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Cuentos de Tintanopla reúne siete cuentos en los que personajes ficticios, como una familia de conejos, un títere pirata o una rana remendada, cobran protagonismo en cada historia. ¿Qué tienen en común todos estos personajes? Viven en Tintanopla, la comarca imaginaria en la que todo sucede y donde el viento "juega" a convertir los cuentos en poesía. Por eso, al final de cada uno, vas a poder disfrutar de versos y rimas. Todos abordan la expresión de emociones. De esta manera, transitar el miedo, dar lugar a la tristeza, gestionar el enojo, compartir la alegría, comunicarse asertivamente o empatizar con el otro se vuelven aspectos significativos a medida que se avanza en la lectura. ¿Alguna vez te pusiste a pensar en lo importante que son las emociones en nuestra vida? ¡Mucho más es aprender a gestionarlas! Esta es una oportunidad para hacerlo. Con un estilo de escritura ágil y armónico, sin descuidar la belleza literaria, cada cuento dejará a los lectores pensando en su propio mundo interior.
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Seitenzahl: 65
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Tvo Clement y Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Ilustraciones de tapa e interior: Tvo Clement
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Bessone, Agostina Denise
Cuentos de Tintanopla / Agostina Denise Bessone. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
108 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-097-8
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos Infantiles. 3. Literatura Infantil. I. Título.
CDD A863.9282
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Bessone, Agostina Denise
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Dedicado a la fortaleza de mi madre y su esperanza apasionada por construir un mundo mejor.
Al amor silencioso y atento de mi padre.
A los ojos de Jonatan cuando brillan.
A los sueños dormidos de Franco, para que despierten.
A los sueños inquietos de Fiorella, para que se cumplan.
A la sonrisa de Bautista, motor de todos los amores.
Cuentos de Tintanopla
En las orillas de Tintanopla, vive un viento palabrero que en los días templados juega a despeinar todos los cuentos. Desordena la prosa, a la flor la perfuma de rosa, a la nube la vuelve lluvia, al sol lo viste de gala o lo pinta de un color distinto cada mañana. Este viento palabrero busca la risa de los niños y las niñas: persiguiendo la emoción va desordenando todas las cosas, o las ordena de un modo nuevo. Al fin y al cabo, los desordenadores solo ordenan las cosas de un modo distinto.
Y así va nuestro viento, convirtiendo los cuentos en poesías. ¡¡Ya me está peinando a mí también: no puedo decir algo que ya rima después!!
Espero que disfruten de estos cuentos que nacieron en lo hondo de mi corazón y por los efectos del viento, en las orillas de Tintanopla, tomaron luego… ¡otras formas!
Índice
CUENTO I
Hablemos sobre la empatía...
La fiesta de bienvenida Pág. 13
CUENTO II
Hablemos sobre el enojo...
La tormenta negra Pág. 27
CUENTO III
Hablemos sobre el miedo...
Arte natural Pág. 41
CUENTO IV
Hablemos sobre la tristeza...
El brillo de la luna Pág. 57
CUENTO V
Hablemos sobre la comunicación asertiva...
Lo terrible de ser Ramiro Pág. 71
CUENTO VI
Hablemos sobre el autodiálogo...
La trampa invisible Pág. 81
CUENTO VII
Hablemos sobre consciencia ambiental...
La rebelión de los pájaros Pág. 93
CUENTO I
La fiesta de bienvenida
El río fluía sereno aquel día en el valle. A pocos metros de allí, vivía una pareja de ancianos que había construido con gran esfuerzo su casa y tenía además una granja muy hermosa. El amanecer en aquel lugar se veía como en ningún otro lugar del mundo. O al menos eso sentían ellos, que igual no conocían muchos otros lugares del mundo. Los dos ancianos veían siempre la primera luz del sol, porque se despertaban muy temprano a ocuparse de las cosas de la granja. Pero lo que les voy a contar ninguno de los ancianos lo percibió, por eso es un secreto entre los personajes, ustedes y yo.
En esta granja, había una gran madriguera, con una familia numerosa de conejos. Mamá y papá conejos… y sus 39 conejitos y conejitas vivían para correr en el extenso campo y disfrutar de la naturaleza, que nada les pedía a cambio por vivir allí. Cada conejo había encontrado su función en el poblado, para ayudar a la gran familia en todos sus quehaceres. Algunos eran muy buenos corredores y se lanzaban cada mañana a la recolección de verduras y comidas deliciosas. Otros eran buenos excavadores y se dedicaban a cavar túneles que aseguraran un refugio donde entraran todos.
Luego estaban los artistas, que fabricaban melodías increíbles y hermosas pinturas, con los que alegraban los días de fiesta. Aquellos días, nadie trabajaba y solo se dedicaban a agradecer al sol por poder vivir el resto de los días. Eran días especiales, en los que las tareas ordinarias dejaban de importar y la familia estaba unida.
—Estos son días en los que se reinicia el corazón de cada conejo. La rueda que nos hace girar se detiene por un momento para dar un respiro al alma. De la gloria de estos días depende la victoria de todos los demás —decía un anciano y sabio conejo.
El día de hoy no era un día de fiesta y, sin embargo, mamá y papá conejos llamaron a todos a reunión. Cada quien dejó de hacer lo que estaba haciendo para acudir apresurado al lugar de la cita. Mamá coneja, con las mejillas enrojecidas y disimulando un poco sus nervios, anunció con una voz dulce y clara:
—Queríamos contarles que… ¡llegará pronto el integrante N.º 42 de nuestra familia! ¡Todos ustedes tendrán un nuevo hermanito o hermanita!
Las palabras resonaron en el corazón de cada conejo como una lluvia de algodones azucarados. No podían contener tanta alegría. Todos los conejos y conejas empezaron a hablar a la vez.
—¿Cómo se va a llamar?
—¿En qué grupo estará?
—¡¡Ya quiero que nazca!!
—¿Puedo ser la madrina?
—¿Ya podemos organizar la fiesta de bienvenida?
—¿De qué color será su pelaje?
—¡¡Ya lo imagino corriendo!!
—No… excavando…
—¡No! Será del grupo de artistas.
Así discutían con fervor todos los hermanos… Hasta que mamá coneja pidió con ternura que se callaran o al menos hablaran de a uno por vez. Después, cada uno retomó sus actividades cotidianas, pero cualquiera que hubiera observado con atención a los conejos podría haber percibido su alegría extraordinaria. Hacían todo con mayor empeño y entusiasmo. No había uno solo que estuviera rezagado o triste. Todos esperaban ansiosos el gran momento del nacimiento. Los excavadores se asegurarían de que el refugio fuera más grande; los recolectores, de traer las mejores verduras posibles, sin que los ancianos lo percibieran; y los artistas estaban ya estrenando nuevas melodías.
—Porque un nuevo ser necesita una nueva melodía —había dicho el anciano.
Casi terminaba la estación del otoño cuando sucedió. Mamá coneja llamó nuevamente a todos sus hijos e hijas, Tom, Sum, Lili, Rom, Ted, Sara, Rot, Flim, Derby, Mike, Tim, Persy, Osli… Papá preparó la lista de nombres a los que él llamaría para hacer más rápido. ¡Porque eran tantos! Después de un momento, todos los conejos estaban formados en fila esperando su turno para conocer a Pipo.
Inexplicablemente, quienes iban conociendo al nuevo integrante de la familia lo acariciaban tiernamente, pero luego murmuraban por lo bajo, cuidando que mamá coneja no los escuchara.
—Murmurar por lo bajo no es una buena señal —decía el anciano conejo desde un rincón—. No es de corazones nobles hablar para que no se escuche.
Uno a uno, fueron tomando su turno de acariciar y dar la bienvenida al conejito número cuarenta, pero el bullicio era cada vez más grande y, una vez que todos conocieron a Pipo, papá conejo llamó al silencio.
Mientras tanto, casi sin que nadie lo percibiera, mamá coneja acunaba en sus brazos al nuevo bebé, intentando que los ruidos no lo afectaran. Pipo tenía la piel más suave que una nube de verano y su nariz tan rosada como los bellos flamencos que adornaban el río del valle, pero los pequeños ojos de Pipo permanecían cerrados y esto escandalizaba a todos. Los ojos de Pipo no veían como los demás. Los ojos de Pipo parecían no ver absolutamente nada.
Ninguno de los conejos y conejas se atrevía a decir algo, pero lo inquietud era evidente. Nunca habían visto un conejo de ojos cerrados. Ni siquiera en las ferias de conejos, en donde había conejos de todas las especies.
—Pipo es muy distinto a nosotros —pensó el más vanidoso de los hermanos.
—¿Cómo hará Pipo para colaborar en los quehaceres? ¿Y para no chocarse las cosas apenas empiece a andar? —pensaron algunos hermanos muy preoc
