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Cuentos de escarcha presenta a los lectores una encantadora colección de relatos que despliegan un abanico de emociones, explorando la vida, el amor, la naturaleza y la magia de lo cotidiano a través de una prosa rica y evocadora. Desde una maestra que recuerda su primer destino y el despertar de un amor en un pueblo nevado, pasando por la peculiar reencarnación de un hombre en un gorrión, hasta llegar a la emotiva reconexión de una persona con el mundo tras perder su memoria, cada cuento invita a sumergirse en universos donde lo extraordinario se entrelaza con lo mundano. La autora nos ofrece una visión profunda de la humanidad y sus lazos invisibles con el mundo que nos rodea, haciendo de esta obra un viaje inolvidable por paisajes, tanto internos como externos, marcados por la escarcha de las emociones que definen nuestra existencia.
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Veröffentlichungsjahr: 2024
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CUENTOS DE ESCARCHA
BLANCA GARCÍA MALANDA
CUENTOS DE ESCARCHA
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2024
CUENTOS DE ESCARCHA
© Blanca García Malanda
© de las ilustraciones de interior: Ricardo Acevedo Blázquez
© de la imagen de portada: Alberto Acevedo García
© de la imagen de contraportada: Alba Acevedo García
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2024.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-10076-82-2
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
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BLANCA GARCÍA MALANDA
CUENTOS DE ESCARCHA
Para mi madre;sus manos son el lugaral que siempre quiero volver.
Para mi madre
Mira, en esta foto estoy con ellos, a la puerta de la escuela.
Claro que me acuerdo de la fecha, cómo no me voy a acordar. Llegué a Vallejo de Orbó el 5 de marzo de 1957.
Yo tenía veintidós años y era mi primer destino como maestra de párvulos.
Cuando me llegó la carta, con la fecha de mi toma de posesión, tuve que ir al Ayuntamiento de Becerril a preguntar dónde estaba Vallejo exactamente, porque no sabía ni cómo llegar a aquel pueblo, tan al norte. Y me dijeron: «Pues ya puedes llevar ropa, que por allí nieva muchísimo». Pero a mí eso no me importaba, porque también hacía frío en mi pueblo, no te creas. Y me sentía la mujer más feliz del mundo.
En aquella época no era habitual que la hija de unos labradores pudiera estudiar. Pero unos años antes, cuando terminé la escuela primaria, doña Petra, mi maestra, había ido a hablar con mis padres para decirles que era una pena que no siguiera estudiando. Y ellos decidieron que sí, que lo iban a intentar; aunque todavía no tenían muy claro de dónde podrían sacar el dinero, lo que sí sabían era que se tendrían que privar de muchas cosas para que yo pudiera ser maestra.
Así que yo estudiaba cada minuto del día, porque me encantaba aprender, eso es verdad, pero también porque sabía que, mientras yo estaba delante de los libros para sacarme el bachillerato y luego Magisterio, mi padre estaba en el majuelo, cogiendo las uvas, o mis hermanas en el campo, segando y haciendo parvas con las espigas, o mi hermano limpiando la cuadra de la mula. Y repasando las lecciones una y otra vez, me sentía una privilegiada, porque sabía lo que duelen los riñones cuando te agachas a coger las uvas, lo pesadas que se ponen las moscas y lo que pica el polvo de la paja mezclado con el calor y el sudor.
Por eso llegar allí, a mi primera escuela, era exactamente lo que había deseado.
¿Sabes? Sueño muchas veces con esos días. Había metido en la maleta la ropa más abrigada que tenía y los zapatos de invierno y, aun así, llegué el primer día a clase con los pies helados. Pero cuando me presentaron, «esta es la señorita Sebi, la nueva maestra de párvulos», y los niños me fueron diciendo sus nombres, uno por uno, el frío se me fue, sin darme cuenta siquiera.
Todas las mañanas, bien pronto, encendía la estufa de leña, para que la clase no estuviera como un témpano cuando ellos llegaran, y luego les hacía un dibujo en la pizarra sobre la letra que íbamos a aprender, un gato para la g o un burrito para la b. Recuerdo el silencio cuando les explicaba la lección, sus ojos siguiéndome mientras escribía en el encerado o su sonrisa cuando les ponía un «muy bien» en el cuaderno.
Me gustaba ver cómo iban juntando las consonantes nuevas con las vocales que ya sabían, con el dedo índice debajo de cada letra, como empujándolas un poco, y su cara de satisfacción cuando eran capaces de entender, sílaba a sílaba, lo que ponía en la cartilla.
Fíjate, todavía me acuerdo del nombre de muchos de ellos. Aquí, delante de mí, está Argimira; detrás de ella están Marcos y Miguel Ángel. De este no me acuerdo, pero esta del abrigo blanco es Bárbara; a su lado, María Reyes… Y a esta de aquí la llamaban Angelitina, la hija de Angelita.
Mira, esta otra foto es de una mañana de domingo, cuando quedábamos a tomar el blanco en el bar, con los demás maestros y otros amigos.
Al principio no me fijé en Justo, la verdad. Pero me gustaba escucharle, cuando contaba cosas y nos hacía reír a todos. Luego volvíamos paseando juntos, porque él vivía de patrona en casa de la señora Jesusa y, precisamente en la puerta de al lado, estaba la casa de la señora Pilar, que era mi patrona. De hecho, mi habitación estaba justamente al lado de la suya, al otro lado del tabique, fíjate qué casualidad, aunque cada una pertenecía a una casa distinta.
Y, no sé, supongo que cada vez paseábamos más despacio, o nos parábamos a mirar cualquier cosa, porque cada día tardábamos más tiempo en llegar y luego nos entreteníamos un poco más hablando en la puerta, antes de entrar cada uno a su casa.
Cuando empezó a hacer un poco mejor, nos íbamos de paseo; yo nunca había vivido rodeada de montes de roble y me quedaba embobada mirando las peñas del Terena y del Cocoto, todavía arropadas de nieve.
Y poco a poco los árboles se iban llenando de brotes y los días se iban haciendo más largos y, claro, los paseos también. Pero no nos dábamos ni cuenta, hasta que veíamos que el sol ya se iba a poner y volvíamos enseguida, no fueran a decir…
No había pasado mucho tiempo cuando me di cuenta de que algo me pasaba, porque miraba el reloj demasiado a menudo cuando se acercaba la hora del recreo. Y al salir al patio, buscaba a Justo con la vista, como distraída, y siempre me encontraba su sonrisa esperándome.
A partir de ahí, él empezó a hacerse el entretenido, cuando salían sus alumnos, para coincidir conmigo cuando íbamos a comer, y lo mismo por la tarde.
A esas alturas del curso, ya sabía todo el pueblo que nos gustábamos, porque cuando nos cruzábamos con alguien nos sonreían o nos guiñaban un ojo. Y digo yo que sí, que eso ya sería amor, porque todas las horas del día que estábamos juntos se nos pasaban volando y siempre nos quedaba algo por contarnos.
Por eso, ya de noche, cuando íbamos a dormirnos —cada uno en su habitación, claro—, Justo daba dos golpecitos con los nudillos en la pared. Y a pesar de que los estaba esperando, cuando yo oía los dos toques desde mi dormitorio, ya ves qué bobada, el corazón me daba un salto y le contestaba con otros dos golpecillos.
La verdad es que nunca hablamos sobre qué querían decir esos dos golpes, pero bueno, igual eso era lo de menos, ¿no te parece?
Para mi padre.
No se me ocurrenada mejorque inventarte un cieloa la medida.
Un pardal1.
Nunca imaginé que la muerte fuera esto.
Tengo, como todos, el plumaje pardo, sin colores llamativos, el pico corto y los ojos negros.
Al principio, aún desconcertado por todo esto, me obstiné en buscar algún rasgo que me diferenciase de los otros pájaros.
He pasado mucho tiempo mirando mi reflejo en el cristal de una ventana, desde el alféizar. Unas veces muy quieto, espiando mi propia figura, intentando encontrar el indicio de algo distinto; otras veces, moviéndome sin prisa, como distraído, buscando captar de reojo, en la fracción de segundo de un cambio de postura, el rasgo físico de mi diferencia.
Pero no, soy exactamente igual que los otros gorriones.
Desde mi muerte, en la UVI del hospital, hasta que me encontré aquí, de nuevo en el pueblo, dueño de un cuerpo un poco más pequeño que mi puño —quiero decir, de lo que antes era mi puño— no pasó mucho tiempo.
Bueno, en realidad, ahora me resulta bastante difícil calcular el paso de las horas; el tiempo de los pájaros no hace tictac, como el de los hombres, y no tiene prisa. Ahora solo sigo las pautas de mi instinto.
Me despierto cuando empieza a cambiar el color de la noche, cuando se puede imaginar el azul detrás del negro. Comienzo entonces a desperezarme y a colocarme con calma las plumas con el pico.
Siento en ese momento unas enormes ganas de volar, de estirar los extremos de mis alas y de sentir como el aire resbala por mi pecho.
Clarea. Ese es el mejor momento del día. Salto del nido y sobrevuelo mi casa, el huerto, los chopos del río… A veces en vuelo rasante, por las calles vacías; otras ascendiendo en espirales hasta que el pueblo casi desaparece de mi vista.
Casi siempre me paro a descansar en el monte, en ese roble enorme y viejo que domina todo el valle. ¡Cuántos bocadillos me he comido ahí mismo, apoyado en el tronco, cuando salía de caza!
El sol rebasa la línea del horizonte y me salpica de luz entre las hojas de los árboles.
Poco a poco el pueblo se pone en funcionamiento: oigo una persiana que se levanta, un motor que arranca, el chirriar de una puerta que se abre… Conozco bien el ritmo de cada día. Por eso nunca llego tarde.
Cuando mi mujer abre la puerta de la calle, aún con cara de sueño, y apoya la alfombra de nuestra habitación en la barandilla de la terraza, yo la miro desde las ramas del manzano, tan cerca que la oigo respirar.
El primer día me sorprendió la sensación de hambre. No sé por qué, pero no contaba con ello. Claro, es difícil quitarse de encima de un plumazo —valga la expresión— todas las creencias de la fe católica.
Durante setenta años mastiqué la idea de que la muerte nos despoja de nuestro cuerpo material y nos deja el alma desnuda; una especie de sustancia impalpable en la que, sin embargo, permanecen presos todos nuestros pecados y virtudes —un derroche de imaginación, la verdad—.
Y resulta que ahora tengo un cuerpo, pequeño, eso sí, pero cuerpo al fin y al cabo, que contiene toda mi alma o todos mis recuerdos —que empiezo a creer que son lo mismo—.
Y, la verdad, asimilar todos esos cambios existenciales con el estómago vacío resulta insoportable. Pero ¿qué podía comer?
Me avergüenza un poco reconocerlo, pero en ese instante tomé conciencia de mi desamparo. Me mortifiqué imaginando el frigorífico de mi casa, tan cercano y tan inaccesible al mismo tiempo.
Desganado y consciente de todos los pequeños placeres que jamás volvería a tener a mi alcance, me conformé, revoloteando por el jardín, con las migas que habían caído del mantel de mi casa.
Poco a poco empecé a probar granos de trigo y de centeno, moras, guindas y frambuesas. La verdad, con los gusanos y los mosquitos aún no me he atrevido…
Hablar con los otros pájaros me ha ayudado mucho. Ellos gorjean, pían, chillan y graznan, como toda la vida. La diferencia es que yo ahora puedo entender el significado de esos sonidos. Y no solo eso. Ellos me entienden también. No es un lenguaje articulado, pero las variaciones de frecuencia o intensidad pueden expresar el miedo a la tormenta o las ganas de llorar.
No tengo tiempo de aburrirme.
Solo hablando con ellos puedo saber si son solo pájaros o poseen, como yo, un alma de humano.
Conozco bien la forma de hacerlo. Me acerco sin prisa, revoloteo como distraído o picoteo por el suelo, como buscando algo, y escucho. Los hay que solo pían de sus cosas —de sus nidos, de sus pollos— y no tienen recuerdos humanos.
Al primero que encontré fue a don Antidio, el que estaba de cura en el pueblo cuando yo era monaguillo, y que ahora es uno de los cuervos que graznan en los álamos del río cuando cae la tarde.
¡Quién me iba a decir a mí, siendo ateo, que un día me alegraría tanto de encontrar a un cura! Estuvimos juntos mucho rato, desmenuzando sin prisa hasta el último de nuestros recuerdos. Bueno, no me atreví a contarle que los muchachos le llamábamos el Grajo cuando él no nos oía —la verdad, no me pareció el momento adecuado—.
A veces por casualidad y, otras veces, siguiendo pistas que poco a poco voy recopilando, he encontrado a muchas de las personas que había perdido. Ahora, después de tantos años de ausencia, puedo hablar largo y tendido con mi amigo Julio, que ahora es un tordo y, sobre todo, con mi madre, que sigue como siempre, vital y alegre, en un pequeño cuerpo de golondrina.
A las personas, en cambio, no las entiendo.
Las palabras —no lo dudo— son las mismas que usaban antes, el mismo idioma, pero ahora no puedo entenderlas. No existe en mi cerebro ninguna idea que pueda asociarse a esos sonidos, los mismos que hasta hace poco eran el vehículo de mis pensamientos y el medio más perfecto de comunicación.
Paso parte del día en mi casa —en los árboles del jardín, quiero decir, o en el tejado—; estoy cerca de mi familia, les veo, les oigo reír o llorar, pero no entiendo sus palabras.
Los primeros momentos fueron difíciles. Ellos estaban abatidos por mi muerte y yo, allí, tan cerca, no podía hacer nada por hacerles entender que no era tan malo no estar entre los vivos.
Necesitaba decirles que estaba bien —parecería ingrato decir «mejor que nunca», pero después de haberme sentido preso dentro de un cuerpo inmóvil, dolorido y enfermo, cualquiera hubiera aceptado este nuevo aspecto físico como un regalo—. Me gustaría que supiesen que esto es, en realidad, casi tan agradable como la propia vida, si no fuera por esta terrible incomunicación.
He imaginado la forma de escribir en el suelo, durante la noche, con palos o con piedrecillas, un mensaje corto pero certero, algo que tranquilizase a los míos: «Estoy vivo», «estoy aquí», «estoy bien».
Lo he descartado enseguida al imaginar el terror que sentirían al encontrar ese mensaje dibujado en la acera del jardín al levantarse. Además, ¿quién entendería el mensaje escrito por un pardal?
Definitivamente, he comprendido que debo resignarme a que no sepan nada de mí, a llevar con calma la enorme soledad de no poder expresarles lo que siento.
Puede que lo más amargo de la muerte sea la imposibilidad de rectificar errores. Recuento ahora, en mi memoria, las cenas en las que solo se oía: «Pásame el pan» o «un poco más de salsa»; los viajes que podrían resumirse con un «voy a parar a echar gasolina», o esas tardes lentas de domingo, sentados frente al televisor, sin decir nada.
Me consuela la idea de poder estar cerca de ellos.
Por las tardes, cuando mi mujer se sienta en el jardín a hacer bolillos, me acerco a saltitos, entre la hierba, hasta que le veo las manos. A veces me parece que cada dedo tiene inteligencia propia, que todos y cada uno saben lo que deben hacer.
Otras veces me voy con mi nieto, cuando sale a dar una vuelta con la bicicleta. Vuelo cerca de él mientras sube la varga. Me gusta verle cómo aprieta los dientes al subir las cuestas. Lleva siempre en el bolsillo el tirachinas que le hice el verano pasado (recuerdo bien la tarde en que fuimos al río a buscar una rama en forma de horquilla).
Al llegar arriba, se ha parado a descansar en el borde del camino, y mientras su respiración se acompasa de nuevo, observa despacio el valle, las casas del pueblo, la orilla del río, los prados recién segados…
Me poso cerca de él, en las ramas de un espino, lo miro a la cara tratando de imaginar qué siente. Y justo en ese instante él ha mirado hacia mí y ha metido su mano en el bolsillo, buscando algo, mientras recoge con la otra una piedra del suelo.
Entiendo su gesto de inmediato y levanto el vuelo sobresaltado —un movimiento reflejo, porque no creo que un muerto pueda morir dos veces—.
Mi nieto ha visto cómo la piedra ha rebotado en la rama, justo al lado de donde estaba yo. Se ha reído y ha dicho algo entre dientes. Imagino que habrá sido algo como:
—No te asustes, pardal, que no te quería dar…
Me paso las horas muertas —es un decir— mirando las nubes. Siempre me han gustado.
Antes, de vivo, tenía poco tiempo para todo. No puedo quejarme de mi horario de maestro, pero después de salir de clase tenía tantas aficiones que jamás me quedaba un momento para aburrirme: leer el periódico todos los días, pasear al perro, la caza, la pesca, la política… ¿Quién puede permitirse el lujo de mirar las nubes?
Es curioso. Nos afanamos en visitar y contemplar un sinfín de lugares a los que pueden llevarnos nuestros pies: ciudades, catedrales, bosques y museos. Más de la mitad de lo que alcanzan a ver nuestros ojos es cielo y nubes y, sin embargo, parece que no nos damos cuenta de que están ahí.
Nadie dice: «Oye, lo siento, he llegado tarde porque me he quedado embobado mirando unas nubes enormes, de color blanco luminoso, que han pasado por encima de mi cabeza».
Solo algunas veces, tumbados en la hierba, las vemos pasar y jugamos a buscar las formas que se esconden dentro de ellas.
Yo, ahora que tengo todo el tiempo del mundo, las observo, las cuento, las huelo, las admiro y las presiento.
Además, ver pasar las nubes es lo mejor cuando uno tiene muchas cosas que pensar. Yo, que he dedicado muchas horas a la teología —cuando estaba en el colegio de los frailes— y a la lectura de distintas creencias y filosofías —cuando me expulsaron del colegio de los frailes—, estoy ahora perplejo.
¿Por qué nunca he oído hablar de la existencia de este cielo? Pero ¿quién podría contarlo si no existe comunicación posible entre estos dos mundos tan cercanos?
Y si lo pienso bien, esta vida después de la muerte es una mezcla de muchas culturas distintas —o más bien opuestas—: tiene un poco de la reencarnación de los hindúes, un poco de cielo cristiano, un poco del paraíso de Mahoma, un poco de las eternas praderas de Manitú…
¿Se acabarían las guerras religiosas si supieran los hombres que se quedarán para siempre en el mismo cielo que sus enemigos? ¿Dejarán de temer a la muerte cuando sepan que se trata solo de un cambio, y no de la negación absoluta del ser?
¿Cuántos vivos tendrán que creer en esta muerte para que deje de ser la opinión de un grupo de locos y se convierta en una parte de la cultura de los hombres? ¿Qué pretexto encontrarán ahora los que dominan el mundo para iniciar las guerras si Dios no existe?
Se ha levantado un aire de tormenta que arremolina las hojas caídas. El viento forma nubes de polvo con la arena del camino.
Barrunto la tormenta y vuelo precipitadamente hasta mi nido, en el manzano.
Acurrucado en él escucho caer las primeras gotas. Como tantas veces, me vuelve a la memoria la voz de mi mujer:
—Pero vamos a ver, ¿tú qué ganas dándoles tantas vueltas a las cosas?
1 Gorrión (Passer domesticus): Pájaro muy corriente, de unos 10 centímetros de longitud, de color pardo con toques negros, con el pico corto y cónico. En sentido figurado, se aplica a un hombre astuto. En el lenguaje popular, se aplica como insulto cariñoso a los niños, equivalente a granuja (Diccionario de uso del español de María Moliner).
Estaba corrigiendo exámenes. No llevaba mucho tiempo, pero de pronto notó un enorme cansancio y recostó la cabeza en el respaldo del sillón. En la radio empezó a sonar la Marcha húngara n.º 5 de Brahms. Cerró los ojos y se sintió de pronto sumergido en un extraño fluido que se mecía al ritmo caprichoso de los violines, como lo hacen las medusas y las algas arrastradas por las corrientes marinas.
Cuando sonó el último acorde, volvió al examen que había dejado a la mitad, sobre la mesa. Miró con detenimiento las líneas que tenía ante sus ojos, pero no fue capaz de entender nada. No es que el alumno tuviera mala letra, es que sencillamente aquellos trazos no tenían para él ningún sentido. Pasó las hojas y todas aquellas grafías eran igualmente incomprensibles.
En un atisbo de alarma, casi de miedo, pareció entender el abismo que se abría ante él y, sin embargo, aún se sentía sumergido en un líquido espeso que le impedía alterarse.
Alargó la mano y cogió uno de los libros de su mesa. Lo abrió y observó con detenimiento aquellas líneas llenas de signos extraños. Estaba observando con asombro aquellos puntitos que había encima de unos palitos cuando entró su mujer en el despacho y él abrió la boca para explicarle lo que le estaba sucediendo, pero solo salió un ronco sonido gutural, casi un aullido de animal enjaulado. Rebuscó en su cabeza con detenimiento y no encontró nada que pudiera expresar aquella pasmada mezcla de incomprensión y terror.
A partir de ahí fue todo muy confuso. Carreras, idas y venidas, caras de susto y hombres de bata blanca, mientras él navegaba en su lento fluido, en un océano nublado y sin oleaje, en el que no había palabras.
Le siguió a aquello un tiempo indefinido, una cantidad imprecisa de días de primavera, en el que él esperaba sentado en el jardín de su casa, con una manta fina encima de las piernas, a que su mujer o sus hijos fueran a buscarlo. Entonces se dejaba llevar dócilmente a la mesa o a la cama. Y les respondía siempre con una sonrisa, que era el único modo que había encontrado de expresar sus pensamientos, que ahora flotaban como enormes trozos de pan empapados en agua. Les miraba con afecto, a veces les agarraba con fuerza la mano, agradecido, pero incapaz de reconocerlos.
Nunca salía solo fuera de casa, ni siquiera a pasear por su barrio, porque luego era incapaz de volver.
Poco a poco, le enseñaron de nuevo a hablar. Primero las vocales y luego las consonantes. Y por fin pudo encontrar aquellos sonidos que se habían perdido más allá del horizonte de su mar en calma y, con ellos, pudo formar palabras. Nada más que palabras sueltas, al principio, que él rescataba con enorme esfuerzo de su encharcada memoria. Y después de muchos días, pudo hacer frases, con el mismo afán con el que, en las primeras imprentas, se buscaba cada letra en los pequeños cajones de los tipos.
Y después aprendió de nuevo a leer y a escribir y disfrutó, como nunca antes lo había hecho, dibujando cada sonido, atrapando con la punta del lapicero aquellas palabras que durante meses vagaron a la deriva por su cabeza. A continuación, aprendió los números, la suma, la resta, y memorizó, por segunda vez en su vida, las tablas de multiplicar.
Ahora ya podía quedarse solo en casa y, aunque se desorientaba, recorría todos los espacios, el pasillo y las habitaciones, hasta que por fin llegaba al lugar al que quería ir. Y en sus idas y venidas por aquel territorio cada vez más conocido, se paraba a observar con detenimiento todos los objetos que le rodeaban: llegaba hasta la mesa de la sala y se agachaba para mirar cómo se habían amachambrado las patas para unirlas al tablero. Todo para él era un reino incógnito por descubrir, y para asombro de su familia, sobre todo le fascinaba todo lo relacionado con la carpintería: las sillas, los cajones y los cuadros.
Poco a poco fue recuperando sus recuerdos, pequeños trozos inconexos y flotantes de su vida anterior. La mayoría de las veces contaba recuerdos de cuando era pequeño, pero en trozos tan fragmentados que apenas eran algo más que el paisaje asustado y azul que ilumina un relámpago en medio de una tormenta.
Pero, para asombro de todos, empezó a utilizar con absoluta precisión todas las palabras relacionadas con las herramientas que se usaban hace años para trabajar la madera: el escoplo, la gubia, el gramil, la punta de trazar, el formón, la barrena, el ensamble de espiga, el botador, la caja de ingletes, la escofina, la garlopa y la sierra de costilla. Él era profesor y nunca se había aficionado al bricolaje.
