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Descubran una novela emocionante sobre la vida de una adolescente al margen de la sociedad
Iacop, Iac, un adolescente que ha crecido demasiado deprisa, vive al borde de un vertedero que conoce al detalle. Para él es un recurso, un lugar donde encontrar todo lo que necesita para sobrevivir y soñar. A su alrededor se mueve un grupo de existencias abandonadas, desechos humanos pero con su propia dignidad particular. Mientras la vida en el vertedero prosigue a su ritmo, fuera de él el caos emocional de las existencias normales busca un equilibrio, el mal gana terreno sacando ventaja.
Cuerpos de desecho es el reflejo de una sociedad que vive su declive sembrada de ruinas, ya sean de cemento, de agujas infectas o de sentimientos podridos. Y esencialmente de indiferencia y superficialidad.
EXTRACTO
Podías tocar el arpa en sus salientes costillas. Tal vez hubieras tropezado en alguna arruga de piel, un grumo, una excrecencia. Después la fastidiosa sensación de encontrar la materia áspera pasaría en seguida. La piel lisa, que te imaginabas clara por ser delgada, te habría llevado velozmente desde el fino cuello hasta las orejas, blandas, lanuginosas, con el borde extremo quebrado por batallas: mordisquitos, costritas, rasgos sedosos y ásperos.
Los móviles ojos eran saltones, por la delgadez de la larga nariz, que exhalaba humedad por las ventanas, listas para calentar.
LO QUE DICE LA CRÍTICA
Bucciarelli es una escritora madura, sus novelas de lenguaje preciso y cortante dejan huella y los temas que trata siempre conciernen a los aspectos más oscuros del ser humano. -
La Republica
Una novela que es un símbolo de nuestro tiempo. Un libro importante que sigue la metamorfosis de una autora alerta, que no tiene en cuenta las catalogaciones de género. -
Il Corriere Nazionale
He entendido que el negocio de la gestión de los residuos (Ecomafia) es tan poderoso que requiere que sea considerado una cuestión de emergencia. -
Liberazione
Me he dado cuenta de que lo que más se globaliza en este momento es precisamente la basura, los desechos, los escombros. Pensé por lo tanto que el vertedero podría ser una gran metáfora. Estas montañas de desechos pueden ser el centro desde el que recomenzar a construir. -
Corriere del Ticino
SOBRE LA AUTORA
Elisabetta Bucciarelli es dramaturga, periodista y escritora en Milán. Como periodista ha colaborado con diversos medios ocupándose de actualidad, cine, arte, psicología y nuevas tendencias. Es autora de numerosos guiones cinematográficos y televisivos y escenógrafa de varios filmes (premiada como escenógrafa en la 53 Muestra de Cine de Venecia). Ha publicado varios cuentos, ensayos y obras teatrales (algunas posteriormente adaptadas al cine), pero desde 2005 se dedica casi exclusivamente a la narrativa. Es conocida por sus novelas negras, género por el que ha recibido el Premio Scerbanenco 2010 y el Premio Franco Fedeli 2009. Su novela
Cuerpos de desecho ha sido todo un éxito de ventas en Italia.
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Seitenzahl: 230
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Demipage
presenta a
Elisabetta Bucciarelli
en
Cuerpos de desecho
Traducción de Carlos Manzano
a Francesco
Todos somos
el desecho
parcial o total
de alguien.
1
Podías tocar el arpa en sus salientes costillas. Tal vez hubieras tropezado en alguna arruga de piel, un grumo, una excrecencia. Después la fastidiosa sensación de encontrar la materia áspera pasaría en seguida. La piel lisa, que te imaginabas clara por ser delgada, te habría llevado velozmente desde el fino cuello hasta las orejas, blandas, lanuginosas, con el borde extremo quebrado por batallas: mordisquitos, costritas, rasgos sedosos y ásperos.
Los móviles ojos eran saltones, por la delgadez de la larga nariz, que exhalaba humedad por las ventanas, listas para calentar.
Ahí está en lo alto, ahora lo ves, está de perfil y camina despacio, pero sin pausa: nervioso, impaciente.La columna vertebral es como una escala armónica. Puedes contarla con los ojos. No distingues del todo las piernas: delgadas como palillos, parecen moverse con impulsos consecutivos y te parecen una sola, única. Ahora se detiene, jurarías que es un perro macho, fácil de deshuesar, bastaría un cuchillo que corte bien, como los del pan, un perro todo costillas, orejas, cuello, un perro con cola estrecha, sin rizos. Arranca algo del montón y tira, como si fuera un trapo, un juego. Sigues mirando y ves que arranca otra vez y desgarra con sus blancos dientes. Hace jirones, agita, con manchas amarillas y el hocico pringado. Lo ves perro, pero lo concibes hombre. No es tanto la forma cuanto la predisposición más bien: ese buscar sin pausa aparente, silencioso y a solas. Te acercas despacio,para que no te oiga. Él se detiene y, sin siquiera mover los ojos, ha advertido tu presencia. Ha notado tu olor entre los demás. Es su naturaleza, que no cede, no sucumbe ni siquiera a esa disolución de ruinas y escombros, de desechos, restos y residuos que te rodea. El hambre sigue ahí. De nada ha servido la comida arrancada a la tierra, al montón indistinto, ni siquiera ha servido para llenar una porción de ese vientre talega. No ha servido para reajustar el olfato. Sigue centrado en la comida, sin distinguir las órdenes. No impone la necesidad de buscar refugio ni desencadena el instinto sexual.
El perro se detiene y después vuelve a empezar: tira con más fuerza, parece un jirón de goma, vuelve a tirar, arranca un trozo, le hinca los dientes, lo traga y de nuevo, vuelta a empezar, se aferra a la base, hasta perder el equilibrio. Vuelve a ponerse en pie y mete el hocico en la bolsa de un verde ácido apenas desenterrada, una papilla gelatinosa que se extiende como una mancha y se extiende: líquido blanco y denso, trozos de algo, analogías animales, desechos, entrañas, grasa.
Lo has llamado Nero.
2
«Eres insólita; eso es: insólita», dijo el muchacho mirándola a los ojos.
Tal vez fuera el más hermoso cumplido que la muchacha había recibido jamás. Estaba jugando con esa palabra que ya vagaba en la memoria:insólita.Lo que no sabía aún era qué hacer con ella. El muchacho estaba tumbado cuando se tropezaron y ella ni siquiera lo había visto. Estaba conteniendo el aliento para no respirar el hedor del aire y, mientras la falta de oxígeno estaba alcanzando el nivel de alarma, había tropezado con algo desconocido y casi se había caído al suelo. Eran las piernas del muchacho, que ni siquiera parecían partes de un cuerpo, sino más bien un leño atravesado y trapos que lo cubrieran, sucios, desgarrados. Él se había puesto de pie casi de un salto y le había alargado la mano. Podía parecer que le pedía limosna, ella había pensado que estaba allí, y tendido, para eso, pero no era así.
Al paso de la muchacha, una atracciónatávica, muy masculina, lo había reavivado desde su punto de observación: la tierra, el nivel que nunca se toca, el bajo. Estaba al ras del suelo para sentirlo bien, hombros, glúteos, talones, puntos de contacto adherentes, precisos. Desde luego, no era la primera vez que la observaba transitar por la acera. Nunca había logrado comprender la regla de aquel paso, si volvería –y qué día– a producirse: la única constante le había parecido el horario. Podía suceder al comienzo de la semana, al final o el miércoles, pero siempre en las primeras horas de la tarde.
El instinto sano de la muchacha la había movido a estrechar la mano tendida. Al volver a su casa, se había dirigido al cuarto de baño y había abierto el intenso chorro del agua caliente. Se la había restregado largo rato hasta enrojecerla, para no dejar rastro –ni el más mínimo– de aquel contacto extraño, tan directo y germinante con probables causas virales, estafilococos y gram positivos.
El muchacho se llamaba Iac.
La muchacha, Silvia.
3
El zigurat formaba un bastión de control por el lado izquierdo. Sadam el Cojo estaba sentado en el primer escalón, no conseguía trepar sin la ayuda de al menos otros dos, pero, una vez que llegaba a la cima, permanecía horas solo, mirando el horizonte, por todos lados. Los estratos eran cinco, superpuestos uno sobre otro, y formaban una pirámide perfectamente simétrica: la primera de diez, alineadas y listas para su uso. Los habitantes del vertedero saltaban sobre ella cuando tenían buena disposición de ánimo. Había poco que encontrar, la compresión ya había vuelto todo homogéneo, pero, aun así, siempre podía ocurrir que se soltara algo útil: de las zonasoff limitssobre todo, las que quemaban a escondidas, en las primeras horas de la mañana, cuando nadie lo vería ni lo olería, salvo ellos, los habitantes de lazona viva:Sadam el Cojo, Lira Funesta, Argo Zimba y Iac, heterogéneos por edad y procedencia, pero estables en el territorio, cada cual con su barraca propia: la casa, como la llamaba Sadam; la cueva, en el caso de Argo; y el refugio, en el de Iac. En cambio, Lira Funesta estaba en tránsito provisional, no había decidido aún abandonar el sólido techo de la casa materna. Iba y venía.
El zigurat permitía siempre observar la superficie desde arriba. En el último escalón se lograba incluso comprobar la llegada de los camiones. El vertedero abarcaba varios kilómetros, tal vez siete, y en teoría debería haber permanecido dentro de los confines del muro, pero en la práctica llegaba casi a lamer los termovalorizadores. En el suelo, en la parte occidental, la de los zigurats, como la había llamado el turco, estaban los residuos ya tratados, en hermosas porciones cuadrangulares, mantenidos juntos y compactados como si fueran ladrillos de construcción. Sadam sostenía haber visto en el folleto de una agencia de viajes templos antiquísimos con esa forma arquitectónica idéntica: montañas sagradas desde las cuales se dominaba el mundo. En la zona llamada lapútrida,rasante con elmuro del Norte,estaban amontonadas las bolsas deshechas, las caldosas y marcescentes, junto con otro material no precisado. Limítrofes con lapútrida,hacia el centro del vertedero, quedaban apoyadas las bolsas de los cubos de la basura íntegros, unos sobre otros, coloreados y chillones con sus olorosas hinchazones, pero también sólidos y puntiagudos. Todo el resto era anarquía. El conjunto creaba un panorama heterogéneo y globalmente efervescente, en el que volvías a encontrar la Mesoamérica, la India y la Argentina. Te parecía volver a ver África y Sicilia, Egipto y el Brasil. Sombras de gaviotas, excavadoras y excavaciones, memorias casi de otros tiempos.
4
Sadam el Cojo estaba sentado con las piernas penduleantes en el punto más alto del vertedero. Recitaba de memoria letanías incomprensibles y con frecuencia simulaba la llamada de un almuecín. Sabía muy bien el italiano. Era de pelo obscuro y de tez morena, no demasiado alto, pero fuerte, pese a tener una pierna más corta que la otra. Según había contado, había sido la poliomielitis la que lo había reducido a aquella condición, a él, tan apuesto, tan capaz para comerciar con alfombras en el mercado de Estambul, tan veloz para entrar en la mezquita cuando debía, tan querido por las muchachas. Luego llegó la enfermedad. Nadie había entendido su lacrimosa y trágica historia médica, sólo el final, cómo había quedado: en condiciones para barrer y eliminar la vida anterior y dejar un presente por reinventar, pero no en su tierra, donde se veía señalado y compadecido por familiares o conocidos. Lo llamaban «el Cojo», pero sobre todo lo trataban como a un cojo. En su estado, nohabría tenido otra posibilidad que la de pedir limosna en los bordes de las calles. De modo que Sadam se había embarcado con destino a Italia, porque había pensado que un Estado con forma de pierna tal vez pudiera devolverle alguna esperanza. Entre los desechos, se había creado una casa, como si fuera una vivienda de verdad, reuniendo objetos de colores y acumulando un discreto número de utensilios necesarios para su gran pasión: la cocina.
Durante el día, saltaba de un lado a otro, hundiendo la muleta en las partes blandas de los desechos tratados. Después, cuando llegaba la hora apropiada, entre las diez y las doce de la mañana, se volvía el vigía oficial. Su misión era la de gritar a la llegada de lasbestiazas,los grandes vehículos de transporte que mezclaban, descargaban y desplazaban las enormes masas de residuos urbanos. Eran excavadoras enormes, las mayores de las cuales entraban una vez al mes y preferían transitar por la parte de los residuos no tratados. Mezclaban los papeles, movían las montañas de material indiferenciado y creaban nuevas disposiciones y deposiciones. Elevaban y desplazaban. A veces destruían y enterraban, pero otras veces ofrecían posibilidades inauditas: como cuando resurgió una bombona de gas, de las decamping.Sadam había conseguido una caja de cuscús en el comedor de los pobres y, con los restos de la verdura recogidos en el mercado hortofrutícola y los copos, había cocinado un tabulé.
5
A Iac la verdura nunca le había gustado o, mejor dicho, siempre había comido sólo los tomates rellenos que cocinaba su abuela. Cuando los recordaba, le entraba melancolía, un acceso de hipo ligero e insidioso, que le dejaba secuelas durante horas. Recordaba cuando desde la ventana lanzaba los huesecitos de pollo atados con un hilo blanco. Esperaban juntos la llegada del trolebús y apostaban sobre cuál de ellosaplastaría los huesos. Su abuela apostaba sobre toda clase de cosas y contaba historias de sesiones espiritistas. Después enfermó. El abuelo se volvió loco, se metió en la cama y no volvió a levantarse. Al menos eso le había contado su madre a Iac. Pese a todo, en aquel momento seguían siendo una familia, sí, estaban aún a salvo. Después sucedió algo que descabaló las cartas, algo que aún no conseguía comprender del todo.
6
Con el dorso de la mano, Iac había tirado al suelo la muleta de Sadam. El trozo de madera había acabado en la base del zigurat y ahora el turco no tenía otra opción que la de arrastrarse de un escalón a otro para recuperarla.
«¿Qué te pasa, amigo?»
«Nada», dijo Iac.
«No te creo. Tu cabeza sigue alejándose del presente, lo veo, ¿sabes? Tráela otra vez aquí, con nosotros».
Iac no dio un paso y observó a aquel hombre esforzarse, con los brazos, que se aferraban a los bordes de los residuos comprimidos, y las manos, que inevitablemente estaban cortándose con el plástico prensado. Bajaba deslizándose y en seguida ganaba un escalón, no parecía acabar nunca. Iac hizo un esfuerzo inmenso para no ayudarlo y se forzó a permanecer impasible.
«Pásame el palo, Iac, y después vamos a comer en mi casa: nada de verdura, te lo prometo; he conseguido una lata de atún aún bueno».
El atún no estaba nada mal como perspectiva y la excusa que le parecía excelente para recuperar la muleta y pasársela a Sadam, que lanzó un suspiro de alivio.
«Gracias, amigo; ahora vámonos, que hay que llenar la tripa como Dios manda».
Iac permaneció en silencio y siguió al hombre manteniéndose a un paso de él. Llevaba una mochila en bandolera y en la mano una bolsa llena, de la que sobresalían varillas de paraguas, trozos de madera y una oreja de peluche rosashocking.
«Ven delante, que no consigo hablarte sin mirarte a los ojos. ¿Sabes que quien no mira a los ojos es peligroso?»
También Iac lo sabía, le había ocurrido varias veces, pero una en particular que nunca conseguiría olvidar. Había sido cuando su madre le había comunicado dónde había acabado su padre. Mantenía la mirada gacha y no había forma de aprehenderla, en modo alguno. Un golpe repentino le impidió seguir con el pensamiento.
«¡Eh! Pero, ¿quién…?» El muchacho se volvió de golpe, al tiempo que se llevaba la mano a la nuca. Perdía sangre. Sus ojos empezaron a escrutar por todos lados, pero no se veía a nadie.
«Lira, cabrón, que es lo que eres, sal, que te voy a matar a golpes».
Un muchacho de su edad salió de detrás de un contenedor arrugado: pelo rojo como el fuego, poco y ralo, con la cara cubierta de pecas. Era bajo y robusto, con un diente de delante mellado.
«Te he acertado con los ojos cerrados», dijo riendo como un gamberro, mientras Iac recogía la piedra y se la enseñaba a Sadam. El turco levantó al instante la muleta y estuvo a punto de perder el equilibrio y caerse. Entretanto, el muchacho se había reunido con ellos.
«Estoy nervioso, hoy he ido a la escuela y a esos mierdas de mis compañeros no los soporto».
Por lo general, cuando Lira monologaba con sus pensamientos, nadie le respondía, conque prosiguió solo: «¿Qué hay por aquí?»
«Hay que, como vuelvas a hacerlo, te mato. ¿Ves cómo me sale la sangre?»
«Anda, por tan poca cosa».
«Vamos a comer, ¿vienes con nosotros?», intervino el turco.
«Pues claro. No tengo nada que hacer por un par de horas y también tengo hambre».
Sadam guiaba la fila con paso lento, pero constante. Iba atento a no dejarse distraer de la caza, como la llamaban ellos, es decir, la búsqueda de cosas útiles de entre las inútiles, cuando en el suelo se movió un hato que parecía girar sobre sí mismo. Era una gran bolsa negra, como de comunidad de vecinos, que parecía tener vida propia. Los tres iban desfilando delante con expresión interrogativa,pero listos para todo o casi; justo entonces un perro negro como la pez se coló, veloz, por entre sus piernas y empezó a lamer la bolsa. El grumo dio una sacudida y de entre la basura sin clasificar y de color obscuro asomó una cara.
«Pero, joder, ¿se puede saber qué diablos quieres, perro cabrón?»
El perro no soltaba y tiraba de la funda. Era un animal flaco, pero nervioso y resistente. Iac dio un silbido que no surtió efecto alguno, pero, al segundo intento, el cuadrúpedo atiesó las orejas y se dirigió hasta él, tras soltar la presa. Se ganó una caricia y caminó al paso, por entre el grupo que se dirigía a la casa del turco, quien, entretanto, se había parado y, antes de reanudar la marcha, había lanzado una mirada a aquel ser tendido en el suelo:
«¡Eh, Viejo! Dentro de media hora comemos; cocina Sadam».
«¿Habrá para todos?», preguntó, preocupado, Lira, que siempre tenía más hambre de la debida.
«Mira», dijo Sadam, al tiempo que agitaba la lata de cuscús. «Una lata entera basta y sobra para todos».
Lira Funesta, tranquilizado, se acercó a Iac: «Esta mañana, el tema del trabajo en clase de Italiano era:Libertad de, libertad para.¡Qué titulo más chorra! ¿Verdad? Pero creo que no me ha quedado mal».
«A saber si lo entenderá la tipa que te lo corrija».
«¡Y yo qué sé! El otro día, nos contó lo sucedido bajo el puente de la circunvalación. Prepárate, que pronto vendrán aquí».
Silencio interrogativo.
«Los gitanos. Los han expulsado de las chabolas y andan vagando: ya verás como vendrán»,
«¡Qué va!», comentó Sadam. «Ésos no se conforman, ya verás como aquí no vendrán».
«Pues ella estaba de su parte –de los gitanos, quiero decir–, pero, ¿cómo se puede estar de su parte?»
«Si vienen aquí, nosotros les buscaremos un sitio», dijo Iac, con una sonrisa sarcástica. «Los mandamos alborde del Norteo a lapútrida».
«¿Está aún esa Cosa en elborde del Norte?», preguntó Lira, con lo que atrajo la atención de Sadam, quien se volvió a mirar a Iac.
«Ayer fui y encontré nuevos agujeros. Creo haber comprendido dónde se esconde», dijo.
«Tenemos que organizar una expedición», instó Lira: «hoy mismo incluso».
«Mejor cuando esté oscuro: así la sorprenderemos de una vez por todas», respondió Iac.
«O ella os sorprende a vosotros, siempre que no sea una fiera, pues en ese caso… os despedazará en un instante», añadió Sadam.
Lira siempre ponía cara de preocupación cuando hablaban de la Cosa. Nadie había comprendido aún qué diablos era, llevaba ya mucho viviendo en elborde del Norte, por lo menos más de un año, y, siempre que pensaba en ella, un escalofrío le recorría la espalda. En cambio, Iac no la temía, pero no conseguía comprender cómo era que la Cosa lograba esconderse, rehuirlos, escaparse siempre. En cambio, Sadam estaba convencido de que no era nada. Tal vez nada estrictamente, no, pero nada importante y, precisamente porque no era nada importante, la considerabamuy, pero que muy, encabronada. Por eso, todos la habían mitificado y había llegado a ser una cuestión de honor desencovarla, descubrirla, vencerla. Habían organizado expediciones de varios días durante semanas seguidas, pero nada: la Cosa se desplazaba, dejaba huellas, pero no se conseguía llegar hasta ella ni verla. Tenía patas, dos o tal vez cuatro, no dejaba productos de desecho ni deyecciones, exceptuadas –así al menos lo creía él– unas manchitas de aceite que se confundían con el resto de la inmundicia. Excavaba madrigueras invisibles dentro de las terrazas de los zigurats, que abandonaba con extraordinaria velocidad, y casi con toda seguridad se escondía en el fondo de lapútriday desde ese punto absorbía todas las cosas hacia sí. A veces, Iac pasaba horas apostado por allí: allí, efectivamente, era difícil resistir, pero el muchacho estaba seguro de que la Cosa había desarrollado una capacidad mayor para contener la respiración, suponiendo que respirara, y soportar el hedor de la podredumbre, suponiendo que tuviera nariz: cuestión de supervivencia, pero entonces, si la Cosa estaba dispuesta incluso a eso con tal de sobrevivir, debía de tener mucho miedo, más que el que tenía Lira, más que el que tenía él, más que el que tenían todos ellos juntos. En eso estribaba el verdadero peligro: por alguna casualidad de la vida los muchachos ya sabían que era necesario tener miedo de quien tiene miedo, porque el miedo es el que predispone a cometer las peores vilezas.
7
Habían llegado a casa de Sadam. El turco abrió el gran candado que mantenía juntas las dos hojas de chapa ondulada. La casa estaba construida aprovechando el ángulo más meridional del muro del vertedero. Era de forma triangular y tenía las paredes interiores cubiertas de colchones y telas de seda anaranjadas, rojas y azules, tal vez procedentes de la propia Estambul. En el suelo, en un ángulo, había un número considerable de alfombras enrolladas de dimensiones medias, mientras que en el pavimento estaban extendidas las dos más grandes, de tonos verdes y ocres.
«Quitaos los zapatos», pidió el hombre, al tiempo que hacía lo propio, mientras los otros estaban ya haciéndolo y mirando de soslayo el pie agarrotado del turco, que siempre desaparecía velozmente dentro de una chancla de tela.
Las Adidas de Iac habían quedado colocadas juntas y con cuidado; las Nike de Lira, también. Los muchachos las dejaban lo más cerca posible de la casa y mantenían las puertas entornadas para no quitarles la vista de encima. Constituían un bien precioso, difícil de encontrar en el vertedero, si bien Iac había localizado una zona en la que a veces se encontraban algunos, tal vez desparejados, pero aún en buen estado.
«Adelante: mientras yo cocino, vosotros ponéis la mesa, ¿de acuerdo?»
Lira cogió las servilletas, que, por cierto, eran trozos de un papel cualquiera, a veces incluso hojas escritas o páginas de revistas y, ya que estaba, se puso acomentar una en voz alta: «¿Sabíais que un tipo se ha hecho enterrar con las joyas, los cuadros y los trajes, en un ataúd tan grande como un estudio, ¡a saber lo que hará con ellas muerto!»
«Como un faraón», comentó Sadam.
«Lee dónde está enterrado ese, que me daré una vuelta por allí»: era la voz arrastrada y sepulcral del Viejo, que estaba entrando en la casa, cuando Sadam lo detuvo:
«¡Qué mal hueles, Viejo! Vete hasta la manguera y lávate al menos las manos y quítate los zapatos antes de entrar».
El hombre farfulló algo incomprensible, pero obedeció a Sadam dirigiéndose al único recurso hídrico del vertedero, una manguera de plástico rosa procedente de un agujero en el muro a tres cuartos delborde del Oeste, muy cerca del segundo ángulo con elborde del Norte.
«No me parece que esté bien puesta la mesa, con los cubiertos todos en un lado, las servilletas todas en otra y los vasos todos juntos. Esmérate, Lira, procura pensar en cómo vamos a comer. Si dejas las cosas así, ¿cómo vamos a poder comer?»
Lira se rascó la cabeza y comprendió al instante, por lo que se puso de nuevo manos a la obra.
«Ten en cuenta que la hoja del cuchillo se coloca mirando al plato», añadió Iac.
«¿Y sabes por qué, señorito, yo lo sé todo?», preguntó Sadam sin volverse.
Iac se encogió de hombros y Lira lo imitó, pero el turco no respondió y probó el cuscús. «Ya está casi listo: Iac, echa un vistazo a ver si vuelve el Viejo».
El muchacho se asomó a la puerta de la casa, pero en el horizonte sólo se veían los ladrillos de basura y de momento no había nadie a la vista.
8
Argo era imponente, por algo lo habían llamado así. Más exactamente, era Argo Zimba, por su procedencia geográfica: Zimbabwe precisamente. Hablaba un italiano precario, pero en evolución: pocas palabras, que intercalaba con las de su lengua materna y los gestos de sus grandes manos, de dedos largos y uñas cuidadas. El africano lo veía todo y lo advertía todo. Tenía apariencia de hombre distraído, incluso un poco tonto, pero después, en la realidad, había demostrado, más de una vez, una lucidez y una vista fuera de lo común. Eso explicaba el apodo de Argo, el gigante de los cien ojos, que había salvado a Arcadia de un toro monstruoso. Tal vez fuera la esperanza de que lograra debelar la Cosa o al menos avistarla para poder contar quién o qué era de verdad, pero Argo no quería saber nada al respecto y la única vez que se había prestado a hacer de vigía durante toda una noche en lapútrida, había obtenido una serie de laceraciones en el brazo derecho que se habían infectado y se habían transformado en cicatrices indelebles. Las enseñaba siempre que Sadam e Iac volvían a proponerle aquel papel: meneaba su cabezón para decir que no, que allí abajo él no iba: ni pensarlo. Para compensar la desilusión que daba al muchacho, Argo le hacía algún favorcito, como, por ejemplo, avisarlo del paso de Silvia.
«Ahí está, ya llega tu amiga», e Iac dejaba cualquier cosa que estuviese haciendo y corría por la acera para reunirse con ella y acompañarla a su casa.
«Las mujeres son peligrosas», mascullaba el Viejo. Sadam asentía y Lira se amoldaba al movimiento de las cabezas, pensando en su madre y su hermana: ésas sí que eran dos verdaderas tiranas, lo obligaban a hacerlo todo, desde la compra en el supermercado hasta la limpieza de la casa. Sería por eso por lo que no le parecía que las chicas fueran particularmente atrayentes, por lo que sólo las consideraba existencias hostiles de las que defenderse. Nunca lo incluían en las listas de los más guapos de la clase ni tampoco en las de los más simpáticos. Figuraba en el penúltimo puesto de la lista de los más inteligentes y, de forma sorprendente, sólo en el segundo en la de los chicos de los que se puede prescindir tranquilamente. La única que despertaba su interés era Anna, que vestía como un chico, con el pelo cortísimo y aires de matona más que de muchacha en flor. De vez en cuando le pegaba en la cabeza y en los hombros y él le dejaba: un asomo de consideración, aunque violenta, siempre le parecía mejor que la indiferencia más absoluta.
9
Iac había llegado a la acera y había fingido estar allí sentado desde a saber cuánto tiempo. Tenía el pelo obscuro, liso y largo hasta por debajo de las orejas, con un mechón que le recaía sobre sus ojazos, verdes como el musgo. Su tez era clara, casi transparente. Era alto y delgado, aún inmaduro, pero con brazos potentes y manos grandes y fuertes. Silvia pasaba y echaba un vistazo, fingiendo hacerlo distraída. Él se levantaba, ella se paraba y en aquel momento se disparaba el saludo: «Hola».
«Hola», decía Silvia, siempre la segunda sin falta.
«¿Qué tal?», preguntaba Iac.
«Normal», respondía ella y el muchacho sabía que eso nunca era buena señal.
“Normal” podía significar muchas cosas. La primera era que nada especial se podía contar entre los acontecimientos del día anterior y del presente: el equivalente de unaburrimiento mortal.La segunda era que «normal» quisiera decirnormalmente mal,mal como de costumbre, dando por descontado que el interlocutor supiera a qué referir aquel supuesto mal. Por último, la tercera hipótesis, la más probable, era la de que «normal» quisiera decir:No tengo ganas de ponerme a hablar contigo de este asunto, porque tendría demasiadas cosas que decir, por lo que debería esforzarme precisamente y estoy demasiado cansada para hacerlo, conque dejémoslo así.
Posdata: Y, además, es que ni siquiera me interesas, conque, ¿por qué habría de hacerlo?
No obstante, Iac había probado a contestar con varias respuestas: «Ya verás como mejorará», a lo que había seguido un inmediato «Gracias, adiós», y eso había sido todo.
O bien: «Lo siento mucho», que había dado lugar a un «Claro, hasta luego.»
Por último, una pregunta: «¿Cómo que “normal”?», que había dado como resultado un «Normal, he dicho n-o-r-m-a-l, ¿cómo va a ser?», mientras se encogía de hombros y apretaba el paso. Así, pues, tras muchos intentos que habían fallado, Iac había adoptado otra estrategia: a larespuesta denormal,el ofrecía un «Yo también “normal”». Y la conversación podría haber comenzado de nuevo a la par con otra pregunta, que, sin embargo, él no había formulado.
Sadam le había explicado quenormalno era una respuesta estupenda, desde luego, pero habría podido traducirse también por unnada malo.Lo que no podía dejar de advertir era la voluntad de eludir la conversación, pero no todas las conversaciones: tal vez fuerasólo aquella la que producía una conclusión tan negativa. Algo en la vida de Silvia iba continuamente del modo habitual, o mal o nada mal, pero eso no la satisfacía precisamente. Iac debería haber pensado que él precisamente podría haber sido la variable de novedad en aquella monótona vida, absolutamente aburrida o inenarrable.
En cambio, el Viejo se ocupaba de redimensionar la ilusión de que pudiera ser así: «Pero, ¿cómo quieres que haga caso a alguien como tú? La he visto, ¿sabes? Te dice eso para sacudirse tu sucia presencia».
