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Delirio Transunicórnico es un relato de Ciencia Ficción ambientado en el futuro distópico del siglo xxv. En medio de un orden social extremo, la libertad es posible en espacios limitados donde cada individuo es quien quiere ser. Los avances técnicos han evolucionado hasta erradicar las enfermedades físicas, pero los trastornos mentales atormentan a la población. La psicopatología, única rama vigente de la medicina, es considerada un bien supremo. Laika, una joven que padece Delirio Transunicórnico, acude al hospital para que el Dr. Ubi-Bri, su psicopatólogo, intente controlarla, pero ambos son testigos de que un unicornio azul está invadiendo sus vidas. Según su autor, en esta breve novela hay influencias de Kafka, Wells, Capek, Orwell y Lem. Si todos ellos pudieran reunirse, estarían de acuerdo en que la realidad es algo muy poco consistente
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Seitenzahl: 45
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Delirio transunicórnico
Paco Sánchez-Martín
Primera edición: febrero de 2022
© Francisco M. Sánchez-Martín, 2022
Edita [email protected]
Diseño de cubierta e interiores: Grafime
ISBN: 978-84-124513-4-4
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A Núria y a Anna, dos talentos extraordinarios.
«Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.»
G. ORWELL
Prólogo
Cuando mi buen amigo Paco Sánchez-Martín me dijo que andaba escribiendo un relato sobre el «fin de la medicina» creí que se había vuelto loco. Al advertirme que se encuadraba en la Ciencia Ficción, le concedí algo más de crédito. ¿Cómo va a desaparecer la medicina? Eso no ocurrirá nunca.
Luego, Paco matizó su comentario y regresó a mi nómina de sujetos cuerdos e incomprendidos. Él cree que, de forma análoga a la energía, la medicina se transforma. «Ni se creará ni destruirá, se hará menos orgánica y más funcional», pontificó. Dios le oiga.
Este relato está escrito entre 2015 y 17, cuando sus hijas estudiaban en la universidad, sin que ninguna de las dos hubiera definido aún la rama o especialidad a la que se dedicarían. Luego, el tiempo ha ido poniendo las cosas en su sitio de forma caprichosa, apareciendo carambolas increíbles, casi el ejercicio de un adivino. ¿Premonición? Podemos contestar que sí. Sí, sí, sí.
Durante la redacción de la parte final, el relato se atascó varias veces. No es el autor especialista en construir argumentos matemáticos. La conclusión se le resistía. Hubo sufrimiento. Pero todo comenzó a fluir y tras un final aparecía otro, y otro más. Todos ligaban y seguían ligándose. Increíble. «Capas de cebolla», lo llamó. Elnon stopde finales hubo que pararlo de forma drástica. ¡Basta! Y Paco decidió terminar su cuento con una especie de confesión. Allá él.
VÍCTOR GOLLENCZPensador
El tren recorría la gran planicie de Muse. Llovía a cántaros cuando la voz del revisor despertó al viajero.
—Billetes por favor.
El viajero buscó el boleto en su bolsillo, lo entregó y se subió las solapas de la chaqueta. Hacía frío, mucho frío.
Con un suave movimiento de cabeza el viajero comprobó que su telescopio seguía intacto en el pescante y miró a los demás vecinos de compartimento. Frente a él, una mujer arrugada y oronda sonreía comiéndose un bollo. A su lado, la dejadez de un joven militar era un canto supremo a la vulgaridad. Completaban la escena un hombre bigotudo de cara inexpresiva y la niña mohína que lo cogía de la mano. El viajero cumplió el trámite con el revisor, recuperó su billete y volvió a dormirse con el traqueteo hipnótico del tren.
* * *
Muy lejos de allí, tan lejos que hubiera sido imposible definirlo con criterios matemáticos de tiempo y espacio, se erigía un enorme edificio de cristal brillante. A su alrededor, preciosos jardines salpicados de estanques completaban un entorno urbano que los arquitectos del sigloXXVcatalogaban de idílico. En la puerta, el ostentoso cartel«Gran Hospital de Psicopatología»recordaba a los ciudadanos que el equilibrio mental es un bien supremo. Dentro, la consulta del Dr. Ubi-Bri comenzaba puntual a primera hora. La sala, atiborrada de gente, aseguraba una dura jornada de trabajo. El psicólogo despachó varios casos y decidió hacer un descanso para tomar una taza de té. No se encontraba bien. Aquella mañana de junio le costaba entrar en situación y concentrarse en los problemas clínicos de los pacientes. Su matrimonio se rompió hacía unos meses y no había recuperado la proverbial brillantez que lo caracterizaba. La autonomía recién estrenada no le servía de nada y una torpeza impertinente bloqueaba sus maltrechas reservas de animosidad, dejándolo apático, triste, sin ganas de vivir. Amaba a su exmujer todavía. Le hubiera gustado tenerla delante para decírselo pero ella estaba con otro, alguien desconocido para él, un papanatas que ejercía de impetuoso amante y de padre de su hija.
Dejó de pensar en ello y se acomodó de nuevo en el asiento. La siguiente enferma lo observaba, de pie, bajo el quicio de la puerta. La hizo pasar. Era una rubita de aspecto cándido y frágil, uno de las afectaciones más difíciles que había tratado nunca.
—¿Cómo te has encontrado las últimas semanas, Laika?
No hubo respuesta. Ubi-Bri observó que las lágrimas corrían por las mejillas de la muchacha. Estaba bloqueada por la angustia. Él no insistió. También se sentía mal y percibió que la desesperación de ella lo invadía en una suerte de contagio mórbido teñido de sensualidad. Dejó que esa impresión se diluyera y esperó a que ella reaccionara. Tras unos minutos de sollozos, Laika comenzó a sincerarse. Dijo que la tristeza le impedía movilizar su cuerpo, que se quedaba en la cama todo el día sin ganas de hacer nada, convertida en una muñeca rota. Su único estímulo para vivir era perderse en sus ensoñaciones. Él la miró a los ojos y percibió, a diferencia de otras veces, que la distancia entre ambos era cada vez más pequeña. El futuro inmediato era un agujero sin fondo, una sima cuya profundidad se eternizaba.«Todos los abismos son el mismo abismo», pensó. Con un leve parpadeo buscó la complicidad de Laika pero ella no reaccionó.
La chica tenía un largo historial de desavenencias con la normalidad más bá
