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Crear un clon malvado por accidente. Ese ha sido el mayor error de David Chánatos, un joven apasionado por la ciencia y la aventura deseoso de poner fin a los seis años más tediosos de toda su vida. Con la ayuda de su novia Sonia y sus amigos Aurelio y Gelo, deberá encontrarlo y darle caza antes de que ponga todo su mundo patas arriba. El grupo contará también con el apoyo del Capitán Tremañes, un superhéroe con unos poderes muy particulares. Adéntrate en esta increíble aventura plagada de misterio, acción y comedia en compañía de David Chánatos y sus amigos.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
DAVID CHÁNATOS Y SUS AMIGOS
© Chánatos
© David Chánatos y sus amigos. Seis años de condena
ISBN papel: 978-84-685-0527-5
ISBN digital: 978-84-685-0529-9
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
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A todas aquellas personas que me apoyaron durante la elaboración de este libro, a todos los que me ayudaron y en especial a todos los que me sirvieron como fuente de inspiración para crear a cada uno de los personajes que encontraréis en él.
Índice
I. EL ORIGEN
II. LA MUDANZA
III. LA MANSIÓN
IV. DE VUELTA A LA MANSIÓN
V. EL EMBROLLO
VI. ¡CLON A LA FUGA!
VII. LA CUEVA MISTERIOSA
VIII. ¿HEMOS ACABADO CON ÉL?
IX. LOS ALIENÍGENAS ENTRAN EN ESCENA
X. EL REGRESO DE LOS ALIENÍGENAS
XI. PLATO COMBINADO DE PROBLEMAS
XII. AURELIO SE LANZA
XIII. EL REGRESO DE KAMICASEY
XIV. EL FINAL DEL TÚNEL
EPÍLOGO
I EL ORIGEN
A día de hoy, todavía me arrepiento de lo ocurrido aquella fatídica fecha del año 2000. No me siento nada orgulloso de lo que pasó, pues el incidente que estoy a punto de contaros fue debido a una pequeña torpeza mía. Parece increíble el gran revuelo que se llegó a originar debido a esto. Puesto que yo, David Chánatos, soy el responsable de todo, me tomaré la libertad de relataros lo que ocurrió.
Por aquel entonces residía en una humilde casa de Chánatos City, ciudad fundada por ancestros de mi familia paterna. A pesar de su nombre, yo no era su benefactor, sino el Capitán Tremañes, un superhéroe que la custodiaba desde hacía bastante tiempo. El alcalde le concedió la responsabilidad de velar por la seguridad de los ciudadanos y él aceptó encantado. Tenía superpoderes muy diversos, pero usaba tan solo unos pocos. Tengo entendido que, tras caer enfermo, un hombre que curiosamente se le asemejaba desapareció durante algún tiempo, aunque más adelante se le volvió a ver de manera misteriosa. Pero esto tan solo es un rumor.
Con respecto a mí, tenía aficiones muy variadas: la música, vivir aventuras increíbles, el cine, la ciencia… Teniendo en cuenta que por aquel entonces no tenía muchos amigos, y por lo tanto no era una persona muy sociable, la mayoría de las aficiones a las que acabo de hacer mención las tenía que disfrutar yo solo.
16 de marzo de 2000
Esta fecha creo que la voy a recordar mucho tiempo pues me han sucedido cosas increíbles. Tengo quince años. Estudio en el instituto Chánatos City segundo de la ESO. El centro educativo tiene un comedor para que tanto los alumnos como los profesores puedan tomar algo a media mañana durante el recreo, taquillas para que los alumnos guarden los libros que no necesiten, (muy de agradecer, pues no sería nada bonito tener que cargar con TODOS los libros del curso, independientemente de que se fueran a utilizar en el día o no), e incluso un gimnasio en el que nos machacan de una manera impresionante. A veces, el profesor de gimnasia nos castiga e igual nos obliga a hacer una maratón a las tantas de la noche por la autopista.
El instituto es como cualquier otro, con profesores variados, es decir, algunos muy profesionales con su trabajo y otros muy irrespetuosos e impresentables.
En la tercera hora del día (antes del recreo concretamente) nos tocaba la clase Ciencias Naturales, probablemente una de las asignaturas que más me gusta. No es que sea un alumno ejemplar, lo cierto es que no doy golpe, pero esa clase me resulta entretenida. La ciencia es algo que me fascina y esta asignatura es, de todas las que tenemos, la que más me apasiona. Siempre que encuentro un hueco voy a la biblioteca para leer todo tipo de libros relacionados con ella. Me gusta tanto desde el punto de vista teórico como experimental.
Nuestro profesor es don Epifanio Gastrio. Lo llamamos Epi para abreviar. Los alumnos hacen muchas bromas con él, ya que si juntamos la abreviatura de su nombre y luego su primer apellido queda «Epigastrio», una región superior del abdomen que va desde la punta del esternón hasta el ombligo. Al principio, a todos nos hizo gracia, incluido el profesor. Somos muy crueles con él. A raíz de esa broma, muchos nos animamos a seguir haciendo chistes a su costa, por lo que más de uno se ha tenido que comer una ronda de puntos negativos bastante elegantes. Somos jóvenes, pero hay que saber que no se debe abusar de la confianza de una persona, principalmente de un profesor.
En el día de hoy, Epi nos estaba dando una clase sobre la clonación. Era algo que, descartando a los bromistas de turno, nos resultaba bastante interesante.
Terminó la clase y, como era de esperar, nos puso deberes. Nos dio dos opciones a elegir: hacer un trabajo o un proyecto relacionado con la clonación.
«¿Cómo? ¿Podemos elegir entre ambas», pensé, ¡es genial!».
Me ilusioné mucho cuando me enteré de que teníamos algo opcional a una redacción. Generalmente me gusta más la práctica que las redacciones, por eso opté por realizar un clon de mí mismo. Jamás me imaginé que ese día llegaría pues, como he dicho antes, todo lo relacionado con la ciencia es algo que me apasionaba con locura. Fui el único, de hecho, que eligió el proyecto, ya que disponía de un equipo de juguete para clonar. Sí, por extraño que suene, una vez me regalaron para las navidades un kit de accesorios para aprender a crear tu propio clon humano. Consta de unos recipientes electrónicos muy sólidos de dos metros de largo con alimentadores de corriente adosados en su interior para generar el proceso de clonificación, probetas, jeringuillas con algunas agujas para tomar muestras de sangre y un manual de instrucciones.
Por desgracia, no tuvo muchas ventas la compañía que lo fabricó —probablemente por contener agujas en su interior, no sería muy apropiado para los niños— y al cabo de un tiempo se fue a la quiebra.
Así que, a partir del recreo, mis compañeros me notaron muy feliz. No bromeo, desde entonces y hasta las dos y media de la tarde que terminaban las clases ese día, me veían con un estado de ánimo mejor que antes.
Pero me encontré con algo que obstaculizaba mi labor: jamás había hecho un clon. Así que, después de comer, tuve que echar mano de algún libro relacionado con el tema que, muy oportunamente, tenía en mi casa.
Bajé al sótano donde solía hacer los deberes y más cosas. No era el lugar más apropiado para hacerlos, estamos hablando del sitio que solía ser el menos presentable de toda la casa, pero al menos era el más tranquilo. Por lo general, solía estar desordenado, y hoy no iba a estarlo menos. Dediqué algunos minutos a adecentar un poco una mesita y encendí una lamparilla que está sobre ella.
Ojeé el libro sobre la clonación durante una hora aproximadamente. Seguí las instrucciones para crear mi propio clon y, puesto que entendí todo muy bien, el proyecto estaba resultando ser pan comido.
¡¡Mi clon ya estaba terminado!! Había salido realmente bien. Quizás mejor de lo que esperaba.
Pero, durante la elaboración, había oído una especie de burbujeo extraño. Se trataba un recipiente enorme lleno de cal viva que me estaba dando mala espina. Recuerdo que estaba en el desván y lo habíamos bajado. Lo cargué sobre mí de tal forma que no estuviera cerca del clon y se echara a perder, pero tuve la desgracia de que tropecé con un libro que no había visto que estaba en el suelo, y todo el recipiente se desparramó sobre él.
—Vaya, hombre —me dije tras ese tonto traspiés— bueno, no creo que afecte al clon y será fácil de retirar.
Una vez, retirada toda la cal viva que había sido arrojada sobre mi clon ¡¡¡ESTE HABÍA CAMBIADO DE APARIENCIA!!! Aterrorizado, no daba crédito a lo que veían mis ojos.
Lucía distintos colores de tonos azulados de pies a cabeza. Uno de sus ojos tenía un color rojizo, como si tuviera conjuntivitis, y su estado anímico había cambiado de tranquilo a violento. Estaba muy asustado. En un burdo intento de tratar de arreglar lo ocurrido, intenté agarrar a mi clon, pero me propinó un porrazo, tropecé, y me golpeé en la cabeza contra la esquina de la mesa. (¡Ay, vuelve a dolerme cuando lo recuerdo!).
Mi malvado clon se escapó, quizás de forma sigilosa porque mi madre ni se dio cuenta. Me encontró inconsciente sobre un ligero charco de sangre en el suelo a las 16:40 horas. No tardó ni cinco segundos en llevarme al hospital.
El golpe que me llevé fue tremendo. Ya les gustaría a los ladrones más famosos de la historia dar un «golpe» como el que yo me había dado. Mi madre me dijo que había recuperado el conocimiento cuatro horas después de haberme encontrado tirado en el suelo del sótano.
Pudo ser algo grave, pero mi incidente carecía de importancia. Me dijeron que me habían puesto ocho puntos y que guardara reposo durante unos días. A mí me preocupaba más lo que pudiera hacer mi clon una vez suelto por ahí. Pero debía descansar. Así que procuré dormir lo máximo posible sin pensar en nada, aunque lo cierto fue que me costó algo de trabajo porque no tenía ni la más remota idea de lo que sería capaz de hacer mi clon y el susto que me llevé fue bastante grande.
Me dieron el alta en el hospital unas horas después de guardar reposo y revisar la cabeza de nuevo. Llegaríamos a casa mi madre y yo a eso de las once y media de la noche. Una vez allí, lo primero que hice fue irme a la cama lleno de preocupación, por lo que podría pasar con mi clon a partir de ese momento y porque no tenía proyecto de ciencias para presentar, cuando le había confirmado al profesor que se lo que entregaría a la semana siguiente. Y algo me decía que no me resultaría nada fácil recuperarlo.
17 de marzo de 2000
A la mañana siguiente, fui a clase con normalidad tras haber desayunado en mi casa y preparado la mochila, pero con la misma preocupación. Enseguida me convertí en el centro de atención tras ver mis compañeros el vendaje que me habían puesto en el hospital. No tardé ni cinco minutos en provocar el cachondeo. Desde «eh, que carnaval ya pasó. Termina de quitarte ese disfraz de momia» hasta «la clara prueba de que estás “amomiado”». Son cosas que me tomo a risa ya que son comentarios de personas con las que me llevo bien. A mi profesor de ciencias le inquietó verme así, de manera que me pidió que le buscara antes de volver a casa por la tarde para que le comentara todo lo ocurrido. Epi es mi profesor favorito. No solo por ser el que me da la clase de ciencias, sino también porque es el único que se preocupa por mí en el instituto.
—Si lo que cayó sobre tu clon ha alterado su forma de actuar, es importante que lo recuperes cuanto antes —me dijo cuando le comenté lo que me había pasado.
—¿Pondrá en peligro la vida de mis seres queridos? —le pregunté.
—Eso dependerá de sus intenciones. Probablemente esté interesado únicamente en ti.
Eso último me pareció de lo más evidente, pero no estaba del todo seguro de cuáles eran sus propósitos.
—Es posible que incluso tengas que mudarte de ciudad, suponiendo que sus intenciones contra ti sean verdaderamente malas —añadió.
La idea de mudarme con mi familia debido a un incidente que tuvo lugar por mi culpa me aterraba. Nueva vida, nueva ciudad, nueva casa, nuevo instituto, nuevos amigos. Empezar todo de cero.
—Profe —le dije—, sé que la idea es arriesgada, pero trataré de hacerle frente a la situación. Soy consciente de que soy el responsable de todo este revuelo y en mis manos está cambiarlo. ¿Será complicado? Es posible, pero no se solucionará si estoy de brazos cruzados.
—Es una buena iniciativa por tu parte, David —comentó—. Cuando necesites ayuda, ya sabes a quien acudir.
Siempre me dio buen resultado conversar con Epi. Le di las gracias por todo, me despedí de él y volví a mi casa.
Seguía sin dar crédito a todo lo que me estaba pasando. Sé que lo he mencionado varias veces, pero el asunto me preocupaba demasiado. Afortunadamente, las palabras de mi profesor de ciencias me fueron útiles y me dieron algo de fuerza de voluntad.
Estuve haciendo los deberes. Terminaría justo antes de mi hora de merendar, que suele ser las seis y media de la tarde, pero en vez de hacerlo en casa, opté por salir a dar una vuelta y tomar algo en algún bar o cafetería.
Durante mi paseo descubrí que habían abierto hacía algún tiempo un bar que se llamaba La patata feliz. Pasé a ver qué tal era el sitio y, en mi humilde opinión, era un bar-cafetería de lo más normal. Daban fútbol por la tele, había algo de clientela…, pero, desgraciadamente, entré en un momento polémico. Había un altercado con un cliente y un chico, que más tarde descubrí que era el hijo del propietario del local, estaba llamándole la atención y blasfemando contra él. Yo, que observaba todo después de pedir un refresco, me puse muy nervioso cuando, tras agredir y echar al alborotador, el chico se acercó a mí, que era el último que había entrado. Empecé a notar sudores fríos al ver que seguía muy alterado y temí que se desquitara conmigo.
—¿Pudiste ver la cara de ese tío? —me dijo—. No te preocupes. La próxima vez se lo pensará dos veces.
¡Caray! Su actitud conmigo no pegaba en absoluto con la que había tenido antes. Me sentí afortunado.
—Soy Aurelio, el hijo del propietario del local.
Se presentó cordialmente y le devolví el saludo de la misma forma. Tenía un año más que yo y un carácter mezcla entre agresivo, pasota y cómico, pero cuando se ponía en serio, se tomaba las cosas muy profesionalmente. Su padre en ese momento no estaba atendiendo el local porque le habían surgido unos compromisos, por lo que había dejado a su hijo al cargo hasta su regreso.
Soy consciente de que contarle a Aurelio lo que me había pasado con mi clon no venía al caso, pero la impresión que me dio tras dialogar con él durante un rato era bastante buena, y se lo confié. No se sonrió ni ironizó con mis problemas en ningún momento, lo que me pareció bien porque le conté incluso que no tenía muchos amigos. Me sorprendió que no se riera de mí por eso, pues las personas que no suelen tener muchos amigos suelen ser objeto de burla de otros.
Aurelio me comentó que lo que necesitaba era buscarme una novia. Se veía que iba directamente al grano a su manera.
—No puedo pensar ahora en chicas cuando mi clon está ahora mismo en Dios sabe donde, sobre todo cuando no sé cuales pueden llegar a ser sus intenciones —argumenté.
—¿Entonces, qué piensas hacer al respecto?
—Aún no lo sé. Lo más prioritario en este momento es saber dónde se encuentra y hablar con él para solucionar todo este embrollo.
—Si él es el responsable del golpe que te has dado en la cabeza, no cuentes con que sea de lo más dialogante. En todo caso, será de lo más irracional.
Aurelio había dado en el blanco. Y eso que lo que le había contado sobre mi clon habían sido líneas generales. Aunque bien es cierto que tampoco había mucho que contar sobre el tema.
—¡Trata de relajarte, tío! —exclamó—. Cierto es que has tenido un descuido bastante lamentable que nos podría causar un problema a todos, pero estoy convencido de que la policía podrá hacer algo al respecto. ¿No crees?
Notaba a Aurelio demasiado optimista pero, de todas formas, me estaba ayudando de alguna manera a ver las cosas de otro color.
—Probablemente lo que necesites sea salir con alguien por ahí —dijo antes de darme un número de teléfono—. Llama a esta chica. Es amiga mía. Si le dices que la llamas de mi parte, caerá a tus pies. Te lo garantizo.
No daba crédito a lo que me estaba diciendo. Me dejó pensando: si le digo que llamo de parte de él ¿se convertirá rápidamente en mi novia? No sabía si Aurelio se refería a eso concretamente, pero era lo que me estaba dando a entender.
En cualquier caso, acepté que me diera el número de teléfono de su amiga, la llamé y estuvimos hablando para ver si le apetecía quedar conmigo. En un principio, la chica aceptó mi invitación de quedar para conocernos un poco mejor, cosa que me extrañó. No os niego que, en parte, noté que olía un poco a cachondeo de Aurelio, aunque luego comprobé que estaba intentando ayudarme de verdad. Ese mismo día, la chica no podía quedar, pues tenía la tarde ocupada, de manera que optamos por vernos al día siguiente en La patata feliz a eso de las cuatro de la tarde para aprovechar que ninguno de los dos teníamos clase al día siguiente. Me despedí de ella, terminé lo que me estaba tomando y me fui a mi casa.
18 de marzo de 2000
Era el día en el que había quedado con la amiga de Aurelio en su bar. Cuando quedo con una persona, tengo la costumbre de llegar un cuarto de hora antes de la cita en cuestión, de manera que decidí tomarme una copa mientras ella llegaba.
Pasaba el tiempo y la chica no aparecía. Yo ya me estaba preocupando. ¿Habrá sido capturada por mi clon? Trataba de ignorar el tema pero me resultaba imposible. A pesar de lo mucho que trataba de evitarlo, lo ocurrido con él volvía a mi cabeza. Me dirigí a Aurelio, que la conocía bien, para ver si el retraso era normal.
—¿Qué le habrá podido pasar a tu amiga? —pregunté—. He quedado con ella a eso de las cuatro de la tarde y ya son las cuatro y media
—Tranquilo —me dijo—. A veces se retrasa un poco.
—¿Un poco? —dije pensativo—. Pero ¿dónde vive?, ¿en Australia?
La preocupación se estaba apoderando de mí y se lo comenté a Aurelio.
—Anda, vamos a tomar unas copas para olvidar todos nuestros problemas. ¡Yo invito!
Esas fueron las palabras que me dedicó Aurelio para que lo olvidara todo. A día de hoy, todavía no me explico cómo consiguió convencerme. Probablemente aceptara para desconectar de la manera más rápida.
Pasarían alrededor de cinco horas desde el momento en el que empezamos a beber. Empezaba a encontrarme mal. El caso es que Aurelio comprobó mi estado y tuvo la gentileza de llevarme hasta mi casa. Fue todo un detalle por su parte. Tenía un dolor de cabeza tremendo. Me tomé algo y traté de dormir como mejor pude.
Por su parte, de madrugada, Aurelio tenía que encargarse de cerrar el bar porque su padre seguía con sus compromisos. En ocasiones, le escamaban estos grandes lapsus de tiempo en los que su padre no asistía al bar, pero tenía constancia de que siempre volvía.
El caso es que ese mismo día se estaba preparando para recoger cuando de repente escuchó un ruido en la calle, como si un arma blanca se hubiese clavado contra una pared o una puerta. Efectivamente eso era, pues cuando se asomó vio una nota clavada con un puñal en la puerta del bar.
—Vaya, hombre. Menuda gracia me va a hacer ahora llamar al ebanista. —dijo Aurelio al verla.
Se dispuso a leer la nota que tenía escrito lo siguiente:
Querido propietario de tan estúpido establecimiento:
Soy el malvado clon que David Chánatos ha creado. Puedes conocerme como el David Chánatos Invertido. Mañana por la tarde, a las 19:30 horas, me dejaré caer por ahí. Si os arrodilláis ante mí no os pasará nada, pero si os negáis, arrasaré toda la ciudad. Avisa al estúpido de David Chánatos para que tenga constancia de esto.
Firmado: David Chánatos Invertido
P. D.: Os aguarda una sorpresa.
—Genial, estaba tardando en aparecer —dijo Aurelio tras terminar de leer la carta—. Es de vital importancia que Chánatos se pase mañana por aquí y se entere de esto.
19 de marzo de 2000
Me levanté alrededor de las diez y media de la mañana aprovechando que era domingo y no tenía que ir al instituto. Poco después de terminar de desayunar, la amiga de Aurelio me llamó al móvil, tenía mi número tras haberla llamado yo.
Me dijo que le había resultado imposible verse conmigo el día anterior. Le habían surgido unos cuantos imprevistos y se le había hecho tarde. Se disculpó conmigo de mil maneras, pero no se había olvidado de nuestra cita. La aplazamos para este mismo día, aunque temía que no pudiera acudir yo esta vez. No obstante, ya tenía su número de móvil para avisarla a tiempo de los inconvenientes que me pudieran surgir. Nuestra cita tendría lugar en el parque de detrás del instituto a las diez de la noche.
Antes de ponerme a ver un poco la tele, volví al sitio donde había comenzado todo, el sótano. Las cosas estaban en su sitio, como desde la última vez, pero me fijé en que habían desaparecido todas las piezas de un robot que había desarrollado un día de esos en los que no sabía qué hacer y que había construido para estar entretenido durante algunas horas. Me había dado tiempo de estudiar su funcionamiento. Por desgracia, muchas de sus funciones se podían activar desde varios mandos a distancia. Sus movimientos, la habilidad de hablar, el regulador de sonido por si se le oía demasiado alto o demasiado bajo… No sabía cómo poner todas las habilidades en un mismo mando, puesto que los que utilicé para todas las funciones del robot los había fabricado con mandos viejos del portón del garaje de casa. Eran pequeñitos, por lo que no se podía meter mucho en ellos más que algunos botones. Me llamó mucho la atención no encontrar el robot, aunque los mandos estaban donde los dejé. Eso me llevó a hacerme varias preguntas:
«¿Por qué las piezas del robot no están en su sitio?».
«¿Por qué es lo único que ha desaparecido del sótano desde la última vez que estuve aquí?».
«Si lo hubiese robado mi clon… ¿Para qué lo necesita?».
«Y si le hubiese encontrado algún tipo de utilidad que no fuera antes posible… ¿Qué habrá hecho con él?».
Lo más evidente para mí en ese momento era que lo había robado mi clon mientras yo estaba durmiendo.
El robot que había inventado tenía el nombre de DCH-2000. Era idéntico a mí, completamente metalizado y mediría unos diez metros aproximadamente.
Tenía pensado ese día ir a la biblioteca para leer el periódico. Pero me di cuenta de que estábamos a domingo y estaba cerrada. Afortunadamente, mi madre lo había comprado. Le eché un vistazo y lo primero que vi en la primera página fue el siguiente titular:
SE HA VISTO UN ROBOT METALIZADO CON OJOS ROJOS RONDANDO POR LA CIUDAD DE CHÁNATOS CITY.
—¿Cómo? —dije alarmado y después seguí leyendo.
Según algunas fuentes, el robot mide alrededor de quince metros. El responsable a cargo de él afirma haberlo fabricado entero y amenaza a la ciudad con esclavizarla utilizando un sistema de control mental, en el caso de que un chico llamado David Chánatos no se presente en el bar La patata feliz a las 19:30 horas del día 19 de marzo.
¡Lo primero que me tocó la moral es que mi clon dijera en esas declaraciones que el robot lo fabricó él! ¡Yo fui el fabricante original! ¡Que él hubiera hecho algunas modificaciones era otro asunto!
—Están como burros —dije al leer que el robot medía quince metros aproximadamente.
¡Sabría yo bien cuánto medía mi robot! Por partes: tres metros y medio serían las piernas, cuatro el torso y el resto sería la cabeza. ¿Cómo calcularon las medidas de mi robot? ¿Acaso se pararon a calcular?
Aunque, por otro lado, probablemente la situación les impidiera pensar detenidamente. De ser así, se podría entender.
Algo me decía que tendría que llevar conmigo todos los mandos del robot que fabriqué. Así que les cambié las pilas, los guardé conmigo y fui raudo hasta el bar donde trabaja Aurelio, aunque faltaban seis horas para la cita. Me contó lo de la nota en la puerta del bar, hecho que hizo que se cabreara mucho por que gracias al puñal tendría que llamar a un ebanista aunque, bajo mi punto de vista, estaba exagerando.
Mientras hablaba con Aurelio, me fijaba en que estaban pasando muchas cosas raras. A los clientes del bar se les estaban poniendo las pupilas de color rojo, eso quería decir estaban a la merced de mi malvado clon.
—No sé por qué se habrá puesto ese apellido de «Invertido» tras tu nombre, Chánatos —me dijo Aurelio—. ¿Tenías en mente crear un clon homosexual o algo así?
—No, en principio, sería un clon idéntico a mí —respondí— pero, probablemente, la cal viva que se me cayó sobre él hiciese que su actitud cambiara de bien a mal y eso por, así decir, «invirtiera» su forma de ser. Es la única explicación que le veo.
—Tal vez, pero ¿cómo puede alterarse la forma de ser de un clon con cal viva? —dudó Aurelio.
—Francamente, es algo que todavía no tengo muy claro. Eso sí, hay que solucionar esto sea como sea.
—¿Y ése robot? ¿De dónde lo sacó?
—De mi sótano —respondí—. Es un robot al que llamé DCH-2000. Lo fabriqué un día que estaba muy aburrido.
De repente, Aurelio subió el tono de voz porque había tergiversado lo que le había dicho.
—¿¿CREASTE UN ROBOT QUE SERÍA CAPAZ DE ESCLAVIZAR A LA HUMANIDAD??
—No, no, a ver —expliqué—. El robot que creé, era para que cumpliera una serie de funciones básicas: caminar, hablar…
—¿Entonces me estás diciendo que las funciones adicionales que tiene ahora las inventó el David Chánatos Invertido ese?
Aurelio lo había deducido con facilidad. Asentí.
—Muy bien, Asimov, y ahora ¿cómo arreglamos esto?
Me sorprendió que Aurelio se dirigiera a mí haciendo referencia a uno de los grandes genios de la ciencia ficción, y que fuera el que había inventado las tres leyes de la robótica.
—Tranquilo, en mi sótano, tenía el robot con las piezas desmontadas.
Aurelio empezaba a impacientarse.
—¿Y QUÉ ME QUIERES DECIR CON ESO? —chilló.
—Quiero decir que terminé despedazándolo porque, desgraciadamente, fue un fracaso el robot. Se estropeaba con facilidad. Por lo tanto, tiene bastantes puntos débiles que, si el David Chánatos Invertido no ha subsanado, podemos aprovechar para volver a librarnos de él y mi clon estará más indefenso.
—El David Chánatos Invertido seguiría estando suelto y, por lo tanto, siendo una amenaza para la humanidad.
—Cierto, pero si ha conseguido esclavizar a la humanidad con el robot y lo dejamos inservible, no lo podrá volver a hacer.
Faltaba media hora para las siete y media de la tarde. De repente, se oyó una voz robótica a lo lejos:
—DAVID CHÁNATOS, FALTA MEDIA HORA PARA EL GRAN MOMENTO. YO, SI FUERA TÚ, DARÍA LA CARA SI LO QUE QUIERES ES QUE LOS HABITANTES DE LA CIUDAD DE CHÁNATOS CITY SE SALVEN.
—Maldita sea —dijo Aurelio—. ¡Es él!
—Sí, y está muy cabreado, parece —añadí.
—¿Y qué hacemos ahora?
—Dejemos que se acerque. He traído conmigo los mandos.
—¿Los mandos del robot? ¿Qué utilidad nos podrían dar?
—Podrían hacer que el robot se autodestruya. No sé si mi malvado clon habrá hecho algo con él, pero no lo sabremos si no lo intentamos.
—De acuerdo. A ver si puedes hacer algo.
—Aún está muy lejos. Los mandos tienen un alcance de treinta metros como máximo.
Hubiera sido más prudente que en ese momento nos pusiéramos en marcha cuanto antes, la distancia era un pequeño defecto que tenían los mandos que había fabricado. El robot estaba todavía a sesenta metros y no funcionarían.
De repente, me fijé en que la clientela había cogido a Aurelio y no paraban de repetir:
—ESTAMOS A TUS ÓRDENES, OH, GRAN SEÑOR.
La clientela de Aurelio tenía las pupilas de los ojos de color rojo, igual que los ojos de mi gigantesco robot y, además, se habían convertido en esclavos de la voluntad del David Chánatos Invertido, lo cual significaba que alguno de los cambios del robot, tenían el suficiente alcance para afectar a la gente, a pesar de lo lejos que se encontraba.
Los clientes de Aurelio le tenían a completamente inmovilizado. No se podía acercar a mí, pensé que tenía que actuar, ¡y rápido! Salí del bar, me dirigí corriendo hacia el robot y empecé a maquinar con algunos de los mandos que tenía conmigo.
Probé primero con el que movía sus articulaciones. Mi intención era ver si conseguía destruirlo haciendo que se autolesionara. El intento fue completamente inútil. Pensaba que Aurelio estaría perdido. Yo estaba cada vez más y más nervioso cuando, de repente, unflashbackvino a mi cabeza: ¡¡RECORDÉ CÓMO SE ECHÓ A PERDER MI ROBOT!!
La misma tarde en la que terminé de fabricarlo, usé el mando que servía para subirle o bajarle la voz una vez le hube enseñado a hablar. Llegué a poner el volumen tan alto que le generó un cortocircuito en los altavoces provocándole una explosión que lo desmenuzó entero. Algunas partes quedaron destrozadas y mi casa no se echó a perder de puro milagro a causa de la deflagración. Eso sí, la fachada quedó completamente manchada, nada que una mano de pintura no pudiera arreglar.
Cuando volví de mis pensamientos, el robot estaba a menos de cinco metros de mí, por lo que tenía que buscar una forma de hacer que volviera a hablar, o que el David Chánatos Invertido tratara de comunicarse conmigo a través de él gracias a una modificación añadida que le hiciera posible hacerlo. Traté de hablar con él, cosa difícil, ya que el David Chánatos Invertido estaba instalado en el interior del robot, en la cabeza, a unos diez metros de altura. Le grité con todas mis fuerzas.
—¿¿ES NECESARIO QUE HAGAS TODO ESTO?? ¿¿NO LO PODEMOS HABLAR??
Mi intento de comunicarme con él, fue en vano. O no me escuchó, o no quiso responderme. Solo había una cosa que podía hacer: volver a La patata feliz y preguntarle a Aurelio si tenía un megáfono en el bar.
Cuando llegué, vi que la situación ha empeorado. La clientela lo estaba estrangulando. Necesitaba preguntarle algo y no sabía si sería capaz de responderme. No obstante, lo intenté.
—Aurelio, ¿tienes un megáfono que me puedas prestar?
—Sí… ag… debajo… del… ogghhhh… fregadero —dijo luchando por responderme.
—Enseguida vuelvo.
Cogí el megáfono, salí del bar y volví al punto anterior rápidamente.
—Tengo que actuar y deprisa. Esa gente terminará matando a Aurelio.
Antes de volver a comunicarme con el David Chánatos Invertido me aseguré de subir el sonido al máximo con el mando. Eso crearía una onda expansiva que podría afectar a todo aquello que hubiese alrededor, pero tenía que intentarlo. Una vez ajustado, volví a preguntar lo mismo utilizando el megáfono.
—¿¿ES NECESARIO QUE HAGAS TODO ESTO?? ¿¿NO LO PODEMOS HABLAR??
El sonido del altavoz del robot estaba tan increíblemente alto que, incluso sin necesidad de que el David Chánatos Invertido estuviese hablando, se oía un incómodo acople que dejaba sordo. Imaginaos si hubiera hablado. Independientemente de lo que me respondiera, el ruido habría sido devastador. De repente, el David Chánatos Invertido me respondió a través del robot:
—SABRÉ YO BIEN QUÉ SERÁ LO MÁS NECESARIO.
La respuesta volvió a generar un cortocircuito en el altavoz, provocando así una explosión increíble que afectó al robot entero. Todas las piezas salieron volando. Me acerqué a lo que había quedado de él y en el interior observé restos de piezas que no conocía, que eran completamente nuevas, y pensé que mi clon malvado había tenido que ver con ellas. Estaba todo el robot inservible. Encontré todas las piezas antiguas excepto una: una parte de la cabeza del robot, la que llevaba enganchado el pelo. Y lo que es más, ¡¡EL DAVID CHÁNATOS INVERTIDO HABÍA DESAPARECIDO CON ELLA!! No sabía en ese momento si era porque había sido lo más afectado por la explosión o si había conseguido escapar en el último segundo.
Volví al bar con rapidez, todos los clientes habían recuperado su antiguo ser, se disculparon con Aurelio pues sabían cómo era su carácter y, afortunadamente, todo acabó bien (al menos de momento).
Horas más tarde pude desconectar de todo lo ocurrido al conocer a su amiga. Una chica muy agradable. Se llama Sonia y tiene cinco años más que yo. Es rubia, bastante risueña, simpática e inocente. Me cayó muy bien. No me pareció adecuado contarle el mismo día que la había conocido lo que me llegó a pasar con mi malvado clon, así que opté por disfrutar de la lluvia de estrellas y aprovechamos lo que parecía en ese momento una estrella fugaz para pedir un deseo. Yo seguía dudando entre si mi clon había desaparecido definitivamente o si había sido demasiado listo y sabía de mi plan de eliminarlo destruyendo el robot en el que estaba metido y se había salido a tiempo. Pero Sonia consiguió que la noche fuera especial y logré olvidar todo con facilidad.
II LA MUDANZA
Después de lo ocurrido con mi malvado clon, la decisión de mudarme con mi familia era más que adecuada. Era necesario y algunos titulares de los periódicos hablaban por sí solos.
JOVEN ADOLESCENTE CREA CLON QUE PODRÍA SER LA CAUSA DE LA EXTINCIÓN HUMANA.
UN CHICO SIEMBRA EL PÁNICO CON SU ROBOT LA NOCHE PASADA.
NO TE QUEREMOS AQUÍ, DICE LA GENTE DE CHÁNATOS CITY.
Muchos de los titulares eran en extremo sensacionalistas y dejaban opiniones y quejas con las que no podía cargar. Expliqué repetidas veces que la creación de mi malvado clon fue un descuido por mi parte, pero no hubo forma de razonar con nadie. Así que tomé la decisión de mudarme como bien me había recomendado mi profesor de ciencias naturales. Lo comenté con mi madre, durante un par de semanas hicimos las maletas, lo preparamos todo para el traslado y nos pusimos en marcha.
Fuimos en autobús hasta el aeropuerto de Barajas, en Madrid. Fue una tarea difícil porque había que llevar muchas cosas. Yo estaba muy nervioso pues jamás había montado en avión pero, una vez dentro, la experiencia fue fantástica. El trato fue el apropiado, asientos cómodos y vistas increíbles, aunque mirar por la ventanilla es algo que no le recomendaría a personas con vértigo.
Fuimos a México y adaptarme me llevó poco tiempo. Conocí a unos chicos estupendos y me llevé genial con ellos durante mi estancia en el país.
Algunos de los que más traté fueron Alfredo, que tenía veinte años, era repetidor de la ESO (ellos dicen simplemente secundaria); Ramón, que tenía diecinueve años y un almacén de trastos viejos que utilizaba para fabricar vehículos (a Alfredo, de hecho, le preparó una tabla de surf con un motor turbo), y a Alejandra, de veintidós años y novia de Ramón. Me llevé con todos ellos muy bien y si tuviera que quedarme con uno me quedaría sin duda con Ramón, que era muy imaginativo y le sabía sacar provecho a las cosas que parecían imposibles de arreglar.
Viví con mi madre en México durante más de un año. De repente, nos enteramos del fatídico atentado del World Trade Center. Fue una noticia que me impactó bastante, principalmente porque tenía un sospechoso bastante «conocido» (desgraciadamente, pues yo fui el responsable de su nacimiento).
Tuve constancia de que el David Chánatos Invertido no tuvo nada que ver con esto pero pensar en él, fue inevitable.
15 de diciembre de 2001
Un día después del atentado a las Torres Gemelas en Nueva York me enteré de que el David Chánatos Invertido no había hecho nada que pudiera perjudicar ni a mí ni a la gente de mi ciudad natal, lo cual era un buen presagio, ya que eso quería decir que él, en un principio, estaba solo interesado en acabar conmigo.
Pero si no me había hecho nada, no había sido porque quisiera darme una tregua, sino porque no había sido capaz de localizarme hasta ese día. Me enteré porque me informó Ramón que tiene, además de trastos viejos con los que sacar provecho para hacer vehículos, un ordenador muy avanzado capaz de detectar amenazas que clasifica por nivel por gravedad. En el caso del David Chánatos Invertido estaba en el nivel más alto de todos los conocidos, lo cual me extrañó y me dejó con la duda de «¿cómo y cuánto de peligroso puede llegar a ser el clon que he creado?».
Había quedado con Alfredo, Ramón y Alejandra. Serían como las ocho de la mañana y había estado chateando con el primero.
—Hey, Alfredo, ¿cómo estás? —le escribí.
—Bien, sin novedad. A punto de inaugurar una discoteca.
Me sorprendió que Alfredo tuviera una discoteca con lo joven que era.
—No sabía que tenías una discoteca propia. ¿Qué te parece si nos vemos luego Ramón, Alejandra tú y yo y lo preparamos todo juntos?
—Vale —me respondió—. Nos vemos a las ocho y media. Quedaré con ellos un poco antes.
—¿Dónde queda tu discoteca, Alfredo?
—Detrás del parque.
Una vez conocida la ubicación, me puse mi flamante chaqueta azul y me acerqué hasta ahí.
Alfredo estaba enfadadísimo cuando llegué. Eran las ocho y media justas. Ramón y Alejandra no habían llegado todavía y había quedado con ellos diez minutos antes, y si había una cosa que le molestaba de verdad esa era la impuntualidad. Le convencí para que fuéramos a tomarnos algo mientras les esperábamos.
Mientras esperábamos en la cafetería más cercana, Alfredo se relajó y llamó a Ramón y Alejandra por teléfono para que se dieran prisa, pues la discoteca iba a ser el no va más.
Al cabo de un rato, nos reunimos todos en el local y ayudé a los chicos a prepararlo todo para el día de la inauguración. Era una discoteca increíble. Se dividía en varios sectores, terraza trasera, pista de baile, backstages por si había alguna actuación para que pudieran cambiarse los invitados, gogotera, escenario, focos de diferentes colores, bola de espejos al más puro estilo años setenta, una sala para el DJ… Era realmente impresionante. Había que adecentarlo un poco así que eché una mano en todo lo que pude y al cabo de una hora aproximadamente lo teníamos ya casi todo listo. El escenario fue lo primero que probamos. De hecho, había venido gente a mirar cómo nos estaba quedando y eso que solo eran las nueve y cuarto de la mañana. Alfredo quería que yo probara el micrófono del escenario frente a los visitantes para ver si funcionaba bien.
—A VER, AMIGOS, VOY A INTERPRETAR UN TEMA A CAPELLA DE UNA CANCIÓN DE LOS BEE GEES —dije.
Lo cierto era que en ese momento cantar o no cantar una canción era lo de menos, ya que únicamente íbamos a probar el micrófono por lo que con decir «sí, sí…, bo, bo…» o cosas por el estilo hubiera suficiente. El micrófono sonaba bien. Tenía un sonido muy nítido y los altavoces la acústica apropiada, pero algo provocó una explosión impresionante que fastidió por completo la inauguración. No dábamos crédito ninguno de los que estábamos ahí. Como consecuencia quedé cubierto de hollín. La gente pensaba que era debido a los efectos especiales y que volverían a entrar. Pero aquel acontecimiento no era precisamente un efecto especial sino un atentado contra nosotros.
—¿¿¿QUÉ DEMONIOS PUDO PASAR??? —dijo Alfredo completamente furioso.
Sinceramente, yo también estaría así si tuviera una discoteca y explotara, hecho que en ese momento era inexplicable. El equipo de sonido era nuevo y de calidad. Los cables, enchufes y alargadores estaban en perfecto estado, por lo que no conseguimos encontrar una explicación lógica con lo que había ocurrido.
—¿El equipo era bueno? —pregunté.
—Estaba todo recién comprado, David. Y ahora, por culpa de esta explosión, se ha echado todo a perder —dijo Alfredo todavía enfadado.
Ramón comprobó que todo había quedado completamente inservible. Fuimos rápidamente los cuatro a las salas delbackstagea asegurarnos de que estaba todo bien ahí. Estaba intacta: el ordenador de Ramón, que se había traído de su casa para pinchar la música estaba en perfectas condiciones. Ramón es un as de la informática, conoce cosas increíbles sobre ese mundo y ha estudiado programación, por lo que siempre sabe cuáles son los mejores programas para utilizar y cuales los menos relevantes. Gracias a sus conocimientos, su ordenador nunca está desactualizado. Es algo genial. Detecta amenazas divididas en niveles de gravedad: las que carecen de importancia aparecen en verde, las medias en amarillo, las graves en rojo y las consideradas muy graves, en morado. Algunas de ellas son fáciles de detectar porque parpadean en la pantalla, además, se puede hacer unzoomdel interior del recinto y echar un vistazo usando un sistema de sensor de calor. Se puede ver la silueta de todo aquel que esté dentro, pero no su cara. Aunque, si resultara relativamente familiar, se podría deducir.
La primera señal que el ordenador de Ramón detectó fue de color morado, parpadeaba y estaba situada en España, más concretamente en el Teide. Además de eso, el ordenador detectó la trayectoria del proyectil que nos habían disparado a través de una línea que iba de clara a más oscura, lo que significaba que la señal del disparo desde su punto de partida no era tan notable como la del punto de impacto, ya que este era más reciente.
Habíamos detectado el sitio de donde provenía el supuesto proyectil que nos saboteó la inauguración, pero ¿quién era el responsable?
Ramón hizo un zoom a la misteriosa base oculta que había en el Teide y cuando por fin vimos la silueta del responsable nos dimos cuenta de quién era:
—¡¡¡DAVID CHÁNATOS INVERTIDO!!! —gritamos todos a la vez.
No dábamos crédito, ¡y yo menos todavía! ¿Por qué había vuelto a atacar? ¿Por qué desde esa ubicación? Y lo más importante: ¿cómo me pudo localizar? Ese tipo de dudas me dejaban completamente en blanco porque eran para mí inexplicables. ¿Qué clase de clon había conseguido crear? ¿Acaso el clon salió más inteligente que yo? ¿De dónde sacó los conocimientos para crear una maquinaria lo suficientemente avanzada como para localizarme? Desconocía esa información. Era posible que se asociara con alguien que le facilitara los medios necesarios.
—¿Qué podemos hacer? —dijo Alejandra.
—Obviamente, no podemos defendernos ante más ataques al no disponer de un refugio a prueba de bombas. Tendremos que ir al origen y deshacernos de él en persona —contestó Ramón.
Esto era innegable, pero en ese momento no disponíamos de medios de transporte para ir hasta Tenerife. Lo que le hizo a Alfredo plantearse la más obvia duda.
—¿Y cómo lo hacemos?
—Bueno, podemos… —Alfredo interrumpió a Ramón.
—Además, ten en cuenta una cosa, independientemente de que tengamos o no tengamos transporte, eso no va a evitar que el David Chánatos Invertido lance más ataques hacia nosotros.
—También eso es cierto, Alfredo, pero de todos modos hemos de hacer algo. No podemos estar de brazos cruzados. Así no solucionaremos nada.
De repente recordé que Ramón tenía un almacén lleno de chatarra, así que le pregunté:
—Un momento, Ramón, ¿qué tipo de cosas suele haber en tu local?
—De todas clases: armazones de vehículos, motores, tapicerías, asientos…
—¡Probablemente todo eso sea suficiente para que podamos fabricar nuestros propios vehículos y llegar hasta Tenerife para hacerle frente al David Chánatos Invertido! —deduje.
—¡Es verdad! —comentó Alejandra—. Si le damos una oportunidad a todo ese material, podríamos crear máquinas lo suficientemente potentes para que nos permitan llegar a la base del David Chánatos Invertido.
—¡Vamos! Tenemos que ir hasta el almacén de Ramón.
Nos pusimos en marcha y empezamos a desarrollar lo que serían nuestros flamantes vehículos que nos darían la oportunidad de llegar hasta la base del David Chánatos Invertido.
Alfredo fue el que acabó antes, ya que usó la tabla de surf con motor turbo, por lo tanto, no tuvo que hacer nada.
El vehículo de Ramón fue el que más curioso me resultó, pues fabricó un caza con material reciclado de un Opel Corsa, con su insignia y todo. Pudo haberla retirado, pero no había tiempo suficiente, además, le daba un aspecto peculiar. El caza disponía de lanzamisiles en caso de que se presentara algún tipo de ataque frontal durante el trayecto y bengalas por si alguien atacaba por detrás.
Alejandra se fabricó un todoterreno que tenía la habilidad de transformarse en anfibio.
En cuanto a mí, fabriqué un dirigible con una lona de Good Year de imitación, en realidad ponía Guz Yiar. Disponía de un panel que, además de regular la velocidad y mover el aparato, tenía una serie de botones para atacar amenazas que estuvieran próximas. Ramón también tenía algo de artillería en su almacén que le había dejado el ejército a su padre, que era militar y al que le habían encargado examinar la munición y hacer un recuento. Lamentablemente, era un poco limitada por lo que, si la utilizábamos, tendríamos que emplearla bien. Disponíamos de seiscientas balas del calibre treinta, diez misiles (nos costó bastante cargarlos entre los cuatro) y cincuenta bengalas.
No hizo falta probar si funcionaban, Ramón tenía constancia de que los artilugios con los que se expulsaba la munición estaban en perfecto estado, por lo que una vez que estuvimos bien equipados nos pusimos en marcha. Quienes lo tenían peor eran Alejandra y Alfredo, ya que sus vehículos no constaban de dispositivos para atacar. Podían desplazarse y, en el caso del vehículo de Alejandra, desplazarse y transformarse.
La elaboración de todos los vehículos nos llevó algunas semanas pero, al trabajar al mismo tiempo, acabamos a la vez. Durante todo ese tiempo no recibimos más ataques, cosa extraña.
Una vez terminamos, nos pusimos en marcha. Ramón y yo fuimos los que más incidentes padecimos durante nuestro trayecto, pues fueron apareciendo algunos esbirros contratados por el David Chánatos Invertido. Era algo increíble, tenía incluso gente a su cargo para deshacerse de todos nosotros.
Afortunadamente, no supusieron mucho problema, solo era cuestión de fijar el blanco y disparar. Ramón desperdició un misil porque apuntó pero se le olvidó fijar el blanco. Al darse cuenta de su error en el siguiente intento lo subsanó. A los esbirros restantes los esquivó de forma que conservó la munición que tenía. Llegaron a suponerle en alguna ocasión un gran problema, por lo que tras esquivarlos tuvo que deshacerse de ellos utilizando ataques balísticos y algunas bengalas ya que también le atacaron por la espalda. La pena fue que cuando las usábamos en un caza, se desperdiciaban demasiadas, por lo que había que utilizarlas bien. Era importante conservar los misiles, cuantos más, mejor.
Yo en el dirigible poseía menos artillería, pues solo tenía balas y un par de misiles, por lo tanto lo tuve un poco más complicado. Por suerte, también disponía de fijador de blanco para mayor precisión a la hora de atacar. No sé si yo era bueno jugando a videojuegos de disparos en primera persona o qué, pero los esbirros del David Chánatos Invertido no supusieron un gran problema para mí.
Horas después, empecé a divisar el Teide y la base secreta del David Chánatos Invertido. Lo primero que pude ver fue un artilugio que disparaba rayos láser justo encima de la base. Deduje rápidamente que esa había sido el arma que utilizó para destruir la discoteca de Alfredo. Esperé a aproximarme un poco más, de manera que el blanco fuese un poco más amplio y resultara más fácil fijarlo. Cuando por fin lo pude hacer, me encargué de destruirlo usando uno de los dos misiles que tenía, de tal manera que el David Chánatos Invertido no lo utilizara más en el supuesto de que quisiera volver a atacar.
Tardamos algunas horas en llegar, sería como la una y cuarto del mediodía. Alfredo lo hizo media hora más tarde que nosotros porque tuvo que coger un taxi a la altura de la playa para llegar al volcán. Previamente, se encargó de repostar su vehículo turborizado para el regreso.
Una vez al pie del Teide empezamos a andar. La subida resultó ser bastante dificultosa por lo que tuvimos que ir con paciencia y mucho cuidado. Durante nuestro trayecto encontramos un pasadizo secreto bastante lúgubre por el cual nos metimos, ya que podía tratarse de lo que parecía ser un acceso a la base de mi malvado clon. Alejandra se agarró a Ramón porque le daba miedo. Fuimos accediendo a través del pasadizo y, a medida que avanzábamos, la atmósfera cambiaba. De repente nos encontramos con unas puertas. Había en total trece: seis a la izquierda, seis a la derecha y una al final.
—Esto nos va a llevar tiempo —dije. ¡Dividámonos! Que cada uno examine varias puertas. Si lo hacemos así, acabaremos antes.
—Bien pensado —dijo Ramón.
Abrí una de ellas y me metí en una habitación. Estaba muy sucia, parecía una celda de castigo cubierta de polvo, como si no la hubiesen limpiado durante semanas. Una vez dentro, oí una ensordecedora alarma. En ese momento pensé que el David Chánatos Invertido había detectado intrusos. La puerta a mis espaldas se cerró produciendo un sonoro golpe. La intenté abrir para escapar, pero fue inútil. Llamé a Alfredo al móvil para no pegar voces y que el David Chánatos Invertido no supiera que estaba ahí, aunque en ese momento tampoco sabíamos de qué instrumentos de detección disponía la base, como por ejemplo alarmas, ni cómo funcionaban los sistemas de seguridad, ni si habían cámaras de vigilancia, ni nada. El David Chánatos Invertido tenía unos dispositivos detectores de intrusos que estaban fuera de nuestro alcance y ninguno de nosotros lo sabíamos.
—Alfredo, se me ha cerrado la puerta, tío. No puedo salir. ¿Me echas una mano? —le pregunté tras invadirme el pánico.
—¿Y cómo crees que estoy yo ahora?
Las habitaciones, evidentemente, eran una especie de calabozos con puertas de seguridad que se cerraban automáticamente una vez había alguien dentro. Eran una trampa para quienes entraban, no para quienes miraban un poco por encima y si no veían nada interesante, cerraban la puerta. Nosotros, en cambio, habíamos sido más «listos». Miré por todas partes por si encontraba algo que me ayudara a salir de ahí.
Me fijé que en la parte de dentro de la puerta había un panel con números y letras, como si introducir una contraseña fuese la clave para abrirla. Acto seguido, encontré unos fragmentos de papel con palabras. Me agaché a recogerlos y así ver lo que ponían.
ESTADOS UNIDOS
39
ACTOR
POLÍTICO
Estaba tan bloqueado en ese momento que todos estos recortes para mí no tenían sentido. Supuse que tenía que buscar una contraseña para abrir la puerta y que los recortes eran la clave para ello, simplemente tenía que asociarlos de la forma correcta y dar con la solución.
«A ver; un actor, de treinta y nueve años, estadounidense…», pensaba tratando de buscar la solución.
¡No tenía ni la más remota idea! No sabía de memoria las edades de los actores americanos estadounidenses. Pero…, «¡espera!», pensé, me había dejado un papelito. POLÍTICO. En ese momento, creí que lo que necesitaba era buscar el nombre de un político o un actor de treinta y nueve años estadounidense. ¿Y si treinta y nueve fuese otra cosa y no la edad? Estaba hecho un lío, la verdad. Podían ser tantas cosas…
