nos falta en esta casa tu risa sincera, tus murmullos en la noche o esas mini clases que nos dabas los domingos sobre la Guerra Fría, los conflictos en Corea y el asesinato de no sé qué presidente.
No sabes lo que nos faltás vos, todo completo.
¡Es tan difícil, Santi, la puta madre!
Ayer leí en el diario ese que regalan enfrente de la casa, que desde que se sancionó la ley, más de trescientas parejas se casaron solo en Mendoza. Eso me puso contento ¡no sabés! Porque a la gente así se la ve feliz. Es feliz.
Me hubiese gustado que alguna vez hayas traído a alguien. Sé que a mí al principio no me convencía, pero lo tendrías que haber traído igual, ¡de caradura nomás! Y cerrarme la boca de una buena vez. Como un baldazo de agua fría.
Porque fui un pelotudo y no creo que exista una palabra más acertada. Al menos así me siento ahora. Te amé tanto que me destruyó saber que no te iba a volver a ver. Como si me hubieran abierto el pecho, sin anestesia, y me hubieran arrancado el corazón.
Pero lo que más duele es el desconcierto; el hecho de que, de un día para otro, mi vida cambiase para siempre. Porque ya no te vería sentado a mí derecha en el almuerzo ni te tendría que gritar desde abajo que bajes un poco la música. Hace unos días volví de la oficina en taxi y el tachero me dijo, sin mirarme, “¿escuchamos algo?”, y yo no respondí. Entonces tocó dos veces un botón del estéreo y una melodía horrenda empezó a filtrarse por los parlantes traseros y me reí porque me hacía acordar a vos. Ahora que la casa está en silencio todo el tiempo, muero por escuchar retumbando en las paredes esa música que escuchabas, porque al menos así te sentiría menos lejos.
¿Te acordás de la vez que ganaste ese premio en la escuela, por el proyecto de investigación? Que lloraste y me abrazaste. Y yo te apreté fuerte, como con miedo de que te me escapes entre los espacios abiertos. Ni siquiera sabía de qué era el proyecto que hiciste, ¿podés creer? Hablabas tanto que a veces no te escuchaba. Hablabas tanto de tantas cosas todo el tiempo, eras como una maquinita de información.
