Déjate querer - Gayle Kasper - E-Book
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Gayle Kasper

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Beschreibung

La tranquila vida que Mariah Cade llevaba junto a su hija se vio alterada con la llegada de un desconocido a la pequeña ciudad. Un hombre que despertó en la homeópata sus deseos más profundos. El doctor Luke Phillips había dejado su consulta en la gran ciudad para huir sin rumbo alguno de la tragedia. No esperaba sentirse tan atraído por la belleza y la amabilidad de Mariah. Junto a ella y a su preciosa hija empezó a sentir algo que creía haber perdido para siempre.

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Seitenzahl: 236

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2007 Gayle Kasper

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Déjate querer, n.º 1724- septiembre 2018

Título original: A Family Practice

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-9188-616-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

EL DOCTOR Luke Phillips inclinó su enorme Harley plateada para tomar una curva, retando al viento en una carrera, en la que, a veces, ganaba. Era el único placer que se permitía.

Había salido de la interestatal en algún punto al sur de Flagstaff, Arizona, a favor de la soledad de aquella carretera de doble sentido hacia ninguna parte, con los cactus, el brutal sol y las rocas de color rojizo como única compañía. El seco polvo rojizo le salpicaba la cara y los brazos. Notaba cómo rechinaba en su boca.

En aquel momento vendería su alma por encontrar la sombra de un árbol, aunque tampoco podía decirse que su alma tuviera gran valor en esa época de su vida.

Había dejado atrás quien era y lo que hacía en Chicago. Para siempre.

Entonces, un poco más adelante divisó una pequeña franja de sombra producida por un esmirriado pino. Detuvo la moto en el arcén y desmontó.

Atravesó a la carrera el cauce seco de un arroyo y escaló la altiplanicie rocosa, decidido a alcanzar la sombra. Una reconstituyente siesta de veinte minutos y estaría como nuevo.

Pero a escasa distancia del árbol se detuvo, y comprobó que en el escenario había algo más, un femenino trasero embutido en vaqueros empinado hacia el cielo. La mujer estaba asomada al borde del saliente de roca, el brazo estirado para atrapar algo, ajena a que él se estaba acercando.

Se preguntó si la vista delantera de la mujer sería la mitad de intrigante que la trasera. Parecía no poder apartar la vista de ella, conteniendo el aliento en los pulmones mientras ella se estiraba más y más por encima de la cornisa.

¡Santo Dios!

Un golpe de brisa podría hacerla caer al otro lado.

Se quedó inmóvil para no asustarla y que cayera por el precipicio. Su intención no era quedarse allí con la boca abierta, pero dado que cualquier movimiento súbito podría contribuir al desastre, ¿en qué otra cosa podía emplear su tiempo?

Tiempo… algo que tenía en abundancia.

El resto de su vida, de hecho.

No pensaba regresar a Chicago. Ya no había nada allí que lo retuviera. El centro médico y el servicio de urgencias marcharían bien sin él. Tenían buenos médicos, los mejores.

Luke debería saberlo.

Él había sido uno de ellos hasta hacía dos meses. Sintió que se le formaba un nudo en la garganta, pero lo tragó, y con él, se tragó los malditos recuerdos. La vida continuaba.

Pero así lo había querido Luke.

No sabía cuántos kilómetros había recorrido, ni las autopistas que había tomado. Lo único que sabía era que nada de ello le había proporcionado solaz, amnesia para su alma.

El implacable sol caía de pleno haciéndole desear esa rápida siesta a la sombra, pero no se atrevía a moverse hasta que la dueña de aquel provocativo trasero se dejara de jueguecitos de trapecista y se pusiera de pie. Además, ¿quería perderse el aspecto que tendría cuando se pusiera de rodillas y se diera la vuelta?

Se preguntaba si tendría los ojos marrones como la tierra o tal vez poseerían el tono azul del cielo de Arizona que tenían sobre sus cabezas. Se la imaginaba con unos pómulos altos acariciados por el sol, unos labios curvados graciosamente para formar una sonrisa, o incluso un puchero femenino.

Justo en ese momento la mujer retrocedió levemente del precario borde de la altiplanicie rocosa y se puso de pie. Tenía el cabello oscuro y sedoso, y caía por encima de uno de sus hombros en una larga trenza poco apretada. En la mano derecha llevaba una planta con las raíces colgando, así como algo de tierra y piedras de donde había sido arrancada, colmada de pequeños retoños florecientes protegidos por unas hojas pálidas y espinosas.

—¿Ha arriesgado su vida por una maldita flor?

La mujer se giró sobre sus talones para mirarlo.

Se había equivocado. Tenía los ojos verdes, y en ese momento los tenía muy abiertos por la sorpresa.

Evidentemente, no esperaba encontrar compañía allí en medio de la nada. Acercó la flor a su cuerpo y la aplastó como si temiera que se la fuera a quitar.

Tenía una constitución delgada, piernas largas y esbeltas, el tipo de piernas que cualquier hombre de sangre caliente soñaría con tener alrededor de su cuerpo en una noche de pasión desenfrenada.

Estaba seguro de que podría rodear con sus dos manos su pequeña cintura y hacer hueco en ellas a sus pechos elevados y firmes aunque modestos en tamaño. Se le había pegado el sol a la punta de la nariz y un manchurrón de tierra rojiza decoraba la punta de su desafiante barbilla. Se humedeció el carnoso labio inferior mirándolo con cautela.

—No era mi intención asustarla —dijo él con delicadeza.

Lo que no quería era que echara a correr como un ciervo asustado. No le importaría seguir mirándola todo el día.

O todo un mes.

Pero de algo estaba seguro: no había mujeres con aquella sensualidad innata en Chicago. Tal vez fuera por el agua.

O por la tierra roja.

Parecía formar parte de ésta, sentirse cómoda allí, dueña de todo aquello, y se dio cuenta de que le gustaba.

Ella también lo midió, evaluó su cuerpo de constitución fuerte, los hombros anchos, y a continuación echó un rápido vistazo en la dirección por la que había aparecido, y divisó la Harley que había dejado en el arcén.

—Me he parado en busca de un poco de sombra —explicó él, no muy seguro de por qué lo hacía.

—No hay mucha sombra por aquí.

Su voz era suave, baja e inocente, y tuvo la virtud de provocar peligrosas reacciones a su libido.

Luke no respondió, sino que continuó mirándola con firme deliberación, absorbiendo su belleza sensual, sus gestos tranquilos, y le gustó lo que vio.

Justo en ese momento, la mujer alargó la mano hacia la cesta que tenía en los pies y dejó caer la flor en su interior, una cesta que contenía otras plantas y lo que parecía una variedad de raíces y cortezas, según vio Luke.

—Yo… yo debería irme —dijo ella finalmente—. Adiós. Disfrute de su sombra.

—Espere…

Ella levantó la vista y su mirada encontró la de él, una de sus femeninas cejas levantada en gesto interrogativo.

Él no quería que se marchara.

—No ha respondido a mi pregunta. ¿Qué puede tener una flor de especial para que tenga que asomarse a un precipicio para conseguirla?

Ella miró el interior de la cesta que llevaba en la mano y jugó con un delicado brote.

—En realidad no es una flor. Es un tipo de camedrio silvestre, una hierba, muy poco usual en esta parte alta del país.

—¿Y que sea inusual la hace lo bastante especial para arriesgarse a caer por un barranco?

Le pareció ver que una sombra de dolor atravesaba sus delicados rasgos. Luke sabía lo que era el dolor, personal y profesionalmente, sabía cómo corroía el alma de un hombre.

La suya.

Ella cortó un retoño y se lo llevó a la nariz para captar su aroma.

—Es especial por su… valor medicinal —dijo ella, elevando la barbilla—. Y ahora tengo que irme.

Ella avanzó un paso, pero Luke la detuvo nuevamente.

—¿Cómo se llama?

Ella vaciló un poco mientras trataba de decidir si era apropiado presentarse a un hombre que acababa de conocer en una altiplanicie en medio de la nada. Tras un momento, la confianza ganó la batalla.

—Mariah —dijo ella con una leve sonrisa.

—Mariah —repitió él, saboreando su cadencia, su musicalidad—. Yo soy Luke. Luke Phillips.

Optó deliberadamente por ahorrarse la información de que era médico. No estaba seguro de tener el derecho de seguir afirmando tal cosa, ni de que quisiera hacerlo. Todas sus técnicas expertas le habían fallado en el momento que más las había necesitado.

Ya no le servían para nada.

—Hola, Luke Phillips —respondió ella. Se percibía un ligera reticencia en su suave voz, algo que él entendía perfectamente, dadas las circunstancias.

Pero también cierta cualidad tranquila, serena en ella. Algo que lo llenaba de paz de alguna manera. Fuera lo que fuera, le gustaba, y daría lo que fuera por conseguir un poco.

—Cuéntame más cosas del valor medicinal de este… este camedrio silvestre.

 

 

Mariah Cade estudió detenidamente al hombre que tenía delante. No tenía miedo de él, aunque sí lo había tenido al principio. Sólo un poco. O tal vez sólo hubiera sido sorpresa al encontrarse con él. Era muy raro que se encontrara con otro ser vivo cuando salía a recolectar hierbas.

Era su momento de paz, un tiempo que ella aprovechaba para hacer balance de su vida, tal vez para desear que las cosas fueran distintas, mejores. Mejores para Callie. Haría lo que fuera para hallar las hierbas adecuadas para su hija, tanto si crecían en una pared de piedra en la altiplanicie como si se criaban en la cara más alejada de la luna.

Consideró cómo responder al hombre, cuya sombra hacía que pareciera enana en comparación. Tenía unas espaldas anchas como una montaña, un torso amplio y musculoso, caderas estrechas y una fuerza, una potente masculinidad que emanaba de todo él como las ondas de calor que despedía la llanura desértica.

Su rostro llamaba la atención de una mujer, con sus marcados rasgos nórdicos que recordaban al despiadado vikingo de sus ancestros: ojos de color azul acero, una nariz recta de porte orgulloso, mentón cuadrado y una melena de cabello castaño aclarado por el sol que lanzaba destellos dorados. La caricia del sol también se dejaba notar en su piel, su cuerpo entero resplandecía como polvo de oro.

—Es una hierba con muchos usos —contestó ella, no muy segura de si quería revelar más cosas a aquel extraño. Tal vez se debiera a que quería proteger a Callie, o tal vez a sí misma.

No le había pasado desapercibida la sonrisa que le había levantado las comisuras de los labios, una sonrisa que seguía jugando con sus labios en ese momento, como si se estuviera burlando de ella y de sus simplistas formas de curar.

Mariah recorrió con un dedo una larga y ensortijada raíz, segura de sus conocimientos y de que aquella hierba podía curar a Callie, que era lo importante. Lo único, pensó mientras la resplandeciente sonrisa de su hija se le aparecía en la mente.

Callie era su vida, lo había sido desde el momento en que fue concebida. Estaban unidas por el lazo más fuerte que podía unir a dos personas.

—Las plantas pueden curar —dijo ella, con un hilo de voz—. Y a veces se puede obtener de ellas paz y tranquilidad.

 

 

Paz.

Tranquilidad.

A Luke no le irían mal ninguna de las dos cosas, y se preguntó si aquella mujer menuda tenía todas las cantidades disponibles de ambas cosas, si tenía la llave en su cesta junto con las raíces y las flores.

Se sintió tentado de echar un vistazo, pero él vivía en un mundo de realidad. Una dolorosa realidad. Y la única cura era seguir moviéndose. Adónde, no sabía. Ni le importaba. A cualquier parte, con tal de que su dolor se suavizara, con tal de olvidar, aunque sólo fuera un poco.

La miró un momento por encima, tomando nota de las atractivas curvas que exhibía con aquellos vaqueros y la suave blusa roja. Llevaba unos pequeños pendientes indios de cuentas de brillantes colores y con plata y sintió el deseo de alargar la mano y tocarlos.

Tocarla a ella.

Aunque sólo fuera para ratificar que era de carne y hueso, no un sueño que su cansada mente hubiera conjurado.

—¿De modo que ahora vas a buscar más hierbas? —preguntó él.

Ella valoró el nivel en que se encontraba el sol, y calculó el tiempo que tenía como cualquier otra persona haría con un reloj.

—Sí… aún tengo un poco de tiempo.

Y se dio la vuelta para marcharse. Luke sintió la necesidad de hacer que se quedara más tiempo con él, pero no veía razón para ello, al menos ninguna lógica. Él sólo estaba de paso y sus caminos se habían cruzado.

La observó mientras se alejaba por el sendero con sus mocasines de piel suave y se preguntó qué o quién la estaría esperando en casa.

¿Un marido? ¿Un hijo? Aunque aquello no era asunto suyo. Al menos, había conseguido que olvidara su dolor durante un breve espacio de tiempo. Y eso era algo que nadie había logrado hacer en los últimos lúgubres y vacíos meses.

 

 

Unas cuantas horas más tarde, el contenido de la cesta de Mariah estaba a punto de desbordarse. Higos indios, regaliz silvestre, raíz de consuelda. Mariah estaba contenta de haber encontrado todas aquellas hierbas. Había sido un buen día. Ya tenía hierbas suficientes para bastante tiempo.

Se dio la vuelta y echó a andar hacia la vieja camioneta que había aparcado junto al riachuelo que fluía alegremente en primavera, alimentado por la nieve derretida de las altas montañas.

Cuando llegaba el verano, se secaba y quedaba reducido a un camino de polvo y piedras, pero de momento corría suficiente agua fresca para lavarse un poco la cara y los brazos antes de volver a casa.

Se había alejado más de la cuenta, pero la esperanza de encontrar más plantas la había empujado a continuar. Muchas de las hierbas que necesitaba escaseaban en aquella región de alto desierto, pero Mariah seguiría buscando hasta dar con la planta. Y si no lograba dar con ella, buscaría un sustituto.

Una Caballo Ruano le había enseñado bien. La vista de la anciana india Hopi empezaba a fallar, ya no podía reunir raíces y plantas ella sola, por eso Mariah compartía las que ella encontraba con ella. A cambio, Una cuidaba de Callie. Su hija adoraba a la mujer, le encantaban los cuentos Hopi que Una le contaba, los mismos que la propia Mariah había escuchado de niña, criada en la tierra de aquel pueblo.

El padre de Mariah había sido un bahana, un hombre blanco. Ella no lo recordaba. No se había molestado en quedarse con ellas. Su madre había muerto muchos años atrás, y Mariah se había apartado de las costumbres nativas puesto que no se sentía bahana, pero tampoco Hopi.

No sabía nada de plantas y hierbas, ni de lo beneficiosas que podían ser. No hasta que las necesitó para Callie.

Mariah le estaba muy agradecida a Una por compartir su conocimiento con ella. Las hierbas ayudaban a Callie como ninguna otra cosa. Desde luego, los médicos tradicionales no habían logrado nada con sus medicinas.

Una se había convertido en una gran amiga cuando Mariah llegó dos años atrás. Su matrimonio con Will Cade había terminado, probablemente incluso antes de que éste se marchara a California en busca de la nueva vida que quería.

Una vida sin las responsabilidades de una esposa y una hija enferma. Mariah se había sentido asustada y sola. Excepto por Callie. Una le había dado la bienvenida, incluso la había acogido bajo su ala hasta que recuperó su orgullo y el ritmo de su vida.

Ya no pensaba mucho en el pasado, en su matrimonio o en el hombre que las había abandonado sin preocuparse de lo que pudiera pasarles.

Las hierbas que reunía para Callie pronto se convirtieron en su forma de ganarse la vida. Empezó a preparar y empaquetar las que le sobraban y a venderlas a la gente del pueblo. El año anterior había montado su propio negocio de pedidos por correo, de manera que llegaba a muchas más personas que necesitaban sus remedios naturales.

No era mucho dinero, pero lo suficiente para llevar una vida modesta para las dos. Y de vez en cuando sacaba algo de dinero extra.

En ese momento pasó por el lugar en el que se había encontrado con aquel hombre en medio de la altiplanicie, el hombre del cuerpo dorado y los ojos azules de tormenta.

Luke.

No estaba segura de por qué la intrigaba, pero así era. Se preguntaba de dónde venía y adónde se dirigía con aquella enorme moto. No mucha gente se apartaba tanto de la interestatal. Puede que debiera haberle preguntado, pero tenía prisa por seguir con su tarea. No le gustaba estar mucho tiempo lejos de Callie.

Mariah echó un vistazo carretera abajo, haciéndose sombra con las manos, con curiosidad por ver si la moto seguía aparcada en el mismo sitio, pero ya no estaba. Rechazó la súbita punzada de decepción que sintió, diciéndose que era una tonta por su debilidad.

Cambió el apoyo de la cesta a la otra cadera y continuó, aunque no le resultó fácil apartar a Luke Phillips de la mente. Sunrise era un pueblo que había quedado olvidado en el tiempo, pasado por alto por el negocio turístico, pero aún podía vanagloriarse de ser uno de los paisajes más sobrecogedores de Arizona. No solían pasar por allí muchos desconocidos, pero eso no era motivo para que aquel hombre hubiera impactado en ella con tanta intensidad.

Tal vez se debiera a aquella indefinible mirada que había vislumbrado en sus ojos, como si también él cargara con un dolor insoportable que le desgarraba el corazón.

Igual que le ocurría a ella a causa de Callie.

Entonces Mariah se detuvo en seco al llegar a la siguiente elevación del terreno. Había habido un accidente. El fulgor plateado de la moto llamó su atención, como un guerrero caído, abandonada en medio de la calzada.

¿Dónde estaba Luke? ¿Estaría herido? Barrió el terreno circundante con la vista hasta que dio con él, sentado bajo un solitario chopo de Virginia a unos metros de distancia.

—Luke —le gritó ella—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien?

Él se volvió al oír su voz y Mariah se acercó con cautela. Luke tenía el lado derecho del rostro cubierto de sangre y tierra. Se había roto el vaquero de la pierna derecha y con la camiseta negra que llevaba se había hecho un torniquete alrededor del muslo para contener la hemorragia que empezaba a empapar el tejido.

La mirada de Mariah se deslizó por aquel torso desnudo y musculoso, pero no le pasó desapercibido el arañazo que le atravesaba el hombro derecho y el feo tono amoratado que empezaba a teñirle la piel.

—Maldito armadillo —maldijo él.

—¿Armadillo? —repitió ella, mirando el ceño fruncido de él.

—Sí —dijo él, al tiempo que su ceño se intensificaba—. Tuve que girar bruscamente para evitarlo y entonces perdí el control de la moto. ¿Y sabes qué es lo peor de todo? El dichoso bicho continuó su camino sin ni siquiera mirarme, y desapareció detrás de ese maldito matorral de salvia.

—Y te dejó aquí tirado, según veo.

—Y la moto no funciona —añadió él—. No conocerás, por casualidad, a un buen mecánico, ¿verdad?

—Ahora mismo, creo que es más importante que nos ocupemos de ti. Algunos de esos cortes y arañazos parecen serios —dijo ella, evaluándolo con la vista.

—De verdad, estoy bien —dijo—. Lo único que está seriamente dañado es mi orgullo. A ningún hombre le gustaría admitir que se cayó de la moto por culpa de un armadillo.

Su respuesta no la disuadió, aunque sí le arrancó una sonrisa que bien podría insuflar un poco de luz a los oscuros confines de su corazón, si él lo permitía.

A continuación se arrodilló delante de él y le examinó la herida de la pierna, para lo cual tuvo que soltar el improvisado vendaje para comprobar el alcance de la herida. Lo palpaba con la confianza de un cirujano, y con una endiablada sensualidad también, pensamiento que lo obligó a inhalar bruscamente.

Finalmente, Mariah levantó la vista.

—Lo siento. ¿Te he hecho daño?

Sus ojos verdes rebosaban de esa clase de inocencia que podría hacer que un hombre creyera en el mundo otra vez. Pero eso sería demasiado difícil para Luke.

—¿Lo admitiría un macho como yo aunque así fuera? —respondió él.

La respuesta arrancó otra sonrisa de los preciosos labios de ella, y por un peligroso momento, deseó aplastar aquellos labios con los suyos, sentir que formaban parte de él, saborear su dulzura y toda aquella inocencia que emanaba de ella. Había algo natural en ella, algo maternal, unido a una serenidad que le envidiaba.

—Creo que será necesario limpiarte eso —dijo ella mientras ataba de nuevo la camiseta a la pierna—. Mi camioneta está aparcada aquí cerca. Quédate aquí sentado mientras yo voy por ella. Cargaremos la moto en la parte de atrás. No te vayas.

Como si hubiera algún sitio en medio de aquel desierto. Como si Luke tuviera algún sitio adonde ir.

Se reclinó contra el árbol y la vio desaparecer carretera abajo. Debería haberle preguntado cuánto tendría que caminar hasta llegar a su camioneta. Si un kilómetro o quince. Luke tenía la impresión de que la distancia no tenía mucha importancia para ella, que estaba acostumbrada a llegar a su destino con sus propios medios.

Miró con el ceño fruncido a su moto inservible y se pasó una mano por la mandíbula. ¿Cómo demonios se había metido en ese lío? Pero no quería pensar en ello.

Era mucho más que un molesto armadillo en la carretera. Era por qué estaba en aquella carretera para empezar, lo que había ocurrido en el servicio de urgencias aquella trágica noche y su incapacidad de seguir viviendo consigo mismo después de aquello.

No sabía con seguridad durante cuánto tiempo podría seguir huyendo de su dolor, ni si conseguiría escapar algún día. Lo único que sabía era que no lo había dejado en paz en todo el camino.

Un acompañante indeseable en su viaje a ninguna parte.

 

 

Mariah no tardó mucho en llegar a su camioneta, pero no tenía tiempo para refrescarse en el riachuelo como había planeado en un principio. Luke necesitaba de sus cuidados. Ya iba pensando en qué hierbas utilizaría para curarle las heridas, si él decidía dejar que le administrara sus simples remedios.

Probablemente preferiría la medicina moderna, pero había un largo trayecto en coche hasta la clínica más cercana. Y aún más hasta un taller mecánico, pero ella no había querido decírselo.

La vieja camioneta arrancó a la primera, lo cual era casi un milagro. Mariah dio unas cariñosas palmaditas sobre el salpicadero y sonrió, tras lo cual metió la marcha y salió dando tumbos por encima de las matas de salvia en dirección a la carretera y a Luke.

Visiones del hombre sin camiseta bailoteaban ante sus ojos. No había podido apartar la vista de él, desde la mata de vello dorado oscuro que descendía en forma de incitante flecha hasta su cintura y desaparecía bajo los vaqueros que le quedaban algo sueltos.

Notó las manos húmedas sobre el volante y que el corazón le latía desaforadamente. ¿Qué le estaba pasando? Luke era un paciente, alguien que requería sus cuidados. Debería estar concentrada en sus heridas, y no en su tentador cuerpo.

La camioneta alcanzó la elevación del terreno entre explosiones y humos, y entonces Luke apareció ante sus ojos. Éste se levantó al verla acercarse, haciéndose sombra sobre los ojos.

Mariah se detuvo y giró hasta poner la camioneta delante de la moto para que les resultara más fácil cargarla.

—Menuda antigualla —dijo, separándose un poco para observar lentamente la camioneta.

—Al menos anda —respondió Mariah, bajando la compuerta trasera con un ruido de metal roñoso, y sacando a continuación un tablero bastante gastado lo colocó como rampa improvisada.

—Mira, no creo que tengas la fuerza necesaria para ayudarme a cargar a esta preciosidad ahí dentro —dijo él, mirando con ojo crítico su menuda constitución.

—Puede, pero no veo a nadie más haciendo cola para ofrecer sus servicios, ¿y tú?

Luke lanzó una colorida imprecación al tiempo que se pasaba una mano por el cabello. Odiaba estar a merced de otro, especialmente de una mujer que le hacía hervir la sangre como Mariah.

Captó su delicado aroma, dulce y empapado de sol, como el de las flores que llevaba en la cesta. Su blusa roja tenía un escote lo suficientemente pronunciado como para dejar entrever los deliciosos pechos que se ocultaban más abajo.

Tenía los brazos bronceados por el sol, delgados, pero capaces; tal vez no lo suficiente para subir la moto hasta la camioneta, aunque no tenía duda de que lo iba a intentar.

Tenía la impresión de que era una mujer experta en muchas áreas, tenía que serlo. Puede que estuviera sola en el mundo, sin nadie con quien compartir la pesada carga emocional y física que soportaba, ¿o tal vez prefería soportarla ella sola?

Había despertado su curiosidad, aunque no tenía ningún derecho a sentir algo así. Aquello no era más que un encuentro por azar, juntos a causa de un accidente.

Ansiaba alimentar su alma con la calidez de ella, algo que se negaba debido a su fracaso en aquella fatídica noche en el servicio de urgencias.

La noche que no fue capaz de hacer su magia médica.

La noche que no había logrado salvar a su hijo.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

ESTO es Sunrise —dijo Mariah al pasar por el pequeño pueblo que sólo contaba con unos pocos establecimientos.

Una pequeña tienda de comestibles, una vieja taberna, una pizzería y una oficina de correos, todos ellos situados alrededor de la pequeña plaza central. Desperdigadas por las afueras del pueblo se veían varias casas de planta cuadrada, y en lo alto de la colina se erguía una iglesia con su viejo campanario, del cual hacía mucho que había desaparecido la campana.

—¿Vives en el pueblo? —preguntó él.

Ella miró su pierna herida estirada lo mejor que podía dentro de la atiborrada cabina de la camioneta. Tenía que ocuparse cuanto antes de esa herida. Seguro que le dolía, a pesar de que él insistiera en lo contrario.

—Vivo un poco más adelante. No está lejos —dijo ella conforme dejaban atrás los alrededores del pueblo.

Callie la estaría esperando en casa. Y Una habría empezado a preparar la cena. Siempre lo hacía cuando Mariah estaba fuera recolectando hierbas y raíces. Las dos se quedarían muy sorprendidas al verla llegar con una visita.

Unos pocos kilómetros más adelante tomó un recodo en el camino, entre el quejumbroso bamboleo de la camioneta, que sonaba como una anciana levantándose de su mecedora después de una larga siesta.

Pasó de largo la pequeña casa de madera y estuco de Una. La suya estaba justo a continuación. No era mucho más grande, pero tenía un porche más amplio que ella adoraba. A menudo salía a sentarse allí al final del día, a oír los sonidos de la noche, a disfrutar de su soledad y a pensar en el mañana.

—Ya hemos llegado —dijo, deteniéndose en el sendero de entrada, a escasa distancia de la casa.