Cumbres borrascosas - Emiliy Brontë - E-Book

Cumbres borrascosas E-Book

Emiliy Brontë

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Beschreibung

Emily Brontë escribió una única y revolucionaria novela que transgredió en su día todas las normas de la moral vigente. En ella, nos ofrece una historia salvaje de amor y crueldad, en la que se reivindicaba la libertad de la mujer. Dos familias se ven abocadas a un turbulento destino a causa del indestructible vínculo forjado entre Catherine Earnshaw y su hermano adoptivo, Heathcliff. Su irrefrenable pasión planeará por los sombríos páramos de Yorkshire hasta más allá de la muerte.

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Seitenzahl: 453

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Índice

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Titulo original inglés: Wuthering Heights.

Autora: Emily Brontë.

© de la traducción: E. M., 2011.

Diseño de la cubierta: Lookatcia.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: febrero de 2026

REF.: OBEO030

ISBN: 9791370311254

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

1

1801

Acabo de regresar de visitar a mi casero, el único vecino con el que, sospecho, tendré que tratar. Este lugar es realmente precioso. No creo que hubiera encontrado en toda Inglaterra un rincón más apartado del bullicio de la sociedad. Un auténtico paraíso para un misántropo como yo. Creo que el señor Heathcliff podría ser un perfecto compañero para compartir esa soledad. He de decir que es un personaje singular. Ni él mismo se imagina la simpatía que despertó en mí cuando, al acercarme, vi cómo escondía receloso sus ojos oscuros bajo las cejas, y cómo, con obstinada desconfianza, hundía los dedos en los bolsillos de su chaleco cuando me presenté.

—¿El señor Heathcliff? —pregunté.

Se limitó a afirmar con un leve gesto de la cabeza.

—Soy Lockwood, su nuevo inquilino. He querido visitarle lo antes posible para decirle que espero que mi insistencia en alquilar la Granja de los Tordos no le haya causado ninguna molestia. Ayer me enteré que estaba considerando...

—La Granja de los Tordos es mía —interrumpió, mientras se apartaba de mí—, y no permito que nadie me moleste, si puedo evitarlo. Pase.

Masculló aquel «pase» entre dientes, aunque más bien significaba «váyase al diablo». Incluso la verja sobre la que se apoyaba pareció mostrar antipatía por sus palabras. Fue precisamente eso mismo lo que me hizo aceptar su invitación. Aquel hombre parecía interesante. Más reservado incluso que yo mismo.

Cuando mi caballo empujó con fuerza la barrera de la valla, quitó la cadena de la puerta con gesto hosco y me precedió por el camino empedrado gritando al llegar al patio:

—¡Joseph! Llévate el caballo del señor Lockwood y trae vino.

Al oír que le daba ambas órdenes al criado, pensé que aquel hombre era toda la servidumbre de la casa. Eso explicaba que la hierba creciera entre las losas del suelo y que el ganado fuera el único encargado de podar los setos. Joseph era un hombre mayor; mejor dicho, un anciano. Muy anciano quizá, aunque todavía fuerte y fibroso.

—¡Que el Señor nos ampare! —murmuró entre dientes, malhumorado mientras se hacía cargo de mi caballo. Al mismo tiempo me lanzó una mirada con tal acritud, que tuve que esforzarme en ser benévolo para suponer que necesitaría ayuda divina para digerir la comida, y que no tenía nada que ver con mi inesperada visita.

La casa donde vivía el señor Heathcliff se llamaba Cumbres Borrascosas, según el dialecto de la zona. Nombre que, por cierto, le hacía justicia, pues el viento golpeaba sobre ella con una furia constante cada vez que estallaba la tormenta. Sin duda, el lugar tenía una ventilación envidiable. El aire debía de soplar con fuerza, a juzgar por la inclinación de los pinos que había junto a la entrada, y por los arbustos que parecían suplicar un poco de sol, todos orientados en la misma dirección. Aun así, la casa era firme y robusta, de muros gruesos, tal como se apreciaba en la profundidad de las ventanas, con esquinas reforzadas que protegían las aristas.

Antes de entrar, me detuve un momento para admirar la fachada, adornada con carátulas grotescas. En la entrada principal pude leer una inscripción que decía: «Hareton Earnshaw, 1500», y, a su alrededor, aves de presa extravagantes y figuras de muchachitos en actitud lasciva. Me hubiese gustado comentar aquello con el señor Heathcliff, incluso le hubiera pedido que me contase brevemente la historia del lugar. Pero este permanecía en la puerta, deseoso de que entrase de una vez o, por el contrario, me marchase de allí. Decidí no aumentar su impaciencia deteniéndome a examinar los detalles del acceso a la casa.

Por un pasillo llegamos al salón, que en la zona llaman simplemente la casa, y que no está precedido por el corredor ni por el vestíbulo. Normalmente, esta estancia comprende cocina y comedor a la vez, pero en Cumbres Borrascosas la cocina no estaba allí. Al menos no vi ninguna señal de que en aquella enorme casa se cocinara nada, a pesar de que al fondo me pareció oír el ruido de ollas y utensilios de cocina. En las paredes no había colgados cacerolas ni cacharros. En cambio, en un rincón de la sala había un aparador de roble cubierto de platos apilados casi hasta el techo, entre los que asomaban jarros y tazones de plata. Sobre la superficie descansaban tortas de avena, piernas de buey y cordero curado y algunos jamones. Varias escopetas viejas, con los cañones oxidados, colgaban sobre la chimenea junto a un par de pistolas de arzón. En la cornisa de la chimenea había tres tarros pintados con colores vivos. El suelo era de piedras lisas y claras, y las sillas, altas y antiguas, estaban pintadas de verde. Bajo el aparador, una perra amamantaba a sus cachorros y pude distinguir otros perros acurrucados por los rincones.

Todo aquello habría parecido perfectamente normal en la casa de algún campesino de la zona; hombres fuertes de aspecto tosco con calzones cortos y polainas. En muchas casas de la comarca pueden verse salas como esa: labriegos de complexión robusta sentados a la mesa frente a una jarra de cerveza espumosa. Pero el señor Heathcliff desentonaba por completo con aquel ambiente. Por su piel morena parecía un gitano, pero su ropa y sus modales revelaban a un caballero. Y aunque iba vestido con cierto descuido y tenía una apariencia ruda, su porte era erguido y orgulloso. Pensé que muchos lo considerarían altivo, incluso grosero, pero yo intuía que en el fondo no era nada de eso. Mi instinto me decía que sus reservas eran fruto de una profunda aversión a mostrar sus sentimientos. Sin duda debía de odiar y amar con la misma intensidad con que lo disimulaba, y seguro que consideraba una intromisión que alguien le correspondiera con odio o con cariño. Tal vez me precipitaba al suponer que su carácter era similar al mío. Quizá el señor Heathcliff tenía sus propios motivos para negarse a estrechar la mano de quien se la ofreciera. Quizá mi carácter no sea tan común.

Mi madre solía decir que nunca sería capaz de formar un hogar agradable, y el verano pasado pude comprobar que tenía razón. Estaba pasando un mes junto al mar y allí conocí a una mujer realmente hermosa, realmente fascinante. Nunca llegué a decirle que la quería, pero si los ojos pudieran hablar, los míos gritaban. Cuando por fin ella se fijó, me devolvió la mirada más dulce que jamás haya soñado. ¿Y qué hice yo? Confieso avergonzado que me eché atrás. Me encerré en mí mismo como un caracol en su concha. Cuanto más me miraba ella, más me alejaba yo. Hasta que, confundida por mi actitud y convencida de haber malinterpretado mis sentimientos, convenció a su madre para que se marchasen. Esos cambios de humor me han otorgado fama de hombre frío, casi cruel. Solo yo sé cuánto se equivocan.

Heathcliff y yo nos sentamos el uno frente al otro junto al fuego, en silencio. La perra se apartó de sus crías y se deslizó entre mis piernas con el hocico fruncido y mostrando los dientes. Intenté acariciarla pero soltó un gruñido gutural.

—Será mejor que la deje en paz —gruñó también Heathcliff a la vez que le daba un puntapié—. No está acostumbrada a recibir caricias. No la tenemos para eso.

Se levantó, fue hacia la puerta lateral y gritó:

—¡Joseph!

Oí a Joseph mascullar algo desde el fondo de la bodega, pero no apareció. Su amo fue a buscarlo, dejándome solo con la perra y otros dos mastines que no me quitaban los ojos de encima. No tenía ninguna intención de probar sus colmillos, así que permanecí quieto. Pensé que los gestos no les ofenderían, así que empecé a guiñarles un ojo y hacerles muecas. No fue buena idea. Alguno de mis ademanes debió de irritar a la señora perra, que se lanzó de golpe a mis piernas. La aparté y me escondí tras la mesa, pero eso fue suficiente para desatar una auténtica revolución canina. Media docena de demonios de cuatro patas, de todos los tamaños y edades, salieron de los rincones y se lanzaron al ataque. Mis talones y los faldones de mi abrigo se convirtieron en su principal objetivo. Agarré el atizador de la chimenea para defenderme de los más grandes, pero aun así no tuve más remedio que pedir ayuda a gritos.

El señor Heathcliff y su criado subieron las escaleras de la bodega con desesperante lentitud. Aunque la sala era un verdadero infierno de gritos y ladridos, me dio la impresión de que ninguno de los dos aceleraba el paso. Por suerte, una criada lozana apareció con mucha más rapidez, con las faldas recogidas, la cara enrojecida por el calor del fuego y los brazos desnudos. Blandía una sartén, y con unos cuantos golpes y una retahíla de palabras ásperas, disipó la tormenta como por arte de magia. Cuando Heathcliff entró, solo quedaba conmigo la mujer, aún agitada. La estancia había quedado tranquila como el mar después de una tempestad.

—¿Qué demonios pasa? —preguntó mi casero con un tono que se me antojó intolerable, después de una acogida tan poco hospitalaria.

—De eso se trata, de demonios —respondí—. ¡Ni los cerdos endemoniados que mencionan los Evangelios albergan espíritus tan malignos como sus animales, señor Heathcliff! ¡Dejar con ellos a un extraño es como dejarle en compañía de una manada de tigres!

—No suelen atacar a quienes no les molesta —advirtió él—. Su misión es vigilar. ¿Le apetece un vaso de vino?

—No, gracias.

—¿Le han mordido?

—Si lo hubieran hecho, vería usted mi marca en el culpable.

El rostro de Heathcliff se relajó con una sonrisa burlona.

—Vamos, vamos —dijo—. Está usted un poco nervioso, señor Lockwood. Beba un poco de vino. Recibimos tan pocas visitas en esta casa que reconozco que ni mis perros ni yo sabemos muy bien cómo tratarlos. ¡A su salud!

Brindé con él y me tranquilicé. Sería estúpido seguir molesto por el comportamiento de una jauría de perros. Además, empezaba a notar que disfrutaba burlándose de mí y no estaba dispuesto a darle más motivos para divertirse a mi costa. Él, por su parte —quizá pensando que no le convenía irritar a un inquilino provechoso— se mostró algo más amable y suavizó su laconismo al hablar sobre las ventajas y desventajas de mi nuevo lugar de retiro. La conversación me resultó interesante y entretenida, y antes de marcharme me sentí con la confianza suficiente como para ofrecerle otra visita al día siguiente. Evidentemente, él no tenía ningún interés en repetir la experiencia. Pese a ello, pienso volver. Me resulta asombroso lo sociable que parezco comparado con él.

2

La tarde de ayer se presentó fría y con niebla. Dudé entre quedarme en mi estudio, junto al fuego o atravesar el páramo embarrado hasta Cumbres Borrascosas. Sin embargo, después de comer —acostumbro a comer entre las doce y la una, pues el ama de llaves, una señora respetable que venía incluida con el alquiler de la casa, no puede, o no quiere entender mi petición de cenar a las cinco—, mientras subía a mi habitación, vi a una sirvienta arrodillada frente a la chimenea que levantaba un humo infernal mientras luchaba por apagar las llamas con un montón de ceniza. La escena me desanimó y me hizo dar media vuelta. Cogí el sombrero y, tras una caminata de cuatro millas, llegué hasta la verja de la casa de Heathcliff justo en el instante en que empezaban a caer diminutos copos de aguanieve.

La tierra de aquella colina estaba cubierta de una escarcha ennegrecida y el viento me hacía tiritar hasta los huesos. Al no ser capaz de levantar la cadena que cerraba la verja, decidí saltar por encima y continué por el sendero de losas, bordeado de arbustos de grosellas. Golpeé la puerta varias veces sin éxito hasta que los nudillos me dolieron y los perros empezaron a ladrar. «¡Malditos pueblerinos —pensé—, se merecen un castigo a vivir aislados del resto del mundo, por su falta de hospitalidad! Lo mínimo que podrían hacer es dejar las puertas abiertas durante el día. Me da igual, voy a entrar de todos modos». Agarré el picaporte con decisión y lo sacudí con fuerza. En ese momento, Joseph asomó la cabeza por una ventanilla redonda del granero y me mostró su cara avinagrada.

—¿Y usted qué quiere? —gritó—. El amo está en el corral. Dé la vuelta por detrás del establo si quiere hablar con él.

—¿No hay nadie que pueda abrir la puerta? —grité.

—Solo está la señora —gruñó—, y no le abrirá aunque siga haciendo ruido hasta la noche. Es inútil.

—¿Y por qué no? ¿No puede decirle quién soy?

—¡No! Yo no tengo nada que ver con eso —murmuró, y se retiró.

La nieve empezó a caer con fuerza. Agarré el picaporte para volver a llamar, cuando apareció un joven sin abrigo y con una horca al hombro que me hizo una seña para que lo siguiera. Cruzamos una lavandería y un patio empedrado, una bomba de agua y un palomar, y llegamos a la enorme habitación donde me recibieron la vez anterior. El gran fuego de carbón y leña hacía brillar la estancia. Cerca de la mesa, donde habían servido una abundante cena, me sorprendió ver a la «señora de la casa», cuya existencia ni siquiera había imaginado. La saludé con una leve reverencia y esperé en pie, a la espera de que me invitara a sentarme. Ella me miró desde su silla sin moverse ni decir una palabra.

—Qué tiempo tan desapacible —comenté—. Me temo, señora Heathcliff, que la puerta ha sufrido las consecuencias de la lentitud de sus criados. Me ha costado mucho conseguir que me oyeran.

Ella no pronunció ni una palabra. La miré y ella me observó con una frialdad distante que resultaba incómoda, incluso desagradable.

—Siéntese —dijo la joven con brusquedad—. Heathcliff no tardará en llegar.

Obedecí, carraspeé y llamé a Juno, la perra, que en esta ocasión al menos se dignó mover la cola como señal de que había reconocido.

—¡Qué animal tan hermoso! —empecé a decir, en un intento por retomar la conversación—. ¿Va usted a deshacerse de los cachorros, señora?

—No son míos —respondió la encantadora anfitriona con un tono aún más frío y cortante que el del propio Heathcliff.

—Ah, ¿entonces sus preferidos son aquellos? —continué, mirando hacia un cojín lleno de gatos.

—Una elección un tanto extravagante, ¿no le parece? —comentó con desdén.

Por desgracia, aquel montón de gatos no eran más que un puñado de conejos muertos. Volví a toser, me acerqué al fuego y repetí mi comentario sobre lo desapacible que estaba la tarde.

—No debería haber salido con este tiempo —dijo ella, levantándose y tomando dos de los tarros pintados que había sobre la repisa de la chimenea.

En ese momento se movió de entre la sombra y puede distinguir su figura con claridad. Era esbelta y parecía apenas salida de la adolescencia. Su figura era perfecta y tenía el rostro más delicado que hubiese visto jamás. Tenía las facciones pequeñas, su piel muy blanca y los rizos dorados caían sueltos sobre su cuello fino. Si la expresión de sus ojos hubiera sido amable, habrían resultado irresistibles. Por fortuna para mi corazón impresionable, su mirada no mostraba más que desdén y desesperación, una expresión tan extraña como impropia en un rostro tan joven. Los tarros estaban fuera de su alcance, así que hice intención de ayudarla, pero me miró airada, como el avaro que cuenta su oro.

—No necesito su ayuda —dijo con brusquedad—. Puedo alcanzarlos yo sola.

—Perdóneme —respondí enseguida.

—¿Está invitado a tomar el té? —preguntó, atándose un delantal sobre su vestido negro y sosteniendo una cucharada de hojas de té.

—Aceptaré una taza encantado —contesté.

—Le he preguntado si está invitado —repitió con frialdad.

—No —respondí con una sonrisa—. Supuse que usted era la persona adecuada para hacerlo.

Devolvió el té al bote con la cucharilla incluida, frunció el ceño y volvió a sentarse. El labio inferior le sobresalía como el de una niña a punto de echarse a llorar.

El muchacho se había puesto un abrigo raído y, al hacerlo, me lanzó una mirada hostil, como si existiera entre nosotros un viejo rencor. No sabía si era un criado o no. Su forma de hablar y de vestir era tosca, sin el menor indicio de la educación que Heathcliff dejaba entrever. Tenía el cabello castaño, desordenado y espeso, el bigote le crecía sin cuidado y sus manos eran toscas, como las de un campesino. Aun así, ni su actitud ni la manera en que se dirigía a la señora eran propias de un sirviente. Preferí no juzgarlo. Cinco minutos después, la entrada de Heathcliff alivió un poco la incomodidad del momento.

—Como ve, he cumplido mi promesa —dije, intentando sonar animado—. Me temo que el mal tiempo me obligará a quedarme aquí un rato, quizá media hora, si no le importa ofrecerme refugio mientras tanto.

—¿Media hora? —repitió, a la vez que se sacudía los copos de nieve que cubrían su ropa—. Me sorprende que haya escogido precisamente una nevada para salir a pasear. ¿No sabe que podría perderse en los pantanos? Hasta los que conocen bien la zona se desorientan a veces. Y le aseguro que el tiempo no tiene pinta de mejorar.

—Quizá podría conseguir que uno de sus criados me hiciera de guía y que pasara la noche en la Granja. ¿Podría prestarme uno?

—No, no podría.

—Ah, ¿no? Bueno, entonces tendré que confiar en mis propios medios.

—¡Hum!

—¿Vas a preparar el té o no? —le preguntó al muchacho del abrigo raído mientras apartaba su mirada de mí y la dirigía hacia la joven.

—¿Le sirvo también a él? —preguntó la joven.

—Prepáralo de una vez, ¿quieres? —respondió con tal fiereza que di un respingo. Su tono revelaba una naturaleza realmente cruel. En ese momento dejé de verlo como un hombre extraordinario.

Cuando el té estuvo listo y servido en la mesa, Heathcliff dijo:

—Acerque su silla, señor Lockwood.

Nos sentamos alrededor de la mesa, incluido el muchacho, y un silencio austero se apoderó de la estancia mientras tomábamos el té. Pensé que, puesto que yo había provocado aquel ambiente incómodo, me correspondía intentar arreglarlo. Me costaba creer que aquella actitud tan callada y sombría fuera su forma habitual de comportarse. Así que decidí intentarlo.

—Es curioso cómo a veces nos equivocamos al juzgar a los demás —dije—. Mucha gente no podría imaginar que alguien pudiera ser feliz viviendo tan apartado del mundo como usted, señor Heathcliff. Y, sin embargo, me atrevería a decir que lo es, rodeado de su familia y con su encantadora esposa, ese ángel que gobierna su hogar y su corazón...

—¿Mi encantadora esposa? —me interrumpió con una sonrisa casi diabólica—. ¿Dónde está mi encantadora esposa, si puede saberse?

—Me refiero a la señora Heathcliff —aclaré algo turbado.

—Ah, ya entiendo —dijo—. Quiere decir que su espíritu, después de muerta, se ha convertido en mi ángel de la guarda y protege Cumbres Borrascosas. ¿Es eso lo que insinúa?

Me di cuenta de que había dicho una tontería e intenté corregirme. Tendría que haber notado la diferencia de edad entre ellos antes de suponer con tanta alegría que eran marido y mujer. Él rondaba los cuarenta, una edad en la que un hombre ya no suele engañarse pensando que una muchacha se casa con él por amor. Ese tipo de ilusión se reserva para la vejez. Ella, en cambio, no aparentaba más de diecisiete años. Entonces, como un relámpago, me vino una idea: «El tipo grosero que tengo al lado, bebiendo el té en un cuenco y comiendo pan con las manos sucias, debe de ser su marido. Así son las consecuencias de vivir aislada del mundo: ella se habrá casado con este patán creyendo que no existía nadie mejor. Qué lástima. Haré lo posible para que no llegue a lamentar su elección por mi culpa». Puede sonar presuntuoso, lo admito, pero fue un pensamiento sincero. Mi vecino tenía un aspecto francamente desagradable, mientras que yo sabía por experiencia que resultaba, al menos, presentable.

—La señora es mi nuera —dijo Heathcliff, confirmando mi suposición. Al decirlo, la miró con odio.

—Así que el afortunado dueño de esta encantadora hada es usted —dije volviéndome hacia mi vecino.

Con eso terminé de empeorar la situación. El joven apretó los puños, dispuesto a lanzarse sobre mí. Pero se contuvo y me soltó una maldición brutal, a la que preferí no prestar atención.

—Se equivoca por completo —dijo Heathcliff—. Ninguno de nosotros tiene la suerte de ser el dueño del hada a la que se refiere. Su marido está muerto. Y como he dicho que es mi nuera, eso significa que estuvo casada con mi hijo.

—Entonces, este joven es...

—Desde luego, no mi hijo.

Heathcliff volvió a sonreír, como si le pareciera una broma demasiado atrevida atribuirle la paternidad de aquel bruto.

—Me llamo Hareton Earnshaw —gruñó el otro—, y le aconsejo que respete mi nombre.

—Creo que lo he hecho —respondí mientras me reía por dentro de la solemnidad con la que aquel sujeto se había presentado.

Me sostuvo la mirada más tiempo del que me resultaba cómodo y temí que, de seguir así, me sintiera tentado a abofetearlo o a soltar una carcajada. Empecé a notar que no encajaba en aquel «agradable» círculo familiar. La sombría atmósfera que reinaba allí terminó por anular por completo el calor acogedor del fuego y la comida. En ese momento decidí que, de volver a cruzar aquel umbral, lo haría con mucha más prudencia. Cuando terminamos de comer, y viendo que nadie tenía intención de pronunciar una sola palabra de cortesía, me acerqué a la ventana para ver qué tiempo hacía. La vista era desoladora: la noche caía antes de lo esperado y el cielo y las colinas se confundían en un torbellino helado de viento y nieve cegadora.

—Dudo mucho que pueda volver a casa sin un guía —exclamé sin poder contenerme—. Los caminos deben de estar ya cubiertos de nieve, y aunque no lo estuvieran, apenas podría ver un paso delante de mí.

—Hareton, mete esas ovejas en el granero y pon un madero —ordenó Heathcliff—. Si las dejas fuera toda la noche quedarán sepultadas por la nieve.

—¿Y qué se supone que debo hacer? —proseguí cada vez más irritado.

Nadie respondió a mi pregunta. Miré a mi alrededor y solo vi a Joseph, que traía comida para los perros, y a la señora Heathcliff inclinada junto al fuego, entretenida en quemar un puñado de cerillas que se cayeron de la repisa cuando volvió a colocar el bote de té en su sitio. Joseph vació el cubo con la comida de los animales y dijo:

—¡Me sorprende que siga ahí, sin hacer nada mientras todos los demás trabajan! —gruñó—. Pero con usted no sirven las palabras. Nunca cambiará sus malos hábitos. Acabará en el infierno, igual que su madre.

Pensé que aquel sermón era para mí y avancé hacia el viejo con intención de darle una patada y hacerlo callar, pero la señora Heathcliff se me adelantó.

—¡Viejo hipócrita! ¿No tienes miedo de que el diablo se te lleve cada vez que pronuncias su nombre? Te advierto que se lo pediré yo misma, como un favor especial, si no dejas de provocarme. ¡Ya basta! —añadió, y cogió un libro de un estante—. Mira, cada vez avanzo más en la magia negra. Pronto seré toda una experta en las artes ocultas. Y para que lo sepas, la vaca roja no murió por casualidad y tu reumatismo no es precisamente un regalo de la Providencia...

—¡Calle, malvada! —jadeó el anciano—. ¡Que el Señor nos libre de todo mal!

—¡Estás condenado, miserable! Sal de aquí si no quieres que te pase algo malo de verdad. Voy a fabricar muñecos de barro y de cera con vuestras caras y el primero que se atreva a desafiarme, ya verá de lo que soy capaz de hacer. Se acordará de mí para siempre. ¡Vete ya! ¡Te estoy mirando!

La pequeña bruja clavó en él una mirada tan llena de malicia que Joseph salió huyendo, temblando y rezando en voz baja, mientras murmuraba: ¡Malvada, malvada!, y se alejaba. Imaginé que la joven solo había querido gastarle una broma macabra. Cuando nos quedamos solos intenté atraer su atención hacia mi problema.

—Señora Heathcliff —dije con toda seriedad—, perdone que la moleste. Una mujer con un rostro como el suyo por fuerza ha de ser bondadosa. Por favor, indíqueme algún punto de referencia, algo que me ayude a orientarme. Tengo la misma idea de cómo volver a mi casa que la que usted podría tener para llegar a Londres.

—Vuelva por el mismo camino que le trajo al venir —respondió acomodándose en una silla con una vela y el libro abierto delante—. Es un consejo sencillo, pero es el mejor que puedo darle.

—Entonces, si mañana oyen que me han encontrado muerto en algún pantano o enterrado bajo la nieve, ¿no tendrá remordimientos?

—¿Y por qué habría de hacerlo? No puedo acompañarle —respondió—. No me permitirían siquiera llegar hasta el muro del jardín.

—¡Oh, no! Jamás le pediría que saliera a ayudarme en una noche como esta. No digo que me acompañe, solo que me indique el camino o que convenza al señor Heathcliff de que me consiga un guía.

—¿A quién, exactamente? —replicó—. Aquí solo estamos él, Earnshaw, Zillah, Joseph y yo. ¿Quién quiere que le acompañe?

—¿No hay ningún mozo en la granja? —pregunté.

—No hay nadie más, ya se lo he dicho.

—Entonces, no me queda más remedio que quedarme.

—Eso es cosa de usted y de Heathcliff. Yo no tengo nada que ver.

—Espero que esto le sirva de lección y que se le quiten las ganas de salir a pasear —gritó la voz de Heathcliff desde la cocina—. No tengo habitaciones para invitados. Si piensa quedarse, tendrá que dormir con Hareton o con Joseph.

—Puedo dormir en una silla, aquí mismo, en esta habitación —respondí.

—¡Oh, no! Un extraño siempre será un extraño, sea rico o pobre. No pienso dejar que nadie ande suelto por la casa cuando yo no estoy vigilando —dijo el muy miserable.

Mi paciencia había llegado al límite. Solté una maldición, salí al patio y tropecé con Earnshaw en la oscuridad. No se veía absolutamente nada. Mientras buscaba la salida, presencié una muestra del modo peculiar en que aquella familia se trataba entre sí. Al principio el muchacho parecía dispuesto a ayudarme porque dijo:

—Le acompañaré hasta el parque.

—¡Le acompañarás al infierno! —exclamó su amo o lo que fuera para él—. ¿Y quién se supone que cuidará de los caballos?

—La vida de un hombre vale más que una noche sin cuidar a los caballos. Alguien tiene que acompañarlo —murmuró la señora Heathcliff con más amabilidad de la que hubiera imaginado—. Es preciso que alguien vaya con él.

—¡Pero no porque tú lo ordenes! —replicó Hareton con brusquedad—. Será mejor que te calles.

—Entonces espero que su fantasma venga a atormentarte —replicó ella con furia—, y que el señor Heathcliff no vuelva a encontrar inquilino hasta que la Granja no sea más que una ruina.

—¡Está lanzando maldiciones! —murmuró Joseph justo cuando me acercaba a él.

El viejo estaba sentado, ordeñando las vacas a la luz de una linterna. Se la arrebaté sin pensarlo y, gritándole que se la devolvería al día siguiente, salí corriendo hacia la puerta.

—¡Amo, amo, me ha robado la linterna! —gritó el viejo, corriendo detrás de mí—. ¡Gruñón! ¡Lobo! ¡Atacadlo, rápido!

En cuanto abrí la puerta, dos bestias peludas se me lanzaron al cuello y me derribaron al suelo. La linterna se apagó y las carcajadas de Heathcliff y Hareton resonaron detrás de mí. Sentí una mezcla de rabia y humillación insoportables. Por suerte, los animales parecían más interesados en arañar el suelo, enseñar los dientes y agitar el rabo con furia que en devorarme. Aun así, no me dejaron moverme y tuve que quedarme tirado hasta que a sus malditos dueños les dio la gana liberarme. Cuando por fin logré ponerme de pie, les amenacé a gritos y exigí que me dejaran salir, advirtiéndoles de las consecuencias si no lo hacían. Mis palabras estaban llenas de rabia y desorden y parecían sacadas de un arrebato del mismísimo rey Lear.

La agitación me provocó una fuerte hemorragia nasal. Heathcliff seguía riendo y yo gritaba fuera de mí. No sé en qué habría acabado todo si no hubiera aparecido una persona más sensata que yo y mucho más compasiva que él. Zillah, la fornida ama de llaves, salió a ver qué ocurría. Supuso que alguien me había agredido, y como no se atrevía a enfrentarse a su amo, descargó toda su furia contra el más joven.

—No entiendo, señor Earnshaw —exclamó—, qué tiene usted contra este pobre hombre. ¿Piensa matarlo en la misma puerta de su casa? ¡Así no se puede vivir aquí! ¡Pobre chico, está medio ahogado! ¡Chist, chist! No puede marcharse en ese estado. Venga, voy a curarle. Quédese quieto.

Y dicho esto, me vació un recipiente de agua helada sobre la nuca y me llevó a la cocina. Detrás venía el señor Heathcliff, que tras su breve ataque de risa había vuelto a su habitual mal humor.

El agotamiento que sentía después de todo aquello me obligó a aceptar alojamiento bajo aquel techo. Heathcliff ordenó a Zillah que me diera un vaso de brandy y se retiró a una habitación interior. Ella volvió con la bebida, que me reanimó un poco, y luego me acompañó hasta una alcoba.

3

Zillah subía delante de mí por la escalera y mientras caminaba me advirtió que escondiera la vela y procurara no hacer ruido. Su amo, me dijo, tenía ideas muy extrañas sobre el cuarto en el que iba a alojarme y no le gustaba que nadie durmiera allí. Le pregunté por qué, pero respondió que solo llevaba dos años en la casa, pero que ya había visto suficientes cosas raras como para no tener ninguna curiosidad. No insistí. Todavía estaba demasiado sorprendido por todo lo vivido esa noche. Cerré la puerta y busqué la cama. Apenas había muebles: una percha, una silla y una enorme caja de roble con aberturas a los lados. Me acerqué, la examiné y descubrí que era una especie de cama antigua, un pequeño compartimento con paredes de madera, como si en otros tiempos hubiera servido para dormir sin tener una habitación propia. El alféizar de la ventana junto a ella hacía las veces de mesa.

Deslicé una de las tablas laterales, entré con la vela y la cerré tras de mí. Sentí un alivio extraño, como si estuviera a salvo de las miradas de Heathcliff o de cualquier otro de los habitantes de aquella inquietante casa. Puse la vela sobre el alféizar. En un rincón había varios libros cubiertos de polvo, y las paredes estaban llenas de palabras grabadas en la pintura con alguna punta afilada. Era siempre el mismo nombre, repetido una y otra vez: «Catherine Earnshaw». A veces, sin embargo, el apellido cambiaba y en algunos lugares se leía «Catherine Heathcliff» o «Catherine Linton».

Cansado, apoyé la cabeza contra la ventana y murmuré entre sueños: «Catherine Earnshaw... Heathcliff... Linton...». Poco a poco las letras parecieron cobrar vida, elevándose en la oscuridad como espectros pálidos que danzaban ante mí. Todo el aire se llenó de «Catherines». Me enderecé y traté de despejarme, justo a tiempo para notar que el pabilo de la vela había caído sobre uno de los libros. La tapa empezaba a chamuscarse y un fuerte olor a pergamino quemado llenó el aire. Una vez sofocada la llama, me senté. Tenía frío y un ligero mareo. Tomé el libro quemado y lo abrí. Era una vieja Biblia que olía a moho. En una hoja suelta se leía: «Este libro pertenece a Catherine Earnshaw», con una fecha de veinticinco años atrás. Lo cerré y tomé otro, y luego otro más. Eran los libros de Catherine, muy usados, muy manoseados y todos con notas y garabatos en los márgenes. Algunos eran frases sueltas. Otros, fragmentos de un diario infantil.

En una página en blanco encontré una caricatura de Joseph dibujada con trazos torpes. Aquello me divirtió y despertó mi curiosidad por aquella misteriosa muchacha. Me incliné sobre el papel e intenté descifrar sus palabras.

«¡Qué domingo más horrible! —decía uno de los pasajes—. Ojalá papá estuviera aquí. Hindley es un sustituto espantoso, trata fatal a Heathcliff. Esta tarde Heathcliff y yo nos rebelaremos.

Ha llovido todo el día y no hemos podido ir a la iglesia. Joseph nos ha encerrado en el desván con los devocionarios mientras Hindley y su esposa leían la Biblia junto al fuego.

Joseph predicó durante tres horas. ¡Tres horas! Cuando bajamos, Hindley aún tuvo el descaro de decir: “¿Ya habéis terminado?”.

Por la tarde nos dejan jugar, pero cualquier risa basta para que nos castiguen. “Recordad quién manda aquí”, dice Hindley. “Al que me exaspere lo aplasto”. Y cuando Heathcliff chasqueó los dedos, Frances le tiró del pelo por orden de su marido. Después Frances se sentó en las rodillas de su marido, se rieron y besuquearon, mientras nosotros intentábamos distraernos colgando los delantales a modo de cortina. Pero, entonces, llegó Joseph y me abofeteó.

—El amo recién enterrado, en domingo, y las palabras del Evangelio resonando todavía en vuestros oídos, ¡y ya os ponéis a jugar! ¿No os da vergüenza? Sentaos, niños malos, y leed libros piadosos, que os ayuden a pensar en la salvación de vuestras almas

Pero yo no aguanté más, tiré el mío al rincón y dije que odiaba los sermones. Heathcliff me imitó. Entonces Joseph fue corriendo a quejarse.

—¡Señor Hindley! —gritó—, la señorita Catherine ha destrozado La armadura de la salvación y Heathcliff ha pateado El camino de perdición! Esto no puede seguir así. El difunto señor les hubiera dado su merecido.

Hindley subió hecho una furia, nos agarró a los dos y nos encerró en la cocina. Joseph nos aseguró que el Diablo vendría a buscarnos y nos obligó a sentarnos separados. Yo aproveché para abrir un poco la puerta, tomar este libro y escribir a la luz del fuego. Pero Heathcliff se cansó pronto y me propuso que nos escabulléramos por los pantanos bajo el mantón de la criada. “Así, si viene el Diablo, creerá que se nos ha llevado”. Me pareció una gran idea».

El siguiente fragmento tenía un tono más triste:

«¡Cuánto he llorado hoy! Me duele la cabeza. Pobre Heathcliff. Hindley le llama vagabundo y ya no le deja comer con nosotros. Dice que si le desobedece, le echará de casa. Hasta se burla de papá por haberlo tratado demasiado bien. Juro que volverá a ponerlo en su sitio».

Mis ojos se cerraban, y las letras de Catherine se mezclaban con el texto impreso de los libros. Leí un título: Setenta veces siete, y el primero de los setenta y uno. Sermón predicado por el reverendo Jabes Branderham en la iglesia de Gimmerden Sough. Y caí dormido pensando vagamente en lo que pensaría el reverendo de aquel extraño tema.

Tuve una pesadilla espantosa. Soñé que era de día y regresaba a casa, con Joseph de guía. La nieve nos cubría hasta las rodillas. Cada vez que me tropezaba, él me reprendía y presumía de su bastón de peregrino. De pronto comprendí que no íbamos a casa, sino a la iglesia, donde el reverendo Branderham predicaba su interminable sermón setenta veces siete.

Llegamos a la iglesia. Yo ya había pasado por allí un par de veces. Se alzaba en una hondonada entre dos colinas junto a un pantano. La gente decía que el barro de ese lugar podía conservar los cuerpos como si los momificara. El tejado seguía intacto, aunque casi ningún clérigo quería encargarse del sitio. El salario era miserable: veinte libras al año. La rectoría solo tenía dos habitaciones y los feligreses no daban ni una moneda más para ayudar a su pastor. En mi sueño, sin embargo, el templo estaba lleno. Jabes predicaba con voz firme. Su sermón tenía cuatrocientas noventa partes, una por cada pecado. No sé de dónde los había sacado. Eran pecados extraños, retorcidos, imposibles de imaginar.

¡Qué pesadilla! Me moría de sueño. Bostezaba, cabeceaba, luego me espabilaba un poco. Me pellizcaba, me frotaba los ojos, me levantaba y volvía a sentarme. A veces tocaba el hombro de Joseph para preguntarle cuándo acabaría aquel sermón. Pero tuve que oírlo entero. Cuando Jabes llegó al «primero de los setenta y uno», la idea de levantarme y acusarlo de cometer el pecado imperdonable me atravesó la mente:

—¡Padre! He soportado y perdonado las cuatrocientas noventa partes de su sermón, pero esta última es demasiado. ¡Ahora le acuso a usted del pecado imperdonable!

—¡Tú eres el hombre! —bramó el reverendo—. ¡Has cometido el primer pecado de los setenta y uno! ¡Ejecutad la justicia divina!

Apenas dio la orden, todos levantaron sus báculos y se lanzaron contra mí. Yo estaba desarmado. Me abalancé sobre Joseph, que fue el primero en atacarme, para arrebatarle su garrote. Los palos volaban por todas partes. Algunos golpes que iban dirigidos a mí dieron en otras cabezas. El caos era total. Todos se golpeaban entre sí y el templo retumbaba con el estruendo. Branderham golpeaba el púlpito con los puños con tanta furia que terminó por despertarme. Entonces entendí que el origen de aquel tumulto estaba en una rama de abeto que golpeaba los cristales de la ventana cada vez que el viento soplaba. Cerré los ojos otra vez y el sueño me arrastró hacia cosas aún más terribles.

Sentí que me levantaba y abría el postigo para apartar la rama. El pestillo estaba atascado. Rompí el cristal con la mano y la saqué al exterior, pero en lugar de la rama toqué una mano helada. Un terror indescriptible me recorrió el cuerpo. Quise soltarme pero la mano me sujetaba con fuerza mientras una voz susurraba: «Déjame entrar... déjame entrar...». «¿Quién eres?», pregunté. «Soy Catherine Linton —dijo temblando—. Me perdí en los pantanos y quiero volver a casa». Vi un rostro pálido junto al cristal roto. El miedo me volvió cruel. Apreté sus muñecas contra los bordes del vidrio hasta hacerla sangrar pero ella no me soltaba mi mano. «Déjame entrar...», seguía gimiendo. Por fin logré liberarme. Tapé la ventana con un montón de libros y me cubrí los oídos, pero aún oía su voz. «¡Vete! —grité—. ¡No te abriré ni aunque pasen veinte años!». «Veinte años han pasado...», susurró. «Veinte años desde que me perdí». Los libros se movían. No podía moverme. Grité. El grito fue real. Oí pasos acercarse, la puerta abrirse, y vi una luz colarse por las rendijas de la cama. Reconocí la voz de Heathcliff:

—¿Hay alguien ahí?

Me incorporé temblando.

—Soy yo, su huésped —dije—. He tenido una pesadilla y he gritado sin darme cuenta. Lamento haberle despertado.

Heathcliff se quedó inmóvil en el umbral. Su rostro estaba blanco, la vela le temblaba en la mano.

—¿Quién le ha metido aquí? —dijo rechinando los dientes—. ¡Dígame quién ha sido para echarle de inmediato!

—Su criada, Zillah. Le aseguro que no sabía que esta habitación estuviera... ocupada.

—¡Ocupada! —repitió con furia contenida—. ¡Bien poblada está, en efecto! Hace usted bien en tener miedo.

Intenté calmarlo con una sonrisa forzada.

—Lo está, sí. No creo que nadie le agradezca pasar la noche aquí.

Me miró con una mezcla de rabia y desesperación.

—Acuéstese y calle —gruñó—. No vuelva a armar escándalo, a no ser que quiera que lo decapiten.

—Créame —le respondí—, si esa pequeña bruja hubiera entrado, me habría estrangulado. No pienso comprobar más las hospitalidades de sus antepasados. Por cierto, ¿el reverendo Branderham no será pariente suyo?

Heathcliff se llevó las manos a la cabeza desesperado. Yo continué, más por nervios que por cortesía:

—He visto su nombre junto al de Catherine en los libros. Perdóneme si he dicho algo impropio.

No me respondió. Se alejó hacia la ventana y empezó a sollozar.

—¡Ven, Catherine! —murmuraba con voz rota—. ¡Ven! Te lo suplico, una vez más.

El viento se coló por la ventana abierta y me apagó la vela. Sentí vergüenza de haber sido testigo de aquel dolor tan desnudo. Salí en silencio, bajé a la cocina y encendí de nuevo la luz en los rescoldos del fuego. Solo había un gato, que me miró con sus ojos amarillos antes de volver a dormirse. Me tendí en un banco junto al hogar. Poco después apareció Joseph, que bajaba por una escalera con una linterna. Me miró con desdén, echó al gato, se sentó en el banco opuesto y encendió su pipa sin decir nada. Cuando terminó, se levantó y desapareció igual que había llegado. Después entró Hareton, murmurando una retahíla de maldiciones mientras buscaba una pala para quitar la nieve. Me miró y señaló con el mango la salida. Pasé al salón. Zillah avivaba el fuego y la joven señora Heathcliff leía junto a la lumbre, inmóvil y hermosa, con el rostro iluminado por las llamas. Heathcliff estaba de pie mientras la reprendía.

—Eres una inútil —decía con frialdad—. Todos aquí trabajan menos tú. Vives de mi caridad.

—Dejaré el libro —respondió ella, desafiante—, pero no porque usted me lo mande.

Heathcliff levantó la mano pero ella, acostumbrada a aquellos arrebatos, saltó fuera de su alcance con un gesto ágil y furioso. Fingí no ver la escena y me acerqué al fuego. Él, para contenerse, se metió las manos en los bolsillos y ella se retiró a un rincón donde permaneció inmóvil, como una estatua.

Rechacé la invitación a desayunar y esperé el amanecer. El aire exterior era glacial. Heathcliff me alcanzó en el jardín y se ofreció a acompañarme hasta la granja. Hizo bien, pues la colina se había convertido en un mar blanco sin forma ni caminos. Caminamos en silencio. Al llegar al límite del parque me indicó la dirección de la Granja y se despidió con un simple gesto.

El trayecto fue penoso. Me perdí varias veces y me hundí en la nieve hasta el pecho. Eran las doce cuando por fin crucé la puerta de La Granja de los Tordos. Había tardado cuatro horas en recorrer apenas unas millas. La ama de llaves y los criados corrieron alarmados hacia mí. Les aseguré que estaba bien, subí a mi habitación, me cambié de ropa y caminé un rato por la estancia para entrar en calor antes de sentarme al fin en mi despacho, demasiado lejos quizá del fuego y del café humeante que me habían preparado.

4

La verdad es que los seres humanos somos increíblemente volubles. Yo, que había decidido mantenerme al margen de toda relación social y que agradecía a mi buena estrella haberme llevado a un lugar donde podría cumplir por fin mis propósitos, terminé, pobre de mí, rindiéndome. Después de pasar una tarde mortalmente aburrida, no tuve más remedio que claudicar. Con la excusa de interesarme por algunos detalles de mi alojamiento, cuando la señora Dean me trajo la cena, le pedí que se sentara un momento. Quería tirarle de la lengua, sonsacarle conversación para que me animara un poco el espíritu o que, en su defecto, me aburriera definitivamente.

—Usted lleva mucho tiempo viviendo aquí —empecé a decir—. Me dijo que hacía dieciséis años, ¿verdad?

—Dieciocho, señor —respondió—. Entré a trabajar al servicio de la señora cuando se casó. Cuando ella falleció, el señor decidió conservarme como ama de llaves.

—Ya veo...

Se hizo una pausa. Pensé que no era de las que les gusta hablar, o que, si lo hacía, sería solo de sus propios asuntos, que a mí no me interesaban demasiado. Pasaron unos segundos, ella apoyó las manos sobre las rodillas y adoptó una expresión pensativa antes de seguir.

—Los tiempos han cambiado mucho desde entonces.

—Sí —comenté—. Habrá visto usted muchos cambios...

—Y muchos disgustos también —añadió.

Haré que la conversación gire hacia la familia de mi casero, pensé. ¡Debe ser un tema interesante!, me dije. Me encantaría conocer la historia de aquella hermosa viuda, saber si era del lugar o no. Lo más probable es que sí, pues ese aldeano grosero no la consideraba de su misma clase. Con esa intención le pregunté a la señora Dean si sabía por qué motivo Heathcliff había decidido alquilar la Granja de los Tordos y se había quedado él a vivir en una casa mucho peor.

—¿No es bastante rico? —pregunté.

—¡Rico, lo es, y mucho! Nadie sabe con certeza a cuánto asciende su fortuna, pero cada año aumenta —respondió la señora Dean—. Podría vivir en una casa mucho mejor que esta en la que vive usted, pero es terriblemente tacaño. En cuanto oyó hablar de un buen inquilino para la Granja no quiso dejar escapar la oportunidad. No entiendo tanta avaricia en un hombre que vive completamente solo en el mundo.

—¿No tuvo un hijo? —pregunté.

—Sí, pero murió.

—Y la señora Heathcliff, esa mujer tan hermosa, ¿es su viuda?

—Sí.

—¿De dónde es ella?

—¡Pero señor, si es la hija de mi difunto amo! —exclamó Nelly—. De soltera se llamaba Catherine Linton. Yo misma la crie. Me habría encantado que el señor Heathcliff se mudara aquí para estar con ella.

—¿Catherine Linton? —exclamé sorprendido. Lo pensé un momento y comprendí que no podía ser la misma Catherine Linton cuya habitación yo había ocupado.

—Entonces, ¿el antiguo dueño de esta casa se llamaba Linton?

—Sí, señor —respondió Nelly.

—¿Y quién es ese Hareton Earnshaw que vive con Heathcliff? ¿Son parientes?

—No. Es el sobrino de la difunta señora Linton.

—Entonces, ¿primo de la joven?

—Así es. Su marido también era primo suyo, uno por parte de madre y el otro por parte de padre. Heathcliff se casó con la hermana del señor Linton.

—En la puerta principal de Cumbres Borrascosas he visto una inscripción que dice «Earnshaw». Supongo que era una familia antigua...

—Muy antigua, señor —asintió Nelly—. Hareton es el último de los Earnshaw y Catherine... la última de los Linton. —Hizo una pausa y añadió—: ¿Ha estado usted en Cumbres Borrascosas? Perdón por la curiosidad, pero me interesa saber qué impresión le causó la señora.

—¿La señora Heathcliff? —repetí—. Me pareció muy hermosa, pero tengo la sensación de que no es feliz.

—¡Ay, Dios mío! No me extraña —suspiró Nelly—. ¿Y qué piensa usted del amo?

—Creo que es un hombre bastante tosco, señora Dean. ¿Es siempre así?

—Tan rudo como el filo de una sierra y tan duro como el pedernal —dijo con firmeza—. Cuanto menos trate con él, mejor.

—Debe de haber tenido una vida muy dura para volverse tan arisco... ¿Sabe usted su historia?

—La sé casi toda —respondió—. Lo único que ignoro es quiénes fueron sus padres y cómo consiguió su primera fortuna. En cuanto a Hareton, al pobre muchacho lo dejaron sin nada... Es el único en toda la parroquia que ignora la estafa de la que ha sido víctima.

—Vaya, señora Dean —le dije—, haría usted una buena obra contándome algo sobre mis vecinos. Si me acuesto no podré dormir. Siéntese conmigo y charlemos un rato.

—¡Oh, claro, señor! —dijo animada—. Justamente tengo unas cosas que coser. Me quedaré el tiempo que quiera. Pero ¡está usted tiritando! Tome algo para entrar en calor.

La buena mujer salió a paso ligero. Yo me quedé junto al fuego. Tenía la cabeza ardiendo y el cuerpo helado. Estaba nervioso, alterado y mis pensamientos daban vueltas sin descanso. No podía evitar preocuparme por las posibles consecuencias para mi salud de aquella desdichada visita a Cumbres Borrascosas.

La señora Dean regresó al poco rato con un tazón humeante y una cesta de costura. Dejó el recipiente sobre la repisa de la chimenea y se sentó visiblemente complacida, quizá por encontrar en mí a alguien dispuesto a la conversación.

—Antes de venir a vivir aquí —comenzó sin esperar invitación—, pasé casi toda mi vida en Cumbres Borrascosas. Mi madre fue la niñera de Hindley Earnshaw, el padre de Hareton. Solía jugar con los niños. Andaba por toda la finca, ayudaba en las tareas y hacía los recados que me pedían.

»Recuerdo —prosiguió— una hermosa mañana de verano, justo antes de empezar la siega. El señor Earnshaw, el antiguo amo, bajó las escaleras con su ropa de viaje, dio instrucciones a Joseph sobre los trabajos del día y se volvió hacia Hindley, Catherine y hacia mí, que estábamos almorzando juntos. Entonces le preguntó a su hijo:

—¿Qué quieres que te traiga de Liverpool, hijo? —dijo el señor Earnshaw con buen humor—. Pide lo que quieras, siempre que no sea algo voluminoso, porque tengo que ir y volver a pie y son sesenta millas de caminata.

Hindley le pidió un violín. Y Catherine, que a pesar de no haber cumplido aún los seis años ya sabía montar todos los caballos de la cuadra, pidió un látigo. El señor me prometió traerme a mí peras y manzanas. Era un hombre bondadoso aunque algo severo. Besó a los niños y se marchó.

Durante los tres días que estuvo fuera, la pequeña Catherine no paró de preguntar por su padre. La tercera noche la señora esperaba que regresara a tiempo para la cena, que fue aplazando una y otra vez. Los niños se cansaron de ir hasta la verja para ver si aparecía, hasta que oscureció. La madre quiso acostarlos, pero ellos insistieron en quedarse levantados un poco más, seguros de que su padre llegaría de un momento a otro.

Eran ya las once cuando por fin apareció el señor Earnshaw. Se dejó caer en una silla, riendo entre jadeos y quejas mientras aseguraba que no volvería a hacer semejante caminata ni por todo el oro de los tres reinos de Gran Bretaña.

—Y para colmo —añadió abriendo su gabán—, por poco reviento. Mira lo que traigo aquí, mujer. No he cargado nunca con algo tan pesado. Considéralo un regalo del cielo... aunque por lo negro que es, parece más bien un enviado del demonio.

Nos acercamos todos y por encima de la cabeza de Catherine vi a un niño sucio y andrajoso, de cabello negro y mirada desconcertada. Aunque era lo bastante mayor para andar y hablar —parecía incluso algo mayor que Catherine—, cuando lo pusimos en pie se quedó quieto, mirándonos con timidez mientras balbuceaba en una jerga incomprensible. Nos asustó un poco y la señora quiso echarlo enseguida de la casa. Le preguntó a su marido cómo se le ocurre traer a ese gitanillo. Bastante tenían ya con sus propios hijos, protestó. ¿Qué significaba aquello? ¿Se había vuelto loco?

El señor intentó explicarse pero como estaba agotado y ella no dejaba de reprenderle, apenas pude entender la historia. Por lo que logré deducir, encontró al muchacho abandonado en las calles de Liverpool, hambriento y sin familia, y decidió recogerlo y traerlo consigo. Al final la señora se calmó un poco y el amo me mandó lavarlo, ponerle ropa limpia y acostarlo con los niños.

Hindley y Catherine se mantuvieron callados hasta que volvió la tranquilidad. Entonces empezaron a buscar sus regalos. Hindley, que ya tenía catorce años, encontró en el bolsillo de su padre los restos de lo que había sido un violín. Entonces rompió a llorar. Catherine, al saber que el látigo que su padre le había comprado se había perdido por culpa del recién llegado, escupió al niño y le hizo muecas de desprecio. Inmediatamente recibió un bofetón por parte del señor Earnshaw.

Los dos hermanos se negaron en redondo a dejar que el extraño durmiera en sus camas. A mí no se me ocurrió nada mejor que acostarlo en el rellano de la escalera y esperar que al amanecer se marchara por su cuenta. Pero tal vez porque oyó la voz del amo o por otra razón, el muchacho se dirigió a su habitación. Cuando el señor Earnshaw se enteró de que yo lo había dejado en el pasillo, me despidió por mi descuido. Así fue como Heathcliff entró en la familia. Volví a la casa unos días después, y que mi expulsión no fue definitiva, y me encontré con que habían decidido darle al chico el nombre de Heathcliff, el mismo que el de un hijo de los Earnshaw que murió muy pequeño. Desde entonces, ese nombre le sirvió tanto de nombre como de apellido.

Catherine y él se hicieron inseparables, pero Hindley lo odiaba, y confieso que yo también. Ambos lo maltratábamos siempre que podíamos y la señora nunca intervino para defenderlo. Era un niño reservado y paciente, quizá acostumbrado desde muy pequeño a los malos tratos. Soportaba sin una lágrima los golpes de Hindley, y si yo lo pellizcaba apenas suspiraba, como si se hubiese hecho daño por accidente.

Cuando el señor Earnshaw descubrió que su hijo maltrataba al huérfano, como él lo llamaba, se enfureció. Tenía por Heathcliff un cariño sorprendente, más incluso que por Catherine, que era tan traviesa, y creía a pies juntillas todo lo que el chico le contaba, aunque, por supuesto, Heathcliff no le revelaba ni la mitad de lo que realmente sufría. Así fue como desde el principio, Heathcliff sembró en la casa la semilla de la discordia.