Del odio a la pasión - Joan Johnston - E-Book
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Del odio a la pasión E-Book

Joan Johnston

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Beschreibung

Harriet Alistair se marchó a Montana para empezar una nueva vida, convencida de que el rancho que había heredado de su tío abuelo la ayudaría a demostrar su valía ante todos; pero entonces conoció a Nathan Hazard. La enemistad entre los Hazard y los Alistair se había mantenido durante generaciones y, cuando Nathan se encontró con la orgullosa y obstinada Harriet, comprendió por qué. Desde su rancho, vecino al de Harriet, Nathan deseaba que la desesperación la empujara a abandonar las tierras de los Alistair. Pero no esperaba que aquella mujer irritante le llegara al corazón.

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Seitenzahl: 175

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1991 Joan Mertens Johnston

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Del odio a la pasión, n.º 292 - junio 2020

Título original: A Wolf in Sheep’s Clothing

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-422-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

¿Qué abunda según los recién llegados en las localidades ovejeras del Oeste?

Respuesta: Un mundo pintoresco y encantador.

Nathan Hazard estaba tan enfadado que habría sido capaz de mascar un alambre de púas. Cyrus Alistair había muerto; pero incluso después de muerto, el viejo cascarrabias se las había arreglado para frustrar los intentos de Nathan de comprar sus tierras.

Cyrus había legado su rancho de Montana a un familiar lejano de Virginia, Harry Alistair. Durante años, aquellas tierras habían sido una espina clavada en el corazón de Nathan; no eran más que un pedazo insignificante de terreno, pero se encontraban en mitad de su rancho y venían a ser el último vestigio del enfrentamiento que los Hazard y los Alistair mantenían desde un siglo antes.

Gracias a John Wilkinson, el albacea de Cyrus, sabía que Harry Alistair se había dado prisa y que ya había llegado al valle del río Boulder, decidido a tomar posesión de su herencia. Sin embargo, esperaba que el nuevo Alistair, quien indudablemente sería tan terco y tendría tan malas pulgas como su antepasado, no se pusiera demasiado cómodo en su rancho.

Nathan quería que se marchara. Estaba dispuesto a ofrecerle un precio justo, incluso generoso si no tenía más remedio; pero lo quería fuera de allí.

Piso el acelerador de la camioneta, despreciando los baches del camino polvoriento que llevaba a la minúscula y destartalada cabaña de Cyrus. Nathan suponía que Harry Alistair aceptaría cualquier oferta de compra después de haber visto el estado del rancho. La cabaña se caía a pedazos y en toda la propiedad no quedaban más de quinientas ovejas.

Además, un virginiano de Williamsburg no sabría nada del negocio de las ovejas. Cuando comprendiera que sacar adelante una hacienda tan pequeña y dilapidada implicaba demasiado esfuerzo y demasiados riesgos, querría quitársela de encima.

Nathan ni siquiera había contemplado la posibilidad de que Harry Alistair se negara a vender. No iba a aceptar un «no» por respuesta.

Mientras conducía hacia la cabaña, vio que un hombre salía de uno de los cercados que se encontraban junto al granero y pensó que sería Harry Alistair. En la distancia, no pudo distinguir lo que estaba haciendo; pero por su agitación y por el movimiento de sus brazos, dio por sentado que tenía algún tipo de problema.

El hombre entró en el granero, salió al cabo de unos segundos con lo que parecían ser provisiones y volvió a desaparecer en el interior del edificio.

Nathan suspiró, disgustado. Era evidente que el recién llegado no había perdido el tiempo y que ya se había metido en algún lío.

Consideró la posibilidad de dar la vuelta y marcharse; pero por muy enconado que estuviera el enfrentamiento entre los Hazard y los Alistair, no se podía ir sin ofrecerse a ayudar: las normas del Oeste lo obligaban.

Un hombre con problemas no era ni amigo ni enemigo, sino simplemente un hombre con problemas. Nathan no tenía más remedio que echarle una mano y dejar la vieja disputa con los Alistair para después.

Frenó en seco y salió de la camioneta sin cerrar la portezuela a su espalda. A continuación, cruzó el campo nevado y se acercó poco a poco al granero. Cuanto más cerca estaba, más fruncía el ceño. El recién llegado, que acababa de salir otra vez, era alto, delgado, de hombros estrechos y facciones suaves, delicadas. Nathan se llevó una buena sorpresa, porque no esperaba encontrar a alguien tan joven.

Sin embargo, su sorpresa fue aún mayor cuando se acercó lo suficiente y pudo distinguir bien su figura y su cara. La persona que entraba y salía del granero de Cyrus Alistair no era un hombre; era una mujer.

Un momento después, vio el origen de su inquietud. Una de las ovejas estaba dando a luz, pero el cordero no salía en la posición correcta y la pobre oveja balaba y balaba de dolor.

La mujer se arrodilló entonces e intentó tranquilizar al animal con una voz tan suave y rasgada que Nathan se estremeció por dentro. Estaba tan concentrada en la tarea que no notó su presencia hasta que le preguntó:

–¿Necesita ayuda?

–¿Cómo? ¡Ah… !

Ella se giró y lo miró con unos ojos marrones llenos de sorpresa. Estaba pálida y se mordía el labio inferior.

–Sí, sí, por favor –continuó mientras se echaba hacia atrás el cabello, del mismo color de sus ojos–. No sé qué hacer.

Nathan notó la angustia y la desesperación de su voz y sintió la necesidad irrefrenable de protegerla. Era una sensación tan poco familiar para él que le incomodó, pero hizo caso omiso y se subió las mangas de la camisa.

–¿Tiene algún desinfectante a mano?

–Sí, aquí mismo…

La mujer alcanzó un bote, lo abrió y se lo echó en las manos y en los brazos. Nathan se quitó lo que sobraba y se arrodilló junto a la oveja. Tras un examen rápido de la situación, dijo:

–El cordero está muerto.

–¡Oh, no! Ha sido culpa mía…

–Puede que no –la contradijo–. Los casos de distocia son complicados; no siempre se puede salvar al animal.

–¿Distocia?

–Sí, significa que el cordero estaba en mala posición. Tenía la cabeza mal puesta.

–Leí un libro sobre problemas en los partos, pero no imaginaba que pudiera ser tan difícil… ¿La oveja también va a morir?

–No si puedo evitarlo –respondió él, serio.

Nathan echó agua enjabonada al animal y sacó el cordero muerto de su cuerpo. Casi de inmediato, la oveja volvió a tener contracciones.

–Hay otro –dijo él.

–¿Está vivo? –preguntó ella con voz esperanzada. –Todavía no lo sé. Nathan se sintió terriblemente confuso.

Por algún motivo, ardía en deseos de que el segundo cordero estuviera vivo. Pero eso era absurdo; a fin de cuentas, eran el cordero y la oveja de una Alistair.

–¡Ya sale! –exclamó la mujer–. ¿Se encuentra bien?

Nathan esperó a ver si el cordero respiraba. Como no respiró, alcanzó un trozo de tela de saco y empezó a frotarlo con fuerza.

El cordero reaccionó y Nathan suspiró, aliviado.

–Está vivo… –dijo ella, muy emocionada.

–Sí, lo está –declaró él, satisfecho–. ¿Puede darme el yodo?

Entonces Nathan cortó el cordón umbilical y ayudó a la oveja a levantarse mientras la mujer iba a buscar el yodo. Cuando ella regresó, Nathan agarró al animal por las patas delanteras y le echó el yodo en el ombligo. Luego, puso al cordero junto a su madre. Tras darse unos cuantos golpes, el animalito encontró lo que buscaba y empezó a mamar.

Sólo entonces, Nathan se giró hacia ella y la miró. La mujer contemplaba al cordero con una alegría que había visto muy pocas veces en otras personas y que él no había sentido nunca. Un momento después, el cordero hizo un ruido al succionar; ella soltó una carcajada de alivio, miró a Nathan y sonrió.

Él se quedó aturdido, casi noqueado. Si hubieran vivido en otro siglo, la habría echado a lomos de su caballo y se la habría llevado al galope, hacia la puesta de sol; pero no vivían en otro siglo y Nathan era un hombre civilizado, de modo que se limitó a tragar saliva, apretar los dientes y devolverle la sonrisa.

Al mirarla con más detenimiento, notó que tenía una ligera separación entre los dos incisivos y que se le hacía un hoyuelo en la mejilla al sonreír, lo cual aumentaba su encanto en ambos casos. Además, el pelo le cayó sobre la frente y tuvo que hacer un esfuerzo para no extender el brazo y apartárselo de la cara.

Tenía una nariz pequeña y algo puntiaguda, unos pómulos llenos de pecas, unos labios grandes y sensuales y una barbilla que estaba pidiendo a gritos que la acariciaran. A Nathan le gustó tanto que se quedó aún más confundido. Su vida estaba llena de obligaciones y, desde luego, no quería una más; sin embargo, a pesar de que aquella mujer era un libro abierto donde se leía su enorme necesidad de afecto y atención, se sentía atraído por ella.

Definitivamente, era absurdo. Pensó que, cuando quisiera vivir con una mujer, buscaría a una que supiera valerse por sí misma, a una que fuera su igual. No quería estar con una persona como la que seguía arrodillada en ese momento a su lado, cuyos ojos marrones parecían suplicar que la abrazara y le diera un poco de calor.

Se levantó, más que incómodo por el deseo que le empezaba a dominar, y dijo con voz tajante, brusca:

–¿Dónde diablos está Harry Alistair? ¿Y qué diablos hace usted aquí, sola?

Nathan sintió una punzada en el estómago cuando la mujer lo miró con un destello de dolor en los ojos. Pero ella se recuperó enseguida y le lanzó una mirada desafiante antes de ponerse en pie.

Era alta, muy alta. Nathan medía un poco más de metro ochenta y apenas le sacaba un par de centímetros.

–¿Está buscando a Harry Alistair? –preguntó con absoluta tranquilidad.

–En efecto.

–¿Para qué?

–Eso es cosa nuestra. ¿Sabe si está aquí?

–Sí, claro que lo sé.

Ella no dijo nada más. Nathan se quitó el sombrero, se pasó una mano por su rubia cabellera y se lo volvió a poner. No estaba humor para jueguecitos.

–¿Y bien? ¿Dónde demonios está?

–Aquí mismo. Delante de usted.

Nathan tardó unos segundos en reaccionar.

–¿Usted es Harry Alistair?

–En realidad me llamo Harriet, Harriet Alistair –respondió, dedicándole otra de sus sonrisas–. Pero mis amigos me llaman Harry.

Ella le ofreció la mano y Nathan se la estrechó en un gesto automático. Era suave; demasiado suave para una mujer que esperaba sobrevivir a la dura vida de un ranchero de Montana.

La observó con atención, intentando encontrar defectos que borraran la atracción física que sentía, y los encontró. Su aspecto era lamentable: llevaba unas botas tipo chanclo, un mono completamente nuevo, una camisa roja y negra por encima de una camiseta y una gorra de béisbol con la inscripción Harleys Feed Store, lo que significaba que se había comprado todo el vestuario en la tienda de Slim Harley, en Big Timber.

También vio que tenía el pelo más largo de lo que había notado hasta entonces. Se lo había recogido en dos coletas que le caían prácticamente hasta los senos. Pero en esa zona no encontró defecto alguno.

Se obligó a apartar la mirada, nervioso, y se ruborizó. Intentó disimularlo y fracasó miserablemente; a fin de cuentas, de sus antepasados suecos había heredado algo más que los ojos azules y el cabello rubio: su piel era tan blanca que nunca se ponía moreno. Y por supuesto, no podía ocultar el rubor.

–Tenemos que hablar –dijo él.

–Me gustaría mucho –dijo ella–. Después de lo que acaba de pasar, me siento como si fuéramos viejos amigos. Pero discúlpeme… con la preocupación del momento, ni siquiera le he preguntado su nombre…

–Nathan Hazard –contestó.

–Encantada de conocerlo, Nathan. Por favor, entre en casa y le serviré una taza de café. Así podremos hablar.

Nathan pensó que podían solucionar el asunto allí mismo. Sólo debía decir que quería comprarle la propiedad. Sólo tenía que pronunciar unas cuantas palabras. Pero sintió curiosidad y quiso ver el interior de la cabaña de Cyrus Alistair; todos lo que habían estado en ella, decían que resultaba bastante rústica.

–Por supuesto. Un café estaría bien.

–Espero que disculpe el desorden. No he tenido ocasión de organizar las cosas –dijo ella.

Entraron por la puerta de atrás, que daba a la cocina. Nathan echó un vistazo a su alrededor y pensó que se había quedado muy corta.

La cabaña no estaba desordenada; era un verdadero caos. La pila estaba llena de platos sucios y la encimera, de recipientes con restos de comida. En una de las esquinas había varias bolsas de basura, y en la esquina opuesta, un cordero que dormía sobre una manta.

Nathan se sintió profundamente decepcionado. Esperaba haberse equivocado con Harry Alistair, pero era evidente que no sabía valerse por sí misma.

Harry se quitó la gorra y la colgó en la cornamenta de ciervo que adornaba una de las paredes; después, se sacó los chanclos de goma y los tiró al suelo de cualquier manera, sin mirar donde caían. Nathan casi sintió lástima de ella. Incluso pensó que, comprándole la propiedad de Cyrus, le haría un favor.

Mientras la miraba, Harry sacó el café y dos tazas de un armario, cuya puerta cerraba mal y se quedó abierta. Luego, se giró hacia él y le lanzó una sonrisa tan encantadora que Nathan tuvo que meterse las manos en los bolsillos para evitar la tentación de abrazarla.

Aquella mujer no estaba hecha para él.

–Me temo que la cocina no funciona bien. Se ha estropeado el encendido automático –explicó Harry, que acercó una cerilla al quemador–. Pero por favor, siéntese…

Nathan se quitó el sombrero y se sentó en una de las tres sillas, todas de plástico. Entre el montón de folletos que había sobre la mesa, vio uno que le llamó especialmente la atención: eran recomendaciones sobre la cría y el cuidado de ovejas, dedicadas a principiantes.

Estaba a punto de decir algo al respecto cuando ella empezó a hablar.

–Soy de Williamsburg, de Virginia. Ni siquiera llegué a conocer a mi tío abuelo Cyrus… así que me llevé una buena sorpresa cuando el señor Wilkinson, el del banco, se puso en contacto conmigo. Al principio no me lo podía creer. ¡Me había dejado un rancho en herencia!

Harry puso la cafetera al fuego y siguió hablando.

–Supongo que debería haber permitido que el señor Wilkinson vendiera la propiedad. Me dijo que tenía un comprador muy interesado, pero después pensé en lo bonito que sería tener un sitio para mí, sólo para mí, lejos de…

Ella suspiró y dejó la frase sin terminar.

Nathan habría dado cualquier cosa por saber de qué o de quién estaba huyendo, qué podía ser tan grave como para que se marchara de Virginia y acabara en una cabaña de mala muerte en Montana.

Una vez más, sintió la necesidad imperiosa de protegerla.

Y una vez más, se contuvo.

–¿Vive cerca de aquí? –preguntó Harry.

Nathan carraspeó y respondió con una sonrisa forzada.

–Más que vivir cerca de aquí, se podría decir que vivo alrededor de aquí.

Ella lo miró con desconcierto. Después, llenó las dos tazas y las llevó a la mesa con mucho cuidado.

–¿Qué significa eso? –preguntó mientras se sentaba.

–Significa que mi rancho rodea al suyo.

–¿Cómo?

–La propiedad de su difunto tío abuelo está en mitad de la mía. De hecho, el camino que lleva a esta cabaña atraviesa mis tierras.

La cara de Harry se iluminó con una sonrisa de alegría.

–Vaya… entonces somos más que vecinos, ¿verdad? Me alegro muchísimo de que haya venido a verme, Nathan… Bueno, espero que no le moleste que lo llame por su nombre. Me gustaría que nos conociéramos mejor. Sinceramente, me vendría bien que me aconsejara sobre…

–Espere un momento –la interrumpió.

Nathan pensó que aquello había empezado muy mal. En primer lugar, no quería que lo llamara por su nombre porque la familiaridad sólo serviría para complicar las cosas; en segundo, no estaba allí para saludar a un vecino sino para hacerle una oferta; y en tercero, no tenía la menor intención de aconsejarla.

Pero ella le sonreía de tal manera que no fue capaz de decírselo.

–Mire, Harry… Harriet –se corrigió–. Debería haber seguido el consejo de Wilkinson. Si el resto de la cabaña está en tan malas condiciones como la cocina, no debe de ser un lugar muy cómodo. Además, el granero y los cercados son un desastre, sus campos de heno están en barbecho y el camino tiene tantos baches que resulta impracticable… en el mejor de los casos, sólo sacará lo justo para sobrevivir.

Nathan se detuvo un momento y añadió: –Si quiere un buen consejo, véndame la propiedad y vuélvase a Virginia.

Harry apretó los labios.

–No voy a vender.

–¿Por qué no? –preguntó, sorprendido.

–Porque…

Nathan deseó que se explicara, pero era obvio que ella prefería guardarse sus secretos. Ahora estaba más convencido todavía de que huía de algo o de alguien.

–Quiero sacar adelante este sitio –continuó–. Sé que lo puedo hacer. Puede que no tenga experiencia, pero soy inteligente y trabajadora y he leído todo lo que he encontrado sobre la cría de ovejas.

Nathan alcanzó el folleto de la mesa y dijo:

–Ninguno de estos folletos sirve la compensar la falta de experiencia. Piense en lo que ha pasado esta tarde… ¿qué habría sucedido si no hubiera aparecido a tiempo?

Harry bajó la cabeza y se ruborizó.

–Que habría perdido los dos corderos y, probablemente, también la oveja –admitió en voz baja–. Le estoy muy agradecido por ello, Nathan. No sé cómo podría devolverle el favor… Pero a pesar de mi falta de experiencia, estoy decidida a trabajar tan duro como sea necesario, de día y de noche.

Nathan estaba enfadado e irritado. Sabía que no iba a tener éxito. Por mucho que se empeñara, fracasaría; y si no la convencía para que le vendiera la propiedad, él sería testigo directo de su fracaso.

–Mire, Harriet, he venido a verla porque quiero comprarle sus terrenos.

–No están en venta.

Nathan suspiró.

–El trabajo con las ovejas implica muchas más cosas que trasquilar y ayudarlas en los partos –explicó él, intentando apartar la mirada de sus preciosas pecas–. Por ejemplo, ¿tiene idea de a qué asociación del gremio pertenece?

Harry lo miró son entender.

–No sabe de lo que estoy hablando, ¿verdad? Ella sacudió la cabeza. –Los rancheros pequeños como usted, que tienen poca producción de lana, se asocian entre ellos para acumular el producto y conseguir precios mejores en el mercado.

–Ah…

–Y hay muchas más cosas. Como castrar a los corderos y preparar el apareamiento. –Sí, eso lo sé –dijo ella, ruborizada. –¿También sabe llevar los libros de contabilidad? ¿Tiene experiencia en ese aspecto?

–le preguntó.

–Un poco –contestó en voz baja.

Nathan se sintió como si fuera un monstruo que estaba asustando a una niña, pero se intentó convencer de que lo hacía por su bien.

–¿Sabrá organizar el destete? ¿Calcular el rendimiento de los carneros? ¿Recordar las fechas del trasquilado? ¿Planear los índices de peso?

Harry empezó a sacudir la cabeza violentamente y derramó una lágrima.

Nathan se levantó, se inclinó hacia delante, apoyó las manos en la mesa y le levantó la barbilla para obligarla a mirarlo a los ojos.

–No le puedo enseñar a llevar su negocio, Harriet. Ya tengo bastante con el mío –declaró–. Véndame las tierras y váyase.

–No.

–Estoy dispuesto a pagar una cantidad muy generosa.

Harry se levantó, caminó hasta la pila llena de platos y miró a través de la ventana.

–Lo conseguiré –afirmó–. Con su ayuda o sin ella.

Parecía tan segura de sí misma, a pesar de estar destinada irremediablemente al fracaso, que Nathan tuvo que hacer un esfuerzo para no sentir admiración.

Se acercó a ella y dijo, enfadado:

–¡Es usted tan obstinada y tiene tan malas pulgas como todos los Alistair que han vivido en estas tierras! No me extraña que los Hazard lleven cien años peleando con su familia.

Harry se volvió hacia él.

–Y a mí no me extraña que los Alistair se hayan resistido siempre a la suya –replicó–. ¿Cómo se atreve a venir aquí y fingir que es mi amigo? ¿Cómo se atreve a meter sus narices en mis asuntos y fingir que ha venido a ayudar?

–No estaba fingiendo –respondió él–. La he ayudado. Admítalo.

–Eso es verdad. Me ha ayudado y se lo agradezco. Pero sólo lo ha hecho porque quería que le vendiera mis tierras. Es usted el hombre más miserable y rastrero que…

Nathan no estaba dispuesto a permitir que lo insultara. Antes de darse cuenta de lo que hacía, le pasó un brazo alrededor del cuerpo y la atrajo hacia él. Harry abrió la boca para seguir con los insultos y él se la cerró de la forma más rápida y sencilla que se le ocurrió en ese momento: con un beso.

No fue un beso dulce; sobre todo, porque Harry lo había sacado de quicio. Fue un beso profundamente apasionado, como si la deseara desde hacía tiempo.

Ella forcejeó y, al moverse, le frotó el pecho con los senos. El roce sólo sirvió para que Nathan se excitara más, pero unos segundos después se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se sintió avergonzado.