De robo a muerte - Javier Colmenero - E-Book

De robo a muerte E-Book

Javier Colmenero

0,0

Beschreibung

Tras un rutinario día de trabajo, Kai regresa a su casa y descubre que la han desvalijado. Desesperado se pone en contacto con su mejor amigo y vecino, Del, quien sorprendentemente no le deja llamar a la policía e insiste en resolver el caso por sí mismos. A partir de ese momento se ponen en marcha una serie de inverosímiles acontecimientos que pondrán en jaque su vida y sus creencias. Sobre todo, a raíz del desconcertante comportamiento de su amigo, que parece llevarle la delantera en cada uno de los pasos que ejecutan tras las sórdidas pistas que descubren. De robo a muerte es una trepidante novela de acción e investigaciones detectivescas con un marcado halo sarcástico que tiñe de humor sus escenas más sangrientas.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 334

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Tras un rutinario día de trabajo, Kai regresa a su casa y descubre que la han desvalijado. Desesperado se pone en contacto con su mejor amigo y vecino, Del, quien sorprendentemente no le deja llamar a la policía e insiste en resolver el caso por sí mismos. A partir de ese momento se ponen en marcha una serie de inverosímiles acontecimientos que pondrán en jaque su vida y sus creencias. Sobre todo, a raíz del desconcertante comportamiento de su amigo, que parece llevarle la delantera en cada uno de los pasos que ejecutan tras las sórdidas pistas que descubren.

De robo a muerte es una trepidante novela de acción e investigaciones detectivescas con un marcado halo sarcástico que tiñe de humor sus escenas más sangrientas.

De robo a muerte

Xavier Colmenero

www.edicionesoblicuas.com

De robo a muerte

© 2023, Xavier Colmenero

© 2023, Ediciones Oblicuas

EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª

08870 Sitges (Barcelona)

[email protected]

ISBN edición ebook: 978-84-19805-14-0

ISBN edición papel: 978-84-19805-13-3

Edición: 2023

Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales

Ilustración de cubierta: Héctor Gomila

Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

www.edicionesoblicuas.com

Contenido

I. El regreso

II. El primer contacto

III. Tomo la peor decisión

IV. El miedo cobra forma

V. Mi primer interrogatorio

I. Visitamos una expo

VII. Me cortan y no me gusta

VIII. ¿Haciendo amigos?

IX. El enemigo de mi amigo no es mi enemigo

X. La muerte hace su aparición

XI. La pequeña historia de Talia

XII. Casi contamino el escenario del crimen

XIII. Secretos en la biblioteca

XIV. En búsqueda de la verdad

XV. Apenas salvo el cuello

XVI. He perdido la cordura

XVII. Este es el final, ¿en serio?

El autor

A mi familia y amigos más cercanos,

por aguantar mis neuras y locuras.

Y a mi 5%, por todo.

Buenos días, o tardes, o noches, queridos lectores.

No soy el autor de esta obra, no señor. Mi nombre ahora mismo carece de importancia, dado que ni siquiera aparezco de forma física en la novela, o memorias, como prefieran ustedes llamar a este escrito. Sí, es cierto que me nombran en algún momento u otro de la obra, pero apenas tengo relevancia en el manuscrito, menos en la vida de los protagonistas, por lo menos en el tiempo en el que se cuenta la historia. Pero el autor le ha pedido a un escritorzuelo como yo que la lea, la corrija y haga un prólogo. Al principio me negué, claro, pues no conocía de nada al autor y protagonista, pero algo me hizo cambiar de opinión.

Y ese algo, o más bien alguien, es T.C. Después de los acontecimientos de esta novela, por suerte o por desgracia, he recuperado, más o menos, mi relación con mis dos mejores amigos, así que tampoco me pude negar cuando me lo pidió con esa mirada suya que me gusta y me da miedo a la vez.

Así que aquí estamos.

Los novelistas comunes, los dramaturgos e incluso los poetas suelen tener reparos en mencionar cosas como muertes o torturas, o esconden los sentimientos de los héroes y protagonistas para hacerlos parecer más duros y machotes. Nunca se refieren a las manchas que se extienden por los pantalones ni al olor que envuelve en náuseas a aquellos que contemplan los desagradables desechos que caracterizan a los muertos, por ejemplo.

Menciono esto como advertencia, queridos lectores, pues el narrador de esta historia no tiene dichas vergüenzas. No sé qué clase de historias habrán leído hasta este momento, pero deseo que estén preparados para sentir lo que sintió nuestro narrador desde su misma piel. Todo aquello que vivió y sintió ha sido volcado en estas páginas a modo de terapia y homenaje a diferentes personas. Además también estarán manchadas de sangre en distintos momentos.

También hay que advertir que estas palabras han sido escritas únicamente desde un punto de vista, sin saber la historia que hay detrás de una persona en concreto.

Pero, por lamentable que sea, esta no es su historia. Y es muy posible que nunca lleguemos a saberla del todo.

Así que olvidémosla por el momento y centrémonos en lo que tenemos entre manos, literalmente hablando.

Desde este punto les dejaré acompañando al que hoy en día puedo considerar un gran amigo, alguien que ha cuidado a la persona que amo, alguien que ha sabido ver algo bueno en mi interior y se ha arriesgado a entablar una amistad conmigo.

¿Qué habrá visto, os preguntaréis? Pues eso tendréis que preguntárselo a él, pues yo no lo sé. Dado que nunca he visto las cosas como las ve el mundo. Tampoco creo haber vivido del todo el universo que llamamos propio.

Adelante, adéntrense en una historia de cinco días.

Les dejo para que caminen tranquilamente, prácticamente de la mano, al lado de mi hermano Kairos Molina.

I. El regreso

Sí, lo sé. Ahora vais a empezar de verdad a leer cómo mi vida se fue a tomar por culo. Espero que disfrutéis, pero no demasiado.

Bostecé profundamente. Estaba claro que aquella mañana me había levantado con el pie izquierdo. No eran ni las cuatro y medía cuando sonó la alarma del despertador y recordé uno a uno todos los familiares de mi mejor amigo para cagarme en ellos. Me llamó la noche anterior, cerca de las doce de la noche, para pedirme que fuera a recogerle al aeropuerto a las seis y, antes de poder replicar siquiera, me colgó, dándome las gracias. Todo un detalle por su parte. Y allí estaba yo, muriendo de frío poco a poco, deseando haber cogido algo con un poco más de abrigo que una americana aquella mañana helada de finales de octubre.

Me encendí un tercer cigarro apoyado en su coche, un SUV urbano de un vivo tono rojo, mientras veía cómo por fin empezaba a salir gente de la terminal uno del aeropuerto de El Prat. Tras casi una hora de retraso del vuelo de Londres-Barcelona, parecía que mis plegarias se habían cumplido y mi amigo saldría pronto. Pero no todo era tan bonito, me tocó esperar otros quince minutos hasta que lo vi aparecer por la puerta.

Salió caminando con paso tranquilo por la puerta. Me vio casi al instante y me saludó, pero tuvo la desfachatez de pararse a sacar de su abrigo una pitillera de plata con un cuervo grabado en ella y encenderse un perfecto cigarrillo de liar. Mientras volvía a ponerse en marcha me fijé en su perfecto outfit. Iba vestido con un gran abrigo de lana con doble botonadura cruzado, de color negro, y una bufanda de punto azul oscura que le envolvía el cuello. No se podía ver, pero seguro que debajo de todo llevaba un perfecto traje inglés de Príncipe de Gales comprado en la Saville Row de Londres, además de unos preciosos zapatos de Oxford picados negros.

Cuando llegó a mi lado nos abrazamos con profundo cariño. Parecía como si lleváramos años sin vernos, aunque en realidad solamente había estado fuera una semana. Nos subimos al coche y salimos de la terminal para coger la autopista de vuelta a Barcelona. Le obligué a pagar el recibo del aeropuerto.

Mientras conducía, notaba que de tanto en tanto el sueño podía conmigo y se me cerraban los ojos, pero los abría al instante. Comencé una conversación para evitar dormirme.

—¿Qué tal por Londres?

Él me miró fijamente unos segundos y sonrió con esa suficiencia suya que le hacía tan característico. Y raro, sobre todo, raro.

—Intentas que te dé bola para que no te duermas, ¿verdad? —El muy cabrón lo adivinaba todo—. ¿Cuándo te fuiste a dormir ayer? A las doce, si no me equivoco.

Ya estaba más que acostumbrado a que adivinara todo lo que hacía y cómo lo hacía. Si soy sincero, no me sorprendía en absoluto, pero sí daba algo de rabia. Llevábamos siendo amigos más de quince años, desde que empezamos la E.S.O., y hace unos años compartíamos terreno, junto con mi pareja, Gina, la mujer más maravillosa del mundo. Pues en todo este tiempo no he sabido comprender cómo hace sus adivinaciones.

—Sí, ¿qué pasa? Es que alguien me ha hecho levantarme a las cuatro para venir a recogerle, y encima retrasándose el vuelo —respondí algo más brusco de lo pretendido. El no dormir no me sentaba nada bien. Cierto es que podría haber seguido el vuelo por las diferentes aplicaciones móviles que hay, pero bueno…, se me olvidó poner el teléfono a cargar anoche. Errar es de humanos, ¿no?

Volvió a sonreír. Entonces, sacó otros dos cigarros liados, los encendió y me pasó uno. Tengo que reconocer que se me aligeró el enfado. Adoraba profundamente esos pitis con sabor a vainilla que fumaba.

—Lo siento —reconoció—. Sé que ha sido una putada lo que te he hecho, pero no tenía más remedio. ¿Acaso iba a ir en metro con este impoluto traje? Me hubieras matado, tú, el gurú de la moda.

—¿Sabes qué? En el fondo sabes bien cómo camelarme —dije mientras expulsaba el humo por la boca.

Hasta que no pasaron unos cuarenta minutos, con un tráfico infernal, no aparcamos el coche en el parking de mi oficina en el Born. Eran ya cerca de las ocho de la mañana y yo entraba a trabajar en una hora. Así que, sabiendo eso, mi amigo me llevó a nuestra cafetería favorita, Lúkumas, para tomar un rápido desayuno. Llegamos al Raval en un cuarto de hora y él se acercó a pedir.

—Kairos, Delos, ¿cómo estáis? —preguntó la barista con una bonita sonrisa.

¡Ah, sí! Esos eran nuestros nombres. Yo soy Kairos y él, Delos. Sé que son raros. Bueno, griegos más bien. El mío significa «el correcto» y el suyo «el sobresaliente». Así es, gentiles amigos, nuestros padres, amigos de toda la vida, eran unos pequeños eruditos de la cultura griega.

Delos, Del para mí, se acercó a pedir (por cierto, yo soy normalmente Kai). Él un batch brew y un dónut de queso y frutos rojos y, para mí, un flatt white de avena con una dona de crema pastelera. Cómo me conocía. Por ese desayuno casi valía la pena el madrugón que me había pegado. Habló unos minutos con la barista, una chica de treinta y pocos años, embarazada y a punto de dar a luz. Antes de llegar con sendos manjares, ya me había arremangado para atacar esos espectaculares bollos hechos con esencia divina. Como podéis observar, amigos lectores, me moría de hambre. Sin más dilación nos pusimos a comer.

Siempre con cuidado de no mancharnos sendos trajes, era ley de vida.

—¿Me vas a decir, entonces, qué demonios hacías en Londres? —pregunté mientras esquivaba el endemoniado azúcar glass que caía sobre mis pantalones grises.

Se quedó callado. Daba ligeros sorbos a su café negro a la vez que miraba fijamente el póster de la antigua Grecia colgado de la pared al fondo de la cafetería.

—Trabajar —respondió escueto. Iba a insistir cuando volvió a hablar—. Debía ayudar a unos clientes a resolver un par de problemas sin el menor interés.

Yo sabía que mi amigo y compañero había cursado periodismo y realizado un máster en investigación durante un año en Madrid. Fue cuando volvió que compramos nuestras casas y él empezó a hacer estos viajecitos suyos tan espontáneos. Había trabajado en estos años, sobre todo, por Europa, pero con algún que otro viaje más largo a Estados Unidos y Japón. No me quejaba de sus ausencias, que acostumbraban a durar unos pocos días; casi siempre me traía algún recuerdo de cada salida.

—Pero bueno —prosiguió, haciéndome volver a la realidad—, creo que durante un tiempo se han acabado los viajes. Espero equivocarme, pero, con temor incluso, creo que algo gordo se está gestando aquí en Barcelona. Algo que no querría perderme por nada del mundo.

Tras decirlo, sonrió algo maliciosamente. Me preocupé durante unos instantes, pero le conocía y sabía que no tenía por qué tener miedo de nada. Era un simple periodista, ¿qué podía pasarle? ¿Que le confundieran con un paparazzi e intentaran romperle la cámara y darle una paliza?

Una sonrisa asomó en mi rostro. «Temo más por el pobre diablo que intente tal cosa», pensé.

Levanté mi café a su salud.

—Me alegrará tenerte por aquí un tiempo, y volver a hacer cosas juntos.

Una sombra de tristeza recorrió su faz, pero no tuve mucho tiempo de pensar en ella. Vi mi reloj. Eran las nueve menos veinte. Mierda.

Me despedí a toda prisa de Del y de Clara y salí a buen paso en dirección a la oficina. Hasta que no llegué a ella, y paré para recobrar el aliento, no me di cuenta de que me había dejado el maletín. Me volví dispuesto a regresar en una buena carrera, pero allí estaba mi mejor amigo para salvarme el culo. Sin una gota de sudor en su rostro ni un simple jadeo había llegado al mismo tiempo que yo a paso vivo.

—¿Cómo lo has hecho? —pregunté entre jadeos, recogiendo el maletín.

Él se encogió de hombros.

—Te lo he dicho siempre: observa siempre, y busca la ruta más práctica.

Dicho eso, y al ver que no pronunciaba palabra, me dio un beso, se giró y se marchó tarareando alegremente.

Aún anonadado, entré en la oficina, saludé al conserje y me preparé mentalmente para un día de aburrimiento casi asegurado.

Claro que, en aquel momento, no podía yo saber todo lo que acontecería a partir de aquella tarde. Pero no adelantemos acontecimientos.

Eran casi las cuatro de la tarde cuando dejé la oficina. Ya había comido y me disponía a ir a tomarme un café en el bar del edificio cuando reparé en Del justo al lado de la puerta. Me miré en el espejo del recibidor y me arreglé la americana gris, estaba algo torcida, y me alisé la camisa blanca y los pantalones. Además, me atusé el pelo para dejarlo perfecto. Una vez satisfecho con mi aspecto físico, salí del edificio despidiéndome del conserje.

Era una costumbre que teníamos desde hace años. Siempre que fuera posible nos gusta presentarnos ante el otro de la manera más impoluta posible.

Me vio nada más salir del edificio, sonrió y asintió satisfecho. ¿Veis? Solo con eso ya estábamos más que contentos.

Sacó de su oreja el sempiterno cigarro allí colocado, lo encendió con el suyo propio y me lo entregó.

—Gracias —le dije mientras daba una profunda y cálida calada—. Y bien, ¿cuál es el plan ahora?

—He quedado en que nos reuniríamos aquí con Gina y tomaríamos algo antes de ir para casa. —Me miró de arriba abajo y añadió—: si no estás muy hecho polvo, claro. Ya sé lo poco que te gusta madrugar.

Asentí conforme. Cada momento que pudiera pasar con mi pareja transformaría un horrible día de trabajo y madrugones en una maravilla sin parangón.

Voy a hacer una pequeña pausa para hablaros de mi novia. También porque hasta que no llegue a la escena no hay mucho más que decir, ya que nos quedamos esperando sin hablar y fumando. A Gina la considero un pilar para mi sociedad, además de ser algo así como una musa empática para mi salud emocional. Es simpática, graciosa, encantadora y la persona más amable y bondadosa de este mundo, y de varios otros si existe vida inteligente. Nos hicimos pareja hace ya cinco años, y han sido los mejores de mi vida. Tenemos en nuestro historial increíbles viajes y anécdotas. Trabaja como ayudante en un bufete de abogados; a su lado, Rachel de Suits es una completa inepta, por muy esposa del príncipe Harris que sea. Mi Gina es la mejor del planeta, y punto en boca.

Retomamos: después de esperar unos buenos quince minutos la vimos aparecer a la vuelta de la esquina. Otra cosa en la que somos parecidos: siempre llegamos tarde, no como mi amigo periodista, que siempre llega asquerosamente puntual.

Iba vestida con unas zapatillas de tela blanca y unas medias negras que subían hasta que quedaban tapadas por una falda a cuadros a mitad de muslo. También llevaba un abrigo marrón abrochado que ocultaba su vestido. Pero llevaba el cabello suelto. Cómo adoraba eso. Esa media melena de un maravilloso rubio platino con flequillo que le enmarcaba tan perfectamente aquella cara preciosa suya.

Llegó a nosotros con tranquilidad mientras remataba un cigarro de liar con filtro mentolado. Nos besamos cuando llegó a nosotros y abrazó con amor a nuestro amigo Steve (por cierto, eso es una broma que solo entendemos nosotros tres).

Hablamos un momento de adónde ir, pero Gina nos interrumpió al poco de empezar.

—Chicos, la verdad es que estoy muy cansada. He tenido un día horrible y únicamente deseo quitarme estos tacones y lanzarlos al fuego. ¿Podemos ir a casa, ponernos cómodos y tomar la birra al lado del fuego?

Esto último iba dirigido hacia el periodista. Nos miramos el uno al otro, sonreímos con complicidad y asentimos a la vez.

Bajamos al parking y se ofreció a conducir Del, así que se acomodó en el asiento del conductor y Gina y yo nos acurrucamos juntos en los de atrás para darnos algo de calor.

—Adelante, conductor. A casa, por favor —bromeó Gina.

El periodista nos miró a través del espejo retrovisor y nos fulminó con la mirada.

—¿Entonces os puedo cobrar la carrera?

—¡Anda! Calla y conduce. Por lo de esta mañana —contesté con sorna.

Salió del parking dando un volantazo que nos estrelló contra la puerta derecha. Gruñimos por lo bajo y él rio. Una vez calmado, se puso a conducir por la B-20 para llegar a la C-58 en dirección a Sant Cugat, donde vivíamos. Gracias a los dioses no había tráfico y al cabo de treinta y cinco minutos ya estábamos en casa.

Dejó el coche estacionado en nuestro aparcamiento compartido, junto a su otro coche, un Jeep Rangler, un monstruoso 4x4 de color negro y mi pobre y destartalado Prius.

Bajamos del coche y nos disponíamos a entrar en nuestras respectivas casas cuando Del nos detuvo de golpe.

—¿Qué demoni…? —empecé a preguntarle, pero me callé al advertir en su cara un rictus que mezclaba preocupación y concentración extrema.

—No deis ni un paso más.

Iba a replicar cuando Gina me tiró del brazo y señaló la casa. Había varias ventanas rotas y destrozos allá donde posabas la mirada.

—Mierda. Nos han robado —sentenció Delos con profundidad.

II. El primer contacto

No me lo podía creer, nos habían saqueado.

Desde el porche mismo de la casa se podía intuir algo del interior. Mi casa estaba destrozada. Todo había volado por los aires, como si un huracán se hubiera ensañado directamente con los muebles de diseño. La mesa, las sillas, el sofá, la tele…, todo estaba destrozado. Miré hacia Gina, que se había llevado las manos a la boca para ahogar un grito, y la abracé contra mí.

Volví la mirada contra la casa de Del y, aunque no había tanto destrozo como en la mía, también se habían ensañado de lo lindo. Desde la calle no se podía ver la parte más importante de su casa: la biblioteca. Esperaba de veras que esa habitación estuviera intacta, porque si no… Bueno, vamos a dejarlo en que allí se encontraba el corazón de mi amigo. Le miré directamente a los ojos y vi una mirada de profunda concentración. Sus pupilas se movían incansables por el suelo, sin parar en un punto en concreto.

Parecía verlo todo.

Le puse una mano en el hombro y regresó a la realidad. Nos sonrió para tranquilizarnos, pero su mirada no destilaba la misma calma que quería infundir. Nos abrazó, aunque con algo de distanciamiento. Era mi mejor amigo, podría hacerse el duro, pero yo le conocía mejor que nadie. Sabía exactamente qué era lo que le rondaba la cabeza.

Las lágrimas estaban empezando a rodar por mis mejillas cuando Gina me pasó un dedo para secar una y me apretó la mano con fuerza. Debíamos unir nuestras fuerzas más que nunca.

—Tranquila, amor. —Intenté que mis palabras destilaran más seguridad de la que sentía en aquel momento. Pista: no lo conseguí. Un sollozo se me escapó tras «amor».

Nos abrazamos fuerte y saqué el teléfono para llamar a la policía y que arreglasen este desastre cuanto antes. Pero antes de que pudiera reaccionar, Delos me quitó el móvil de las manos.

Me quedé atónito. Iba a pedirle explicaciones cuando me cortó por lo seco.

—Amigos, debemos mantener la calma. Perder los nervios no nos ayudará en nada. —Miró directamente a Gina—. ¿Puedes, por favor, apartar los coches y dejarlos en la calle? —Mi novia asintió intentando calmar los sollozos—. Gracias, amor. Ve con cuidado, no queremos que se emborronen posibles pruebas de los malnacidos que han hecho esto. Cuando acabemos, por favor, espera unos quince minutos y llama a la policía.

Gina asintió, algo más repuesta. Se alejó hacia los coches, vigilando siempre dónde pisaba, directa a cumplir su misión. Del se giró para encararme, sus ojos reflejaban una honda preocupación.

—Vale, Kai. Debemos tener mucho cuidado de no emborronar las pruebas. Yo iré avanzando poco a poco y haciendo fotografías con el móvil. Tú avanzarás después, teniendo extremo cuidado de pisar donde yo…

—Pero ¡qué estás diciendo! —exploté cortándole a media frase—. ¡Nos han robado, joder! ¡Debemos llamar a la policía ahora mismo! ¡¿Por qué esperar?!

Delos se quedó callado, como si no hubiera pensado en esa posibilidad. Como si quisiera arreglarlo todo él solo. Sonrió.

—Lo haremos, tranquilo, lo haremos. —Me puso una mano en el hombro y lo apretó para calmarme. A su favor, tengo que decir que lo consiguió. Solo un poco—. Pero hay estudios que demuestran que las investigaciones policiales, al venir decenas de personas, destruyen muchas más pruebas de las que recuperan.

»En mis trabaj… He estado en muchas escenas de crímenes. Confía en mí, sé reconocer las pruebas que necesitamos. Luego ya se las daremos a la policía. ¿Me ayudarás?

Me tendió una amistosa mano. Su sonrisa de calma no había desaparecido en ningún momento. A día de hoy, aún no sé por qué confié tanto en él, pero en aquel momento me pareció lo mejor, aunque tenía mis dudas. Supongo que en aquel estado de agitación mental no podía pensar con claridad. Agarré su mano y se la estreché. Tiró de mí hacia su torso y me abrazó con un profundo afecto.

—De verdad, no sabes todo lo que tu confianza significa para mí. Recuerda que siempre haré lo que pueda para manteneros a salvo a ti y a Gina. Sois más que mi familia.

Todo eso me lo susurró en un momento. La debilidad de su voz me produjo un escalofrío que me recorrió de arriba abajo. Fui a preguntarle a qué se refería, pero ya se había separado y empezaba a entrar en nuestro terreno. Intenté sacármelo de la cabeza y concentrarme, pero fui incapaz. Nunca se me había dado bien apartar las preocupaciones como hacía Del.

De momento confié realmente en mi amigo y lo seguí con mucho cuidado. También tengo que reconocer que lo observé más a él que a las pruebas a las que se refería.

Del empezó a recorrer el jardín hacia la derecha, alejándose de las huellas. Rodeó completamente su casa hasta llegar a una ventana rota en, prácticamente, la unión de nuestras casas. Se detuvo un momento, la examinó de cerca y sacó un par de fotos con el móvil entre murmullos ininteligibles. Entonces continuó y entró en mi jardín.

La pequeña terraza estaba llena de huellas de pisadas. El barro de los distintos calzados se había marcado con fuerza en los adoquines. Por la inmensa cantidad de marcas, parecía que habían pasados como mínimo dos docenas de personas por ahí. Del se agachó hasta casi pegar la cabeza al suelo y miró con extrema concentración algunas de las huellas. Asintió satisfecho, abrió una aplicación del teléfono e hizo varias fotografías a cinco o seis pisadas (creo que fueron esas, la verdad es que no estoy nada seguro).

—Kai, haz fotos de lo que hemos dejado atrás hasta ahora y entra por esa ventana de ahí cuando acabes, por favor. —Señaló la última ventana, la que daba directamente al comedor—. E intenta no pisar encima de las huellas, ni de los cristales, ni, bueno…, de nada que pueda ser una prueba.

—Vete a la mierda —le respondí.

Aun con todo, fui a hacer lo que me pidió. Aunque el tacto no era su fuerte, por lo menos pedía las cosas con educación.

Cuando terminé mi trabajo, rodeé la casa por fuera y me uní a él en el interior del comedor, pasando por la ventana que Del me había indicado. Fui con mucho cuidado de no cortarme con algunos cristales rotos. Tampoco quería tirarlos y emborronar más la escena, que ya estaba bastante complicada. Entré al fin y la visión fue desoladora.

Me pareció que toda la casa estaba destrozada. Viéndolo con la perspectiva del tiempo, en aquel momento me formé un mosaico de violencia a priori injustificada por lo que era mío. Lo único que podía ver y procesar era el caos, formado en mi mente, de ver destrozado aquello por lo que había trabajado. La realidad no era tanta. La mayor parte de los ataques los habían recibido las paredes y lo que colgaba de ellas, como la tele y algunos cuadros. Sí, habían destrozado algunas pinturas de recreaciones como la del hombre de Vitruvio de Da Vinci. ¿Daba rabia? Sí, pero no era irremplazable. También habían saqueado parte de la habitación, desordenando los armarios y rebuscando entre los estantes y cajones.

No parecía un ataque al azar, sino un movimiento debidamente calculado para enmascarar que buscaban alguna cosa. Pero, claro, esto lo sé porque fue Del quien me lo explicó más tarde.

En aquellos momentos, el miedo me atenazó de súbito y me quedé paralizado frente a la ventana. Era incapaz de moverme ni siquiera un centímetro. La mirada me volaba de aquí para allá, intentando verlo todo, pero las lágrimas me ahogaban los ojos fundiéndolo todo en una bruma deforme.

Algo me abrazó por detrás y, con sumo cuidado, me sacó fuera de casa, junto a Gina. Fue cuando nos rodeó a ambos que me di cuenta que se trataba de Delos. Nos abrazó con todo el amor del mundo y nos pidió disculpas. Negué con la cabeza, incrédulo.

—¿Por qué te disculpas, si únicamente estás ayudándonos?

—Exacto —convino Gina—, no necesitas disculparte.

Del se removió intranquilo. Entonces su expresión cambió de súbito y nos miró intensamente.

—Os juro por todo lo que amo en este mundo que encontraré a quien sea que haya hecho esto y se lo haré pagar.

Lo pronunció en un murmuro débil, pero solemne. Yo sabía que Del no prometía ni juraba en vano. Cada juramento era para él algo sumamente inquebrantable. Era un estilo de vida más cercano a los caballeros del Rey Arturo que a la época moderna, pero ¿quién era yo para juzgarlo?

Simplemente dejé pasarlo como tantas otras cosas extrañas que obviamos en esta vida del Señor y seguí con el curso de los extraños acontecimientos que nos ocupaban.

Voy a hacer una pequeña pausa. Soy consciente de que las páginas que están leyendo, queridos lectores, están plagadas de referencias a cosas antiguas y extrañas a la par que modernas y corrientes, es algo especial. Es un pequeño homenaje a un gran amigo mío. Pero no adelantemos acontecimientos. Ahora ya puedo dejarles seguir con su lectura.

Mi amigo se recompuso en un momento y nos miró más dulcemente.

—No quiero haceros pasar por nada más doloroso aún. Dime el lugar donde guardasteis lo más importante para vosotros y será por donde empiece a buscar.

Miré a Gina y ella asintió en silencio.

—Ahora mismo lo más importante, viendo que todo lo que adorábamos está destrozado, es una pintura que iba a vender a un coleccionista de arte indie.

—Perfecto —Del fue asintiendo con la cabeza a medida que cavilaba—, ¿dónde está?

—En tu casa —respondió Gina.

Del nos miró como esos dibujos animados a los que les crecen los ojos cuando muestran sorpresa.

—¿En mi casa?

—Más concretamente en tu biblioteca. —Antes de que volviera a preguntar empecé a explicarle—. Aproveché que estabas de viaje para guardar la pintura detrás de una de las estanterías. Necesitaba el espacio para empezar una nueva y no queríamos que se estropease.

—Pero ¿por qué tan escondida?

Me reí un poco.

—Pues porque sabemos que tienes una humidificación muy concreta en la biblioteca, para conservar los libros antiguos, sobre todo en la parte del fondo. Así que para no estropear la pintura lo pusimos ahí, detrás de una en la parte principal de la sala. Así no estaría en una zona ni demasiado húmeda ni demasiado seca. Era el lugar perfecto para que se conservase la pintura al óleo.

Del respiró hondo un par de veces y entonces rio a carcajada limpia. Incluso le saltó alguna que otra lágrima.

—Tiene sentido. Es lo mismo que habría hecho yo.

Fue lo único que respondió.

Acto seguido nos dejó allí en el porche a Gina y a mí y se fue con paso alegre hacia su casa. Con suerte encontraría la obra y todo quedaría resuelto. El seguro de mi empresa se encargaría de los desperfectos y poco a poco recuperaríamos lo que había quedado inservible.

Después de cinco o diez minutos llegó la policía y se puso a hacer fotos, con mucho menos cuidado que Delos, la verdad. Él había dado cada paso con extrema pulcritud. Los agentes, en cambio, fueron como la manada de ñus de El Rey León arrasándolo todo. Ya saben, como en la escena más triste del mundo, la muerte de Mufasa.

Entre Gina y yo les relatamos lo ocurrido a un par de inspectores, cada uno con un humeante café en las manos y muy pocas ganas de trabajar. Seguramente no esperaban empezar así su guardia.

En el momento en que acabamos de contarlo todo, apareció Del con cara de muy pocos amigos. El inspector le preguntó si también habían entrado en su casa.

—¡Váyase! ¡No quiero saber nada de idiotas como ustedes!

Me quedé pasmado. Mi amigo jamás perdía los nervios. Era alguien que tenía un temple inaudito, como forjado en la fragua de Vulcano. Eran contadas las ocasiones en las que le había visto enfadarse, y menos aún en las que no se controlase y diera una mala contestación.

Al inspector empezaba a hinchársele una vena en el cuello producto de la ira. Gina actuó antes de que estallase y nos llenase a todos de sangre.

—Lo siento, inspector. Mi amigo no quería decir eso. Acaba de volver de un viaje de trabajo y lleva muchísimas horas sin dormir y con excedente de café en el cuerpo. —Lo dijo todo con una tranquilidad que seguro que no sentía, pero que sacaba por el riesgo de que se llevasen a Del detenido. Entonces sacó su mejor sonrisa mientras le ponía una mano en el brazo que sostenía el café—. Seguro que usted entiende perfectamente qué se siente en esas situaciones. Perdónele, se lo agradeceremos de por vida.

Lo remató haciendo correr una solitaria lágrima por sus ya sonrosadas mejillas. Ni siquiera el hombre más frío del mundo podría seguir enfadado ante tal muestra de debilidad.

Por el cielo, cómo amaba a esa mujer.

El agente se tranquilizó. Lanzó una mirada de puro odio al periodista y suspiró profundamente para relajarse. Se dio la vuelta y se marchó con su compañero.

Nos giramos hacia nuestro amigo para preguntarle a qué coño había venido ese ataque, pero su expresión nos dejó mudos.

Parecía tener fuego en las pupilas, una llama que podía llegar a abrasar a cualquiera que mirase directamente. Tenía, además, el cuerpo tenso, a punto de saltar en cualquier momento.

Le di tiempo para que se relajara y, cuando su enfado remitió un poco, me lo llevé a su jardín, que había sobrevivido a los desastres. Nos sentamos en una pequeña hoguera que tenía allí, junto a la cerca que separaba muestras casas. Antes de que él se sentase junto a nosotros, se acercó al exterior de su cabaña-gimnasio y sacó tres cervezas de una pequeña nevera que tenía junto a una barra de bar.

Las abrió y nos ofreció una a cada uno. Bebimos en silencio los primeros tragos, intentando relajarnos al calor de las brasas que reposaban en la hoguera, ajenas a todo.

Cuando el silencio me parecía demasiado para soportarlo, Gina se dio cuenta y habló:

—¿Y bien? ¿Cómo estaba tu biblioteca? ¿Estaba la obra de Kairos?

Del no dijo nada, con la cerveza a mitad de camino de su boca. Bajó el botellín y lo apoyó en el asiento a su lado. Entonces juntó las manos con los índices mirando al cielo y se las apoyó en los labios.

Sonrió con una malicia que jamás habría imaginado y nos miró.

—Estaba todo destrozado.

Esas tres palabras, pronunciadas como si fueran una sentencia de muerte, me produjeron escalofríos.

III. Tomo la peor decisión

Aquella noche apenas pude pegar ojo.

Lamenté no haberme tomado una pastilla para dormir. Miré por enésima vez la hora en el móvil y todavía no eran las cinco y media de la mañana, aun así, decidí levantarme y hacer algo de provecho.

Me puse una sudadera, me preparé una taza de café de cápsula (asqueroso) y me encendí un cigarro en la terraza, sin saber qué era aquello provechoso que quería hacer. Mientras perdía la mirada en la ardiente y anaranjada punta del piti, vi de reojo la caseta de Delos en su jardín. Allí tenía montado un pequeño gimnasio con un puñado de pesas, bancos de trabajo, mancuernas y hasta una pared reforzada y llena de presas de rocódromo. Decidí que eso sería lo que haría esa mañana. Fui a buscar los auriculares inalámbricos y el conjunto de llaves de repuesto de casa de Del, donde estaba la del candado de la caseta-gimnasio.

Cuando me acerqué para entrar me di cuenta de que el cerrojo estaba tirado en el suelo y había luz en el interior. Apagué la música y escuché sonidos dentro. Eran una variedad de gruñidos y respiraciones profundas. Me asomé con precaución y vi dentro a mi amigo, sudando la gota gorda. Acabé de entrar.

Paró sus ejercicios casi al instante, pero aún en guardia. Al ver que era yo, se relajó y volvió para acabar la serie de catas. Yo esperé pacientemente a que terminase, estirando diversos músculos.

Me dolía, se notaba que hacía tiempo que no entrenaba.

La sala era algo austera, con las paredes de madera sobrias y un suelo de tatami negro. La pared del fondo era la única con decoración, pero no era común. Por la superficie había distribuidas distintos tipos de armas de entrenamiento. Había un par de catanas, un bastón bō y unos guantes de boxeo. Todo era de entrenamiento y no costaban mucho dinero. Las catanas, de hecho, fueron un regalo de un amigo que hizo un viaje a Tokio.

Por su parte, Delos estaba ejercitándose ahora con un muñeco de entrenamiento vestido con armadura romana, recreada en 3D a partir de unos moldes de un museo. Mi amigo no tenía piedad, se movía rápido como el rayo pasando por debajo de los brazos extendidos del monigote blandiendo una gladius de madera y atizándoles sin compasión.

Cuando acabó me miró y sonrió.

—Te toca —dijo mientras me lanzaba la espada de entrenamiento. La atrapé al vuelo (por el filo, así que tuve suerte que fuera de madera, no de acero, y no perdí la mano), más por suerte que por habilidad, y me levanté.

—Sabes que nunca he usado una de estas, ¿verdad? —respondí mientras daba vueltas a la espada en mi mano.

Del rio por lo bajo.

—No es tan complicado como parece, te lo prometo.

—Ya veremos.

Me planté delante del muñeco con armadura romana y Delos me ayudó a ponerme en posición. Me colocó con la pierna derecha adelantada, el cuerpo vuelto hacia la izquierda y la mano diestra, la que empuñaba, hacia adelante, con el arma en ángulo de cuarenta y cinco grados mirando hacia arriba. Me dio instrucciones para hacer cuatro movimientos básicos de parada y ataque y me dijo exactamente dónde debía golpear. Seguí sus instrucciones diligentemente.

No acerté en ninguno de los puntos.

No os equivoquéis, yo había practicado un año de esgrima con espada ropera, pero no era lo mismo ni por asomo. La espada ropera tiene una hoja más larga y fina, diseñada para dar estocadas y parar azotes de vez en cuando, centrando la defensa sobre todo en la esquiva. La que sostenía ahora, a pesar de ser de madera, era mucho más corta y pesada, con doble filo. Debía cambiar constantemente de peso y equilibrarme para no tropezar con los muñecos, o mis propios pies.

Tras ser brutalmente derrotado por el maniquí sin vida hecho de resina, devolví la espada a Delos, que la colocó en su lugar en la pared, me hice con magnesio en polvo y me acerqué a la pared de escalada. Ese deporte no se me daba mal. Además, no estaba rodeado de magma volcánico y con constantes terremotos como en alguna novela que había leído. Tampoco me haría daño si caía, ya que a lo largo de los seis metros de pared había una colección de colchonetas donde precipitarse sin miedo.

Por su parte, Del cogió uno de los bastones y empezó a aporrear con saña al guerrero, como si se vengase de él por haberle traicionado en la expansión del Imperio romano.

Tras un buen rato de estar colgado como un jamón y de dejar el maniquí más hecho polvo que si llevara vivo cuatro mil años, nos sentamos en el suelo uno frente al otro. Entramos en una especie de trance por culpa de la meditación. Esa era otra rareza más de Delos que añadir a una interminable lista: meditaba después de cada sesión de entrenamiento.

Aun cuando teníamos tantas cosas en la cabeza, más todavía después de sufrir un doble robo, de algún modo conseguía sacar lo malo de su mente y se concentraba en las cosas que tenía a su alcance. Vaciaba su cabeza de lo molesto y por unos minutos no había preocupación alguna en su alma.

Para mí era mucho más difícil de conseguir. Los agobios muchas veces me superaban, tanto que más de una vez he tenido que acudir en busca de ayuda a mi psicóloga, una encantadora mujer. Gracias a ella y sus consejos, podía sobrellevar el día a día de mi vida, teniendo además tips para acarrear en mi espalda situaciones especiales como las del día pasado.

Bueno, puede que no tanto, ya que no dejaba de pensar en ello.

Mierda de cerebro.

Al final, no pude más con la presión que mis pensamientos ejercían sobre mí y me dejé llevar.

—¿Qué es lo que vamos a hacer ahora? —Sonó a tópico de película chunga de domingo por la tarde, pero realmente no sabía qué demonios hacer.

Delos abrió los ojos y me miró directamente.

—¿Perdón? —respondió con la voz apagada. Todavía no había vuelto en sí tras la meditación. Chasqueé los dedos para despejarle y su cuerpo dio un respingo. Por suerte, regresó a la realidad—. Pensaba que estaba claro, voy a pillar a los desgraciados que han hecho semejante estropicio en tu casa. —Calló un segundo y, cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono mucho más grave de lo acostumbrado—. Y en mi biblioteca.

Estaba claro que aquello lo había afectado especialmente, aunque no lo dejase entrever en sus emociones.

—¿Y cómo coño vas a hacerlo, querido amigo? —pregunté más irónico que enfadado, aunque no me faltaban especialmente ninguna de las dos emociones.

Del sonrió con suficiente sorna como para dejar en estasis al mismísimo Arsène Lupin.

—No «vamos» a hacerlo. «Voy» a hacerlo —recalcó—. Esto puede ser demasiado peligroso como para hacerte partícipe de ello. Tú déjalo todo en mis manos.