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Cuentos inadaptados es un pasaje a la era de la destrucción. La mayoría de los monstruos que se esconden en este libro son el tímido y enclaustrado inconsciente intentado rebelarse contra las moralinas de una sociedad castradora, por tal motivo encontrarás cuentos en los que la hembra lucha por salir de su escondite y mostrarse al mundo tal como es, lejos de los estereotipos que se le imponen. Cuentos inadaptados es una aventura distópica, de entrada prohibida para aquellos que no estén preparados psicológicamente, porque se necesitará coraje para leer y no empatizar con el asesino y sentirse asesino también o mantenerse impertérrito ante los monstruos que duermen debajo de vuestras camas.
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Seitenzahl: 81
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Literaturas
Diana Beláustegui
Belaustegui, Diana Raquel
Cuentos inadaptados / Diana Raquel Belaustegui. - 1a ed . - Santiago del Estero : EDUNSE, 2018.
Libro digital, EPUB - (Literaturas)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-4456-10-6
1. Cuentos. 2. Cuentos Fantásticos. I. Título.
CDD A863
Rector
Ing. Héctor Rubén Paz
Vicerrectora
Mg. María Mercedes Díaz
Subsecretaria de Comunicaciones
Lic. María Gabriela Moyano
Directora Editorial
Mg. Ester Nora Azubel
Diseño editorial y maquetación: Noelia Achával Montenegro
Diseño de tapa: María Eugenia Alonso y Noelia Achával Montenegro
Fotografía de tapa: Joaquín Vega
Edición: Eva Gardenal Crivisqui
© Diana Raquel Beláustegui, 2018
© EDUNSE, 2018
Av. Belgrano (s) 1912 - G4200ABT
Santiago del Estero, Argentina
email: [email protected]
www.edunse.unse.edu.ar
Las opiniones expresadas en los libros publicados por EDUNSE no necesariamente reflejan los puntos de vista de la Subsecretaría de Comunicaciones, ni del Comité Académico u otras autoridades de la Universidad Nacional de Santiago del Estero.
Cualquier tipo de reproducción total o parcial de este libro, no autorizada por los editores, viola derechos reservados.
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
—Me habría gustado seguir con vos toda la vida, pero estás creciendo y sería raro que nos vieran juntos −el amigo imaginario le sostenía las manos. Hubiese querido decirle que no tenía que irse, pero cada vez que su novio visitaba el departamento, ella tenía que esconderlo en la azucarera, haciendo un esfuerzo por cerrar la tapa, empujándolo con el dedo índice cuando la masa corporal imaginaria del amigo imaginario se resistía a caber en el pequeño contenedor. Entonces él se quedaba estático, con la cara chata chocando el vidrio, y el colmillo de la mandíbula inferior rozando la punta de la nariz.
Se despidieron con besos, lamidas y llantitos.
Él se fue por el inodoro y ella se sintió más liviana, luego hinchada, al día siguiente: nauseosa, y al mes, un tanto dolorida y mareada.
Cuando tuvo su período se desangró por ocho días, cada vez que iba al baño miraba un largo rato el inodoro antes de sentarse, por miedo a no verlo salir y dejarlo embadurnado con orina y coágulos.
Cuando se sintió enferma, extrañó tenerlo a su lado dándole lamiditas en la lengua, y cuando se dispuso ir a la ecografía solicitada por el ginecólogo, imaginó que lo guardaba en la cartera, pero fue inútil el intento de atraerlo, cada vez que la abría solo veía papeles y algún que otro libro.
Esa noche cuando regresó al departamento con los resultados, se recostó a observar la imagen en negro y gris.
Biopsia, masa extraña, útero, pastillas, reposo, nueva consulta. Las palabras sueltas no le generaban una explicación a lo que sucedía, había prestado poca atención al monólogo de su ginecólogo, dejó de escucharlo cuando lo reconoció en la imagen distorsionada que le mostraba el informe, con su diminuto colmillo tocando la naricita, parecía estar con la boca abierta, comiéndosela desde adentro.
Nunca logró superar el miedo al cuco. Cada vez que entraba a la pieza y tenía que revisar diez veces el ropero, levantando prenda por prenda y haciendo a un lado las perchas, renegaba de su madre por haberle creado ese miedo. Ni qué hablar cuando eran las tres de la mañana y ante el mínimo crujido del colchón tenía que mirar debajo de la cama.
Solía soñar que el monstruo le respiraba en la cara y el aliento era pestilente.
Ir a dormir, todas las noches, era una tortura. El psicólogo aconsejó una terapia alternativa con el psiquiatra para ser medicada y la muchacha se desvivió por conseguir las pastillitas y tomarlas obedientemente con la esperanza de superar su fobia. Nada hizo efecto.
Quería dormir como el resto de la gente. Cerrar los ojos y olvidar el mundo.
Se había acostumbrado a tomar pequeñas siestas durante las horas de oficina y un par de noches intentó dormir sentada en el inodoro, apoyada en el bidet, pero la espalda le pedía a gritos una zona de confort para evitar dolores y calambres.
Tenía 25 años cuando decidió que debía tener una habitación especial. Pensó en hacerla adosada al resto de la casa, pero no quería que se colaran crujidos ni sonidos extraños, así que mandó a hacerla en el centro del patio. Medía exactamente 1,90 x 2,30 m2. Fue exigente en el cumplimiento de las medidas, debía entrar sólo su cama, la puerta se abriría hacia afuera y no sobraría espacio en ningún rincón. Los albañiles la tomaron por loca y ella lo sabía, pero era lo que menos le importaba.
—No soy claustrofóbica −añadía cuando intentaban convencerla.
A los cuatro meses tenía el habitáculo hecho, pintado y listo para ser tomado. La cama entró justa. Los bordes del colchón se doblaban unos milímetros hacia arriba por la compresión y se sintió protegida. No había espacio para monstruos.
Esa noche entró, trepada en la cama cerró la puerta y le puso llave, se recostó y quedó dormida en menos de cinco minutos. Dicen que el cansancio no es acumulativo, pero el de ella parecía que sí lo era: durmió por veinticuatro horas.
Le costó trabajo convencer a su novio de que pasara una noche con ella.
Él miraba la pieza desde afuera y comentaba serio:
—Nos va a faltar el aire.
—Hay un sistema de ventilación instalado en el techo −retrucaba ella.
—¿Dónde pones la ropa cuando te desvistes?
—Entro desnuda, la vestimenta queda en la casa.
Él observó mil obstáculos y ella fue destruyéndolos uno a uno.
Lo convenció.
Se acostó esa noche y lo abrazó, se lo notaba incómodo.
A las dos de la mañana, el hombre no tuvo otra opción que abrir la puerta, primero fueron unos centímetros, y como vio que ella dormía profundamente, la dejó abierta. La claustrofobia lo venció y decidió no sólo irse, sino abandonarla a las cuatro de la mañana.
Ella se despertó a las siete, se dio media vuelta y lo abrazó.
Olía distinto. La piel parecía más tensa y dura.
—No me gusta −acotó él mientras ella seguía examinándolo a través del tacto en la oscuridad.
La voz sonó ronca y gutural.
Ella pegó un alarido y retrocedió hasta quedar apretada contra la pared.
—Prefiero los roperos, no podemos vivir así, quiero mi ropero −le gritó, y en la negrura sintió su aliento pestilente.
No quería dejar de jugar a las muñecas, el llamado de las hijas plásticas lo sentía con extraña exactitud en la parte inferior derecha del abdomen.
Me duele, pensaba, y sabía que ellas la necesitaban, como cuando a una madre le duelen las tetas llenas de leche y sabe que su hijo succiona el aire.
Entonces dejaba lo que estaba haciendo para ir a mimar a sus sanguijuelas de mentirita.
Ya no quería cuidarlas, en ocasiones soñaba que las enterraba en el fondo de la casa.
Fue un miércoles, mientras saltaba la cuerda, cuando el dolor le recordó que sus hijas adoptivas la esperaban y desoyó el llamado.
Esa misma tarde le reventó el apéndice, el estallido se escuchó en toda la casa, hizo pum, crash, y otros ruiditos como de succión.
La niña se miraba la panza mientras sus padres corrían de un lado a otro sin hacer nada.
Cuando regresó del hospital sin su apéndice, creyó que por fin descansaría de sus hijas demandantes.
La primera tarde que pudo salir a jugar estuvo un par de horas con sus amigas, hasta que sintió un tirón en su brazo izquierdo y una leve presión en el pecho.
NN era tan viejo como el mundo mismo. Supo ser un ser magnífico, pero los milenios gastaron su cuerpo hasta dejarlo convertido en un despojo pequeño y fofo, con una fisonomía que podría dejar catatónico a cualquier humano que lo viese arrastrarse en la oscuridad.
Era carroñero, se alimentaba de los desperdicios que el hombre dejaba: cuerpos mutilados en guerras, hambrunas, suicidios, homicidios, plagas.
Sus preferidas eran las víctimas de los crímenes pasionales, el sabor de la carne por lo general albergaba la ambivalencia del victimario: el amor y el odio descargado en la carne tierna.
Los humanos se mataban con tanta asiduidad que nunca lograba llegar a tiempo como para deglutir el cuerpo caliente, así que optaba por olfatear el aire y seguir el aroma de la matanza hasta llegar a los cementerios, fosas comunes o simplemente terrenos lejanos donde muchos eran abandonados sin siquiera un poco de respeto, y cuando esto pasaba, él se relamía de gusto. Los cuerpos se ponían agrios y mientras clavaba los dientes puntiagudos en los músculos que comenzaban a degenerarse, podía ver cómo los fantasmas se levantaban e intentaban emprender el camino de retorno buscando alguna especie de venganza.
NN sabía que más allá de un simple susto, no podrían hacer nada, entonces dejaba su comodidad de animal carroñero y guiaba a los inanimados, lamiendo los fluidos ectoplasmáticos cuando en el camino tenía hambre, y si sentía empatía por la causa, le daba un leve mordisco al victimario y dejaba que su cuota de bacterias hiciera lo suyo. Luego retornaba para comerlos, cuando el aire le avisaba que el manjar estaba listo.
Algo así pasó con ella, estaba en el monte siguiendo la pista de una víctima cuando el auto frenó a escasos centímetros de su figura atrofiada y expulsó el cuerpo de una mujer joven.
Cuando el vehículo avanzó se sentó a su lado para esperar que el corazón dejara de bombear sangre, pero no pudo con su ansiedad y le mordió el cuello, el elixir caliente le saltó directamente a la garganta y en un estado de paroxismo adivinó el nombre de la fémina, su vida, el tormento, la angustia, el resentimiento, el odio... y le tuvo miedo.
Ella se sentó llevándose la mano a la garganta mordida y lo miró.
NN retrocedió espantado.
