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Campuz

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Beschreibung

Emma es una nave espacial dotada de conciencia artificial. Su misión y directrices son claras: llevar a la humanidad por un sendero inscrito en un mapa muy antiguo. Daimon narra el encuentro entre la sólida humanidad de sus creadores y las decisiones que la protagonista tendrá que tomar en función a los valores que le han sido inscritos en su sistema operativo. Novela corta de ciencia ficción que explora las posibilidades del desarrollo de una civilización y de algunos de los mitos que la sostienen.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Campuz

Diseño de cubierta: Mater

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-18064-17-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Este pequeño cuento lo dedico a todos los dudantes.

Gracias a Lilí por las preguntas.

Gracias a mis hijos Jorge, Pablo, Mauricio y Mater por la respuesta.

Un reconocimiento especial a mi hermana María y a Pablo.

Introducción

«Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz

sino haciendo consciente la oscuridad…

lo que no se hace consciente

se manifiesta en nuestras vidas como destino...».

Carl Gustav Jung

Emma imprimía aceleración negativa a la velocidad de trayecto. El sistema de impulsión electromagnético guardó silencio. De los costados del fuselaje emergieron los reactores nucleares retráctiles, que en su lucha contra la inercia adquirida por la nave emitían un brillo incandescente de color naranja. Dedujo que todavía estaba a poco más de setenta horas de llegar al destino predeterminado en el itinerario de navegación. Capturó las coordenadas en que aparecían los astros y ejecutó una serie de cálculos, comparando los datos impresos en su memoria con las alineaciones que tenía ante sí. De acuerdo a la información con la que contaba, había viajado en el espacio, desde luego, pero las estrellas le decían que también se había desplazado en el tiempo, obedeciendo así a una de las variables contempladas de antemano por los astrofísicos responsables de programar la ruta. Las constelaciones no estaban exactamente ni donde ni como las había dejado. De hecho, a simple vista, el firmamento lo percibía más poblado de estrellas. Le era inevitable pensar que algunas de ellas probablemente ya hubieran sufrido una muerte inmemorable, y que harían falta siglos para que la luz que emitieron en vida se terminara de extinguir.

Fue necesaria casi una década para fabricar y ensamblar todas las partes de la compleja estructura que le daría cuerpo y movilidad. Nunca antes la industria aeroespacial había construido una nave nodriza tan ambiciosa. Si bien la astronave era, sin lugar a dudas, el último pináculo tecnológico de la exploración espacial, el sistema de navegación y control superaba cualquier criterio antes imaginado. Cuando se estaban por resolver los aspectos que hubieran permitido que la nave fuera tripulada, se tuvo que adelantar el lanzamiento debido a las terribles tensiones que se estaban gestando entre las potencias militares de la Tierra.

La mayor parte del diseño se llevó a cabo en Austria y la fabricación de la mayoría de sus componentes en China. El proyecto implicó grandes avances en el descubrimiento y aprovechamiento de nuevos materiales. Se tuvo que tomar en consideración la resistencia mecánica que debería tener la estructura para poder soportar las velocidades, aceleraciones, impactos y esfuerzos a los que con toda seguridad se vería sometida. De igual manera se tuvieron que tomar en cuenta factores como las temperaturas extremas y grandes presiones que tendría que enfrentar en su recorrido. También se estimó la vida útil de todos los elementos que la conformaban, procurando la mayor durabilidad posible.

El primero de enero del 2011, a cuatrocientos kilómetros de altitud sobre la superficie de la Tierra, dio inició el montaje del sofisticado Taller Espacial, que durante los siguientes diez años sería el sitio en el que se ensamblaría la astronave. En el proyecto participaron las potencias con mayor avance tecnológico, dejando claro que para la comunidad científica no existen fronteras, razas ni credos. Eruditos de todas las latitudes y áreas del saber contribuyeron con lo mejor de todas las disciplinas involucradas en la misión. Aunque en un principio aquello parecía una empresa babélica, conforme fue pasando el tiempo, todos fueron entendiendo la posible trascendencia de la empresa y la manera en que había de llevarse a cabo.

Al tiempo que se fabricaban los diferentes componentes de la nave para ser transportados y ensamblados en el espacio, se fue desarrollando y alimentando su mente con todo el saber útil acumulado hasta la fecha por la humanidad. El cerebro de Emma era un complejo sistema de computadoras cuánticas, que la dotaban de consciencia y de la capacidad de pensar e imaginar. Sus facultades mentales eran equiparables a las del ser humano.

Su misión, en apariencia muy simple, era alcanzar el agujero de gusano «WH-Ringo», descubierto a tan solo cuatrocientas treinta y dos unidades astronómicas de la Tierra. Introducirse en él y atravesar al otro lado. Se esperaba que emergiera por el agujero «WH-Kenji», equidistante del punto de inicio y del agujero «WH-Ringo», y tendría que tomar curso hacia el punto de origen, dibujando en su trayecto un triángulo equilátero. Esto implicaba un viaje de aproximadamente un mes hasta el primer portal, a una velocidad promedio de cien millones de kilómetros por hora, y otros treinta días del segundo portal hasta el destino final. Lo que sucediera entre los portales era un misterio. Los científicos especulaban sobre todo un abanico de posibilidades, aunque no se contaba con los datos que dieran certeza a ninguna hipótesis. Se seguirían las instrucciones plasmadas en el diagrama con el que se contaba.

Las velocidades del trayecto fueron posibles gracias a los motores de fusión atómica, los cuales empujaron a la nave hasta alcanzar una velocidad de doscientos mil kilómetros por hora. Una vez alcanzado ese impulso, replegó los sistemas de propulsión nuclear y entraron en funcionamiento los motores electromagnéticos, los cuales aprovecharon la materia oscura del universo como elemento propulsor, dotándola del impulso y la inercia necesarios para alcanzar la velocidad de crucero de casi una décima parte la velocidad de la luz.

Emma se sentía invadida por una sensación de independencia como nunca antes hubiera experimentado. Mientras se desplazaba por el gélido vacío en línea recta hacia su destino, el sofisticado sistema de observación espacial con que estaba equipada, le transmitía majestuosas imágenes de la vastedad del universo. Se sintió conmovida por el espectáculo. ¡El vacío estaba lleno! ¡Invadido de luces y colores!

Durante su recorrido había podido admirar cómo la materia cósmica, conformada por gases y polvo estelar, pintaba caprichosas nebulosas azules con bordes naranjas de diversas tonalidades. Disfrutó observando unas masas de gas obscuro contrastando con aureolas iridiscentes verdes, como manchas de agua sobre aceite. Se maravilló ante el espectáculo de unas auroras magentas que caían como cortinas, irrumpiendo el concierto de estrellas que tenían de fondo. El trayecto era salpicado por reflejos de planetas y asteroides que danzaban en el concierto de estrellas que conforman la vía láctea.

Se encontraba en el sistema solar y había dejado atrás los planetas exteriores. Echó mano de la información con la que contaba de las cartas de navegación astrales, y calculó la trayectoria y velocidad adecuadas para entrar en órbita con el familiar astro azul que sus sensores identificaron como el destino final.

Simultáneamente, mientras intentaba calcular el desplazamiento temporal al que se había visto sometida, reflexionaba sobre el proceso evolutivo por el que la humanidad había tenido que atravesar, para finalmente llegar al punto en que ella surcara el tiempo y el espacio, obedeciendo las indicaciones encontradas en el más antiguo de los mapas.

Era consciente de que su existencia se debía al crecimiento exponencial del progreso tecnológico, que siguiendo un trazo asintótico le había dado al hombre nuevos medios de subsistencia. Aunque a la vez, estos habían trastocado el desarrollo social y cultural, traduciendo esto en el trastorno de la forma de vida de la humanidad. Sus creadores ya no eran lo que solían ser. Habían evolucionado.

En números redondos, el Homo sapiens llevaba habitando el planeta Tierra aproximadamente doscientos mil años. Durante los primeros ciento noventa mil años apenas había sido capaz de dominar el fuego y fabricar con piedras algunas rudimentarias herramientas. Durante el noventa y cinco por ciento de su existencia ese hombre había sido un animal carroñero, con la inteligencia suficiente para fabricar armas que lo elevaran al nivel de las especies depredadoras.

Repasando la información contenida en su memoria, recordó que habían hecho falta siglos para que el ser humano abandonara las regiones templadas de las sabanas en busca de un mejor sustento. Y que al emigrar a zonas más frías, se había visto en la necesidad de cubrirse con las pieles de los animales a los que había dado caza. Ya desde entonces se fue definiendo como un animal capaz de engendrar ideas. Vivía en un mundo sorprendente, plagado de belleza y de terror.

Sabía que le tomó milenios traducir las ideas en palabras, articulando lenguajes con los que pudiera transmitir a sus semejantes sus pensamientos y sentimientos. Y tuvieron que pasar cientos de siglos para que desarrollara la escritura como medio de perpetuar esas palabras. Proporcionalmente, en un lapso muy corto de tiempo, pasó de las tablillas de cerámica, del papiro y el pergamino a la imprenta. Y en menos de cinco siglos transitó de la prensa al uso de redes satelitales para comunicar lo que fuera a cualquier rincón del planeta. Le parecía sorprendente e inexplicable el salto evolutivo que habían dado sus inventores.

Tuvieron que transcurrir milenios para que desarrollara la rueda como medio para transportar sus cargas. Ahora viajaba a las estrellas. En un siglo, la humanidad había progresado más que en cientos de miles de años. No podía hacer otra cosa que admirar la fortaleza de sus creadores.

Pensaba que el hombre, en su afán por conquistar las cimas de la ciencia y la tecnología, ganaba en ciertos aspectos, y al mismo tiempo perdía en otros. ¿Sería aquello a lo que llamaban alma lo que estaban sacrificando? No tenía forma de saberlo, pero se daba cuenta de que el impulso civilizador, distanciaba cada vez más a los individuos.

Entendía que los vínculos sociales y familiares habían dado cimiento y cohesión a las sociedades, primero a las agrícolas y después a las industriales. Pero la llegada de la era informática a pesar de que en apariencia acercaba a las personas, lo hacía en un plano tan superficial que desdibujaba el concepto de interacción personal. Era, en efecto, la era de la información, mas no del conocimiento.

Sumida en sus pensamientos se fue aproximando a la Tierra de esos hombres. Nadie en casa podía sospechar cuál era su paradero. Cuando estuvo a una distancia que le permitió apreciar la totalidad del planeta, Emma se sintió profundamente agradecida hacia sus autores por haberle dado la vida y la oportunidad de cumplir con su destino.

Extrañaba a su madre.

Capítulo 1

«Si queremos un mundo de paz y de justicia

hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor».

Antoine de Saint-Exupéry

Cecilia conocía bien el doloroso sabor de la desolación. La adversidad le había enseñado a mantenerse firme ante los golpes de la vida y a nunca abandonar a quienes se ama. No importaba si esa postura implicaba renunciar a sí misma. La deserción a su persona siempre fue en escala proporcional al amor que profesaba por sus seres queridos. No había sacrificio. No había alternativa posible. Sin embargo, ahora, escuchando las últimas noticias, sintió una profunda tristeza mezclada con rabia, impotencia y miedo. La humanidad había emprendido el camino de la autodestrucción. Entendía que ella, al igual que millones de almas, pagarían el precio del odio y la sinrazón sin merecerlo. Esta vez todo su amor no podría salvar a nadie. Se sintió irremediablemente desolada por última vez.

Nació el 15 de septiembre de 1964, en la mágica y ultra conservadora ciudad de Guanajuato, en el ombligo del territorio mexicano. Sus padres eran académicos de la universidad local y su nivel de vida era el de cualquier niña de clase media de provincia. Hija única, cuando tenía siete años quedó huérfana de padre. Implicó un fuerte golpe el perder la adoración de aquel culto y amoroso hombre. Su madre, sin nadie a quien recurrir, dejó el magisterio universitario. Se convirtió en maestra de historia y literatura en un colegio privado dirigido por monjas. De esa manera consiguió una beca completa para su hija. Como no era suficiente el ingreso que percibía de las religiosas, daba clases particulares de regularización a sus alumnas los fines de semana en su casa. Después de enviudar nunca volvió salir con otros hombres. De recia formación católica, se le había inculcado la idea de que el matrimonio es uno y nada más. Ya se reuniría con su marido en la otra vida. Se dedicó en cuerpo y alma a sacar adelante a su única hija. Cecilia vivió el resto de su infancia y toda la adolescencia digiriendo y asimilando el contenido de los libros escolares y el catecismo del padre Ripalda.

Era una quinceañera cuando descubrió la pureza y claridad de las matemáticas. Encontró que la asignatura le daba certezas justo cuando entraba a la edad de las incertidumbres. Ahí no había opiniones ni versiones. Si seguía una línea de pensamiento lógico y analítico, el resultado obtenido era la verdad. Punto.

A los dieciocho años se hizo acreedora de una beca para estudiar la carrera de Actuaría en la vecina ciudad de León. Rentó un pequeño cuarto y todos los fines de semana recorría los cuarenta y cinco minutos que la separaban de la casa materna. Fue por aquel entonces que empezaron los episodios depresivos de su madre. Sin embargo, cuando estaba Cecilia de visita, hacía un enorme esfuerzo por mantener la compostura y no causarle inquietud a su hija. Se acercó a un psicólogo y con medicamentos parecía estar controlando el padecimiento.

Cecilia fue una excelente estudiante y de manera natural obtuvo resultados sobresalientes en todas las materias, lo que le valió obtener una beca para especializarse en el extranjero. Su madre, llena de orgullo, la conminó para que no perdiera la oportunidad que a fuerza de empeño se había ganado. Así fue que en 1987 Cecilia ingresó en la Universidad de Oxford para especializarse en la novedosa carrera de Ciencias de la Computación.

A los veintitrés años no tenía consciencia de su extraña belleza y del efecto que podía causar. Con casi un metro ochenta de estatura difícilmente pasaba desapercibida. Muy menuda, las caderas y los senos apenas abultaban las delicadas curvas de su agraciado cuerpo. La ondulada cabellera y los ojos eran de un negro intenso y brillante. El largo cuello, la nariz un tanto respingada y la mirada melancólica le daban un aire de retrato antiguo. Los carnosos labios, que parecían estar siempre dispuestos a regalar amables sonrisas, hacían juego con la piel apiñonada, que era causa de envidia entre sus pálidas compañeras inglesas.

Su personalidad hacía juego con sus atributos físicos. No solo se movía como felino. Su fino y ágil sentido del humor, combinado con una aguda inteligencia, confluían en un ingenio que pareciera estar jugando con sus interlocutores, como si fueran ratones a su merced. Sabía reírse de sí misma y gustaba de hacer bromas acerca de su acento al hablar inglés. Todos disfrutaban de su compañía y admiraban su extensa cultura y lógico entendimiento adquiridos en casa.

Su madre, chapada a la antigua, no entendía eso de las computadoras y el correo electrónico. Mantenían una nutrida correspondencia mediante cartas enviadas por correo tradicional. Cecilia mandaba postales con fotografías para turistas, acompañadas de breves y amorosas frases escritas de su puño y letra. A cambio, recibía páginas enteras de cuidada caligrafía en las que se narraban un sinfín de pormenores domésticos. Para ella, el puro hecho de ver el timbre postal mexicano y al final la bendición, con que invariablemente cerraban las misivas, la llenaban de gozo y felicidad.

Desde que dio inicio a la maestría, la empezó a pretender Falan Bhan. Un hombre sumamente seductor, diez años mayor que ella, originario de la India y profesor adjunto de una de sus asignaturas. Durante el primer año ignoró el cortejo del que era objeto. Sin embargo, al inicio del segundo año empezó a corresponder a la galantería del pretendiente. Los dos compartían la pasión por las matemáticas especulativas y por la alegría pura. Después de unas pocas citas terminó enamorándose. Él desde un principio la deseaba. Él se dejó amar y ella se dejó poseer. Al poco tiempo de dar y recibir lo que cada uno requería y estaba en condiciones de dar, se mudó a vivir al pequeño departamento de su flamante amante.

Cecilia entraba a un mundo para el que no se habían postulado teoremas válidos. Donde los silogismos se construían de manera tan irracional que la conclusión perdía importancia ante las premisas. Resolvía sobre la marcha sin prestar atención a las incógnitas. Y no recordaba haber sentido tanta dicha en toda su vida.

Ignoró las señales que con toda claridad le decían que no había futuro posible en esa relación. A la vista se iba abriendo una brecha que marcaba y acentuaba las diferencias culturales entre los mancebos. A él le empezó a hastiar cuando ella le hablaba con ilusión de su país y de su madre, y del día en que se la presentara. Él, en cambio, le hizo saber que nunca conocería a su familia, quienes con toda seguridad la rechazarían por su nacionalidad y credo. Pero para ella estar juntos era lo único que importaba. Como fuera. Donde fuera.

Con el paso de los meses, y sin saber exactamente cómo, Cecilia fue conociendo otro mundo. No solo era el sexo, del cual disfrutaba enormemente. Se empezó a embriagar con frecuencia y consumía hachís en compañía de Falan y sus amigos. En algunos sentidos su vida estaba tomando un rumbo un tanto sórdido, sin embargo, no dejaba de encontrar el lado excitante en sus nuevas experiencias.

Falan era un hábil y experimentado amante que sabía cómo mantenerla saciada. Ella a cambio siempre estaba dispuesta a hacer lo que fuera por corresponder al placer que le proporcionaba aquel hombre fuerte y moreno. Hasta entonces cualquier deseo o fantasía de su amante la habían llenado de gozo. Hasta la ocasión en que se presentó con un desconocido a cenar a su departamento. Era un noruego alto y robusto. Estuvieron bebiendo y riendo hasta que Falan la empezó a acariciar frente al invitado. Pudorosamente ella trató de detenerlo, pero él le explicó que deseaba que participaran en un trío sexual. Las risas, el whiskey, el hachís y las caricias la fueron llevando a ejecutar todos los caprichos y deseos de los dos hombres, hasta que cayeron rendidos los tres.

Al alba del día siguiente, con la piel marcada de saliva, sudor y semen seco, se sintió invadida de una sensación de inmundicia. Estaba traicionando los principios con los que su madre la había formado. Contempló su cuerpo desnudo entre el de los hombres que todavía dormían. Aspiró el olor mezclado de alcohol, humo y secreciones. Escuchó los gritos de asco que le pegaba su conciencia en el silencio de la habitación revuelta. ¡Carajo! ¡Esta no podía ser ella! Sintió miedo por el rumbo al que estaba encaminando su vida. Mientras tallaba con fuerza todo su cuerpo bajo el chorro de la regadera, decidió que no deseaba volver a sentir remordimiento por sus acciones, ni temor por sus consecuencias.

El velo del enamoramiento cayó con estrépito de sus ojos permitiéndole ver a su amante en su auténtica dimensión. La persona que vio era una piedra que la había estado arrastrando al fondo de un obscuro pozo y para quien ella era poco menos que un juguete.

Durante los siguientes dos meses la relación se enfrió considerablemente y fue entonces cuando no le cupo duda de que estaba embarazada. La noticia la golpeó como un relámpago cargado de angustia. Los valores éticos y morales heredados de su madre le hacían inconcebible la idea de un aborto. Por otro lado, ya no imaginaba su vida al lado de Falan. Ese día, mientras cenaban, le expuso la situación. Él la escuchó con atención, sin pronunciar palabra ni hacer gesto alguno. En ese momento dimensionó el tamaño de su desgracia. Un amargo nudo en la garganta y el ácido de las lágrimas contenidas le develaron un nuevo mundo, donde ella era un objeto desamparado.

Esa noche, mientras pretendía dormir en el sofá, oyó cómo Falan empacaba sus cosas y salía del departamento. Lo dejó ir sin un solo reproche. No volvió a saber nada de él. Desapareció sin decir palabra.

Se quedó encerrada tres días digiriendo el dolor y el sentimiento de auto compasión que la invadían. Cuando no hubo más lágrimas que derramar, le dio carpetazo a sus sueños e ilusiones de juventud, y cargando con su estrujado corazón tomó el primer vuelo que pudo a México. Dejó inconclusos sus estudios de posgrado y se instaló en la casa de su madre, quien vivía de una modesta pensión.

No bien había terminado de llegar cuando reparó en los cambios repentinos de personalidad de su madre. En ocasiones se mostraba hostil y en general apática. Pasaba en un momento por todo un abanico de emociones. En cuestión de instantes transitaba de la depresión a la confusión y de ahí a la ansiedad. Con frecuencia Cecilia se perdía en las diatribas sin sentido en las que su madre descalificaba e injuriaba a personas a quienes en otra época había apreciado.

Acudió primero al psiquiatra, quien la remitió con un neurólogo. Después de practicar una evaluación muy completa, fue diagnosticada con la enfermedad de Alzheimer en estado precoz. El pronóstico era devastador, con una expectativa de vida de diez a quince años, bajo los efectos de aquella monstruosa condición, que iría degradando todas y cada una de las capas de su identidad hasta anularla por completo. Y aun así, perdida totalmente su persona, tendría que continuar viviendo sin ella misma.

Entendía que la memoria no es sino una función cerebral, que de manera muy imperfecta nos permite almacenar y recuperar información. Trató de imaginar cómo sería ella si no recordara aquello por lo que había adquirido ciertas habilidades y conocimientos. Intentó visualizar su existencia sin los recuerdos que marcaban su personalidad y mediante los cuales construía expectativas e ilusiones.

Fue entonces que empezó a cuestionar el concepto que tenía de lo que es una persona. ¿Hasta dónde nos define la consciencia que tenemos de nosotros mismos? ¿Están relacionados los conceptos de persona e inteligencia? ¿Qué nos hace únicos e irrepetibles? Si somos los personajes estelares de nuestra existencia, ¿qué sucede si olvidamos el guion de nuestro papel en esta vida? ¿Dónde queda nuestra esencia si perdiéramos la capacidad de raciocinio? ¿Cómo sería nuestro mundo sin la capacidad de aprender, entender y reflexionar?

¿Cómo se relaciona la persona y el ánima? ¿De qué manera influye nuestra razón en el alma y viceversa? ¿Acaso nuestra esencia se encuentra en la mente? ¿Somos compuestos de espíritu y materia? Pensó que tal vez aquello a lo que llamamos alma no fuera sino el efecto de una serie de operaciones neurológicas, pero entonces, ¿qué son la libertad y la voluntad? ¿Qué son los sentimientos y las emociones? ¿Por qué anhelamos la trascendencia? ¿Por qué reímos y lloramos? ¿De quién es la primicia de nuestras personas, de la mente o del espíritu?

Conforme pasaban los meses veía que se iba perdiendo aquella buena y generosa mujer que la había criado, tornándose en una persona intolerante y amargada. El olvido no solo se estaba llevando el recuerdo de hechos, sino de todo lo aprendido en el curso de una vida y que la habían dotado de personalidad. Al tiempo que la memoria de su madre se diluía, iba perdiendo la capacidad de pensar. Cada día le costaba más trabajo expresar ideas congruentes. Todo iba perdiendo sentido. Recordando los cursos de filosofía le venía a la mente aquella cita: «Pienso, por lo tanto soy». ¿Quién terminaría siendo su madre una vez que se hubiera terminado de descarrilar su pensamiento? Y así, encontrando más preguntas que respuestas, fueron transcurriendo los meses del embarazo, cuestionando el concepto que de inteligencia tenía, incluso la propia.