De la A a la Z - Rodrigo Martínez Baracs - E-Book

De la A a la Z E-Book

Rodrigo Martínez Baracs

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Beschreibung

Es una obra colectiva publicada por el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas ( INALI ) que ofrece una aproximación accesible, didáctica y rigurosa al vasto mosaico lingüístico que conforma el México pluricultural. Estructurado como un abecedario, el libro recorre una amplia variedad de conceptos clave relacionados con las lenguas indígenas nacionales —desde términos técnicos de la lingüística hasta referencias culturales, históricas y sociales — con el objetivo de fomentar una mayor comprensión y valoración del patrimonio lingüístico del país.  La obra se sostiene en el trabajo interdisciplinario de investigadores, lingüistas, hablantes, promotores culturales y especialistas en derechos lingüísticos, quienes conjugan el conocimiento técnico con una sensibilidad profunda hacia las comunidades que dan vida a estas lenguas. Lejos de ser un simple glosario, el libro funciona como una herramienta de divulgación que busca democratizar el conocimiento y propiciar el diálogo entre saberes académicos y comunitarios.   

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Seitenzahl: 421

Veröffentlichungsjahr: 2025

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DE LA A A LA Z

EL CONOCIMIENTO DE LAS LENGUAS DE MÉXICO

COLECCIÓN INTERDISCIPLINA

SERIE MEMORIA

DE LA A A LA Z

EL CONOCIMIENTO DE LAS LENGUAS DE MÉXICO

Rodrigo Martínez Baracs Salvador Rueda Smithers

Coordinadores

INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA

De la A a la Z : el conocimiento de las lenguas de México / Rodrigo Martínez Baracs, Salvador Rueda Smithers, coordinadores. -- México : Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2017.

1 libro electrónico : il., col. -- (Colección Interdisciplina. Serie Memorias)

ISBN: 978-607-484-947-9 (libro electrónico)

1. Lenguas indígenas – México. 2. Indios de México – Lenguas. I. Martínez Baracs, Rodrigo, coord. II. Rueda Smithers, Salvador, coord. III. Serie.

PM3008 D44 2017

497.0972

Primera edición electrónica: 2017 Producción: Secretaría de Cultura Instituto Nacional de Antropología e Historia D.R. © 2017 de la presente edición Instituto Nacional de Antropología e Historia Córdoba 45, Col. Roma, C.P. 06700, México, D.F. [email protected] Las características gráficas y tipográficas de esta edición son propiedad del Instituto Nacional de Antropología e Historia de la Secretaría de Cultura Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de la Secretaría de Cultura / Instituto Nacional de Antropología e Historia ISBN: 978-607-484-947-9 Impreso y hecho en México.

PRESENTACIÓN

I

El 25 de julio de 1492, el día de Santiago Apóstol, el humanista y gramático sevillano Elio Antonio de Nebrija se afanaba en la revisión de las últimas pruebas de imprenta de su Gramática en lengua castellana. Unas semanas después, en agosto de ese crucial año, apareció el libro. Se trató de un trabajo novedoso, la primera aproximación a sistematizar una “lengua vulgar” y regional: el castellano. El gramático desdoblaba la lengua de Castilla al modo del latín de los romanos: “la lengua fue siempre compañera del imperio”, escribió entonces sin sospechar siquiera que su frase sería profética. Coincidentemente, el 3 de agosto Cristóbal Colón zarpó hacia el Atlántico del puerto sureño de Palos de la Frontera, junto a la desembocadura del río Tinto. Sería el primer y determinante viaje en busca de las Indias. Como el gramático, el Almirante no sospechó que el mes de agosto de 1492 iniciaría un largo derrotero que haría del castellano una lengua universal.

Y es que Colón nunca sabría los rumbos que tomaba la historia luego de su aventura. Abrió a España la conquista, colonización y evangelización en las tierras que se llamarían americanas como prácticas de un vasto imperio. Tampoco Nebrija supo jamás la profunda repercusión de su obra en el tiempo del mundo. Su afán gramatical se desdobló en arquetipo, en modelo usado por muchos otros estudiosos en un proyecto intelectual enorme, derivado de las políticas imperiales. Suyo es el extremo genealógico de una política lingüística que ha recorrido, con diferentes suertes, medio milenio de historia del continente y singularmente la historia de las lenguas indígenas de México.

A contrapelo de las violencias humanas que armaron la geografía americana, el uso de la Gramática o Arte con el patrón nebrisense posibilitó el conocimiento y la sistematización de centenares de lenguas indígenas en todo el continente... y con su adaptación a realidades tan distintas al castellano, de la invención de modelos lingüísticos nuevos. Apenas unas décadas después del proceso inicial de conquista y colonización de la Tierra Firme americana, la Corona española fundaría colegios como el trilingüe de Santa Cruz de Tlatelolco, ordenaría la creación de “cátedras de lenguas generales en las capitales de los virreinatos” (1580) y exigiría a los misioneros caminar con los expedicionarios a través de un vasto territorio que sin interrupción ampliaba sus fronteras y confrontaba con culturas que le eran extrañas, poseedoras de idiomas desconocidos, almas que convertir al cristianismo y códigos por entender como realidades a gobernar. En este horizonte, el uso de la palabra podría reunir, separar, convertir o resolver por la guerra. Hubo entonces que elaborar los instrumentos de la comunicación y del ejercicio del poder.

A Antonio de Nebrija lo movió la curiosidad intelectual, no la ambición. Murió cuando el señorío de Moctezuma sucumbía y unos años antes de que llegaran los primeros frailes a tierras del llamado Nuevo Mundo, quienes con estupor en la mirada y su Arte bajo el brazo iniciarían la prolongada tarea de recopilación y comprensión de la palabra indígena al enfrentarse a esa americana “Babel inesperada”, para repetir la feliz frase de Ascensión Hernández de León-Portilla. La voluntad de Nebrija de entender al castellano se abrió como modelo para otras gramáticas. Pero, sobre todo, rompió con el esquema cerrado de posibilidad única para lenguas cultas. Y entonces, no por el ascenso del imperio sino por el descubrimiento de su riqueza propia, el castellano dejó de ser ante el mundo un dialecto grosero, mezcla impura de diversas variantes del latín vulgar con las hablas regionales cargadas de palabras de dialectos árabes y lenguas autóctonas.

La empresa intelectual de saber y conocer el ánima de los idiomas indígenas fue, con seguridad, más afanosa y esforzada que las expediciones de descubrimiento de tierras y que las guerras de conquista y sujeción. Pero la memoria no la ha tratado con justicia. Son mucho menos conocidos los trabajos lingüísticos que los entuertos militares. Es momento de revertir esos valores: reconstituir en lo posible los proyectos intelectuales que subyacen a la construcción de nuestras identidades, difundir el valor de la palabra en el vasto tejido de la realidad multicultural, explicar las acciones no violentas en la construcción de lazos que permiten la vida civil, entre otros proyectos, son tareas del Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec. En este caso, de las poco divulgadas exploraciones lingüísticas y de la edición de los libros en lenguas indígenas, historia centenaria y trascendente. De eso trata este libro, suma de un propósito colectivo: el de difundir, en ensayos de fácil lectura, la historia del enorme reto intelectual que fue la construcción de herramientas para conocer y entender las armazones estructurales de las lenguas indígenas americanas. Once especialistas, estudiosos de gramáticas indígenas y de sus impresos antiguos, fueron invitados en 2007 por el Museo Nacional de Historia a platicar al público visitante sobre esta gigantesca empresa. Paralelamente, se abrió la exposición hispano-mexicana Paradigmas de la palabra. Gramáticas indígenas de los siglos XVI, XVII y XVIII (Instituto Nacional de Antropología e Historia-Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, generosa institución del Gobierno de España). En ese marco, los especialistas, filólogos, lingüistas, historiadores y antropólogos ofrecieron una serie de conferencias que invitaran a conocer esta faceta de la vida cultural virreinal y la historia de los esfuerzos por sistematizar la enorme gama de lenguas indígenas.

En la organización del ciclo de conferencias, cuya característica fundamental debía ser la de narrar la historia de ese inmenso proyecto intelectual que en México tiene casi medio milenio, se contó con el apoyo incondicional y siempre entusiasta de Ascensión Hernández de León-Portilla y de Bárbara Cifuentes, integrantes de la Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística. No se trataba de elaborar una lista de conferencistas más o menos conocedores del tema sino de reunir a historiadores, filólogos y antropólogos que construyesen un relato de carácter historiográfico, esto es, con una línea argumental particular, paralela en buena parte a las investigaciones propiamente lingüísticas y filológicas que cargan sus días de trabajo. Con esta premisa, ambas especialistas provocaron a sus colegas con tan buen éxito que sin obstáculos se logró dar carta de naturalización a la historia de las gramáticas y los paradigmas lingüísticos en el horizonte de ofertas de difusión del Museo Nacional de Historia.

Un “corte separa siempre la palabra viva del texto escrito”, afirmó nuestro contemporáneo Roger Chartier (Cultura escrita, literatura e historia). Esa brecha fue sentida en carne propia por los lingüistas virreinales de los que aquí se hablará. Pero también nosotros tuvimos que lidiar con esa rara situación. Los textos que ahora se ofrecen fueron elaborados para la explicación oral, sencilla y directa a un público oyente no especializado. Eran, en muchos casos, notas sueltas, bocetos de artículos posibles, resúmenes de experiencias añosas; en otros eran la suma de anotaciones de campo, de experiencias en bibliotecas y archivos o frente a antiguas ediciones de gramáticas, vocabularios, catecismos, confesionarios en diversas lenguas indígenas. Todos ellos se completaron, durante cada una de las pláticas, con asertos, opiniones, recuerdos, en fin, con el equipamiento común de los académicos que desdoblan su erudición especialista en los vocabularios de la divulgación ampliada. Cada autor se esforzó por trasladar lo dicho a la escritura, con la obligación de no perder de vista el propósito inicial de difundir y narrar historias. Se reordenaron los textos, se agruparon para dar líneas temáticas a la lectura, se ajustaron los aparatos críticos para no dar pesadez innecesaria a las explicaciones. En esta labor de recopilación, seguimiento, revisión y edición, contamos con el apoyo insustituible de Víctor Ruiz Naufal, primero, y Jaqueline Gutiérrez, después, ambos jefes del Departamento de Difusión del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec. El profesor Ruiz Naufal murió cuando se iniciaba el trabajo de edición de las conferencias. Queda el resultado dedicado a su memoria. Ascensión Hernández de León-Portilla y Bárbara Cifuentes dieron un impulso fundamental para que este libro pueda ver la luz.

II

La política lingüística integradora, diferente a la simplemente pragmática de los conquistadores, llegó muy temprano con los frailes, apenas fundado el Reino de la Nueva España. La misión principal de los futuros lingüistas era difundir la Palabra del Evangelio, convertir y establecer entre la nueva grey indiana un modo de vida cristiano, muy alejado de las costumbres del paganismo y la gentilidad. La buena nueva significaría construir la idea de alma que debía salvarse para la vida ultraterrena.

Difundir la palabra… había que hacerlo en la lengua de los evangelizados. La oportunidad, según consignan las crónicas de las órdenes mendicantes, era una gracia de la Providencia: la belleza de su misión obedecía en buena parte a la belleza del alma indígena, a su imaginada inocencia natural, a que, como las piedras con las que construían sus conventos e iglesias, eran en su pureza material en bruto. Fue con ese propósito cuando en 1533 se instruyó a fray Andrés de Olmos que “sacase un libro de las antigüedades de estos naturales indios, en especial de México, Tezcuco y Tlaxcala”. A partir de entonces se multiplicaron las artes de la lengua, vocabularios, diccionarios, catecismos, devociona­rios y otros manuales en lenguas indígenas y caracteres latinos —buena parte de ellos impresos pero otros, acaso la mayoría, dormirían manuscritos en bibliotecas conventuales y acervos documentales—. Al impulso originario del que nacieron las obras de los frailes Andrés de Olmos —en mexicano— y Maturino Gilberti —en “lengua mechuacana”—, siguieron las fecundas labores de los menos conocidos años virreinales: el Vocabulario, el Arte de Alonso de Molina, el Arte y Diccionario de Juan Bautista Bravo de Lagunas, las Artes y Vocabulario, en otomí de Alonso Urbano y Pedro Cáceres, y las numerosas crónicas escritas por religiosos y civiles, españoles y novohispanos que fueron cubriendo la historia, geografía, costumbres, mitos, rituales y memorias de los pueblos indígenas. Las artes o gramáticas basaron su organización en la Gramática de la lengua latina de Nebrija, de 1481, y los vocabularios basaron su lista de palabras traducidas en su Vocabulario castellano-latino, de 1495.

Vale destacar, por ejemplo, las obras de Diego de Landa, quien apuntó los rudimentos de la escritura maya y su pronunciación, la Teología indorum, de Domingo de Vico en cakchiquel, quiché y zutuhil, el Diccionario maya-español de Antonio de Ciudad Real, la Doctrina cristiana en huasteco de Juan de la Cruz, el Arte en lengua zapoteca de Juan de Córdova, el Vocabulario en lengua tzeltal de Domingo de Ara, el Arte de la lengua maya de Juan Coronel y la Doctrina en lengua mazahua de Diego de Nájera, así como los textos diversos en cora, tepehuano, tarahumara, ópata y comanche que poblaron conventos y misiones como instrumentos de evangelización, administración de sacramentos, catecismo y alfabetización entre los siglos XVI y XVIII. A esta enorme corriente se agregan las transcripciones de los relatos en lenguas indígenas de Bernardino de Sahagún y sus colaboradores nahuas, las informaciones que estructurarían las Relaciones geográficas de la Nueva España, o las historias, crónicas, recopilaciones, traducciones e interpretaciones de los cronistas indígenas, mestizos y españoles. Un nada despreciable corpus literario y lingüístico en lenguas indígenas se produjo y leyó a partir de las posibilidades que abrió el ejercicio del castellano de Nebrija hasta el siglo XVIII, modelo que se retomó en México —en general sin saber ya su origen— en los siglos XIX, XX y XXI como parte de las políticas educativas tanto públicas como de distintas instituciones académicas y religiosas (no solo católicas).

No ha habido hiato en el uso del modelo en el paso del virreinato a la nación independiente, a pesar de las políticas oficiales antiindígenas desde el siglo XVIII, las guerras civiles mexicanas y de exterminio indio, o las modernas líneas educativas nacionalistas que exigían el castellano como lengua oficial, que se tradujo en “lengua única”. Al mediodía del siglo XIX, filólogos y bibliógrafos buscaron y editaron los manuscritos antiguos en lenguas indígenas que encontraron en las ya por entonces mortecinas bibliotecas conventuales o en sus archivos saqueados. Entonces se dieron a conocer las miradas de los testigos sobre las antiguas civilizaciones conquistadas y las labores de los frailes sobre su humanista utopía cristiana, no menos trágica por su imposibilidad histórica que las culturas de los vencidos. Las que en su origen fueran herramientas de comunicación y conocimiento se desdoblaron en verdaderos tesoros, huellas de riquezas ya perdidas: darían fe de que el mundo novohispano era enorme, sorprendente, múltiple. Aunque pocos supieron valorar esos tesoros, fueron lo suficientemente tenaces como para legarlo a las generaciones futuras. Hoy esos papeles viejos y libros supervivientes de la incuria son patrimonio histórico y cultural inapreciable.

III

“Lo que ha sobrevivido de estos escritos es el quehacer de una epopeya incompleta”, escribió George Steiner (Los tres que nunca he escrito) al referir la relación entre lenguaje y política. El propósito evangelizador no fue tan sólo una instrucción política desde las altas esferas de la burocracia real; fue, tal vez sobre todo, el camino de una voluntad, de una profunda convicción en su visión teleológica providencialista. La Corona sería el principal beneficiario terrenal; después de Trento, la Iglesia sería la otra favorecida. Y para la historia y la lingüística del siglo XXI, eso fue suficiente empresa.

Los libros, manuales, artes, vocabularios, gramáticas y catecismos en lenguas indígenas y caracteres latinos son apenas vestigios de lo que alguna vez fue una política educativa y una obsesión misionera. Hoy son casi tan inaccesibles como desconocidos sus fines, tan extraños como los hombres que los hicieron, leyeron y practicaron: no sabemos de los rostros de esos frailes osados, jesuitas valerosos, neófitos indígenas asombrados de las formas del mundo que tenían nombres que se pronunciaban y se convertían en signos, en escritura. Mundo con densidad entonces desconocida y hoy en gran parte desaparecida. Quedan los vestigios, que en manos de los estudiosos, como los que reúne este libro, son luz de secretos culturales ya extintos. Son fragmentos de historia que se redescubren y se suman a la realidad de la inmensa memoria del mundo, uno de cuyos jirones nos da identidad.

Desde el mediodía del siglo XVI los trabajos lingüísticos de los religiosos en la Nueva España tuvieron efecto de espejo. Las palabras indígenas inscritas en libros cristianos eran, por un lado, la extensión intemporal del instante en que las “lenguas de fuego” del relato neotestamentario señalaron a los primeros cristianos la obligación de difundir la palabra divina a todas “las naciones que hay bajo el cielo”; y por el otro, llenaban las mentes de los adoctrinados con imágenes de seres invisibles y geografías celestes que debieron ser imposibles para identidades conquistadas a medias. No podía ser de otra manera, pues doctrina y vasallaje son procesos totalizadores y poco tolerantes. Hubo “naciones” indígenas que aceptaron y se adaptaron a los modos cristianos —para después, en los periodos de reformas gubernamentales de los siglos XVIII al XXI, resistir con ese bagaje a los cambios modernizadores que los destruirían. Pero también hubo pueblos que sucumbían al contacto cultural, a las biologías con sistemas inmunológicos restringidos, a los ecosistemas que se trastocarían con animales y hombres intrusos; para esos pueblos, sus lenguas serían la única huella de su paso por la vida. Para todos cambiaba el rostro de la naturaleza: se inventó América.

Esa es la línea del horizonte del libro que ahora se ofrece. La trazan once filólogos, lingüistas, historiadores y antropólogos. Relatan una historia asombrosa, la de un esfuerzo intelectual.

Ascensión Hernández de León-Portilla explica el impacto de los trabajos lingüísticos en el Nuevo Mundo. Son paradigmas gramaticales que construyeron modelos de conocimiento. Y fueron algo más: estructuraron métodos de estudio y difusión de las lenguas indígenas, pero sobre todo elaboraron herramientas de aplicación de saberes diversos con la apropiación de las lenguas: cosmogonías, geometría, aritmética, literatura, física mecánica, tecnologías. De hecho, por estos paradigmas podemos entender que América es un ente singular de la cultura occidental y no simple extensión de España, ni de la Europa latina.

Ascensión Hernández parte de la realidad que tuvieron ante los ojos los misioneros: un mundo nuevo, complejo, enorme, tanto que le cabría el abanico aparentemente infinito de pueblos y lenguas que imaginó alguna vez el fantástico libro medieval de Juan de Mandeville. El problema no era menor, y los misioneros recurrieron a la experiencia: reinterpretaron, adaptaron e inventaron. Enfrentaban el problema de evangelizar a hombres y mujeres cuyas lenguas eran estructuralmente distintas a las conocidas europeas o a las indígenas de los primeros contactos. Fue entonces cuando, como respuesta, crearon “nuevos paradigmas gramaticales en los que cada lengua quedara atrapada con sus propios rasgos” y fuera inteligible para cualquiera que quisiera acercarse a ella. En su texto “Paradigmas gramaticales del Nuevo Mundo: un acercamiento”, nos lleva de la mano por esta aventura del pensamiento y la práctica lingüística. Comienza explicando la palabra “paradigma” como modelo, artificio, descubrimiento y codificación para establecer el orden gramatical. No otro fue el sentido profundo de los trabajos de investigación, recopilación y organización de las lenguas que derivaron en los distintos manuales, gramáticas y artes que se elaboraron con el propósito de llevar el evangelio y las formas de vida prescritas por el cristianismo español en este continente. Los misioneros, al establecer los paradigmas gramaticales, desentrañaron los secretos de los ladrillos de Babel —para usar la frase de Alberto Manguel (La ciudad de las palabras).

El Nuevo Mundo, la Babel americana, tenía a fines del siglo XV y principios del XVI cientos de lenguas generales o lenguas mayores y un número indefinido de lenguas y dialectos. Las tres más ampliamente habladas al momento de la llegada de Colón eran el náhuatl, el quechua (chibcha), lenguas francas en las montañas y costas occidentales del continente, y el guaraní en las llanuras orientales de América del Sur. Se trataba, ni más ni menos, de “expandir la fe y romper la Babel que se interponía entre la palabra evangélica y una multitud de gente a la que había que convertir. Había que abrir la Babel aprendiendo lenguas y para ello era necesario descubrir la naturaleza de ellas y establecer un orden y un modelo en cada una; había que crear paradigmas nuevos”, escribió Ascensión Hernández. A diez años del desembarco en las costas mexicanas (1523) de los primeros tres franciscanos, los frailes de esta orden habían elaborado los escritos elementales para entender el náhuatl; podían ya comunicarse con los indígenas en su lengua. Pero lo hicieron a través del ejercicio oral, platicando, escuchando, recogiendo tradiciones, diálogos “como los niños de las escuelas”. Fue entonces cuando comenzaron la elaboración de gramáticas y otros textos, muchos de contenido religioso, como catecismos, doctrinas, sermonarios, hagiografías y ejercicios espirituales. Explica que con ellos se cimentó la base para codificar las lenguas indígenas en el centro y sur novohispano, y explica con detenimiento autores y gramáticas en náhuatl, otomí, zapoteco, purépecha y las lenguas mayenses.

Los arduos caminos al norte se abrían hasta desaparecer: imposible dibujar la terra ignota, que en los años que siguieron a la conquista se llenó de leyendas y esperanzas de ciudades de oro; era uno de los confines de El Dorado, provincia perdida, espectral, del imperio español, para robar la idea a V. S. Naipaul. Pero los siglos XVII y XVIII la vieron también como una provincia que debía ganarse para el cristianismo, desde el noroeste novohispano hasta la Nueva Francia, en Canadá. El Colegio Jesuita de Tepotzotlán se especializó en la enseñanza de las lenguas del centro de la Nueva España, el náhuatl y el otomí, pero agregaron las de los habitantes de sus misiones septentrionales en Arizona, Nuevo México, Sonora, Chihuahua, Sinaloa, Durango, las Californias… Aparecieron cinco gramáticas impresas: tarahumara, ópata —lengua extinta—, endeve, cahita y tepehuana, y se hicieron vocabularios y doctrinas en yaqui, mayo y tehueco (también extinta). Como las otras, estas lenguas eran ágrafas, por lo que la elaboración de gramáticas, vocabulario, catecismos y cartillas implicó el trabajo directo, oral, de los misioneros lingüistas con los hablantes. Mucho más al norte, lograron elaborar gramáticas en hurón canadiense, narrangansett de Nueva Inglaterra y natik, hoy lenguas extintas.

La empresa no se limitó, por supuesto, a la Nueva España. Así, por ejemplo, Ascensión Hernández repasa obras y obreros: el dominico fray Domingo de Santo Thomas escribió su Grammatica o Arte de la lengua general de los indios de los Reynos del Peru (1560) y el Arte o vocabulario de la lengua general del Peru llamada quichua (1586); el jesuita Ludovico Bertonio elaboró su Arte Grammatica muy copiosa de la lengua aymara (ca. 1603). Pero también, como en las latitudes septentrionales novohispanas, en el sur del continente se estudiaron lenguas que no eran de imperios indígenas, como el guaraní y sus variantes en el curso del río Amazonas y en las costas del Brasil. El jesuita Joseph de Anchieta escribió la gramática de tupi-guaraní costero del Brasil (1595) y medio siglo más tarde Antonio Ruiz de Montoya terminaría el Arte y Vocabulario en la lengua guaraní (1640).

El paradigma de la lengua muisca, o mosca, de la familia chibcha fue estudiado por Domingo Bernardo de Lugo, quien escribió Gramatica en lengua general del Nuevo Reyno llamada mosca (1619), que se habló en Nueva Granada, actual Colombia. Esta lengua se extinguió en algún momento del siglo XVIII, esto me recuerda la frase autobiográfica de Naipaul sobre la definitiva intervención colonial en la que se convertiría Guyana Británica, que persiguió y exterminó a un pueblo indígena a mediados del siglo XVIII porque años atrás había servido de guía a exploradores ingleses: el literato descubrió con dolor “la larga memoria del gobierno español” frente a los indígenas remisos.

La gramatización fue un proceso en toda América, explica Ascensión Hernández. Es decir, es posible seguir la evolución de los estudios generales desde el siglo XVI: desfilan así una docena de lingüistas, algunos de los cuales dejaron constancia de lenguas que se extinguieron junto con sus portadores, como el timucano de Florida, estudiado por Francisco de Pareja durante el primer cuarto del siglo XVII, o la lengua de los indios millcayac y allentiac, en Chile, el lule y teconote en El Chaco.

La expansión del Imperio español fue tan rápida como el conocimiento de las lenguas de los grupos indígenas que incorporaba a su enorme gobierno, o de los que redujo para usufructuar su naturaleza. Sofía Kamenetskaia ofrece un panorama de la lexicografía misionera. Comienza con el seguimiento del Arte de Nebrija. El Arte se articuló a la novedad de la geografía que se abría al Imperio español; serviría como método para ubicar las palabras que describían las cosas del mundo que se encontraban en cada expedición tanto como para el ajuste jurídico de la expansión imperial y de la tarea doctrinaria. Fue entonces cuando el Arte de Nebrija dio una rama propia, la de los vocabularios en lenguas indígenas, herramientas para la evangelización y el vasallaje al rey. Las órdenes religiosas se impusieron la obligación de aprender lenguas indígenas para “acceder al alma y al pensamiento indígena y de este modo cumplir su misión doctrinal” (pero también, digámoslo nosotros, para la persistente tarea de apoyar a los funcionarios civiles en los casos de conflictos entre pueblos y entre particulares. Hoy, esa doble labor explica el careo del mundo criollo y mestizo ante el indígena, paisaje del México profundo). No deja de asombrar el hecho de que el conocimiento adquirido por los frailes y misioneros de las lenguas indígenas fuera tan extenso como la expansión imperial. La moderna ciencia de la geografía humana, con su inclinación a medir y calcular, revelaría la existencia de dos mil lenguas distintas agrupadas en unas 17 grandes familias lingüísticas.

Paralelamente, y a contrapelo de la práctica de las primeras generaciones de religiosos, en 1550 el rey Carlos I exigió la enseñanza del castellano a los indios. Proyecto de eficacia impensable. La mera curiosidad lingüística por saber los secretos del mundo detrás de las lenguas fue más bien rara en el siglo XVI, con sus extraordinarias excepciones. Ofrece un resumen largo de obras impresas en ese trascendente siglo inicial americano.

En el siglo XVII el índice de impresos fue menor en la Nueva España. No hay una explicación única convincente. Con todo, el listado no es magro. El siglo XVII no fue menos prolijo en este horizonte para las lenguas de Sudamérica, cuyo repaso refresca este libro al contextualizar no sólo la política oficial sino la inclinación de los religiosos católicos ante el orbe que estaba bajo su gobierno. Al finalizar el siglo, el recuento de Kamenetskaia da un universo de artes y vocabularios para 96 lenguas indígenas; un siglo más tarde, el número se eleva a 158. No era para menos, si se piensa —como lo dice en su ensayo Ascensión Hernández— que el Nuevo Mundo computa el quince por ciento de las lenguas del planeta, es decir, alrededor de 950. Para entonces, por supuesto, se contaba ya con herramientas para entender las lenguas de los grupos septentrionales de la Nueva España, con las que las misiones buscaron fincar su labor de evangelización y sedentarización, al conocer las reglas gramaticales. El recuento abre un enorme paisaje. Más artes y gramáticas que vocabularios y diccionarios, es decir, más trabajo para conocer y entender la estructura de las lenguas que instrumentos prácticos de comunicación. No es relevante. Sí lo es, en cambio el claro perfil moderno de estos hombres comprometidos con el saber las reglas de la palabra.

Otro ensayo permite trazar otra línea de fuga a este libro-perspectiva. Rodrigo Martínez Baracs aborda los proyectos de Nebrija, Molina y Gilberti. Nebrija no tuvo la maldición de Casandra; por lo contrario, entre los suyos su profecía sería exacta: “siempre la lengua fue compañera del imperio”. Y ello aplicó a la gramática castellana y a la náhuatl que muy pronto le siguió. La primera gramática escrita en América de una lengua indígena fue la de fray Jerónimo de Alcalá, el Arte de la lengua de Michuacan (ca. 1539), lamentablemente perdida, aunque quedaron copias de la de fray Andrés de Olmos, Arte y vocabulario de la lengua mexicana (concluida en 1547), y la impresa de fray Alonso de Molina (publicada en 1571). De acuerdo con Martínez Baracs, la transcripción alfabética de las lenguas indígenas es, podría afirmarse, parte esencial de la revolución que trajo la Conquista a América. Y si, como arriba se explicó, la obra de Nebrija está en la raíz de la genealogía de las gramáticas y vocabularios, es posible encontrar filiaciones formales en las obras de Molina y fray Maturino Gilberti; de hecho, son más que una curiosidad de eruditos: su propia existencia explicó la eficacia inicial en el uso de un modelo de libro para el trabajo de aprender y codificar las lenguas. La comparación que elabora Martínez Baracs descubre también propósitos discursivos similares al encontrarse la misma selección de palabras castellanas en ambas gramáticas americanas, aunque en realidad, nos dice el autor, Gilberti las tomó de Molina y no directamente de Nebrija, pero así y no de otra manera funcionan los modelos de conocimiento. Explica con detalle los trabajos de los dos notables franciscanos; destaca Gilberti, de quien Martínez Baracs ha sido biógrafo, a quien dibuja como cristianizador, defensor de indígenas, hostigado por la Inquisición, activísimo estudioso del náhuatl, matlatzinca, michoacano, otomí, chichimeca.

La riqueza del náhuatl fue abiertamente proclamada desde muy pronto, en la década misma de la conquista. Pero la obra señera sería la totalizadora de fray Bernardino de Sahagún (no en balde titulada originalmente como Historia universal...), que sin embargo fue recogida por órdenes del rey Felipe II y por tanto desconocida hasta el siglo XIX. De sus afanes y acucioso método escribe Pilar Máynez en “El universo náhuatl a través de la obra de Sahagún”. La gran preocupación del fraile franciscano fueron las palabras, vehículos de significados profundos, cargados de belleza y de metáforas. También, por supuesto, de idolatrías. Las palabras, pensaría el muy moderno Sahagún, son el dibujo del mundo. Se recogen todas las líneas de la vida social, la historia, las creencias y costumbres, los rituales. Máynez ofrece una explicación de la metodología sahaguntina: estableció las palabras en campos del conocimiento, “los campos semánticos en una estructura jerarquizada universal (la cadena del ser, desde Dios a las formas minerales) que reúne todos los temas, todas las ciencias”, según escribió Jesús Bustamante, citado por Máynez. El propósito de Sahagún era el de la vocación de los misioneros que abrían las puertas del cielo cristiano a los indígenas: descifrar la lengua para ganar el mundo… y las almas a la salvación.

Una dificultad siempre presente —pero que ahora pocos inquieren— es la producción editorial de textos en lenguas ágrafas. Este es el tema que estudia Marina Garone Gravier en un trabajo “Sonidos sobre el papel. Composición tipográfica y estrategias de edición para las lenguas indígenas de la Nueva España”. Esta dificultad planteó problemas técnicos y de diseño, que resolvieron en cada caso autores e impresores, lectores, cajistas, tipógrafos y correctores, desde la adaptación de signos especiales, el tamaño de la letra, los contrastes, los llamados, los signos, las notas marginales, etcétera. En este inesperado horizonte de la difusión impresa de artes y gramáticas en lenguas indígenas, que Garone llamó “codificación visual de los textos”, juega un papel protagónico: vuelve legibles, literalmente, los trabajos de los lingüistas.

Ya se mencionó el corte entre la palabra viva y el texto escrito. Este fenómeno que separa la oralidad y la escritura fue un efecto de la conquista; José Rubén Romero Baluán toca este tema en el caso del náhuatl, proceso “a través del cual discursos de muy variado tipo que hasta entonces se habían considerado sólo […] de la palabra hablada fueron escritos sobre el papel utilizando el abecedario traído por los conquistadores”. Fray Diego Durán y fray Bernardino de Sahagún recogieron informes que no eran sólo testimonios sino “muchas historias cuyo sustento había sido, con toda evidencia, la oralidad y que habían pervivido, quizás desde tiempos muy antiguos, en la memoria de los hombres”; ello explica los relatos míticos que sitúan sus acciones en lugares geográficos precisos, como la creación del quinto sol en Teotihuacan, cuyos elementos eran, con seguridad, aprendidos en forma de un relato que se remontaría probablemente a siglos de antigüedad. Romero ensaya la explicación de otra de las formas asumida del proceso de la oralidad a la escritura del náhuatl, lo ejemplifican los cronistas indígenas Domingo de San Antón Muñón Chimalpahin y Hernando de Alvarado Tezozómoc, y el mestizo Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. Es posible conjeturar en ellos un efímero mestizaje cultural, al trasladar diálogos cuya base original era la oralidad, con elementos de la lectura mixta de los códices (interpretación de los glifos y su desdoblamiento mnemotécnico en relatos históricos, poemas, épicas) que se trasladaron al papel en caracteres latinos.

Aunque españoles, los frailes franciscos que llegaron a la Nueva España tenían el bagaje cultural cristiano ecuménico —es decir, católico—, asentado en el mundo del latín. No otro era su respaldo formativo, común en la Provincia de San Gabriel, de donde provenían las primeras barcadas de esa orden. Y esta experiencia vital se extendió a la educación de la sociedad virreinal de la que fueron responsables: tal era el referente curricular básico de la formación intelectual de estudiantes de colegios religiosos. Pero tuvieron que adaptarse a un mundo muy distinto al mediterráneo europeo: tal es la ruta que nos ofrece Julio Alfonso Pérez Luna a través de su ensayo “Evangelización, educación y lengua latina en el siglo XVI novohispano”. Así, los primeros rezos enseñados en latín durante los primeros años de misión evangélica se trasladaron a pinturas en pequeños catecismos que dividían las palabras en náhuatl: Pater noster (Padre Nuestro), por ejemplo, se trasladó a Pantli nochtli (Bandera/Tuna) en el breve libro de oraciones que perteneció a fray Pedro de Gante, con el ejemplo de Jacobo de Testera, que derivó a los llamados códices testerianos de México y, podemos suponer, a algunos lienzos según se deduce del famoso grabado de la Rhetorica Christiana de fray Diego de Valadés o alguno de los dibujos del Códice Sierra. Una fecha esencial sirve a este texto de Pérez Luna: el día de la epifanía, 6 de enero de 1536, cuando se fundó el Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco, lugar en el que el mediterráneo mundo latino y el mesoamericano náhuatl cruzaron sus destinos.

Conocer los lenguajes hablados, pero también las representaciones del mundo físico a través del lenguaje escrito, o mejor, trazado, es el tema del texto de Víctor Manuel Ruiz Naufal, “La cartografía indígena durante el Virreinato”. Medir, sintetizar líneas, huellas, orientaciones, caminos, piedras, cerros, árboles, magueyes, riberas de ríos o lagunas, las líneas de la tierra para marcar jurisdicciones y los derechos de los linajes indígenas sobre la producción y el trabajo; o, en un dibujo sobre otro dibujo, el mapa de una ciudad-víctima de una conquista que los guerreros de Moctezuma según se aprecia en el Códice Florentino. Todos éstos han sido pilares de la elaboración de mapas y planos de la geografía indígena mesoamericana virreinal, aunque no existen ya en sus manifestaciones prehispánicas, es posible que sigan una milenaria tradición que remontaría hasta el que conocemos como periodo Clásico. Explica Ruiz Naufal un sorprendente concepto diferenciador de la tradición cartográfica indígena y la occidental —a despecho de las geografías pensadas y dibujadas en la Edad Media, más dibujos de lugares imaginarios que trazos exactos de rutas, países y costas—: aquí, entre los mesoamericanos, tiempo y espacio eran un solo concepto sin disolución.

Los siglos XVI y XVII fueron de florecimientos. Frida Villavicencio toca la rama apenas con fruto en el no muy proclive a la multiculturalidad Siglo de las Luces. Explica las características de un impreso en purépecha del siglo XVIII, el Cathecismo breve en lengua tarasca, de 1756, al mediodía de las reformas borbónicas por el bachiller criollo Joseph Zepherino Botello Movellán. Su composición y contenido, explica la autora, lo hacen “eslabón que liga dos épocas: la última etapa de la época novohispana y el preludio del México independiente”. Elaborado a manera de instrumento de uso cotidiano por el bachiller Botello cuando tendría entre 20 y 24 años de edad, este catecismo es singular por su contenido: además de las características propias de todo catecismo, agrega una dedicatoria en latín y purépecha en verso a la Virgen María, una serie de refranes castellanos traducidos al purépecha, un vocabulario (o Calepino) y elementos propios de los sistemas de enseñanza de la lectura de ese siglo. El catecismo del padre Botello es sin duda una pieza relevante por ser, además, sobreviviente cultural: el siglo XVIII produjo muy pocos textos escritos en purépecha como consecuencia de las políticas de la Corona contra el uso escrito e impreso de textos en lenguas indígenas, en favor de la generalización del castellano como lengua oficial en asuntos de gobierno. Este es el único escrito conocido de corte religioso en la lengua de Michoacán del siglo de la Ilustración.

La utilidad de las gramáticas en lenguas indígenas sobrepasó cualquier coyuntura política modernizadora de la Corona en el siglo XVIII y de los gobiernos del México independiente que le siguieron. No sólo para los efectos prácticos de evangelización y eventual alfabetización, sino también para los estudios y levantamiento de información para gobierno y administración requerido para conocer la realidad de la geografía humana. Fue en el siglo XIX cuando las gramáticas y otros impresos se desdoblaron de instrumentos a fuentes de investigación. Bárbara Cifuentes lo explica en su texto “La Geografía de las lenguas de México de Orozco y Berra: puente entre la etnografía y la lingüística misionera”. La fecha inicial la da la publicación del trabajo pionero de Manuel Orozco y Berra Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México (1864), primer intento serio, científico en el sentido moderno del término, ensayo de sistematización de las fuentes escritas con perspectivas que atravesaban la filología, geografía e historia sobre los llamados “grupos amerindios”. Orozco y Berra buscó las razones de la existencia diferenciada de las lenguas y costumbres basado en la premisa básica de la relación entre lengua y pueblo, y del ejercicio de la gramática comparativa cuyo fin era la clasificación de las lenguas. La confrontación de las estructuras gramaticales y del léxico permitiría a los etnógrafos establecer las rutas migratorias centenarias, “para esclarecer la geografía antigua y moderna y esparcir sus luces sobre la historia primitiva del hombre y sobre el desarrollo sucesivo de sus facultades intelectuales”. El problema intelectual quedaba planteado con claridad: era el de la geografía humana, el del devenir del hombre en el mundo, cuyos primeros estudios se rastrean a finales del siglo XVIII y fueron publicados a comienzos del XIX, como el de Humboldt (1816) y el de Hervás (1820).

La postura crítica de Orozco y Berra es reconocida por los investigadores de hoy: no aceptaba resultados apresurados, observaciones equívocas y conjeturas nacidas de observaciones sin sistematización. La cronología —como en el lúcido George Kubler un siglo después— sería el eje de cualquier apreciación, al que Orozco establecería en la geografía. Con la erudición que caracterizó al minucioso Orozco y Berra, clasificó 182 “hablas”, pudiendo comprobar el parentesco de 108 casos; estableció las características de 11 familias lingüísticas en las que se distribuían 35 idiomas y 69 dialectos. Portavoz del optimismo decimonónico, Orozco y Berra fincaba su idea de historia y cultura en el progreso: civilizaciones elementales, primitivas, con lenguas monosilábicas como la otomí, indicaban ser las más antiguas; en contraste, el náhuatl azteca, pulido e imperial, señalaba a los mexicas como más recientes que los toltecas, y servía de caja de resonancia, sin proponérselo, de la ya antigua máxima de Nebrija de que “la lengua fue siempre compañera del imperio”. El “mapa” y la línea del tiempo eran transparentes: la evolución de lo simple a lo complejo, el camino del progreso que se muestra y explica con la exactitud cronológica y la geografía.

Amparo Gómez Tepexicuapan dictó una explicación sobre los decretos en náhuatl del emperador Maximiliano y la importancia que el emperador dio a resolver los problemas de los pueblos indígenas mexicanos. La influencia de Faustino Galicia Chimalpopoca en las decisiones imperiales no puede ser soslayada; ya Miguel León-Portilla dio a conocer el contenido de los decretos y la traducción de Galicia Chimalpopoca, trabajo que retoma la historiadora Gómez Tepexicuapan para ensayar la proyección que tenía el náhuatl vivo para el gobierno imperial, herencia directa de los mejores espíritus del periodo virreinal.

IV

Vale adelantar una conclusión a la lectura del conjunto de textos que ahora se ofrece. Es, también, un llamado de atención, una línea ética que creo descubrir detrás de cada uno de ellos. La “estupidez de nuestros mayores” —para usar una figura sin complacencias de Leonardo Sciascia al hablar de un suceso del siglo XVII— casi hace desaparecer a las lenguas indígenas. Con ellas también concepciones del mundo, la pronunciación de las palabras que dan nombres y lugares a cosas y personas; se van las palabras y su sombra, y con sus raíces etimológicas y filiaciones el pensamiento abstracto de sus poseedores, materia de su identidad concreta. Muchos grupos indígenas se han extinguido físicamente a lo largo de medio milenio —y, por nuestra propia estupidez, se extinguen culturalmente en este momento, al perder su idioma por sustitución y disfuncionalidad. Mucho perdemos, como hemos perdido.

Pero también ha sido por la lucidez de nuestros mayores, y por la de muchos de nuestros contemporáneos, que queda constancia de las otras maneras de pensar y ver a nuestro alrededor. Aquellos antiguos lingüistas, a los que hay que calificar de heroicos benefactores, nos dejaron por escrito testimonios de las maneras de hablar y construir mentalmente las imágenes que amueblaban el mundo de los habitantes de los confines americanos, hoy remotos espacios indígenas que quedaban dentro de las fronteras del imperio cristiano: impresos y manuscritos, gramáticas, vocabularios, catecismos, confesionarios, relatos y crónicas virreinales son patrimonio cultural colectivo. Con el Arte de Nebrija en la mano, los misioneros y algunos laicos caminaron e imaginaron su papel en la vastedad del imperio en América, en la conexión con el alma del mundo —parafraseando a Italo Calvino—, un mundo que requería de la Palabra usando sus palabras. Y sus métodos —más allá de los propósitos— se han heredado por no menos beneficiosos lingüistas y antropólogos, vigilantes de la lengua como tesoro patrimonial de la especie humana.

Y es que, con todo, no todo es árido. Difundir esta historia de esfuerzos intelectuales virreinales por valorar y lograr la sobrevivencia de las lenguas indígenas tiene el objetivo de apuntalar la labor de quienes protegen el patrimonio intangible de las palabras de los otros. Pero hay que hacerlo con inteligencia. Las tres últimas centurias atestiguaron, a modo de péndulo, las misiones educativas que enfrentaron la multitud lingüística con distintas posturas: desde el secularizador absolutista Carlos III y sus herederos liberales mexicanos decimonónicos hasta ya casi el final del siglo XX, que buscaron la unidad del imperio o de la nación en la homogeneidad del lenguaje, lo que implicaba no sólo el dominio del castellano como lengua nacional sino la desaparición de los idiomas indígenas. En el otro extremo, como consta en la nómina de autores de este libro, la generación que vio el amanecer del siglo XXI ha asumido que en la prodigalidad de las lenguas, en el reconocimiento de sus anomalías y artificios, en su capacidad de recrear la cifra de costumbres orgullosas de sus particularidades, se esconde el secreto ontológico, esencial, de la nación.

Salvador Rueda Smithers

NOTA

En octubre de 2007 participé en un ciclo de once conferencias sobre libros y lenguas indígenas de México en el Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec. El ciclo llevaba por título La palabra de la A a la Z, y lo organizaron Salvador Rueda Smithers, director del Museo, y Víctor Manuel Ruiz Naufal, jefe del Departamento de Difusión, con la asesoría académica de Ascensión Hernández de León-Portilla y de Bárbara Cifuentes de la Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüítica. Cuando di mi conferencia, me admiró el interés y las inteligentes preguntas del público no poco numeroso, que se había dado la pena de subir al Castillo de Chapultepec.

Poco después del ciclo falleció tristemente Víctor Manuel Ruiz Naufal y pasó a segundo plano el proyecto de edición de un libro que reuniera las conferencias. Varios de los conferencistas recordamos entonces a Salvador Rueda el proyecto de publicación, que se reactivó, ahora al cuidado de Jaqueline Gutiérrez, la nueva jefa de Difusión del Museo. Debido a mi interés por la publicación, acabé involucrado con mi querido amigo y colega Salvador en su edición, y Jaqueline me mandó la transcripción de los textos del libro y un generoso y erudito dictamen anónimo, aprobatorio y con valiosas sugerencias. Al trabajar en la revisión de los textos me di cuenta de su muy gran valor, porque se trataba de conferencias escritas por especialistas para un público no especializado pero culto, dispuesto a subirse al Castillo para oír una plática sobre libros en lenguas indígenas. Cada conferencia, además, fue corregida, aumentada y completada, llegando en ocasiones a tratamientos amplios y precisos. Y reordenados en un orden cronológico y temático, los trabajos juntos adquirieron coherencia, fuerza e interés.

El primer artículo, de Ascensión Hernández de León-Portilla, trata de las gramáticas que elaboraron los frailes misioneros de la gran Babel de lenguas que se encontraron en todo el Nuevo Mundo. Los siguientes tres artículos, de Sofía Kamenetskaia, Rodrigo Martínez Baracs y Pilar Máynez, se centran en los vocabularios, en el trabajo lexicográfico de los frailes. El siguiente artículo trata de la fonología de las lenguas indígenas, que levantó problemas de composición tipográfica que fueron resueltos de varias formas, que documenta Marina Garone Gravier. Los tres artículos siguientes, de José Rubén Romero Galván, Julio Alfonso Pérez Luna y Víctor Manuel Ruiz Naufal, se refieren a la apropiación por los indios de la escritura alfabética traída por los españoles, de la religión cristiana y la lengua latina, y de las formas cartográficas europeas. El siguiente artículo, de Frida Villavicencio Zarza, se refiere a un catecismo escrito en lengua michoacana en el siglo XVIII, con gran valor lingüístico y didáctico. Y por último los dos artículos finales, de Bárbara Cifuentes y Amparo Gómez Tepexicuapan, tratan del periodo del Imperio de Maximiliano, en los primeros estudios sistemáticos sobre el conjunto de las lenguas mexicanas y en las ordenanzas de interés indígena que el Emperador mandó traducir a la lengua náhuatl. Las almas de Maximiliano y de Carlota, si es que a veces regresan a rondar en su Castillo de Chapultepec, se debieron alegrar al oír estas últimas conferencias, al igual que las demás. Esperamos que el lector las disfrute también.

Rodrigo Martínez Baracs

PARADIGMAS GRAMATICALES DEL NUEVO MUNDO: UN ACERCAMIENTO

Ascensión Hernández de León-Portilla*

INTRODUCCIÓN

La palabra paradigma tiene milenios de vida en el pensamiento europeo y en las lenguas por donde corre este pensamiento. Se deriva del griego παράδειγμα, modelo o ejemplo (παρα, al lado de, δείκνυμι, poner de manifiesto, representar).1 La palabra fue acuñada por Platón en el Timeo, para definir con ella las ideas inmutables y perfectas del mundo de los seres eternos, del cual es imagen el mundo sensible. Aristóteles la usó con el mismo significado de modelo pero referido al mundo de lo sensible.2 Hoy la usamos como modelo o ejemplo para cualquier contexto. Cabe destacar que es muy usada en las ciencias, en la lingüística moderna y en disciplinas cercanas como la poética y la semiótica.3

Según el Diccionario de la lengua española editado por la Real Academia de la Lengua (DRAE, 2001), los paradigmas son cada uno de los esquemas formales en que se organizan las palabras nominales y verbales para sus respectivas flexiones. Esta definición nos acerca al significado con el que aquí es usada: modelo de ordenación del artificio gramatical de las lenguas. Es evidente que todas las lenguas tienen una estructura y un orden interno que puede ser codificado conforme a uno o varios criterios y sometido a clasificaciones y reglas. Descubrir y codificar la estructura y el orden es el objeto de la gramática. Todas las lenguas tienen una gramática implícita y desde los griegos, el hombre se ha esforzado por reflexionar acerca de cómo las lenguas crean palabras, les dan significado, las juntan y las hacen funcionar para expresar enunciados.

En América se produjo un proceso de reflexión lingüística de dimensiones gigantescas cuando los misioneros que venían a evangelizar se encontraron con lenguas de estructuras radicalmente diferentes a las conocidas, en las cuales las palabras se relacionaban entre sí por nuevos mecanismos. La respuesta a esta realidad fue crear nuevos paradigmas gramaticales en los que cada lengua quedara atrapada con sus propios rasgos y, de esta manera, cualquier interesado pudiera entenderla. Poco a poco surgieron las gramáticas, llamadas también “artes”, palabra derivada de ars, escogida por los tratadistas romanos para traducir a su lengua la palabra griega, τέχνη, tejido, que fue la usada en Grecia.

A lo largo de estas páginas iremos viendo el proceso de creación de nuevos paradigmas a medida que los misioneros entraban en contacto con nuevas lenguas. Primero, con las lenguas generales de Centro y Suramérica; después con otras lenguas menos habladas, pero importantes también. Finalmente con lenguas del norte de México y Canadá, con una breve alusión a las de Nueva Inglaterra. Todas ellas recibieron mucha atención y fueron estudiadas con el mismo ahínco. Pero la empresa no fue fácil: había muchas lenguas diferentes y todas difíciles. Las nuevas tierras eran una Babel que se interponía entre los hombres y los alejaba de la palabra evangélica, una Babel que no imaginaron los que se embarcaron buscando el oriente.

Sin duda, este proceso de creación de paradigmas gramaticales es un capítulo de enorme interés en la historia de la lingüística de todos los tiempos, especialmente del Renacimiento, cuando las lenguas vernáculas entran con fuerza en el proceso de gramatización reservado al latín y al griego. Con las lenguas americanas, la codificación gramatical llega a límites insospechados y surgen respuestas gramaticales nuevas ante los retos de unas lenguas radicalmente diferentes a las europeas. Surge lo que hoy llamamos “Lingüística Misionera”, que en los últimos años ha consolidado su propio espacio de estudio.

El vocablo fue utilizado por vez primera por José Luis Suárez Roca en su libro pionero sobre el tema, Lingüística misionera española, 1992, en el que estudia la labor filológica y lingüística de los misioneros y analiza sus creaciones gramaticales y lexicográficas, y asimismo sus motivaciones religiosas y los métodos y criterios que adoptaron al codificar lenguas nuevas. A este trabajo primero siguieron muchos otros que aquí sería imposible nombrar. Citaré, como una muestra de lo mucho que hay, los reunidos en la revista Amerindia, en 1995, y en cuatro libros de fin del siglo pasado: …and the Word was God. Missionary Linguistic and Missionary Grammar, editado por Even Hovhaugen, Münster, Nodus Publikationen, 1996; La descripción de las lenguas amerindias en la época colonial, editado por Klaus Zimmermann, Madrid, Iberoamericana Vervuet, 1997; Languages Different in all Sounds. Descriptive Approaches to Indigenous Languages of the Americas 1500 to 1850, editado por Elke Nowak, Münster, Nodus Publikationen, y Las gramáticas misioneras de tradición hispánica (siglos XV-XVI),