Cuentos marengos - Javier Noriega - E-Book

Cuentos marengos E-Book

Javier Noriega

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Beschreibung

Uno viaja y normalmente lo hace en avión, sobre todo para trayectos internacionales, pero luego se pone a pensar y se da cuenta de que en verdad un viaje en avión se diferencia de otro en los uniformes de la tripulación, si es que uno es capaz de recordar dicho detalle, pues tampoco son diferencias esenciales: si al menos usaran los trajes típicos del país donde está matriculada la aeronave. Considero por ello que la gran epopeya de los viajes se vive en los trayectos por superficie, aunque no sea nada más que un pequeño recorrido de una localidad a otra, y dentro de estos periplos sobre la cara del mal llamado planeta Tierra permitidme que declare mi veneración por el agua, puesto que el mar en su más amplia acepción es el espacio natural para la aventura, pero también para la evocación intimista. El mar es fuente de vida en el sentido de la evolución biológica, pero también, el eje de la subsistencia cotidiana. En el caso particular del Mediterráneo, ya sabemos todos lo que el mar significa. El mar imprime carácter a las personas que viven junto a él, porque el mar es cada día un nuevo mundo ante nosotros: el mar como nostalgia, el mar como bálsamo, el mar como ironía, el mar como lucha, el mar como leyenda. Pero no veremos rayas, porque, de verdad, ¡qué mal le sientan las rayas al mar! El mar, en definitiva, es lo que nos une y no lo que nos separa y eso es exactamente lo que el generoso lector encontrará en este libro. Francisco Javier Rodríguez Barranco (coordinador)

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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CUENTOS MARENGOS

CUENTOS MARENGOS

Colección Kandis, número 6

© de los textos: los autores

© de la edición: Ediciones Azimut

Ilustración de cubierta: Ana Isabel Angulo Delgado

Maquetación y diseño: ePubOnline

1a edición enero de 2018

ISBN: 978-84-948219-1-2

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización expresa de sus tulares, aparte de las excepciones previstas en la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra (www.conlicencia.com; +34 91 702 19 70; +34 93 272 04 47).

TRIPULACIÓN

Javier Noriega Hernández

Lola Clavero

Francisco Eduardo Conde Ruiz

Salvador Domínguez Ruiz

Raelana Dsagan

Guadalupe Eichelbaum

Juan José López Gallego

Herminia Luque

María Teresa Morillas García

Gabriel Noguera

Miguel Ángel Oeste

Loli Pérez González

Francisco Javier Rodríguez Barranco

Índice
PRÓLOGO DEL COORDINADOR
INTRODUCCIÓN. Javier Noriega Hernández
EL MAR Y FUMAR. Lola Clavero
LAS ACACIAS. Francisco Eduardo Conde Ruiz
LA LEYENDA DEL HOMBRE PEZ. Salvador Domínguez Ruiz
ÍTACA. Raelana Dsagan
AMOR DE SIRENA. Guadalupe Eichelbaum
EL VIAJE. Guadalupe Eichelbaum
DESDE EL PANTALÁN. Juan José López Gallego
LA CASA DE LA ESCRITORA. Herminia Luque
M. M.. María Teresa Morillas García
MIS PADRES. Gabriel Noguera
SAN JUAN SALVAJE. Miguel Ángel Oeste
LA HISTORIA JAMÁS CONTADA SOBRE LOS NIÑOS QUE ENCONTRARON A ET. Miguel Ángel Oeste
EL CUADERNO DE TAPAS MARRONES. Loli Pérez González
LA HABANA ES CÁDIZ. Francisco Javier Rodríguez Barranco
CUANDO JUGÁBAMOS EN EL EMBARCADERO. José Antonio Sau Martín
LA MAR INFINITA. Margarita Souviron
SEMBLANZAS DE LOS AUTORES

PRÓLOGO DEL COORDINADOR

Aquí cada uno que piense lo que quiera, pero hace varios miles de año la civilización no se hubiera transportado sobre carros de bueyes, y no es que tenga nada contra los bueyes, por supuesto.

Por eso era necesario que los seres humanos del momento se embarcaran, nunca mejor dicho, en aventuras de resultado incierto en unas naves, cuya tecnología no estaba del todo mal, habida cuenta, sobre todo, de las posibilidades de la época.

Desde el punto de vista mediterráneo y occidental es de justicia que nos sintamos agradecidos con este mar, pero no fue el único, puesto que las navegaciones de los chinos por el hoy llamado océano Índico rebasan en un par de milenios las de los fenicios, que ya es decir. Mucho más impactante me resultó el caso de las Islas Fiji cuando las visité hace tiempo, dado que ahí aseguran que fueron pobladas por africanos procedentes de su ribera oriental, que emprendieron ese periplo por razones que hoy día todavía nos resultan desconocidas. Incluso veneran con actitud casi religiosa el punto donde se produjo el primer desembarco. En general, la historia de los Mares del Sur se construye de esa manera: singladuras arriesgadas de una isla a otra, salvo Australia, cuyo desarrollo es de otra índole, vinculado al mar, ni que decir tiene, pero de manera diferente.

En el planeta Agua, por tanto, todas las civilizaciones buscaron siempre construirse alrededor de ese elemento, bien en oasis en el desierto, bien en la proximidad de cuencas fluviales, bien directamente en puertos junto al mar, que ha sido evocado por escritores de todas las épocas bajo muy diferentes puntos de vista: desde los miles de barcos que movieron los griegos en pos de Helena de Troya, dando así origen al primer texto conocido de nuestra cultura[1], hasta el intimismo de las historias de amor de Gara y Jonay en las Islas Canarias o los maorís Hinema y Tutanekai en Aotearoa, actual Nueva Zelanda, pasando por la mitología de Simbad, el Marino, o toda las peripecias de los Mares del Sur. Grandes, grandes Stevenson y Conrad.

Llegamos así a la trimilenaria Málaga, cuyo nacimiento se debe precisamente a las navegaciones mediterráneas, donde un grupo de escritores ahí afincados se proponen pues lo que han hecho siempre: respirar el aire salobre de la brisa local, sólo que ahora plasmándolo en un conjunto de relatos y compartiéndolo con los lectores, puesto que, al fin y al cabo, la literatura es un medio de comunicación y para que funcione hace falta un receptor del mensaje.

Pero se ha querido que asistiéramos a una realidad que se descompone como un fenómeno de refracción de la luz blanca a su paso por un prisma, porque del mar surgen las islas, en sentido literal o metafórico, que pueden ser el espacio natural para la utopía o la región propia de la pesadilla. De ahí que no todos los sentimientos sean gozosos en este libro, sino que la proximidad del mar se resuelve unas veces permitiendo aflorar las más bajas pasiones, mientras que otras es el escenario de una historia de amor, de una leyenda o de ambas.

Personas-islas, en definitiva, pueblan las páginas de Cuentos marengos lo que nos permitirá un acercamiento al ser humano desde muy diferentes opciones entre las que se encuentran la socarronería, la nostalgia, la duda, el drama, la fantasía e incluso la evocación futurista, valga la paradoja, puesto que de lo que se trata es de poner rumbo a esa Humanidad-Mar, dado que es una cuestión de hecho que vivimos de espaldas al mar, incluso en la poblaciones costeras: habitamos junto al mar, de eso no cabe ninguna duda y de vez en cuando lo escuchamos como parte de nuestra experiencia urbana, pero el mar cada está más lejos de las sociedades occidentales.

El mar es el gran negocio, sobre todo si se ve arropado por un clima plácido. El mar es lo que alimenta la industria turística de toda una nación, lo que no me parece negativo, es sólo que, como decían los andaluces de Jarcha hace casi cuarenta años, «tienen los pescadores rotas las redes de no poder secarlas donde ellos quieren». El mar es algo más que los chiringuitos, los restaurantes de paella para dos y los edificios de apartamentos. El mar es la historia, perdón, la Historia. El mar es la poesía y una segura fuente de inspiración. El mar ha regalado generosamente sus términos más queridos a otras actividades que han surgido luego: decimos, por ejemplo, «nave espacial» o «piloto» en el contexto de la actividad aeroespacial, o hablamos de «astronauta», que toma de la antigüedad latina el étimo «nauta». El mar ha sido la vía de comunicación por excelencia durante milenios y sus aguas han guardado, guardan y guardarán por siempre tesoros de incalculable valor material y cultural. Y por eso los autores que se agrupan alrededor del proyecto Cuentos marengos vuelven sus ojos al mar e intentan contagiar su entusiasmo a toda la sociedad. El mar como arte. El mar como belleza. El mar como vida. El mar como personas.

Todos los trabajos arribados han pasado por un riguroso proceso de selección y han sido elegidos, inicialmente los autores y luego los textos, en función de su calidad, eso está claro, pero también bajo la consideración de cómo apuntalaban la pluralidad de voces que se perseguía. Sin embargo, como ya habrá podido comprobarse, no he querido particularizar a ningún cuento mis razonamientos en estas páginas iniciales, ni mucho menos extraer citas de los textos, puesto que habría tenido que mencionar a todos y eso hubiera oscurecido lo que se pretende en estas líneas, es decir, plantear las ideas básicas de un libro donde, eso sí debo decirlo, conviven con total naturalidad autores con un importante recorrido literario, reconocido en prestigiosos certámenes, y otros cuya obra no ha gozado aún de la difusión que merece. Poco a poco.

Considérense, pues, a partir de este momento como miembros de la tripulación de Cuentos marengos, busquen acomodo en el sollado de la nao y disfruten con la lectura de este libro, que nace del agua, como no podía ser de otra manera.

Francisco Javier Rodríguez Barranco

Enero, 2017

[1]Y, por cierto, que si nos referimos a Helena de Troya, se me hace irresistible pasar por alto este verso de Christopher Marlowe en La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto: «Was this the face that launched a thousand ships?» (‘¿Fue ésa la cara por la que zarparon miles de barcos?’), siendo así que varias décadas después, con Marlowe oficialmente muerto, Shakespeare publicó lo siguiente en Troilus and Cressida : «She is a pearl/ Whose price that launched above a thousand ships» (‘Ella es una perla/ por cuyo precio zarparon miles de barcos’). Que vamos ver, que yo no digo nada. Que a Shakespeare le gustaba Marlowe, pues a Shakespeare le gustaba Marlowe: ¿qué hay de malo en eso? Mucho mejor la poesía de Marlowe que los pasquines de caballería. La gente es que es muy mal pensada…, pero, vaya, que para los amantes de las historias de espías en la Inglaterra isabelina, quizá sea buena la lectura de The Murder of the Man Who Was Shakespeare, de Calvin Hoffman (Nueva York, Julian Messner, 1955).

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Javier Noriega Hernández

 

Azul violeta. Verdoso, ultramar, zafiro, grisáceo, azur, luminoso, cobalto, colombino, celeste, turquesa, capri, océano, agua, pastel y azul perlado. Un mar de azules. Un mar de historias.

 

Los términos de mi relación con el mar, que habiéndose iniciado misteriosamente, como cualquiera de las grandes pasiones que los dioses inescrutables envían a los mortales, se mantuvo irracional e invencible, sobreviviendo a la prueba de la desilusión, desafiando al desencanto que acecha diariamente a una vida agotadora(…). En estas páginas hago una confesión completa, no de mis pecados, sino de mis emociones. Es el mejor homenaje que mi piedad puede rendir a los configuradores últimos de mi carácter, de mis convicciones y en cierto sentido de mi destino: al mar imperecedero, a los barcos que ya no existen y a los hombres sencillos cuyo tiempo ya ha pasado.

Joseph Conrad

 

Aquella instantánea entró por la retina para no marcharse. Era bien sencilla, pero como ocurre con la reverberación, de lo que sea, ya después de tanta mar a lo largo de los últimos años, el simple hecho de distinguir en la lejanía aquel matiz del azur, ese turquesa que se movía de poniente, con rizada en superficie y con aquellas jaulas marinas alzándose rítmicamente con el ir y el devenir de las olas; esa simple ojeada a la bahía azul era suficiente para desatar inconscientemente, como si se tratase de un hábito, un comportamiento repetido, muchas cuestiones. Aquella mirada atesoraba un mar de naufragios, un mar de personas, un mar repleto de las mejores historias que podemos contar. Todo es claramente identificable, como si se tratase de una paleta de colores, con toda su gama de azules. Es por eso que al tomar la salida 245 de la circunvalación, justo después del túnel del Cerrado de Calderón, al bajar por los valles de los galanes hacia Pedregalejo, aquella instantánea, activada por aquel escaparate azul, aquel balcón al mar que surgía ante sus ojos, se activó. Enfilada la granja marina con la desembocadura del arroyo Jabonero, aquella visión traía del inconsciente al consciente, o del tú al yo, ese mar de azules y de historias. Rápidamente, cavilando sobre el tipo de suelo, la ecocartografía que te diseña el geológico, limo y, ahora con las lluvias torrenciales, barro y más barro. Unos 22 metros de profundidad bien batido por el levante y el poniente en plena bahía. Un eje cartesiano, domado por la lectura y el disciplinado buceo, revolucionado por los clásicos, odiseas y los cuadernos de bitácora de antiguos capitanes de mar y de guerra. Con este devenir, disponer los elementos de aquella bahía malagueña no entrañaba mucha dificultad, simplemente era fruto de la experiencia. No mucho más. Otrora puerta del mediterráneo, en la actualidad pincelada por matices poéticos y dionisíacos, Málaga siempre ha estado acompañada por destellos epicúreos. Lo determinante hace que cada uno es lo que es. Idrisi hablaba de ciudad espléndida de bella factura, asomada al azul. Ni que hubieran pasado siglos. Aquella mañana un velero ceñía a levante, mostrándonos su cara amable, la de una vela blanca que susurra en placentera estela. En ese damero del tiempo y el espacio, un impresionante crucero dejaba tras de sí una poderosa estela, surcando desafiante el Mediterráneo en medio de la bahía y apuntando, como siempre se hizo, a la ruta del estrecho de San Bonifacio, como desde hace miles de años han maniobrado las naves y los nautas cuyas pieles, pegadas a la sal, traspiraban años de viajes y miles de estrellas contadas. Cuando el manto cuajado de la vía láctea mostraba el techo de Nut o la Polar a los navegantes. Cuando extraían sus astrolabios para sopesar la navegación o calibrar el rumbo de aquellas corrientes marinas que tenían ante sí. Cuando los «escarabeus» egipcios se atrapaban entre las arcillas de los asentamientos del litoral de su nacimiento, allá por la rebanadilla o el cerro del Villar fenicio de la desembocadura del Guadalhorce, junto a las sandalias, lapislázulis, collares, linos, ungüentos, jarritos y perfumarios. Mucho de ello constreñía a sabor oriental y todo venía y se trasponía por la mar. Y siempre distinguían esa bahía, la que surgía a borbotones, como balcón al mar desde la salida 245. Entre medias del velero y el crucero, en aquella bahía centelleante, el naufragio del submarino republicano de la guerra civil. El llamado C-3, pecio que descansa bajo un lecho de redes superpuestas de pescadores, en una zona de corrientes que arrastra todo lo que por allí se acerca. Más allá, naves y naves por identificar, por disponer, como decía el verso, título y nombre por un cálamo que debe bebe oscuridad y vierte luz. Verter luz e identificar a decenas de barcos localizados mediante sónar y sobre los que el eco digital del multibeam perfila claramente la silueta de un casco, de unas ánforas o de unos cañones sumergidos.

Muchas de las relaciones con la mar se tornan como si le hablara a un viejo amigo. Como si tuviera o fuera un marinero en tierra que se desahoga mientras transcurre su día a día. Recuerdos que tienen que ver con el mar, con la nostalgia de la mar y con la recuperación del mar. Una idea, la del poeta como náufrago y navegante, que es tan vieja como la literatura y lo mejor, o lo peor, según se mire, tan real como ese microcosmos que no existe para el ruido y la prisa de la vida en las ciudades actuales. Se habla de Naxos y Lesbos, del Ponto Euxino, del mar de Leteo y del regreso de Ulises, acentos históricos tan próximos a la arqueología, donde el mar recupera su estatuto de personaje mitológico. Territorio infinito donde la luz repercute en cada verso. Un territorio, el azul, en donde todo es posible y que hace que sea posible ver la vida desde otros horizontes. Periplos internos. Internos y externos, como el labrys cretense y mediterráneo, que desde su doble filo nos augura un viaje a ese mar de historias y en donde cada escala, como los estadios de la vida, es un grado de azul, un tipo de relato.

 

 

Primera escala

El mar de Clío

Ítaca te dio el hermoso viaje.Sin ella no habrías emprendido el camino.

Kavafis

 

La mar es historia. Rezuma por todos lados. No puedo imaginar mejor titular que el enmarcado por la exposición temporal del Maritime Museum londinense realizada en el 2012. Con grandes letras, sobre un fondo azul intenso resumía en su entrada todo lo que tenía por venir en una de las catedrales marítimas del mundo, el Greenwich de Londres. The Sea Is History. Aquel título que encabezaba la exposición resumía, con sus dos calificativos, dos grandes pilares del actual trasiego vital al que dedicaba buena parte de mi cotidianeidad. Mar e historia. Naufragios y arqueología en su sucedáneo. Una historia que a día de hoy en buena parte está sumergida, viva, por encontrar y dar a luz, olvidada. Una historia, por otro lado, que no sólo está en la mar, reposando en sus profundidades, sino que en muchos casos se encuentra inmersa en antiguos archivos históricos, que es otro mar, el de los Imperios de papel. Verdaderos recipientes donde se conserva la memoria de ultramar. De un lado, entre sus papeles amarillentos, quebradizos, su inconfundible olor a cuero y a paso del tiempo, transcurren momentos únicos; como el del hallazgo del Isabella, el naufragio en 1845 del llamado hasta ese momento pecio de los Santos, embarrancado en la ensenada de Torrequebrada. El coqueto archivo decimonónico del Díaz Escovar, una de las joyas de Málaga, fue testigo de aquel sonoro grito de victoria al encontrar el descubrimiento del naufragio en un periódico de la época, recientemente. O la majestuosa sala de lecturas de la Biblioteca Nacional, con sus hojas de acanto y sus personajes ilustres, ambiente que sirvió para encontrar y leer detenidamente las memorias del coronel inglés Vyse en relación al hundimiento del célebre navío HMS Beatrice del célebre sarcófago de Micerinos. Y las rutas de ámbar, especias, azogue, bulas, ropas de lujo, metales preciosos, canela y porcelanas chinas, que el AGI, el Archivo General de Indias, dispone ante el investigador en las mañanas diáfanas sevillanas. Archivos y mar, una intrínseca relación en la que uno se puede sumergir a lo largo de toda una vida. Un Imperio de papel que hemos olvidado y no valoramos, desde que Colón pisara la arena de otro continente dibujando un nuevo horizonte. A partir de aquel día, el limes que separaba lo conocido de lo desconocido se ha ido ampliando: desde Américo Vespuccio, los viajes del capitán Cook y las expediciones antárticas, hasta el descubrimiento del espacio exterior y de los satélites terrestres, el hombre siempre ha osado superarse, renovando ese pacto con Ulises y consigo mismo. Es lo que hay.

Ellos están allí y en ellos nos encontramos mar, personas e historia. John Elliot, en su La Europa de Ultramar, ya nos dibujaba perfectamente, con cierta nostalgia, para recordarnos ese río de papel, en el que te sumerges y ya no vuelves a ser el mismo. Ese castillo de Simancas repleto de legajos centenarios y olvidados. O ese archivo legendario del Viso del Marqués, que ya de por sí joya en sí mismo, gracias a la mera descripción pictórica en sus techos de episodios y asedios navales, de marinos o de puertos, de Bazán, Cádiz, la flota del mar océano o la Batalla de Rande; custodios artísticos de los centenares de miles de legajos que guarda en su interior, fiel corazón de la marina que descubría, conquistaba y abría los horizontes del mundo a Europa. Así ha sido desde hace siglos. Un mar de azules, en el que este azul es el perlado.

Junto al mar de papel están luego en escala sus diferentes azules. Ésa que tanto me maravilla cuando me sumerjo y puede verse cómo van cambiando sus tonalidades, en gradientes, para ir desde el celeste al turquesa y terminar en el índigo, violáceo, añil y, a la postre, la oscuridad total. Es curioso. Vista desde arriba, la tierra, también es azul. Una esfera, con un halo mágico, atractivo y sugerente gracias al albedo. Ese azul luminoso es sencillamente la mar vista desde arriba. Una mar inspirada en términos que aún desconocemos por la gravedad de la luna, agitada por tormentas y dibujada por islas y cabos. Por las historias de los hombres y las estelas de sus barcos. Costas que han escuchado el rugir de los vientos y el susurro de los alisios. Inspirado por esa imagen se pueden entender muchas cosas y más cuando a lo largo de los años ves que posiblemente lo que es arriba es abajo. Sumergirse en Sumatra, en el cuerno de Oro, en el golfo de México o en la bahía de Ajaccio. Acompañar a los albatros de Tasmania o a los primeros galeones que dibujaron el mundo en la República Dominicana, Veracruz o el estrecho de Magallanes. Disfrutar en las Lofoten de los pingüinos o de los u-boats, reguero sumergido que va desde el canal inglés al cabo de Hatteras y de allí a Gibraltar. Qué decir de los impresionantes cascos de acero de los acorazados de la I Guerra Mundial hundidos en Scapa Flow. Tomarse un arroz con marisco en Setúbal, mientras que uno mira al viejo puente y ve trabajar a los compañeros arqueólogos y así poder literalmente oler el exotismo de la canela o el clavo que llevaron a Enrique, «El navegante», a ir más allá de aquel finis terrae del cabo Bojador. Aquella delgada línea roja que supuso el principio del cambio, el de la circunnavegación de África, la llave de la ultramar oceánico. Y las ánforas romanas, qué decir cuando uno se maravilla con las cubiertas de madera del pecio imperial romano del Bou Ferrer o los de Cala Culip. La mar de Homero, Sófocles, Esquilo y Eurípides; la de Píndaro; la de Ramón Llull y Kavafis; la de Camus; la de Graves; la de Borges o Alberti; Melville o Rattingan, Verne o Stevenson, London o Salgari. La de tantos otros que la han soñado, escrito, cantado a lo largo de los siglos. Es el mar que desentrañaron fenicios y griegos y a cuyas orillas nació el alfabeto; la que sus orillas besaron Tiro, Roma, Cartago, Troya y Constantinopla. Venecia y Alejandría o maldijeron Hornos y Buena Esperanza, La Habana o La Mancha. La mar que se hizo dibujar al mundo bajo topónimos hispanos, desde las Marquesas, a las Afortunadas, Carolinas o Marianas…

Hay pocos países en el mundo que hayan aportado a la exploración del planeta y sus mares, tanto como nuestra tierra. Este hecho incontestable para los historiadores no ha sido suficientemente valorado por el resto del gran público, incluidos los propios hispanos, que a menudo sentimos mayor admiración por las aventuras y hazañas de viajeros anglosajones, franceses, holandeses, norteamericanos y de otros países que por la de nuestros paisanos, que en nada desmerece sus impresionantes travesías, sus precoces inteligencias, sus grandes descubrimientos. Cuando uno bucea en ese mar de olvido, se queda maravillado y de otro lado, pendiente. Nuestra historia de los descubrimientos y las exploraciones está repleta de personajes, de historias y de proezas realmente sorprendentes ligadas a los periplos y a la exploración del planeta. En todos estos mares hay historias que contar, que pueden brotar al salir de una autovía y ver estallar ante ti el azul de todo un balcón mediterráneo. Un mar de historias. Sentir la fuerza del medio marino y de los hombres que intentaron dominarlo, una labor de años. Para Dante, la «loca huida» de Ulises se agotó en las Columnas de Hércules, el Estrecho de Gibraltar, la frontera con el ordenado y musical universo medieval. Todo eso quedaría atrás con acento de nuestra tierra, posiblemente, con el mismo deseo de Ulises de escuchar el sensual y cautivador canto de sirena, dorados o paraísos terrenales. Al fin y al cabo, si la vida es sueño y los sueños, sueños son, qué más da. Ellos vieron ante sí un nuevo mundo que cambió la historia para siempre.

 

 

Segunda escala

Azur

El mar es belleza

A la orilla del mar, el baile eterno del agua y la arena hipnotiza el alma, acercándonos a los ritmos de la eternidad. Además, cada gramo de arena en una playa es el resultado del proceso que se remonta a los principios oscuros de la vida.

Rachel Carson.

 

Esa veta de sol ceremonial que sólo comparece en el borde limeño del océano.

 

El haz de luz de la linterna reflejaba unos enormes ojos de gato. Unos ojos que centelleaban con una trémula luz plateada. Unas pupilas más negras que la oscuridad en las que se deslizaban en esa ocasión por los acantilados de Maro y a unos 30 metros de profundidad. Eran una bandada de peces luna. Enormes. No lo olvidaré jamás. Es una de esas inmersiones que se graban para siempre y precisamente muy cerca, en ocasiones incógnito mar de Alborán, que tan bien conocen unos buenos amigos, como el siempre amable Juan Jesús, del Aula del Mar, o Jorge Baro, director del Oceanográfico, que tantas veces ha realizado campaña en el mismo. Y fue casualidad. La botella de oxígeno había llegado al límite en el que habíamos convenido antes de la inmersión que ascenderíamos a superficie. Navegábamos a través de la oscuridad, hacia la luz estroboscópica de la embarcación y buceábamos como sumergidos suavemente entre versos azules oscuros. Como si estuviéramos atrapados en un sueño del que no quisiera despertar. Al ser una inmersión inolvidable, me prometí a mí mismo volver. Hasta la fecha me han sucedido muchas otras cosas, pero nunca volví a repetir aquella escena. Suele suceder, es la vida. Mientras ascendía junto a la pared del acantilado de la punta de la Mona, era conocedor de que en aquel lugar debían obligatoriamente reposar los restos de uno de los naufragios más numerosos y célebres de nuestra época moderna, el de las 25 naves de la flota de Juan de Mendoza, grandes galeras de guerra que marchaban hacia Orán y que en vez de ello, fueron a pique. Tumba de miles de marinos y hombres de armas de la época. Aquella noche simplemente buceábamos por ocio y aquella zona, la de la Herradura, es una de los enclaves naturales, curiosamente urbano, más impresionantes y cercanos que tenemos. En pleno verano y con un grupo de amigos, entre ellos, el maestro de buceo, al que siempre se le tiene un especial cariño, por aquello de la melancolía y todo lo que te hizo aprender. Viejo lobo solitario, salvo para con su familia, que ahora instruye en el buceo profesional en un paraíso, en la Escuela de Buceo Profesional de las Canarias, en la tierra de lava. Lanzarote. Al ascender pasé junto a unos corales verdes que parecían los tubos de un órgano sumergido, allí fue cuando el grupo de peces luna, nos cerraron el paso. Al borde de un escarpado precipicio, permanecí inmóvil y, de una patada, me impulse suavemente hacia la inmensidad azul. Ascendí hacia la superficie, que me acogió con una especial sorpresa. Aquella noche debía haber unos 25 metros de perfecta visibilidad, como poco. Sería el poniente, la zona o vete tú a saber. Y al subir, un cielo cuajado de estrellas nos daba la bienvenida, se veían perfectamente a través de la columna de agua transparente, un manto cuajado de estrellas que sólo la vía láctea nos podía regalar. Fue la ascensión a superficie más bella que he hecho jamás. La hice muy lenta. Tan lenta que aún estoy ascendiendo. La belleza de aquella escena es difícil de mejorar. Literalmente, entre las olas y las estrellas. La mar es belleza para muchos, también para mí. Y esto sólo era en un pequeño rincón en el que un grupo de buceadores tuvo una modesta revelación.

Cuando alguien menciona la palabra mar, tendemos a pensar en el azul infinito del mar que se funde con el cielo en el horizonte. Un paisaje nihilista que embarga, que incluso da para que los pintores inspiren óleos y la canten los poetas. Además de los arrecifes de coral, las islas y las penínsulas salpicadas en sus aguas, el océano alberga lugares impresionantes. Existe de todo, tanto como sea uno capaz de maravillarse con la vida y con la belleza que el azul te dispone por delante. Van desde las formaciones coralinas, de mil formas y colores, que, por cierto, tan maravillosamente bien ha fotografiado el malagueño Manu Campillo, campeón de fotografía submarina por diversos mares del mundo.En cuestión de belleza, es difícil encontrar la correspondencia más exacta posible entre la materia narrativa y el acto de contar. Hay que vivirlo. La mar es un buen ejemplo de ello, son pocas las narraciones que hagan justicia a ese momento único de éxtasis e incredulidad ante lo que se vive. La descripción de los mares de Conrad quizás sea una de las pocas excepciones. Descripción de los mares y de multicolores peces en playas de blanca arena, que a la deriva van por el capricho del mar, cientos de islas de barrera que bordean las costas de muchos territorios en el mundo y que hacen de escudo del continente ante las tempestades y que en la actualidad se ofrecen a los amantes de las playas naturales. Para muchos, una actual visión idílica del paraíso. Habría que ver, y siempre lo recuerdo, la cara que se le tuvo que quedar a Pedro Serrano, un españolito de interior, de aquéllos que viajaban al Perú, cuando el imaginario colectivo del por aquel entonces áureo Imperio Español, dibujaba en torno a la tierra del inca Garcilaso, una tierra de oportunidades. Todos los gentiles hombres que querían labrarse un futuro iban con billete hacía allí. Tuvo que ser una buena borrasca la que azotó aquellas fatídicas islas de barrera, en el conocido como arrecife de «Serrano», con ráfagas de viento que rizaban y blanqueaban el mar esmeralda de las costas de Venezuela y Colombia, porque aquello es otro reguero de naufragios hispanos. Esa misma borrasca que haría encallar y naufragar a su barco y que daría lugar, doscientos años antes, a la verdadera leyenda del náufrago. Sí. Robinson Crusoe se basaría en lo que le ocurrió a este capitán español, que tuvo la mala suerte de naufragar en el Mar Caribe en 1526 y, simultáneamente, tuvo la buena suerte de salir vivo del trance. Fue el único miembro de la tripulación que sobrevivió. Pero eso sí, en nuestro olvido esta historia la hemos relegado y Dafoe con su Robinson pasaría a la historia con un marino escocés, no de tierra de secano y castellano. Una vez más.

El viento y las alas impulsan a los charranes a Palau. Conocí a Peter en Londres. Para nadar con las medusas, que tanto recordaba de las playas del Palo o de San Andrés en verano, navegué con él y dos de sus colegas hasta una isla al sur de Koror, la capital de Palau en el Pacífico. No hay mucha tierra al este de Fidji. En el mapamundi, las islas de ese lugar parecen granos de arroz dispersos. Desde el aire se entiende perfectamente el papel de los portaviones en la Segunda Guerra Mundial en aquellas áreas azules tan inmensas. Pero especialmente entiendo la inteligencia de Gauguin para abandonar el mundo e irse allí a pintar colores y mujeres. En la isla de Ua Huka queríamos simplemente fotografiar. Es el lugar más meridional que jamás he visitado. Y lo conseguimos. Inmortalizamos posiblemente el abanico de azules más hermoso que pueda imaginar. Ni bajo agua y, sin embargo, después de bucear en decenas de santuarios, el recuerdo que me traigo de allí fue una tarde, cuando nos llevaron a un pequeño bosque de mangos en la ladera de una colina. Al fondo, una de las más de 300 islas de las Fidji, enmarcada por un azul turquesa inimaginable. Recuerdo lo que me dijo uno de los alcaldes de aquellas tierras: «Lo bueno de las islas es que puedes ver las conexiones. Es fácil comprender los problemas en una isla pequeña, tal vez ahí resida su valor para el resto del mundo». Desde luego que en ocasiones los problemas nos lo buscamos por vivir en territorios demasiado grandes, desde luego que sí. ¡Ay del listo de Gauguin! Viendo aquella puesta de sol, inundado de luz, el dosel del bosque filtraba unos pocos rayos dorados que formaban en el suelo charcas luminosas al dar la luz sobre los mismos. El aroma de la fruta madura colgando de las ramas se unía al perfume de los mangos esparcidos por el suelo, creando un ambiente de languidez, precisamente en un lugar lleno de vitalidad. Tras caer el sol sobre las islas, nos sentamos en la perfumada suavidad del colchón de hojas, mientras Peter abría con su machete unos cocos frescos y nos los pasaba para que bebiéramos. Era otro de los matices de la belleza de la naturaleza y de los mares. Estar dentro de una de esas diminutas islas que salpican uno de los extremos del mundo.

Mientras hacemos el camino de regreso, la luz del atardecer lanzaba sus rayos horizontales a través de las islas. Una bandada de golondrinas del mar levanta el vuelo. La transitoriedad se une a la belleza y pienso otra vez en las islas de barrera azotadas por los huracanes, en la maravilla que causa la naturaleza y el dolor al hombre por la cantidad de naufragios que provocaron. Belleza y vida humana. Ni que fuera una novela de Yukio Mishima, sutil descriptor de la beldad como nadie. Por debajo de todo esto, las estrechas lenguas de arena o los flujos de los océanos, de los azules océanos, en los que el movimiento lo es todo. Pero ante todo, para casi cualquiera, el mar es belleza.

 

 

Tercera escala

Un mar hostil

La mar es una sabiduría que comete errores.

Qué pequeño y frágil se ve un barco cuando vives un temporal en persona. El tiempo tormentoso y la mala mar parecen mucho peor vistos desde las cubiertas de un yate que desde otro barco más grande. Habría que imaginar los naufragios de los galeones de los descubrimientos con su treintena de metros de eslora o de los que sumaban unas cuantas decenas más, con aquellas naves de línea del XVIII, que además gastaban 8 o 10 metros de manga y unos cuantos más de obra viva. Pues bien, las tormentas, los huracanes y la mala mar han sido responsables de llevar al fondo a miles de barcos, a cientos de miles de marinos. La primera vez que fui verdaderamente sorprendido en alta mar por un temporal me quedé petrificado. Para no olvidarlo jamás. En aquella noche se rompió la botavara, se partió un obenque, falló el herraje del estay, cedió el mástil y recuerdo que la nave terminó con un montón de averías más, que al día siguiente parecían insignificantes ante la que se lío la noche anterior. Podríamos describir miles de tormentas en la mar. Son miles las descripciones que hallamos en los documentos históricos y en las plumas de los que las vivieron. Siempre se baraja la misma hoja de ruta. El barómetro comienza a bajar alarmantemente y la película después viene rodada. En aquel temporal que nos sobrevino en el estrecho de Gibraltar, las olas se hicieron opacas bajo la blancura de una lluvia torrencial. El barco se escoraba que daba pánico, a la vez que el viento y su ensordecedor gemido batían con fuerza al entrar por la jarcia, sobre las velas y en cada maldita escota. Todo el barco se encontraba absolutamente tenso ante la embestida. Las olas se alzaban una detrás de otra, verticales y rompedoras, el viento silbando ferozmente, agitándolo todo con un movimiento y una violencia que nunca he vuelto a sentir. De noche, además, el espectáculo es aún bastante más impresionante. Las olas negras, cuyos contornos destacan por el brillo de las rompientes, temibles cada vez que cargan sobre la silueta de la nave. Todo acompasado por el frenético ritmo de la proa de la nave que se remonta para recibirlas y luego caer pronunciadamente con un fuerte golpe, hasta enderezarse otra vez a fin de trepar de nuevo hacia la cumbre siguiente y así sucesivamente. Vivir y sentir este tipo de situaciones en la mar es, sin lugar a dudas, una sensación única. El ruido siempre es formidable. Un sonido de viento entre los mástiles y las jarcias inconfundible, entremezclado con él rebotar de las rompientes por todo el casco. Son las olas, sin embargo, las que resultan siempre más peligrosas. No es necesariamente el tamaño de las mismas lo peor, sino su forma y sobre todo su pendiente. Personalmente sólo he vivido temporales costeros, los transoceánicos son destinados a los valientes, aventureros y actualmente a los deportistas que osan retar y divertirse entre las olas y las estrellas.

La mar es un medio hostil. Nos lo repetían una y otra vez en el aula, en las clases de Seguridad del buceo. Aparecía mil veces subrayado en el manual del buceador profesional, junto al narguile, la forma de disponer el equipo autónomo, de trabajar con tu pareja de buceo. Por todos lados. Hostil. Hostilidad. Medio hostil. Al fin y al cabo en cualquier momento a la hora de encarar cualquier acción bajo el mar, cualquier accidente serio sumergido trae consecuencias graves. Y la mar está llena de estas historias. El indómito anhelo del ser humano de domeñar a la naturaleza en ocasiones le ha costado demasiado caro. El mar, la mar en su acepción fémina, corroe, desgasta, oxida. Si algunos barcos mueren en tierra, como titula aquel libro, la mar lo vence todo. Sólo le hace falta un aliado, el paso del tiempo. Para estar a la altura del reto hostil hay que aceptar el reto. Ya fuese por las mil circunstancias endemoniadas que sean. Casi todos coinciden en el mismo vector. La supervivencia. Los pescadores son el retrato fiel del salitre, el sol, el frío, el cortante viento en las proas de los barcos. Las largas y arduas horas manejando las redes o el bichero, poniendo en orden la cubierta o seleccionando la captura del día. Y como ellos, todos aquéllos que viven del azul. Los astilleros, herrumbrosos muchos de ellos, otros en triste y franca retirada en una sociedad que no es artesana, pero que aún requiere del martillo hidráulico y los diques secos. En aquellas fronteras, las grandes manos que construyen barcos también requerían de dosis hercúleas para dominar la hostilidad. Incluso los cascos metálicos se corroen con el rozamiento de las onduladas aguas que surcan o los serenos puertos en los que descansan. Memento mori, amigos. A pesar de la superioridad de la Ninfa frente a la reina de Ítaca, debida a la mortalidad de esta última, necesariamente destinada a marchitar su belleza, el héroe griego nos ilumina con una confesión conmovedora, lo que revela una humanidad casi inesperada: «Deseo y quiero cada día volver a casa y ver el día del regreso. La dulce vuelta al hogar». A lo largo de estos años, casi siempre hay un denominador común con el Jonio. Pescadores, marinos, hombres de la mar, todos sueñan con el regreso al hogar. Siempre me ha desarmado la muerte. Me lo recuerda de vez en cuando el salmo que, en forma de azulejo, tiene la basílica de la Esperanza en una de sus esquinas, la que da al puente del mismo nombre y que cualquier viandante puede incluso observar desde su coche y que rotula «¿Dónde está, oh muerte, tu Victoria?».

 

 

Cuarta escala

Al margen de la gravedad.

El mar es aventura

La exploración es la exploración física de la pasión intelectual. Y diré una cosa; si tiene usted el deseo de saber y el poder para hacerlo realidad, vaya y explore. Total...en las regiones polares un hombre ha de hacerse la idea que puede acabar pudriéndose por el escorbuto (como le paso a Evans) o verse obligado a comer durante diez meses raciones de foca, si a uno no se le rompe la pierna en el glaciar «Beardmore», ha de tomarse su tiempo para pensar en la forma más conveniente de suicidarse. Noche tras noche, allá en la Antártida soñaba yo con que compraba bollos inmensos de chocolate en la estación de Hatfield, pero siempre me despertaba antes de darle un bocado. 

El peor viaje del mundo. Cherry-Garrard

 

¿Quién ha podido sondear las profundidades del abismo?, hay dos hombres entre todos los hombres que tienen el derecho ahora de contestarla: el capitán Nemo y yo.

Veinte mil leguas de viaje submarino. Julio Verne

 

Para un capricornio, estudioso y aficionado de joven a la montaña, de pies en la tierra, la mar implicaba algo más que terra incognita y un mar de aventuras. Hizo falta concienciarse, como hice de pequeño, una vez frente al puerto del Candado, de que al sumergirse uno todo lo que veía allí abajo y que se movía de un lado a otro era sencillamente fascinante. Eso era simplemente el primer paso para maravillarse con ese mundo que estaba ahí, el marino, y controlaba el miedo por una razón: merecía la pena no perdérselo.

Para Ulises existía en realidad un límite que encerraba toda la realidad accesible al hombre. Fuera de éste, se escondían todos los misterios, turbaciones y peligros que yacen detrás de lo desconocido. Incluso lo desconocido. La Odisea tiene bien definidos los límites: la isla de Polifemo, aquélla de Circe y Calipso están delimitadas, es decir, siempre contienen una referencia a lo real. Lo desconocido se extiende hasta el infinito y, por otro lado, necesita que éste se determine de alguna manera, que sea comprensible y no totalmente abstracto. Posiblemente el jurista holandés llamado Hugo Grotis pensaba parecido a Ulises, que eso del mar no es posesión de nadie y publicó en el año 1609 el principio de libre utilización del mar por todas las naciones. En 1703 se estableció la soberanía de las aguas territoriales a un ancho de un tiro de cañón que equivalía a unas 3 millas de la costa. Hoy en día los mares son casi totalmente conocidos, una maraña de datos topográficos y de redes digitales, todas ellas dirigidas por satélite, sin apenas margen de error. A pesar de todos estos adelantos, a pesar de tener al navegar un plotter o una sonda que te informa de la profundidad, los accidentes de navegación y los barcos existentes a su alrededor hacen de cualquier navegación, en ocasiones, toda una contingencia. A una, trece o veinticuatro o doscientas millas. En cualquier agua se producen naufragios y su superficie ha sido siempre objeto de mil aventuras.

Impulsado por el mismo deseo de búsqueda que torturó a Ulises, el hombre ha dirigido la mirada hacia fuera del contexto en el que, claro está, ya no abarcaba nada más que una simple isla, sino todo el orbe en el que vivimos. Hoy para algunos basta con la dura e intensa Volvo Ocean Race , la vuelta al mundo a vela por equipos que cubre la distancia más larga marina en la actualidad, cerca de 45.000 millas náuticas —83.000 kilómetros— cruzando cuatro océanos y haciendo escala en 11 ciudades de cinco continentes. La competición deportiva más larga que existe hoy en día. El sucedáneo de una aventura, en tiempos en los que casi toda la geografía se conoce, que siempre ha acompañado al ser humano en su conquista del mundo.

 

 

Quinta escala 

Personas y, por supuesto, barcos…

Suele suceder que los grandes personajes cuya vida ha adquirido relieve, y cuyas acciones merecen ser recordadas por la posteridad, insisten acerca de sus orígenes, relatando la historia de sus antepasados.

Las aventuras del Capitán Singleton

 

Hemos vuelto de manera descarada e incluso altiva la mirada y la espalda al mar. Fruto quizás de la extinción de nuestro Imperio de ultramar y sus colonias, de las habaneras y de todo lo bueno que iba y venía por ellas. Ya se sabe ese aforismo hispano y cainita de «lo que se ignora, se desprecia». Pues bien, resulta que en ese olvido y desprecio, todo se oxida aún más rápido. El óxido se multiplica cuando antes era el cuidado atento de la madera, de los bronces y de los pernos, un mimo casi obsesivo, con tal de que la salina no corroyera la regala o los interiores de los barcos, o el respeto por el cuidado de las calles empedradas y de sus letreros de latón que anunciaban colmados, despachos, consignatarios o efectos náuticos. Ese olvido, el de posiblemente dar la espalda a la mejor historia por contar, en el caso hispano es sorprendente y triste. No podemos olvidar que fue España la que dibujó el mundo, siendo responsable de la primera circunnavegación global de la historia de la humanidad. Como nos recuerda el sabio amable y perspicaz de Elliot, el esfuerzo hispano sirvió para dejar atrás los velos y la bruma medieval, para encarar el futuro de una época moderna. Una época que serviría para ser la antesala en algunos casos de la revolución tecnológica, científica y de pensamiento del ser humano. Casi nada.

Y este cambio, no lo podemos olvidar, se hizo a golpe de vela y de timón. Se hizo desde el crisol y atanor de todos sus puertos, en toda una gama de azules, difícil de imaginar. Unos puertos que eran auténticos goznes y puertas de intercambio a través de sus venas azules por donde se comunicaban ideas, personas, economías y cultura. Todo eso deja una impresionante impronta y huella, sólo hace falta en ocasiones poder saber mirar. Y así es. Vivimos en una cultura que facilita que los barcos y sus historias, a pesar de proceder de ella, se mueran en tierra o que se lapiden con paseos marítimos de cemento y ladrillo a astilleros de ribera y otros oficios de la mar siempre, eso sí, edulcorados por la tiranía de la burocracia y reglamento, como le ocurre incomprensiblemente en mi ciudad azul a los conocidos astilleros Nereo. El grito libertario de Baudelaire podría ser la consigna del capitán Nemo, que buscaba en los mares una libertad a salvo de todos los tiranos de la tierra firme. Todo para adentrarse en ese bosque submarino que exploraba el capitán Nemo y los suyos, con sus escafandras y sus zapatos de plomo, alumbrados por lámparas eléctricas portátiles y por el gran reflector del Nautilus.Pues bien. Aún es posible encontrarse capitanes Nemo tierra adentro. Juristas que coleccionan sables y óleos de barcos que depositan sutilmente en su bufete de abogados, como es el de mi rubicundo amigo Lancho, enmarcado por bosques de libros que recogen, como si se tratase de un ilustrado camarote, un buen fragmento de nuestra tradición naval. Libros que protegen mares, marinos y naufragios. Un guiño al olvido, en el que también es posible encontrar a periodistas, como es el caso de García Calero, que siguiendo la estela de la verdad, ésa que enumera Kapucinsky, conjura su pluma en una moderna sala de networking, tecleando una y otra vez, junto a otros colegas de profesión, lo que transcurre en nuestro día a día. Transcribiendo olas y estrellas, nunca mejor dicho, como relató el gran Bass en un ensayo memorable, pues nos recordaba vislumbrar destinos, unir a personas y contar relatos: las mejores historias ya olvidadas.

También afortunadamente aún hoy es posible encontrar a marinos que deambulan entre museos y viejas glorias, que hacen carne e inspiran velas de los viejos adagios del pasado. Marinos a los que brillan los ojos al hablar de la Gran Armada o las expediciones del Pacífico. El Instituto de Cultura Naval y el Museo, autentico corazón y memoria marítima que navega junto a Cibeles. En su seno, el olvido y su herrumbre degradan más lentamente. Desde Cesáreo Fernández Duro al querido Contralmirante José Ignacio González Aller, una referencia en vida, como si se tratase de un faro, que brilló como marino ilustrado, limpió y dio esplendor al recuerdo, la memoria y el futuro marítimo. También están los arqueólogos, los ojos de la ciencia bajo el mar, que tienen la responsabilidad de narrar la historia sumergida que ha estado muda hasta el momento y que tienen que peritar el grado de destrucción y expolio que han cometido los cazatesoros durante decenios sobre nuestro legado y sus yacimientos submarinos. A día de hoy, la ciencia recoge en ocasiones las «sobras» de los expolios, los robos por parte de los ladrones de la historia, de esa cultura sumergida a la que le hemos dado la espalda.

Fue en un pequeño cementerio marino de Irlanda, cerca de la bahía de Galway. Por alguna razón me pareció que los cuerpos que allí yacían debían gemir ante aquel horizonte movido de nubes y barcos y sobre todo ante un pasado que narraba desgarradoramente Sisiño con la flota del mar océano. Una emoción que un servidor pudo comprobar ante la voz quebrada del buen marino e historiador al narrar, como si hubiesen sido ayer, los degollamientos y ahogamientos que sufrieron los marinos y la flor y nata de España en las costas de Irlanda en el episodio de la mal llamada Armada Invencible. Es de los que Paul Valéry los titulaba como cementerios marinos en vertiente litorales, al borde del mar, como si se estableciese una idílica relación entre la muerte y el mar. La vida me condujo a cementerios marinos perfilados ya no en el litoral, sino en los fondo marinos, es allí donde me conmocionó al pensar que perecieron, porque los sentía, como lo hicieron cientos de personas, servicios, anhelos y sueños. No sólo es el frío de las profundidades azules lo que estremece al estar un tiempo sumergido. Cuando pude ver los restos del Sure y la Sage, dos fragatas reales francesas que tuvieron un terrible final en unos traicioneros bajos de piedras. En aquel lugar recóndito sus víctimas jamás podían pensar que acabarían sus vidas. Historia y personas. Muy parecido a lo que les ocurrió a los galeones del azogue, naufragados por un banco de arena al norte de Republica Dominicana y que tan magistralmente nos narra el arqueólogo Carlos León en la actualidad. La inmortalidad puede que no sea más que eso: vivir como futuro lo que forma parte del pasado.

Leídos siglos después, los versos de Homero se antojan de lo más actual. Al igual que Néstor y que Menelao, que Agamenón, que el propio Odiseo, hoy, por otro lado, cientos de nuevos navegantes se aventuran por esa misma ruta a través del Egeo huyendo de la guerra, de la muerte, del hambre y de la miseria. Muchos de ellos están hundidos bajo el azul. Fondos marinos en los que reposaban decenas de buques hundidos en medio de un inalterable silencio. También hoy, entre el olvido, los peces se mueven, libres y juguetones, entre las esperanzas perdidas de los hombres. Es, sin lugar a dudas, el azul oscuro.

 

 

Sexta escala

Las venas azules de la mar

Economía, cultura y sociedad. Tres palabras claves para comprender cualquier civilización que se me quedaron grabadas a fuego a lo largo de la carrera universitaria en la Facultad de Filosofía y Letras. En esta tríada, como si se tratase de una cuerda de ADN entrelazada, siempre está el comercio. Su fragante vino parece regar la vida de los hombres de manera transversal. Así ha sido desde siempre. Es la clave del intercambio y de la comunicación del pasado. Para la arqueología náutica, a la hora de descifrar los cargamentos y comprender el valor de los pecios, es vital para conocer cómo se navegaba y se comerciaba con esto o con aquello, por una cuestión o por otra. Miles de naufragios y su preciada carga, la esencia de la nave y de su ruta de intercambio, las venas azules del mundo. Recuerdo perfectamente aquella alabanza de Leonardo Da Vinci al agua. Para el florentino, los elementos poseen una función en el espíritu. Sirven para placer y beneficio de los hombres; constituyen los instrumentos de su actividad. Sin la tierra, el agua, el aire y el fuego no habría vida humana posible. De las «venas de la tierra» a las «venas azules»; las rutas marítimas de intercambio, la manera más segura siempre de comerciar, unificar territorios, entre otras cosas para hacer efectivo el viejo adagio de la oferta y la demanda. Un adagio que hunde sus raíces en la historia del tiempo y el espacio. Y siempre, uno de sus mayores testigos, los naufragios. De hecho, en buena medida siempre se les suele reconocer por el arqueólogo a primera vista, cuando se les localiza en su lecho submarino sobre una cama de ánforas. Desde el mítico Ulum Burum al ilusionante proyecto actual, uno de los más importantes en España, un pecio de época romana, neroniana, del Bou Ferrer que capitanea el bueno de Carlos de Juan en nuestras costas. A este propósito, es apasionante disfrutar de las impresionantes fotografías de José Moya. Sus azules. Sus maderas inmortalizadas con su moderno ojo de pez. De babor a estribor en la manga de la nave milenaria, como ocurría en Escombreras, otra mítica nave excavada por el veterano Juan Pinedo o las naves, referencia científica en el Mediterráneo, excavadas por Xavier Nieto en Culip. En todos ellos se pueden ver esas ánforas que parecen representar el alma y el corazón del comercio. Y no sólo del Imperio Romano, con aquella plaza de las corporaciones del puerto de Ostia en el que podías comerciar con elefantes o dátiles de la Mauritania, al aceite de oro de la Bética. Durante la época medieval, los comerciantes musulmanes dominaron las rutas marítimas de especias a lo largo del océano, aprovechando las regiones de origen en el Lejano Oriente y enviando especias desde emporios comerciales en la India hacia el oeste al golfo pérsico y de allí al mar Rojo. A mediados del siglo XVI, el surgimiento del Islam cerró las rutas de caravanas por tierra a lo largo de Egipto y Suez y redujo la comunidad comercial europea de Aksume y la India. El aloe, ruibarbo, ámbar, almizcle, sándalo y alcanfor se utilizaron con el tiempo para destilar aceites esenciales y realizar perfumes. Y esto venía de Oriente. Su determinismo geográfico, la del cierre de esa puerta, junto a la aparición del Renacimiento y su luminoso, «podemos descubrir más allá, la tierra es redonda», revolucionó a Europa, convulsionó a Portugal, primero, para aceptar el desafío y dar la vuelta a la puerta de Oriente. Todo para volver a abrir esa vía azul de intercambio. Vasco de Gama, previo salto de Bartoloméu Días y el impulso de Enrique, el Navegante, puso las bases de lo que vendría después y que lo transformaría todo...

El descubrimiento universal por Núñez de Balboa del mar, que éste designará genéricamente como Mar del Sur, y la ulterior expedición de Magallanes, que fuera preceptivamente capitulada por el navegante portugués con España, abrieron geográficamente el paso navegable Atlántico-Pacífico, otra nueva aventura de ultramar, digna de contarse y ser narrada. El Museo Naval con su gran exposición en la Casa de América titulada «El Pacífico Español» hacía reciente justicia frente al olvido. Apenas hace unos días, haciendo gala de la sociedad civil y con esos juristas que coleccionan recuerdos de ultramar y con esos periodistas empeñados en contar la verdad, junto la arqueología pudimos, durante dos sesiones, reunir a un grupo de nostálgicos y de investigadores que en muchos casos sí quieren volver esa mirada a la mar y contar sus mejores historias, vivir una aventura que vivífica más que los debates de salón y la burocracia palatina en torres de marfil. La llamamos, precisamente, la mejor historia por contar. Y es un azul cian, por su tremenda actualidad.

 

 

Séptima escala

Un mar de batallas