Cuentos de escarnio - Hilda Hist - E-Book

Cuentos de escarnio E-Book

Hilda Hist

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Beschreibung

Farsa barroca y obscena en torno a un sátiro sexagenario, fanático de los placeres carnales en todas sus disciplinas y modalidades. Al hilo de sus confesiones iremos conociendo a sus mujeres y sus camaradas, una jovial cofradía de pícaros para los que la búsqueda del placer es la más alegre de las fiestas y la más dichosa de las metafísicas

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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CUENTOS DE ESCARNIO

 

TÍTULO ORIGINAL

Contos d’escárnio

© Hilda Hilst, 2019

© de la traducción, 2019, Teresa Matarranz López

© 2019, Jus, Libreros y Editores S. A. de C. V.

Donceles 66, Centro Histórico C.P.

06010, Ciudad de México

Cuentos de escarnio

ISBN: 978-84-17893-76-7

Diseño de interiores y composición: MonoChroma 

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o

parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento,

incluidos la reprografía, el tratamiento informático,

la copia o la grabación, sin la previa autorización

por escrito de los editores.

 

HILDA HILST

CUENTOS DE ESCARNIO

traducción del portugués de teresa matarranz

 

A mis amigos

Gutemberg Medeiros

José Luis Mora Fuentes

José Otaviano Ribeiro de Oliveira

Leusa Araújo

Luíza Mendes Furia,

cómplices del Impudor,

de la Poesía

y de la Risa

 

Vale más perro vivo

que león muerto.

ECLESIASTÉS

 

Me llamo Craso. Mi madre me puso este nombre porque tenía la manía de leer Historia de las civilizaciones. Se quedó muy impresionada cuando leyó que Craso, un romano muy rico, fue degollado y su cabeza taponada con oro fundido por algún adversario de batallas e ideas. Mamá murió inmediatamente después de ponerme el nombre. Al día siguiente de mi bautizo. Dicen que fue de un ataque fulminante, que estaba yo, como es natural, en la cuna o agarrado a su pecho cuando dijo: Crasillo. Suspiró y murió. Era guapa, elegante y atractiva. Eso decía papá, que murió un mes después. Sólo que su muerte fue distinta. Según me han contado, murió encima de una mujer nada elegante, pero mucho más atractiva que mamá. Una puta, de esas que se contonean, pechugona, con las tetas en ristre. A los hombres de entonces les gustaban así. La puta salió gritando de la habitación, balanceando los pechos como dos hermosos melones si los melones se balancearan en los tallos rastreros. Papá murió en el burdel. Hubo un griterío, después susurros, después silencio, después la funeraria saliendo, quiero decir el empleado de la funeraria saliendo y entrando justo después con el ataúd y saliendo de nuevo. Un horror. Me crió mi tío Vlad —nadie sabe el porqué de tal nombre—, brasileño y hacendado. ¿Qué leería su madre para ponerle ese nombre? Ya me acordé: la madre del tío Vlad estaba enamorada de Vladimir Horowitz. Bien. He decidido escribir este libro porque he leído tanta basura a lo largo de mi vida que he resuelto escribir la mía. Siempre he soñado con ser escritor, pero siento tanto respeto por la literatura que nunca me he atrevido a hacerlo. Hoy en cambio todo el mundo se considera escritor. Y los otros, los que leen, también se creen que los muy idiotas lo son. Hay tanta estupidez en forma de letra que pensé: ¿por qué no puedo escribir la mía? No me gusta presentar los hechos en una secuencia ordenada, ortodoxa. Los periódicos están llenos de historias con principio, desarrollo y desenlace. Así que no escribiré un novelón de esos como Lo que el viento se llevó o Rebeca. De Los Sertones y Ana Karenina, ni soñar. Los verbos chinos carecen de tiempo. Yo también. Mi primera marranada fue algo tardía. Ya había cumplido dieciocho años, pero siempre he sido muy tímido, no sé si debido a mi nombre o a la manera en que murió papá. Todo el mundo decía cuando me veía: ahí va Craso, hijo del craso putero. A mí se me humedecían los ojos, pero a continuación, a pesar de mi timidez, enseñaba el pito.

Otavia tenía pelos de miel.

La primera vez que me besó la verga

comprendí que jamás sería anacoreta.

No me besó con la boca,

me besó con la almeja.

Ahora me acuerdo de Otavia. Y ni siquiera sé ya si debo continuar la historia que he empezado. Otavia es un hermoso nombre. Un nombre-mujerona. ¡Ah, la de cosas que hice con y por Otavia! Ella tenía treinta años y todos los atributos que el nombre sugiere: altivez, cierta furia, cabellos negros, ojos grandes y oscuros. Decir Otavia en el momento culminante del placer es como gozar al mismo tiempo con una mujer y con un general romano, con un muchachote y con toda una Otavia mujer de general. Me gustan mucho las mujeres grandes y pechugonas, como le gustaban a papá, de manos fuertes y hermosas que sepan cómo agarrar una polla. En mi primera paja la mano fofa y corta de Lina no bastó. Tuve que sobreponer mi mano a la suya porque la muy perra aparte de decir que nunca había visto un cipote se negaba a verlo. Ladeaba la cabeza rubia y ponía cara de asco. Era una poetisa de mi tierra. Era pretenciosa, rimaba galanes con sultanes, pero aunque estaba delgaducha tenía unas buenas tetas. Como la paja a cuatro manos no iba a ninguna parte, hundí mi cara entre sus dos jugosos melones y me fui metiendo descoyuntado y sudoroso. Ella no decía ni pío. Ni suspiraba ni gemía. Nada más correrme quise ver su cara. Tenía los ojos fijos en el techo. Quiero decir en el cielo, porque nuestro insulso polvo fue en el campo. Junto a una morera. No permanecí bajo el árbol por miedo a que cayeran los frutos y reventaran en mis nalgas. Siempre me ha impresionado el color rojo.

¿te gustó, Lina?

me dolió.

¿sólo eso?

Ahí vino la sorpresa. La Lina delgaducha poetisa y pechugona se arrancó con una lengua digna de un estibador.

¡la puta que te parió, carajo! ¡Yo era virgen, bastardo asqueroso!

Me quedé petrificado. Intenté calmarla preguntándole cómo quería que lo supiera si no me había dicho nada, etcétera, etcétera. Entonces se echó a llorar. Las mujeres tienen esas cosas. Después de tanta palabrería, el meloso catetoanacrónico:

no te gusto.

sí que me gustas.

no te gusto ni siquiera un poco, imbécil.

Empezaba a acariciar su melena dorada cuando de improviso Lina se amorró a mi polla y la mamó con tanta técnica que al momento me corrí por segunda vez, un buen chorro. Me he llevado muchas sorpresas en esta vida. A Otavia, por ejemplo, le gustaba que la atizaran. La primera vez que «la jodí» (o que «la jodía» o que «fui a joderla», ¿mejor así?) erré la traducción de su breve texto. Me dijo: «Dame una zurra». Entendí que era una zurra con la verga. Fui metiéndome, aguantando largamente para no regarme, pensando en mi madre muerta, en mi padre muerto, en la misa del séptimo día del tío Vlad —ya contaré cómo murió— y en todo lo patético y angustioso de la enfermedad y la muerte. Entonces, va ella e interrumpe mi meditación activa, dura y disciplinada.

te he dicho zurra, amor. Zurra, cariño.

Entonces comprendí. Le arreé en la cara cuatro, cinco veces. Otavia gruñía con voz lánguida. A cada bofetón un sonido áspero y hondo. Era una desvergonzada. En aquella época yo era ya muy rico (había creado una especie de brigada de bomberos, un negocio innovador, y negociaba los servicios con los edificios amenazados. Me convertí en propietario de varios inmuebles y los alquilaba rentablemente). Otavia sabía que me volvían loco sus extravagantes gruñidos durante el prolongado orgasmo. Algunas veces me decía mientras retenía mis huevos en la cavidad enorme de sus manos, yo ya relajado: cada rugido tiene un precio, ¿te das cuenta, amor? Impúdica Otavia. Ninguna otra mujer poseía ese gorjeo de garganta. Era más que un gruñido lánguido. Llegaba de un fondo de aguas negras, punzante y placentero a la vez. Como estar follando a un cachorro de pantera-mujer. Cuando pienso en eso, incluso ahora, a mis sesenta, mi pálido nabo se endurece un poco.

¿Qué podía hacer con las mujeres aparte de follar? Cuando eran cultas, simplemente me asqueaban. No sé si alguien ha mojado alguna vez con una mujer culta o algo parecido. Miradas misteriosas, breves citas a cada paso, caricias cicateras de manos versadas, intempestivos discursos sobre la transitoriedad de los placeres, ¡pero cómo les gusta el dinero a las muy zorras! Una de ellas, Flora, abogada treintañera dueña de un culo blanco y una piel lisa como la baya de la jaca, citaba a Lucrecio mientras me acariciaba los huevos y acercaba a mi verga sus mejillas traslúcidas: «Oh, Craso» (hasta ahí su texto) y después Lucrecio: «El hombre lúcido se aparta de

los asuntos mundanos y busca ante todo comprender la naturaleza de las cosas». La naturaleza de su almeja ella la comprendía muy bien. Quería mi tosca polla unas tres veces por noche. Y antes de ese sacrificio quería también mi pobre

lengua adentrándose frenéticamente en su caverna bermeja y húmeda. Empapaba las sábanas. Había que enjugarla con una buena toalla de felpa antes de metérsela. A la hora del placer reía.

¿esto no es normal, Flora?

¡qué bobo eres! Esto es vida, alegría. El amor, Craso, es alegre.

Soltaba grititos histéricos y afectados, y después, cuando todo había acabado, se sentaba circunspecta en el borde de la cama:

las causas judiciales tardan tanto en resolverse, querido Craso, ¿no me podrías dar algo de pasta? Cuando les cobre a mis clientes te pago. El único cliente era yo y yo pagaba, claro. Al final, no me importaba oír a Lucrecio de vez en cuando, si la actriz oradora era dueña de una almeja húmeda y hambrienta.