Convivencia y utopía - Rodrigo Martínez Baracs - E-Book

Convivencia y utopía E-Book

Rodrigo Martínez Baracs

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Beschreibung

Este libro contiene la utopía de don Vasco -una utopía de convivencia- y sigue las vicisitudes del gobierno indio español de la "ciudad de Mechuacan" que fundó el obispo, primero en Tzintzuntzan y despúes en Pátzcuaro.

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Seitenzahl: 1037

Veröffentlichungsjahr: 2015

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SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

CONVIVENCIA Y UTOPÍA

RODRIGO MARTÍNEZ BARACS

CONVIVENCIA Y UTOPÍA

El gobierno indio y español de la “ciudad de Mechuacan” 1521-1580

INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA E HISTORIA FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición, 2005 Primera edición electrónica, 2015

© D. R. 2005, Instituto Nacional de Antropología e Historia Córdoba, 45; 06700 México, D. F.

D. R. © 2005, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-2516-8 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

ÍNDICE GENERAL

Propósitos

Reconocimientos

Nota sobre ortografía

Abreviaturas

I. Nombres

   Primeras menciones cortesianas

   1. El reino y la provincia

   2. La ciudad principal

   3. El señor

   4. El pueblo y la lengua

II. El reino de Mechuacan

     Orígenes michoacanos

     La formación del reino

     La organización del reino

III. El primer impacto de la Conquista (1502-1530)

     Conquista pacífica

     Primeras noticias

     Embajadas

     Peste y crisis palaciega

     Primeros contactos

     Hermanos adoptivos

     La invasión

     La fragmentación del reino

     El rejuego de los intereses particulares

     La Primera Audiencia

     Las pretensiones de Juan Infante

     De encomienda a corregimiento

     La muerte del Cazonci

IV. Proyectos comunitarios (1530-1533)

      El licenciado Quiroga

      Encuentros en Santo Domingo

      El proyecto comunitario de reformación de las Indias

      Remedios

      La Utopía mexicana

      Obispos de Utopía

      Utopía de un mundo vacío

V. Fundaciones (1531-1538)

    Pleitos por Mechuacan

    Incorregibles corregidores

    Los diálogos de 1533-1534

    La Utopía michoacana

    Ordenanzas y doctrinas cristianas

    Imágenes

    Las dos fundaciones laicas de la ciudad de Mechuacan

    La fundación eclesiástica de la ciudad

    La Información en derecho

VI. Traslados (1538-1541)

      Los diálogos de 1538

      La posesión de Pátzcuaro

      La fuente de Santa María

      La bondad de Pátzcuaro

      El traslado

      La lucha con Juan Infante

      La nueva ciudad de Mechuacan en Guayángareo

VII. Reconstitución del gobierno indio (1540-1554)

       Conservación y cambio del aparato estatal

       El gobernador y el cabildo

       La ausencia del obispo

       La Información de 1553

VIII. El conflicto de las tres ciudades (1547-1556)

        El obispo Quiroga en España

        Logros del obispo Quiroga

        La alianza con el arzobispo Montúfar

        El obispo regresa poderoso

        Los hospitales de la Concepción

        La visita del virrey Velasco

        Tzintzuntzan contra Pátzcuaro

IX. Decadencia del poder indio (1560-1576)

      Última residencia de don Antonio

      El último No

      El vacío que dejó Huítziméngari

      Avances de Guayángareo

X. Reacción india (1576-1580)

     La Información de 1576

     El robo de la caja del cabildo de la ciudad de Mechuacan

     El traslado a Valladolid

XI. Recapitulación y avance

Bibliografía

        I. Textos antiguos

      II. Estudios modernos

Créditos de figuras

Apéndice. Querella que dio don Juan, gobernador, de Urdiales porque llevaba el cofre de los títulos desta ciudad, 1577

PROPÓSITOS

Una presencia ubicua en la documentación del siglo XVI michoacano es la llamada “ciudad de Mechuacan”. La denominación sorprende debido a que Michoacán es hoy el nombre de uno de los estados que conforman los Estados Unidos Mexicanos; en la época colonial fue el nombre de una provincia, un obispado y una lengua; y antes de la llegada de los españoles nombre en lengua náhuatl de un gran reino; pero suena raro como nombre de ciudad.

La extrañeza y dificultad del término “ciudad de Mechuacan” aumenta por su variedad de sentidos. En el siglo XVI, entendida como “cabecera” de la “provincia de Mechuacan”, designó varios asentamientos sucesivos y contendientes: Tzintzuntzan (primero llamada Uicicila o Uchichila por los españoles), la fugaz Nueva Granada (cerca de Tzintzuntzan), Pátzcuaro y Guayángareo (después llamada Valladolid y más adelante Morelia).

El conflicto entre Tzintzuntzan, Pátzcuaro y Guayángareo por el título de ciudad de Mechuacan repite como un eco la existencia de tres capitales del reino michoacano prehispánico: Pátzcuaro, Ihuatzio (Coyoacan) y Tzintzuntzan (Huitzitzillan). Cuando llegaron los españoles gobernaba en Tzintzuntzan el Cazonci Zuangua. Sin embargo, la capital del reino michoacano había estado previamente en Pátzcuaro e Ihuatzio, sucesivamente o en la forma de una efímera Triple Alianza, con características peculiares. El sesgo tzintzuntzanista de la Relación de Mechuacan, la principal fuente disponible sobre el Mechuacan prehispánico, hace difícil tener una visión clara de las cosas. Y está en pañales la arqueología de la cuenca del lago de Pátzcuaro.

Una dificultad adicional es que la ciudad de Mechuacan en Tzintzuntzan y en Pátzcuaro compartió con la ciudad de Mexico la peculiaridad de ser ciudad y capital de provincia por partida doble y aun triple. Fue ciudad y capital india y ciudad española, y además capital eclesiástica, sede del obispado de Mechuacan.

Otro grado de ambigüedad de la ciudad de Mechuacan es que podía referirse a la ciudad misma, india, española o episcopal, o a sus respectivos cabildos. Sin embargo, la fundación y el funcionamiento de cada una de estas ciudades no implicaron siempre el funcionamiento del cabildo indio, el cabildo español o el cabildo eclesiástico, que pasaron por diversas y mal conocidas vicisitudes. Cuando se habla en el sentido político de la ciudad de Mechuacan en Pátzcuaro, casi nunca es claro si se refiere al cabildo indio o al cabildo español, o a ambos juntos.

La documentación expresa intereses encontrados que aprovechan las ambigüedades de sentido de la ciudad de Mechuacan, y el historiador debe utilizarla con cuidado para entender a qué ciudad se refiere en cada momento (Tzintzuntzan, Pátzcuaro o Guayángareo), o, también, qué concepto de “ciudad” (india, española, episcopal) asumía cada actor en cada contexto.

Es lamentable la pérdida, espero que no irreparable, de la mayor parte de la documentación relativa a los cabildos de la ciudad de Mechuacan en Tzintzuntzan y en Pátzcuaro en el siglo XVI. Suple en algo esta carencia la información indirecta de la documentación provincial, del alcalde mayor de la “ciudad y provincia de Mechuacan” y sus tenientes (en el Archivo Histórico de la Ciudad de Pátzcuaro),1 de la documentación central, del virrey y la Real Audiencia en la ciudad de México (en el Archivo General de la Nación) y la documentación metropolitana del Consejo de Indias (en el Archivo General de Indias), entre otros repositorios. Pero hasta la fecha no se conoce el funcionamiento, vida e interacción de los cabildos indio, español y eclesiástico de la ciudad de Mechuacan.

En el presente ensayo me propongo seguir a grandes rasgos el desarrollo del gobierno indio y español, civil y eclesiástico de la ciudad de Mechuacan (en Tzintzuntzan, primero, y en Pátzcuaro después) en las primeras décadas después de la Conquista, atendiendo a su carácter complejo, a lo largo de múltiples circunstancias que alteraron de manera profunda la organización política que encontraron los españoles en Mechuacan, ella misma producto de mal conocidos procesos.

Las generalizaciones resultan empobrecedoras al tratar de aprehender un proceso político multifacético y conflictivo, sobre el cual las fuentes permiten plantear ideas y problemas, pero no siempre dan los medios para probarlas o resolverlos. Presento una aproximación provisional, que preferí disponer de manera cronológica, para tratar de acercarme a cada momento o situación “en interioridad” y apreciar la imbricación del gobierno de la ciudad de Mechuacan con la vida toda: política, económica, social, cultural, religiosa, etcétera.

En un primer capítulo, a manera de introducción, retomo las primeras menciones de Hernán Cortés a la provincia de Mechuacan, a su señor el Cazulci y a su ciudad capital Uicicila, para hurgar en el sentido político y simbólico de estos y otros nombres michoacanos. En este capítulo y a lo largo de todo el trabajo no dejé de tener en cuenta que al estudio de la vida humana se aplica lo que sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) escribió sobre la comprensión de las letras divinas en su Respuesta a sor Filotea de la Cruz, del primero de marzo de 1691: “No hay duda de que para inteligencia de muchos Lugares, es menester mucha Historia, costumbres, ceremonias, proverbios, y aun maneras de hablar de aquellos tiempos en que se escribieron, para saber sobre qué caen y a qué aluden algunas locuciones de las Divinas Letras”.

Sé que mi documentación es limitada y que los archivos aún tienen mucho que entregar. Confío en la posibilidad de que aparezcan algunos de los documentos municipales michoacanos perdidos. Y espero que estudios más completos se dediquen pronto al tema del gobierno indio y español de Pátzcuaro durante el conjunto del periodo colonial.

Mi trabajo se detiene en 1580, cuando la sede del obispado de Mechuacan pasó de Pátzcuaro a Guayángareo-Valladolid. Los dos cabildos españoles —secular y eclesiástico— se fueron a Valladolid, y el cabildo indio de la ciudad de Pátzcuaro quedó como el único cabildo formal de la ciudad, gracias al cual, sin embargo, Pátzcuaro se mantuvo como ciudad y como capital de la provincia india de Mechuacan. Esta situación se prolongó durante más de cien años, hasta 1689, cuando se reinstituyó un cabildo español en la ciudad de Pátzcuaro. El largo siglo de la autonomía india michoacana en Pátzcuaro (1580-1689), el breve siglo de convivencia de un cabildo indio y otro español (1689-1767) y el medio siglo del ataque borbónico contra las corporaciones indias (1765-1808) merecen estudiarse por separado.

1 El Archivo Histórico de la Ciudad de Pátzcuaro (AHCP) contiene la documentación del alcalde mayor y su teniente, así como las escrituras públicas hechas ante escribano. Contiene muy pocos documentos de carácter municipal. No se han encontrado actas de cabildo, indio o español.

RECONOCIMIENTOS

El presente trabajo tiene su origen en un documento que encontré en 1986 durante mi primera temporada de catalogación de los documentos del siglo XVI del Archivo Histórico de la Ciudad de Pátzcuaro (AHCP), con mi colega y amiga Lydia Espinosa Morales y cuatro estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (Marcela Muñoz Ayala, Diana Lorena Segura Anaya, Patricia Lezama Morales y María del Carmen Medina Mora). Se trata de un breve testimonio judicial pulcramente escrito en 1577 en la “ciudad de Mechuacan” (Pátzcuaro) a petición del gobernador indio don Juan Purúata, relativo al intento de robo de la caja de tres llaves de la ciudad por el escribano de la rival ciudad de Guayángareo. Transcribí el documento para incluirlo en el apéndice documental de nuestro Catálogo de los documentos del siglo XVI del Archivo Histórico de la Ciudad de Pátzcuaro, pero también comencé un breve estudio introductorio para publicar el documento por separado. El texto se fue extendiendo, pues no lograba entender por qué el gobernador indio de la ciudad de Mechuacan (Pátzcuaro) defendía con tanto ahínco un cofre que contenía los documentos más importantes de la ciudad, que no aludían a la ciudad india.

Presenté un torpe intento de respuesta el 7 de agosto de 1996, al referirme al gobierno indio y español de la ciudad de Mechuacan en el simposio “Balance y perspectivas de la etnohistoria purépecha: gobierno y organización política”, coordinado por Carlos Paredes Martínez, en la XXIV Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología, en la ciudad de Tepic, Nayarit. Carlos Paredes y Marta Terán me apremiaron a entregarles mi ponencia para una amplia compilación de estudios sobre el gobierno indio en Michoacán desde la época prehispánica hasta el presente. En 1998 di una conferencia sobre el tema en Morelia, invitado por la Universidad Michoacana, en la que claramente sentí que aún no dominaba el tema, enfrascado como estaba en otras investigaciones. No podía entregar mi artículo porque no podía resumir un proceso cuyo desarrollo no conocía. A partir de 1999 pude regresar de lleno a mis estudios michoacanos, hundirme en la documentación a mi alcance y tratar de llegar a un intento de síntesis.

Presenté una primera versión de este libro como tesis de doctorado en historia y etnohistoria en el Programa Integrado de Maestría y Doctorado de Historia en la Escuela Nacional de Antropología e Historia del INAH. A mi maestra Johanna Broda, directora de la tesis, le agradezco muy particularmente su apoyo, confianza, consejos y entusiasmo. Agradezco el apoyo cordial de mis maestros y condiscípulos, trabajadores y autoridades del mencionado Programa, y de toda la ENAH, así como el de los estudiantes de la licenciatura de historia de la misma ENAH, donde doy clases.

El jurado de mi examen profesional estuvo constituido por Johanna Broda, Catherine Good, Enrique Florescano, Carlos Paredes y Marta Terán, como titulares; Mario Camarena y Leonardo Icaza, como suplentes; y Aída Castilleja, como secretaria de actas. A todos les agradezco su lectura, apoyo y consejos.

Agradezco a la Dirección de Estudios Históricos del INAH (a la institución, a mis jefes y compañeros de trabajo) su permanente apoyo y aliento. Igualmente agradezco al Sistema Nacional de Investigadores por el apoyo que me ha dado en la fase final de la redacción de la tesis y en su transformación en libro, designándome investigador nacional en agosto de 2001. Y agradezco también a las autoridades del Departamento de Publicaciones del INAH y del Fondo de Cultura Económica por hacer posible esta coedición. En el Fondo quisiera agradecer particularmente el interés de Adolfo Castañón, Joaquín Díez-Canedo, Paola Morán y Mónica Vega.

Quisiera expresar mi reconocimiento a las autoridades y al personal de varios archivos y bibliotecas: Archivo General de la Nación de México y Archivo Histórico de la Ciudad de Pátzcuaro; las bibliotecas Beinecke de la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut, y John Carter Brown, en Providence, Rhode Island, ambas en Estados Unidos; y finalmente, a la biblioteca Manuel Orozco y Berra, de la Dirección de Estudios Históricos del INAH.

Ha sido muy grande el estímulo de las reuniones bimensuales en Pátzcuaro del Grupo Kuanískuiarani de Estudiosos del Pueblo Purépecha, el Grupo Kuanis, animadas por Carlos García Mora y otros colegas amigos, en las que participan desde hace siete años arqueólogos, antropólogos, ecólogos, historiadores, lingüistas y otros estudiosos purépechas y mestizos mexicanos y extranjeros.

El apoyo de varios maestros y colegas fue muy importante para la realización de este trabajo. Carlos Paredes Martínez y Marta Terán no dejaron de apurarme con paciencia: me animaron, me regalaron libros y fotocopias de documentos y contestaron mis consultas. Enrique Florescano y Lydia Espinosa Morales me introdujeron a la historia michoacana y no han dejado de apoyarme. Woodrow Borah y James Lockhart me abrieron el paso a la historia política de los pueblos indios y de las provincias novohispanas.

En la ciudad de México, Morelia, Pátzcuaro y Erongarícuaro no dejaron de hacer patente su generosidad: Ruth Arboleyda, Patricia Carot, Aída Castilleja, Felipe Castro Gutiérrez, Aurora Díez-Canedo, Néstor Dimas Huacuz, Stéphanie Gandet, Carlos García Mora, Isabel González Sánchez, Catherine Good, el padre Francisco Miranda, Helen P. Pollard, José Antonio Rojas Loa, Hans Roskamp, Gerardo Sánchez Díaz, Peter Smith K., Enrique Soto González y Patricia y J. Benedict Warren. Claudine Chamoreau, Ismael García Marcelino, Fernando Nava e Ireneo Rojas me regalaron sus trabajos y atendieron mis consultas sobre la lengua purépecha. Mis compañeros María Teresa Bonilla, Jorge González Angulo y Delia Salazar me auxiliaron varias veces con la computadora. Sara Wood me regaló una portátil con correo, que ha sido vital.

Tengo varios familiares-colegas que me apoyaron de muchas y decisivas maneras: mi padre, José Luis Martínez; mis hermanos, José Luis y Andrea, y mi mujer, Miruna Achim. Y no olvido a mis hijas María y Constanza y a mi hijo Julián, que también ayudaron a su manera. A todos les agradezco con el alma su amable generosidad.

Los errores e insuficiencias son, por supuesto, míos.

RODRIGO MARTÍNEZ BARACS

NOTA SOBRE ORTOGRAFÍA

Respeto en términos generales la ortografía de las palabras purépechas y nahuas que registran los documentos antiguos. Sólo para discusiones particulares doy una pronunciación más precisa. Me permití, eso sí, precisar la ubicación del acento tónico, que las fuentes antiguas por lo general no registran, en un esfuerzo por restituir algo de la pronunciación de los hablantes del siglo XVI, de la gente.

Todas las palabras nahuas son graves o llanas, están acentuadas en la penúltima sílaba, por lo que escribo: Mechuacan, Coyoacan, Tenochtitlan, Cihuacóatl, Cuauhtémoc, etc. En la lengua michoacana, el acento tónico de las palabras, por muy largas que sean, aparece siempre en la primera o, más frecuentemente, en la segunda sílaba. Puede haber un segundo acento, pero es de carácter secundario, de apoyo.1 Por lo general transcribo: Pátzcuaro, Guayángareo, Guayámeo, Eróngaricuaro, Cuínierángari, Huítziméngari, etcétera.2

Al ser apropiados por los españoles en el siglo XVI, muchos nombres nahuas y purépechas vieron muy pronto trasladado su acento tónico: Michoacán, Tenochtitlán, México, Guayangareo, Guayameo, Erongarícuaro, Huitziméngari, Tangaxoán, etc. No pretendo rendir cuenta de esta evolución de la pronunciación de las palabras nahuas y purépechas por los españoles. Sólo quise transmitir algo de la presencia del pasado al conservar la pronunciación antigua nahua y purépecha. Escribo México o Michoacán para referirme a las jurisicciones actuales. De antemano ofrezco disculpas por los errores y las inconsistencias en que incurra.

Recuérdese asimismo que, en purépecha, en náhuatl y en el español del siglo XVI la x se pronuncia como la sh inglesa o la ch francesa: Xarácuaro, Xarátanga, Tangáxoan; Mexico, Xóchitl; Ximénez, Xuárez. En náhuatl la ll se pronuncia como una doble l, como bellissima en italiano: Huitzitzillan; y la h antes de consonante como una aspiración o saltillo: Xiuhquillan, Cuauhtémoc, tahtli.

Para facilitar y precisar la lectura de las citas de textos antiguos en español me permití incluir una puntuación discreta y modernizar ligeramente la ortografía, tratando de conservar la pronunciación antigua. También puse algunas mayúsculas en los nombres propios y algunas instituciones y títulos.

1 Véase Claudine Chamoreau, Description du Purépecha parlé sur des îles du lac de Patzcuaro (Mexique), Tesis de doctorado en lingüística (Université Paris V, René Descartes. Groupe des Sciences Humaines-Sorbonne), 4 de diciembre de 1998, pp. 150-152.

2 Encontré la acentuación de muchos nombres propios michoacanos en Eduardo Ruiz, Michoacán. Paisajes, tradiciones y leyendas [Primera parte], Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, México, 1890; reed. facs., Innovación, México, 1979; Mauricio Swadesh y Pablo Velásquez [Gallardo], “Nombres y términos culturales tarascos con sugerencias etimológicas”, en Delfina Esmeralda López Sarrelangue, La nobleza indígena de Pátzcuaro en la época virreinal, UNAM (Instituto de Investigaciones Históricas), México, 1965, pp. 327-334; y en Pedro Márquez Joaquín, “Glosario de voces purépecha”, en fray Jerónimo de Alcalá, OFM, Relación de Michoacán (1541), ed. coordinada por Moisés Franco Mendoza, El Colegio de Michoacán, Gobierno del Estado de Michoacán, Zamora, Morelia, 2000, pp. 693-726.

ABREVIATURAS

AGI

Archivo General de Indias, Sevilla

AGN

Archivo General de la Nación, México

AHCP

Archivo Histórico de la Ciudad de Pátzcuaro

BAGN

Boletín del Archivo General de la Nación, México

CDIAO

Joaquín F. Pacheco, Francisco de Cárdenas y Luis Torres de Mendoza, eds., Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones españolas en América y Oceanía, sacados, en su mayor parte, del Archivo de Indias, Imprenta de Manuel B. de Quiroz y otros pies de imprenta, Madrid, 1864-1884, 42 vols.

CDIU

Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones españolas de Ultramar, Madrid, 1885-1932, 25 vols.

CIESAS

Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social

Conaculta

Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

Conacyt

Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología

Crefal

Centro Regional de Educación de Adultos y Alfabetización Funcional para América Latina

CEMCA

Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos

Diccionario de autoridades

Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana, en la Imprenta de la Real Academia Española, Madrid, 1726-1739, 6 vols.; reed. facs., Gredos, Madrid, 1984

ENE

Francisco del Paso y Troncoso, ed., Epistolario de Nueva España (1505-1818), Antigua Librería Robredo de José Porrúa e Hijos (Biblioteca Histórica Mexicana de Obras Inéditas, segunda serie), México, 1939-1942, 16 vols.

FCE

Fondo de Cultura Económica

HAHR

Hispanic American Historical Review

INAH

Instituto Nacional de Antropología e Historia

INI

Instituto Nacional Indigenista

RM

[Fray Jerónimo de Alcalá,] OFM, Relacion de las cerimonias y rictos y gobernaçion de los indios de la provincia de Mechuacan (1541) (Relación de Mechuacan), Ms. ç.IV.5 de la Biblioteca de El Escorial. Varias ediciones

SEP

Secretaría de Educación Pública

UNAM

Universidad Nacional Autónoma de México

Universidad

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Michoacana Puga,

Vasco de Puga, Provisiones, cédulas, instrucciones de Su

Cedulario

Majestad…, Pedro Ocharte, México, 1563; reed. facs. con presentación de Silvio Zavala, estudio preliminar de María del Refugio González e Índice cronológico de Joaquín García Icazbalceta (1878), Condumex, México, 1985

SP

Serie Pátzcuaro, Microfilms, Biblioteca del Museo Nacional de Antropología, México

ÓRDENES RELIGIOSAS

OFM

Orden de Frailes Menores (franciscanos)

OFMCap

Orden de Frailes Menores Capuchinos

OM

Orden de la Merced (mercedarios)

OP

Orden de Predicadores (dominicos)

OSA

Orden de San Agustín (agustinos)

OSJ

Orden de San Jerónimo (jerónimos)

SJ

Societatis Jesu, Compañía de Jesús (jesuitas)

I. NOMBRES

PRIMERAS MENCIONES CORTESIANAS

AÑOS ANTES de obtener el título formal de ciudad en 1534, la capital de la “provincia de Mechuacan” fue considerada “ciudad” por los españoles desde el primer momento en que supieron de ella. Debieron influir las noticias sobre su gran poder, la riqueza y extensión de su señorío y el haber permanecido independiente del imperio mexica, que jamás la pudo derrotar.

Me parece que la mención escrita más antigua de Mechuacan, la “provincia” de Mechuacan, y de su “señor”, llamado Calçucin, está en la tercera Carta de relación escrita al emperador Carlos V (1500-1558) por Hernán Cortés (1485-1547), firmada en Coyoacan el 15 de mayo de 1522. Poco después de la caída de la ciudad de Tenochtitlan en agosto de 1521, Cortés refiere que “vino a noticia de un señor de una muy gran provincia que está setenta leguas de Temixtitan, que se dice Mechuacan, cómo la habíamos destruido y asolado…” Sabedor de que no podría enfrentarse a los españoles, el “señor de aquella provincia” envió a Cortés en Coyoacan “ciertos mensajeros, y de su parte me dixeron por los intérpretes de su lengua que su señor había sabido que nosotros éramos vasallos de un gran señor, y que, si yo tuviese por bien, él y los suyos lo querían también ser y tener mucha amistad con nosotros”.

Cortés aceptó la sumisión del señor de la gran provincia de Mechuacan a Su Majestad (el gran señor de España) y preguntó a los mensajeros si por su tierra podría llegar a la Mar del Sur (el Pacífico). Los mensajeros le contestaron que por lo pronto no podían llegar, por ser “tierra de un gran señor con quien ellos tenían guerra”. Los mensajeros estuvieron tres o cuatro días con Cortés, quien hizo escaramuzar frente a ellos los caballos “para que allá lo contasen”. Cortés les dio joyas y los despachó, junto con dos españoles, “para la dicha provincia de Mechuacan”.1

Más adelante en la misma tercera Carta de relación, Hernán Cortés se refiere nuevamente a la provincia de Mechuacan y menciona por primera vez cómo se llamaba al señor de dicha provincia: Calcucin, más bien Calçucin (Caltzontzin en lengua náhuatl). Cortés narra que regresaron “los dos españoles que habían ido a la provincia de Mechuacan” (Antón Caicedo y otro), acompañados por una gran comitiva:

y con los dos españoles vino un hermano del señor de Mechuacan [Huitzitziltzi], y con él otros principales y servidores, que pasaban de mil personas, a los cuales yo recibí mostrándoles mucho amor; y de parte del señor de la dicha provincia, que se dice Calcucin [Calçucin], me dieron para Vuestra Majestad un presente de rodelas de plata […]2

La primera mención del nombre de la “ciudad principal” de la provincia de Mechuacan, Huicicila (Huitzitzillan), se encuentra en la cuarta Carta de relación de Hernán Cortés, firmada en Tenochtitlan el 15 de octubre de 1524. Cortés comienza recordando

cómo una gran provincia que se dice Mechuacan, que el señor de ella se llama Casulci, se había ofrecido por sus mensajeros, el dicho señor y sus naturales de ella, por súbditos y vasallos de vuestra cesárea majestad, y que habían traído cierto presente, el cual envié con los procuradores que desta Nueva España fueron a vuestras altezas.

En seguida Cortés destaca las “muchas riquezas” de dicha provincia y su decisión de enviar un capitán (Cristóbal de Olid, en julio de 1522) con setenta de a caballo y doscientos peones bien aderezados, “para que viesen toda la dicha provincia y secretos della, y si tal fuese, que poblasen en la ciudad principal, Huicicila”.3

Los españoles fueron bien recibidos por el “señor y naturales de la dicha provincia y aposentados en la dicha ciudad” de Huicicila. Recibieron grandes cantidades de piezas de oro, plata y cobre, mantas finas y “otras cosillas”. Sin embargo, los españoles no quisieron “poblar” en esta tierra.

Y como a ellos no les satisficiese mucho la tierra para poblar —escribe Cortés—, mostraron para ello mala voluntad y aun movieron algunas cosillas, por donde algunos fueron castigados, y por esto los mandé volver a los que volver se quisieron, y a los demás mandé que fuesen con un capitán a la mar del Sur, adonde yo tenía y tengo poblada una villa que se dice Zacatula, que hay desde la dicha ciudad de Huicicila cien leguas, y allí tengo en astillero cuatro navíos para descubrir por la mar del Sur […].

Es notable que en esta primera mención de la “ciudad principal” de la provincia de Mechuacan, Huicicila, Hernán Cortés expresara su deseo de que algunos de sus hombres poblasen allí, esto es, que fundasen una villa española, con su cabildo, concejo municipal o ayuntamiento, como él mismo lo había hecho fundando el cabildo español de la ciudad de Tenochtitlan, primero establecido en Coyoacan tras la conquista y trasladado a Tenochtitlan a comienzos de 1524.4

La fundación michoacana fracasó, al parecer, no por “cosillas”, como escribe Cortés, sino porque él se dio cuenta de la riqueza de la provincia, que quería apartar para su propio provecho. A los españoles que sí querían poblar Cortés los mandó con Rodríguez de Villafuerte al puerto de Zacatula.5

Así pues, según Hernán Cortés, Uicicilan era la “ciudad principal” de la poderosa y rica “provincia de Mechoacan”, cuyo “señor” era llamado Calçucin. Estos primeros nombres que oyó Cortés en la ciudad de Mexico de boca de sus intérpretes o naguatatos6 son nombres nahuas o nahuatlizados, y españolizados por Cortés y los españoles. Los nahuas de Mexico y de Mechuacan los utilizaban comúnmente para referirse a las cosas michoacanas. Y en los tres nombres, como en otros más, se mezclan los significados nahuas y michoacanos.

1. El reino y la provincia

Mechuacan

Al mencionar al señor de la provincia de Mechuacan, Cortés expresó el nombre náhuatl Michhuahcan, que viene de michin o mechin, “pescado”; huah, “dueños de”; y can, sufijo locativo: “Lugar de los dueños del pescado”. Los michhuahque son la “gente de Mechuacan”. Esta designación nahua hace alusión a los varios y ricos lagos que existían en el reino de Mechuacan y particularmente al lago de Pátzcuaro, en cuya ribera se encontraba la capital política del reino (primero en Pátzcuaro, luego en Ihuatzio, finalmente en Tzintzuntzan).

El cronista chalca don Domingo Chimalpáhin utiliza el nombre de Michhuacan Chiuhcnahuapan cuando refiere la migración conjunta de michoacanos, mexicas y malinalcas.7Chiuhcnahui es “nueve” y apan, apantli, puede ser acequia, barranca, zanja o puente, según Frances Karttunen,8 por lo que Chiuhcnahuapan puede ser “Nueve puentes o acequias”.

Mencionemos que el nombre descriptivo de Mechuacan también le fue dado a otras localidades del mundo nahua, como el barrio de Mechuacan Colomochco, que formaba parte del señorío de Tlalmanalco.9

En el Códice Telleriano-Remensis, que recoge una tradición poblana de la peregrinación desde las Siete Cuevas, aparecen dos versiones del glifo de Mechuacan. La primera aparece en el folio 25v, en la representación del paso de los migrantes chichimecas (mexicas) por Mechuacan, lugar que conquistaron, como todos por los que pasaron, con un glifo del reino o señorío: un pez, michin, sobre la representación de un cerro, tépetl: in altépetl Mechuacan, el reino o señorío de Mechuacan. La segunda aparece en el folio 33v, en la representación de una batalla en 1462 entre un guerrero matlatzinca del pueblo de Xiquipilco, del valle de Toluca, y un guerrero michoacano, identificado por el glifo de pez. En ambos casos se aprecia la camisa corta de algodón que visten los michoacanos.10 [Véanse figuras I.1. y I.2.]

En palabra o glifo, Mechuacan no sólo era el nombre nahua o mexica del reino de Mechuacan, sino también el nombre con que era conocido o reconocido por los diferentes grupos étnicos y señoríos de Mesoamérica. Nada obliga a que la voz náhuatl Mechuacan haya sido un nombre impuesto por los mexicas a los michoacanos. De hecho, los asentamientos nahuas son antiguos en Mechuacan, muy anteriores a la llegada hacia los siglos XII o XIII de los migrantes tarascos, llamados chichimecas y uacúsecha, encabezados por Hireti Ticátame, quienes acabarían conquistando y unificando el territorio michoacano.11 El nombre de Mechuacan debió ser utilizado desde tiempos antiguos en tierras michoacanas.

El historiador liberal michoacano Eduardo Ruiz (1839-1902) avanzó la hipótesis de que Mechuacan fue el nombre original nahua de Tzintzuntzan, antes de la llegada de los tarascos, y que éstos la llamaron Michámacuan, “Cerca del Agua”, buscando un sentido y un sonido afines en su idioma.12 Eduardo Ruiz debió basarse en la entonces reciente primera edición de la Relación de Mechuacan,13 que se refiere sistemáticamente a Tzintzuntzan como “Mechuacan” o “ciudad de Mechuacan” o “la ciudad”, y registra la existencia allí de una arraigada población nahua. También debió tener noticia del nombre Mechuamacan, mencionado por el doctor Pablo García Abarca en un manuscrito de 1876.14

Es posible también que la insistencia en esta designación de Tzintzuntzan como “Mechuacan”, “la ciudad de Mechuacan”, “la ciudad” o “esta ciudad”, se deba al sesgo “tzintzuntzanista”15 de la Relación de Mechuacan,16 escrita por fray Jerónimo de Alcalá (ca. 1508-ca. 1545)17 entre 1538 y 1541.18 El padre Alcalá, aliado con la nobleza indígena michoacana, se propuso recuperar para Tzintzuntzan el título de “ciudad de Mechuacan”, usurpado en ese año de 1538 por Pátzcuaro, cuando el obispo Vasco de Quiroga (1478/1488-1565) estableció allí la sede de su Iglesia Catedral. Por ello en la Relación de Mechuacan jamás se mencionan los nombres de Huitzitzillan o Tzintzuntzan: siempre se dice “Mechuacan” o “ciudad de Mechuacan”. Ihuatzio, “lugar de coyotes” (el jihuatzi michoacano es el cóyotl nahua), siempre es llamada con el nombre náhuatl Coyoacan, Coyohuacan (de cóyotl, -huah, y -can), “lugar de los dueños de coyotes”, en donde también había asentamientos nahuas y una antigua influencia tolteca.19 Y a la rival Pátzcuaro (lugar de peñas donde se asientan los cúes)20 siempre se le designa con este nombre tarasco y con ningún otro.21

Es indudable que se dio una lucha lingüística; la lucha política se expresó en una guerra de nombres. Pero, aunque el término “ciudad de Mechuacan” se registra por escrito sólo a partir de 1528,22 nada impide que hubiera sido utilizado antes de la conquista española, pues es natural una identificación del nombre del reino con el de su centro político. En toda la segunda parte de la Relación de Mechuacan, que reproduce y comenta el relato anual del Petámuti o sacerdote mayor sobre el origen del reino, casi siempre se dice “Mechuacan”, y no “ciudad de Mechuacan”, implicando un uso más antiguo y propio del nombre. La mayor parte de las veces Mechuacan designa la ciudad, aunque en ocasiones también el reino.

Se confirma la antigüedad del nombre de Mechuacan referido no sólo al reino, sino también a su ciudad capital. Por ello es bien posible que la ciudad de Tzintzuntzan fuera llamada Mechuacan en la época en que fue capital del reino michoacano. Pero antes de ubicarse en Tzintzuntzan, la capital del reino estuvo en Pátzcuaro y en Coyoacan-Ihuatzio. Nada indica por qué Tzintzuntzan habría tenido el privilegio original de un nombre como el de Mechuacan, que designa de manera tan admirable tanto la riqueza en lagos del reino como el lago de Pátzcuaro, donde se encontraba, si bien móvil, la capital política del reino. Pátzcuaro e Ihuatzio pudieron también haber ostentado, consecutiva o conjuntamente, el título de ciudad de Mechuacan.

Después de la conquista española, la expresión “de Mechuacan” se usó para designar la provincia (reino incorporado al imperio de Carlos V). En 1528 o antes, su uso se extendió para designar también a la “ciudad de Mechuacan”, por entonces en Tzintzuntzan. A partir de 1534-1538 Mechuacan designó también al recién creado obispado.23 Al trasladar la capital civil y religiosa de Mechuacan de Tzintzuntzan a Pátzcuaro en 1538, el obispo Quiroga explicó que la ciudad de Mechuacan incluye también el conjunto de sus barrios y sujetos, los pueblos de la cuenca del lago de Pátzcuaro, esto es, las dependencias inmediatas del Cazonci,24 para alegar que la capital cambió no de ciudad, sino de barrio, dentro de una misma ciudad. Pero en términos reales, el obispo Quiroga restituyó a Pátzcuaro el título de Mechuacan que le había pertenecido en los tiempos gloriosos del rey Taríacuri, verdadero fundador del reino. Y a partir de 1541 la española Nueva Ciudad de Mechuacan en Guayángareo compitió con Pátzcuaro por el título de ciudad de Mechuacan.

El lago de Pátzcuaro era llamado en ocasiones “laguna de Mechuacan”.25 En el siglo XVI se hablaba de la “lengua de Mechuacan” y, aunque menos, de la “lengua michoacana” (como se decía “lengua mexicana” para designar el náhuatl). Igualmente se hablaba de los “indios de la provincia de Mechuacan”,26 término que resulta impreciso, pues en la provincia vivían indios de varias etnias, además de la tarasca o purépecha. Como expresó la lingüista Claudine Chamoreau, “el glotónimo y el etnónimo están construidos a partir del topónimo”.27

Se ha criticado el hecho de que una voz en lengua mexicana se utilice para designar el reino michoacano. Sin embargo, no se conoce una voz en lengua michoacana para referirse al reino de Mechuacan. Esto quizá se deba a la falta de textos en lengua michoacana semejantes a los que abundan en lengua mexicana. Sólo existe la versión castellana de la Relación de Mechuacan, y fray Maturino Gilberti (1507?-1585) sólo publicó un vocabulario, una gramática y obras de evangelización en lengua michoacana, pero nada sobre las antigüedades michoacanas. Mechuacan no tuvo ningún fray Bernardino de Sahagún (1499-1590), ningún Hernando Alvarado Tezozómoc (1525/1530-después de 1609),28 Domingo Chimalpáhin (1579-1660)29 o Juan Buenaventura Zapata y Mendoza (?-1689).30 Con todo, recuérdese que tampoco se sabe muy bien cómo se designaba al imperio mexica antes de la llegada de los españoles, acaso Colhuacan o Tenochca tlalpan.31

En la segunda mitad del siglo XVI los franciscanos llegaron a referirse a la “lengua de Cintzuntzan (Çintzuntzan)” y aun propusieron hablar del “lago de Cintzuntzan” y de la “provincia de Cintzuntzan” para referirse a la provincia de Mechuacan; pero no se sabe si esta expresión realmente se utilizó antes de la llegada de los españoles y, ciertamente, no se generalizó en el siglo XVI o después.

El término tarasco ha sido utilizado en español y otras lenguas desde el siglo XVI, o acaso antes, hasta nuestros días para designar a la etnia, lengua, sierra, sopa y aun al reino y la provincia de Mechuacan: no hay acuerdo sobre su etimología y, en cualquier opción, parece tratarse de una designación alógena.

En contraposición con esta designación, el término purépecha ha sido defendido por los purépechas para designar a su etnia y su lengua, y hoy se ha vuelto preponderante; pero en la época prehispánica no designaba al reino de Mechuacan ni al conjunto de la población, sino tan sólo a la clase trabajadora, la gente común. Más adelante retomo estos apelativos.

Echero

Si bien no sabemos cómo se decía a sí mismo en lengua michoacana el reino de Mechuacan, sí sabemos cómo los michoacanos le decían en su lengua a la ciudad de Mexico Tenochtitlan, la capital del rival reino mexica: Echero o Echerio. Registran el término, entre otras fuentes antiguas, el Vocabulario en lengua de Mechuacan (1559) de fray Maturino Gilberti,32 y el anónimo y manuscrito Diccionario grande de la lengua de Michoacán, compuesto hacia 1587.33 En el siglo xx lo incluye el Diccionario de Pablo Velásquez Gallardo,34 y en la década de 1980 el lingüista Fernando Nava registró que el término Echero se seguía utilizando, aunque ya estaba en decadencia.35

También sabemos cómo llamaban los tarascos a los mexicas: “Teco. Mexicano. Tecoecha. Mexicanos”. Lo registra el Diccionario grande.36 Tal vez venga de tolteca, según Christian Duverger, habitante de Tollan, prototipo mesoamericano de civilización.37

En el nombre Echero destaca la vinculación michoacana de la política con los asuntos de la tierra, pues echeri significa “tierra” y es la raíz de gran número de términos y significados. Al considerar que Echero (echeri) significa “la tierra”, Eduardo Ruiz se preguntó:

¿Por qué daban este nombre los tarascos a la ciudad de México? Mientras los mexicanos traducen a su propio idioma la palabra Tzintzuntzan, “país de colibríes”, por Huitzitzila, que en la lengua náhuatl significa lo mismo, los tarascos, hablando de Anáhuac, ciudad de los lagos, ciudad edificada en agua, la llamaban el país de la tierra. No hallamos más explicación que el empleo de una ironía, en odio y burla a los mexicanos.38

No creo que el nombre Echero haya tenido un sentido de odio o burla. Más allá de sus connotaciones agrícolas, vitales para el hombre en todas sus dimensiones, Echero tiene una fuerte carga política, pues Mexico dominaba toda la tierra, y también tiene un sentido religioso, pues se asocia a la Tierra misma, al Dios y a la Diosa de la Tierra. Parece más bien que Mexico Tenochtitlan era el gran modelo de ciudad imperial para los michoacanos. Mexicas y michoacanos, hermanos y enemigos.

Confirma la importancia de Mexico para los michoacanos el sabio Gutierre Tibón (1905-1999), quien por cierto no menciona el nombre Echero, pero da seis nombres de Mexico Tenochtitlan en lengua michoacana: Tzintzu-Uiquixo, “Lugar del colibrí zurdo”; Cutzixucaro, “Plaza de la Luna”; Queriretiro, “En la ciudad grande”; “Huandacuahgáaguio, “Lugar de discursos”; Itzitzirapuaro, “Sementera del agua”; y Acambaquishuaro, “Receptáculo del maguey”.39

Lejos de la ironía que supuso Eduardo Ruiz, estos nombres expresan la alta consideración en que los michoacanos tenían a los mexicas. No todos los términos rescatados por Gutierre Tibón son traducciones de Mexico Tenochtitlan. “Plaza de la Luna” y aun “Sementera del agua” pueden ser equivalentes de Metzxicco, entendido como “En el ombligo de la Luna”. Y “Receptáculo del maguey” puede relacionarse con Tenochtitlan, “Cerca del tunal en la piedra”, o “Cerca del tunal de tunas duras”. Pero “En la ciudad grande” y “Lugar de discursos” (lugar donde se manda, como veremos más adelante) designan específicamente la grandeza y el poder de la ciudad de Mexico.

Comentario aparte merece Tzintzu-Uiquixo, listado por Tibón, que no puede considerarse un nombre michoacano de la ciudad de Mexico. Aparece en la Relación de Mechuacan en la narración del recorrido de Cuínierángari por la ciudad de Mexico destruida y asolada, cuando los principales mexicas le dijeron: “Mirá esta cibdad de Mexico, nombrada de nuestro dios Zinzuiquixo, cuál está toda desolada…”.40Zinzuiquixo no significa “Lugar del colibrí zurdo”, sino tan sólo “Colibrí zurdo”, traducción exacta del nombre náhuatl del dios Huitzilopochtli. Los señores mexicas no le dicen a Cuínierángari que la ciudad de Mexico se llamaba Zinzuiquixo, pues Mexico Tenochtitlan no se llamaba Huitzilopochtli o Huitzilopochco (nombre de una de sus dependencias), sino que era famosa, “nombrada”, por su dios tutelar Huitzilopochtli y su gran templo. Como veremos más adelante, es posible que el reino michoacano quisiera emular y superar al mexicano rebautizando su tercera capital con el nombre de Tzintzuntzan o Huitzitzillan, Lugar de Colibríes.

Agreguemos el ya mencionado nombre de los mexicanos, teco, plural tecoecha, acaso proveniente de tolteca, habitante de la prestigiosa ciudad de Tollan. También expresaban admiración ciertos nombres que los michoacanos dieron a emperadores mexicas como Axayácatl (?-1468-1481), quien guerreó contra Zizíspandacuare,41 llamado Harángari, que significa, según Pedro Márquez Joaquín, “el que tiene nombre”.42

2. La ciudad principal

Uicicila

El nombre de “ciudad de Uicicila”, que Hernán Cortés mencionó en su carta del 15 de octubre de 1524, es una españolización del nombre náhuatl Huitzitzillan, “Lugar de Colibríes”, el cual significa lo mismo que el nombre tarasco de Tzintzuntzan. Durante los primeros años después de la Conquista, los españoles se refirieron comúnmente a la ciudad de Uchichila, sin mencionar jamás el nombre tarasco de Tzintzuntzan, que comenzaron a utilizar años después, tal vez sólo a partir de 1538.43

El nombre nahua de Huitzitzillan viene de huitzilin, “chuparrosa, chupamirto, colibrí”, escrito en la variante huitzitzilin, que registra fray Alonso de Molina (ca. 1513-1579),44 y del locativo -tlan.45 El nombre tarasco de Tzintzuntzan viene de tzintzuni, “colibrí”. No es claro el sentido del -tzan final, que puede ser un locativo, de muy escaso uso. O tal vez el nombre derive, como piensan Mauricio Swadesh y Pablo Velásquez Gallardo, de Tzintzúnchani, “colibrí en medio”.46 Parece una variante del nombre náhuatl de Huitzilopochtli, dios tutelar de los mexicas, “Colibrí izquierdo”, pues opochtli significa “izquierdo”.

En realidad, no es seguro que el nombre náhuatl Huitzitzillan sea una traducción del nombre michoacano Tzintzuntzan, como piensan Eduardo Ruiz y varios autores posteriores, pues bien pudiera ser a la inversa: que Tzintzuntzan sea una traducción de Huitzitzillan, o tal vez que la ciudad se haya nombrado con los dos nombres mexicano y michoacano al mismo tiempo.47

El culto al colibrí era común a mexicas y michoacanos. Ya lo era desde la migración conjunta de mexicas y michoacanos desde Chicomóztoc, según la tradición mexica plasmada en el conjunto de crónicas (fray Diego Durán, OP —1537-1588—; Juan de Tovar —1540-1623—, SJ; Hernando Alvarado Tezozómoc —1525/1530-después de 1609—, Códice Ramírez —fines del siglo XVI—; Joseph de Acosta, SJ —1540-1600—)48 que, según Robert H. Barlow, se basaron directa o indirectamente en la perdida e hipotética Crónica X,49 o, según Rafael Tena, en una o varias crónicas en lengua náhuatl y en una tradición oral basada en ciertos códices mexicas hoy desaparecidos.50 Según esta tradición, de la séptima cueva salieron “los mexicanos, los que agora son tarascos y habitan la provincia de Mechoacan, y los de la provincia de Malinalco, todos eran de una congregación o parcialidad y parientes […] y todos hablaban una sola lengua”. Venían guiados por su dios Huitzilopochtli, “Colibrí de la izquierda”, que los guiaba y les decía en sueños qué hacer.51

Cuando llegaron a Pátzcuaro, los sacerdotes lo sintieron muy “apacible y alegre”, pero el dios mandó seguir adelante. Entonces los sacerdotes le dijeron que “si no era aquel el lugar que les tenía prometido”, si por fuerza tenían que seguir adelante, que al menos aceptase que la provincia quedase poblada por algunos de ellos. El dios Huitzilopochtli aceptó y en sueños les propuso un plan a los sacerdotes:

que todos los que entrasen en una laguna grande que en aquel lugar hay a se lavar como ellos lo tienen de costumbre y uso, así hombres como mujeres, que después de entrados, se diese aviso a los que afuera quedasen que hurtasen la ropa, así a ellos como a ellas, y sin que lo sintiesen, alzasen el real y se fuesen con ella y los dejasen desnudos.

Los mexicanos hicieron lo que les mandó su dios, y cuando los que se estaban lavando “con mucho contento” salieron de la laguna, buscaron su ropa para cubrirse, no la encontraron, fueron al “real” de los mexicas, que encontraron abandonado, sin quien les dijera a dónde fueron. Viéndose desnudos y desamparados, resolvieron quedarse a poblar en la tierra de Mechuacan, y aun “mudaron el vestido y el lenguaje”. Nació entonces la enemistad entre tarascos y mexicas.

La historiografía michoacana eclesiástica retomó esta historia mexica sobre la separación de los michoacanos en Pátzcuaro. Según el cronista franciscano fray Alonso de la Rea, o Larrea (1608?-1661), al fundar su primera ciudad, los tarascos “la consagraron al ídolo que los condujo, que fue Huitzilopochtli, oráculo de los mexicanos, que aunque los separó, no dejaron de reconocerle, por cuanto pasaron por su disposición y decreto a la tierra en que también se hallaban”. De modo que “a este dios consagraron su primera ciudad, dándole el mismo nombre que fue Tzintzuni, que significa el mismo pájaro [huitzilin] y la llamaron Tzintzuntzan, que significa pueblo del pájaro verde o el dios Huitzilopochtli […]”.52

La historia de la migración conjunta de mexicas y tarascos guiados por Huitzilopochtli y su separación en el lago de Pátzcuaro todavía no ha sido elucidada. Puede tratarse de una historia de procedencia mexica que busca dar sentido a su enemistad y guerra con los valientes michoacanos, a su peculiar indumentaria y lenguaje extraño. Pero tampoco puede desecharse que la versión mexica provenga de una tradición michoacana anterior, elaborada por los uacúsecha, gobernantes en Tzintzuntzan, con el fin de emparentar en el pasado mítico con los mexicas. El historiador mestizo tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo (?-1590?) dio una versión alternativa del origen común y de la separación de mexicanos y michoacanos, y dio un indicio de que dicha tradición pudo ser michoacana al referir que tanto otomíes como tarascos decían venir de las Siete Cuevas.53

Otro posible indicio de una tradición michoacana sobre la migración mexica se encuentra en la expresión “mas es de creer a los de Mechua e a los chichimecas”, en “Origen de los mexicanos”, una de las anónimas Relaciones franciscanas de 1533. Pero el editor Joaquín García Icazbalceta corrigió donde dice Mechua y puso “Culhúa”, supongo que con base en su lectura del pasaje paralelo de la “Relación de la genealogía y linaje de los señores de esta Nueva España”, la otra relación franciscana de 1533.54

El reino de los uacúsecha era un “Estado prístino”,55 el primer gran reino (y el único) que gobernó el territorio michoacano, por lo que parece posible que en muchos aspectos tomaran como modelo a sus enemigos mexicas para organizar su imperio en expansión. En todo caso, el nombre mismo de Tzintzuntzan-Huitzitzillan debió ser un rebautizo tardío del sitio, posterior a su elección como capital del reino o imperio michoacano, en honor del temible dios tutelar mexica.56

Puede considerarse el antecedente de los mismos mexicas, quienes, según Christian Duverger, en un primer momento usaron el nombre náhuatl Mexicco (de meztli, Luna; xictli, ombligo; y el locativo -co), que era la traducción del nombre otomí que le dieron sus habitantes originarios, Amadetzana, “En el ombligo de la Luna”. Y más adelante, piensa Duverger, para reafirmar su dominio político, los mexica rebautizaron la isla con el nombre específicamente náhuatl de Tenochtitlan, “En el tunal de la piedra”, e inventaron el nombre Ténoch del caudillo de los mexitin en su peregrinación.57 No se sabe, pues, el nombre original de Huitzitzillan Tzintzuntzan, pueblo nahua y tarasco de adoradores de Xarátanga, diosa de la Luna.

Sea como fuere, el nombre de la ciudad de Tzintzuntzan le dio, si bien de manera tardía, un nombre tarasco a la lengua tarasca o purépecha, pues varias fuentes de las décadas de 1570 y 1580 se refieren a la “lengua de Tzintzuntzan”. Cincuenta años después de la conquista de Mexico, el franciscano fray Juan Baptista de Lagunas (?-1604?), en su Arte y dictionario con otras obras en lengua michuacana, publicado en 1574, registró la expresión “lengua de Cintzuntza”; utilizó la expresión Cintzuntzanapu uandaqua, y aun propuso la designacion de “provincia de Cintzuntza”. Después de referir el origen del término tarasco y la etimología de Mechuacan, el padre Lagunas agregó:

Mas Cintzuntza, a quien los naturales tienen y llaman Corte y cabeça de la Provincia, quiere dezir lugar de unos paxarillos pequeños de cuya pluma hazen las ricas imágines. Y éstos se llaman en mexicano Vitzitzilin. Y asi todos los naturales no llaman a la provincia ni a la lengua sino provincia y lengua de Cintzuntza.58

El comisario franciscano fray Alonso Ponce (1527?-1592?) o su culto secretario fray Antonio de Ciudad Real (1551-1617) debieron tener a la mano el Arte y dictionario de Lagunas durante su visita a la provincia de Mechuacan en 1586, pues el secretario anotó, en términos muy semejantes: “Entre los indios de Mechuacan no se llama aquella provincia y lengua sino provincia y lengua de Cintzuntzan, de un pueblo grande que hay en ella llamado Cintzuntza, a quien los naturales llaman corte y cabeza de toda la provincia”.59

Al parecer manejó la misma información el corregidor Pedro Montes de Oca al informar en su valiosa y recientemente editada “Relación de Tiripitio”, del 15 de septiembre de 1580: “La lengua que hablan estos naturales se llama en su vulgar [Tzin]tzuntzanabu vandaua; nosotros le llamamos lengua tarasca. Llamábanle los naturales Tzinzuntzanauo vandaua porque su rey de Mechoacan tenía su asiento y cabecera en un pueblo desta provincia que se dice Tzintzontza”.60 Es claro que el corregidor transcribió de manera deficiente la expresión que registró el padre Lagunas de Cintzuntzanapu uandacua, lengua originada en Tzintzuntzan.

Esta tardía, y escasamente usada, designación de la provincia y de la lengua “de Cintzuntza” parece inspirada en la posición Tzintzuntzanista y antipatzcuarista de los franciscanos y los nobles michoacanos. El término mismo de Cintzuntzan comienza a registrarse en documentos en 1538, precisamente cuando el obispo Vasco de Quiroga trasladó de Tzintzuntzan a Pátzcuaro la capital de la ciudad de Mechuacan. Después de 1554, cuando el obispo regresó de España con el título de ciudad de Mechuacan para Pátzcuaro, los franciscanos optaron por engrandecer el nombre de Cintzuntza. El de Uicicila estaba olvidado. Y tras la muerte de Vasco de Quiroga en 1565, Tzintzuntzan intensificó su lucha por independizarse de Pátzcuaro y ser una ciudad por sí misma.

Sin embargo, no es imposible que los gobernantes prehispánicos de Tzintzuntzan hubieran querido dar a su reino el nombre de su capital, y también a su lengua, con el afán de imponer una dominación total a los señoríos pertenecientes a múltiples etnias incorporados al reino. Se diría así Irechecua Tzintzuntzani, el reino de Tzintzuntzan.61 Pero entonces, al igual que lengua o reino de Tzintzuntzan, también se pudo haber hablado de lengua o reino de Pátzcuaro y de Ihuatzio, cuando la capital michoacana estuvo en estas ciudades, antes de pasar a Tzintzuntzan.

De cualquier manera, la lengua tarasca existía ya en Mechuacan mucho tiempo antes de que la capital michoacana pasara a Tzintzuntzan y ésta adquiriera dicho nombre (acaso emulando el culto mexica a su dios titular Huitzilopochtli). Por ello, la expresión “lengua de Tzintzuntzan” tiene un tinte imperialista, con el cual no necesariamente se identificaron los diferentes pueblos michoacanos, tarascos u otros, antes o después de la conquista española.62

Por otro lado, la expresión “lengua de Tzintzuntzan” parece ser indicativa de una lengua culta, “política”, contrapuesta a una popular, “plebeya y mal pronunciada”. Así lo deja entender el padre Lagunas:

Y adviertan que en todas las lenguas vulgares hay pronunciación pulítica, curiosa y bien pronunciada. Y también hay otra [pronunciación] tosca, plebeya, imperfecta y mal pronunciada. Y puesto que ambas sean maternas y vulgares es cosa ilustre. Y de advertir que la pulítica cortesana sea universal e muy perceptible a todos como la Toledana a los Castellanos. Y la Tezcucana en los Mexicanos. Y a los de Michuacan la de Pazquaro, y Cintzuntza. En lo cual (no sin trabajo) he sacado y hecho este Arte y Copia verborum, o Dictionario. Para que cada cual pueda aprender la cortesana, pulítica y universal lengua, y se sepa apartar de la incongrua, bárbara y mal pronunciada, que algunos pueblos usan; puesto que la lengua michuacana es toda una.63

Al referirse a la tosca lengua plebeya, acaso Lagunas pensaba en la lengua llamada purépecha, “lengua de los hombres trabajadores”, según la identificó el corregidor Pedro Gutiérrez de Cuevas en su “Relación de Cuiseo de la Laguna”, del 28 de agosto de 1579,64 que más adelante retomo.

Pátzcuaro

Pátzcuaro (comúnmente escrito Pazquaro o Pasquaro) difiere de Tzintzuntzan-Huitzitzillan y de Ihuatzio-Coyoacan, pues no tiene nombre equivalente en lengua náhuatl y no hay acuerdo sobre la etimología de su nombre en lengua michoacana.

El Vocabulario en lengua de Mechuacan, del franciscano fray Maturino Gilberti, de 1559, traduce patzáquaro como “lugar donde se guarda algo”; y el anónimo Diccionario grande, escrito hacia 1587, precisa: “Despensa”.

Ha merecido más aprobación la etimología que dio en su Arte y dictionario con otras obras en lengua michuacana, de 1574, fray Juan Baptista de Lagunas, quien tradujo Páscuaro como “lugar donde se tiñe de prieto”. En su “Relación de la ciudad de Pátzcuaro”, de 1581, el bachiller Juan Martínez dio una variante de esta etimología que no menciona el color del tinte: “También se llama Pátzcuaro porque antiguamente, antes que la ciudad se fundase, había en el sitio algunos tintoreros, que en la lengua desta provincia se llaman phastza, y así Pátzcuaro quiere decir ‘lugar donde tiñen’”.65

Debe también considerarse que, según el dominico fray Diego Durán, quien escribió hacia 1578-1581, el nombre de Pátzcuaro es mexicano, no tarasco, pues al narrar la historia del origen común y separación de los mexicanos y tarascos, dice que sucedió en “la provincia que agora se dice Mechoacan, […] un lugar que [los mexicanos] pusieron por nombre Pátzcuaro”.66

Ahora bien, en una variante de esta versión, la de la Crónica Mexicáyotl, escrita en náhuatl hacia 1609 por el cronista mexica don Hernando Alvarado Tezozómoc (1525/1530-después de 1609), y copiada por el cronista chalca Domingo Chimalpáhin (1579-ca. 1650), el nombre de Pátzcuaro aparece escrito Bazquallo.67 En sus demás escritos históricos, Chimalpáhin retomó esta grafía sobreespañolizada (la letra B no existe en la fonética nahua), aunque también escribió Pazcuallo.68

Cuallo o cualo significa “es comido” (como en los eclipses de Sol y de Luna, llamados Tonatiuh cuallo y Metztli cuallo). Patz-, según Frances Karttunen, es un elemento constitutivo de “muchas construcciones relacionadas con lo líquido, […] que preserva el sonido Proto-Uto-Azteca *P perdido en a-tl, ‘agua, líquido’”.69 De modo que Patzcuallo podría significar algo así como “El agua comida”, posible referencia a la cuenca del lago conquistada por los chichimecas uacúsecha, o a la importante fuente de alimento que significaba la cuenca lacustre de Pátzcuaro. De cualquier manera, este intento de nahuatlización del nombre de Pátzcuaro parece corresponder a la ya mencionada voluntad de los mexicas de incorporar sus enemigos michoacanos a su historia y explicarse su enemistad, lengua e indumentaria peculiares.

El fraile capuchino fray Francisco de Ajofrín (1719-1789), quien visitó Mechuacan en mayo de 1764, dio otra etimología: “Llámase Paztquaro [sic], que en lengua tharasca es lo mismo que lugar de lutos, acaso por un hurto que hicieron los mejicanos de los vestidos cuando estos naturales se estaban bañando en la laguna, según Acosta, Historia Indias Occidentales Mor., cap. 4”.70

Ya consideramos esta versión, proveniente de la tradición mexica plasmada en la hipotética “Crónica X”. La cita es de la Historia natural y moral de las Indias (Juan de León, Sevilla, 1590) del jesuita Joseph de Acosta (1540-1600),71 en su traducción al latín incluida por Teodoro de Bry (1528-1598) en su Collectiones peregrinationum in Indiam Orientalem et Indiam Occidentalem (Francofurti et Oppenheimii, 1590-1634).72 El padre Acosta (siguiendo la Segunda relación del padre Juan Tovar, SJ, o el Códice Ramírez) refiere la migración conjunta de mexicas y michoacanos guiados por Huitzilopochtli y la separación de los michoacanos, a quienes los mexicas hurtaron su ropa cuando se bañaban en el lago de Pátzcuaro. Pero ninguna de estas fuentes menciona la etimología de Pátzcuaro como “lugar de lutos” que da el capuchino Ajofrín.

Según el franciscano fray Pablo de la Purísima Concepción Beaumont (1710-1780), Pátzcuaro “era lugar de recreo de los reyes tarascos y se llamaba Pátzcuaro, que quiere decir ‘sitio alegre’”.73

Vicente Riva Palacio (1832-1896) escribió en 1885 que Pátzcuaro es “corrupción de Patzimícuaro, lugar de espadañas” (hierba parecida al junco).74 Lo siguió Antonio Peñafiel (1839-1922).75

Nicolás León (1859-1929) rechazó en 1888 la etimología de Pátzcuaro como “lugar de alegría” y prefirió basar su propuesta en el relato de la fundación de Pátzcuaro según el relato del Petámuti en la segunda parte de la Relación de Mechuacan:76

Como tuviesen su asiento en el barrio de Pázquaro llamado Tirímichundiro, hallaron el asiento de sus cúes llamado Petázequa, que eran unas peñas sobre alto, encima de las cuales edificaron sus cúes, que decían esta gente en sus fábulas quel dios del infierno les envía aquellos asientos para sus cúes a los dioses más principales.77

Más adelante, la Relación de Mechuacan refiere que “fueron a aquel lugar donde ha de ser la iglesia catedral y hallaron allí los dichos peñascos llamados Petázequa, que quiere decir asiento de cu”. Pátzcuaro sería, pues, una corrupción de Petátzecuaro, “Lugar de las peñas sobre las que se asientan los cúes o templos”.78 La Relación de Mechuacan agrega el nombre completo del lugar: Çacapu Hamúcutin Pázquaro. Tzacapu es “piedra” y hamúcutin es “orilla”. El nombre de Tzacapu se refiere tanto a la piedra de las peñas como a las cuatro “piedras alzadas, como ídolos por labrar”, que los chichimecas encontraron en lo alto de los “peñascos llamados Petázequa”.79 Se refuerza la etimología de Pátzcuaro como “lugar cerca de las peñas sobre las que se asientan los templos”. Y es notable que precisamente al pie de estas peñas sagradas el obispo Vasco de Quiroga quisiera en 1538 asentar la iglesia catedral de Mechuacan.

La Relación de Mechuacan destaca la importancia religiosa y ceremonial de Pátzcuaro y registra que “decía el Cazonci pasado [Tangáxoan Tzintzicha, 1520-1530] que en este lugar y no en otro ninguno estaba la puerta del cielo, por donde descendían y subían sus dioses”. Aun después de que la capital de Mechuacan se desplazó a Ihuatzio y de allí a Tzintzuntzan, Pátzcuaro conservó su importancia como centro ceremonial.80 Si Pátzcuaro, a diferencia de Coyoacan-Ihuatzio y Huitzitzillan-Tzintzuntzan, no tuvo nombre náhuatl propio, se debe tal vez a que su nombre náhuatl original fue precisamente Mechuacan, puesto que allí Taríacuri fundó y extendió el reino michoacano. Y éste de Mechuacan fue el nombre que el obispo Vasco de Quiroga restituyó a Pátzcuaro en 1538 al mudar allí su iglesia catedral.

Guayángareo

Debe finalmente considerarse el nombre del valle en donde se asentó en 1541 la ciudad española de Mechuacan, después de haber estado en Tzintzuntzan y en Pátzcuaro: Guayángareo, o más propiamente Uayángareo. A partir de 1578, la sede del obispado de Mechuacan se trasladó de Pátzcuaro a Guayángareo, que adoptó el nombre de Valladolid; y el 12 de septiembre de 1828 recibió el nombre de Morelia.

Usualmente se escribe y pronuncia como palabra grave o llana, Guayangareo, pero el acento tónico de las palabras tarascas se ubica en la segunda sílaba, como lo registró Eduardo Ruiz a fines del siglo XIX, quien precisó: “La terminación eo es corrupción de io, y los indios puros pronuncian Guayángario, en vez de Guayángareo. Y que io o iro significan una casa o una ranchería lo hallamos en la Gramática de Lagunas”.81 En esto último, Ruiz cita aprobatoriamente la clasificación de las terminaciones de los topónimos michoacanos emprendida por Vicente Riva Palacio, quien propuso que la terminación eo indica población pequeña.82

La terminación de Guayángareo indicativa de “población pequeña” refuerza la identificación hecha por Carlos Herrejón Peredo de Guayángareo con un pequeño poblado indígena en el ángulo sureste del valle, al sur del río Chico, en las faldas de la loma de Santa María. Por extensión, desglosa Herrejón, recibieron también el nombre de Guayángareo: el río Chico, la estancia de Gonzalo Gómez, después Hacienda del Rincón, la loma, el pueblo español y la ciudad española que se asentaron en ella, y que en 1578 recibiría el nombre de Valladolid.83

Carlos Herrejón resumió las diferentes y discordantes etimologías que se han registrado del nombre de Guayángareo (que escribe Guayangareo):

Hay diversas opiniones sobre la etimología de la palabra. Muchos la refieren a la loma larga y chata sobre la cual se fundaría la ciudad española.84 Otros dicen que es lo mismo que rincón, con lo cual se explicaría también el nombre del poblado asentado en tal lugar y que equivale a la voz matlatzinca pantziyegui.85 Finalmente hay quien opina que Guayangareo, o mejor Uayangareo, significa lugar de fuentes termales,86 posiblemente, añadimos nosotros, porque en un punto del valle, el actual Cointzio, llamado también Urerio, había y sigue habiendo fuente de tales aguas. Me inclino por la segunda opinión.87

En la segunda edición de su estudio, Carlos Herrejón continuó su reflexión etimológica sobre el nombre de Guayángareo. Rechazó firmemente la etimología “rinconada” propuesta en 1729 por el agustino fray Matías de Escobar (1690-1748), basado en la etimología del nombre matlatzinca o pirinda del lugar, pues “el análisis morfológico y semántico de la palabra no da para ello”. Y agrega que también debió “influir en esa opinión el hecho de que la estancia de ese lugar, después hacienda, fue llamada del Rincón”.

Carlos Herrejón también rechazó firmemente, y calificó de “opinión peregrina”, la etimología que él mismo había aceptado en la primera edición de su libro, de Guayángareo como “lugar de aguas termales”, defendida por José Corona Núñez (1906-2002), siguiendo no a Antonio Peñafiel (1839-1922), sino a Cecilio A. Robelo (1839-1916).88