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Con un lenguaje que navega entre el pragmatismo y la complejidad, las ficciones contenidas en Los cuentos de la armonía plantean conjeturas filosóficas sobre la naturaleza humana a través de inquietantes y sugerentes argumentos. Un joven emprende un extraordinario viaje para cumplir sus deseos más trascendentales; tres hermanas persiguen el valor de la cultura en una mansión surrealista; una pareja explora los sabores sustanciales con los que deben construir la armonía del amor; tres tribus deben encontrar la forma de colaborar para superar las hostilidades de su entorno; un ser sabio indaga sobre la naturaleza de su existencia… Estas y otras historias se amalgaman en una interesante propuesta narrativa donde predomina la aventura reflexiva en mundos y espacios donde los personajes deben resolver paradigmas y elegir entre caminos y pasadizos que se bifurcan para conseguir la armonía de la vida.
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Veröffentlichungsjahr: 2024
cuentos de la armonía
Volumen I
James de la Vida
© James de la Vida
© Cuentos de la armonía
jamesdelavida.com
Julio 2024
ISBN papel: 978-84-685-8273-3 ISBN ePub: 978-84-685-8274-0
Depósito legal: M-18920-2024 SafeCreative: 2407318936867
Editado por Bubok Publishing S.L.
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Índice
PARTE I: LA VIDA
I. El sendero de los Deseos
Capítulo 1. El sendero de los Deseos
Capítulo 2. El deseo del significado
Capítulo 3. El deseo de la salud
Capítulo 4. El deseo de la tranquilidad
Capítulo 5. El deseo de la intimidad
Capítulo 6. El deseo de la libertad
Capítulo 7. El deseo del legado
Capítulo 8. El deseo de la longevidad
Capítulo 9. El deseo de la armonía
II. Los regalos del afecto
Capítulo 1. Los regalos del afecto
Capítulo 2. El regalo de la atención
Capítulo 3. El regalo de la alegría
Capítulo 4. El regalo del tiempo
Capítulo 5. El regalo de la confianza
Capítulo 6. El regalo del apoyo
Capítulo 7. El regalo de la apreciación
Capítulo 8. El regalo del perdón
Capítulo 9. El regalo de la armonía
III. La familia de la sabiduría
Capítulo 1. La familia Sabia
Capítulo 2. La cultura de la disciplina
Capítulo 3. La cultura de la aceptación
Capítulo 4. La cultura de la moralidad
Capítulo 5. La cultura del conocimiento
Capítulo 6. La cultura de la compasión
Capítulo 7. La cultura del equilibrio
Capítulo 8. la cultura de la perspectiva
Capítulo 9. la cultura de la armonía
PARTE II: LA ENERGÍA
I. El pueblo de la identidad
Capítulo 1. El pueblo de la identidad
Capítulo 2. El arte de las sensaciones
Capítulo 3. El arte de la mente
Capítulo 4. El arte de la experiencia
Capítulo 5. El arte de la verdad
Capítulo 6. El arte de la pertenencia
Capítulo 7. El arte de las acciones
Capítulo 8. El arte de las decisiones
Capítulo 9. El arte de la armonía
II. Los sabores de la intimidad
Capítulo 1. Los sabores de la intimidad
Capítulo 2. El sabor del descubrimiento
Capítulo 3. El sabor del cariño
Capítulo 4. El sabor de la pasión
Capítulo 5. El sabor de la existencia
Capítulo 6. El sabor de la solidaridad
Capítulo 7. El sabor de la influencia
Capítulo 8. El sabor del compromiso
Capítulo 9. El sabor de la armonía
III. Los tesoros de los guardianes
Capítulo 1. Las tribus de los guardianes
Capítulo 2. El tesoro del lenguaje
Capítulo 3. El tesoro del territorio
Capítulo 4. El tesoro de la tecnología
Capítulo 5. El tesoro de la naturaleza
Capítulo 6. El tesoro del poder
Capítulo 7. El tesoro del mito
Capítulo 8. El tesoro de la historia
Capítulo 9. El tesoro de la armonía
PARTE III: LA CONEXIÓN
I. Las misiones de la historia
Capítulo 1. Las misiones de la historia
Capítulo 2. La misión de la organización
Capítulo 3. La misión de la expresión
Capítulo 4. La misión del entendimiento
Capítulo 5. La misión de la estabilidad
Capítulo 6. La misión de la inclusión
Capitulo 7. La misión de la unificación
Capítulo 8. La misión de la renovación
Capítulo 9. La misión de la armonía
II. Los apoyos de la vida
Capítulo 1. Los apoyos de la vida
Capítulo 2. El apoyo de la protección
Capítulo 3. El apoyo de la capacidad
Capítulo 4. El apoyo del bienestar
Capítulo 5. El apoyo de la prosperidad
Capítulo 6. El apoyo de la oportunidad
Capítulo 7. El apoyo del orden
Capítulo 8. El apoyo de la transformación
Capítulo 9. El apoyo de la armonía
III. Las dimensiones de la existencia
Capítulo 1. Las dimensiones de la existencia
Capítulo 2. Los individuos de la existencia
Capítulo 3. Las relaciones de la existencia
Capítulo 4. Las sociedades de la existencia
Capítulo 5. Los ambientes de la existencia
Capítulo 6. Los tiempos de la existencia
Capítulo 7. Las mortalidades de la existencia
Capítulo 8. Los efectos de la existencia
Capítulo 9. La existencia de la armonía
PARTE I: LA VIDA
I. El sendero de los Deseos
II. Los regalos del afecto
III. La familia de la sabiduría
I. El sendero de los Deseos
Capítulo 1. El sendero de los Deseos
Vivía en el pueblo de Potencial un joven que se llamaba Félix. A él se le regaló una crianza amorosa por parte de su familia, que le proporcionó una educación integral y le presentó las posibilidades de la vida.
Un día soleado, Félix decidió salir para dar una vuelta por el valle, como le gustaba hacer. Andaba por las calles del pueblo y después de un rato se encontró saliendo del límite de los edificios y subiendo a los cerros que rodeaban el pueblo. Caminando un poco más allá alcanzaría el borde del valle y entraría al bosque. Cuando ya había subido una buena distancia, giró y notó que disfrutaba de una gran vista de todo el pueblo. Se sentó en una roca, admirando el panorama mientras recuperaba la respiración. En realidad, él había visitado el sitio con mucha frecuencia, en solitario. Era un lugar especial para él, donde podía estar tranquilo, aparte de la actividad constante del pueblo.
—¡Qué buena vista! —dijo alguien.
Félix volteó la cabeza y vio que un hombre había aparecido por un lado. Era viejo, con cabello gris y una cara que se le llenaba de arrugas. Félix asintió con la cabeza y respondió:
—Sí, señor, siempre vengo aquí para admirarla.
El hombre sonrió, se sentó en el suelo, cerca de la roca donde estaba Félix, y preguntó:
—¿Nunca te preguntas qué hay allá atrás?
Félix vio que el hombre estaba mirando hacia el bosque.
—Pues sí, pero no me atrevo a ir. Estoy cómodo dentro del valle.
El viejo fijó la mirada en Félix.
—Félix, ¿te puedo preguntar algo?
Félix frunció el ceño y preguntó:
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Una intuición. Te me pareces a un Félix —respondió sonriendo el hombre.
—Soy el único en todo el pueblo. —Félix inclinó la cabeza hacia un lado—. ¿Cuál es su pregunta, señor?
El viejo siguió mirando a Félix.
—¿Qué deseas en la vida?
Félix bajó la mirada hacia el paisaje .
—¿Qué deseo…? Pues nada, ya tengo todo lo que necesito. Tengo una familia que me cuida bien y que me da todo. Vivo aquí en este valle bonito, en un pueblo pacífico. No me preocupo por el futuro, todo va a estar bien.
—Muy bien, entonces eres un niño muy afortunado.
Cuando Félix volvió el rostro para mirar al viejo, encontró que este ya no estaba.
***
Félix siguió con su existencia tranquila y cómoda en el pueblo de Potencial por un buen periodo. Entonces, algún tiempo después, se enteró de una excursión grupal hasta el bosque del Crecimiento. Aprovechando la oportunidad, se presentó para la salida con los demás asistentes. Subieron por el valle y sobrepasaron su límite para llegar al borde del bosque.
La guía que lideraba al grupo indicó que se callaran y se acercaran a ella.
—Estamos a punto de entrar al bosque del Crecimiento. Por favor, manténganse en proximidad para que no se pierdan. Vamos a seguir un camino determinado.
El grupo, bien unido, seguía adelante dentro del bosque.
Félix ansiaba explorar toda el área verde, pero para su frustración, el ritmo del grupo era bastante lento. Además, la ruta de la caminata quedaba mayormente cerca del borde del bosque, dejando a Félix con una angustia por conocer más sus profundidades. ¿Qué tesoros se podrían encontrar más adentro? Sin poder soportar más la lentitud y trayectoria de la caminata, Félix se apartó del resto del grupo, manteniendo cuidado para que ellos no se dieran cuenta, y se desviaba del camino principal. Pronto dejó de escuchar el sonido de las voces de los demás y se encontró con la tranquilidad del bosque. Siguió caminando, percibiendo de pronto el peligro de entregarse a lo desconocido. Nunca antes él había salido del confort del valle, y ahora tendría que responder por sí mismo. Nadie estaba allí para protegerlo ni cuidarlo, ni asumir las responsabilidades. Félix se estremeció al reconocer esta realidad: de verdad estaba solo. Aunque también era libre. Libre para hacer lo que le diera la gana, sin las restricciones que le ponían los demás. Estaba a cargo de su propia dirección, en la cual caminaba. Aunque seguir la ruta principal por el borde del bosque hubiera sido más conveniente y seguro, lo verdaderamente rico se ubicaba en el corazón del bosque del Crecimiento. De cualquier manera, él iba a descubrirlo.
Mientras viajaba más profundo dentro del bosque, Félix se dio cuenta de que los árboles se estaban volviendo más y más altos, como estatuas majestuosas. La vegetación del suelo entre ellos disminuía, pasando a un sector más viejo y especial, un bosque primario y virgen. Levantó la cabeza para mirar hacia la cubierta arriba y pudo ver que la parte más alta de los árboles se escondía entre nubes bajas. Entonces escuchó una voz:
—Estás muy lejos del valle, Félix.
Félix giró para enfrentar la fuente de la voz, y descubrió que le pertenecía al mismo viejo que le había visitado antes en el valle. Las cejas de Félix se levantaron.
—¡Eres tú! Me preguntaste qué es lo que deseo en la vida —dijo Félix.
El viejo asintió con la cabeza.
—Así es, y vuelvo a preguntártelo. ¿Qué deseas en la vida?
Félix se sentó al pie de un árbol, inclinándose contra su tronco para descansar.
—La verdad, señor, es que desde que me hiciste esa pregunta ando pensando, y he llegado a la conclusión de que sí deseo muchas cosas, entre ellas seguir mi propio camino en esta vida.
El viejo, tocando su barba, volvió a asentir con la cabeza.
—Ya veo. Entonces, ¿qué vas a hacer, Félix?
—No tengo ninguna idea —respondió Félix, suspirando—. ¿Cómo puedo hacer realidad todos los sueños que tengo? —Entonces miró al hombre—. ¿Eres un sabio, verdad?
El viejo rio.
—Bueno, de pronto algunos podrían poner una cierta cantidad de sabiduría en mí, sí.
—Señor sabio —dijo Félix sonriendo—, ¿me ayudarías a buscar lo que deseo?
El viejo miraba a Félix con serenidad integral, esperando un buen tiempo para responder.
—Félix, te acompañaré en tu viaje a cumplir todo lo que desees, pero antes de salir debes hacer algo para mí.
—¿Hacer qué?
—Plantar una semilla para un nuevo árbol, aquí en el bosque del Crecimiento.
Los ojos de Félix se estrecharon.
—¿Plantar un árbol? Pero ¿por qué?
La expresión del sabio no cambió.
—Una vez que hayas realizado esta tarea te ayudo a cumplir con tus deseos.
—Está bien, señor. Lo haré.
El viejo fijó sus ojos en los de Félix
—Félix, por favor, llámame Concorde.
—Concorde… Un gusto conocerte.
El viejo se volteó y salió, dejando a Félix solo una vez más. Mientras él ponía su atención en buscar una semilla de árbol, escuchó truenos en la distancia. Seguramente un aguacero se estaba acercando. Abandonando la tarea, se dio prisa, retrasando sus pasos para volver al valle.
Félix no se demoró en salir otra vez para el bosque del Crecimiento, esta vez sin compañía. En un sábado sin compromisos, él amaneció e hizo la subida del valle para entrar de nuevo entre los árboles majestuosos. Orientándose a la tarea inmediata, buscaba la semilla adecuada que usaría para sembrar el árbol propio. Aunque había varias, una en particular le llamó la atención y la recogió. Haciendo un puño con la semilla adentro, lo colocó contra su pecho y cerró los ojos. El objeto pequeño que contenía en su mano se volvería el árbol más alto, fuerte y saludable que se podría imaginar. Volviendo a abrir los ojos, Félix seguía andando por el bosque, llevando la semilla, hasta que encontró el sitio perfecto para plantarla. Llegando a un claro del bosque de tamaño mínimo, se posicionó en su centro. Se arrodilló para excavar el suelo con suavidad, poner la semilla y volver a cubrir con tierra. Félix puso su mano en el sitio nuevamente excavado y sonrió. Cuando se levantó, se encontró cara a cara con Concorde.
—Félix, hiciste lo que te pedí. Gracias por tu ayuda. Ahora estoy listo para contarte sobre el sendero de los Deseos.
Los ojos de Félix se abrieron: «El sendero de los Deseos».
—Sí. Para encontrar todo lo que deseas en la vida, deberías tomar esa ruta, es tu camino adelante. —Concorde miró hacia la tierra suelta donde Félix había enterrado la semilla del árbol momentos antes—. Sin embargo, antes de embarcarte al sendero de los Deseos, necesitarás cuidar y cultivar lo precioso debajo de tus manos. Atiéndelo, protégelo y asegúrate de su sobrevivencia durante tu larga ausencia.
Félix, que también concentraba su mirada en el suelo, preguntó:
—¿Cómo sabré cuándo alcanzar este punto?
Concorde levantó los ojos de nuevo.
—No te preocupes por eso, hijo mío. Vas a saberlo.
Entonces el sabio desapareció sin decir nada más. Félix quedó congelado por un momento, procesando el acontecimiento. Tenía tantas preguntas… ¿Qué era exactamente el sendero de los Deseos? ¿Dónde se ubicaba? ¿Cómo iba a liderar sus propios deseos? Concorde le había dicho que le contaría de la ruta, pero en realidad no había mencionado nada, salvo el nombre y la importancia que implicada. Pudo haber sido posible que tal lugar ni siquiera existiera. A pesar de su duda, Félix cumplió con las direcciones de Concorde, y volvía al bosque del Crecimiento con regularidad para mantener y proteger su semilla. Mientras tanto, la germinación de sus deseos seguía en su mente. Imágenes vívidas y vibrantes entraban a su conciencia, regalándole una emoción exuberante. Su esperanza subía con la expectativa de que pronto tendría el árbol más ejemplar de todo el bosque, y que cumpliría con los grandes deseos que sostenía.
Algún tiempo después, la diligencia de Félix se recompensó con la primera vista del brote de su árbol. El joven siguió monitoreando el crecimiento, hasta que igualó su propia altura. Ya era un árbol de verdad, por lo que Félix experimentaba un sentimiento profundo de orgullo. Pero esa satisfacción se erosionó cuando el árbol dejó de crecer y a él le pareció haber llegado a un estancamiento. A pesar de sus mejores intentos, no podía facilitar ni un centímetro más de extensión. La frustración de Félix aumentaba cada vez que visitaba el bosque y veía su creación rodeada por sus vecinos verdes de tamaño gigante. Quería que su árbol alcanzara la altura de las nubes, como los otros árboles, puesto que el contraste que hacían con el suyo era una imagen patética. Sintiéndose desalentado, Félix dejó de visitar el bosque del Crecimiento. Sus deseos parecían volverse un sueño olvidado.
Entonces, un día él se levantó con energía y buen ánimo, así que se le ocurrió la idea de volver al árbol. Dejó que el impulso lo llevara hacia la dirección del bosque del Crecimiento, así que de pronto se encontró de pie frente a lo que quedaba de su cultivo. Un suspiro escapó de su boca cuando examinaba las hojas escasas y marchitas, además del tronco seco y agrietado. Durante la ausencia de Félix, la salud del árbol se deterioró bastante, quedándose casi marchito. Félix se sentó por el lado del tronco a pensar. Echó un vistazo a los otros árboles en los alrededores: estaban tan majestuosos como siempre. Eventualmente, cuando la luz del bosque estaba comenzando a apagarse, Félix se levantó y volvió al valle. Al próximo día se despertó temprano, regresó al bosque del Crecimiento y atendió al árbol. También volvió al día siguiente y el día después. Cada día, como rutina habitual, visitaba y atendía al árbol, hasta que había recuperado su salud por completo. Una vez más, las hojas estaban brillantes y húmedas, y el tronco estaba sólido y liso. La dedicación renovada de Félix le premió con una alegría inesperada: había crecido más, de tal modo que el árbol se proyectaba más allá que lo que podía alcanzar con sus manos. Más, mucho más, las pequeñas ramitas que se extendían a una distancia desde el tronco comenzaban a volverse ramas elegantes de integridad firme. Félix siempre le daba atención especial a cada una cuando llegaba al árbol de nuevo. Todavía el árbol estaba empequeñecido por sus vecinos gigantes, pero el orgullo dentro de Félix se recuperó de todas maneras. Ya él tenía un árbol que había plantado y cultivado con sus propios esfuerzos. Había un árbol joven, pero un joven de independencia crítica.
Félix estaba admirando la presencia de su árbol cuando escuchó una voz detrás de él:
—Has hecho muy bien, Félix. Te felicito.
Félix se volteó y se encontró con la presencia del sabio.
—¡Concorde!
El viejo se acercó con lentitud hacia el árbol y puso una mano suavemente en el tronco. Se deslizaron los dedos frágiles a través de la superficie y una sonrisa amplia apareció en la cara del anciano. El hombre se quedó quieto por un minuto. De repente salió de su trance y miró a Félix:
—Félix, ven, ayúdame a preparar una fogata.
Félix se apartó del claro para recoger leña menuda y colocar unos troncos pequeños a un par de metros desde la base del tronco del árbol.
—¿No nos arriesgamos a quemar el árbol? —dijo Félix mientras arreglaba con cuidado la leña entre los troncos.
—No, hijo mío, lo contrario. Vamos a regalarle toda la energía del calor.
Félix sacó un encendedor y en un minuto se hizo una llama pequeña. Pasaron otros cinco minutos y había una fogata entera iluminando el claro del bosque. Solo entonces Félix se dio cuenta de que había llegado la noche. Los dos se sentaron un rato, disfrutando del calor natural y la danza vibrante de las llamas. Finalmente, Félix rompió el silencio.
—Concorde, me gustaría saber acerca del sendero de los Deseos.
El viejo sonrió, pero no apartó sus ojos del fuego.
—Félix, como te dije, el camino para el cumplimiento de todos tus deseos queda en aquel viaje. La cuestión es si tú quieres seguirlo.
Félix soltó su respuesta con rapidez:
—Obvio que sí. De una vez. Por favor, dime a dónde debo ir para llegar hasta el sendero.
Concorde mantenía una sonrisa ligera. El reflejo de las llamas creaba una escena dinámica en sus pupilas.
—Félix, eres muy joven. También eres muy ingenuo. Te lo digo con todo el cariño que te tengo. Ya has dado un gran paso para iniciar la búsqueda, pero te queda una cosa por hacer: un acto sumamente importante para poder alcanzar todo lo que te espera. Debes identificar tus sagrados deseos de la vida.
Félix daba golpecitos contra el lado de su mejilla con un dedo. Pensaba en el tiempo transcurrido desde que plantó el árbol. La verdad es que por mucho tiempo nunca había dejado de imaginar sus deseos, pero ya que necesitaba vocalizarlos, le parecían indefinidos, solo una colección de imágenes vívidas, ideales dispersos y objetivos ambiciosos. Concorde parecía leer su mente:
—¿Qué es exactamente lo que deseas?
Félix respiró de manera lenta y habló con deliberación:
—Deseo el significado. Quiero utilizar mi tiempo para hacer lo que me apasione y ser feliz.
Concorde asintió con la cabeza:
—De acuerdo. ¿Hay algo más?
—Sí. Deseo la buena salud. Me gustaría poder disfrutar de buena condición física durante toda mi vida y cumplir con mi potencial físico.
—La salud, sí… —murmuró Concorde.
—También la libertad es algo que deseo. Me encantaría poder sostener el estilo de vida que sea ideal para mí. —Concorde levantó una de sus cejas, pero seguía asintiendo con su cabeza—. Y la tranquilidad, busco una tranquilidad eterna— exclamó Félix.
—Pensaba que tenías toda la tranquilidad que necesitabas en el pueblo de Potencial.
—Sí, la tenía. Pero ya sé que la necesito buscar en otra parte, que la tranquilidad que poseía en el valle ya no me sirve.
Concorde no habló. Félix, inseguro de la reacción del sabio e interpretando su silencio como un permiso para proceder, se atravesó:
—Tengo más deseos. Deseo la intimidad. Me estresa encontrar una pareja, alguien con quien pueda compartir el resto de mi vida, una compañera espiritual. —Félix seguía con el ritmo de su inspiración consciente—. El legado es otra cosa que deseo. Quiero dejar un gran impacto de manera positiva en la humanidad y el mundo. Y una última cosa… —Con estas palabras, Concorde volteó la cabeza para enfrentar a Félix directamente, pero este prosiguió—: Es un gran deseo lograr la longevidad. Me gustaría sostener una vida larga y plena hasta los cien años.
Concorde utilizó los dedos de sus manos para contar. Luego dijo:
—Entonces deseas el significado, la salud, la libertad, la tranquilidad, la intimidad, el legado y la longevidad… Siete. Son siete.
Félix, al escuchar esta observación, miró hacia arriba, en dirección al árbol. Sus ojos se fijaron en cada una de las distintas ramas. Había siete en total.
—Muy bien —siguió Concorde—. Solo tengo una pregunta, Félix. Te pregunto… ¿por qué quieres estas cosas?
Félix se mordió el labio inferior.
—¿Cómo así? Las quiero porque sí. Siento un deseo fuerte de tenerlas.
Concorde hizo contacto con los ojos de Félix, revelando una intensidad que se resistía a la mayor edad del hombre.
—Piensa más profundo, Félix. ¿Por qué quieres estas cosas?
Félix se dio cuenta de que no había una respuesta obvia. De hecho, nunca antes se había cuestionado el porqué de sostener sus deseos; solo reconocía su presencia e importancia inherente. Concorde estaba esperando una respuesta y Félix se presionó para responder:
—Sé que soy joven, como me dices. Hay mucho de la vida que no entiendo y que me parece un misterio. Pero sí estoy consciente de las posibilidades de ella y las quiero aprovechar tanto como pueda. Entonces, si puedo cumplir con todos estos deseos, creo que puedo alcanzar una armonía verdadera en mi existencia. Ese es mi deseo supremo, Concorde, que creo que se manifestará si encuentro lo que me he planteado. Quiero llegar a la cima de la experiencia humana, al pico de mi existencia singular y a un equilibrio de todos los aspectos de ella. Deseo la armonía existencial, Concorde.
Concorde permanecía callado, como si estuviera esperando que Félix siguiera hablando, pero un gran silencio cayó sobre el claro. La fogata, habiendo superado su fase más intensa y explosiva, establecía un ritmo suave pero constante. La noche estaba tranquila, sin brisa, y la esencia de revelación estaba colgada en el aire frígido. Félix perdió el sentido del tiempo mirando al fuego. Estaba tan concentrado en las llamas que se asustó cuando por fin Concorde anunció:
—¿Estás listo, Félix? —dijo el viejo, todavía con la mirada fija en la fogata.
—¿Listo para qué?
—Listo para conocer el sendero de los Deseos.
Félix se despertó tarde en la mañana, con el sol ya alto en el cielo. Había un calor energético en el aire, como el primer día caluroso de la primavera. Estaba reclinado contra el tronco de su árbol, con las piernas apartadas en el suelo. Lentamente se levantó y se estiró la espalda, que le dolía un poco por la mala postura. Mirando alrededor del claro del bosque se dio cuenta de una novedad. Ya el sitio era muy familiar para él, pero había unas anomalías en su visión. Desapareciendo desde el claro del bosque pudo ver siete salidas que no existían antes. Otra peculiaridad que llamó la atención de Félix fue la presencia de una señal al lado de cada camino. Se acercó a una de las señales y leyó: «La intimidad». Luego leyó la siguiente: «El legado». Con rapidez, Félix confirmó que todos sus deseos sagrados estaban representados por un camino diferente. De su boca no salió palabra alguna. Seguramente ya se encontraba ante el sendero de los Deseos. En ese momento se acordó de Concorde, pero el sabio no se veía por ninguna parte. ¿Qué esperaba el viejo, que solo persiguiera Félix un único deseo, que tuviera que elegir uno y abandonar los demás? ¿El sabio había considerado que era codicioso desear tantas cosas? Por un rato, Félix pensó en las implicaciones de la realidad a la que se enfrentaba. En su mente, cuando el viejo le había mencionado un sendero, se había imaginado una ruta lineal, un camino progresivo; en cambio, ahora se encontraba en la intersección de varios. Tendría que elegir cuál deseo buscaría primero. Después de lograr esa ambición, necesitaría retroceder y volver hasta el árbol para salir hacia otro deseo. Cada vez se le presentarían menos alternativas, hasta que solo quedara un único deseo. El lujo de elegir le causaba un dilema: ¿cuál deseo buscar primero? ¿Cuál buscar de último? ¿Era verdad que unos deseos llevaban más importancia que otros, que debían ser priorizados? Considerando las opciones, Félix se agitaba, pero eventualmente escogió un deseo: el del significado. Se acercó al inicio del sendero, se dobló y puso una palma en el suelo por el centro del camino natural. Sintió una ola de emoción que vibraba por todo su cuerpo. Antes de salir, se giró para mirar a su árbol.
—Nos vemos pronto, amigo.
Orientándose nuevamente hacia el frente, tomó un gran respiro y dejó que sus pies le llevaran adelante en la vía.
Capítulo 2. El deseo del significado
Félix se encontró en el camino hacia el deseo del significado. Después de pasar el límite del bosque del Crecimiento, el sendero dejó el confort de los árboles y continuó por un gran desierto. Félix estaba admirando el paisaje de carácter vacío cuando a su lado apareció Concorde.
—Bienvenido al Desierto del significado, Félix. Aquí podrás cumplir con tu deseo de sostener una vida con razón por encontrar el Libro del Significado.
Félix extendió su cuello.
—¿Necesito buscar un libro aquí? ¿En el desierto? ¿Y este libro me va a entregar la felicidad?
Aunque a Félix le gustaba leer bastante, tenía mucho escepticismo ante la idea de sostener una vida significativa por un libro único. Concorde le aseguró:
—Sí, Félix, un libro. Buena suerte, hijo mío.
Entonces el sabio desapareció. Félix echó un brazo delante de modo impulsivo. Deseaba que Concorde le hubiera regalado una mejor explicación, no solo una pista vaga. Al volver a examinar el paisaje, escaneó con desánimo los alrededores, buscando algún objeto completamente incongruente con la escena natural. Nada. En ese instante, Félix sintió una sed intensa. Después de andar por el desierto necesitaba desesperadamente tomar agua. Mirando hacia adelante por el sendero, vio una minúscula sombra azul entre el paisaje descolorido. Le parecía un cuerpo de agua, aunque siendo el desierto pudo haber sido un espejismo. Sin otra opción, Félix siguió por el sendero y, para su alivio, llegó a una laguna pequeña. Una señal al lado de ella decía: «La laguna del Aprendizaje». Con un montón de sed, Félix se dirigió sin pausa a la orilla y tomó de modo furioso el líquido precioso. Una cosa increíble le pasó cuando el agua pasaba por sus labios. Imágenes, palabras, conceptos, hechos, ideas e historias aparecieron en su mente. Con una fuerte exhalación, concluyó que el agua de la laguna no era agua normal, sino agua con una propiedad especial. Le parecía que estaba tomando agua del conocimiento. Encantado por esta revelación, otra idea se le ocurrió. Quizás el Libro del Significado se encontraba en el fondo de la laguna. Quitándose la ropa, se sumergió en la laguna y nadó hacia abajo. Sin embargo, después de bajar por unos segundos, falló en su intento de llegar al fondo. Volviendo a la superficie, Félix tomó un respiro más grande e hizo otro descenso por el agua encantada, pero tampoco hizo contacto con el límite inferior de la laguna. Salió de la laguna y se sentó en la orilla para descansar y secarse. Se equivocó, y tendría que seguir buscando el libro en otro lugar. De repente, se dio cuenta de que tenía mucha hambre y necesitaba comer. Se vistió de nuevo y siguió por el desierto en el sendero de los Deseos hasta llegar a un mercado. Este también tenía una señal que decía: «El mercado del placer». Dentro había toda una selección de comida deliciosa. Con entusiasmo Félix recogió un trozo de pan y, cuando tomó un bocado, se llenó con la sensación más eufórica de su vida. Un placer corporal vibraba hasta sus extremidades y casi gritaba por el éxtasis. Con una manía seguía consumiendo la comida, hasta que se le había quitado toda el hambre y se acordó de su búsqueda. Soportando su estómago lleno, recorrió los puestos de comida tratando de ubicar el libro. Sin embargo, después de poco tiempo, la gran cantidad de comida comenzaba a apagarse gradualmente, hasta que desapareció por completo, y Félix se encontró en el puro desierto de nuevo.
Determinado a encontrar el Libro del Significado, Félix caminó por el desierto. Un poco más adelante llegó a una montaña rusa, repleta de torsiones y vueltas. Una señal daba su nombre: «La montaña rusa de la felicidad». Con una sonrisa, montó un vagón e inmediatamente arrancó. Félix reía y gritaba mientras recorría toda la ruta circular. Después volvió a montar la atracción por segunda vez. Entonces lo hizo por tercera vez, por cuarta, por quinta. Eventualmente la emoción disminuyó y Félix se puso a buscar en todas direcciones el Libro del Significado. Sin embargo, estaba tan desorientado por el movimiento constante que apenas podía enfocarse en la búsqueda. Se bajó de la montaña rusa con bastante náusea. Dejando la atracción atrás, Félix seguía por el desierto. La desorientación le dificultaba mantenerse en el sendero, por sus desvíos y menor claridad. El paisaje no cambiaba de forma, con una monotonía constante. Pero después de algún tiempo caminando, el sendero llegó a un edificio pequeño pintado de modo colorido y vibrante, con arquitectura radical. En la puerta del edificio estaban las palabras: «El taller de la creatividad», consignadas en un estilo expresivo y llamativo. Félix entró y vio cuatro objetos: una guitarra, un caballete, un cuaderno y una colección de bloques de construcción. Tal vez podría ubicar el Libro del Significado por el proceso de la creación. Entonces, con la guitarra compuso canciones emotivas, con el caballete pintó escenas abstractas, con el cuaderno escribió poesía simbólica y con los bloques de construcción hizo varias estructuras de diseño variable. Sin embargo, aunque recuperaba su enfoque y concentración, no había ninguna señal del libro. Salió del edificio y resumió su viaje por el sendero.
El próximo destino al cual llegó Félix era una colección de puestos atendidos por diferentes personas. Tal como en los otros sitios, había una señal, y esta decía: «La feria del servicio». Félix entró y recorrió los puestos. Se acercó a uno y saludó a la mujer que lo atendía.
—Hola, joven. Necesito un diseño para un nuevo edificio.
Félix se sentó en un escritorio y dedicó unas horas a preparar un diseño arquitectónico de un edificio de oficinas. Al terminarlo, se lo presentó a la mujer.
—¡Muchas gracias, joven!
Ella le estrechó la mano. Félix respondió con una sonrisa y después se apartó del sitio para seguir conociendo la feria. Otro puesto le llamó la atención: un hombre viejo retorciéndose con agonía. Félix corrió para alcanzarlo.
—Señor, ¿cómo puedo servirle?
El hombre lo miró con una expresión de súplica.
—Mi diente…, me duele tanto. Por favor, quítame el dolor, no lo puedo soportar.
En una mesa situada en el puesto había una selección de herramientas odontológicas. Félix le aplicó alguna anestesia en la boca y luego tomó una turbina dental. Minutos después, el hombre, agarrando el lado entumecido de su boca, se había calmado, liberado de dolor.
—Me salvaste la vida, muchísimas gracias.
Félix asintió con la cabeza, disfrutando de la gratitud dirigida hacia él. De nuevo, continuó por la vía principal de la feria. Terminó de preparar una cena para una familia, equilibró las cuentas financieras de una pareja, sirvió sopa a gente de la calle y enseñó a leer a un grupo de niños. Aunque cada acto de servicio le premió con un profundo sentido de satisfacción, pudo sentir que su energía empática disminuía. Estaba cansado y se dio cuenta de que se estaba volviendo desanimado e indiferente. Después de programar una aplicación para una empresa, abandonó la feria para volver al sendero de los Deseos. La monotonía del desierto se volvió la realidad de Félix de nuevo. Tenía la tentación de volver a la montaña rusa de la felicidad o la laguna del Aprendizaje o el mercado del placer, pero la determinación de encontrar el Libro del Significado le empujaba hacia adelante. Por un buen rato siguió el camino, pero no llegaba a ningún otro sitio de interés, solo se adentraba más en el desierto. El paisaje le parecía tan constante que pensó que podría haber estado en una caminadora y no habría notado ninguna diferencia. Mientras tanto, estaba llegando el atardecer y la intensidad alta del sol se reemplazó con un fresco que acompañó la noche. Con temblores, Félix se esforzaba en seguir. Para contribuir a su incomodidad, una tormenta de viento se formó sobre el desierto, causando una masa de arena llevada por el aire. El impacto abrasivo le dolía y se cubrió la cara con las manos para protegerla. Durante mucho tiempo hizo un progreso lento, y entonces vio con un pulso de esperanza una estructura pequeña de construcción de madera ubicada en la parte superior de una duna majestuosa. Después de subirla, un camino tedioso por la tendencia de la arena a retrasar cada paso, alcanzó la cabina. Abrió la puerta y entró, colapsando en el suelo. Cuando recuperó sus sentidos miró alrededor del refugio compacto. Las únicas cosas que ocupaban espacio eran una mesa y una silla. Enfocando su visión, Félix pudo ver otro objeto pequeño sobre la mesa. Era un libro. Estiró una mano para recogerlo. Estaba cubierto de polvo, pero podía ver muy claramente el título: El Libro del Significado. Con elación, Félix le dio vuelta a las páginas. Sin embargo, su entusiasmo inicial se convirtió en horror cuando el contenido del libro se reveló: nada. Nada en absoluto. Llevaba páginas blancas, vacías. Félix tiró el libro a través del refugio, haciéndolo chocar contra la pared opuesta. La búsqueda había sido una pérdida de tiempo. Fue víctima de un engaño, un truco cruel. Todo lo que había esperado encontrar en el libro supuestamente sagrado fue solo el sueño de un tonto.
Durante algún tiempo Félix se quedó quieto en el suelo del refugio, abatido por el infausto descubrimiento. Eventualmente, cuando se restableció la calma, se levantó y recogió el libro. Sacudía la cabeza mientras examinaba de nuevo las hojas blancas, lamentando la ironía de poseer un «libro del significado» sin ningún significado aparente. De todas maneras, ¿qué era exactamente el significado? Lo significante sería lo que él consideraba tener significado. Entonces, en ese momento, él se dio cuenta de lo que necesitaba hacer. Era tan obvio. El libro estaba vacío porque él, Félix en sí mismo, debía llenarlo. Es decir, era su responsabilidad crear una propuesta de significado. Llevado por esta idea, se sentó a la mesa, sacó un lápiz de su bolsillo y comenzó a escribir. Escribió durante toda la noche y el día siguiente. Fuera del refugio, la tormenta del desierto continuaba de manera furiosa. Félix, seguro bajo el techo del refugio, escribía de modo frenético, sin pausa, hasta que se le agotaron las ideas. Entonces colapsó en la mesa y se durmió, con la cara descansando sobre el libro abierto.
Félix se despertó por un rayo de sol que entraba por una de las ventanas del refugio. Estirándose, se dirigió con fatiga hacia la puerta y salió. Se asombró al encontrarse dentro de un gran oasis que había aparecido alrededor del refugio. Entre un par de palmas, Félix vio a Concorde sentado en un sillón.
—Ven, Félix —lo llamó el sabio mientras ondeaba una mano. Félix se le acercó—. Entonces lo encontraste.
—Sí, Concorde, y parece que después de todo ya lo tenía todo en mi mente. Lo sabías, ¿cierto?
Concorde dejó escapar una risita.
—Claro que sí, hijo mío.
—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste?
—Porque nadie te puede contar el significado propio, Félix. Necesitas vivirlo.
Félix pensó por un minuto.
—Entonces, ¿quieres decir que el significado lo poseo yo, pero solo por las experiencias que he tenido en este viaje?
El sabio miró al cielo.
—Te respondo con otra pregunta, Félix. Si hubieras venido directamente a este lugar sin conocer ni aprovechar las atracciones a lo largo del camino, ¿habrías sido capaz de llenar el libro?
Félix lo pensó bien y reconoció que mucho de lo que había escrito en el Libro del Significado se inspiraba en sus experiencias en la laguna del Aprendizaje, el mercado del placer, la montaña rusa de la felicidad, el taller de la creatividad y la feria del servicio.
—Concorde, estoy de acuerdo con que el significado derivó de las atracciones que conocí en este sendero, pero es que solo las conocí por casualidad. Se me aparecían a lo largo del camino.
—Sí, Félix, y con todas hiciste la elección deliberada de entrar y aprovechar. También elegiste salir de cada lugar y seguir a lo largo del sendero. Pudiste haber decidido quedarte en un lugar particular.
Félix se quedó confundido.
—Entonces, ¿quieres decir que hice bien o no?
Concorde apuntó con un dedo hacia el refugio.
—Encontraste lo que buscabas, ¿no?
Félix recordó que había dejado el libro abierto en la mesa dentro del edificio.
—Sí, pero hay un problema. Se me agotaron las ideas. No pude llenarlo por completo.
Concorde asintió con la cabeza sin evidencia de sorpresa.
—Claro que esas páginas que te quedan son para tu viaje de regreso. Ya debes retrasar tus pasos por el desierto para llegar al bosque del Crecimiento de nuevo.
Félix frunció el ceño.
—Pero ya conozco muy bien todos los sitios en el desierto. ¿Cómo voy a encontrar más significados en ellos?
Concorde miró a Félix.
—Vete a recoger el libro y te enseñaré.
Félix entró al refugio, recogió el libro de la mesa y salió de nuevo hasta afuera. Se encontró enfrentando el desierto regular de nuevo. Todo el oasis, incluyendo a Concorde, había desaparecido, dejando el refugio aislado de nuevo en la duna. Félix, todavía agarrando el Libro del Significado en la mano izquierda, giró su cabeza para escanear el panorama, pero el viejo no estaba por ninguna parte.
—Ese tipo siempre me engaña —dijo Félix en voz alta.
No le quedaba ninguna opción salvo andar por el sendero de los Deseos de nuevo, ahora siguiéndolo en la dirección opuesta. Primero llegó a la feria del servicio. Al acercarse a la entrada, Félix se dio cuenta de que el lugar tenía una apariencia diferente, de abandono. Entró y anduvo por la feria, confirmando la ausencia de la gente. Los puestos no estaban atendidos. Sin una razón para quedarse, salió por la entrada de nuevo y siguió su camino. Pensaba en lo que encontraría en el próximo lugar, el taller de la creatividad. Después de no mucho tiempo llegó al edificio, pero se decepcionó al verlo sin la fachada colorida que había tenido antes. De todos modos entró y sus preocupaciones se confirmaron cuando vio la guitarra rota, el caballete dañado, el cuaderno manchado y los bloques de construcción colapsados. Félix se despidió del sitio desanimado y continuó su viaje de regreso hasta llegar a la montaña rusa de la felicidad. También esta atracción estaba abandonada: el vagón exhibiendo un óxido extensivo. Ahora, completamente abatido, Félix andaba por el desierto, apenas levantando la cabeza. Ya sabía lo que encontraría en el sitio donde estaba el mercado del placer. Se cumplió su premonición cuando entró y pudo ver pan mohoso, fruta podrida y sustancias que llevaban una apariencia tóxica. Para entonces, Félix estaba triste, hambriento, aburrido, cansado e insatisfecho. Después de salir del mercado sintió mucha sed. Su existencia se había vuelto incómoda y miserable. El descubrimiento de la laguna del Aprendizaje vacía terminó de componer su miseria. Lentamente sacó el Libro del Significado y lo abrió. Todo lo que había escrito se trataba de lo bueno que había encontrado a lo largo del Desierto del Significado, y no le servía para nada lejos de este. La alegría, el éxtasis, el orgullo y la curiosidad se estaban diluyendo. Colapsó al lado de una duna, respirando pesadamente. Abrió las páginas blancas, sacó un lápiz y empezó a escribir. Escribía de su hambre, su sed, su cansancio, su aburrimiento, su tristeza y su sufrimiento en general. Entonces cerró los ojos y dejó que la conciencia se le escapara.
Cuando abrió los ojos, Félix se encontraba en el bosque del Crecimiento, al lado de su árbol en el claro del bosque en que se situaba. Con pánico se acordó del Libro del Significado, pero con alivio se dio cuenta de que todavía lo llevaba en una mano. Contempló lo que había aprendido. Le había costado mucho, pero con esfuerzo había ganado el Significado. Mirando hacia arriba, hacia el árbol propio, vio que una de las ramas estaba bien extendida y el árbol en sí mismo había crecido mucho. Ya había cumplido con el primero de sus sagrados deseos de la vida.
Entonces Félix sintió una vibración y el suelo donde estaba sentado se movió rítmicamente. Por el movimiento sostenido, los árboles del bosque se agitaban, causando una multitud de hojas cayendo abajo hasta el suelo. Aves volaban hasta el cielo y el árbol de Félix se sacudía de un lado al otro. La moción duró un minuto, hasta que la tierra volvió a estar quieta. Curioso, Félix se levantó y anduvo por el bosque, observando de vez en cuando una rama caída en el suelo o una colección de hojas sueltas. Cuando alcanzó el límite del bosque, se encontró con una vista del valle abajo, donde estaba ubicado el pueblo de Potencial. El lugar donde él había crecido estaba en ruinas, destruido por el terremoto que pasó poco tiempo antes. Félix quedó estático, mirando la escena horrorosa. No había un edificio intacto, ni indicios de sobrevivientes. Todo había sido eliminado en cuestión de segundos.
—Ya te das cuenta del gran precio que uno asume cuando sale por el sendero de los Deseos —dijo Concorde, que había aparecido al lado de Félix.
Félix miró al sabio con incredulidad.
—¿Sabías que esto pasaría?
Concorde asintió con la cabeza.
—Sí, Félix, pero tenemos que enterarnos por nosotros mismos para entender.
—¿Entender qué?
—Que una vez que alguien entra al Sendero de los Deseos, no puede volver.
Félix protestó.
—No es cierto. Bajaré inmediatamente para ayudar a reconstruir el pueblo.
Concorde negó con la cabeza.
—Ya no se puede, Félix. Ese camino se ha cerrado para ti por siempre. Tu futuro está en el sendero de los Deseos.
Félix enfrentó al viejo.
—¡Me engañaste! Nunca te dije que quisiera salir de mi pueblo para siempre, solo que quería cumplir con mis deseos.
Concorde suspiró.
—Por desgracia, haciendo lo uno te comprometiste con lo otro.
—¿Entonces nunca podré volver?
—No si quieres buscar tus otros deseos sagrados.
Félix se sentó en el césped, su mirada estaba fija en la destrucción que había abajo: los restos de una niñez de amor, bienestar y seguridad.
—Pero… mi familia. Necesito averiguar si está bien.
Concorde puso una mano en el hombro de Félix.
—Tranquilo, Félix, estarán bien, pero no pueden acompañarte en este viaje. Lo debes hacer tú solo.
Félix se quedó por un rato en el borde del bosque que daba a su pueblo arruinado. Cuando estaba anocheciendo, se levantó, giró y volvió a adentrarse en el bosque del Crecimiento.
Capítulo 3. El deseo de la salud
Félix estaba en el bosque del Crecimiento, junto a su árbol, en el claro del bosque, contemplando la pérdida de su pueblo. La única fuente de alegría era el Libro del Significado, que ya tenía en su posesión. Pronto o después él sabía que tendría que seguir su viaje por el sendero de los Deseos y perseguir los otros deseos sagrados que le quedaban, pero todo su entusiasmo por el propósito había desaparecido. Concorde le había vuelto a dejar, así que Félix quedaba solo. Eventualmente, cuando terminó repasando las páginas del Libro del Significado, se puso de pie, con la convicción de salir por otro camino.
Otra vez se le presentó todo con una decisión importante, la de elegir una de las ramas del sendero de los Deseos para seguir. Tras bastante deliberación, tomó el camino que indicaba el deseo de la salud. Durante un periodo anduvo por los árboles del bosque. Fue agradable estar entre la verde vegetación después de mucho tiempo caminando por el desierto. Sin embargo, la tranquilidad vegetal no le duró mucho, puesto que el sendero salió del bosque de nuevo y siguió hacia una gran sabana. Una pradera extensa dominaba el paisaje, y una vez más Félix se encontró en un espacio abierto. Después de poco tiempo de camino en esta nueva zona, llegó a una señal que decía: «Bienvenidos a la sabana de la Salud». Al lado de la señal estaba Concorde, contorsionándose en una pose de yoga. Ver al anciano demostrando tal flexibilidad impresionó mucho a Félix.
—Llegas tarde, hijo mío.
Concorde, respirando profundamente, terminó de estirarse y se levantó para enfrentar a Félix.
—¡Qué elección tan interesante! Pensaba que tal vez habrías perseguido la Intimidad, pero aquí estás.
Félix experimentó un sentido de pánico.
—¿Quieres decir que me equivoqué, que elegí mal el deseo?
Concorde le sonrió.
—Como te dije, estás aquí. Ahora es tiempo de buscar el elixir de la salud. Si quieres cumplir con el deseo de la salud, debes obtenerlo.
Félix volteó hacia adelante y preguntó:
—¿Me acompañas?
Concorde negó con la cabeza.
—No, Félix, tampoco. Cuando logres cumplir con este deseo nos veremos.
Félixas asintió y siguió su progreso por la sabana a lo largo del sendero de los Deseos.
Después de poco tiempo, Félix se encontró enfrentando a un animal musculoso, que estaba quieto en el camino, bloqueando el pasaje. Era un caballo. Félix golpeó las manos para asustarlo y despejar su camino, pero el caballo no se movió. Miró a Félix con una expresión ausente, apenas perturbado por la presencia humana. Con impaciencia, Félix gritó con fuerza, pero todavía el caballo quedó en su sitio. Con un ademán gruñón, Félix se desvió del sendero, hizo un arco de buena profundidad alrededor de la trayectoria de la vía, dándole al animal un espacio adecuado, y volvió a situarse en el sendero. El caballo no dejaba de mirarlo. Dándole la espalda, Félix siguió caminando. Luego de unos segundos paró y se giró. El caballo lo estaba siguiendo.
—¡Quédate, caballo! —le gritó.
Pero el animal seguía caminando detrás de Félix. Cada paso que daba también lo hacía el caballo. Después de unos intentos de alejarse del equino, Félix aceptó que ya tenía un compañero de viaje, sin importar su voluntad. El caballo no le estaba amenazando, y pronto se cansaría y dejaría de seguirlo.
Los dos, humano y caballo, andaban tranquilos por la sabana, pero después de algún tiempo Félix cayó exhausto. Se sentó en una roca de altura conveniente para descansar. El caballo, quedando con buena energía, le miraba con curiosidad. Se mantenía de pie con paciencia. Afectado por el cansancio, Félix gritó al caballo:
—¡Muévete! ¡Que te vayas!
El caballo se mantuvo inmóvil.
—Bien, entonces. Si te quedas aquí, es tu negocio, pero yo no avanzo.
Por un rato largo Félix se quedó sentado en la roca. Aunque recuperó la energía, seguía descansando. Finalmente el caballo, aceptando que Félix no iba a caminar, estiró su cuello y continuó su marcha, dejando a Félix atrás. Aunque poco antes él habría estado aliviado por la ausencia del caballo, la verdad era que se había acostumbrado a su presencia y entonces se sintió algo abatido. Se arrepintió de la ira con que se dirigió al animal.
Para su sorpresa, otro animal llegó un poco después al punto donde se encontraba. Félix se volvió, consciente de la llegada de la bestia, cuando escuchó su respiración áspera. Resultó ser un elefante viejo, y era evidente que se esforzaba por moverse a un ritmo bastante lento. La piel de gran superficie revelaba un matiz intrincado de arrugas y heridas parcialmente curadas. En general, el elefante le parecía a Félix estar en muy mal estado. Cuando se acercó a él, el elefante se puso agresivo, golpeando al humano con su duro tronco y perforándolo con sus colmillos. Gritando de dolor, Félix se apartó de la roca donde estaba, que ahora ya no le servía de relajación, y huyó del elefante por el sendero. Corrió hasta que lo perdió de vista, y el esfuerzo lo dejó sin respiración. El esprint le obligó a sentarse de nuevo para recuperar la energía. Sin embargo, después de solo unos minutos, el elefante apareció y una vez más se mostró amenazante. Frotando los moretones que había recibido durante el primer encuentro, se negó a recibir más golpes y se lanzó ferozmente a correr a gran velocidad. Solo pudo mantener el movimiento por unos minutos más, y volvió a descansar. Otra vez el elefante le alcanzaba, y nuevamente Félix huía. Este patrón siguió como un juego de gato y ratón: el elefante persiguiendo sin pausa a Félix, y este tratando de mantener alguna distancia del elefante. Paso a paso ganaba más fuerza y en consecuencia se extendía el espacio de separación, así como el tiempo que el elefante se demoraba en alcanzarlo. Eventualmente, Félix podía más o menos sostener un ritmo cómodo y constante, que le permitía descansar tanto como lo necesitaba sin que el elefante cerrara la distancia de separación. Ya no corría de modo esprint, sino trotaba a una velocidad media que le abría la posibilidad de moverse por la sabana durante varias horas seguidas. Se había vuelto una máquina de eficacia, conservando la energía y solo gastándola mínimamente. La técnica mejoró también, y sus pies se deslizaban con gracia a lo largo del sendero. Respiraba con tranquilidad, dejando que sus respiros guiaran su ritmo y estado mental. En un momento se dio cuenta de que había pasado una semana entera desde que había visto al elefante. Seguramente quedaba lejos, atrás, y por fin Félix podía andar tranquilo. De todas maneras, ya tenía la condición física para atravesar la sabana con facilidad sin importar la presencia del elefante o su proximidad.
Algún tiempo después, Félix estaba recorriendo el sendero cuando llegó a una gran meseta que se levantaba desde el plano de la sabana. El camino terminó en el borde de la prominencia geográfica al fondo de un acantilado. La meseta era tan alta que Félix apenas podía ver la parte de arriba. Fijando su mirada, pudo ver una corona de nubes rodeando la tapa, que se componía principalmente de roca. Entonces Félix vio algo extraordinario en un afloramiento de la parte de arriba. Era la figura diminuta del caballo. Se preguntó cómo el animal había logrado trasladarse hasta allí. Desde el lado donde estaba la pendiente vertical no permitiría un ascenso seguro. Curioso, se apartó del sendero e hizo una circunnavegación de la meseta, buscando una ruta viable para subir. Ninguna se destacaba inmediatamente, pero al rodear el sitio por segunda vez llamó su atención un entrante estrecho que se curvaba hacia arriba. Estaba tan escondido en el paisaje que solo un buen estudio del panorama rocoso lo reveló. Félix hizo su camino por la ruta, y pronto se encontró tanto escalando como caminando, utilizando sus brazos para levantarse hacia arriba. Aunque sus piernas se habían vuelto muy fuertes tras atravesar la sabana, ni sus brazos ni su torso habían disfrutado del mismo entrenamiento, así que estaban demasiado débiles. Después de poco tiempo no colaboraban con los intentos de Félix para subir más del lado de la meseta. Mirando hacia arriba, el punto más alto quedaba demasiado lejos. Regresó al fondo para recuperar la fuerza, y el próximo día volvió a escalar la meseta. Todos los músculos llevaban fatiga, tanto los brazos como las piernas. La segunda escalada terminó igualmente en poco progreso. Sin retirarse, Félix continuaba escalando diariamente, haciendo un poco más de progreso cada vez. No obstante, este progreso de alcanzar la parte superior de la meseta lo hizo llegar a un estado de agotamiento. Félix sabía que tenía que modificar su estrategia para escalar más distancias sin quedar exhausto. Adoptaba un día de descanso entre cada intento para dejar que sus músculos se recuperaran. También complementaba el esfuerzo con ejercicios de fuerza, utilizando rocas pesadas por el límite de la meseta. Las levantaba del suelo sobre su cabeza, las tiraba y las llevaba a través de una distancia predeterminada. Además, incorporaba ejercicios usando solo el peso corporal, tales como planchas y dominadas. Con el tiempo, los músculos de Félix se volvieron más fuertes y un aumento de su tamaño reflejaba esta fuerza ganada. Mientras tanto, seguía sus intentos de escalar la meseta. Aunque ya podía subir un gran trecho de la elevación, el borde de la parte superior quedaba justo fuera de su alcance. El caballo a veces hacía una aparición, mirando a Félix desde la cima. El misterio de cómo pudo subir la meseta quedaba en el aire. Félix sabía que los caballos no poseían la habilidad de escalar como los monos. De pronto pensó que tal vez existía otra ruta desconocida. De todas maneras, la vista del caballo le animaba a seguir intentando subir, enfocado en la meta.
Félix sabía que todas las circunstancias tenían que estar a su favor para completar el ascenso exitosamente, entonces con deliberación planificó un gran intento final. Consideró cada detalle minúsculo, incluyendo la hora de salida, la comida antes, el ritmo de ascenso e incluso los pasos y maniobras de escala específicos. La noche anterior, Félix recorrió en su mente toda la travesía. Estaba tan familiarizado con la ruta que se podía imaginar con facilidad cada giro, cada movimiento y los sitios óptimos para breves descansos. Después de comer y dormir, Félix se levantó e inició su desafío. Adoptó una expresión de determinación, gritó al cielo y subió con buena energía. Luego se encontró en el límite de lo que había logrado antes, obligándolo a hacer un empuje final para alcanzar la cima. Cada levantamiento le causó un golpe de dolor, pero seguía la marcha, desesperado por cumplir con el reto. La distancia vertical se cerró a diez metros, y Félix podía percibir el cansancio dominando sus músculos. Sabía que si le fallaban, caería y podría resultar gravemente herido. Se levantó un poco más y con una mano pudo apretar el borde del acantilado. Un impulso más y llegaría. Preparaba su cuerpo para un último esfuerzo, y después de contar hasta tres, gritó y se levantó hasta arriba, colapsando en tierra firme, a una distancia segura del borde. Volteó la cabeza mientras estaba acostado para escanear el panorama. El caballo no se veía. Suspirando, Félix dejó que sus ojos se cerraran y después de unos segundos se quedó dormido.
***
Félix se despertó en plena noche, todavía acostado en la proximidad del acantilado. Un mar de estrellas brillantes llenaba la vista. Todos los músculos le dolían, pero se obligó a levantarse y buscar refugio para pasar lo que quedaba de la noche. Sufría por el frío de la altura, ya que se encontraba por las nubes. El calor cómodo de la sabana ya le parecía de otro mundo. Navegando por la superficie rocosa de la meseta con solo la luz de las estrellas y la luna, Félix llegó a una colina cercana, a cuyo lado había una cueva. Refugiado del viento, pudo restablecer el calor corporal y de nuevo se encontró con sueño. Así Félix pasó la primera noche en la meseta.
En la mañana, Félix se despertó y salió del santuario de la cueva para conocer la meseta. El paisaje rocoso hacía que el progreso fuera bastante lento, puesto que tenía que encontrar una ruta por la superficie irregular. Le hacía falta la sabana abajo, donde podía extender sus piernas en pasos largos. Allí en la meseta cada paso exigía cuidado para mantener el equilibrio. Durante todo el día examinó el lugar, rodeado por las nubes, pero no había ninguna señal del elixir de la salud, ni tampoco del caballo.
Félix volvió a la colina y su cueva para descansar. De modo espontáneo, decidió escalar la colina primero para tener una vista panorámica de la meseta y de pronto así guiar sus movimientos. Después de la escala de la meseta en sí misma, la subida de la colina fue fácil para Félix y no se demoró en alcanzar la cima. Arriba, podía observar una gran cantidad del área plana abajo, en la meseta. Más allá, en la distancia, la extensión de la sabana llenaba los alrededores, igualmente llana, pero cientos de metros más abajo. Examinando el carácter de la meseta, Félix se dio cuenta de que había una parte que le parecía no haber explorado antes, en el rincón más allá de donde se situaba la colina. Bajó de ella e hizo su camino hasta el sitio vislumbrado. Sin embargo, al acercarse a la zona, fue obstaculizado por una grieta en la roca. Ante la ausencia de un puente, no podía acceder a la parte más allá. Cuando iba a abandonar el sitio, un movimiento le llamó la atención. En el otro lado de la grieta una figura había aparecido. Boquiabierto, se dio cuenta de que era el caballo, que estaba viéndole.
—¿Cómo llegaste hasta allí, caballo? —gritó.
