De dolor carmesí - Miguelángel Flores - E-Book

De dolor carmesí E-Book

Miguelángel Flores

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El autor despliega con eficacia, gracias a su dominio del género, una gran variedad de temas y estilos que ponen de manifiesto su versatilidad dentro del microrrelato. La memoria, la ausencia, el amor, el trastorno mental… aparecen en sus textos a través del realismo, de la fantasía, del surrealismo… Relatos crudos, irónicos y de profunda sensibilidad, nos hacen dudar, en muchos momentos, de si estamos ante recuerdos, sucesos o ejercicios de imaginación. Su poder hipnótico atrapa al lector de forma suave, lo lleva de un microrrelato a otro, de la risa a la crispación, casi sin darse cuenta y sin importarle si está ante un alegato de denuncia o ante una mera alucinación, siempre reclamando la lectura de uno más.

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Seitenzahl: 98

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Colección Lenguas de Ornitorrinco

Miguelángel Flores

De dolor carmesí

A mi Toni, que es mi casa.

A mi familia, que es mi tierra.

A Pedro, Arantza y Asier, que sospecharon que yo hablaba una lengua de ornitorrinco.

A Pedro, de nuevo, ahora por cada lamparita encendida.

A Nino, que el primer día hablamos de corazón.

A Pablo, por reconocerme ornitorrinco. Y por su recibimiento.

A toda la familia microrrelatista, en la que soy feliz.

Al teatro, que me empuja a escribir hacia fuera. Y a su gente, que alguna también es mía.

A mis amigos, los de toda la vida y los de para toda la vida.

A Susana, que tanto me escucha, me lee y me aclara.

A Martuka, por la foto y todo lo demás.

A los Guerrero, mi otra patria.

A mis sobrinos, los hijos que nunca tuve.

Por último, a los hermanos que me faltan, que tanto nos faltan.

ADELA: No a ti, que eres débil. A un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.

Federico García Lorca. La casa de Bernarda Alba

El niño cazó todas las estrellas de la noche, las alondras blancas, las liebres azules, las palomas verdes, las hojas doradas y el viento puntiagudo.

Ana María Matute.Los niños tontos

Dicen que se puede conocer la edad de un árbol contando las anillas concéntricas del tronco, aunque, para poder verlas, hay que cortarlo

Manu Espada.Personajes Secundarios

Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella.

Julio Cortázar. Rayuela

Ellos dijeron: “Te has vuelto loco por causa de aquel a quien amas”.Yo dije: “El sabor de la vida es solo para los locos”.

YÂFI’Î Raud al rayâhîn

Huevo de mármol

Mi madre tenía en la caja de la costura un huevo de mármol, que utilizaba para zurcir calcetines. Me gustaba mirarla mientras lo hacía. Ver cómo lo ocultaba era como si fuera a hacer magia. Un día me dijo que dentro había un pollito por nacer, que, acercando la oreja, podría oírlo. Y así fue: pio. Entonces comencé a estar siempre pendiente del cascarón marmóreo.

Una mañana la sentí contarlo por el patio de luces, entre risas. Desde ese momento dejé de sentarme con ella a verla coser. Pero estuve mucho tiempo asomándome al costurero para ver si había cría.

La vida ahogada

A Guri y a La Microbiblioteca.

Nos suicidamos una y otra vez y seguimos vivos y perplejos. Nos hemos ahorcado, cortado las venas, disparado en la sien. Llegamos a lanzarnos desde azoteas, precipicios, a los trenes, del puente, al río para que nos llevara. Y nada. Lo último ha sido tirarnos desde un acantilado al mar con una piedra atada a los pies. Pero ni aun así. Es duro y esto tampoco es vida ni muerte para nadie. Y menos para una familia típica y asfixiada. Aquí en el fondo, mi mujer no se mueve cuando la miro para hacerse la ahogada y no preocuparme. Pero yo sé que respira sin hacer burbujas. El grande, que está en la edad del pavo, no me angustia demasiado, todo lo vive a su manera; y que por lo menos se está fresquito, dice, mientras ve pasar las medusas tumbado en el coral. Pero el pequeño, ese me rompe el corazón. Lo miro intentando pegar sin parar los cromos del álbum, que con tanta humedad no hay forma de que se adhieran, y su empeño me hace llorar y llorar de tristeza. Aunque con el agua salada no se nota y, encima, parece que ni tan siquiera el llanto aquí consuele.

Beso pendiente

Conseguimos llevarle más allá de las nubes, decía el anuncio. Fui hasta la dirección que indicaba. En la puerta me atendió una joven amable, pero ni guapa ni fea, que me condujo hasta el patio de atrás. Herminio, que así se llamaba, era un gigante de los de toda la vida, para que me entiendan, y se hallaba sentado en un taburete diminuto, aunque de tamaño normal. Le conté cuál era mi deseo y él me respondió con una sonrisa de barca. Con delicadeza de merengue me subió y subió, poniéndose de puntillas, hasta el cielo. Entonces, cuando por fin la vi, le di el beso último, el que no pude darle antes de irse, y que me tenía obstruido el conducto del querer. Al acompañarme de nuevo a la puerta, la muchacha ya no me pareció ni fu ni fa.

Tela de araña

El beso de la mujer araña no era una película de superhéroes, como creyó mi hermana, que me llevó al cine de verano. No había mujeres araña. Ni hombres araña. Ni siquiera arañas araña. Y beso solo recuerdo uno. El que se daban los dos presos. Por entonces, yo no sabía que eso se podía hacer. Aunque tampoco que no se podía.

Al rato de llegar, su novio se fue al lavabo, que estaba atrás de todo, por donde lo oscuro. Y después, ella. Que no me moviera de allí, que enseguida volvía. Pero volvió más tarde que enseguida. Y peor. Mi hermana ya no traía colorete de vuelta. Ni pintalabios. El vestido tan bonito parecía ahora de estar por casa y se había recogido el pelo en una cola. Volvió como si viniera de limpiar los azulejos de la cocina. Detrás llegó él. Serio. A partir de ahí ya no le pasó el brazo por encima. Ni se miraron más.

Cuando llegamos a casa, me encerré en el lavabo, y me lie la toalla en la cabeza, como había hecho el de la película. Me estuve mirando mucho rato en el espejo. Hablando con un amigo imaginario, pero preso, y fumándome un cepillo de dientes. De pronto, mi hermana entró llorando, creyendo que no había nadie. Era lo malo de no tener pestillos en casa. De llorar paró en seco para decirme que qué hacía así, que si estaba tonto o qué y que si mi padre me veía, me mataba. Ahí me vino a la cabeza lo de los azulejos y eso y, cogiéndole una mano, le pregunté que si lloraba por haberse peleado en el servicio con su novio cuando tardó tanto en volver. Entonces, arrancó de nuevo a llorar y me abrazó, sin quitarme la toalla ni nada. Y yo no sé por qué, me acordé de la película y me imaginé, así tan juntos y apretados, iluminados por la luz oscurilla del romi, que nos había atrapado a los dos una araña en su tela. Y que nos estaba envolviendo con su hilo. Para comernos o querernos más tarde.

Llamamiento de los abismos

En el fondo de los pozos y los patios de luces, en los andenes, en lo hondo de los puentes y los precipicios, hay siempre una insinuación, una invitación sombría, un canto de sirena que repite claramente tu nombre. Muchas veces lo notas. O casi lo intuyes, lo presientes. Es solo un instante. Pero decisivo. Por eso, si andas cerca, si estás junto al borde, debes aferrarte a los sonidos cotidianos que te rodean para no sucumbir. Agarrarte con fuerza a la baranda, al alféizar; hincar los pies en el suelo para no dar el paso. Y vigilar, sobre todo vigilar a quien tengas a tu lado, no olvides que la llamada les llega a la vez a los otros. Y podría ser que alguien más también esté oyendo precisamente tu nombre.

Puntadas sin hilo

Habría cogido alguna vez un hilván de pespuntes perfectos, si le hubieran dejado. Se embelesaba observando cómo daban puntadas en la tela. Le serpenteaba la lengua entre los labios intentando conducir las agujas de sus manos. Venga, vete un rato a darle patadas a un balón, soltaba cualquiera de las vecinas. Entonces bajaba la cabeza y era ella la que contestaba: no, es que no se encuentra hoy muy bien para irse a correr. Y sabía que eso era todo lo que su madre podía hacer por él. Eso y dejar el costurero a su alcance cuando se ausentaba de casa.

El niño lírico

Como si lo despertaran bruscamente de un manso sueño, al sacar la cabeza del fondo de su madre, y tras un instante de perplejidad, rompe a llorar. Y no dejará de hacerlo sin parar hasta ocho horas después, cuando los médicos crean hallar el motivo de tanta llantera ininterrumpida. Al hacerle pruebas y radiografías, descubren que tiene los conductos de la tristeza demasiado dilatados para su tiempo. Por lo que, temiendo que se deshidrate ante tamaña pérdida de lágrimas, para taponar y contrarrestar, le colocan provisionalmente unos diques de risa y otras emociones, también contenidas. Que cuando tenga edad suficiente para el desconsuelo, ya se irán deshaciendo como terroncillos de azúcar, afirma susurrando la comadrona. La mamá, que lo vela serena y complacida, no dice nada, pero a su hijo solo le salvarán los versos. Pues sabe que, en realidad, padece lirismo congénito y, como el padre, será poeta.

Nada se muere del todo

A Mariano Zurdo, que siempre será el primero.

Cuando sube a la azotea a tender, encuentra toda clase de mensajes y notas con proposiciones, casi nunca decentes, prendidas con pinzas en su tendedero. Ella los lee curiosa y divertida, y luego los hace cachitos para lanzarlos desde la azotea y mirarlos caer temblando, como si intentaran sostenerse en el aire. Pero esta mañana ha habido uno que no ha roto, que le ha volteado el pecho. El mismo en el que se lo ha guardado. Al bajar lo ha releído. Y ha comparado la letra. Entonces, aun convencida de que eso es imposible, no deja de buscarle la mirada, que él ni esquiva ni mantiene, mientras lo lava y lo peina para luego sentarlo en su silla.

Nunca en lunes

El lunes no es el mejor día de la semana para morirse, acude poca gente a los velatorios. Todo el mundo encuentra excusas. Nadie está preparado para llorar por nadie en una jornada de por sí lamentable. Bastante tiene cada cual con sobrevivir, sobreponerse a su propia congoja sin renegar del trabajo. O no renunciar, en un ataque de miseria interna, a la vida que le ha tocado en suerte. Sí, siempre es preferible fallecer lo más próximo al viernes; cuando todos comienzan de nuevo a estar satisfechos de su destino, casi exultantes, y no les importa acercarse, sacrificar un rato de su dicha y tributar unos lamentos de nada por la pérdida de algún pariente ajeno. Así que, por su bien, por mucho que lo deseen, siempre, siempre deberían aguardar los suicidas, como poco, a que llegue el martes por la mañana. Ellos que pueden.

El señor Wifredo