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¿Vivimos inmersos en situaciones absurdas? ¿Seguiremos esperando lo mágico? ¿Los ciudadanos continuaremos aguardando, como en la antigua leyenda de Hamelín, la aparición del flautista? Este libro contiene relatos más o menos breves. Son crónicas sociales, es decir, hechos reales vividos desde 1950 hasta el 2000. De ahí su título y la subdivisión en décadas. ¿Podrás descubrir el hilo conductor de cada historia?
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Seitenzahl: 56
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Camila Pellegrini.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Rial, Julia María
De los años : relatos de una ciudadana / Julia María Rial. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
78 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-850-9
1. Narrativa Argentina. 2. Microrrelatos. 3. Relatos Históricos. I. Título.
CDD A863
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© 2022. Rial, Julia María
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Durante muchos años afirmé que podía recordar cosas que había visto en el instante de mi nacimiento.
Yukio Mishima - “Confesiones de una máscara”.
Desde joven he tenido el placer de escribir sobre hechos vividos. Descubro en un viejo cuaderno estos relatos, los leo, recuerdo algunas situaciones e imágenes y me emociono. No son relatos de ficción. Son hechos reales. ¿Son crónicas sociales? ¿Se ceñirán estrictamente a la realidad o habrá influenciado en demasía mi imaginación?...
Al corregirlos, percibo que hay entre algunos de ellos un hilo conductor que el lector sabrá descubrir.
Julia
De los años
Relatos de una ciudadana
De los años 50
Ismos
Hacía ya más de cinco años que nos habíamos mudado desde La Plata a la Ciudad de Buenos Aires.Vivíamos en el barrio de Caballito, en un edificio de tres pisos sin ascensor, construcciones económicas que se habían hecho durante la Segunda Guerra Mundial.
En la planta baja tenía el consultorio el médico del barrio, el doctor Ruffo, un excelente profesional, siempre dispuesto a visitar a sus pacientes y vecinos. Normalmente vivía apurado y cuando, después de una visita médica, papá le ofrecía un whisky o un café, se negaba aduciendo que debía continuar con el recorrido. Esa noche, sin embargo, fue diferente: aceptó el escocés y se sentó en uno de los sillones bergere a conversar con mi viejo.
En cierto momento dirigió la mirada hacia la biblioteca y fijó su vista en uno de los estantes:
—Don Julio, me parece que es conveniente que saque esos libros de ahí.
Papá miró hacia el mismo lugar.
—Le parece? ¿Qué problema puede haber?
—Si yo fuera usted los escondería; guárdelos, quémelos.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—¿Usted conoce al Dr. Sirio?
—¡Cómo no lo voy a conocer!... Tiene el consultorio a mitad de cuadra, es nuestro dentista.
—¿Y no sabe quién es?
Papá se quedó callado. Entonces el doctor Ruffo le explicó que pertenecía al partido, que era el jefe de manzana, que según se rumoreaba andaba armado y ayudaba a realizar allanamientos en donde suponían que había material comunista.
—Pues acá no tiene ninguna razón para visitarme—respondió mi padre—y menos incursionar en mi biblioteca.
—Usted sabrá. El color anaranjado y el motivo de sus guardas ya los hace llamativos.
Transcurrió un tiempo. Llegó el 9 de Julio y bien temprano, me vestí con mi mejor ropa y soquetes, zapatos y guantes blancos. Papá se puso el sobretodo y su chambergo y nos fuimos al festejo patrio. Desde joven papá tenía la costumbre de asistir a la conmemoración del 9 de Julio pero esta vez la fecha era muy especial ya que corría el “Año del Libertador General San Martín” (escribíamos ese lema todos los días en nuestro cuaderno). Los desfiles no se hacían siempre en el mismo lugar, pero recuerdo que en esa oportunidad tomamos el subterráneo de la línea “A”para ir a la Plaza de Mayo. Al llegar me compró una bandera argentina, un paquete de pochoclos y tomándome de la mano comenzó a abrirse paso entre la concurrencia hasta ubicarme ante la baranda de contención.
—Éste es un buen lugar—me comentó apoyando sus manos sobre mis hombro—lo vas a ver venir por la derecha.
Para mí, esa espera era una eternidad pero supongo que la presencia de mi padre, de pie a mi lado, me trasmitía paciencia y fuerza. Por fin, lo vi llegar: estaba todavía a unos metros, iba al frente de los Granaderos, montado sobre un caballo blanco, con manchas negras, que corcoveaba sin cesar y a veces, en forma inesperada, alzaba con brusquedad sus patas delanteras. A mí me daba la impresión de que él, nuestro presidente, se iba a caer, pero no, se mantenía firme sobre la montura y saludaba sonriendo con una mano en alto mientras que con la otra sostenía bien cortas las riendas y, de tanto en tanto, les daba un tirón; entonces, el pinto se atravesaba y respingaba, obligando a la caballería a suspender por unos segundos el trote. Cuando se acercó, agité la bandera e impresionada por su altura, me atemoricé, pensando que se abalanzaría sobre nosotros pero, al mismo tiempo, no podía dejar de admirar su figura y el paso colorido de los granaderos que lo acompañaban. Entre el ruido ensordecedor del trote de tantos caballos juntos oí a papá:
—Miralo, miralo bien. ¡Va a ser historia!
Fijé otra vez mi mirada en Perón y su caballo pinto pero enseguida levanté la vista para preguntarle algo y no me animé. Estaba muy erguido, con el chambergo en la mano (habíamos entonado el Himno Nacional) concentrado en el desfile. Momentos después parte de la multitud se fue desconcentrando. Papá decidió hacer lo mismo, me tomó de la mano y nos dirigimos hacia el centro de la Plaza de Mayo. Me llamó la atención unos cucuruchos de diarios: tenían granos de maíz. A los pocos minutos estaba rodeada de palomas que picoteaban casi sobre mis zapatos. El cucurucho quedó vacío y las palomas se fueron a visitar a otros chicos. Miré hacia el Cabildo. No llegué a expresar mi deseo de visitarlo. Sentí otra vez su mano firme sobre mi hombro. Con lentitud avanzábamos entre la gente llegar a la acera no pudimos cruzar la calle. Estaba cerrado el paso. De pronto escuché: ¡Foto!.. ¡Foto!...En escasos minutos estábamos sonriendo a una cámara apoyada sobre un trípode, prestando mucha atención a la orden que nos daría el señor que se escondía debajo de un paño negro. Después de una breve espera me fui con una foto, todavía húmeda, en la mano.
Finalmente, nos encaminamos hacia el bar London City (Avenida de Mayo y Florida) dónde papá me ofreció una Primavera sin alcohol. Ya pasado el mediodía tomamos otra vez el subterráneo, bajamos en la estación José María Moreno y llegamos a casa.
