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Durmió ciento siete años. Es decir, estuvo viva ciento siete años esta historia, devenida novela, en todo aquello que la escritora Cristina Palacio enuncia aquí. De carne y revolución o cómo arde un pueblo para poder vivir, tener vida, comer como un lujo después de respirar. Y nada más. Narra la autora, con una prosa realista, transparente, sin intrigas o dobles discursos, la gesta de hombres y mujeres, inmigrantes y criollos de comienzos de siglo xx, en Zárate, provincia de Buenos Aires, Argentina. Y la transita hasta nuestros días. Gesta y vidas que giran en derredor del trabajo en el Frigorífico Smithfield y —paradoja del tiempo— aquella miseria, aquel olor a mugre, carne y muerte hoy devenido en barrio privado, distingue a quienes lo habitan o concurren a él con ese mismo nombre, pero con una semántica que casi roza un oxímoron entre el pasado y el presente. Apenas una microestructura espeja aquel 1917 y libra una lucha eterna. La vida y la muerte en un equilibrio desquiciante, en la hostilidad de un paisaje de hielo y sangre, hasta el encuentro con cierta bonanza a través de las luchas y los años. Cristina Palacio nos hace sentir sin ser sentimental. Descarnadamente, en ese espacio sacrificial, está todo el esfuerzo de un colectivo desesperado por sobrevivir hasta llegar a la fiesta del Bicentenario de 2010. Apenas, un sabroso puchero que la autora nos invita a saborear con lenguaje exquisito y argentino. Alicia Melo Otoño de 2021
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Seitenzahl: 98
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Juan Pablo Rodoni.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Palacio, Cristina Marta
De carne y revolución / Cristina Marta Palacio. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
118 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-209-5
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Históricas. 3. Novelas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Palacio, Cristina Marta
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Volver a los veintitrés
La realidad y la miseria me oprimen y, sin embargo, sueño todavía.
Émile Zola
Se me presenta una dificultad al escribir estos párrafos. Es arduo leer y “criticar” esta novela porque la autora es mi amiga: ¿Cómo decirle que no me convence la ejecución de cierto procedimiento en la narración? ¿Cómo reconocer sus destrezas sin creer que es solo una adulación motivada por el cariño? Por esto, parto de la premisa: “El autor ha muerto”. Naturalmente, quiero que Cristina viva muchos años más, pero acá la necesito ausente, en la medida de lo posible. Voy a comentar como si no supiera nada de ella. Por otro lado, otro desafío que me propongo es despojarme lo más que pueda de las categorías literarias y de las lecturas preliminares, para limitarme sencillamente a comentar los sentimientos y las reflexiones motivadas en mí por esta novela.
Acabo de apuntar mi muerte, como crítica autorizada, para leer casi desde la ingenuidad, y (como buena lectora ingenua) conmoverme por la identificación con la obra. Es imposible no leer De carne y revolución sin experimentar cierta familiaridad, pero no porque vivo en Zárate, sino porque los que venimos de familias que vivieron acá sabemos que todos tenemos algún abuelo, tío, bisabuela, etcétera que trabajó en el frigorífico. Nuestra identidad es río, niebla, carne y papel como esta novela.
Pero nada serían el río, la niebla, la carne y el papel sin los trabajadores. Por eso, la identidad de esta zona es obrero-trabajadora. Imposible, entonces, no sentirse parte de la lucha de los veintitrés, aunque hoy las cosas sean muy diferentes. Como la narradora, Martina, somos espectadores de dos épocas distintas: la de los veintitrés, la que revivimos como outsiders (con todas las limitaciones que eso implica) en la lectura de estas páginas; y somos testigos de finales del siglo XX y del principio de este siglo. Por supuesto, es inevitable no notar el contraste. En esa comparación, recordamos con cierta nostalgia aquello que no vivimos. Yo, al menos, experimenté ese sentimiento al leer las historias de estos héroes con minúscula. Esa primera mitad del siglo XX es descrita en la novela con un romanticismo conmovedor, a veces desplazado por esa especie de naturalismo a lo Émile Zola (perdón la vaga erudición, sé que prometí que no se entrometerían las intertextualidades y las teorías) con el que se narran las penurias que atraviesan los que siempre son fieles a las buenas causas. Confieso que fantaseé con la idea de saber qué pensaría el personaje José sobre Carlos Menem y sus amigos o conocer la opinión de Antonio sobre el Gobierno actual.
Y si bien hay luchas, ya no sé si el sujeto revolucionario es el mismo; el obrero/trabajador de aquel entonces no es el de ahora. Cierto confort de la vida hipermoderna hace que algunos trabajadores estén más preocupados por cambiar de modelo de celular que por cambiar el mundo. Si bien Zárate hoy también se llena de personas de muchos sitios que buscan oportunidades, parece que ya se acabaron esos sueños colectivos. El bienestar individual ya no es solo cosa de “burgueses”. Para colmo, también están los otros, los que dicen representar a los trabajadores, que tanto nos recuerdan al Secretario asesinado en la operación Judas.
Y, como vemos, traidores hubo en todas las épocas. Esos que matan por la espalda, como el Lechuza. Porque los argentinos estamos acostumbrados a esta historia circular. A los Massera que se parecen a los Rojas, a los generales de la Triple Alianza que tienen algo del ejército Realista, y hasta a los Yrigoyen que tienen un aire a los Uriburu. Traidores sobran. Pero, así como los nefastos se parecen, los idealistas comparten rasgos símiles: ¿acaso no hay algo de Severino en Salvadora? ¿No se parece la carta de Valle a la que Walsh le escribió a la Junta Militar en 1977? ¿Acaso hay algo de Antonio en algún trabajador o trabajadora de Zárate?
Leer De carne y revolución es entender cuánto costó ese confort que la gente del country goza en la novela, pero que no quiere decir que actualmente todos lo tengan. Que se celebre el Bicentenario en la novela no significa que este país sea hoy una fiesta. Que el nieto de Klozich haya podido vivir mejor que su abuelo, no significa un triunfo si hoy hay gente que está viviendo peor que su antepasado. Quizás esto sí es una fiesta para los nefastos parecidos de siempre, que han enajenado el espíritu revolucionario; esos traidores que han despojado al pobre de su deseo de superarse, que incluso le han quitado el trabajo para que crean que necesitan de su caridad para poder vivir; esos que quieren convencernos de que nos alcance con cierta afirmación social (que nunca alcanzaremos), que aprendamos a convivir con la resignación, a vegetar, a ser mera carne. No nos conformemos; si la historia es circular: ¿Por qué no optamos por la desobediencia? ¿Por qué no volver a los veintitrés?
La Flaca Nuñez
Noviembre de 2022
Al recuerdo de los 23 de la Carne: Carmen Montesanti, Tillio Fernández, Juan Beroch, Pedro Tiberio, Domingo Valerio, Pedro Balboa, Hipólito Pugliese, Bartolomé Reniboldi, Miguel Di Paolo, Valerio Rouggier, Laureano Correa, Juan Correa, José Bruno, Pablo Toledo, Ramón Suárez, Eloy Urquiza, José Mansilla, Juan Belar, Evaristo Magen, Zacarías Galeano, Sebastián Martínez, Salvador Gianfelice y Teodoro Mangaski.
(...) es el prólogo de la tragedia que vendrá después.
Rodolfo Walsh: Tabú y mito. Osvaldo Bayer.
De carne y revolución
Cristina Palacio
Capítulo I
El puchero
25 de mayo de 2010
—¿Tenés algo donde apoyar la fuente? —me preguntó Inés. El vapor de las verduras del puchero le empañaba los anteojos. Con rapidez busqué dos tablas de madera, Ana ya traía la carne.
La mesa en que nos disponíamos a comer había viajado, unos cuantos años antes de mi nacimiento, desde Santa Fe a Zárate. Durante varios años fue la protagonista del comedor de mi abuela María. Cuando ella murió, la mesa quedó abandonada a su suerte en el galpón de la casa de mi padre. Tal como la abuela María, la mesa me resultó inolvidable. En nuestra nueva casa queda perfecta. Quizás sin ser consciente de mi interés por ella discutí bastante con el arquitecto, y así logré un living más chico y un comedor más amplio. Queda como la imaginé. Recuerdo que cuando la sacamos del galpón al patio y la vimos a pleno día, Valentín y yo nos miramos desesperanzados.
—Bueno, Martina, esto se arregla con voluntad. —Y luego a rasquetear, pulir, teñir, barnizar… Hasta Dani, el marido de Ana, participó de la contienda.
Amo esta mesa para ocho comensales casi siempre, otras para diez y algunas para doce, así de simple, según se agregan una o dos tablas en el centro. Esta idea de una mesa capaz de crecer y luego achicarse me hace pensar en la Argentina, en sus vaivenes, en un país para pocos —a veces—, que en algunas épocas crece y abraza, para luego volver a achicarse y dejar afuera a los más vulnerables.
Mi mesa, de madera oscura, con patas anchas y torneadas que nacen de una base cuadrada… Durante mi niñez fue el escondite preferido por mi hermano y por mí. Juntos ahí abajo inventábamos historias. Algunos días, éramos espías en un submarino ruso; otros, prisioneros de una bruja en una casa del bosque; y, casi siempre, la mesa era la guarida de malhechores perseguidos por policías.
Los chicos se levantaron de la mesa, habían arrasado con las empanadas, al puchero lo miraron con desconfianza, entonces, se fueron a jugar a la calle. En los barrios cerrados no hay que preocuparse por la seguridad.
Alfonso descorchó el vino y Dani, como siempre, empezó a picotear de la fuente.
—Gordo, esperá que estemos todos para empezar —lo retó Ana.
—Empiecen que ya me siento —dije, mientras traía una cerveza para Valentín.
—Puchero con cerveza, dejate de joder, y tomate un vino —Alfonso buscó mi apoyo.
—A mí me gusta con cerveza, ustedes tomen lo que quieran.
La comida estaba riquísima, todos coincidimos en que hacía años que no comíamos puchero.
—Yo creo que la última vez que comí fue en la casa de mis abuelos Klozich —dijo Dani.
—¿José Klozich, el que trabajaba en el frigorífico? —Valentín siempre interesado por la historia de Zárate.
—Sí, mi abuelo.
—¡No te puedo creer! Me acuerdo de él, yo era chico y un día entró a la despensa de mi viejo, bien vestido y con un bastón bastante raro.
—Sí, tenía dos, ese día, tal vez usó el de salir, el mango era de paraguas, lo había fabricado él.
—¡Qué raro, Valentín, que te acuerdes! —me asombré.
—Me acuerdo de que mi viejo le dijo a mamá: “A este señor no se le cobra. Es uno de los veintitrés”. Y, por supuesto, quise saber quiénes eran estos hombres.
Capítulo II
La primera huelga
13 de junio de 1917
Desde la canchita de fútbol un grupo de obreros miraba la niebla que se había apasionado del río. Eran trabajadores del frigorífico Smithfield, se los veía desconfiados. En Uruguay las huelgas habían fracasado: algunos carneros infiltrados en el Cerro de Montevideo, la fuerte represión policial más el miedo de otros a perder sus trabajos... Los diarios de la época, La Protesta y La Vanguardia, arengaban a los trabajadores de la carne a solidarizarse con los obreros uruguayos, con el fin de desbaratar las maniobras de la patronal.
Durante el mes de junio, varios intentos en Zárate dejaron algunos heridos. Solamente en La Protesta se publicó la noticia de las refriegas.
Tachos con cebo encendido apenas mitigaban el frío de la mañana, pese a esto los hombres hablaban enardecidos.
—Hay que terminar con el abuso de la patronal —decía el que parecía guiar al resto.
—No puede ser que se aprovechen del trabajo de las mujeres y los niños —agregó un rubio que había estado callado. Los demás lo miraron asombrados, hasta ese momento solamente venían reclamando jornadas de ocho horas, aumento de salario y que paguen doble las horas extras.
—No podemos seguir permitiendo los controles en los baños de las obreras —agregó.
Ya nadie entraba al frigorífico, y los pocos que no habían acatado la huelga, los crujiros, salieron a reunirse con el grupo. Entreverado entre los adultos, un chico de unos diez años, flacucho, de ojos curiosos, los miraba embelesado. Era José Klozich, quien junto a otros de su edad baldeaba el piso de la tripería, limpiaba la sangre y las entrañas de los animales faenados. Daba pena ver a esos niños mojados, con el frío en los huesos, que luchaban con escobas y mangueras por el intento de dejar el piso impecable, y así evitar reprimendas, o peor, ser despedidos. Muchos de ellos mantenían un hogar.
—La guerra en Europa hace que necesiten más de nuestro trabajo —dijo el rubio—. Los ingleses dueños del frigorífico están ganando mucha plata a costa nuestra. Y de esa pobre gente que lucha en las trincheras, y de sus pobres familias hambreadas.
—Molti di noi che siamo arrivati in Argentina un po di tempo fa, non sapiamo nulla delle nostre famiglie —dijo un italiano recién llegado.
—¡Hay que seguir con las huelgas! Ahora necesitan de nuestro trabajo, este es el momento de presionar a la patronal.
