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El Tano creció en dos lados: con sus padres, bajo la curva de la General Paz cuando se transforma en la Panamericana, donde la polución invisibiliza a quienes viven ahí, y en Villa Rosa, en el campo, cuando todavía no era nada, puro yuyo, serpientes y pantanos secretos, donde lo crió su abuela. Tras la muerte de sus padres y de su abuela, el Tano vuelve al barrio, al Triángulo de las Bermudas de esa curva. Allí, ciertos amigos de la infancia lo involucran en esa asociación ilícita que desarrollan en una cofradía perfecta. Él los quiere aunque hará todo lo posible para que no se le acerquen. Ellos no entenderán que el Tano, si se aleja, lo hace por el bien de ellos, por algo que lo persigue y lo arruina todo. Luis Mey es un provocador. Nos presenta un personaje sufrido por el abandono y la frialdad de su familia que interactúa con su abuelita. Luego, lejos de transformarlo en un ser débil, hace crecer a Martiniano, el Tano, en sensibilidad y en oscuridad de igual manera. En esta novela feroz, por momentos cruenta, aunque poderosa, Luis Mey delata, sin querer hacerlo, a todo escritor que puede seducir por su escritura pero que se gana la pasión de quien lee cuando construye una historia que exhibe, como en una estantería, los aspectos humanos más nobles e innobles que todos llevamos dentro.
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Seitenzahl: 232
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Luis MEY
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Portada
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Tabla de contenidos
Mey, Luis
Curabichera / Luis Mey. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : La Crujía, 2025.Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-601-371-0
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura. I. Título.
CDD A863
1.ª edición en Argentina: mayo de 2024
© 2024 Luis Mey
T© 2024 La Crujía, de todas las ediciones
Viamonte 1984 –C1056ABD Ciudad Autónoma de Buenos Aires– Argentina
Tel.: (+54911) 4170-4232 | [email protected] | www.lacrujia.com.ar
Diseño de tapa: Departamento de Arte de La Crujía
Imagen de cubierta: © Wansart /Shutterstock.com
Imagen de cortesía: © Photohobbiest /Shutterstock.com
ISBN 978-987-601-371-0
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, la transformación, el alquiler, la distribución, la difusión, la venta, la cesión, la transferencia o la entrega de toda o parte de esta obra en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopias, digitalización u otros), sin el permiso previo y por escrito del editor. Tampoco se podrán crear obras derivadas de esta obra, ni realizar cualquier acto que viole los derechos de autor de la misma. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual y está penada por las leyes 11.723 y 25.446, y los Tratados Internacionales ratificados por la República Argentina.
Hecho el depósito que previene la Ley 11.723
Primera edición en formato digitalVersión: 1.1Digitalización: Proyecto 451
En su primera visita,
Soames era una criatura de carne y hueso.
Enoch Soames, Max Beerbohm
La abuela todavía era cazadora y le entraba a todo lo que caminara en cuatro patas por Villa Rosa, que cada vez tenía más cerca algo parecido a una civilización, quizás un pueblo.
Una vez, a falta de cuis, se le tiró encima a un perro perdido. Yo miraba de parado, bien citadino, cerca de la puerta de la casa, ni siquiera en el pasto por asco a los bichos, con mi camiseta del Club Atlético Platense que me iba por abajo del pantalón corto, medio como pollera, una vergüenza para mi abuela. El perro luchó a tarascones y gruñidos, pero cada vez que lograba escapar, la abuela le agarraba la pata de atrás y lo atraía hacia ella, hasta que se dio por vencido y se dejó quebrar el cuello.
Ese día se decidió la vieja a enseñarme a despellejar. Bajo ese sol verdugo, en el patio de adelante —cerca de la bomba de agua y el alambrado blando que daba a unos metros más de pasto hasta la calle de tierra llena de juncos a los costados—, ella agarró un cuchillo centenario y le pasó una piedra antes de decirme:
—Tirale unos baldazos al pulgoso este.
Bombeé un par de baldes. Con el primero, un chorro fuerte y algo de jabón. Con el segundo, afuera el jabón.
Ella empezó a pelarle un poco donde iba a hacer el corte. Se le plantó firme enfrente al perrito sobre una mesa de madera que chorreaba por debajo, entre las maderas. La abuela pisaba el barro con jabón. Andaba siempre en patas, ella. En el barro enjabonado nadaban unas hormigas que podían arrancarme una uña si querían. No pasaba un día sin que la abuela me disparara un dedo con la advertencia de que no se me ocurriese meterme a caminar entre los juncos del costado del camino, porque ella misma le tenía miedo a todo lo que salía de ahí.
Yo una serpiente larga vi más de una vez, pero ella juraba haber visto una boa. Yo ratas había visto, pero ella juraba haberse cruzado con una que caminaba en dos patas y llegaba hasta su cintura. Yo al viento le vi sacarles música a los juncos, pero ella juraba que tenían un sistema de comunicación, todos los juncos de todo lo largo de ese camino perdido de Villa Rosa. Creo que por eso no quería ir nunca a visitarla a Villa Rosa: porque papá me mandaba a hacerme hombre y la abuela contaba su tierra con todas las exageraciones de un niño, y eso me daba más miedo que la orden de mi padre.
El problema de verdad fue, precisamente, con ese perro. Yo la había visto despellejar antes, pero de lejos porque después papá le hacía escándalo, le decía que de a poco, que cosas que me hicieran soñar no me mostrara, que con todo lo otro ya alcanzaba. Además, papá siempre le metía lo de mi mamá, que se había muerto hacía poco y, era verdad, se me aparecía en sueños bastante despellejada.
Pero esa tarde, la abuela le rapó el costado de la panza al perrito y clavó el cuchillo bien al ras. El perro, que habíamos creído muertísimo, entonces pegó un salto y se tiró al piso para huir.
El corazón me dio un vuelco inolvidable. A ella también.
Quedó tirado el pobre perro sobre el barro enjabonado.
La intención de huir estaba, la tenía, pero no se podía mover. A veces, con las ganas de vivir no alcanza. Apenas si una sola pata, la de atrás, le daba unos centímetros de ventaja por cada diez patadas que daba. La boca quería ladrar, gritar, se le escapaba el aire como si tuviera un hueso atravesado en la garganta. Pero ahí se quedaba.
Me dieron ganas de adoptarlo, de bautizarlo, de enseñarle. Podía llamarlo Junco y traerle, en cada visita, unos buenos huesos de los desperdicios que la ciudad jamás reclamaba.
Pero la abuela, aprovechando mi quietud, apareció con una piedra enorme que sostenía su puerta mosquitero y se la hundió en la cabeza.
—¡Por qué mierda no me dijiste que respiraba!
No me di cuenta, no lo vi y qué sé yo cuántas excusas más querían salir entre el moqueo que ya me aparecía, pero no pude.
Tuvo el decoro de sacarle la piedra ella, de pedirme que mire para otro lado, de entrar en la casa y traer un trapo y levantar al perrito de nuevo sobre la mesa con, ahora, el trapo cubriéndole la cabeza aplastada.
Y ahí siguió. Porque igual el cuchillo nunca se salió del cuerpo del perrito. Quedó ahí, colgando. Y ella lo agarró firme y lo fue abriendo, no sin acompañar la clase con algunas puteadas por el incidente. Y dijo:
—Si los chinos comen perro, nosotros comemos perro.
Después me mostró qué partes servían y qué partes podíamos tirar a los juncos, porque con los juncos, me dijo, también hay que tener buena voluntad, cosa de que ellos la tengan con nosotros, y a mí me sonó a esa parte del Padrenuestro: perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, pero un poco al revés, o con otro deseo, uno de complicidad. Esa misma noche me explicó, de paso, que los ruidos del techo eran murciélagos, los ruidos del jardín eran los bichos de los juncos y los ruidos del aljibe y del alambrado eran los fantasmas.
Y antes de dormir me dijo, mientras afilaba el mismo cuchillo:
—Creí que venían con la casa, pero creo que ya venían del terreno, o de antes.
Esteban, el gigante medio bobo, era mi amigo de la escuela, la N.° 4 de Olivos, a quince cuadras de casa. Esteban vivía a una cuadra de la mía. Cuando no había colegio, hablábamos algunas cosas si nos cruzábamos por la calle y después cada cual seguía transpirando por su lado, porque cada vez que nos cruzábamos fuera del colegio era verano, y en el verano, los padres de aquella época, los nuestros, no nos querían en casa todo el tiempo y tampoco gastaban plata en colonias ni clubes, por lo cual la calle era el lugar.
Durante el año lectivo no nos separábamos para nada; separarse era un peligro para cualquiera de los dos en cualquier ambiente de la escuela, escenario de mil batallas. Amigos por necesidad, pero amigos al fin.
Esteban, al cierre de cierto invierno, vio a sus padres en crisis. Su madre, siempre religiosa, empezó a tomar distancia de su padre cuando Dios la reconfortaba o a recortarla cuando necesitaba un hombro y no una estampita. Su padre empezó a tomar mate en la puerta, cosa de distanciarse de su madre, y apenas se acercaba cuando le era menester ingerir algún alimento.
Esteban y yo teníamos nueve años cuando empezó todo eso entre sus padres. Entre los padres de otros estaba por empezar lo mismo, algo peor o algo menor. Y entre otros padres ya todo había terminado y seguía la cosa en Tribunales. El silencio de los barrios miente. Eso lo sabemos por genética, por nuestra triple frontera —Saavedra, Florida, Villa Martelli—que con o por la General Paz y la Panamericana, igual, pasaba por pueblo, un lugar entre lugares. Todos habitábamos sobre la línea negra del mapa, ese espacio reservado para no estar. O para la violencia y la corrupción, como toda frontera.
Esteban era un niño-monstruo con rasgos vikingos que nunca necesitó gimnasio. Nació inflado. Por su sangre corría algún tipo de anabólico que lo hacía gigante de brazos, espalda y cuádriceps, aunque no tuviera fuerza alguna. Cuando Esteban se enojaba, su padre, por las dudas, le daba con algún objeto, el que tuviera cerca, por si el mano a mano con un chico de nueve años no alcanzaba. Los padres de Esteban, de todos modos, encontraron la manera de superar la crisis. Hablaron, gritaron, lloraron y rompieron cosas hasta ese sábado al mediodía en el que Mercedes, su madre, se levantó iluminada, preparó el desayuno para los tres —ya no eran cuatro: su hermana había muerto en la pileta de Parque Sarmiento algunos años antes— y después tuvo a los hombres limpiando exhaustivamente la casa durante toda la tarde. Cuando Esteban entendió que nunca quedaría tan limpia como los ojos de su madre esperaban, pasó la escoba hasta las nueve de la noche como un autómata sólo para darle el gusto, para verla menos frenética.
Me acuerdo bien de ese día porque mi madre, entonces todavía viva, atendió el teléfono a las cinco de la tarde y papá, después de días sin hablarle, le hizo un gesto con los dedos en montoncito, a lo que mamá contestó, apenas audible: “Es Mercedes”, y se encogió de hombros. Papá salió para la puerta y mamá fue con él, que ya tenía el mate. Yo, sin embargo, había escuchado que mamá, teléfono en mano, titubeó, un suspiro y un no, Mercedes, no quiero, no insistas, y cortó y se fue a su cuarto a murmurarle a los santos, a toser tranquila, a agradecer el techo, que era lo que me decía, por más que yo, cuando me acercaba a su puerta, escuchaba otra cosa. Después sí; después fue por los mates.
Allá, en la otra casa, la de Esteban, la casa de la insistencia, a las diez de la noche y con un par de empanadas que su madre le dejó en el cuarto, Esteban escuchó que la puerta de entrada se abría y se cerraba cada dos o tres minutos, que las voces se multiplicaban, que hombres y mujeres conversaban y reían. Hasta que se hizo la medianoche y las luces de la casa bajaron y el padre, algo tenso y chupado, se le acercó y le dio una única orden:
—Te quedás acá, y ni se te ocurra abrir la puerta, ¿está bien?
—¿Y si quiero ir al baño?
—Hacés por la ventana. No va a ser la primera vez que meás para afuera, te pensás que soy pelotudo yo.
Los sonidos de las copas contra las copas y las risas tras los comentarios dejaron paso a los ruidos de antes, a los ruidos de alcoba de su papá y de su mamá mucho tiempo antes, pero ahora desde el living y en una especie de estéreo como el botón con el que jugaba Esteban cada vez que le dejaban usar el equipo de música. Él lo pasaba de mono a estéreo, de mono a estéreo. A Esteban le gustaba mucho la música. A Esteban no había manera de quitarle la música. Le habían quitado casi todo a la fuerza, pero la fuerza que no tenía para las peleas, tal vez, la había puesto toda en su batalla por que no le quitaran la música. Y la música de alcoba de esa noche no terminó sino hasta las seis o siete de la mañana, momento en que el padre de Esteban entró en el cuarto y le dijo:
—¿Measte?
—No.
Se detuvieron un instante escuchando las voces de la calle, de sus invitados, de los autos que se encendían, motores que rugían como extensión periodística de la noche que habían pasado sus propietarios. Después, el silencio mentiroso de barrio. Otra vez. De mi barrio, en particular: que era cualquier cosa, menos silencioso. O un barrio acostumbrado a un ruido tan constante —el de la curva de la General Paz— que había perdido la categoría de ruido.
—Es tu momento de ir al baño, entonces. Y después a dormir. Yo, como tu padre, te agradezco mucho que te hayas portado diez puntos en esta noche tan importante.
Esteban vio una mano que se acercaba a su cara. La mano del padre. La mano del padre de Esteban se acercó a su cara y, de repente, acarició su mejilla. Esteban, con los músculos momificados, la recibió. El padre no tuvo, por primera vez, el impulso de preguntarle qué hacía despierto —sentado, de hecho, en la cama, con los pies en la alfombra podrida—, como cada vez que lo encontraba después de las diez con la luz encendida. Hubo un acuerdo tácito. Vos no preguntás, yo no te cuento. Mamá está contenta: ganamos todos.
Fue, tal vez, una de las mejores semanas en la vida de Esteban. Fue, tal vez, una de las semanas más exitosas de todas las parejas de toda la historia del barrio de Florida. Yo los escuché; estoy seguro de haberlos escuchado. Esteban vivía a una cuadra. Y los autos del fin de la fiesta dieron una nota diferente a la nota que dan los autos que nos corren casi por encima, por la General Paz o por la Panamericana, justo ahí.
Esteban, sin embargo, parecía la única persona preocupada en torno a sus padres, o al menos eso me dijo su cara. Yo lo supe el miércoles, recién. El lunes, pálido, aprendió cada línea de cada baldosa; su cabeza, detenida en el suelo, parecía querer proyectarme algo para que lo viera. El miércoles, entonces, sucedieron dos cosas: una, que la mayoría había visto a los padres de Esteban enamorados por la calle, a los besos, de la mano; la segunda, que Esteban levantó la cabeza y me dijo:
—¿Puedo ir a vivir a tu casa?
—Tus viejos te matan, mi viejo me mata y encima vos sos una máquina de tirarte pedos. No hay manera.
—Está bien —dijo.
Pero ni siquiera lo dijo, fue como un acto ventrílocuo. Si mi casa me asustaba, si yo pensaba que someter a mi único amigo a la tortura de lo que no entendía de mi propia casa era grave, en ese gesto suyo me subió un temblor que había pensado que el cuerpo, por aquel suceso en Villa Rosa, no me dejaría tener nunca más.
Al sábado siguiente, el padre le reacondicionó el cuarto con unos equipos de DJ, con todos los cables que pasaban por debajo de la puerta. Esteban, al terminar de barrer —esta vez solamente barrió tres horas—, acudió a la explicación de su padre, un poco ido, un poco diferente.
—Vos te vas a quedar acá. Y desde acá vas a pasar música para los invitados. Ya ves que te puse los discos que tenés que pasar. Y acá tenés la hora en que tenés que poner determinado disco. No me vayas a fallar en esta. Capaz que hay algo de plata para vos.
El padre, a las nueve de la noche, ya estaba vestido para la nueva reunión: una camisa tipo Travolta en Fiebre de sábado por la noche, un pantalón blanco, botas marrones de punta larga, el pelo brillante tirado para atrás, todavía con algo de rubio, afeitado y perfumado. El perfume siguió en el cuarto de Esteban por el resto de la noche. Apenas pudo ver a su madre, y por un error de su padre, que abrió la puerta para levantar el dedo y darle arranque a la música y en eso pasó la madre por el pasillo, pollera tubo y remera corta, medias de red, tacos estruendosos.
Cerrá esa puerta, por Dios, Osvaldo, dijo la madre, y se acercó explosiva a saludar a unos invitados. Todos en pareja. Hombres y mujeres. Y la puerta se cerró. Y Esteban comenzó con su trabajo.
A las siete de la mañana, un sobre apareció bajo la puerta. Esteban se movió de las consolas y lo tomó: doscientos pesos dentro. Era mil novecientos noventa y tres. Esteban, con acento mitológico, siempre contaba la vez que había tenido ochenta pesos. Ahora tenía doscientos.
Su casa, me di cuenta, había mejorado. Sus padres eran la pareja que más se iba a pasear por el centro de San Isidro, que más fotos sacaba cuando daba vueltas por los cafés de Recoleta para dárselas de turistas en su país. Nadie sabía bien qué pasaba en esa casa los sábados por la noche. Yo sí, por supuesto, pero porque el DJ era mi amigo.
—El olor —me dijo Esteban uno de esos días durante la clase de Matemática.
—¿Qué? Copiá lo del pizarrón...
—El olor. ¿Tengo olor?
—¿Olor a qué?
—A guasca. ¿Tengo olor a guasca?
Esteban juntó bastante cada sábado. Incluso me regaló diez pesos, pero su cara seguía contando baldosas, memorizando líneas.
Era siempre lo mismo para Esteban. Lo encerraban en la pieza, le pasaban los cables por abajo, él se ponía a pasar música y cuando aparecía un sobre con guita, deslizado como por un efecto de viento de los temas ochentosos que mandaba desde su cuarto hacia la sala, él apagaba todo, ordenaba, contaba la propina y se tiraba a dormir con el ruido de los autos y las risas carrasposas que salían de su casa.
Todo más o menos deprimente hasta que un sábado de invierno, en que el ruido del living y las habitaciones superó al de la música, algunos rompieron cosas, hubo gemidos bastante más sonoros que los habituales y nadie se dio cuenta cuando otro adulto, específicamente ese adulto en boxer y anteojos negros, entró en la habitación de Esteban y cerró la puerta tras de él.
Médico, psicóloga y quince días sin clases para Esteban.
Los adultos de los sábados, después de una tensa reunión —según escuché—, decidieron que acompañarían a Esteban con los gastos y con toda la fuerza de su espíritu, pero que una denuncia contra boxer/lentes oscuros implicaba problemas mayores para todos, por lo cual médico/psicóloga/quince días sin clases alcanzaban para seguir adelante.
Esteban y yo, entonces, no volvimos a tener relación hasta mucho después.
Mucho.
Veinte años.
Tortuga —ahora de cuarenta y cuatro, uno de los pibes de la banda de Matías— contó —creo que era en el dos mil trece o doce— que cuando te tocaba la colimba y tenían que hacerte la revisación médica llegaba un momento en que también verificaban el estado anal del futuro soldado. Si había pasado algo por ahí —un punzón, una operación, una verga—, te clavaban en el documento una marca perenne: OAD. Orificio Anal Dilatado.
Con una O, una A y una D bien pegaditas te salvabas de hacer el servicio militar. Pero solamente de eso.
Los milicos no querían maricas. Supongo que una violación, en su perspectiva, te hacía marica. Eso no lo dijo Tortuga. Eso lo digo yo.
Otro de los pibes —Maxi, de veinticinco, futbolista frustrado, experto en ciclomotores— alcanzó a decir que conocía a uno de por ahí que, de haber habido sorteo —al momento de la charla, la suspensión del servicio militar obligatorio cumplía casi veinte años—, habría quedado señalado en su documento.
Se la dejamos pasar, por supuesto, porque a un tipo que estuvo a punto de jugar en Racing y que por la impericia de su padre quedó afuera, se le dejaban pasar esas cosas casi para toda la vida.
Y la verdad es que todo lo que le había pasado a Esteban era, para la generalidad, meros rumores, sacándome a mí, desde ya, que conocía los detalles —cuántos puntos le habían dado cuando lo cosieron, por ejemplo—, pero jamás había abierto la boca, ni siquiera solo, en voz alta, como loco malo, en alguna Navidad de borracho triste.
Esteban no hablaba con nadie desde entonces. Veinte años llevaba calladito y caminando con los ojos al piso. Jamás abandonó la casa de sus padres ni dejó de caminar por el barrio cuando su madre murió de un salto al vacío.
Yo dejé de saludarlo cuando entendí que no respondería a mi saludo. Qué sé yo… Igual lo quise siempre. Entendí que estaba en el infierno, nada más. Pero no terminé de entender nunca lo que le pasó. No porque no tuviera detalles, sino porque no podía presentarlos, ni por un minuto, en reflexión. Darme a ellos me haría conocer el número de líneas de baldosas que mi viejo amigo conocía y repasaba.
La cosa es que la banda de Matías era buena, pero tenía sus fallas, y la primera que le vi fue esa: meterse, como sin querer, al paso, con Esteban. Y Esteban, por algo de su genética, estaba más enorme de lo que pude calcular que lo estaría cuando, en la infancia, lo tenía todos los días al lado.
Ese sábado de dos mil trece o doce, conmigo ahí, de oreja, de escritor, de curioso, salimos de la casa de Matías, nos paramos en la puerta —para airearnos, calculo— y ahí siguió la charla. Había mucho respeto entre todos. Mucha confianza. De verdad que parecía una familia. El tema fue que —lindo sol, lindo silencio en el barrio, bien sostenido por la gente de Matías— Esteban pasó caminando lo más tranquilo y loco de remate como siempre por la vereda de enfrente, antes de la esquina que terminaba con las calles y chocaba contra el monstruo de la General Paz. Yo encendí un cigarrillo porque algo de su historia todavía me dolía, me pesaba al punto de entender que cada uno de mis días tenía que ver con lo que le había pasado, que cada una de las páginas que yo escribía era para él, mi forma de ajusticiarlo. Pero entonces este tal Maxi, así, como dando examen, fue y dijo:
—OAD: orificio anal dilatado. Ahí lo tenés.
No lo gritó. Lo dijo claro, pero no lo gritó. Y en el silencio del sábado de siesta, o lo que decíamos nosotros que el silencio era, se dejó escribir en el viento. Y el viento lo llevó a los oídos de Esteban que, de repente, se frenó en la línea tres de la baldosa cinco de la casa de los Castelucci, y estuvo así parado hasta que escuchó la risa maldita de Maxi y la sorpresa de Tortuga. Esteban, entonces, siguió, pasó la baldosa treinta y dos, se detuvo de nuevo, a pasitos de la esquina, de encarar para la colectora de la General Paz, por fin levantó la cabeza, se dio media vuelta y cruzó la calle, siempre en líneas perfectamente trazadas por su cabeza, que daba batalla a su manera. Después, en nuestra vereda, caminó hacia nosotros.
Maxi se paró y de inmediato se puso en guardia. Era bastante atlético y saltaba en zapatillas. Con los puños apretados cubriendo sus filosas facciones, sus brazos parecían más poderosos.
Esteban nunca vio la posición de Maxi. Nunca levantó la vista de verdad para posicionarse a favor de una pelea mejor. Simplemente fue y le dio una trompada en el pecho. Justo en el esternón.
Y yo escuché bien. Yo sé cuando un hueso se rompe; lo sé porque hacía unas semanas había necesitado saberlo, solo que los huesos que tuve que romper habían sido ejecutados por un martillo, no por un puño, aunque nunca dudé de la capacidad de martillo de los puños de Esteban, ni de su masculinidad, en general, cuestión que había quedado bajo el velo de una mitología muy personal, oculta detrás de la gran muralla, la cosa de aquella noche en la fiesta de sus padres. Yo, para ese entonces, ya sabía que podía vender la casa de mi abuela e irme a un lugar mejor, o por lo menos con más vida cultural, menos estereotipos o costumbres que rozaban la Edad Media, pero estaba fascinado, perdidamente enamorado de ese pantano, como si de repente viviera no en la ciudad, sino entre los juncos de Villa Rosa, y fuera el monstruo, ya no el objeto de deseo.
Maxi cayó y Esteban le saltó con la rodilla encima, sobre la panza, por lo cual las empanadas le salieron catapultadas por la boca, casi intactas, con repulgue y todo, cuestión que Esteban no le importó en absoluto porque empezó a darle en la cara. Unos dicen que fueron dos piñas bien puestas. Yo digo que fueron por lo menos diez, pero a la velocidad de la luz. Ese día, incluso antes de la andanada de nudillos, entendimos que Maxi no serviría nunca más para nada; su comentario previo a su condena bastaba para saber que era talentoso en demostrar la amplitud de su estupidez.
Matías, con los ojos inyectados de amor por Esteban, dijo:
—Quiero a ese loco en mi equipo.
Y lo tuvo. Pero vamos de a poco.
