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Hechos sociales pasados, distopías futuras, y crímenes presentes, nos interpelan y nos invitan a tomar partido en esta obra. Además, estos relatos están acompañados por poemas, que ponen en palabras los sentimientos y temores más profundos a través de un lenguaje específico y sonoro. A partir de un estilo particular, la autora le propone al lector involucrarse en una crítica social indirecta a través de los personajes. Con sus descripciones y consecución de hechos, el lector se verá inmerso en las historias y las vivirá como si fueran propias.
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Seitenzahl: 75
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Scarpinello, Eugenia Yanina
Cuerpo caído : entre la soledad y el misterio de la muerte y la noche / Eugenia Yanina Scarpinello. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
94 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-726-0
1. Literatura Argentina. 2. Poesía. 3. Relatos. I. Título.
CDD A860
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Scarpinello, Eugenia Yanina
© 2020. Tinta Libre Ediciones
Dedicado a mi padre, mi fortaleza.
A mis hermanos, César y Claudia, por su apoyo incondicional.
Agradezco a Clara Torres por sus consejos.
Cuerpo caído
Entre la soledad y el misterio de la muerte y la nocheRelatos y poemas
Eugenia Y. Scarpinello
Relatos
Loto Negro
El régimen cada día estaba más intransigente. Si bien yo aún estaba en categoría amarilla, podía pasar a ser catalogada como naranja en cualquier momento.
Todos sabíamos lo que significaban los colores. Rojo: la ejecución y previas torturas; naranja: trabajos forzados; amarillo: sin derecho a tener propiedades o trabajo digno; blanco: no eras importante para el régimen, sino un borrego con miedo; y verde: un aliado y /o informante.
Mis pocos familiares estaban aterrados y me habían dado un ultimátum; no era muy relevante, pero representaba un peligro para la familia.
Tomé una decisión: marcharme. Viajé sola al amanecer. Pensaba en la resistencia cada vez más diezmada, cada vez más dispersa. ¿Cuándo iba a ser derrotado este régimen que odiaba la ciencia y la tecnología?
A las pocas horas del alba, llegué ante el imperial edifico. Me había acicalado con cuidado. Lucía un vestido bordó, mi cabello caía con gracia sobre mi escote, mis labios carmesíes resaltaban mi blancura. Sabía que estaba bella, tal y como le gustaba a él.
Toqué el timbre. De manera casi inmediata salió el de maestranza, que sin inmutarse, me preguntó mi nombre. Se lo dije, se fue a anunciarme, y ahí salió él con cara de incredulidad, con sus cabellos rubios como el sol y sus ojos de un verde casi translúcido. Me miró con un asombro genuino, lo saludé con un beso seductor en la comisura de los labios, y percibí su temblor; aún me deseaba.
Me hizo pasar. Hablamos animadamente un rato, me comentó que en el almuerzo planeaba tener una reunión con gente de su círculo más íntimo. Se mostraba indiferente con la situación social y política imperante.
Me invitó a participar en el almuerzo, donde podía sacar a relucir mis mejores atributos. Los invitados quedaron encantados con mi presencia. Entre los candelabros y las copas de cristal, noté que su interés por mí renacía.
Nos habíamos conocido dos años atrás, cuando la democracia y las libertades eran cotidianas. Él, un millonario empresario, descendiente de alemanes; yo, una joven profesional con sus sueños intactos. Se había sentido atraído por mí de inmediato. Me declaró su amor, pero lo rechacé; al principio porque no veía nada en común entre nosotros, y luego porque me enamoré de un joven rebelde.
Hans no me había dejado de amar, pero no era tonto: desconfiaba de mi súbito interés.
Cuando los invitados comenzaron a irse, me tomó de la cintura y me acercó hacia él. Me besó, y le respondí con un apasionado beso que lo dejó atónito, pero noté cómo le agradaba el nuevo orden de las cosas.
Miré mi reloj y deslicé la idea de marcharme, pero me tomó entre sus brazos y me pidió que no lo hiciera. Al fin y al cabo, no le había pedido nada en concreto.
Hicimos el amor desenfrenadamente. Él no cabía en sí del gozo; me invitó a quedarme, tal vez para siempre. Pero era pragmático; me pondría a prueba y me mandaría a investigar.
Transcurrieron las semanas y nada surgió sobre mí. Solo era una mujer joven que había tenido ideales, pero no estaba catalogada como un elemento peligroso. Y así pasaban los días y no me proponía matrimonio. Me comenzaba a impacientar; eso complicaría mis planes. Mientras tanto, la resistencia seguía haciendo ataques sorpresivos. Ocasionaba bajas en el régimen, pero no lograba importantes avances.
Una noche, en su residencia se celebraba una magnifica cena en honor a la compra de un nuevo paquete accionario. Era mi oportunidad para hacer la nueva jugada. Me vestí con un vestido largo, escotado, azul eléctrico, y lucí una gargantilla de diamantes que él mismo me había regalado. Ingresé de su brazo al salón y noté que todos admiraban mi belleza; él se sentía orgulloso.
Mientras hablaba con sus invitados, detecté a mi objetivo: un joven emprendedor de ojos negros, y muy atractivo. Comencé a coquetearle. Hans no tardó en notarlo y yo sabía lo molesto que estaba.
Al terminar la fiesta, él estaba taciturno, casi no me habló. Yo solo le mencioné que pensaba viajar a ver unos familiares, lo cual era mentira, pero necesitaba que despabilara.
Mi plan surtió efecto. Al día siguiente, en el jardín, entre las gardenias, me propuso matrimonio. Todo parecía un cuento de hadas, mientras mi pueblo era masacrado sin piedad.
El autoritarismo cada día era más feroz. La tecnología era reservada para un núcleo muy selecto de la sociedad, y cada habitante vivía en el terror de pasar los estamentos de colores. Por suerte, y gracias a mi matrimonio, había dejado de ser amarillo para pasar a ser blanco; es decir, era neutral e invisible para el régimen. Mi primer objetivo estaba logrado.
Desempeñé mi papel de esposa-adorno de la mejor manera. Todos estaban encantados con mis modales y pasé a ser una gran anfitriona, tanto que mi esposo se vio beneficiado en sus negocios y cada día se mostraba más atento y enamorado de mí. Nadie sospechaba.
El régimen estaba compuesto por cinco círculos. El Quinto, la fuerza de choque, eran los uniformados que controlaban las calles; el Cuarto eran los ojos, los que categorizaban a cada habitante; el Tercero, los secuestradores, los que hacían la tarea de inteligencia para secuestrar a los opositores o miembros de la resistencia; el Segundo eran los temidos torturadores y verdugos, quienes controlaban los campos de trabajo y las cárceles en los sótanos. El Primer Círculo era el de las mentes perversas que todo lo manejaban, casi no se hacían notar.
Hans me propuso que no tuviéramos hijos muy pronto, argumentando que quería disfrutar de mi amor más tiempo. Accedí como esposa obediente; procuraba estar bella para él y hacerle sorpresas pequeñas todos los días. Eran detalles que lo enamoraban y lo cegaban aún más.
Mientras tanto, los ataques comenzaron desde una resistencia que parecía casi aniquilada y anónima, pero que cada día lo era menos. El uso de la tecnología era controlado monopólicamente por el régimen, y esto la hacía inaccesible para casi toda la población, en especial la tecnología informática.
Los primeros ataques fueron turbas que eliminaban al Quinto Círculo, y luego los drones se encargaron del Cuarto. El líder de la resistencia era una figura difusa que había hackeado las pantallas gubernamentales. Se hacía llamar Loto Negro, y declaraba la guerra al régimen. Durante la transmisión clandestina, no se divisaba más que una silueta, que parecía ser femenina.
Las mujeres habíamos sido relegadas al hogar. Aunque estrictamente no teníamos prohibido trabajar, muchas, por miedo, optaban por desempeñar tareas en casa o en lugares tradicionalmente femeninos. Por mi parte, mi mayor demostración de amor para Hans fue suprimir mi apellido y tomar el suyo como propio. Cada día me volvía más invisible. Mi plan marchaba a la perfección.
Tenía largas charlas con mi “amado”. En una de ellas me confesó que el día en que lo rechacé había planeado vengarse. No pudo hacerlo porque nunca me había dejado de amar, pero las dudas que había sembrado en él fueron disipándose con el tiempo.
El pobre no sabía que yo me había enterado con lujo de detalles cómo había mandado a “los ojos” a espiarme. Y que, al no encontrar nada relevante y ante la posibilidad de que me fuera con otro hombre, como la última vez, se decidió a proponerme matrimonio.
Él nunca supo el nombre del hombre por el cual lo había rechazado. Nadie lo sabía. Nuestro amor era secreto, en parte por nuestra seguridad, y en parte porque era tan nuestro que no queríamos compartirlo con nadie. Siempre me alegré de tal decisión. Él, mi gran y verdadero amor, había sido el fundador de la resistencia. Su captura y posterior ejecución fueron transmitidas por las megapantallas gubernamentales. Jamás olvidaré cómo sus hermosos ojos negros se apagaban ante la muerte.
A partir de entonces, las redes sociales fueron proscriptas, las tablets eran entregadas para fines específicos y el internet fue intervenido. Ningún ciudadano podía tener ningún artefacto informático sin registrar.
Por ello, los ataques con drones al Tercer Círculo y las explosiones teledirigidas al Cuarto Círculo fueron un factor sorpresa. La resistencia estaba provista de tecnología y Loto Negro era su líder informático-guerrillero. La guerrilla tecnológica había renacido y no pensaba rendirse con facilidad.
