Dain Geast: El Druida Azul - Hugo Muñoz Villanueva - E-Book

Dain Geast: El Druida Azul E-Book

Hugo Muñoz Villanueva

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Beschreibung

Vientos de cambio soplan desde el océano. Descubre las maravillas del Nuevo Mundo. Dain Geast es una compañía de mercenarios reconocidos por sus peligrosas hazañas. Magos, ladrones y asesinos. Cuando le ponen precio a la cabeza de su líder, Nauth, todos se ven forzados a escapar hacia Pristia, la brillante capital. Pero el pasado nunca se borra tan fácilmente. El joven Lotriend recibe un llamado del misterioso árbol azul y enfrentan un ataque de criaturas míticas. Para Dain Geast, nada resulta fácil. El destino está muy lejos del honor y la gloria, más bien se trata de supervivencia. Ellos no son paladines, ni héroes. Se necesita otro talante para enfrentar las sombras.

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Seitenzahl: 433

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Dain Geast

Sello: Tricéfalo

Primera edición digital: Noviembre 2024

© Hugo Muñoz Villanueva

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: Marco “Peyeyo” Morales

Corrección de textos: Felipe Reyes

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6386-60-5

ISBN digital: 978-956-6386-80-3

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

I

El chico abrió lentamente los ojos, pudo oler la brisa marina filtrándose entre la madera de la nave, la luz del sol irrumpía en la pequeña habitación a través de la ventana. Apenas comenzaba el día, pero ya se oía cómo la tripulación trabajaba. Los trapos empapaban la cubierta, se escuchaba al cocinero preparando el desayuno y las órdenes del líder resonaban hasta el último rincón del barco. Era como si la nave nunca descansara.

La puerta se abrió de golpe, dejando entrar el ruido del barco. Un hombre barbón, algo delgado y bastante sucio entró en el diminuto cuarto. Era Frank.

—Vamos, pequeño príncipe, hay tareas que realizar —dijo en un tono irónico.

El chico se sentó de golpe, luego se refregó los ojos.

—Yo esperaba el desayuno en la cama —respondió en el mismo tono, tratando de abrir los ojos.

—Será mejor que te apresures. Nauth está hecho un troll, peor que un troll. Al parecer, la escasez de comida nos tiene a todos algo alterados.

Vio en el suelo la camisa del joven, la recogió y se la lanzó en la cara.

—¡Apresúrate! —dijo antes de desaparecer entre el caos de la nave.

El adolescente se dejó caer de nuevo en su cama, miró al techo y cerró los ojos para tomar aire.

Lotriend era lo menos parecido posible a un clásico niño de catorce años. No, él era un aventurero de sangre. Él no tenía padres, desde que tenía memoria siempre había sido cuidado por Nauth. De pequeño tuvo que aprender a valerse por sí mismo. Nauth le enseñó a robar, engañar a la gente, actuar y un sinfín de cosas que un chico huérfano necesitaba para sobrevivir. Sonará extraño que un adulto le enseñe esas cosas a un niño, pero él no tenía mucho más que ofrecerle. Vivió siempre en sus aventuras y trabajos sin tener tiempo para Lotriend, por lo cual no podríamos decir que era un “padre adoptivo”.

“No creas que me preocupo por ti como un hijo. Eres un bastardo, Lotriend, y al igual que yo, tendrás que valerte solo toda tu vida. La diferencia entre un padre y yo es que yo no te mentiré sobre esta vida, no te la pintaré de colores ni rosas. La diferencia entre tú y yo es que yo te ayudaré y enseñaré a sobrevivir. Yo no tuve esa suerte, viví y aprendí totalmente solo, que para este mundo la gente como nosotros es desechable, para ellos somos basura”. Esas fueron las palabras que utilizó cuando Lotriend cumplió los siete años y tontamente le preguntó si podía llamarlo padre.

Lotriend tenía una cabellera larga y negra que le llegaba hasta la altura de los hombros, la cual contrastaba con su blanca tez como la nieve. Ojos grises como el hierro, cejas arqueadas, nariz delgada y recta, su boca era medianamente grande, de labios ni tan gruesos ni tan delgados y su cabello era liso como el filo de una espada. Era alegre, bromista e inocente, siempre mostraba una sonrisa ante los problemas, debido a su dura infancia se comportaba como alguien mayor a su edad y esto siempre lograba extrañar a las personas que le conocían. Y desde que tenía uso de razón poseía un extraño medallón que colgaba siempre de su cuello, en este se podían ver dos dragones enredándose alrededor de una espada, nunca supo su significado ni por qué lo poseía, pero le tenía mucho cariño, ya que, según Nauth, es el único recuerdo vivo que queda de sus padres.

Ya había cumplido catorce años de los cuales doce los había pasado viviendo a las faldas de Nauth y de la compañía como sus únicos “familiares”, allí había crecido escuchándolos hablar sobre sus aventuras y sus tragedias, sus romances y sus grandes hazañas, también había llorado por la pérdida de algunos amigos, pero sobre todo había visto cómo se formaba la compañía desde sus inicios, había presenciado el nacimiento del “Dragón del diamante negro”... el nacimiento de Dain Geast.

Solía no hacer nada más que leer libros que Nauth tenía en su biblioteca y salir a dar vueltas por la ciudad. A veces robaba comida o juguetes para su entretención y a veces se metía en más de algún problema del cual Nauth lo había tenido que sacar. Pero todo eso cambió cuando conoció a Candhel, un músico que hipnotizó al pequeño en el instante que este le oyó tocar su violín en la plaza de la ciudad. Fue tanta la magia que Lotriend sintió en ese momento que comenzó a perseguir al cantante cual fanático hasta lograr hacerse su amigo. Con él aprendió de la magia y los misterios del arte. Candhel le enseñó a tocar distintos instrumentos y a contar historias como los viejos cuentacuentos, fue un largo pero hermoso proceso. Al final, Lotriend no necesitaba robar, se ganaba el dinero tocando en bares y actuando en la plaza de la ciudad junto a su amigo artista.

Todo eso era hermoso para él, pero duró hasta que Nauth le dijo que debían marchar al Nuevo Mundo... Fue entonces cuando Candhel le regaló el que hasta el día de hoy se convirtió en su instrumento favorito, un laúd de seis cuerdas con una caja de resonancia plana y un mástil derecho, con una forma curvilínea en el cuerpo que se asemejaba a la figura de una doncella. Según Candhel, era un instrumento de otro tiempo y lugar, el cual había obtenido por medio de una apuesta con una duende. Era una guitarra... El músico le hizo este regalo como símbolo de lo que se había convertido, ya no era un ladrón, ahora era un artista y él esperaba que Lotriend mantuviese ese camino.

Se armó de energías y volvió a sentarse en la cama, observó su escritorio donde reposaban un montón de hojas de papel arrugadas, varios libros sobre historias y leyendas del Nuevo Mundo, una pluma, tinta y un montón de chucherías sin mucho valor. Su pieza era la más pequeña de la nave, sin embargo, se las había arreglado para hacer entrar una cama, su escritorio y un par de cajas donde llevaba sus cosas. Además, cabía su guitarra y una bolsa donde guardaba sus implementos para trabajar. Se rascó una ceja y bostezó sintiendo el sueño arrastrarse por los músculos de su cara. Miró por la ventana y se dio cuenta que el sol no entraba en la habitación, esto le llamó la atención. Calculó mentalmente qué hora debía ser para que el sol ya no entrase en su cuarto.

—¡Mierda, mierda, mierda! —gritó saltando de su cama asustado—. Son casi las doce, ¡Nauth esta vez sí que me corta la cabeza!

Se había quedado dormido sin darse cuenta y ya habían pasado más de tres horas desde que lo habían venido a despertar. Buscó frenéticamente el resto de la ropa que había usado el día anterior, se puso los pantalones y torpemente trató de ponerse la camisa. Así salió corriendo a medio vestir de la pequeña pieza, aun arreglándose la camisa y con una bota en la mano izquierda.

Entró en la cocina saltando en un pie tratando de encajar la desgastada bota. Sin embargo, ya habían pasado horas desde que la gente había desayunado, los platos vacíos descansaban en el mesón esperando a ser lavados y aparte del cocinero nadie más se encontraba allí. Logró ponerse el calzado justo antes de llegar al mostrador desde donde Botch lo miraba. Para su desgracia, ya no había platos con comida.

—Llegas tres horas tarde al desayuno, chico —Botch lo miró sonriendo—. Por suerte te guardé algo por aquí.

Botch no era un sujeto muy alto, tenía una contextura gruesa, con unos cuantos kilos de más. Tenía el pelo rubio y corto, los ojos castaños claros y su tez era pálida como la de Lotriend. Su edad debía rondar casi los cuarenta y cinco años, pero aun así tenía la misma energía que el más joven de la compañía. También tenía un mostacho bastante prominente el cual cuidaba meticulosa y arduamente, los músculos de sus brazos contrastaban con su barriga abultada y casi siempre vestía una bata de cocina color gris que Nauth le había regalado, la cual llevaba tejido el símbolo de la compañía en su espalda. Era simpático y duro a la vez como un abuelo, tenía sus momentos de ira en donde más que preocupar a los demás los hacía reír. Era muy justo en sus decisiones y eso se veía reflejado hasta en la cantidad de comida que recibía cada uno en su plato, solía contar historias que había oído cuando pequeño y siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás. Botch era sin duda alguien noble y de gran corazón, pero era difícil que él perdonase después de que habían traicionado su lealtad. Era el cocinero oficial de la compañía y llevaba unos cinco años siendo parte de ella.

Buscó bajo el mostrador desde donde sacó un pan añejo, el cual quizá era uno de los últimos que quedaban en el barco.

—Lo siento, ya sabes cómo están las cosas, la escasez de comida es algo preocupante —dijo de manera amarga.

—Muchas gracias, Botch —los ojos le brillaron al saber que no moriría de hambre—. No es un festín, pero considerando la situación es mejor de lo que esperaba —respondió sonriente.

—Espera. —Rebuscó debajo de la mesa y sacó un trozo de carne seca—. Ten, llévate un trozo, necesitarás las proteínas para alimentar esos debiluchos brazos en desarrollo —dijo cortando una parte con su cuchilla preferida y entregándosela amablemente mientras reía.

Lotriend abrió su pan y colocó el trozo de carne adentro mientras caminaba hacia la escalera, acto seguido salió corriendo a cubierta con el pan en la boca.

Al salir por la escalera le cegó la luz del sol golpeando cenitalmente sobre el barco, la suave brisa marina se enredó en su cabellera despeinándola y pudo oír las velas de La Duriba flameando con el viento.

“La doncella”, “La princesa del diamante negro” y “La reina” eran apodos con los que los miembros de Dain Geast llamaban al barco de la compañía, pero su nombre era La Duriba. Una enorme carraca que tenía un tamaño más grande de lo normal y modificaciones que la hacían parecer un Galeón. Su color era café oscurecido y en su proa llevaba un enorme espolón de metal que según Nauth representaba el diamante negro que encerraba al dragón de Dain Geast. La Duriba era alta, pero no tanto; era grande, pero no tanto; era gorda, pero no tanto para no poder desembarcar en un puerto. Su figura era elegante. La gente solía decir que cuando la veían atracada junto a otros barcos, parecía una reina pasando entre sus vasallos, fue así como se ganó uno de sus apodos. La Duriba era como una segunda casa para los miembros de la compañía, habían vivido aventuras junto a ella y viajes a extraños lugares, incluso en una ocasión en que fueron expulsados de una ciudad fue el hogar de los mercenarios por un par de meses. La historia de cómo la doncella había llegado a la compañía era mágica, en uno de sus contratos Nauth tuvo que infiltrarse en una organización de mala muerte y allí ganó un circuito de apuestas en el que dejó sin una moneda a ocho bandidos y ganó el barco. La Duriba era amada por Dain Geast y esta los protegía de vuelta, pero más que ser una nave, ella era una miembro más.

Lotriend observó a los demás miembros realizando las tareas que Nauth les había asignado, algunos trapeaban la cubierta, otros afirmaban los nudos, organizaban los turnos de trabajo, realizaban mantenimiento de las armas y otros llevaban a cabo un inventario de las provisiones. Notó que Nauth no estaba, así que rápidamente se acercó a los nudos de las cuerdas y desarmó uno para luego volverlo a armar, suspiró de cansancio y estiró los músculos, fingiendo que había trabajado tanto como los demás.

—Ese nudo estaba perfecto... —una voz familiarmente aterradora se oyó detrás del chico.

Saltó del susto saliendo de golpe de su elaborada interpretación. Era Nauth quien estaba apoyado al lado de él en la baranda de madera con los brazos cruzados.

—No te creería incluso si no te conociera —su tono de voz era serio y duro.

—¡¿En qué momento llegaste aquí?! —dijo el chico sorprendido al notar el hecho de que estaban prácticamente al lado y no lo había visto ni escuchado—. ¡Hace diez segundos no estabas!

—Deja eso, llegas tres horas tarde, Lotriend, hoy limpiarás la cofa y trapearás la cubierta hasta que pueda ver el reflejo de las estrellas o te desmayes, lo que ocurra primero —le ordenó molesto, mientras se retiraba en dirección a su despacho—. Y pobre que te vea descansando, o tendrás que limpiar la cocina con la lengua —dijo antes de desaparecer en su despacho. Estaba realmente molesto.

La puerta se cerró de golpe tras de él y un suspiro profundo salió de los pulmones de Lotriend. El resto de los miembros miraron al chico. Nauth tal vez había sido demasiado duro, pero era cierto que dentro de la compañía no había favoritismos, todos estaban cansados ya del viaje y sumarle a eso la escasez de comida. Entonces, era entendible su actuar.

Eso dio paso a un largo día de trabajo para el joven. Después de almorzar y terminar sus tareas diarias, el chico trapeó cerca de cuatro horas la cubierta. Nauth había ordenado que nadie le ayudase, advirtiendo que quien lo hiciera tendría el mismo castigo que él.

A veces Lotriend se preguntaba cómo era posible que algunos miembros de la compañía guardaran tanta lealtad a una persona como Nauth, tanto respeto y hasta en algunas ocasiones miedo. Cabe decir que en Dain Geast había feroces luchadores y astutos ladrones quienes mostraban un aspecto mucho más imponente que el líder mismo, no quiere decir que el mandamás no fuese intimidante, pero lucía mucho más inofensivo que ellos. Lo cierto es que él se había ganado su nombre, su reputación le precedía y todos dentro de la compañía le admiraban. Algunos le debían grandes favores los cuales pagaban poniéndose a su servicio, algunos incluso le debían la vida y otros simplemente le seguían por admiración. Sus historias corrían a través de las lenguas de los cuentacuentos y los buhoneros, unas eran tan buenas y antiguas que las madres se las contaban a sus hijos antes de dormir. Un gran misterio rodeaba la figura de este líder gruñón, tanto era así que incluso entre la tripulación existía una apuesta sobre cuántos años tenía. Era una gran reputación que cargaba en sus hombros, que se había forjado gracias a sus aventuras y a su actuar tal vez no tan ortodoxo. Reputación que les había abierto tantas puertas como cerrado otras, reputación que les había obligado a abandonar el Viejo Mundo en este viaje, sin embargo, los miembros de la compañía seguían a su lado y Lotriend no era la excepción. Nauth era lo más próximo a la familia que nunca tuvo, él le había cuidado desde que tenía memoria, en otras palabras, el chico le debía la vida y mucho más. Por eso, cada vez que se cuestionaba por qué lo seguía, se respondía diciendo que sabía que Nauth era una buena persona, que era prácticamente una leyenda y que huían porque eran fieles a aquella leyenda. Ese era “Nauth, el Sin cara”.

El sol comenzaba a esconderse tras el horizonte y el firmamento se teñía lentamente de naranja. Lotriend descansaba en la cofa, el lugar más alto del barco. allí el chico totalmente agotado recuperaba el aliento mirando el cielo, recostado sobre la ahora pulcra madera. Respiraba profundamente para relajar sus músculos adoloridos de tanto trapear y sacar brillo. Las primeras estrellas comenzaron a asomarse tímidamente en el rojo firmamento. Reflexionó sobre este viaje que realizaban. Su corazón estaba repleto de esperanza y emoción de solo pensar en las aventuras que podrían vivir.

El adolescente, mirando atentamente las estrellas, llevó la flauta a sus labios. “Fheri”, una hermosa flauta élfica que era uno de sus instrumentos favoritos. Lo más increíble sobre este era que se lo había ganado a Nauth en una pequeña apuesta, la única apuesta que el líder había perdido en su vida. Era un instrumento hermoso, hecho de una madera blanca, tallada con diseños de enredaderas los cuales recorrían por completo el objeto. El firmamento estaba repleto de astros y el chico había vuelto a subir a la cofa después de comer algo. Suavemente tocó las primeras notas de lo que parecía ser “Primavera del vago”, la armoniosa composición se extendió por todas partes lentamente, todos en el barco podían oír la triste pero delicada melodía. Esta atravesaba los maderos y recorría todas las habitaciones de la nave, se posaba en los oídos de los miembros como una delicada mariposa en las flores y volvía a atravesar la madera para salir donde flotaba libremente entre las olas del océano apaciguándolas con su fina melodía, luego ascendía rápidamente al estrellado cielo de la noche para bailar con las estrellas y jugueteaba con ellas tiernamente antes de desaparecer lentamente en el infinito.

Lotriend también bailaba, suavemente en su mente se dibujaban los pocos recuerdos buenos que había tenido en su vida, su alma vibraba al son de la música y los recuerdos. El chico tocó un par de horas, pues esto era lo único que lo libraba de su silenciosa y punzante agonía, esa agonía de no saber de dónde se viene y hacia dónde se va, el dolor de nunca saber quiénes eran sus padres y el vacío de no saber si el día de mañana la soIedad volvería a atormentarlo. Cuando él tocaba era feliz, olvidaba sus preocupaciones y disfrutaba de ello.

Al detenerse, respiró hondo el aire salado mientras sonreía. Oyó tras de él unas débiles pisadas en la madera de la cofa, abrió los ojos y se giró.

—¿Interrumpo? —preguntó Rod, algo avergonzado.

—¿Cambiaría algo si lo hicieras? —Rio al ver a su amigo.

—Sabía que responderías algo así, tú y Nauth siempre responden cosas inusuales —se sentó a la derecha del muchacho—. Sabes que sí y no son respuestas válidas, ¿cierto?

El pelinegro le sonrió sin responder.

—¿Otra vez tocabas? Últimamente lo haces todas las noches. —Miró atentamente la hermosa flauta.

—¿Vienes a dejar propina? —Levantó una ceja con cara de bromista—. Sabes que amo tocar… y las monedas también claro.

—Le has aprendido bien a Nauth, pronto estarás corriendo de los guardias y robando a ancianos.

Rod debía tener unos veintiocho años, pero aparentaba veinte. Poseía una cabellera corta y rubia, sus ojos eran color azul rey, debía medir un metro setenta y con un cuerpo esbelto, su tez era blanca, no tanto como Lotriend, pero seguía siendo de color claro. Era simpático y siempre trataba de sacarle una sonrisa a las personas, llevaba la risa a flor de piel, era de carácter un tanto liviano y solía olvidarse de muchas cosas. Sin embargo, cuando lograban enojarlo había que estar seguro de tener un lugar donde cubrirse de sus tiros. Era un miembro antiguo de la compañía, su destreza con el arco lo convertía en una importante pieza dentro de ella y su mala suerte con las mujeres les había traído problemas en más de una ocasión. Llevaba unos seis años en la compañía, Nauth le había rescatado de un grupo de bandidos que le tenían prisionero. Desde ese entonces se había unido al grupo, fiel a la persona que le salvó la vida. En general era un hombre agradable, humilde y de gran corazón, además ahora era una pieza fundamental de la compañía. Adoraba contar historias y era quien se encargaba de relatarlas mejor en las fiestas y fogatas. Era un soñador al igual que Lotriend y la mayoría de los miembros, y era por esto que la compañía era el lugar donde él siempre había querido estar.

—Oye, Rod, ¿cómo crees que será ese lugar? —preguntó Lotriend quien miraba hacia el infinito horizonte

—¿El Nuevo Mundo? —También miró al horizonte—. Muchas veces me pregunto lo mismo, creí que era el único que lo pensaba. Todos dicen que es un lugar mejor, que allí la gente no te juzga por tu aspecto ni por cuanto pese tu bolsa.

—Dicen que el matadragones llegó desde el Nuevo Mundo, que desde donde venían, los dragones estaban hasta por debajo de las carretas de los buhoneros y las hadas pueblan los bosques. —El chico esbozó una sonrisa ingenua—. Tal vez allá sepan si es real o no, sus comienzos y cómo se convirtió en leyenda.

—Al parecer lo admiras bastante, yo me sé un par de historias de él —Observó feliz la inocencia de su amigo—. Pero sobre el Nuevo Mundo, espero que sea un lugar que nos entregue momentos juntos. Ya me acostumbré a convivir con estas bestias.

Ambos rieron. Estaban ansiosos y lo demostraban abiertamente. Imaginaban el Nuevo Mundo como lo contaban en las historias y leyendas. Pero no sabían cuánto se equivocaban.

II

Ambos fueron a dormir bien entrada la noche, cultivaban una bien intencionada e inocente amistad la cual daría frutos en un futuro no muy lejano. Sin embargo, aún a esas horas había algunos que ni siquiera pensaban en tocar la almohada.

Una luz cálida brillaba en medio de la noche destacando sobre el resto, un candelabro de mano iluminaba el mar a través de la ventana más alta del castillo de la popa, allí el líder se sumía en sus pensamientos, se ahogaba en recuerdos congelados del pasado. Nauth se encontraba en la cámara del capitán, la cual estaba separaba solo por una puerta de su habitación. Anotaba delicadamente cada detalle del viaje en su bitácora. El sueño no se aparecía por sus párpados, pero todos sabían que eso era imposible, el cansancio solo era algo que vivía en los recuerdos de Nauth. Todos sabían que el líder no podía sentir sueño. Era inmortal, y eso le arrebataba ciertos placeres más terrenales.

Nauth era pálido, tal vez más que Lotriend, su piel había perdido el color con el paso de los años, tenía el pelo negro y liso, le llegaba a la altura de los pectorales, solía ponérselo detrás de la oreja izquierda despejando la mayoría de su cara. Aparentaba tener unos treinta años, era delgado, pero con sus músculos bien definidos, mostraba la imagen de un adulto promedio, aunque nadie sabía qué edad tenía. Sus ojos eran color celeste claro y brillante, contaban las historias que el Sin cara había nacido con ojos color azul rey, pero que al igual que su piel, que en antaño era de una tonalidad morena, se habían desgastado con los años diluyendo su color.

Era enojón, testarudo y duro tanto con los miembros de la compañía como con sus decisiones, era serio la mayoría del tiempo, pero tenía escapes infantiles de vez en cuando, gastando bromas y realizando escenas frente a su gente. Esto último podría parecer raro, sobre todo si alguien era nuevo, el contraste de su seriedad con su ocasional forma de reír infantil hacía que se preguntaran si el líder estaba loco o simplemente fingía ser duro por aparentar. La verdad es que Nauth no solía ser serio, más bien solía estar lleno de vida y de risas. Los más antiguos lo sabían, por eso cuando Nauth salía con una o dos estupideces, todos reían y se alegraban al ver a su verdadero líder abandonar su cascarón, pero esa es una historia para otro momento.

Vestía ropas livianas, casi siempre eran chaquetas de tela de color negro con el símbolo de la compañía en su espalda, excepto cuando estaba en misiones, ahí lucía su histórica armadura de cuero negro endurecido. Si alguien no lo conociera pensaría que Nauth era una mala persona por las cosas que había hecho, que era alguien de quien querrías mantenerte alejado, sin embargo, había tenido razones para hacer cada una de ellas y aunque no lo creyeran al principio, el hombre apodado “el Sin cara” era noble y compasivo por dentro.

Golpearon a la puerta interrumpiendo el silencio espectral de la escena. Nauth levantó la vista dando un suspiro, notó que era bien entrada la noche y volvió a suspirar, quizá cuántas horas había estado ensimismado en sus cosas. Volvieron a tocar la puerta, esta vez más fuerte, Nauth dejó la pluma en el tintero y estiró los tendones de su mano.

—Pase —dijo con un tono inusualmente liviano.

La puerta se abrió gentilmente dejando entrar una brisa tibia y salada. Una silueta alta y fornida entró en la mal iluminada habitación mientras el tintineo de una campana que Nauth tenía colgada en la puerta suavizaba dulcemente el oscuro ambiente. Era Guill’Mak.

—Tan tarde y tú aquí, deberías descansar como los demás —dijo el líder, estirando sus músculos.

—Lo mismo digo, “capitán”. Deberías descansar, llevas tres días sin dormir. —El invitado se apoyó en la muralla.

El líder miró bien a su viejo amigo, en la cara de este se dibujaba verdadera preocupación. El orco le devolvió una mirada compasiva. Nauth volvió a suspirar, se llevó las manos a la espalda y se presionó la columna, haciéndola tronar y ocasionándole algo parecido al placer. Luego se dejó caer en el respaldo de su silla. Respiró hondo un par de segundos con los ojos cerrados, luego abrió uno mirando si Guill’Mak seguía allí, el orco no se había movido ni un centímetro. Volvió a suspirar.

—Pero si sabes tan bien como yo que no puedo sentir agotamiento —se miró las manos.

En ese momento su espíritu se desinfló, es como si todo este tiempo hubiera estado fingiendo. Guill lo vio por primera vez en mucho tiempo a través de su cascarón, parecía realmente viejo, destrozado y agotado de la vida. Fue tan solo un segundo en donde Nauth reflexionó sobre las palabras de su amigo, pero fue suficiente para que este pudiera ver a través de su máscara. El orco sintió algo de nostalgia al ver a su amigo, pero antes que pudiera centrarse siquiera en eso el líder volvió a su postura dura y estoica.

—Lo sé, sé que no te agotas, Nauth, pero tu cuerpo sí. Aunque tú no lo sientas. Ya lo descubrimos esa vez en Murdeb, cuando te desmayaste por dos días debido a que no duermes —le dijo serio.

—Tienes razón, Guill, siempre la tienes —el humano le dedicó una mirada tranquila a su amigo y luego sonrió—. Es solo que a veces olvido que aún tengo necesidades. Aunque ya casi haya olvidado lo que se siente —cerró la bitácora y se puso de pie.

Miró por el ventanal que se encontraba detrás del escritorio. El mar se veía calmo de noche, las estrellas evitaban que el telón que cubría el cielo fuese completamente negro y el sonido de las olas marchando a un tempo desconocido llenaban un poco el espíritu del desgastado mercenario.

—Además, tienes unas ojeras dignas de un minero enano. Deberías ir a dormir, amigo —se le acercó caminando—. No lo digo solo por tu salud, sino que debes tener en cuenta que eres el núcleo de este clan, sin ti no funcionamos —apoyó su mano en el hombro de su amigo.

Nauth miró al infinito unos instantes reflexionando. Volvió a mirar a su amigo y le sonrió, esta vez de verdad.

—Bien... bien, creo que merezco un buen sueño, mañana seguiré con la bitácora —le dio un palmazo amigable en la espalda al orco.

Sin decir nada caminó hacia su dormitorio. Guill miró de reojo a su amigo y sintió una extraña satisfacción, oyó la puerta cerrarse a sus espaldas. Fue a apagar el candelabro de mano que reposaba sobre la mesa de Nauth, pero no pudo evitar notar una caja color marrón entre el desastre que tenía sobre el escritorio. El orco la tomó con cuidado y vio lo que había adentro. El pequeño objeto de metal que descansaba dentro de ella le sacó una sonrisa noble.

—Tanto tiempo ha pasado, ¿no? —dijo, dejando la caja dentro de una de las gavetas del escritorio.

Finalmente se dirigió afuera de la sala.

—Buenas noches, líder, sueña con los tesoros y las damas de la noche —cerró la puerta tras de sí.

Afuera había una noche espectacular, las pocas almas que quedaban sobre la cubierta pudieron admirarla, esa noche era casi perfecta... casi.

“Honestamente, no creí que me hiciera caso”, pensó para sí mismo Guill.

Guill’Mak era uno de los miembros más antiguos y era el único orco dentro de la compañía. Alto y con la piel verde opaca con unas tonalidades grises en ciertas partes. Era muy alto, el más alto del grupo, medía cerca de dos metros y algo más. Su masa muscular era bastante prominente y su contextura era bastante ancha, aunque no lo suficiente para colocarlo entre los mayores exponentes de su raza. Su cara era tosca como las piedras, sus ojos color negro contrastaban con su colorida piel. Su boca era grande y de labios gruesos, de esta se escapaban dos grandes colmillos desde su mandíbula inferior apuntando el cielo, aunque tuviera la boca cerrada. Donde los humanos llevaban los caninos los orcos llevaban estos colmillos, siendo los inferiores mucho más grandes y prominentes que los superiores.

Su pelo era corto en su mayoría a excepción de una cola que llevaba con una trenza en la zona de la nuca y era de color negro profundo al igual que sus ojos. Llevaba tatuado los brazos con símbolos y palabras escritas en orco, al igual que un tótem alrededor del cuello. Sus brazos eran gruesos y estaban llenos de cicatrices, cada una con una gran historia detrás. Excepto aquella cerca del hombro que la había obtenido un día discutiendo con Nauth, es impresionante el daño que puede hacer un hombre enojado con un tenedor.

A pesar de que la apariencia de Guill era bastante intimidante e imponente, el pielverde era alguien calmado, razonable y de buen humor. Siempre y cuando la situación lo ameritase, claro está. Era una persona tranquila, sabia y confiada, pocas cosas solían alterarle de verdad y esto generaba un contraste en relación a Nauth. El enojo y la inestabilidad del líder eran contrarrestados con la paciencia y la tranquilidad del orco.

No solía hablar mucho de su pasado, de hecho, la mayoría de los miembros solo conocían su historia desde el día en que se unió a la compañía. Llevaba siempre consigo una doble hacha orca de gran magnitud colgada a su espalda, más que su arma preferida era casi su compañera fiel, solía cuidarla mucho y no separarse de ella.

Guill era uno de los personajes más importantes y antiguos dentro de la compañía, había estado desde los comienzos de esta. Era el mejor amigo y mano derecha de Nauth, eso lo hacía el segundo al mando. Sin duda una persona excepcional y un guerrero increíble de quien se hablaba bastante, tal vez no tanto como del líder, pero en ocasiones le hacía la competencia en las historias de fogata. Sobre todo, se hablaba de aquella ocasión en la que había conocido al Sin cara y cómo juntos lograron huir del gran foso, con las manos desnudas y solo con la astucia de ambos. Aquel día en que se había ganado el apodo de “Dientes de acero”.

El orco caminó hacia el borde del barco, miró hacia el infinito mientras repasaba sus recuerdos, ya habían pasado muchos años desde que trabajaba junto a Nauth, habían vivido muchas aventuras, protagonizado varios robos y se habían metido en algo más que solo problemas. Aun así, él no se aburría de esto, acompañar al Sin Cara en sus planes y escaramuzas era como vivir una leyenda sin fin, era vivir a cuesta de lo que el destino les trajera, era algo que llenaba su ser completamente, sin duda Gill’Mak había nacido para este tipo de vida.

Pero algo interrumpió la reflexión del orco. Unas pequeñas luces comenzaron a divisarse en la distancia, tímidamente bailaban con el horizonte y eran casi imperceptibles. Guill creyó que la poca visibilidad nocturna le jugaba una mala pasada al ver como desaparecían y volvían a asomarse intermitentemente. Se refregó los ojos y volvió a mirar, efectivamente allí estaban. No supo cómo reaccionar a esto, una extraña sensación recorría su nuca advirtiéndole de que algo estaba mal. De pronto su instinto salvaje se encendió como una farola en medio de la tormenta, algo le decía que estaba en peligro. El orco nunca se inquietaba, pero esto era distinto.

—¡Botones!, ¡Botones, ¿estás ahí?! —gritó en dirección a la cofa.

Los miembros que lo acompañaban en el turno de noche, los cuales se encontraban en una mesa a un par de metros del orco, lo miraron extrañados.

—¿Ocurre algo, Guill? —preguntó Ovill, quien jugaba una partida de cartas junto a un par más.

El pielverde le ignoró.

—¡Botones! —volvió a gritar esta vez algo más fuerte.

—¡¿Qué sucede?! —respondió alertado un sujeto delgado y con unas ojeras tremendas asomándose desde las alturas—. ¿Me llamabas?

—¡Rápido, dime qué ves por el catalejo! —apuntó la zona donde se divisaban las luces.

El sujeto estuvo tres segundos sin reaccionar, luego frenéticamente extrajo el artefacto y lo desplegó en su dirección. El delgado personaje miró detenidamente mientras los demás esperaban su respuesta confusos ante la situación.

—¿Qué rayos pasa, Guill? ¿Por qué tanto alboroto? —preguntó Frank, uno de los que jugaban cartas, sujetando nervioso su pipa.

El orco de nuevo ignoró a sus compañeros. Un helado sudor bajaba por su cara y el frío de la incertidumbre recorrió su espalda apuñalándole lentamente.

—No veo nada, Guill, solo el negro mar y esas extrañas estrellas de colores bailando, hasta el firmamento es mágico aquí —dijo finalmente botones entre esfuerzos por respirar bien mientras aún avistaba el horizonte. Claramente su estado etílico no era el ideal.

Guill sintió un leve alivio, tal vez su vista le había jugado una mala pasada. Volvió a mirar al horizonte y efectivamente comprobó que ya no había nada, sin embargo, en su nuca aún persistía aquella incómoda sensación.

Los miembros rieron un poco al escuchar a Botones.

—Ya creíamos que te habías vuelto loco, Guill, pero después de lo que dijo Botones creo que deberían compartir algo de lo que están tomando —dijo entre risas el primero que había preguntado—. ¡Estaría bueno ver estrellas bailando en este momento!

El orco lo miró extrañado, el moreno se moría de la risa junto a Frank, hasta que entendió a lo que se refería. Las estrellas no se mueven, al menos no antes de unas buenas copas. Volvió a mirar y pudo observarlas de nuevo, esta vez eran más y de distintos tamaños.

—Ojalá pudiera decir que he bebido algo para ver esto —respondió preocupado.

Entonces las risas cesaron de golpe, el orco dejó ver su preocupación hacia los demás, y como saben, Guill pocas veces solía preocuparse. Los demás se acercaron extrañados a ver hacia el horizonte solo para comprobar que el fortachón estaba en lo cierto. Al principio estas luces eran escasas, pero después de unos segundos comenzaron a multiplicarse, del mar comenzaron a aparecer muchas más, de distintos colores y tamaños, danzaban a un extraño ritmo y luego comenzaron a tintinear confusamente. Lentamente el horizonte comenzó a llenarse de ellas, tímidamente se adentraban en el mar para luego volver a emerger y jugar entre ellas…

—Por el martillo de DoBad, ¿qué demonios son esas cosas? —exclamó Frank sujetándose el sombrero.

—¿Sirenas…? Pero las sirenas no existen, ¿cierto? —dijo Ovill dejando que el miedo saliera levemente por sus cuerdas vocales.

Guill’Mak observaba consternado mientras las luces se acercaban en dirección a la embarcación, aún no daba crédito a lo que sus ojos le enseñaban. Todavía estaban bastante lejos de la Duriba, pero no tardarían en llegar hacia ellos. El silencio se apoderó de los presentes mientras el sudor helado comenzaba a recorrerle la nuca a cada uno, Botones guardó el catalejo y bajó a toda velocidad a la cubierta.

—No creo que sean sirenas —dijo serio el orco—. Creo que leí sobre algo así hace mucho tiempo. De ser así desearíamos que fuesen sirenas.

Guill había leído historias sobre estas “luces”, mitología vaga y algunas canciones hablaban de ellas. Eran seres quienes ocupaban la belleza y la ilusión para atraer a los navegantes, quienes a veces desesperados por encontrar ayuda en el gran océano pensaban que podían ser otras embarcaciones, incluso los más creyentes tenían la ilusión de que habían encontrado sirenas cantoras, las soñadas y hermosas sirenas.

Lo cierto es que podía ser cualquier cosa, la información sobre estos seres era muy escasa y puede que incluso fueran solo locuras inventadas por algún cuentacuentos que perdió su cordura. Sin embargo, todas las historias concordaban en que estas criaturas utilizan un raro cántico para confundir los sentidos de su presa, creaban para ellos una hermosa ilusión que los atraía hacia ellos. El parecido con las leyendas sobre las sirenas era enorme, solo que estas últimas no necesitaban crear una ilusión para atraer a sus víctimas.

Rápidamente Guill tomó un pequeño cuchillo que llevaba en su cinturón y lo enterró sin vacilar en su brazo derecho, no lo bastante hondo como para impedirle utilizarlo, pero sí lo suficientemente como para causarle un agudo dolor, justo lo que él necesitaba. Sabía que el dolor era lo único que podía arrancarle de una ilusión y él lo estaba poniendo a prueba. El intenso dolor le obligó a sacar el cuchillo de su brazo dejando fluir su cálida sangre de color verdosa. Le había dolido así que no se encontraba en una ilusión, pero las luces seguían en el mar y continuaban acercándose, cada vez a un ritmo más tétrico. El resto lo miró algo impactados, querían decir algo, pero nadie se atrevió. Sin decir nada el orco corrió a buscar a Nauth, quien por fin lograba dormir en su habitación.

Guill entró golpeando la puerta de forma escandalosa, la campana que el Sin cara tenía en la puerta casi reventó al chocar con la pared. Dos segundos después volvió a abrir la puerta que daba al dormitorio de Nauth. El líder saltó del susto, instintivamente tomó un sable que tenía colgado en la pared y sin dudar lo apuntó a Guill.

—¡Nauth! —gritó el alterado orco.

—¡¿Guill?!, ¡¿por qué mierda entras haciendo este escándalo?! —Frunció el ceño molesto—. ¡Diablos y justo lograba dormir! —bajó la espada mientras gritaba.

El pielverde no pudo evitar sentirse como un niño regañado.

—No es lo que crees, Nauth, lo que suce...

—No me vengas con estupideces, explícate bien o juro que te cortaré esos colmillos de... —Se detuvo de golpe al observar el brazo herido de su amigo—. ¿Qué te sucedió? —Su cara adquirió un toque de preocupación, aunque seguía enfadado.

—¡Es eso lo que quiero explicarte! Algo se aproxima al barco, algo grande. —Tomó aire un segundo—. Debes salir a verlo, tengo la... ¡Ah!¡Creo que pueden ser naurus! —le dijo aún ordenando bien sus ideas, la intranquilidad le atormentaba—. Miles de ellos...

Nauth lo miró totalmente extrañado, ¿acaso su amigo se había vuelto loco?

—¿Naurus? ¿Es una broma, Guill? Esas son solo leyendas y cuentos —se restregó la cara—. Por las barbas brillantes de Relod, dime que no me has despertado solo por eso.

Guill comenzaba a fastidiarse, si algo le molestaba más que las mentiras era que no le creyesen.

—Por favor, Nauth, ¿por quién me tomas? —le dijo serio—. Sal y compruébalo tú mismo, pero no tenemos tiempo para tus “no me creo nada, porque yo lo sé todo” —le lanzó las botas.

El humano miró a su amigo fijamente a los ojos, después de un segundo de vacilación se sentó en la cama rápidamente, se encajó las botas sin siquiera ajustarlas, tomó su chaqueta y salieron a cubierta.

—Mierda —expresó al ver las luces repletar casi el mar en la distancia.

—Bien, líder, ahora céntrate. ¿Cuáles son las órdenes? —le dijo El orco tratando de conservar su serenidad típica.

—Despiértalos a todos, diles que lo hagan en silencio. —Extrajo de su bolsillo un catalejo pequeño y lo extendió—. Y dile a Botch que traiga toda la grasa de troll que tenga, si estos realmente son naurus, lo cual sería extremadamente raro, tengo una idea.

Guill desapareció adentrándose en el barco, los que también se encontraban en la cubierta lo siguieron. Nauth observó atentamente las luces, no podía verlas bien pues estas lo encandilaban levemente.

—Esperemos que no tengas razón, Guill, sino puede que nuestro viaje termine antes de lo que pensamos. —Puso una especie de vidrio oscurecido en la lente encajándola en una pequeña ranura en la punta del catalejo.

Entonces se quedó helado, vio cómo deformes criaturas danzaban al son de las olas. Horribles y repulsivas criaturas sin ojos. Estas se acercaban a toda velocidad por el mar, no parecían dirigirse exactamente a ellos, pero por alguna razón se habían cruzado en lo que parecía ser un ejército de naurus.

En dos minutos toda la compañía estaba en cubierta, listos y dispuestos a escuchar lo que Nauth ordenase.

III

—¡No hay tiempo, gente!, nos hemos atravesado con criaturas del mar. Eso que ven allá —apuntó a las luces, las cuales estaban a menos de un kilómetro— son miles de bestias que vienen directo hacia nosotros —se dirigió sereno ante todos los miembros de la compañía.

Los mercenarios se miraron unos a otros extrañados, algunos algo molestos. Sin embargo, nadie dudaba de la palabra del líder, por muy desquiciado que sonase lo que decía. Botch y Guill’Mak cargaron hasta el centro de la cubierta una especie de olla negra muy grande. Nauth se acercó y abrió unos seguros que tenía la gran tapa de metal en sus bordes, era una especie de sellado al vacío. Al abrirlo un olor horrendo a troll inundó el ambiente, era como si algún animal se hubiese muerto hace días, hubiesen tomado su olor a putrefacción y lo hubiesen mezclado con sudor humano. La mayoría debió taparse inmediatamente la nariz para evitar devolver la cena.

—Todos tomarán esta grasa de troll, la pondrán en la punta de un dedo y antes de que se endurezca totalmente se la llevarán al oído —realizó la mímica—. De ahí en adelante se tirarán al suelo y no harán ningún ruido, vean lo que vean, sientan lo que sientan, no se moverán ni harán sonido alguno hasta que yo les dé la orden —dijo con la dureza del acero.

Nauth miró a los ojos de sus subordinados y encontró la mirada que buscaba. Aquel coraje y determinación que solo un gran líder podía inspirar. Lotriend también observaba atentamente al líder, sin mucha idea de lo que sucedería, pero confiaba en él tanto como los demás.

Así que los mercenarios comenzaron a colocarse la grasa de troll rápidamente en los oídos. Muchos dudaban un par de segundos, ya que sentir la viscosidad del hediondo líquido escurrir por tu cuello no era una de las cosas más agradables, pero luego de vacilar, colocaban la sustancia en sus oídos. Resulta que la grasa de troll es una sustancia química bastante extraña. Los trolls de montaña basan su alimentación principalmente en piedra y minerales que encuentran en las sierras rocosas, eso si no se les atraviesa algún animal o criatura de sangre caliente. Gracias a esto y a la forma en que los cuerpos de las bestias están hechos para procesar los minerales, los trolls tienen una resistencia equivalente a la de una roca, tanto su piel como sus huesos y músculos son de una dureza increíble. Y algo muy curioso ocurre con su saliva y grasa, en cuanto estos entran en contacto con el oxígeno y el calor, se endurecen hasta el punto de parecer piedra.

Este fenómeno ocurre a un nivel diferente también con su sangre y es por eso que existe la creencia de que muchos trolls se transforman en piedra por la luz del sol, pero la verdad es que muchos están dormidos porque les cuesta moverse con el calor del sol. Es por eso que Nauth ordenó que lo pusieran en su dedo y antes que se petrificara lo pusiesen en su oreja, al tener el calor de la piel y el oxígeno cuando lo retirasen del frasco haría de la grasa el tapa oídos perfecto.

—¡Guill y Ovill, conmigo!¡Frank nos quedamos al pairo así que ordena a los demás que arríen todas las velas! —dijo Nauth mientras soltaba una cuerda y apuntaba con sus dedos al resto.

—Ya escucharon al líder!, ¡nos quedamos al pairo! —gritó Frank con su ronca voz—. Vamos, Botones, ¡necesitamos bajar las velas! —Le dio una palmada en la espalda.

Los que aún no se colocaban la grasa de troll rápidamente comenzaron a arriar todas las velas del barco, Nauth temía que las mismas hicieran ruido y si su teoría era cierta, pasar desapercibidos era su mejor opción. Las criaturas estaban cada vez más cerca y las velas aún no estaban amarradas, peor aún, ni siquiera la mitad de la compañía se había colocado la grasa de troll en las orejas. El líder analizó la situación a una velocidad vertiginosa.

—¡Botones, deja eso y ve a ayudar a los demás con la grasa! —gritó Nauth, quien tiraba de una cuerda con fuerza.

El delgado sujeto asintió y corrió hacia el grupo que rodeaba el contenedor. Nauth veía cada vez más cerca las luces y su mente comenzaba a enviarle información de manera caótica. Guill ya no resistía con su instinto salvaje gritándole en la espalda. Estaban tan cerca que ya comenzaba a prepararse mentalmente para luchar. Entonces el orco se dio cuenta de algo que Nauth había pasado por alto, los faroles del barco estaban encendidos.

—¡Nauth, las luces! —gritó Guill’Mak.

—¡¿Qué?! —Nauth alzó la vista.

—¡Yo voy! —gritó Rod, quien corría hacia la proa del barco—. ¡Yo me encargo!

Lotriend vio a su amigo correr y pudo ver un farolillo de mano en la cofa del barco. “Botones debió dejarlo encendido”, pensó viendo la luz en la zona más alta de la embarcación. Sin dudarlo corrió hacia el mástil principal y empezó a escalarlo.

—¡¿Qué haces, chico?! —exclamó el orco al ver al joven.

—¡Baja de ahí, Lotriend, ahora! —gritó Nauth, quien seguía ayudando con las velas.

Pero el pelinegro hizo caso omiso y siguió ascendiendo, había subido tantas veces que para él era natural, de hecho, en solo unos segundos llegó arriba y tomó el farolillo, pero justo antes de apagarlo vio que podía ayudar a subir la vela más alta desde esa posición, así que comenzó a enrollarla rápidamente. Rod apagó finalmente la luz que estaba en la mesa donde jugaban cartas y corrió de vuelta al grupo. Guill notó que las luces estaban a unos cincuenta metros del barco cuando terminaron de amarrar las velas, supo que Lotriend no alcanzaría a bajar a tiempo de la cofa. Pero el joven tomó el farolillo y se llevó a la boca el mango de este, sosteniéndola con los dientes mientras con un trozo de tela se colgó por una cuerda bajando a toda velocidad a la cubierta.

—¡Aghh! ¡Ayuda! —gritó mientras se deslizaba por la cuerda con el metal en la boca.

Lotriend aterrizó sobre Ovill justo a tiempo para colocarse la grasa de troll y apagar el farolillo.

Finalmente estaban todas las luces apagadas y las velas amarradas. Todos se lanzaron al suelo de la cubierta ensordecidos por la grasa y tratando de hacer el menor ruido posible. Definitivamente Nauth sabía que no podrían detectarles, pero el líder había pasado algo por alto...

El viento sopló fuertemente por última vez para los oídos de los mercenarios, dando paso a un silencio sepulcral. Lotriend cerró los ojos para mantenerse calmado, todos trataron de disminuir su respiración al mínimo para no emitir ningún ruido, pero la situación y los nervios hacían que esta tarea resultase más difícil de lo habitual.

Y así esperaron su destino, ninguno de los que se encontraban allí sabía qué ocurriría, pero esperaron lo más tranquilos que pudieron, concentrados en seguir las órdenes del líder. Nauth se inclinó suavemente sobre la madera observando las tétricas luces, estaba al pie de una de las escaleras mirando atentamente. Entonces divisó a los monstruos desde más cerca, cuando se encontraban a unos escasos metros de la Duriba, comenzaron a asomarse entre la superficie de las olas, de distintos tamaños y de colores oscuros. Su piel relucía a la luz de la luna, tenían escamas desgastadas que rodeaban sus espaldas y protegían sus zonas vitales, cubriéndolas como si portasen armaduras. Los pequeños tenían una forma humanoide proporcional a la de una persona común, pero los más grandes eran deformes, poseían formas difíciles de describir, era como si a medida que su tamaño aumentase también lo hacía su deformidad. Pudo ver que estos llegaban a tener casi tres o cinco metros de altura. También se fijó que los enormes parecían ser más ancianos, sus escamas estaban desgastadas y su piel brillaba mucho menos.

Esto le hizo recordar un relato escrito en un bestiario que había leído hace algunos años, en este se planteaba que los “naurus” eran las víctimas de las sirenas. Supuestamente los marineros que quedaban a la deriva, en su desesperación oían el canto de las bellas criaturas y nadaban hacia ellas buscando ayuda, pero solo se dirigían a su trampa mortal. Las sirenas nunca fueron ni serán criaturas de bien, más bien Frank y el resto de los marineros siempre se refieren a ellas como uno de los monstruos más viles del mar. Estas pobres almas que buscaban en el canto de las hermosas mujeres una esperanza morían bajo la maldición de su beso, maldición que provenía de una antigua magia oscura, una magia que les devolvía a la vida en forma de seres acuáticos.

El líder encontró algo de razón a esta teoría al observar de cerca a las bestias, algunos aún llevaban antiguas pertenencias de sus supuestas vidas pasadas. Anillos, aretes y ropas destrozadas eran algunos de los objetos que Nauth pudo distinguir después de un par de segundos. Los naurus no poseían ojos ni nariz, en vez de eso la mandíbula ocupaba casi toda la zona de sus cráneos, en la parte de la nuca llevaban una especie de aleta contraída que caía hacia sus espaldas. Dentro de sus bocas podía ver cómo las luces emanaban de distintos colores cuando estos las abrían, aunque también se podía ver a través de su piel translúcida y esta variaba dependiendo de cada individuo. Realmente eran seres horribles, al mercenario le costaba creer que fueran siquiera reales y más aún el hecho de que posiblemente habían sido personas.