Entre sabios - Rodrigo Martínez Baracs - E-Book

Entre sabios E-Book

Rodrigo Martínez Baracs

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Un documental que ilumina las redes de comunicación y colaboración entre dos destacados eruditos del siglo XIX: el historiador y bibliógrafo mexicano Joaquín García Icazbalceta y el abogado y bibliógrafo franco-estadounidense Henry Harrisse. A través de su correspondencia, se revelan las preocupaciones intelectuales, los métodos de investigación y el intercambio de información bibliográfica que sostuvieron sus proyectos académicos. Las cartas no sólo reflejan el esfuerzo por reunir y catalogar materiales fundamentales para la historia de México y de América, sino también el espíritu cosmopolita de la erudición decimonónica, caracterizada por la búsqueda de fuentes originales y el diálogo crítico entre pares de distintos países. Este epistolario permite apreciar cómo se tejieron vínculos de cooperación transatlántica en medio de un siglo marcado por tensiones políticas, transformaciones nacionales y disputas historiográficas. La edición crítica ofrece un cuidadoso aparato de notas, contextualización histórica y referencias que sitúan la correspondencia en el marco de la construcción de la historiografía mexicana y americana. El resultado es una obra que no solo rescata un testimonio epistolar inédito, sino que también invita a reflexionar sobre la circulación de saberes, la formación de bibliotecas y el papel de los intelectuales en la preservación de la memoria histórica.

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Seitenzahl: 1078

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Entre sabios

JOAQUÍN GARCÍA ICAZBALCETA Y HENRY HARRISSE EPISTOLARIO 1865-1878

Entre sabios

Joaquín García Icazbalceta y Henry Harrisse EPISTOLARIO 1865-1878

Rodrigo Martínez Baracs Emma Rivas Mata Edición bilingüe anotada

SECRETARÍA DE CULTURA INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA

Martínez Baracs, Rodrigo

Entre sabios : Joaquín García Icazbalceta y Henry Harrisse. Epistolario, 1865-1878  [recurso electrónico] / Rodrigo Martínez Baracs, Emma Rivas Mata. – Edición bilingüe anotada. – México : Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2025.

5.4 MB. il.

ISBN: 978-607-2634-45-9

1. García Icazbalceta, Joaquín, 1825-1894 – Correspondencia. 2. Harrisse, Henry, 1829-1910 – Correspondencia. I. Rivas Mata, Emma, coaut. II. t.

LC: F1233 / M37 /2025

Primera edición impresa: 2016 Primera edición electrónica: 2025

Producción: Secretaría de Cultura Instituto Nacional de Antropología e Historia

Imagen de portada: Composición, Emma Rivas Mata Fotografía: Edgar O. Gutiérrez

D. R. © 2025 Instituto Nacional de Antropología e Historia Córdoba 45, col. Roma, C. P. 06700, alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México [email protected]

Las características gráficas y tipográficas de esta edición son propiedad del Instituto Nacional de Antropología e Historia de la Secretaría de Cultura

Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de la Secretaría de Cultura / Instituto Nacional de Antropología e Historia

ISBN: 978-607-2634-45-9

Se reafirma que sobre esta obra y cualquiera de sus contenidos pertenecientes al Instituto Nacional de Antropología e Historia se encuentran reservados todos los derechos de autor y conexos. Por lo que queda prohibido cualquier uso, reproducción, extracción, recopilación, procesamiento, transformación y/o explotación, sea total o parcial, ya en el pasado, en el presente o en el futuro, con fines de entrenamiento de cualquier clase de inteligencia artificial, minería de datos y textos, y en general, cualquier fin de desarrollo o comercialización de sistemas, herramientas o tecnologías de inteligencia artificial, incluyendo –pero no limitado– a la generación de obras derivadas o contenidos basados total o parcialmente en este libro y cualquiera de sus partes pertenecientes al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Cualquier acto de los aquí descritos u otro similar está sujeto a la celebración de una licencia. Realizar cualquiera de estas conductas sin autorización puede resultar en el ejercicio de acciones jurídicas.

Hecho en México

Índice general

Agradecimientos

Introducción

Un triángulo epistolar

Joaquín García Icazbalceta

Henry Harrisse

El epistolario

Nuestra edición

Transcripción

Textos adicionales

Traducción

Textos adicionales

Siglas y abreviaturas

Bibliografía

Índice de cartas y textos adicionales

Índice analítico

Ilustraciones

Agradecimientos

Para la elaboración de una obra como la presente es inevitable y agradable contraer deudas múltiples de colaboración, ayuda, apoyo y amistad con varios colegas y amigos, que nos regalaron o prestaron libros, fotocopias, apoyo, consejos y aliento. Entre otros, quisiéramos mencionar a Miruna Achim, Rolena Adorno, Bárbara Cifuentes, Martine Chomel, Alberto Davidoff, Angélica Espinoza, Edgar O. Gutiérrez L., Ascensión Hernández de León-Portilla, Enrique Krauze, Armelle Le Goff, José Luis Martínez, Andrea Martínez Baracs, José Luis Martínez Hernández, Alfonso Martínez Cabral, Érika Pani, Antonia Pi-Suñer, Nadia Prévost Urkidi, José Antonio Rojas Loa, Hans Roskamp, Salvador Rueda Smithers, Francisco José Ruiz Cervantes, Antonio Saborit y Martha Terán.

Agradecemos asimismo a los miles de autores y técnicos de la Internet, que han facilitado, acelerado y potenciado increíblemente la tarea de los historiadores (nos ha servido mucho el correo electrónico, los instrumentos de búsqueda, consulta y compra de libros raros).

Realizamos este trabajo como investigadores de la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah). Agradecemos el apoyo y la confianza de nuestros jefes inmediatos, primero Ruth Arboleyda, después Arturo Soberón e Inés Herrera Canales y ahora Luis Barjau.

Debemos un agradecimiento especial a Carlos Bernal Verea y a su familia, que generosamente nos han permitido consultar valiosos documentos, libros y fotografías de su colección. Nuestra investigación y consulta en la Biblioteca Cervantina del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, México, ha sido fundamental, por lo que agradecemos a las autoridades del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (itesm), especialmente a Ricardo Elizondo (†), Daniel Sanabria, actual director de la Cervantina; así como a Diana Luz Aguilar, coordinadora de la Fototeca, y a los bibliotecarios María Esther Rivera, Edgar Moreno, Hortencia Ávila y Diana Villarreal, que amablemente atendieron nuestras consultas en la Colección Ignacio Bernal, donde se encuentran las cartas aquí publicadas de Joaquín García Icazbalceta y de Henry Harrisse. También trabajamos mucho en el Fondo José Luis Martínez de la Biblioteca de México José Vasconcelos, en la Ciudadela, en la Biblioteca Manuel Orozco y Berra, de la Dirección de Estudios Históricos del inah, y en la sección de Bibliografía de la Biblioteca Nacional de México, en la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), todas en la Ciudad de México; en la Biblioteca Lafragua de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla; en la Biblioteca Nacional de España y la Real Biblioteca, ambas en Madrid y en la Biblioteca Colombina, en Sevilla; en la Bibliothèque Nationale de France, site François Mitterrand, en París; en la British Library, en Londres, y en la Cambridge University Library, en Inglaterra; en la Benson Latin American Collection de la Universidad de Texas, en Austin; en la New York Public Library y en la biblioteca de la Hispanic Society of America, también en Nueva York.

Rodrigo Martínez Baracs Emma Rivas Mata

Introducción

Un triángulo epistola

Puede decirse que los más grandes bibliógrafos americanistas del siglo xix fueron el mexicano Joaquín García Icazbalceta (1825-1894), el franco-estadounidense Henry Harrisse (1829-1910) y el español Manuel Remón Zarco del Valle (1833-1922).

Cada uno de estos autores publicó una obra bibliográfica importante en 1866. Henry Harrisse presentó ese año el más logrado y famoso de sus libros: la Bibliotheca Americana Vetustissima, también llamada Vetustissima o bav que registra y comenta, de manera moderna, rigurosa y amplia, todos los libros de tema americano o impresos en América, y que fueron publicados entre 1493 y 1550.1

Por su parte, Zarco del Valle publicó también en 1866 el segundo tomo del Ensayo de una Biblioteca española de libros raros y curiosos, que abarca de la B a la F, e incluye entradas importantes y prolijas dedicadas a Colón y Cortés, con un extenso “Índice de manuscritos de la Biblioteca Nacional”, lleno de referencias a tesoros americanos.2

Ese mismo año, García Icazbalceta dio a conocer sus Apuntes para un catálogo de escritores en lenguas indígenas de América,3 registro preciso de los impresos existentes en lenguas amerindias o sobre ellas. Imprimió tan solo 60 ejemplares, con el objeto de que lo aprovecharan los escasos conocedores del tema y le aportaran información sobre los impresos que conocieran. Veinte años después, en 1886, García Icazbalceta publicaría su obra cumbre, su Bibliografía mexicana del siglo xvi, registro anotado y complementado con abundante información y documentos sobre los libros impresos en México entre 1539 y 1600.4 No citaremos por ahora los otros importantes libros publicados por estos tres grandes bibliógrafos americanistas.

Estas obras han sido admiradas, estudiadas, complementadas, corregidas, criticadas y reeditadas a lo largo del tiempo. Y gracias a que se conserva buena parte de las cartas que intercambiaron estos bibliógrafos entre sí y con varios otros colegas afines, tenemos la suerte de poder aproximarnos al proceso y a las condiciones de su producción y a su recepción inicial.

La correspondencia conocida entre García Icazbalceta y Zarco del Valle se extiende de 1868 a 1886 y fue publicada en 2003.5 Esta relación epistolar comenzó con la carta, fechada el 12 de junio de 1868, en la que Zarco del Valle le solicitó a García Icazbalceta un ejemplar de sus Apuntes para un catálogo de escritores en lenguas indígenas.

Por su lado, el intercambio epistolar entre Joaquín García Icazbalceta y Henry Harrisse duró de 1865 a 1878, y es precisamente el que nos complace publicar en el presente libro, en edición bilingüe, pues las cartas de ambos corresponsales fueron escritas en francés. Es un privilegio leer a nuestro gran historiador expresarse con natural elegancia en francés.6 Por lo que respecta a las cartas de Harrisse a Zarco del Valle, escritas de 1866 a 1892, también en francés, esperamos publicarlas muy pronto.7

Otros epistolarios de García Icazbalceta, como son las cartas intercambiadas con otros bibliógrafos e historiadores como William H. Prescott,8José Fernando Ramírez,9Nicolás León,10Adolph F. Bandelier,11 entre otros, ya han sido publicados. Recientemente se publicaron las cartas a su hijo Luis García Pimentel, dedicadas sobre todo a sus haciendas azucareras en Morelos.12 Se ha comenzado a publicar la correspondencia con Marcos Jiménez de la Espada13 y están por publicarse las cartas cruzadas con el doctor Carl Hermann Berendt, James Lenox,José Sancho Rayón, el padre Agustín Fischer, Wilberforce Eames, además de las cartas intercambiadas con una pléyade de historiadores, filólogos y escritores.14 El total de las cartas escritas entre García Icazbalceta y sus casi cuatrocientos corresponsales se cuenta por miles.15

El triángulo epistolar que es posible constituir entre García Icazbalceta, Harrisse y Zarco del Valle se anuda precisamente en el año 1866, y nos permite adentrarnos en ese momento de creatividad bibliográfica intensa, que en los años siguientes dió muy ricos frutos. El triángulo se ramifica en la correspondencia entre García Icazbalceta, Harrisse y Zarco del Valle con otros bibliógrafos americanos y europeos que en esos años también producían obras notables.

García Icazbalceta y Harrisse nunca se conocieron personalmente. El bibliógrafo mexicano dividía su vida entre la Ciudad de México y sus haciendas morelenses y nunca viajó fuera del país, salvo su infantil estancia en Cádiz, entre 1829 y 1836. Harrisse vivió su infancia y adolescencia en París y en 1846 se trasladó a Estados Unidos, donde vivió en varias ciudades. En 1860, se estableció en Nueva York, donde permaneció hasta que, entre 1866 y 1868, se mudó a París, base para viajar a diferentes ciudades europeas. Tampoco García Icazbalceta conoció a Zarco del Valle, ni a casi ninguno de sus corresponsales en el extranjero. Harrisse y Zarco del Valle, en cambio, sí se conocieron durante los viajes de Harrisse a Madrid y los de Zarco del Valle a París, en los que entablaron una íntima amistad.

El presente volumen reúne las cartas conservadas entre Joaquín García Icazbalceta y Henry Harrisse. Esbocemos brevemente la vida y la obra de estos dos grandes bibliógrafos hasta el momento de su encuentro epistolar en 1865.16 A partir de entonces, su epistolario nos permitirá seguir de cerca la vida y los trabajos de ambos hasta 1878, momento en el que abandonaron su correspondencia.

Joaquín García Icazbalceta

Joaquín García Icazbalceta nació el 21 de agosto de 1825 en la Ciudad de México, en la casa familiar ubicada en la calle de la Merced número 3, hoy Venustiano Carranza 135. Su padre, don Eusebio García Monasterio (1771-1852), era natural de la villa de Matute, en la provincia española de La Rioja.17

Si bien el padre y el abuelo de don Eusebio habían ejercido durante muchos años el antiguo oficio de barbero sangrador y eran propietarios de algunas tierras de cultivo para subsistencia propia, las condiciones de la familia no debieron ser muy buenas. Tal vez por este motivo, como sucedía con muchos otros españoles, don Eusebio, que entonces tenía 17 años, emigró a la Nueva España en busca de mejores oportunidades. Primero, de su natal Matute se fue al puerto de Cádiz en donde pasó una temporada preparando la travesía y en octubre de 1788 se embarcó con destino al puerto de Veracruz, para después seguir a la Ciudad de México adonde llegó a principios de 1789. Lo esperaba su hermanastro Francisco Xavier García Gómez, quien costeó los gastos de su viaje. Francisco Xavier había emigrado primero y era colector de diezmos del pueblo de Chalco. Debió estar bien relacionado con el comercio de la Ciudad de México, por lo que pudo incorporar fácilmente a su hermano Eusebio en su nueva vida.

Retrato de Joaquín García Icazbalceta, ca. 1866. Fototeca del Museo Nacional de Historia inah

Tan sólo unos años más tarde, don Eusebio ya era propietario de un “cajón”, como se llamaba a las tiendas en donde se vendían diversos géneros al menudeo. Allí comercializaba artículos y productos nacionales e importados, entre otras cosas vinos de La Rioja, de Jerez y del Puerto de Santa María; también azafrán tostado, pimienta, bacalao y otros productos que le enviaba de Cádiz su hermano menor de nombre Plácido, establecido en esa ciudad. Don Eusebio prosperó rápidamente, se vinculó con importantes comerciantes, miembros de la Iglesia y funcionarios del gobierno. Llegó a tener el cargo de “familiar” (informante y delator) del Tribunal de la Santa Inquisición, y participó activamente en la Real Congregación de Nuestra Señora de Balvanera. Y se incorporó al regimiento de comercio de la ciudad formado por el Consulado de Comerciantes, como capitán de la Séptima Compañía de los voluntarios de Fernando VII.

En 1809, cuando tenía ya 38 años y era un comerciante reconocido y respetado, se casó con la joven mexicana Ana Ramona de Icazbalceta y Musitu (1792-1839), prove­niente de una familia de origen vasco propietaria de tres grandes y productivas hacien­das azucareras, en el actual estado de Morelos, en el distrito de Jonacatepec. Ana Ramona fue la segunda hija de Gorgonio Nicolás de Icazbalceta y Herrarte casado con Ramona Antonia de Musitu y Zalvide-goytia, nació en la hacienda de Santa Ana Tenango. Siendo todavía una niña quedó huérfana: su madre murió en 1801 y su padre en 1805, dejándole como herencia una de las haciendas, llamada Santa Clara Montefalco. Su hermana mayor María Josefa recibió la hacienda de San Ignacio Urbieta y sus ranchos anexos, y su hermano menor Nicolás Fernando recibió, por medio de un arreglo con María Josefa, la hacienda de Santa Ana Tenango.

Al casarse con Ana Ramona, Eusebio modificó y amplió el giro de sus negocios: además de continuar con la comercialización de diversas mercancías, dio prioridad a la administración de los bienes que su esposa introdujo al matrimonio, dinero en efectivo y la hacienda de Santa Clara, y dirigió la fabricación y comercialización de sus productos azucareros.

El matrimonio se estableció en una amplia casa en la calle de la Merced, que sería vivienda, escritorio comercial y almacén de azúcares de la familia García Icazbalceta hasta 1873.18 Tuvieron once hijos, de los cuales sobrevivieron cuatro varones y cuatro mujeres.19 El último de los sobrevivientes fue Joaquín García Icazbalceta, que nació de siete meses el 21 de agosto de 1825. Como sus padres temían que el recién nacido no sobreviviría, lo bautizaron en privado, pero al verlo recuperado se le bautizó formalmente en el Sagrario Metropolitano. Falleció el 26 de noviembre de 1894 y llegó a ser uno de los más grandes historiadores mexicanos.

Joaquín y sus hermanos nacieron durante las turbulencias del proceso independentis­ta de México y los años siguientes. El 20 de marzo de 1829 el gobierno mexicano decretó­ la expulsión de los españoles y la familia García Icazbalceta sufrió las penalidades de una salida precipitada. Don Eusebio encargó sus negocios a personas de su confianza y dejó la hacienda de Santa Clara al cuidado de Nicolás Fernando de Icazbalceta y Musitu, hermano de doña Ana Ramona.

La familia embarcó en el puerto de Veracruz con destino a Nueva Orleans. Allí permaneció hasta julio, cuando zarpó rumbo al puerto de Cádiz. Sin embargo, la sanidad española desvió el buque a Mahón, capital de la isla española de Menorca, donde tuvieron que pasar una cuarentena. Después de un viaje que duró meses, la familia García Icazbalceta llegó a Cádiz el 27 de septiembre de 1829.20

En Cádiz don Eusebio se dedicó con provecho al comercio, asociado con su hermano Plácido. También finiquitó la parte testamentaria del padre de doña Ana Ramona, relativa a las propiedades y caudales que poseía en España. Si bien en 1833, el Ministerio de Relaciones Exteriores de México expidió el pasaporte con el cual podían regresar al país don Eusebio y su familia, no fue sino en enero de 1836 cuando decidieron volver a México, después de valorar los pros y los contras. Doña Ana extrañaba su cálida y húmeda hacienda morelense de Santa Clara Montefalco, pero dejó la decisión del regreso a su esposo, a quien le dijo firmemente: “Como si yo no existiera tú determinas lo que creas más conveniente para nuestros hijos sin atender a mi deseo, pues yo no quiero otra cosa que su felicidad y la tuya”.21 Don Eusebio y su familia regresaron para retomar la administración de su hacienda y demás negocios. Su hijo Joaquín adquirió desde entonces la nacionalidad española, a la que nunca renunció.22

Don Eusebio y doña Ramona decidieron no inscribir a sus hijos en la escuela, debido a que el gobierno liberal mexicano suprimió el control eclesiástico de éstas. Ellos mismos, con la ayuda de varios preceptores, se encargaron de la esmerada educación de sus hijos y de inculcarles los principios de la fe católica.

Desde sus años en España, el pequeño Joaquín mostró su diligencia y aptitud para el estudio, la lectura, la escritura y la edición. A los diez años comenzó a escribir crónicas23 y a editar pequeños periódicos (El Elefante, El Ruiseñor), primero copiados a mano, luego impresos, que repartía y vendía a los miembros de su familia.24 Desde entonces mostró su espíritu de seriedad, rigor y voluntad de ser útil. Su pequeña crónica “Un mes y medio en Chiclana” tiene un prólogo, notas y un apéndice, lo que nos muestra la precoz vocación académica de Joaquín.

Cuando la familia regresó a México, Joaquín continuó sus estudios y aprendizajes. Su padre le regaló una pequeña imprenta, que pronto comenzó a manejar. También se instruyó en el arte del dibujo, la acuarela y el grabado. Aprendió a leer y escribir en francés e inglés, y a leer en alemán, italiano y latín.25 Pronto su padre lo aleccionó en las actividades y administración de las haciendas azucareras de la familia, con sus oficinas comerciales en la casa familiar de la Ciudad de México.

El gran político, empresario e historiador Lucas Alamán (1792-1853) fue amigo de la familia García Icazbalceta y ejerció una fuerte influencia sobre ella. Su ideario político conservador, imbuido de patriotismo, en un país que sufría grandes peligros y deterioros desde los inicios de su vida independiente, fue asimilado por el joven Joaquín, quien también heredó la vocación historiográfica de Alamán. Medio retirado de la política, Alamán era administrador de los bienes de Hernán Cortés y escribía por entonces sus Disertaciones sobre la historia de la República Megicana, sobre la historia colonial de México.26

A los 21 años, Joaquín García Icazbalceta comenzó formalmente sus trabajos de investigación histórica, centrándose en el siglo xvi, el más importante de la historia de México, cuando se produjo la fusión de las sociedades india y española.

La invasión estadounidense a México interrumpió momentáneamente los estudios de García Icazbalceta, que se incorporó al ejército, y participó en varias batallas y en alguna conspiración antiliberal. Lamentó mucho la muerte en la batalla de Churubusco de su querido maestro de alemán, el escritor y traductor don Luis Martínez de Castro (1819-1847).27

Al retomar su investigación histórica, García Icazbalceta se dio cuenta de la gran falta de documentos históricos disponibles y de la necesidad de conseguirlos, en original o copia. Fue así como nació su vocación de editor de documentos y de bibliógrafo. Leyó la History of the Conquest of Mexico, del historiador estadounidense William Hickling Prescott (1796-1859), de 1843,28 de la que inmediatamente, en 1844, se publicaron en México dos diferentes traducciones al español, anotadas ambas, una por el historiador y político liberal moderado José Fernando Ramírez (1804-1871),29 la otra por el historiador y político conservador Lucas Alamán.30

García Icazbalceta advirtió que Prescott citaba varios documentos importantes, que él necesitaba procurarse para estudiarlos, editarlos y ponerlos al alcance del público. Para ganarse la confianza de Prescott y pedirle copias, se dio a la tarea de traducir al español su recién publicada History of the Conquest of Peru (1847),31 que complementó con nuevos capítulos y valiosos documentos y publicó en 1849.32 Este fue su primer gran trabajo histórico.

Paralelamente, García Icazbalceta había comenzado a colectar copias de documentos que incluyó en 1849 en el primer volumen de su incipiente Colección de manuscritos relativos a la historia de América, importante colección de documentos y copias que alcanzó los 80 volúmenes, en su mayor parte encuadernados por el propio García Icazbalceta.33

Todavía no había concluido la traducción cuando, gracias a la intervención de Lucas Alamán, Prescott aceptó mandarle copias de todos los documentos que le interesaban, puntualmente pagadas por el joven Joaquín a través de sus agentes comerciales.

García Icazbalceta estaba orgulloso de la prosa de su traducción, particularmente del episodio del sitio de Cuzco, pero Prescott no compartía su apreciación. En 1854, en entendida y confianzuda correspondencia con la culta esposa del embajador de España, madame Frances Inglis de Calderón de la Barca (1806-1882), lo llamó, sin nombrarlo expresamente, un “traductor sensiblero”.34

García Icazbalceta también entró en relación con el político, historiador y bibliógrafo José Fernando Ramírez. Lo hizo en una célebre y muchas veces citada carta escrita el 22 de enero de 1850, en la que definió su vocación no de historiador sino de editor de documentos, que los historiadores del futuro podrían aprovechar para escribir la historia de México del siglo xvi, el de su verdadera fundación. Así comenzó una amistad y relación de diálogo y colaboración que se expresó en un epistolario que duró hasta el fallecimiento de Ramírez en la ciudad de Bonn en 1871, donde vivía exiliado tras la caída en 1867 del imperio de Maximiliano de Habsburgo (1832-1867), con el que había participado, con patriótica convicción de servicio.

García Icazbalceta y Ramírez poseyeron las mejores colecciones de libros mexicanos del siglo xvi. Rescataron de la destrucción y el olvido muchos de los acervos de las bibliotecas conventuales afectadas por la guerra y las medidas liberales contra el clero. García Icazbalceta estudió en detalle los libros más antiguos de la colección de su amigo.

También entró en contacto epistolar con el historiador y bibliógrafo español Francisco González de Vera (1811-1896), quien, a partir de 1851, le consiguió y envió una gran cantidad de manuscritos originales, sin revelar el origen de muchos de ellos. Algunos provenían de la colección de Juan Bautista Muñoz (1745-1799), el Cronista de Indias y fundador del Archivo General de Indias, que habían quedado en manos de sus parientes.35

La intención de García Icazbalceta era editar los documentos más importantes que reuniera, pero el primer producto de su imprenta, después de sus trabajos infantiles, no lo dedicó a la historia sino a la religión. Se trata de un devocionario de bolsillo, de muy pequeño formato, que él mismo escribió, compuso e imprimió en su imprenta, titulado El Alma en el Templo, cuya primera edición fue de 1852, año de la muerte de su padre, don Eusebio.36

El Alma en el Templo fue el único de los libros de García Icazbalceta que no fue impreso en limitados tirajes, sino que fue reimpreso en múltiples ediciones de grandes tirajes, algunas de ellas piratas, como la que sacó en 1876 la casa de A. Bouret e hijo, en París. Algunas ediciones eran lujosas, con costosas encuadernaciones y cajitas para regalos muy especiales, y otras eran rústicas, para distribuirlas entre los miembros de las Conferencias de San Vicente de Paúl y las familias de pobres que atendían y a quienes estaba destinado el producto de la venta de los miles de ejemplares. También eran obsequio para los alumnos más adelantados de las escuelas católicas y para los trabajadores de las haciendas azucareras de la familia García Icazbalceta.

El 7 de mayo de 1854 Joaquín García Icazbalceta se casó con doña María Filomena Tranquilina Pimentel y Heras (1829-1862), originaria de Aguascalientes. Era hermana mayor de Francisco Pimentel (1832-1893), joven estudioso de la realidad mexicana, futuro autor de varios libros importantes, amigo y colaborador cercano de García Icazbalceta. Doña Filomena y don Joaquín se conocieron en la Ciudad de México cuando ella tenía trece años y él estaba por cumplir los diecisiete. Después de un noviazgo de doce años, fijaron la fecha del matrimonio una vez que don Joaquín pudo conseguir una casa bonita, cercana a la de los padres de la novia, y él obtuvo la aprobación, en ausencia de su padre, de su tío Plácido, quien vivía en Cádiz. Don Joaquín le decía “Mena” a María Filomena y ella lo llamaba “Palomito”.

Tuvieron un hijo y una hija. En 1855 nació Luis y en 1860 María García Pimentel. Don Joaquín fue un marido y un padre bueno y amoroso, un excelente maestro, un empresario eficiente, exitoso y caritativo con sus trabajadores, y un gran historiador, editor y bibliógrafo. Utilizó buena parte del dinero que ganaba en adquirir documentos y libros, y comenzar a editarlos, algunos de ellos con sus propias manos en su imprenta, que estableció primero en su casa de la calle de Manrique número 5 (hoy República de Chile) y después la cambió a la calle del Factor número 3 (hoy Allende); ahí estuvo hasta 1867.37

Durante los años felices de su noviazgo y matrimonio, García Icazbalceta participó en una gran empresa histórica colectiva ambiciosa y exigente, en la que mostró su capacidad de trabajo, la extensión de sus conocimientos, la seguridad de su pluma y lo mucho que había investigado. Se integró al grupo de estudiosos, de todas las tendencias, que se reunían con el librero, editor y bibliófilo José María Andrade (1807-1883) y el historiador y geógrafo Manuel Orozco y Berra (1816-1881) para elaborar una versión mexicana del gran Diccionario Universal de Historia y de Geografía, en varios grandes volúmenes, cuya primera versión fue francesa (1842) y la segunda española (1846-1850). Para la versión mexicana, que apareció entre 1853 y 1856, el equipo de trabajo realizó una gran cantidad de artículos sobre México y otros temas americanos, que en algunos casos eran verdaderos tratados.38

Los artículos de García Icazbalceta fueron abundantes y valiosos, y trataron sobre varios personajes civiles y eclesiásticos de México y del Perú durante el periodo colonial, descubridores y conquistadores, políticos e historiadores.39 Pero sus contribuciones más importantes fueron el panorama historiográfico titulado: “Historiadores de México”, y el estudio dedicado a la “Tipografía mexicana”, en el que presentó el resultado de sus investigaciones sobre los orígenes de la imprenta en México, sobre los libros impresos durante el siglo xvi, y sobre el desarrollo posterior de la imprenta en México hasta el siglo xix.40 Este fundamental estudio, publicado en 1855, presenta por primera vez lo esencial de lo que hoy sabemos sobre el tema.41

En los años siguientes, García Icazbalceta continuó trabajando en sus proyectos editoriales. El primero de ellos, poco conocido, fue una curiosa edición que llamó “gótica”, de pequeño formato, que imprimió en su propia imprenta como libro antiguo y usando caracteres góticos, de una carta inédita de Hernán Cortés (1485-1547), del 15 de octubre de 1524,42 que Francisco González de Vera le había conseguido en España en 1853 por el precio de 2 300 reales.43 García Icazbalceta lo imprimió para regalarlo a sus mejores amigos bibliófilos, aunque nunca quedó satisfecho con la edición, por lo que diez años después hizo una segunda.

Pero su primer gran trabajo de edición documental fue el Tomo primero de su Colección de documentos para la historia de México, de 1858, o más bien 1859, en el que dio a conocer muchos de los documentos que le habían mandado Prescott y González de Vera.44 En la portada aparece el sello y ex libris de García Icazbalceta, probablemente grabado por él mismo y que mandó fundir en París: una lámpara de aceite prendida con una lechuza parada en el asa, rodeada por laureles y con el lema “Otium sine litteris mors est”, “El ocio sin letras es la muerte”.45 Frase tomada de una Epístola a Lucilio, de Séneca

Ex libris de Joaquín García Icazbalceta: Otium sine litteris mors est. En Carta de Cortés (Esta es vna carta que el muy ilustre Señor Don Hernando Cortes..., México, en casa de Joaquín García Icazbalceta, 1865). Colección particular. Fotografía Emma Rivas Mata, 2014.

Este precioso tomo, impecablemente impreso por el propio García Icazbalceta, viene acompañado por una rica introducción: “Noticia de las piezas contenidas en este volumen”. Esta introducción incluye de manera particular un estudio extenso e importante que le encomendó a su amigo José Fernando Ramírez, “Noticias para la vida y escritos de fray Toribio de Benavente o Motolinía”, que utilizó como introducción particular para la Historia de los indios de la Nueva España del franciscano fray Toribio de Benavente Motolinía (1482/1491-1569) y de la carta de Motolinía al emperador Carlos V del 2 de enero de 1555, con graves acusaciones contra fray Bartolomé de las Casas (1474-1566).

En ese primer tomo García Icazbalceta incluyó también la carta de Cortés del 15 de octubre 1524, de la que había hecho una edición gótica privada, por lo que la siguió llamando “carta inédita”. El tomo incluye, entre varios documentos importantes, el “Itinerario” de Juan de Grijalva, de 1518, y el texto conocido como “El conquistador anónimo”, cuyas versiones originales se han perdido y que García Icazbalceta retradujo del italiano. Del latín tradujo una anónima vida de Cortés. Y publicó también una versión, ligeramente expurgada, de la notable carta del licenciado Alonso de Zuazo (1466-1539) al jerónimo fray Luis de Figueroa del 14 de enero de 1521, que menciona por primera vez la existencia en México de “pobres que llaman motolineas”, que leyó fray Toribio de Benavente antes de adoptar el sobrenombre de Motolinía.46

En el “Prólogo” del tomo primero de su Colección de documentos para la historia de México, firmado el 31 de diciembre de 1858, García Icazbalceta agradeció expresamente a los dos historiadores extranjeros que lo proveyeron de los importantes documentos que publicó; precisó que William H. Prescott le había mandado copias de documentos y que Francisco González de Vera le había procurado libros y documentos originales. El tomo comenzó a circular en 1859, primero en México y, a principios del año siguiente, también en Nueva York, París y Madrid. Es probable que cuando se supo en Madrid que González de Vera había hecho “continuas remesas de libros raros, manuscritos originales o copias”, en parte pertenecientes a la colección del fallecido Juan Bautista Muñoz, varios bibliógrafos e historiadores se sorprendieran. El mismo González de Vera se extrañó al ver su nombre impreso. No obstante, le agradeció a García Icazbalceta y también lo felicitó por su excelente publicación. Aunque su “leal y sincero amigo” también le dijo que le pesaba mucho no haber tenido a la mano una “buena copia del P. Motolinía”, pues la que había incluido estaba incompleta. A pesar de que González de Vera se mostró complacido y agradecido, después le pidió a García Icazbalceta que en los sucesivos tomos de su Colección no mencionara su nombre.47

A partir de entonces las cartas de González de Vera disminuyeron. García Icazbalceta nunca entendió qué sucedió, y pensó en un enojo suyo, por haber puesto a descubierto el envío de documentos a México. Las remesas de documentos y cartas empezaron a escasear a partir de mediados de 1859, cuando González de Vera fue nombrado director del Archivo General Central, en Alcalá de Henares, lo cual lo colocó en una posición delicada que le impidió continuar enviando libros y documentos. Además, sus múltiples responsabilidades como director y las mejoras que inició, no le dejaban mucho tiempo para contestar largas cartas y encargarse como antes de las solicitudes de su exigente amigo mexicano.48

Con todo, González de Vera no dejó de mostrar aprecio por García Icazbalceta, como lo advirtió José María Andrade, quien lo visitó en octubre de 1868 y después le escribió a su amigo Joaquín que González de Vera no había variado su afecto por él, “sino que cada día es más flojo y no escribe”.49 En la que podría ser la última carta que Vera dirigió a García Icazbalceta, efectivamente le mostraba su afecto y le decía: “Adiós, amigo mío, salud y bendiciones y hasta otra, se despide como siempre cariñosamente su afmo. que no le olvida”.50

Publicado el tomo primero de la Colección de documentos para la historia de México, García Icazbalceta comenzó a trabajar en un tomo segundo con importantes cartas, pareceres y relaciones de civiles y religiosos novohispanos del siglo xvi. Su trabajo se vio interrumpido por las difíciles circunstancias que vivía el país, sumido en la Guerra de Reforma (1858-1861), entre liberales y conservadores opuestos a la Constitución liberal de 1857. García Icazbalceta, discípulo político e historiográfico de Lucas Alamán, simpatizaba con los conservadores, pero procuró no meterse en la guerra, aunque sí la padeció.

Pese a todo, las cosas iban bien en su casa. En 1855 nació Luis y en 1860 María. Pero el 16 de junio de 1862 algo salió mal en el parto de un tercer hijo y falleció su querida Mena, doña María Filomena Pimentel. Este fue uno de los momentos más duros y tristes en la vida de don Joaquín. Nunca recuperó la felicidad y le quedó un carácter melancólico y depresivo. Encontraba consuelo en el cuidado y la educación de sus hijos, en sus estudios históricos y ediciones documentales, en la administración de las haciendas, y en la religión católica. Precisamente en 1862 García Icazbalceta preparaba una segunda edición del devocionario El alma en el templo, que pensaba dedicar a su mujer. Pero el libro tuvo que aparecer hasta 1863 y en él escribió unas líneas conmovedoras sobre el gran consuelo que le daba la religión católica en su profunda tristeza.

A pesar de todo lo que padecía, don Joaquín hizo un gran esfuerzo por continuar sus trabajos. Era una persona trabajadora y caritativa, a la vez exigente, metódico y comprometido con su país. Aunque prefería trabajar individualmente, siempre estuvo dispuesto a participar en proyectos colectivos y a ayudar a quienes le solicitaban información. A García Icazbalceta le tocó vivir en un ambiente intelectual dominado por la visión positivista, de inspiración más spenceriana que comtiana, de un avance colectivo internacional de todas las ciencias, finalmente integradas en una.

Precisamente en 1862, el bibliófilo francés Jacques-Charles Brunet (1780-1867), autor del imponente e imprescindible Manuel du libraire et de l’amateur des livres,51 le pidió a García Icazbalceta, para la quinta edición de su Manuel, fichas más completas de los libros antiguos mexicanos mencionados en el artículo “Tipografía mexicana”, de 1855, y de los libros que encontró desde entonces. García Icazbalceta, generoso e incauto, metódico en todo, y pese a su dolor, se puso a trabajar por las noches, como era su costumbre, para enviar a Brunet la información que necesitaba.

García Icazbalceta ya tenía en su biblioteca los cinco tomos de la cuarta edición del Manuel de Brunet (1842-1844)52 y cuando adquirió los primeros volúmenes de la quinta edición, advirtió con disgusto en el tomo cuarto que Brunet citaba mal los títulos que le había mandado y, aun peor, su nombre mismo, pues lo llamó García Yaarzabalata, y después Yaarzabaluta.53 García Icazbalceta le escribió a Brunet airosas cartas de protesta, pero Brunet no se las contestó, aunque sí incluyó un sincero agradecimiento a García Ycazbalceta, así escrito, a la manera antigua, en el último párrafo del quinto tomo de su voluminosa obra.

Tras el triunfo liberal en 1861 siguió la invasión militar de México por fuerzas inglesas, españolas y francesas. Los soldados ingleses y españoles se fueron, pero los franceses se quedaron. En 1863 el emperador Napoleón III mandó una expedición militar para imponer un gobierno imperial encabezado por el príncipe austriaco Maximiliano de Habsburgo, a quien políticos mexicanos conservadores habían invitado para gobernar el país y acabar con la situación de desorden, guerras y miseria. El presidente Benito Juárez (1806-1872) se opuso con determinación a la invasión francesa, pero tuvo que abandonar la capital, que fue ocupada por las tropas enemigas. Se estableció un gobierno provisional, en espera de la llegada del emperador Maximiliano, en 1864.

El gobierno imperial de Maximiliano, que duró de 1864 a 1867, ha sido denostado como un periodo indigno e ilegítimo en la historia de México. Pero debe reconocerse que muchos mexicanos buenos y letrados, no sólo del bando conservador, sino también liberales moderados, decidieron colaborar con el Imperio, que abría una gran esperanza de sacar a México del caos. Entre ellos estaban algunos familiares de García Icazbalceta, como su hermano José Mariano y su cuñado Francisco Pimentel, y dos de sus mejores amigos: José Fernando Ramírez, abogado, bibliógrafo y gran historiador, que aceptó ser ministro de Negocios Extranjeros del emperador, participación que le costaría el exilio; y José María Andrade, el gran editor, que desde 1863 ocupó el cargo de secretario del gobierno provisional, aun antes de la llegada de Maximiliano.

Andrade recibió el encargo de realizar una visita a las instituciones de caridad y de corrección (hospicios, hospitales y cárceles) de la Ciudad de México, y le pidió ayuda a García Icazbalceta. Sabía que esta tarea le ayudaría a su amigo a salir de la postración en la que había caído tras la muerte de Mena. García Icazbalceta estaba muy comprometido en su labor caritativa en las Conferencias de San Vicente de Paúl, y aceptó ayudar a Andrade, para colaborar en algo que sirviera para mejorar la vida de los más necesitados.

Entre los principios religiosos que normaron su vida, y que García Icazbalceta inculcó a sus hijos, estaba practicar “la caridad, la benevolencia y el amor al país en que nacimos”. Su religiosidad era profunda mas no fanática: había que cuidarse de no caer en exageraciones porque “la exageración conduce al fanatismo y el fanatismo no es la religión”. También procuró alejarse del fanatismo político: le recordaba mucho a su hijo Luis que “las divisiones de partido no deben llegar a hacernos enemigos de la Patria” y que lo más conveniente era no tomar partido por nadie.54

Estos principios y forma de pensar de García Icazbalceta podrían explicar su actuación cautelosa ante los acontecimientos y cambios políticos que le tocó vivir. Sólo consintió ayudar a Andrade a condición de que su participación permaneciera anónima para no comprometerse políticamente y evitarse problemas posteriores que lo perjudicaran a él, a sus hijos Luis y María o a sus negocios azucareros, de los que vivían. Andrade aceptó, y ambos, a veces acompañados por el niño Luis, se dedicaron a recorrer los hospicios, los hospitales y las cárceles de la Ciudad de México. García Icazbalceta fue el encargado de redactar un informe sobre su situación. El texto, como lo había pedido, lo firmó solo José María Andrade y lo entregó al gobierno provisional. El año siguiente entregó una copia muy bella y finamente encuadernada al mismo emperador Maximiliano, quien supo que su verdadero autor era García Icazbalceta.55

El Informe sobre los establecimientos de beneficencia y corrección es notable porque muestra a un García Icazbalceta sensible no sólo a los documentos del remoto siglo xvi mexicano, sino a los problemas contemporáneos que vivía el país. Su descripción de cada una de las instituciones es muy precisa y las abundantes proposiciones para mejorar la situación de cada una de ellas y de todas juntas (que serían dirigidas por una Dirección General de las instituciones de beneficencia y corrección), muestra al mismo tiempo su amplitud de miras y su don para organizar eficientemente el trabajo. Su don organizativo lo había heredado de la buena y eficiente administración de las haciendas azucareras y de las oficinas comerciales de la Ciudad de México de la compañía de los hermanos García Icazbalceta.

Fue discreta la colaboración de García Icazbalceta con el imperio de Maximiliano. En 1865 se le nombró miembro de la Academia Imperial de Ciencias y Literatura de México. También figuró entre los 21 consejeros de Estado, aunque sus funciones fueron solamente honoríficas. García Icazbalceta fue nombrado corresponsal (correspondant) de la importante Commission Scientifique du Mexique por decreto del 3 de noviembre de 1864. Aunque en un primer momento se pensó integrarlo a la novena sección, dedicada a la Arqueología y presidida por José Fernando Ramírez, fue integrado a la octava sección, sobre Historia y Literatura.

Se tiene registro de diversas formas de colaboración bibliográfica y científica de García Icazbalceta con la Commission gracias a la reciente edición y estudio de los despachos enviados a partir de 1865 por el colonel de génieLouis-Toussaint-Simon Doutrelaine (1820-1881), representante en México de la Commission, a Victor Duruy, ministro francés de Instrucción Pública del emperador Napoleón III.56 Es notable que el coronel Doutrelaine se refiera no sólo a las contribuciones de García Icazbalceta como bibliógrafo e historiador, sino también a sus conocimientos como hacendado azucarero.

El despacho del 5 de agosto de 1865 se refiere, entre otros asuntos, a la puesta a disposición de la Commission Scientifique du Mexique de la biblioteca privada de García Icazbalceta para ser copiada, al igual que los manuscritos mexicanos conservados en el Museo Nacional y en la colección privada de José Fernando Ramírez.

García Icazbalceta donó el tomo primero de su Colección de documentos para la historia de México, de 1858 (todavía no aparecía el tomo segundo, de 1866), pero la reseña fría que hizo el sabio Joseph Marius Alexis Aubin (1802-1891) a esta y otras obras de mexicanos,57 le provocó cierta molestia a él, al doctor José Guadalupe Romero (1814-1866) y a Manuel Orozco y Berra, la cual terminó siendo atribuida a la “extrema susceptibilidad de los mexicanos”.

El asunto no pasó a mayores, pues los siguientes despachos se refieren a varios en­víos de García Icazbalceta: su edición de la Carta de Cortés al emperador Carlos V de octubre de 1525; la copia de dos “planos jeroglíficos mixtecos” pertenecientes a su colección; la copia de varias relaciones descriptivas y estadísticas sobre México, acompañadas de planos jeroglíficos que mandó copiar en España; la entrega del tomo segundo de su Colección de documentos para la historia de México, de 1866, así como los números 12 y 13 del segundo volumen de la Gaceta Médica de México y la segunda entrega del tomo 12 del Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, entre otras cosas.

El despacho del 5 de septiembre de 1866 se refiere al envío hecho por García Icazbalceta de varios productos de sus haciendas para la exposición de la Commission en la Exposition Universelle de 1867: algodón, tabaco, café, azúcar en diversos estados, muestras de maderas, jícaras adornadas, una coa, un machete especial para la caña, varias curiosidades de historia natural, como insectos, plantas y excrecencias de huamúchil, todo lo cual fue cuidadosamente embalado para ser enviado a Francia.

El coronel Doutrelaine le solicitó asimismo a García Icazbalceta que le contestara por escrito varias preguntas muy detalladas sobre la explotación de sus haciendas. Éste no solamente redactó una extensa carta, sino que entregó varias acuarelas que él mismo pintó y que representaban sus haciendas desde varios puntos de vista, para que el coronel Doutrelaine las mandase copiar. Doutrelaine le solicitó al ministro Duruy que se le diera pleno crédito a García Icazbalceta por todos los objetos que entregó para la Exposición Universal. Finalmente, el despacho del 5 de noviembre de 1866 refiere el envío de un ejemplar de Apuntes para un catálogo de los escritores en lenguas indígenas de América (1866) de García Icazbalceta.

La esperanza de estabilidad política que trajo el Imperio creó la posibilidad de planear proyectos intelectuales colectivos. En la prestigiosa Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, a la que García Icazbalceta pertenecía, presentó en 1864 una opinión adversa a la publicación de una nueva edición, corregida, de la Biblioteca Hispanoamericana Septentrional de José Mariano Beristáin y Souza (1756-1817), impresa en 1816, 1819 y 1821, que se había vuelto inaccesible.58 Según García Icazbalceta eran demasiados los errores y defectos de la obra, que expuso en una erudita disertación en la que no rehuyó dar a conocer su concepción heterodoxa de la historia de México, refiriéndose sin pudor a la “inferioridad” del país debida en parte a su aislamiento del mundo antiguo:

Aislado este país del resto del mundo en los tiempos anteriores a la conquista, no tenía más que una existencia mezquina, alimentada sólo con los recuerdos de las naciones que sucesivamente lo habían habitado y cuya herencia había recogido la última muy imperfectamente por la falta de conocimiento de la escritura. No había cambio de ideas con otros pueblos, y la inteligencia no se iluminaba con el contacto de otras civilizaciones más adelantadas. La forma de gobierno, completamente despótica, en nada favorecía sino que retardaba el desarrollo intelectual. Y aun lo poco que aquel pueblo alcanzaba nos es casi desconocido, porque sus monumentos aún no se estudian y sólo lo sabemos vagamente por el conducto no muy seguro de los misioneros, que acaso no comprendían con toda exactitud lo que querían decirles los nuevos conversos, cuando les trasmitían la tradición oral o trataban de explicarles la escritura jeroglífica.59

Como puede apreciarse, García Icazbalceta tenía plena conciencia de una serie de factores de la historia de México que más de un siglo después comenzaron a ser tomados en consideración por los historiadores: el retraso tecnológico del Nuevo Mundo debido a su aislamiento, la importancia de la escritura fonética para el desarrollo intelectual, el gobierno despótico y la necesidad de estudiar directamente los monumentos prehispánicos debido a la poca confiabilidad de las descripciones hechas por los frailes.

De la crítica de las múltiples deficiencias de la Biblioteca de Beristáin, García Icazbalceta llegó a la conclusión de la necesidad de realizar una nueva obra, un Diccionario biográfico y bibliográfico de México, que solamente se podría llevar a cabo mediante un esfuerzo colectivo.

Esta obra podría ser un aprovechamiento concentrado y a la vez una continuación del esfuerzo reunido en la versión mexicana del Diccionario Universal de Historia y de Geografía, hecha entre 1853 y 1856, en el que participó García Icazbalceta, junto con Manuel Orozco y Berra y José María Andrade, principales promotores del proyecto, quienes estaban colaborando ahora con el nuevo proyecto que hacía posible —creían, o esperaban— el imperio de Maximiliano. García Icazbalceta se ofreció para exponer su plan ante la Sociedad, pero ese momento nunca llegó. Debió influir la pérdida del subsidio estatal para la Sociedad, debido al fracaso financiero del Imperio, y la partida de las tropas francesas, que dejó inerme al emperador Maximiliano.

En 1864 García Icazbalceta retomó su ritmo de trabajo, en primer lugar para concluir la impresión del grueso y rico tomo segundo de la Colección de documentos para la historia de México, hecho con los mismos criterios del tomo primero, que finalmente vería la luz en 1866.60 Para junio de 1865 ya estaba por concluirlo, pero el estado de agitación del país retrasó su impresión.

Para entonces García Icazbalceta ya tenía también preparado el que debía ser el tomo tercero, que comprendería únicamente la Historia eclesiástica indiana del franciscano fray Gerónimo de Mendieta (1525-1604), voluminosa y muy informativa obra que se creía perdida y casi nadie conocía, cuyo manuscrito le compró en muy alto precio (5 800 reales) su corresponsal madrileño Francisco González de Vera, junto con los Memoriales de Motolinía,61 a un sobrino de Bartolomé José Gallardo. Su publicación también tuvo que esperar varios años, para finalmente ver la luz en 1870, debido a dificultades que enfrentaron los impresores Francisco Díaz de León y Santiago White, asociados desde 1867 con García Icazbalceta, a quienes encargó la laboriosa impresión de este volumen, por tratarse de un texto de difícil comprensión e incómodamente encuadernado. El trabajo sólo podía realizarlo un cajista especializado y con lentitud, ya que no tenían suficientes tipos “old style” para su composición y la prensa Marinoni que utilizaban era muy lenta. Además, la impresión estaba exclusivamente en manos de Santiago White, ya de por sí con una carga de trabajo muy pesada debido a la buena reputación de que gozaba su imprenta. El retraso en la impresión del Mendieta provocó un gran enojo a García Icazbalceta quien, en julio de 1868, llegó al extremo de exigirles a sus socios e impresores que le devolvieran la obra y los 24 pliegos que tenían terminados.62

Los planes de García Icazbalceta eran que mientras se imprimía el Mendieta, podría ocuparse en redactar lo que entonces llamaba su Ensayo bibliográfico sobre las ediciones mexicanas del siglo 16°, para el cual ya contaba con la descripción de 77 ediciones y quería terminarlo pronto pues el emperador Maximiliano le había manifestado su deseo de verlo concluido.

Confiado en que podría concluirlo rápidamente, pidió ayuda a su amigo el doctor Carl Hermann Berendt (1817-1878), filólogo alemán nacido en Danzig y radicado en la ciudad de Providence, Rhode Island, quien estudiaba a los mayas, viajaba mucho a México, Yucatán y Guatemala, y frecuentaba las grandes bibliotecas de la costa este de Estados Unidos. García Icazbalceta y el doctor Berendt se hicieron amigos epistolares desde agosto de 1860, cuando éste le escribió a García Icazbalceta después de que consultara el primer volumen de su Colección de documentos para la historia de México (1858), en donde estaban incluidos la Carta inédita de Hernán Cortés, junto con algunas noticias de otras cartas conocidas del conquistador. Berendt advirtió que no estaba citada una traducción alemana de las cartas y le envió el dato. Su correspondencia duró hasta el fallecimiento de Berendt en 1878.63 Pero la publicación de su Bibliografía mexicana del siglo xvi tuvo que esperar veinte años más, a lo largo de los cuales García Icazbalceta se enfrentó no sólo a los altibajos políticos del país, sino también a los desesperantes entresijos del quehacer bibliográfico.

En 1865, como si le sobrara el tiempo, y acaso para relajarse, García Icazbalceta se puso a trabajar en su imprenta para hacer una segunda edición de la impresión gótica que hizo en 1855 de la carta de Cortés del 15 de octubre de 1524.64 La hizo “en el mismo tamaño y letra, pero mejor ejecutada, y en papel a propósito”, que antes no tuvo. Y deseaba continuar sus trabajos y con ellos quería “serle útil a mi país”.65 Le regaló ejemplares a sus amigos bibliófilos de México, Estados Unidos, España y Francia, y reservó un ejemplar para regalárselo al emperador Maximiliano.

García Icazbalceta publicó en el periódico conservador La Sociedad una noticia sobre los documentos que se encontraban en el Archivo General del Imperio.66Maximiliano lo leyó y le escribió una carta en la que lo encomió con las siguientes perceptivas palabras, escritas el 19 de mayo de 1866: “Ya sabíamos que nuestro país cuenta en vos con uno de sus escritores más elegantes y distinguidos, y sobre todo con un sabio”.67 Es notable que mientras que García Icazbalceta pretendía ser un mero compilador de documentos, inserto en el esfuerzo colectivo del conocimiento histórico, el emperador Maximiliano fue capaz de ver su dimensión como un escritor elegante, distinguido y sabio.

En la misma carta el emperador le solicitó a García Icazbalceta una tarea muy importante:

Hoy venimos a nombre de la ciencia a suplicaros que nos ayudéis en la publicación de aquellos interesantes documentos históricos, a cuyo efecto quedará a vuestra disposición el Archivo General, porque Nos asiste la convicción de que, merced a vuestro buen criterio y profunda erudición, activaremos una publicación que esperan con ansia todos los amantes de la historia nacional.

Reciba la seguridad de la benevolencia de Vuestro afectísimo.

Maximiliano.

Palacio de México, a 19 de Mayo de 1866.

Lamentablemente García Icazbalceta no pudo realizar el proyecto que el emperador le encomendaba, pues Francia retiró las tropas francesas, y Maximiliano se vio acorralado por las fuerzas liberales mexicanas y fue fusilado poco más de un año después.

No cabe duda de que García Icazbalceta era sabio, pero era un sabio entre sabios. Es de notarse que varios de los estudiosos que se acercaron al gobierno imperial de Maximiliano, como Manuel Orozco y Berra,68 José Fernando Ramírez,69Francisco Pimentel,70Faustino Chimalpopoca Galicia (1805-1877),71 publicaron precisamente durante los años del Imperio varios estudios sobre las lenguas, la situación socioeconómica y la historia de los indios de México, claramente desatendidos por la historiografía liberal.

Por esas fechas el doctor Carl Hermann Berendt, el filólogo y antropólogo mayista de Providence, Rhode Island, le escribió a García Icazbalceta y le pidió que agregara noticias para una nueva edición del libro del doctor Hermann Ernst Ludewig (1809-1856), The Literature of American Aboriginal Languages, de 1858.72 Le dijo que él mismo había recopilado ya varias adiciones y también contribuían a ello el geólogo y etnólogo americano George Gibbs (1815-1873) y el abogado y coleccionista Thomas Buckingham Smith (1810-1871). Seguramente García Icazbalceta, en su afán por contribuir a los avances de la ciencia, estuvo dispuesto a enviarle varias de sus minuciosas descripciones al doctor Berendt. Pero el libro de Ludewig tenía tantas deficiencias, que García Icazbalceta prefirió reunir sus propias notas y publicarlas en un librito de limitado tiraje, 60 ejemplares, que él mismo imprimió en octubre de 1866 y tituló: Apuntes para un catálogo de escritores en lenguas indígenas de América.73

García Icazbalceta llevaba veinte años trabajando sobre el tema, desde 1846, tenía unos “apuntes” y había logrado reunir varios impresos en lenguas indígenas. Así se lo comentó en 1861 al doctor Berendt, quien entonces le envió una lista con más de treinta títulos que había tomado de la obra de Ludewig para que García Icazbalceta le diera datos más precisos de cada uno. Por eso el doctor Berendt se refería a los “apuntes” de García Icazbalceta aun antes de verlos publicados, y cuando recibió su ejemplar y vio en la “Advertencia” las menciones a su persona y que fue él quien motivó su publicación, se sintió gratamente sorprendido y “satisfecho con el plan de la obra y la ejecución”.74

García Icazbalceta le dio un carácter riguroso a su obra, en la que incluyó solamente obras existentes, realmente vistas y examinadas. Además, y a diferencia de Ludewig, que sólo incluyó vocabularios y gramáticas de las lenguas indias, incluyó confesionarios, doctrinas cristianas y otras obras de cristianización de los indios. El libro está dividido en dos partes: la primera y mayor incluye impresos que poseía García Icazbalceta, y la segunda reúne impresos conservados en otras bibliotecas. Utilizó el corto tiraje de este libro para mandarlo a otros eruditos que le pudieran ayudar en esta labor, concebida también como colectiva.

Fue el mismo doctor Berendt el que le hizo a García Icazbalceta otra amistosa petición el 5 de abril de 1865: la de atender a los requerimientos de su amigo, el bibliógrafo franco-estadounidense Henry Harrisse, quien necesitaba referencias bien hechas y seguras sobre los impresos mexicanos de la primera mitad del sigo xvi. Harrisse le mandó a García Icazbalceta, junto con la carta de recomendación del doctor Berendt, una primera misiva presentándose brevemente y solicitándole información sobre los inicios de la imprenta en México y sobre varios libros en particular de los cuales Harrisse tenía dudas.

García Icazbalceta lo ayudó como hubiera ayudado a cualquier otro estudioso que se lo solicitara, aun sin carta de recomendación, pero se esmeró en proporcionarle información porque se lo había pedido su amigo el doctor Berendt, quien además le había hablado elogiosamente de los trabajos de Harrisse. Así comenzó una intensa relación epistolar de tema bibliográfico e histórico que duró hasta 1878.

Henry Harrisse

Se sabe muy poco sobre los orígenes y primeros años de Henry Harrisse, sobre todo porque él mismo trató de mantenerlos ocultos, acaso en parte debido a su probable origen judío, que nunca mencionó. Tuvo una relación muy fuerte con un amigo de infancia y se llevó muy bien con algunos colegas de madurez, pero más que los hombres, amaba los libros y las bibliotecas.

Retrato de Henry Harrisse. Fotografía de la New York Public Library.

El esfuerzo de algunos biobibliógrafos ha podido establecer que Henri Herisse —con este nombre— nació el 24 de marzo de 1829 en París, en el cinquième arrondissement, en la rive gauche. Era hijo de Abraham Herisse, tal vez estadounidense, y de la parisina Annette Marcus Prague, también llamada Nanine. Tuvo un hermano llamado Alfred y una hermana cuyo nombre desconocemos.75

Sobre sus primeros años y los orígenes de su vocación por el estudio, contamos con este curioso relato que Harrisse le escribió al bibliotecario español Manuel Remón Zarco del Valle, que llegó a ser uno de sus amigos más cercanos. Lo traducimos del francés:

Aunque americano, nací en París, la ciudad natal de mi madre. En cuestión de estudios, mi padre me molía a golpes cada vez que me sorprendía con la nariz en un libro. Esta manera original de educar a un desventurado niño que no quería más que instruirse, encontraba su fuente en una teoría que no carece de lógica. Entre más se sabe, más se quiere saber, decía el autor de mis hechos y de mis males, y lo poco que se sabe acaba por volverse causa de violentas penas y de apetitos insatisfechos.

Verdadero o no, este sistema cuyo resultado inmediato era el de cebrarme el cuerpo, acabó por fastidiarme, y a la edad de 16 años dejé la casa paterna, para no regresar jamás.76

Sabemos también, por un registro tardío, que Harrisse era bajo de estatura, pero fornido.77 Por una fotografía apreciamos que era bastante guapo, de frente amplia, cara ovalada, barba partida, boca inteligente y mirada intensa.78

A los 16 años pues, hacia 1845, Herrisse dejó la casa familiar, y no sabemos adónde fue ni qué hizo. Debió leer y estudiar mucho, porque aprendió lenguas, filosofía, historia y otras cosas. Pero el hecho es que, al igual que su familia, emigró a Estados Unidos, posible país de origen de su padre.

En Estados Unidos, el joven Henry, con el nombre de Herrisse, antes de cambiárselo por el de Harrisse, se estableció en Charleston, Carolina del Sur, estado esclavista donde había más negros que blancos. Harrisse fue contratado como profesor de francés en la Mount Zion Academy en Winnsboro.

Aquí comenzó su amistad de toda la vida con un joven carolino, John Johnson (1829-1907), que trabajaba en una Section Gang del ferrocarril Charlotte and South Carolina Railroad. Al igual que Henry, John era estudioso y sensible. Compartían ambiciones literarias. Su amistad, primero presencial y después epistolar, se mantuvo durante todas sus vidas.

La inteligencia y los conocimientos de Harrisse atrajeron la atención del escritor y predicador presbiteriano James Henley Thornwell (1812-1862), presidente del South Carolina College. Allí Harrisse continuó sus estudios y se recibió como bachiller. Leyó al jurista inglés William Blackstone (1723-1780), autor de Commentaries on the Laws of England, con el honorableW.W. Boyce (1818-1890), renombrado congresista estadounidense.

En 1853 Harrisse obtuvo el grado de Master of Art, Artium Magister (maestría). Presentó una tesis sobre el recién publicado Dictionnaire des sciences philosophiques coordinado por el entonces renombrado filósofo francés de origen judío Adolphe Franck (1809-1893), experto en la cábala y el Antiguo Testamento, entre varios otros temas.79 Este estudio fue el primero que publicó Harrisse, sin firmarlo, en la revista trimestral Southern Quarterly Review, en febrero de 1857.80

Desde julio de 1853 Harrisse se mudó a Carolina del Norte, en donde enseñó francés y literatura moderna, además estudió derecho y se preparó para el foro durante cuatro años en la Universidad, en Chapel Hill.

Como profesor, tuvo problemas con los gentlemen sureños a su cargo, más deseosos de hacer vida pública que de aprender en la Universidad. Sus alumnos se burlaban de su pronunciación todavía afrancesada, le aventaban bellotas cuando se volteaba para escribir en el pizarrón y una vez le amarraron un chivo a su cama y se rieron mucho de él cuando bajó despavorido las escaleras gritando “Someone has put a Billy Sheep in my bed!”

En Carolina del Norte sus responsabilidades profesionales obligaban a Harrisse, que era más bien agnóstico, a atender los servicios religiosos cada domingo y oír un sermón presbiteriano. Un domingo, el predicador dijo: “Debemos sacar nuestras certitudes de nosotros mismos”, y citó el Cogito ergo sum del filósofo francés René Descartes (1596-1650), que le pareció a Harrisse no muy bien entendido. Harrisse regresó a casa a investigar el asunto y constató que Descartes no había sido traducido al inglés. Harrisse, que estaba bajo la influencia del espiritualismo ecléctico de Victor Cousin (1792-1867), decidió emprender la traducción y estudio de Descartes. Trabajó con ahínco a lo largo de tres años, al cabo de los cuales concluyó un manuscrito de 3 200 apretadas páginas, con traducciones del Discurso del método, de las Meditaciones metafísicas (con todas las objeciones de Arnauld,Hobbes,Gassendi y otros, y las respuestas de Descartes), del Tratado sobrelas pasiones del alma, los Principios de Filosofía y otras obras en francés y latín. A sus traducciones, Harrisse agregó también un discurso sobre la filosofía cartesiana, otro sobre la escuela cartesiana de metafísica en Inglaterra, una vida de Descartes y notas adicionales sobre Leibniz,Spinoza y Malebranche.81

Harrisse mandó el grueso manuscrito a dos casas editoriales —Bohn, de Londres, y Little, Brown and Company, de Boston—, pero ambas rechazaron amablemente editar la obra, que no prometía redituar mucho dinero. Little, Brown and Company acababa de publicar una traducción, de Mikel John, de la Crítica de la razón pura (1781) de Immanuel Kant (1724-1804), que no se vendía.82

Sin embargo, la inmersión del joven Harrisse en la filosofía cartesiana adquirió un significado fundamental al profundizar en la tabula rasa filosófica y científica derivada del Cogito ergo sum, decisiva en la tabula rasa historiográfica, y regreso a las fuentes, aplicada de manera ejemplar por Harrisse a lo largo de sus investigaciones históricas, bibliográficas y cartográficas. En marzo de 1856 escribió un artículo sobre el tema en la North Carolina University Magazine, que le publicó varias otras contribuciones, sin ninguna paga.83

El primer artículo pagado de Harrisse lo editó en 1856 la North American Review, dirigida por su dueño Andrew Preston Peabody (1811-1893), quien le mandó un cheque de tres dólares expedido por el Shoe and Leather Dealers Bank, de Boston. Harrisse no cobró el cheque, sino que lo enmarcó, junto con la carta de Peabody con su sobre, y lo conservó toda la vida.84

Harrisse dio más detalles sobre sus estudios de filosofía en la carta a Zarco del Valle del 30 de julio de 1870:

Traducía todas las obras de Descartes y de Spinoza para recrearme (¡yo creía entonces en la metafísica!) También hice una vida de Platón y un manual de filosofía platónica. De la filosofía pasé a la historia, y resumí mis estudios sobre Vico y Herder en un trabajo sobre los límites de la filosofía de la historia. Finalmente, me di a la misión ingrata de dar a conocer al público común la vida y las obras de la nueva escuela de pensadores y de escritores franceses, y publiqué una multitud de biografías y de críticas sobre Littré,Taine,Renan, los historiadores franceses, etc., etc.85

Sin dejar el estudio de la metafísica, Harrisse se interesó también por la filosofía de la historia, y casi concluyó una “elaborada disquisición” sobre The Limits of the Philosophy of History, de la que concluyó que la humanidad se mueve no en círculo sino en espiral, ideas antiguas que Harrisse asimiló principalmente por su lectura del filósofo napolitano Giambattista Vico (1668-1744), que conoció posiblemente a través del historiador francés Jules Michelet (1798-1874).86

También Harrisse escribió un artículo sobre el “imperativo categórico” de Kant, que le provocó tales paroxismos al ilustrador y periodista George