Delirios de bajeza - Francisco Ruiz Vega - E-Book

Delirios de bajeza E-Book

Francisco Ruiz Vega

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Beschreibung

Delirios de bajeza es una colección de relatos cortos que bucea en el alma humana mostrando una visión de la vida quizá no muy halagüeña, quizá demasiado irónica, quizá retorcida de más. Se trata de sesenta historias para leer desde diversos ángulos en busca de la sonrisa y la reflexión, que aspiran a ser un reflejo crítico de aquello en lo que —tal vez— nos hemos convertido: criaturas arrogantes que no aceptan su insignificancia, como si nunca hubieran mirado el firmamento ni se hubieran sumergido en el mar. Dramas y comedias cuyos pequeños personajes retratan el rostro de la sociedad que hemos construido entre todos y que no necesariamente tiene que ser (de estupenda) como algunos pretenden hacernos creer.

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Delirios de bajeza

Francisco Ruiz Vega

© Francisco Ruiz Vega

© Delirios de bajeza

Febrero 2024

ISBN papel: 978-84-685-8038-8

ISBN ePub: 978-84-685-8037-1

Depósito legal: M-4759-2024

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

«Porque os negáis a enfrentaros con vuestra tragedia, fingiendo una normalidad que no existe, procurando olvidar e, incluso, aconsejando duchas de alegría para reanimar a los tristes...»

En la ardiente oscuridad, Antonio Buero Vallejo

Índice

˄CRECIENTES

1. ASUNCIÓN

2.FELIGROSA

3. ARRANQUE MARITAL

4. EL MOÑO

5. LA ESENCIA

6. «MODELO, SEÑORITA»

7. CORCOVADO

8. CABEZAS DE FAMILIA

9. EXTRA MUERTO

10. RAPTO DE ESTRELLAS

11. LA ESTRELLA DEL EQUIPO

12. PEDORRETA ENTRE FLATOS

13. PROYECCIÓN

14.JUHIGA

15. LA QUIROMÁNTICA

16. EL SECRETO DEL ESCRITOR

17. EL DESPERTADOR

18. PTP

19. LA VÍA PLÁCIDA

20. LA REVELACIÓN

21. EL CANTO DE LA MONEDA

22. A PROPÓSITO DEL PERRO

23. SELECCIÓN NATURAL

24. AGARRADA EN LA RED

25. NEGRO SOBRE VERDE

26. LA CARA OCULTA DE PEPE, EL FRUTERO

27. LA RAZIA

28. UN NÚMERO MÁS

29. LA MISMA MATRACA (O PEOR)

30. ADICCIÓN DOCENTE

DELIRIOS DE BAJEZA

˅DECRECIENTES

DELIRIOS DE BAJEZA

30. DUELO DE APARIENCIAS

29. CUARTODPADRES

28. BG27116/KS23

27. TUTOR TUYO

26. LO QUE LA VOLUNTAD ESCONDE

25. ¿Y SI DOS DÍAS DESPUÉS...?

24.EPHEMEROPTERA

23.ZUGÜIT

22. CÓMO ELIMINAR TOXINAS

21. ALFA Y OMEGA

20. JANO

19. PASTILLAS

18. SUPERROSA

17.LA IDIOTA, DEL DOCTOR YESQUI

16. UN FRAUDE ENTRE LA IMPOSTURA

15. EXCESO DE CELO

14. ENMIENDA A LA TOTALIDAD

13. UNA TARDE EN EL METRO

12. EVASIÓN O VITRINAS

11. EL IDÓLATRA

10. BARRAS BRAVAS

9. LAS RISAS CONGELADAS

8. EL MUSEO

7. «9 CORTO» PARA CALIXTO

6. CASO FRÍO

5. EL BRASERO

4. INFALIBLE

3. EL HOYO 17

2. REVÁLIDA PARA CIUDADANO

1. SANTOS

˄ CRECIENTES

1. ASUNCIÓN

Desde el arcén contempla incrédula el amasijo de chatarra empotrado contra el árbol. El León rojo que adelantaba al microbús se ha venido encima del Citroën que, obligado a pegar un volantazo, ha perdido el control y ha acabado contra el tronco. El culpable andará ya a cincuenta kilómetros. Supone que el chófer o alguno de los viajeros que aún se estremecen en torno al autobús habrán hecho bastante con llamar al 112. Duda que le hayan podido dar algún dato relevante a la Guardia Civil aparte del color del coche, porque a ella le ha pasado lo mismo. Los bomberos han tardado lo suyo en excarcelar el cuerpo atrapado entre el asiento, el techo, el airbag y el volante. Dientes de sierra de sangre se asoman por el salpicadero. Los sanitarios han esperado a que terminaran su tarea para certificar su muerte. Las diligencias del atestado se completan mientras dos enfermeros empujan la camilla hacia la ambulancia. Una ráfaga de viento levanta entonces la manta térmica que cubre con su dorado el tesoro de aquella vida segada. Le cuesta reconocer su rostro aplastado y su ropa deformada. Son los pendientes de luna y la «A» tatuada bajo su corte a lo garçon los que dan cuerpo a su sospecha de que ya solo es entelequia.

2.FELIGROSA

Desde que ha entrado en el templo en obras ha dejado de arrastrar las piernas al paso del bastón. El recurso para dar pena y ablandar los corazones de los que hacen cola en el estrecho pasillo de la entrada no le sirve en el interior si sentarse quiere justo en el extremo izquierdo del segundo banco de la fila derecha. Es su sitio a esa hora, por mucho que se lo disputara la sudaca que se le puso chula en Pentecostés. Le consume discutir, aunque sabe que no hay nada como un acaloramiento para salirse con la suya.

Se arrodilla en cuanto suelta el bolso. «Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor...». Su vista se clava en el crucifijo de marfil, demasiado moderno para su gusto, que sobre una base de bronce descansa junto al atril desde el que se oficia, en lugar de en esos púlpitos que han quedado ruina de adornos. Le repatea la gente que pasa por delante del altar y no se inclina o al menos se santifica ante el Altísimo. Por no hablar de las pintas que le llevan, como si fueran al monte a una barbacoa. Ahora se ha impuesto un luto riguroso, pero cuando venían todos se cuidaba mucho de que fueran hechos un pincel. Eran otros tiempos aquellos, cuando los niños la acompañaban, cuando creían, cuando se plegaban. Los que ocupan el asiento de atrás no paran quietos, se ríen, patalean. Culpa de los padres, que no se imponen. Su Venancio, Dios lo tenga en su gloria, no lo permitiría. Pone en pie, en cuanto el sacerdote sale de la sacristía, su soberbio cuerpecillo con dignidad de marquesa, aun cuando los niños del banco posterior señalan con sus dedos el abrigo raído, la corcova, la calva que asoma entre la plasta de pelo reteñido. Al pobre la casulla tan blanca le sienta como a un santo dos pistolas. Debe de ser por eso de la globalización que un congoleño pueda acabar de cura en Zaragoza. Suena el móvil de algún subnormal antes de que el viejo desdentado haya acabado de perpetrar la primera lectura. Cada vez soporta menos a la gente que no es consciente de sus defectos. Contempla la piedra detrás de la malla que protege el retablo. No deja de impresionarla la perfección y el detalle con el que están labradas todas las figuras que pueblan las tres calles en ambos pisos. Recorre la historia que cuentan aquellas escenas que por sí mismas cobran sentido y en conjunto ilustran la vida de Nuestro Señor, desde la anunciación hasta la resurrección, pasando por la epifanía, el bautismo, la última cena y la crucifixión. «Sermonea el nuevo cura peor que mosén Cirilo, dónde va a parar». Se sorprende de lo alto y claro que hablan, en cambio, las imágenes, esculpidas con tanto realismo, frente a la molicie con que la modernidad parece invadir cualquier atisbo de inteligencia. En la parte inferior que ella ignora —ni falta que le hace para entenderse—, llamada «predela», la media docena de estatuas igualmente policromadas de san Juan y san Lucas, san Pablo y san Pedro, de san Mateo y san Marcos, reafirman su fe en sus rostros determinados. Mas nada es comparable, allá arriba, en el ático, enmarcado por el guardapolvo, a la marcialidad del patrono bajo, cuya advocación se protege la iglesia. La santurrona observa admirada las alas desplegadas del ángel soldado, su armadura de plata, la espada enarbolada por su brazo derecho con la que amenaza al inmundo demonio que aplasta con las sandalias. «Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra...». La saca de su éxtasis el coro de graznidos. Se levanta tarde. Nota que la mira de reojo la panchita al otro lado del pasillo central, en el segundo banco de la izquierda. Se ve que es rencorosa, que no tuvo bastante aquel día. Le ponen el canastillo de la colecta delante de las narices. Lo mira con la dulzura de un serrucho antes de estirar el cuello y mirar displicente al trajín del cura. Ya debería saber el petardo aquel de la corbata de Aguilé que a ella le traen sin cuidado la pobreza en la comunidad y las obras de la parroquia. Nunca nadie les ayudó a progresar en su casa. Mucho victimismo y pocas ganas de pelear es lo que hay.

Durante la consagración, se reconcome en sufrimientos, en desplantes pretéritos, en el orgullo tragado. Los nenes han seguido importunando el momento más sagrado. Condenados ellos y sus padres. «Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre...». Se concentra en el crucifijo. «Señor, señor...», masculla mientras barre el retablo con su mirada, de abajo a arriba, ya que no puede atizarles con una escoba. El santo parece asentir allá en lo alto con la autoridad de tres siglos. Por supuesto, les niega la señal de la paz. Sola en el asiento desprecia las manos que le tienden los ancianos de la primera fila. Ignora la mirada de los Andes. El cura negro ni se atreve a detenerse en el segundo banco, en esa concesión a la modernidad que don Cirilo jamás se permitió. Mete el bastón para ganar la posición, también un poquito el codo siniestro para bloquear a los que pretenden recibir la comunión antes que ella. Si es que ya no queda educación ni respeto por los mayores. Cree percibir en el semblante del sacerdote un mohín de disgusto, pero no va a dejar de recibir en la boca, como toda la vida. Le parece incluso que tiembla entero, y que tiembla también el retablo a su espalda. Lo que sigue a esa percepción lo capta al ralentí: un estruendo, una grieta que se abre paso entre la estructura del fondo resquebrajando tallas, piedras que llueven, san Miguel que pierde la cabeza, las alas que cortan la malla, empujan al arcángel, parten su lanza —que se cuela entre la red rajada y vuela certera hasta el respaldo del banco de la tercera fila—, gritos. Al girar sobre sus talones, la viuda beata descubre ensartada a una de aquellas inmundas criaturas. Alabado seas.

3. ARRANQUE MARITAL

Presentadores de papel maché con sonrisa postiza en la cara propia de un anuncio de detergentes les referían cada día desde hacía meses un carrusel de noticias nefastas, ilustradas mediante imágenes repulsivas o comentadas a pie de suceso por reporteros con dislalia. Guerras en varios países, parricidios, asesinatos, violaciones, manifestaciones que finalizaban disueltas por chorros de agua y porras y que desembocaban en pillaje y quema de contenedores, robos con violencia, catástrofes naturales, accidentes de todo tipo de medios de transporte, tragedias sociales de diversa índole, desgracias personales, hambre, pobreza, dictaduras, corrupción política, colapso financiero, inmoralidades, falsedades, epidemias y plagas. Todas estas calamidades alteraron de tal forma el estado de ánimo de la pareja de sexagenarios que el señor Eustaquio desparramó el contenido de la caja de herramientas entre los dos sillones, frente al televisor. Con una sierra de arco se cercenó las orejas, sumiendo en el silencio las voces de los periodistas y los gritos de su mujer. La señora Lucía no pudo ver nada, porque se había sacado los ojos con una barrena. Todos los informativos de la noche abrieron con sus heridas el sumario de contenidos.

4. EL MOÑO

Que la jueza Castro pareciera un caldero se debía a la combinación de su cuerpo campaniforme con el moño que remataba su cabeza como el pomo de la tapadera de una olla a presión. La toga negra, bajo la que asomaban unas botas de suela gruesa del mismo color, terminaba de conferirle un aire de bruja de cuento que le había reportado en el tribunal fama de madrastra malvada, no solo entre colegas, abogados y fiscales, sino entre policías, delincuentes, personal de limpieza y camareros de la cafetería. Como si de él se valiera para detectar la culpabilidad de los acusados, rígido y tirante, el moño se asomaba telescópico a su testa de observatorio, erigido en veleta del único viento que impulsaba aquella mente analítica, cuadriculada y conforme a derecho que, arrogante para algunos, engreída para otros, inhumana para todos, fagocitaba cada fibra de sensibilidad con el corpus legislativo que dirigía su vida, eclipsada por su laboriosidad.

Corría la leyenda de que la jueza no se había soltado el pelo desde que aprobó la oposición, en promesa ofrecida a la Virgen del Pilar. Algunos, más profanos, fantaseaban con que un desamor le hizo recogerse la melena en una estela a su soltería; otros extendían el rumor de que el perfume con el que punzaba pituitarias era una pantalla para cubrir la hediondez de sus cabellos, momificados como su corazón. Fijábanse en el moño cuantos se congregaban en la sala o pedían reunirse con ella en su despacho, hipnotizados por su negrura hasta creer que se desplazaba centímetros por la coronilla según el grado de iracundia que enturbiara su juicio. Quienes veían de cerca su acartonada piel de reptil intuían que aquella palanca de cambios le privaba de naturalidad, suponían que le dificultaba la respiración y aseguraban que era la causa de su implacable deidad y de su objetivo rigor, los que la imposibilitaban para cualquier muestra de simpatía, afecto o camaradería hacia ningún ser humano de su entorno. Porque no entendía la Castro de sentimientos ni de emociones, ni siquiera de interpretaciones. Seguía la ley al pie de la letra, sin dejar margen para apelaciones en las sentencias que dictaba, en cuyas rúbricas, anagramas de su propia imagen, la panza de la «P» de su nombre de pila aparecía rellenada de tinta oscura. El moño apretaba el carácter de la magistrada, era el nudo de la caja de Pandora de ese cuerpo desapasionado que impartía la justicia áspera de un atizador.

Una mañana de revolotear de hojas secas sobre las aceras, un tumulto de gente la espera para increparla a la salida del juzgado. No la conmueven. Avanza altiva entre el pasillo de insultos, ordalía de su propio litigio. «¿De qué está hecha, usted?», escucha. Una madre extiende en brazos a su hija. «No te pase perder lo que más quieres en la vida», escupe otra voz. La niña alarga su bracito al paso de la jueza Castro y dos dedos se enzarzan en la antena, una de cuyas negras hebras se enreda en la sonrosada carne. El moño se desmadeja con lentitud, como grieta que se hiende calma en las paredes de una caverna, hasta que una cascada de pelo se desmorona a un lado y a otro de aquel cuerpo, paralizado de repente, que empieza a resquebrajarse por medio, abriéndose como un limón. Debajo de todo el pellejo no hallaron músculos, ni huesos, ni venas; solamente encontraron un tajo de granito.

5. LA ESENCIA

El frasco de fragancia acumulaba polvo sobre sus paredes de vidrio. Por si quedara alguna duda de su antigüedad en aquel diseño desfasado, la etiqueta se había ido desvayendo en ese rincón de la cómoda junto al espejo. Quedaba en el fondo del envase apenas para un par de rociadas antes de que claudicara mi coartada para no arrojarlo al contenedor. Como si se tratase de aquel viejo anuncio del chicle quilométrico, lo estiraba y estiraba en el tiempo, demorando la extinción del culín, limitándome a abrirlo al sentir ganas de él. Aquel resto líquido atesoraba el olor que siquiera por unos segundos me traía de vuelta a mi padre y a las cuchillas de su iris y al mazo de su voz. Hoy la asistenta lo ha tirado; el vaso se ha hecho añicos contra el suelo y su esencia se ha desparramado. La doméstica parece que quisiera, tendida junto a los cristales húmedos, recomponer las piezas, recuperar el tiempo, reparar lo irremediable. De su frente hendida mana el torrente desatado de mi roja furia. La he agarrado de la nuca y he arrojado su cara contra la esquina de la cómoda.

6. «MODELO, SEÑORITA»

A menudo, al echar la vista atrás como enseñan los clásicos, uno entiende el instante preciso en el que tomó una decisión crucial o en el que vivió un trance que marca su devenir o por el que deja de ser un niño.

Allá por 2.º de primaria les preguntó la maestra qué querían ser de mayores. Medardo apretó los labios concentrado en lo que fue su respuesta algunos segundos después, desplegando una sonrisa quizá algo desproporcionada. Ese mismo curso robó varios almuerzos a sus compañeros: las Panteras Rosas para engullirlas y los bocadillos para tirarlos a la papelera o embozar los retretes. A medida que fue creciendo depuró su técnica para lesionar al contrario mediante entradas a destiempo jamás lo suficientemente sospechosas de insidia. Diestro en el peloteo, perfeccionó el arte de la delación de novilleros y chuleteros, amén de practicar la extorsión. Como no fue mal estudiante se las compuso para sacarse las oposiciones de inspector de sanidad, profesión en la que llevó al límite su celo mostrándose implacable en la denuncia a cuantos hosteleros incumplían la normativa, experto como era en dejar pruebas incriminatorias desde el anonimato del cliente si no le había bastado con ganarse la confianza de algún empleado o del mismo dueño. Dormía de tirón por las noches, mecido por dulces sueños. Marcaba el gol en propia puerta que arrebataba el Mundial a la selección ante la perplejidad de sus compañeros, marcaba el gol en propia puerta que privaba del título de Liga al equipo de su ciudad ante las iracundas venas de la hinchada, pulsaba el botón rojo que provocaba una calamidad ante el pánico de sus conciudadanos. No en vano admiraba las acciones de cualquier político que contribuían un poco más al hundimiento de un territorio. Sentimentalmente aprendió ya con su madre a engatusar a las mujeres para partirles el corazón previa promesa del oro y el moro.

Por eso, cuando escuchó la sentencia prorrumpió en una sonrisa de oreja a oreja, sabedor de que había alcanzado el cielo de sus deseos. El juicio por el envenenamiento de la potabilizadora metropolitana había sido mediático. Se sintió muy a gusto. Como un niño. Y se acordó de aquella respuesta a la señorita Delfina y de cómo la engañó reteniendo en la glotis su declaración de intenciones: «un mierda».

7. CORCOVADO

Brincó de la cama el resorte fibroso de su cuerpo de catorce años. Había tenido una pesadilla tan real como si la hubiera vivido. Se levantó a por un vaso de agua a la cocina. «¿Estás bien, cielo?», preguntó la madre, siempre alerta. «Sí, mamá», la tranquilizó, por más que el susto dotó a su voz de una inflexión temblorosa. «Tengo ganas de ir al baño». De pie, frente a las grecas del azulejo, Íker notaba el pulso alterado, el chorro discontinuo. Los desconchones del vestuario del gimnasio pedían a gritos varias manos de pintura desde tiempo inmemorial. Podía rozar los chicles pegados debajo de los bancos y sobre las taquillas. Mientras la Tanqueta recogía los útiles y los guarros de la clase se iban a toda prisa para preservar su pudor, Rubén, Kike, Lucas y él la habían rodeado. La joroba había llegado a mitad de curso pegada al giboso, el fenómeno con aspecto de barril, más fácil saltarlo que abarcarlo, carne de mofa desde que fue presentado por la tutora, cruzó el aula y se sentó en primera fila. El bulto, colgado del trapecio a la izquierda del pescuezo, incentivó su creatividad rápidamente. «Dromedario», «No me dejas ver», «Bicéfalo», «Si hubieras llegado en Navidad te hubiéramos frotado décimos». Lo llevaban a una ducha, abriendo antes los grifos de todas las demás para amortiguar el vocerío. En los partidos era donde más festejaban su diferencia de altura, de agilidad, de destreza, llevando siempre cuidado de que la Tanqueta no se pispara y siguiera así pensando que el cuarteto fantástico era lo más del colegio.

Después de ver una película de gemelos imposibles, Kike tuvo la ocurrencia de motejarlo. Pero la gracia del «DeVito» les duró muy pocos días, hasta que el Meridiano tuvo la brillante idea de proyectar una fotografía de Río de Janeiro en su clase sobre geografía urbana. Nadie escuchó su explicación de las favelas en cuanto mencionó que aquel morro que se elevaba al fondo se llamaba «el Corcovado». Aquel cuerpo los fascinaba con el poder de atracción de aquello que repele. Desde el día en que Lucas y Rubén creyeron ver que la giba le subía y le bajaba, la rechifla cedió al morbo de verla al natural. Lucas y Kike lo agarraban mientras Rubén y él lo desnudaban pese a su pataleo. Con los pantalones por los tobillos comenzó a gimotear. Íker volvió a la cama con la nuca remojada en agua. La cresta engominada no se la tocaba; su presunción jamás bajaba la guardia. En su cabeza retumbaban los diálogos y las risas con la viveza de las sábanas: «¿Qué te pasa, Corcovado? ¿Te da vergüenza enseñarnos tu chepa?». « No, por favor. Hacedme lo que queráis, pero no me quitéis la camiseta». «Queremos vértela y te la vamos a ver», sentenciaba al tiempo que Rubén desgarraba el algodón. Se les ofrecía la protuberancia de un palmo de diámetro adherida a la escápula. Jaleaban su vellosidad, su carnosidad, la poquedad con la que Corcovado encajaba aquella nueva vejación hasta que en medio de la excrecencia se desplegaron un par de párpados. Sin margen para asustarlos, dos flagelos se precipitaron desde los poros de la piel hasta las cabezas de Lucas y Rubén, que fueron seccionadas de un preciso tajo. El golpe de los restos contra el suelo se superpuso al latigazo que decapitó a Kike. El Corcovado fijó sus ojos en Íker entonces, acentuando una sonrisa torcida. Ahí había despertado, bañado en un sudor oleoso que se mezclaba con la sangre derramada de sus amigos. Miró la pantalla de su tableta. El fotograma de La cosa se burlaba de él. La seguridad de que todo estaba en su sitio solo era comparable al frenesí de la sugestión.

El lunes, al acabar la clase de Educación Física, Rubén, Lucas, Kike e Íker se las ingeniaron para quedarse a solas con él. Sin embargo, antes de poderlo rodear, Corcovado salió de su habitual mansedumbre y se les encaró. Ninguno de los cuatro podía apartar la mirada del bulto que deformaba su camiseta. «¿Os parece que zanjemos el asunto de una vez?», emitió la voz apacible a través de la celosía de su sonrisa seráfica. Íker se estremeció, los ojos cerrados, el cuello encogido, presto para el chasquido.

8. CABEZAS DE FAMILIA

Se remueve en el sillón, tan atrapado por la pesadilla como convencido en su subconsciente de que aquellas imágenes, de las que una fuerza invisible le impide escapar, son irreales. En su siesta, profunda y larga como una madrugada, espumas de sombra han surcado su gabinete de recreo, hélices de gemidos han barrenado su alma. Confusión de cuernas, de ojos de cristal, de testas amadas le muestra la oscuridad donde de ordinario la luz del día y el regocijo de los amigos le brindan deleite, orgullo, privilegio. Aquella colección no solo es el vínculo más estrecho con su padre, sino que será herencia para su hijo; más que afición, es su vida misma, el triunfo de su existencia.