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Brittany Baldwin estaba enamorada sin remedio de su jefe, un hombre atractivo y maduro. Pero el sofisticado profesor universitario no quería saber nada de una chica inocente como ella. Bien, Brittany no iba a dejar que aquello la detuviera, sobre todo porque Ethan Thorpe era el único hombre que le había hecho temblar de deseo... ¡Entre un hijo pequeño y un padre mayor, la vida de Ethan ya era un lío! No había nada que necesitara menos que una niñera joven y virginal que lo tentara. Sin embargo, a pesar de su promesa de mantener las distancias con ella, no podía evitar desear enseñarle algo acerca de las caricias tiernas de un hombre...
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Seitenzahl: 211
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Phyllis Halldorson
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Demasiado joven, n.º 1140- marzo 2021
Título original: Professor and the Nanny
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-129-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
BRITTANY Baldwin sintió que el estómago le daba un vuelco al doblar la curva y aparcar frente a la gran casa blanca de estilo colonial.
Era una preciosa casa en el barrio histórico de Lexington, y el hombre con el que se iba a reunir era un profesor de literatura de la Universidad de Kentucky, pero, ¿estaba de verdad preparada para aquello? Era su primera entrevista de trabajo como enfermera. Había planeado estudiar tres años más en la universidad antes de empezar a trabajar, pero…
Sacudió la cabeza como para borrar los recuerdos que todavía la atenazaban, salió del coche y caminó apresurada hacia la puerta. El timbre sonó de forma melodiosa cuando lo pulsó. Abrió la puerta un hombre atractivo de mediana estatura, pelo castaño claro y ojos del mismo tono tras unas gafas plateadas.
Durante un momento, se quedaron ambos parados esperando a que hablara el otro.
Por fin rompió él el silencio.
—¿Sí?
La pregunta la sorprendió. Se suponía que debía estar esperándola.
—Yo… soy Brittany Baldwin. La auxiliar de enfermera que solicitó el profesor Thorpe.
Él parpadeó.
—¿Es usted la enfermera que he pedido?
—Auxiliar de enfermera —corrigió ella—. Y sí. Si es usted el señor Thorpe, me dijeron que me reuniera con usted a… —se detuvo para mirar el reloj—, a las cuatro en punto.
Él seguía mirándola con el ceño fruncido.
—¿Hay algún problema? —preguntó ella.
—Sí, se podría decir que sí —masculló él—. Soy Ethan Thorpe, pero será mejor que entre para discutir esto.
Brittany se preguntó qué tendrían que discutir mientras él se apartaba para permitirle pasar al gran recibidor del que salía una ancha escalera.
Brittany estaba impresionada, pero, antes de poder hacer ningún comentario, el hombre la había tomado del brazo y la estaba conduciendo hacia la zona de la derecha. La mano que le sujetaba el codo era firme, pero cálida y suave, y se apoyó contra ella de forma involuntaria buscando seguridad.
La sala a la que la condujo estaba amueblada con preciosas antigüedades y él le hizo un gesto para que se sentara en uno de los sofás. Brittany abandonó con desgana la seguridad de su contacto cuando él tomó asiento en una mecedora de respaldo alto a pocos pasos de ella.
—Bien, señorita… Baldwin. ¿Cómo me dijo que se llamaba?
—Brittany.
—Me temo que han cometido un error. Yo he pedido una mujer madura y experta, preparada para cuidar a mi padre que es diabético y tiene problemas de memoria.
Brittany seguía sin entender cuál era el problema.
—Admito que no tengo mucha experiencia, pero estoy bien preparada para la atención domiciliaria, como le habrá informado la agencia. Le puedo poner las inyecciones, revisar su dieta y vigilarlo para que no…
—¿Cuántos años tiene? —interrumpió Ethan.
—Yo… tengo veintiuno, pero soy muy consciente de la responsabilidad que conlleva el cuidado de mis pacientes —se apresuró a asegurarle—. Estaba estudiando para ser enfermera diplomada, pero…
Se mordió el labio con la esperanza de que no la hubiera escuchado. No quería sacar aquel asunto en ese momento. Era demasiado doloroso como para hablarlo con desconocidos y, además, no tenía nada que ver con su capacidad profesional.
Por desgracia, el oído de aquel hombre era tan agudo como su curiosidad.
—¿Brittany? ¿Qué estaba diciendo?
—No, nada. Realmente no tiene nada que ver con esta situación.
Él se reclinó contra el respaldo y clavó la mirada en ella. Los cristales de sus gafas no eran muy gruesos y se podían ver las briznas doradas en sus pupilas de color castaño. La montura metálica era circular y suavizaba la anchura de sus pómulos. Parecía tener treinta y cinco años y era un hombre muy atractivo y de aspecto sosegado.
—¿Por qué no deja que eso lo juzgue yo? —sugirió él con suavidad, pero con resolución.
Bueno, después de todo, aquello era una entrevista de trabajo. Él tenía derecho a hacerle preguntas y, si ella quería el puesto, sería mejor que las respondiera. Solo esperaba poder hacerlo sin desmoronarse.
Brittany cruzó las manos sobre el regazo.
—El año pasado terminé el primer año de universidad. Estaba estudiando para sacar el título de enfermera, pero entonces, en agosto, mis… —la voz se le quebró y tragó saliva—, mis padres murieron en un accidente de barco.
Él se incorporó en su asiento.
—¡Oh, Dios! Lo siento. No tenía ni idea. No quería hacerle pasar por este…
Brittany alzó la mano.
—No, no se preocupe. Es algo que tendré que aprender a superar —se secó con los dedos las indeseables lágrimas que le afloraron a los ojos—. Cuando se leyó el testamento, me enteré de que habían estado viviendo por encima de sus posibilidades durante años y que estaban al borde de la ruina. Lo único que conseguí salvar fue el coche de mi madre, que estaba pagado de milagro, y el dinero justo para matricularme de auxiliar de enfermera en la escuela profesional —inspiró con intensidad—. Era un curso de nueve meses y me gradué la semana pasada. Esta es mi primera entrevista de trabajo.
—Pero seguramente tendrá familiares…
Ella sacudió la cabeza.
—No. Solo dos primos segundos que viven en California a los que no he visto desde hace casi diez años. No tengo ni hermanos ni tíos.
—Bueno, tengo que admitir que viene muy bien recomendada por su escuela, pero es usted tan joven… y tan frágil…
Brittany no pudo evitar lanzar una carcajada.
—No puedo hacer gran cosa respecto a lo de joven, pero, ¿frágil? Profesor Thorpe, mido casi uno setenta y peso cincuenta y seis kilos. También estoy fuerte y en muy buena forma.
Ethan sonrió.
—No subestime a mi padre. Mide más de uno ochenta, y aunque ahora está más delgado que antes, pesa cerca de cien kilos y ha perdido mucha masa muscular.
La fría reserva entre ellos se había roto y ambos se reclinaron contra el respaldo y se relajaron.
—Cuénteme algo más de su padre —preguntó Brittany—. Ya sé que ahora está retirado, pero, ¿en qué trabajaba? ¿Cuántos hijos ha tenido? ¿Y qué pasó con su madre? Ese tipo de cosas.
Brittany pensó que estaba arriesgándose mucho al hacer ese tipo de preguntas antes de que la contrataran, pero quería aquel trabajo y no iba a facilitarle al profesor que la despidiera con la única excusa de su juventud.
—¿Quiere saber en qué trabajaba mi padre? Se ha ganado la vida durante cuarenta años como mecánico de maquinaria pesada. Tenía unos músculos impresionantes y la mayor parte de ellos siguen operativos aunque ya no los ejercite mucho. Por suerte es un hombre equilibrado y se moriría antes de tocar a una mujer en un arrebato.
—Entonces no tenemos que preocuparnos mucho por mi fuerza o por mi falta de ella, ¿no cree? —dijo Brittany con un leve tono de sarcasmo.
—Pero no es usted la que me preocupa —replicó Ethan—. A veces pierde el equilibrio y se cae. ¿Es usted lo bastante fuerte como para ayudarlo a levantarse y lo bastante paciente como para dedicarle una atención constante? Él suele distraerse y se escapa si no se le vigila.
—Es casi imposible que una persona sola pueda levantar a un paciente que no puede valerse por sí mismo, pero desde luego puedo llamar a urgencias si necesito ayuda. Estoy preparada para hacer lo que sea necesario para mantenerlo a salvo siempre que esté bajo mi supervisión. ¿Cuántos años tiene?
—Tiene setenta y dos y buena salud siempre que mantenga la diabetes controlada, pero con esos problemas de memoria, no se acuerda siempre de ponerse las inyecciones de insulina. Cuando se olvida decae con rapidez, pero estoy seguro de que usted ya sabe todo eso.
Brittany sabía que la estaba poniendo a prueba.
—Sí, lo sé. El azúcar le sube rápidamente y se marea. Es entonces cuando siente confusión y se desmaya.
—Exacto. Esa es la razón más importante por la que necesito a una auxiliar de enfermera para que lo cuide.
—Tengo mucho cuidado de que mis pacientes reciban su medicación —le aseguró ella—. ¿Y qué hay de su madre? ¿Vive aquí también?
Él sacudió la cabeza.
—Mi madre murió de un infarto cuando mi hermano gemelo y yo estábamos en secundaria. Pete y yo éramos sus dos únicos hijos y mi padre no volvió a casarse nunca, así que no tengo más familia.
—¿Y su mujer? —preguntó ella vacilante—. Está usted casado, ¿verdad?
Él sacudió la cabeza.
—Ya no —dijo con rigidez—. Mi mujer y yo nos divorciamos hace dos años. Tenemos un hijo de dieciocho meses, pero él no le causará ningún problema. Vive en Pleasant Hill con su madre. Solo está conmigo cada dos fines de semana.
Brittany estaba asombrada. Hasta el momento no había visto rastro de ninguna mujer en la casa, pero había supuesto que habría alguna. ¿Por qué una mujer dejaría a un hombre como Ethan? ¿Qué habría pasado?
Bueno, aquello no era asunto suyo y ya era hora de cambiar de tema.
—O sea, que tiene un hermano gemelo. Debió ser divertido cuando eran pequeños.
Él sonrió.
—No somos gemelos idénticos. Pete mide uno ochenta y tres, se está quedando calvo y tiene los ojos azules. Ni siquiera parecemos hermanos.
Brittany alzó la mirada hacia la espesa mata de pelo castaño de Ethan y sintió deseos de deslizar los dedos por ella. No parecía que fuera a quedarse calvo pronto.
—¡Qué extraño! —murmuró—. ¿Vive en esta zona?
—No, él y su mujer son abogados y socios de bufetes diferentes en Nueva Orleans, así que estará usted sola con mi padre desde las ocho de la mañana hasta media tarde, como poco. ¿Cree que podrá hacerlo?
—Estoy segura —contestó ella con más confianza de la que sentía—. Y además, la agencia tiene personal de respaldo disponible las veinticuatro horas del día. Puedo llamarlos si surge alguna emergencia.
—Bueno, no lo sé. Yo necesito a alguien que entienda la situación y pueda controlarla. Yo había pensado en un hombre, pero la agencia no tenía ninguno disponible —se quedó pensativo un minuto—. Mire, ¿por qué no le presento a mi padre y vemos cómo va la cosa? Está en la sala viendo un partido de béisbol por la televisión.
—Creo que es una idea estupenda —dijo Brittany aliviada de que al menos le diera una oportunidad.
—Bien, entonces vamos. Está al final del recibidor.
De nuevo la tomó del brazo. Ella no estaba segura de que fuera necesaria aquella forma de cortesía, pero se alegró de que la usara. Le gustaba la sensación de cercanía que le producía.
Cruzaron el recibidor hacia la derecha de la escalera y pasaron por delante de una puerta cerrada hasta llegar a una gran sala abierta en la parte trasera de la casa.
Era completamente diferente a la sala de visitas y al comedor que había visto al pasar. Aquellas salas estaban decoradas con muebles del siglo XVIII, sólidos, pero fríos y formales. Esa, sin embargo, era completamente moderna, con enormes puertas de cristal correderas y unos ventanales tan grandes que parecían introducir en la sala el jardín bien cuidado de enfrente. En la enorme pantalla de televisión se veía un partido de béisbol.
El mobiliario dividía la larga sala rectangular en dos áreas separadas. La televisión era el punto focal de la zona de la izquierda, y en la parte derecha había una enorme chimenea de mármol frente a un mullido sofá de color crema. Había también numerosas sillas en tonos cobrizos y cremosos colocadas a ambos lados, y las lámparas se habían situado de forma estratégica para permitir una buena lectura.
El hombre mayor sentado en una de las sillas mullidas estaba de espaldas a ellos ensimismado en la pantalla y no los oyó llegar hasta que Ethan le habló:
—Papá, ¿puedes bajar un poco el sonido? Tenemos visita.
El hombre miró a su alrededor con gesto de aturdimiento y bajó el volumen al instante con el mando mientras se esforzaba por levantarse.
—Perdón. No os oí llegar —dijo con cortesía.
—Por favor, no se disculpe —dijo Brittany mientras extendía la mano—. Me llamo Brittany Baldwin.
Brittany no sabía qué había esperado, pero desde luego, no aquello. Nate Thorpe era un hombre fornido y un poco desgarbado, pero se podía notar que tenía problemas de equilibrio por la forma en que se balanceaba.
El viejo le estrechó la mano. Su apretón fue firme y sus ojos castaños eran como los de su hijo. De hecho, Ethan se parecía un poco a él, excepto porque el pelo de Nate era de color gris acerado y llevaba bigote. También llevaba gafas, pero más anchas y con montura de concha.
Sus ojos brillaron al deslizarse sobre ella mientras sonreía.
—Puede que mi memoria no sea tan buena como antes, pero, si la hubiera conocido, me acordaría.
«Bien», pensó Brittany. Era juguetón, lo que significaba que probablemente no estaba deprimido.
—Brittany ha venido a la entrevista para el puesto de auxiliar de enfermera —le informó Ethan—. ¿Te acuerdas? Te lo conté esta mañana.
—Por supuesto que me acuerdo. Puedo ser viejo, pero no estoy todavía senil.
Brittany parpadeó al ver sonrojarse a Ethan.
—¡Papá! No estaba sugiriendo que…
Se detuvo como si no supiera cómo salir de la situación.
Brittany tampoco lo sabía, pero se adelantó. Como Nate tenía todavía su mano en la de ella, se la apretó para tranquilizarlo.
—Todos nos olvidamos de cosas a veces —dijo con ligereza—. Yo tengo que apuntarlo todo si no quiero olvidarme de las cosas y este profesor universitario que tiene de hijo ni siquiera sabía quién era yo cuando aparecí en su puerta a la hora de la cita. Y eso que la había fijado él mismo. Todo el mundo tiene problemas, señor.
Nate le apretó la mano antes de soltársela.
—Contrátala, hijo, antes de que se escape. Si voy a necesitar que me cuiden, quiero que lo haga ella.
Ethan sabía cuando lo habían vencido. ¡Lo que no podía imaginar era cómo había sucedido! Le parecía haberlo tenido todo controlado y al minuto siguiente, su propio padre y la enfermera, a la que ni siquiera había contratado, ya estaban dictando sus propias normas.
Bueno, aquello le parecía bien. Quería que Nate tomara sus propias decisiones mientras fuera capaz de hacerlo. Si su padre quería una enfermera joven y atractiva, así como bien preparada, entonces le haría al menos una prueba a la señorita Baldwin. Después de todo, siempre podía buscar a otra si no resultaba adecuada.
—De acuerdo, papá —aceptó—. Si Brittany y yo podemos llegar a un acuerdo, entonces será toda tuya. Ahora, puedes seguir viendo tu partido mientras nosotros nos vamos a la biblioteca a discutir las condiciones.
Nate sonrió.
—Me alegro de tenerla a bordo, señorita —dijo Nate antes de sentarse.
Ethan iba a tomar a Brittany del brazo de forma involuntaria, pero lo pensó mejor. Ya le gustaban demasiado los cosquilleos que le producía hacerlo.
Él no había pensado nunca contratar a una enfermera tan atractiva. ¿Atractiva? Era realmente preciosa. Llevaba el espeso pelo oscuro con raya al medio por los hombros y le caían unos mechones sueltos por la frente. Se moría de ganas de deslizar los dedos por aquella seda. Sus ojos eran verdes como la hierba y lo miraban de una forma especulativa que le aceleraba el pulso. La palabra sensual se quedaba corta para describir la forma en que caminaba y hablaba.
Pero también era cierto que no era más que una niña. Veintiún años. Muchas de sus alumnas eran mayores que ella. ¡Maldición, si él ya tenía catorce años cuando ella había nacido!
«Ya está bien», pensó mientras la precedía hacia la puerta cerrada por la que habían pasado antes. Aquella era su habitación favorita, más pequeña que las otras y con una chimenea de ladrillo, estanterías alineadas en todas las paredes, un sofá de cuero y una mesa larga de caoba con un par de sillas. Allí podía relajarse, recuperar la energía y preparar sus clases y conferencias.
Invitó a Brittany a sentarse y después se sentó él tras el escritorio.
—Tiene una casa preciosa —comentó ella mirando a su alrededor—. ¡Cómo le envidio por estos libros! ¿Los ha leído todos?
—La mayoría —admitió él—. La casa y los muebles antiguos son herencia de mi madre. Era una verdadera dama sureña. Heredó unos modales impecables y un encanto exquisito de sus antepasados, que se remontan hasta la Guerra Civil. La casa la heredó de su padre y se la dejó al mío al morir —Ethan se inclinó hacia adelante y apoyó los brazos en el escritorio—. Es exageradamente grande para nosotros dos solos y cada vez es más cara de mantener, pero no podríamos venderla nunca.
—¡Por supuesto! Usted y su hermano querrán pasársela a sus hijos.
Por mucho que apreciara su simpatía, ella no estaba allí para hablar de sus problemas, así que Ethan volvió al asunto que tenían entre manos.
—¿De verdad que quiere este trabajo, Brittany? Piénselo con cuidado antes de responder. Con unos cuidados apropiados para su diabetes, Nate podría vivir otros veinte años —ella abrió los labios para replicar, pero él la detuvo de nuevo—. No, no, escúcheme. No espero que se pase los próximos veinte años de su vida cuidándonos… —se sonrojó al oírse usar el plural, pero decidió no hacer caso y proseguir—. Quiero decir, que comprendo que con el tiempo quiera volver a la universidad para graduarse, casarse o lo que sea, pero no quiero que a Nate lo cuide una persona diferente cada pocos meses. Ya está bastante confuso sin tener que sumar eso a las indignidades que tiene que sufrir.
Era demasiado tarde cuando notó la indignación que contrajo los rasgos de Brittany antes de que se levantara.
—¿Qué derecho tiene a suponer que la enfermería es solo un pasatiempo para mí? —preguntó indignada—. ¿Es por ser tan joven? Bueno, no me juzgue por la forma en que usted pudo actuar a mi edad. Yo me tomo mi trabajo muy en serio y si esa es su forma de preguntarme si hay un hombre en mi vida, la respuesta es no. Y en cuanto a lo de volver a la universidad, pasarán años antes de que pueda permitírmelo. Todavía tengo que pagar las deudas que me dejaron mis padres.
Ethan estaba sorprendido, pero también se levantó y la miró con enfado.
—Espere un minuto. Yo no estoy sugiriendo que no sea usted buena en su trabajo, solo quiero tener la seguridad de que no se aburrirá dentro de unos meses y cambiará a Nate por algo más excitante.
—¿Llama aburrimiento a la diabetes y a la pérdida de memoria?
—No, por supuesto que no —contestó él con más suavidad—. Ya sé por experiencia lo duro que es el trabajo, pero hacer lo mismo día tras día por un hombre viejo y enfermo tiene que acabar siendo aburrido.
—No me parece que Nate sea un hombre viejo y enfermo—. Me parece un hombre que necesita una ayuda que yo puedo darle y cada adelanto que consigamos será excitante.
Ethan volvió a sentarse y no le sorprendió notar que le temblaban las manos.
—Por favor, siéntese. Normalmente no soy tan temperamental. Puede que sea porque no he tenido que enfrentarme a la gravedad de la enfermedad de mi padre hasta ahora. Lleva varios años con diabetes, pero hasta hace poco podía cuidarse él solo. Fue hace un año cuando descubrimos que no se pinchaba con la regularidad que exigía su enfermedad. Después de unas cuantas pruebas, el doctor nos dijo que estaba en las primeras fases de la demencia senil, normalmente provocada por la diabetes y que por eso se olvidaba de ponerse las inyecciones.
Ethan se pasó las manos por la cara. Aquello era más difícil de lo que había imaginado. Sospechaba que no se había enfrentado a la enfermedad de su padre antes. Había sido mucho más fácil pensar que era una inconveniencia temporal que desaparecería con el tiempo.
—Fue entonces cuando vendí mi casa y me trasladé aquí para poder vigilarlo y recordarle la hora de sus inyecciones y de sus comidas —continuó—, pero todavía quedaban las restricciones de la dieta y los análisis de sangre. Ahora ha empezado a vagar por ahí y a perderse. Hasta ahora he conseguido encontrarlo sin demasiados problemas, pero necesita vigilancia todo el tiempo y yo no puedo dejar mi trabajo, porque lo necesitamos para vivir —miró a Brittany y esta vio la angustia en sus ojos—. No quería insultarla o sugerir que no sea usted capaz de cuidarlo, pero tengo que estar seguro de que la persona que contrate es de confianza y usted es demasiado joven y bonita. No puedo creer que se contente con aguantar la irritación que le causa a mi padre su enfermedad.
A ella se le enterneció el corazón al escuchar su voz atormentada y, sin pensarlo, se levantó y rodeó la mesa para quedarse detrás de su silla.
—Ethan, estoy cualificada para cuidar a su padre y encargarme de que tome su medicación —apoyó la mano con delicadeza en su hombro. Él solo llevaba una camisa y pudo sentir el calor de su piel bajo la tela ligera—. Creo que nos llevaremos muy bien. Él me cae bien y creo que yo a él también.
Brittany iba a levantar la mano, consciente de que se había tomado demasiadas libertades, pero él alzó la suya para retenérsela.
—¿Cómo podría no caerle bien? —murmuró con voz ronca—. ¿Cuándo empieza?
BRITTANY se estremeció frente al armario de su apartamento de una sola habitación, vestida solo con un lujoso conjunto de lencería de color pastel que su madre le había regalado.
Había estado muy segura de su capacidad como auxiliar de enfermera bajo la supervisión de sus instructores, pero desde ese día estaría sola con su paciente, sin nadie que le dijera lo que tenía que hacer.
Deslizó la mirada por la ropa del armario. ¿Cómo querrían los Thorpe que se vistiera? No se había acordado de preguntarles. Algunos pacientes todavía esperaban que las auxiliares llevaran uniformes blancos almidonados, pero hacía años que no se usaban.
Por fin se decidió por un traje pantalón de color crema que parecía profesional y era lavable, algo imprescindible en su trabajo. Ya que Nate necesitaba más supervisión que atención médica, no pensaba que a Ethan le molestara que se vistiera de calle.
Agarrando dos batas planchadas y su maletín médico, se apresuró a salir y cerrar la puerta.
* * * * * *
Ethan se dijo a sí mismo que solo estaba esperando a su nueva auxiliar mientras se paseaba inquieto. Echó una mirada al reloj y comprobó que Brittany no solo no se había retrasado, sino que llegaba temprano. Eran las ocho en punto y él no tenía que salir de su casa hasta las ocho y media, pero quería aclarar algunas cosas con ella antes de irse.
Cuando oyó el sonido del timbre unos minutos más tarde se lanzó hacia la puerta. La abrió y contuvo el aliento. Brittany estaba aún más adorable de lo que él recordaba. Aquel traje sastre que llevaba era de corte casi masculino, pero no había nada de andrógino en la forma en que lo llevaba. Sus senos pujantes tensaban suavemente la tela de la blusa y la curva de sus caderas no era desde luego nada masculina.
Por suerte, solo se verían unos minutos cada día al llegar y al partir porque no se sentía capaz de resistirse a la tentación que estaba despertando en él.
—¿Profesor? ¿Pasa algo?
Entonces comprendió que se había quedado mirándola casi con la boca abierta.
—No, pase, por favor
Al pasar ella por delante, aspiró el aroma floral de su perfume. Era delicado y agradable.
