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Un productor y director de cine desea hacer una película de una novela llamada De gatos y deseos; por ello, llama al autor para crear un guion que mantenga la unidad y la poesía del texto original. Se suman dos libretistas extrovertidos y conocedores, y una actriz que pugna por conseguir el rol protagónico. En la interacción cotidiana, en la labor creativa, se establece entre ellos una relación que les permite ir presentando sus conflictos, las preguntas sin respuesta e, incluso, algunas que buscan su pregunta. Cada uno deberá enfrentar su propia batalla. Siempre hay algo de impredecible en las conexiones humanas y, puesto todo sobre la mesa donde se trabaja el guion, ¿arribarán a buen fin o terminarán enredados en sus limitaciones? La invitación es a recorrer la historia para descubrir, finalmente, dónde nos ubicamos en la eterna lucha entre el deseo que nos mueve y las cargas oscuras que tiran para atrás. De su resultado dependen la amplitud de la vida y el vuelo de nuestra imaginación.
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Seitenzahl: 198
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Corrección: Ana Lucía Agüero
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Wuerich, Daniel Omar
De gatos y deseos, la película / Daniel Omar Wuerich. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
232 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-409-9
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Wuerich, Daniel Omar
© 2023. Tinta Libre Ediciones
De gatos y deseos, la película
1
Miércoles 4
El móvil llama insistente; espía la pantalla: número con característica de la Capital. «¡Bah!, un spam, algún telemarketer trasnochado». Ceba el mate, enciende un cigarrillo, concentra su mirada en las acrobacias de una mosca que persevera cerca del cielorraso. Nuevo llamado. Frente a él, la notebook muestra una página en blanco, un relato sin título ni texto; pareciera que las musas andan distraídas o, tal vez, ahogadas por la inercia o el desgano otoñal o el viento norte que barre hojas secas y ánimo. Otra llamada. Y, para completar el cuadro, el mundo irrumpe con la estridencia propia de los mercaderes, berridos demandantes que destruyen cualquier inspiración; qué difícil resulta todo. Nuevo llamado, el número se reitera —extraño—; decide atender:
—Hola…
—¿Franco D’Amico?
—Sí, el mismo.
—Buenas tardes, soy Javier Quinteros, productor y director de cine.
—Un gusto, qué tal.
—He leído De gatos y deseos; me sorprendió.
—¿Por afecto o por defecto? —arriesga, titubeante.
—Digamos que tocó fibras íntimas; me subyugó la historia, el ritmo, la sucesión de hechos; muy visualizable.
—Oh, gracias; en realidad, te confieso que cuando escribo, veo a los personajes inmersos en la acción y, si me apurás un poco, hasta los actúo, je, je, je.
—Típico caso de personalidad múltiple, ja, ja, ja.
—Totalmente; es parte de mi neurosis y facilita la narración.
—Cada cual con lo suyo… Preguntarás para qué te hablo… Mientras leía tu novela, de un tirón y en un par de días, me hice la película; es decir, armé el filme de punta a punta.
—¡Epa!, te pegó fuerte.
—¡Sí!, bastante atípico en mí; por eso me comunico…
—No estaría entendiendo.
—¡Quiero materializar el proyecto, hacerlo real! Por eso busco tu colaboración, para transcribirla al lenguaje cinematográfico.
—¿Cómo sería?
—Trabajo con un par de libretistas veteranos en estas lides, compartirían labor; vos brindarías tu visión de autor, manteniendo el espíritu y la unidad del texto.
—¡Ah, fantástico! Me encanta la idea.
—Primero, pregunto: ¿podrías venir aquí, a la Capital? Nos reuniríamos para acordar las condiciones y, si coincidimos, arrancamos en el acto.
—Sí, creo que no habrá inconvenientes…
—Dame un par de días para organizar todo, y te sugiero que vayas preparando tu cabeza, no somos gente fácil.
—Ya tendré tiempo para arrepentirme; por lo pronto, aquí estaré… y prometo atender al primer llamado.
Cuando corta, siente temblar sus manos. Enciende un cigarrillo, ceba otro mate, lo toma en dos sorbos y lanza un grito de alegría que sobresalta a la mosca, empujándola a huir por la ventana.
2
Al anochecer, en tanto aguarda al repartidor de la pizzería, sirve una copa de vino tinto —el buen Malbec propio de los grandes festejos—, pensando el curioso modo en que se dan las cosas. Está claro, nada es casual, siempre puede adivinarse por detrás una secuencia de acciones, pequeñas o grandes, que conducen hacia un determinado final; sin embargo, a regañadientes, debiera admitir en algún grado la intervención de eso llamado azar o destino, indescifrable ente del que, sin embargo, descree en sus momentos intelectuales.
Su relación con la literatura comenzó muy temprano. Aun antes de aprender a leer solía imitar a su padre, viajante de comercio obligado a pasar la mayor parte del tiempo fuera de la casa pero que, en los escasos momentos hogareños, se acomodaba bajo el limonero, con el mate, los cigarrillos y uno o varios libros. Así, pues, quedó establecida su conexión con lo literario, el ansia que todavía hoy lo empuja a curiosear en las librerías hasta encontrar Fausto, Los pasos perdidos, El banquete, Abadón el exterminador o cualquier otra obra que deseaba leer sin saberlo a priori, descubriendo de pronto la razón de su búsqueda (¿o la búsqueda de su razón?); es un ejercicio de paciencia, de ferviente tranquilidad, sin el apuro por la compra intempestiva de aquello que, según los “entendidos”, representa la moda de la época. En plena adolescencia, y aún en su juventud, digería todo lo que caía en sus manos, sin distinción de autor, temática, época; no importaba, la cuestión era leer, atosigarse texto tras texto; podría parecer compulsivo, pero, en realidad, conforma aún hoy una faceta elemental de su vida.
Allá por los once años, aguijoneado por pasiones y preguntas, intuyó que si lograba ponerle palabra a sus sentires, es decir, cruzar de la pasividad lectora a la actividad escritora, lograría dominar los fantasmas acechantes de su almohada: el amor intenso, callado hacia esa compañera tan linda y distante, las aventuras imposibles, su dificultad para comprender un mundo en el cual le costaba encajar, la soledad de una casa donde carecía de contención; y no es que fuera malquerido o destratado, simplemente nadie allí se detenía a escuchar sus cuitas o sentimientos varoniles (el padre, por ausencia, la madre por incomprensión), destino que lo arrojaba solo a un afuera grande y ajeno. Sus cuadernos iban llenándose de prosas, aforismos, sensaciones puntuales que, leídas más tarde, dejaban traslucir un sendero de migas de pan hacia algo etéreo, inefable una y otra vez, y que solo después, ya adulto, pareció ir encontrando; aunque, a decir verdad, nunca logró traspasar cierta superficialidad, un mero asomarse desde el umbral. “La mayor parte de los acontecimientos son indecibles; se consuman en un ámbito en el que jamás ha penetrado palabra alguna”, enfatiza Rilke, que algo sabía de todo esto.
Adolescencia arriba, esquivó el ingreso a los corredores de la poesía, temeroso de quedar atrapado en su laberíntica profundidad, en la desnudez e indefensión asociada a ella, porque no admite los disfraces, las máscaras que usamos para ocultar nuestros sentimientos más profundos e íntimos; exige una honestidad brutal, la subjetividad puesta en jaque a cada instante, en cada palabra. Alguna vez supo plasmar versos aislados, pero le faltaba la fuerza necesaria para la desestructuración; la libertad, asociada a la emoción, asusta cuando nos sentimos desarmados o vulnerables.
Tras varios tanteos y dudas, buscando un lenguaje propio, comenzó a bosquejar cuentos con personajes bastante desafortunados, sumidos en pequeñas contrariedades, una rutina plagada de saltos, fisuras, desasosiegos; hombres y mujeres a los que el espejo les devolvía cada vez una imagen imprevista, un rostro diferente del habitual, enredado en esa frontera que divide la supuesta realidad objetiva de la vivencial. Disfrutaba con ellos; una alegría contenida surgía cuando, tras un inicio enrevesado, lograban escapar de las grandes desgracias para renacer o, al menos, romper el esquema y alcanzar un nuevo rumbo. No siempre eran finales felices, pero sí lógicos, sustanciales. Pese a alguna reticencia de su parte, editó un libro con buena acogida; esto facilitó el camino para los tres siguientes.
Pero, pensaba en aquel momento, la novela es un territorio complejo, de otra magnitud; requiere una elaboración multidimensional, lejana a la de sus breves crónicas en las que todo sucede en unas pocas líneas y calma su ansiedad casi al mismo segundo de nacida. Cómo imaginar una historia lo suficientemente rica y comprometida para justificar la zambullida. «Tengo piernas cortas, poca paciencia y la prudencia suficiente, no me arriesgaré al salto».
Sin embargo, todo cambia, él ha cambiado. Hoy, a sus cuarenta y ocho años, recibe un llamado que marca un impensado reconocimiento para lo que considera su primera gran obra; sobrepasa sus mejores expectativas y planta un mojón, la posibilidad de creer y creerse un verdadero hacedor, más allá del mero relator que siempre supuso ser.
3
Viernes 13
Cuando Javier Quinteros avisa que lo espera a la brevedad, le ofrece un pasaje aéreo: “Volás el mismo día, en una hora estás aquí”. Franco responde que prefiere el llano, la seguridad de viajar a ras del suelo; los aviones meten miedo, tan pterodáctilos volando con su vientre lleno de personas, valijas, encomiendas y quién sabe cuántas cosas más, a una altura invivible, desafiando toda lógica. “No, no es para mí, sin dudas”, se dice, sintiendo sus pies firmes sobre la bendita tierra.
Empieza mal: la partida, programada para las 23, se demora sin una razón concreta, al menos para los pasajeros que ven, preocupados, cómo los choferes van y vienen desde y hacia la boletería, hablando entre ellos y con un hombre de corbata, serio y con aspecto de supervisor, gerente, inspector o funcionario. Apenas salen de la terminal de Córdoba —una hora más tarde de lo previsto—, tormenta. En principio, una llovizna suave, delgada, casi amable; ya en la autopista, rayos, relámpagos, truenos y el viento, un viento sur iracundo, desbocado, que arroja manotazos sobre el costado del ómnibus, provocando el bamboleo intimidante del piso superior; un nudo apretado en la boca del estómago.
La cortina de agua, ahora gruesa, turbia, insiste ruidosamente contra las ventanillas en su afán de entrar por la fuerza. Franco, en duermevela, se ve en un barco pesquero frente al desafío del mar abierto, encrespado, donde aguas de una oscuridad fría aguardan expectantes, deseosas de sumirlo en sus cuerpos bullentes, lejos de hombres, puertos y salvación. La proa choca una y otra vez contra el muro de cada ola, el viento líquido golpea con violencia los pocos pensamientos que se aferran con dedos crispados a la barandilla de la borda. De repente, en un parpadeo, el barco desaparece bajo sus pies y solo queda él a flote, contemplando incrédulo cómo la espuma lo envuelve, le muerde la carne, cubre su rostro mientras que algo —¿o alguien?— agarra sus piernas y lo hunde en cámara lenta, más y más, hasta el fondo rocoso donde aguarda el gran tribunal. Le urge declarar, su destino depende de ello, pero cómo hacerlo así, sumergido, sin posibilidad de abrir la boca; rostros escondidos en la oscuridad clavan su mirada en él, le advierten que su tiempo se agota, no hay salida, ninguna, apenas ahogarse en silencio...
Despierta agitado. Trata de acomodar el cuerpo, saber dónde está, comprender este espacio laberíntico lleno de asientos, con luz tenue y rostros desconocidos que duermen o simulan dormir; ¿cuál es la realidad?, ¿qué hace aquí? Entonces, gira la cabeza, mira la ventanilla, las gotas agresivas contra el vidrio, el cielo oscuro fragmentado por largos rayos que se repiten en una sucesión desordenada, la profunda negrura entre un flash y otro; aspira hondo e intenta tranquilizarse: «Solo es una tormenta, estoy camino a la Capital, quieren hacer una película con mi novela; todo está bien, muy bien». El reloj del celular indica las 2; cómo es posible, apenas un par de horas de viaje; debiera admitirlo, Einstein y Johnny Carson tienen razón: el tiempo es relativo, incierto, una quimera.
Permanece un rato inmóvil, controlando la respiración; el sudor baja por su frente, aunque nota que, como es habitual, el aire acondicionado está un par de grados por debajo de lo adecuado; mejor, el aire fresco repondrá la calma. Piensa: «Es horrible ser juzgado, pero es aún peor bajo el agua, en un territorio tan extranjero. Además, quiénes conformarían el jurado: Poseidón, Neptuno, Nethuns, Jemanjá, las Nereidas, alguna Náyade extraviada. Qué locura, debo dormir». Sabe que no podrá, la ansiedad lo ha prohijado, comparte su asiento y no cesa de murmurar presagios sombríos.
Por suerte, el ómnibus entra a un parador, se detiene. Pregunta a los choferes si estarán un rato allí: 15 minutos, noche difícil. Aprovecha el alero de chapa para guarecerse, enciende un cigarrillo, agradece el aire húmedo que ayuda a despejarlo. Cuando retoman la marcha, el viento ha parado, llovizna desganadamente; el resto del viaje será tranquilo, largo, muy largo para un Franco incapaz de conciliar el sueño. Arriban pasadas las 10. Habla con Javier; quedan en encontrarse en un bar para desayunar.
4
Sábado 14
No es fácil ser el hijo del medio y, más aún, cuando los otros poseen cualidades distintivas; Javier Quinteros lo descubrió a los cuatro años con el nacimiento de Esteban. Mauricio, cinco años mayor, era su modelo, firme y aplomado, con la seguridad suficiente para mantener largas charlas con la madre o, incluso, discutir con el padre casi de igual a igual; protector de su hermano menor, por momentos condescendía a compartir algún juego o enseñarle “cosas de la vida”. Esteban, en cambio, traía algunos problemas de salud, menores —es cierto—, pero lo suficientemente llamativos para transformarse en el foco de atención materna, el epicentro de sus cuidados. El padre —neto hombre de negocios— apenas pasaba ratos en la casa; se marchaba temprano, regresaba tarde, hablaba poco, prestaba escasa atención a los hijos; a su modo de ver, eran responsabilidad “exclusiva” de la madre. Una familia tradicional, podría afirmarse, si es que tal expresión significa algo más que la descripción sintética de un estado de cosas, obviando cualquier análisis o valoración.
A medida que creció, fue tomando conciencia de la estructura hogareña; supo, así, que debería acomodarse a la realidad y al mundo con sus propias herramientas. Cinco años de diferencia, en ciertas etapas, son condicionantes, marcan una distancia insalvable en cuanto a gustos, búsquedas y compañías. Mauricio lo cuidó y protegió durante la escuela primaria, le dio su apoyo, cumplió el rol de guía y mentor pero luego se alejó, empujado por sus propios intereses, y solo más tarde —ambos ya adultos— volvió a tener cierta cercanía aunque limitada por sus continuos viajes de fotógrafo naturalista. Con Esteban nunca llegó a tener una buena conexión, quizá por celos, desavenencias infantiles o, tal vez, debido al cerco creado —sin saberlo— por su madre.
Rodeado por este contexto, avanzó construyendo su vida a tientas, a ensayo y error, entre la utopía y lo posible o, al decir de su amado Pink Floyd, “entre la niñez y el estrellato”. Tuvo períodos difíciles, de distanciamiento y enojo, de un resentimiento gris, opaco, cuyo legado fue una expresión apenada en su rostro, un dejo de melancolía o blanda tristeza. Eso sí, nunca perdió la capacidad creativa ni la alegría que le despertaban un simple paisaje cristalino o la consecución de una escena perfecta; en alguna medida, esto lo salvó o, por lo menos, sirvió de aliento para continuar. Solía decir: “Mi vector existencial tiene dirección, sentido y yo debo darle la magnitud, es así de simple”.
Estudió cine, se codeó con gente conocedora, laboró para granjearse la simpatía de algunos productores y directores y, de este modo, ingresó al reino. El proceso fue lento, cada paso costaba un Perú, hasta que le concedieron el premio nacional por un cortometraje. Se abrieron algunas puertas, filmó un par de películas, produjo otras menores y, desde entonces, continúa su marcha con los vaivenes inevitables dentro de un sistema en el cual importa menos el arte que la rentabilidad; la “industria cultural” mutó hacia el negocio liso y llano.
De gatos y deseos se presentó a su ánimo en el instante preciso, produjo una revuelta, sin saber a ciencia cierta por qué o cómo. Luego de leerla, se instaló como permanente inquilino en su cabeza, bisbiseando una letanía imposible de ignorar. Impulsados, quizá, por su propio anhelo de pasión, sus pensamientos iban y venían sobre los personajes, la historia de ese amor impropio sentenciado a priori, el gato — protagonista absoluto—, único, capaz de exponer sin tapujos ni culpa el placer de su naturaleza felina. «El destino me enfrenta, estoy obligado: debo darle otra sustancia a la novela, hacerla imagen y acción, desnudar el deseo».
Sentado en el bar, con el escritor frente a él, Javier Quinteros explica:
—La cuestión es centrarse, acortar plazos; lo ideal: un par de semanas para completar el guion; ¿entendés?
—Sí, claramente. ¿Cuándo me reuniría con tus libretistas?
—A la tarde, sin falta.
—¡Perfecto! Ahora, como verás por mi aspecto, necesito ducharme, descansar un rato, acomodarme.
—Quedamos así, entonces. Tomá las llaves, el departamento está arriba, en el quinto piso. Aquí podrás desayunar y comer, va por cuenta de la producción. Cualquier cosa, no dudes en llamarme.
—Bien, creo que surgirán algunas preguntas, ya hablaremos con mayor tranquilidad.
—Sí, seguramente. Estoy medio atosigado con reuniones, pero dispondré de un espacio para ello; me interesa hacerlo. Nos vemos.
5
Contra su costumbre, Franco duerme casi una hora luego de bañarse. Por más cansado que se encuentre —aun después de una noche insomne—, evita los reposos diurnos porque suele levantarse embotado, con un desgano turbio, invasivo, cuyo resultado es pesadez y mal humor. Curiosamente, en esta ocasión no sucede así: despierta de buen talante, aunque lamenta haber olvidado su equipo de mate; ante la falta de alternativas, baja por un café. Desde el bar, contempla la avenida bulliciosa, pletórica de autos, motos y ómnibus, con cientos de personas ocupando las veredas en el ajetreo habitual de cualquier sábado al mediodía y, como en un insight, toma conciencia de su presente: “¡Me encuentro en la Capital porque un productor quiere llevar mi novela al cine!”. Es increíble, cómo sucedió supera sus fantasías más delirantes. Sonríe aturdido, una profunda alegría inunda su cuerpo, le insufla un golpe de energía extra, lo conmueve. Necesita salir, caminar un poco, aligerar la emoción.
El día es gris, húmedo, fresco. Vaga sin rumbo prefijado, abandonado al ritmo colectivo, siguiendo los pasos de la muchedumbre, con sus sentidos muy abiertos para absorber el aliento urbano, el espíritu de esta ciudad nueva para él. Sobre todo —eterno buscador de personajes— su atención se fija sobre algunas figuras con características particulares: el que toca la guitarra y canta (bastante bien) en la esquina, los niños que limpian parabrisas entre verde y verde, el changarín que lleva cinco cajones con verduras en un carrito destartalado, la piba que desde la puerta de una tienda ofrece “prendas importadas, de primera”, las dos señoras detenidas a mitad de la vereda conversando animadamente y ajenas al entorno, los malhumorados que avanzan presurosos mientras hablan por el sin manos, gesticulando enfáticos, chocándose con aquellas señoras, insultando por lo bajo, para seguir con igual exacerbación.
Además, los que se detienen ante cada vidriera sin entrar a ningún local —mirada deseosa, semblante contrariado—, quienes esperan en largas colas un ómnibus, los taxistas que conversan y ríen a los gritos en la parada y, ya cerca de Plaza de Mayo, una mujer-estatua, una Afrodita latina bellísima, con su túnica blanca, largos cabellos negros, un brazalete de flores y la sonrisa, apenas marcada, sensual y ligera. Y todo esto con un son de fondo que entremezcla los vehículos, el murmullo de la gente, el golpeteo en las obras a medio construir, un martillo neumático ocupado en romper un sector de la calzada, el viento leve sibilante entre los árboles y contra las fachadas de edificios del siglo pasado, llenos de recovecos, donde las palomas descansan y contemplan el paisaje. Ópera urbana para miles de voces e instrumentos no convencionales; armónica desarmonía.
Es difícil sustraerse al ambiente, centrarse en alguna de las facciones de tanta ciudad; quizás el único modo de presentarla sería una versión cubista, un texto con frases sueltas, dispuestas de diversa manera dentro de una lámina que, también, debiera tener colores, aromas, sonidos. Recordando Las ciudades invisibles se pregunta: «¿Cómo la describiría Marco Polo para Kublai Khan?».
«El otoño me hipersensibiliza», piensa acomodado en un banco de Plaza de Mayo. “Los estímulos llegan crudos, invasivos en su desorden, y, al final, provocan esta sensación recurrente de que, más allá de mis esfuerzos, algo siempre se terminará escapando: es imposible una síntesis que abarque la totalidad. Somos una historia en perpetua construcción, de paso entre un antes y un después desconocidos, recreándonos mientras caminamos a través de la bruma”. Surgen unos versos, escritos en su juventud: “La ciudad como signo / como sueño despierto / rostro facetado / de nuestro propio existir”. Ahora, su existencia lo tiene aquí para darle otro vuelo a su novela; es increíble.
Mira la hora en el celular: debe almorzar, regresar al departamento. Los libretistas llegarán en un rato nomás.
6
Maxi y Fede aparecen pasadas las 16. Cuarentones, de aspecto jovial, aplomados. Conocedores del oficio, sostienen:
—Conservaremos la calma, sin enloquecer por los plazos, ya que no solo son flexibles sino relativos, como todo y todos.
—Pero Javier Quinteros dijo…
—Restale importancia, Franco, siempre dice lo mismo; trabajaremos sin apuro ni ansiedad —asegura Fede.
—Entonces, ¿cómo nos manejaremos?
—Vamos a jugar un poco con el texto, a nuestro ritmo; en definitiva, se trata de un cambio de lenguaje, nada demasiado complicado, considerando que tu novela es bastante descriptiva en muchos aspectos.
—Y que nosotros somos capaces, cerebrales, cómplices, confiados, consecuentes, creídos, cultos… —asevera Maxi.
—¿Qué decís…?
—En mis ratos libres hojeo el diccionario; voy por la letra c, como corresponde completadas a y b.
—Calla, compañero —corta Fede.
—¿Continuamos?
—Claro, claro.
—Concretando: tendrán que enseñarme cómo es la transcripción a lo audiovisual.
—Ah, es fácil, enseguida caerás en cuenta —dice Fede.
—Gracias, salta a la vista que saben manejar estas cuestiones… La pregunta inevitable es ¿qué papel hago yo, para qué me necesita el productor?; ni siquiera soy un allegado o amante del cine.
—Ni crítico ni cinéfilo —comenta Fede, contagiado.
—Cabe considerar tus criterios estéticos, alguna sensibilidad artística debés tener… Che, Fede, ¿los escritores hacen arte? —pregunta Maxi.
—¡Ah, no sé! Es gente extraña que se dedica a relatar las historias de otros como hipotéticas ficciones; para mí, son chusmas, vecinos que viven espiando detrás de las cortinas.
—Sí, eso es; pienso igual.
—Entonces, no estoy de acuerdo…
—Yo tampoco, en realidad.
—La idea de Javier Quinteros es mantener el alma del texto, la poética, que trasunta en muchos lugares, y la dinámica interna; vos participarías en este aspecto. Al menos, es lo que entendimos. ¿Verdad, Maxi?
—Si usted lo dice, colega, ha de ser así. No tengo una opinión formada y, si la tuviera, creo que callaría; aunque, si se me diera por decirla, es posible que no la comprendieran o, si llegaran a comprenderla, sería malinterpretada…
—¡Alto!; paremos el divague.
—¡No me coartes la libertad de expresión!
—A veces sos inaguantable, querido. Por otro lado, últimamente anda medio raro el hombre, como si su mente no estuviera donde él.
—¿Quién, yo? —pregunta Maxi, tocándose la cabeza.
—Javier Quinteros; a él me refiero —bufa Fede.
—Bueno, son momentos, habrá que tomarlo como viene; por lo pronto, podríamos ir echando una ojeada, como para desempolvarnos —dice Franco.
—Totalmente, manos a la obra.
—En sentido literal y metafórico, por supuesto —acota Maxi.
—Arranquemos, pues.
Recostado en un lecho que ahora se abre con la inmensidad de un páramo, Martín escucha el silencio que envuelve la casa; afuera, sobre el jardín, los árboles y las calzadas desiertas, ráfagas de viento norte barren papeles, hojas muertas, pasos apresurados. Constanza se marchó hace media hora, olvidando sus aros en la mesa de luz; son largos, sutiles, con una piedrita verde de brillo extraño; le gustan, hay algo sensual en ellos. Las penumbras ya ganaron los rincones, el atardecer es un cielo gris oscuro, profundo, con nubes acechantes que presagian una noche inquieta, tormentosa. A los pies de la cama, enroscado sobre el cobertor, el gato permanece inmóvil, las patas delanteras recogidas bajo su cuerpo, encerrado en sí mismo.
Así comienza la novela, así van adentrándose en la historia. Los libretistas dicen que una forma de crear suspenso es iniciar el relato a la mitad, con la mesa ya desplegada, aunque —ahí está la gracia— todavía nadie sabe cuál es el menú ni qué platos serán servidos.
Las siguientes tres horas son de trabajo, acotaciones, agregados, cambios en algunos tramos, comentarios al paso. Congenian bien; la tarde pasa veloz.
Antes de irse, le preguntan si necesita algo en particular: “Un equipo de mate, yerba y azúcar”, dice Franco sin pensarlo dos veces. Le prometen todo para mañana.
7
