Demente - Francisco Rivas H. - E-Book

Demente E-Book

Francisco Rivas H.

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Beschreibung

Todo ser humano está al filo de la locura, una línea invisible que bajo ciertas condiciones puede desaparecer, mostrando la verdadera identidad de las personas. "Demente", es un compilado de cuentos breves que transita entre la locura y la muerte; el único camino que parece real en un universo plagado de personajes comunes, que se atrevieron a cruzar esa línea invisible al despojarse de su racionalidad y de las leyes morales que nos rigen…

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Seitenzahl: 86

Veröffentlichungsjahr: 2023

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DEMENTE

Francisco Rivas H.

PRIMERA EDICIÓN Febrero 2022

Editado por Aguja LiterariaNoruega 6655, dpto 132 Las Condes - Santiago - Chile Fono fijo: +56 227896753 E-Mail: [email protected] Sitio web: www.agujaliteraria.com Facebook: Aguja Literaria Instagram: @agujaliteraria

ISBN: 9789564090641 

DERECHOS RESERVADOSNº inscripción: XXXXXXFrancisco Rivas H.Demente 

Queda rigurosamente prohibida sin la autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático

Los contenidos de los textos editados por Aguja Literaria son de la exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan el pensamiento de la Agencia 

TAPAS Imagen de portada: Francisco Rivas H.Diseño: Francisco Rivas H.

“La novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por nocaut”.
Julio Cortázar  
A Romina, por ser la primera lectora y crítica
de estos cuentos. Te amo.

ÍNDICE

Desdén

Ojo

Narciso

Matices

Montaje

Desequilibrio

Alacrán

Terapia

Redención

Mesías

Sueño

Sofía

Transfusión

El Mal

Despedidas

La Espera

Encadenados

Suspiro

Sepia

Titular

Gastronomía Típica

Brigada Canina

Conversión

Desdén

El grupo de niños revoltosos siempre jugaba a lo mismo en los recreos. El imaginario infinito de la infancia da para mucho. Todos querían ser Gokú y eso generaba latencia en el juego, haciendo que siempre, los primeros cinco o nueve minutos del tiempo de recreación, fuera un tira y afloja para ver a quién le tocaría ser el protagonista. Sin embargo, ese día, uno de los amiguitos que conformaban el grupo, demostró que no siempre los personajes protagónicos son los más importantes, y, en un momento de silencio, alzó la voz y dijo:

—¡Yo quiero ser Desdén hoy!

Al unísono, como un coro angelical, las risas explotaron en el patio del colegio. Todos hablaban y se burlaban de la petición del pequeño, hasta que uno de los más grandes del grupo que, además, ese día le había tocado ser Gokú, le respondió:

—Oye, que eres tonto, no se llama así, su nombre es Dende.

Luego de esto, las burlas siguieron durante algunos minutos, hasta que el pequeño extrajo de uno de los bolsillos de su chaqueta algo que se veía brillante. El resto, despreocupado y aún riendo, no se fijó en el certero movimiento que le rebanó la garganta al Gokú de turno. Perplejos ante esto, vieron la mirada del pequeño, quien añadió:

—De verdad, quiero ser Desdén.

Ojo 

Cada vez que entraba al baño, la luz de la ampolleta comenzaba a titilar. La primera vez fue hasta chistosa, no estaba en su mejor momento; recién se había casado un amigo, un muy buen amigo. La celebración estuvo maravillosa, incluso bailó con algunas invitadas. Y ahí, cuando estaba sentado, los días venideros fueron cada vez más agresivos, comprendiendo que el efecto lumínico no había sido por la ebriedad, sino por algo más profundo.

Además del titileo, sonaba un ruido extraño. Al principio, creyó que eran los cables que alimentaban la ampolleta, chirriando y viajando a tres mil millones de kilómetros por segundo a través del circuito. Pasaron los días y comenzó a darle sentido. Pensó que el ruido podría haber evolucionado desde esos primitivos sonidos. Ahora, había una sincronía, ya no era permanente y eso fue lo curioso. En ese ruido inexplicable, que se transformaba cada día, logró reconocer el sonido de una persona caminando en el segundo piso. Lo extraño era que vivía solo. 

La primera medida que tomó fue revisar la casa completa. Llevaba una semana viviendo ahí y era imposible que alguien hubiera entrado sin darse cuenta, pues realizaba teletrabajo y generalmente siempre estaba en casa. Todo estaba como siempre y aún no conocía a sus vecinos. Pasaron los días y los pasos continuaron, más lentos, pero siempre presentes. En una ocasión, escuchó el ruido de una puerta que se abría y quedó helado. Guardó silencio, la puerta se cerró y los pasos volvieron donde era habitual, pero más agitados. 

La segunda medida fue dejar la puerta del baño abierta, para poder oír mejor, ya que se confinó gradualmente a ese cuarto. Ahí leía, trabajaba y comía. El ruido era su pasatiempo, aunque no lograba comprender de dónde provenía. Varias veces había revisado la casa completa, especialmente la habitación superior, de donde supuestamente venían los pasos. 

Ya era costumbre que la puerta se abriera y los pasos se devolvieran a la habitación. Después de varias semanas decidió tapiar y además dejó de conectarse a su trabajo. Estaba completamente obsesionado con el sonido, pero esa noche fue diferente. Los pasos fueron hacia la puerta, la trataron de abrir y, al no poder, estos se convirtieron en golpes. La luz del baño, que había sido la génesis de la situación, comenzó a arder. Primero se quebró el vidrio y después el circuito interno se encendió. Los pasos derribaron la puerta y caminaron con decisión hasta la escalera. Sentía temor de moverse, solo escuchaba. Los pasos quedaron al inicio de la escalera durante un instante. Luego, comenzaron a bajar, lento cada peldaño. El soquete con los restos de la ampolleta ardía y el ruido de cables chirriando volvió. Los pasos llegaban casi al final de la escalera y el corazón se le iba a salir. Cerró la puerta del baño con llave y, con la mesa que usaba para comer, la trancó. 

Dentro de la tina, sin moverse, sus ojos estaban fijos en la manilla, que comenzó a girar, justo cuando los pasos se detenían frente a la puerta del baño.

Jadeaba, con sus ojos llenos de lágrimas y el arrepentimiento de no haber huido antes de casa. Miraba hacia todos lados y no acababa de comprender cómo se había replegado en el baño. No entendía cuándo había dejado de conectarse al trabajo, tampoco lo que había pasado en el último tiempo. Estaba en penumbras, levemente iluminado por el fuego de la otrora ampolleta, que parecía vigilarlo, como un ojo sin párpado, siempre abierto. El matrimonio quedaba como un recuerdo confuso. De pronto, le pareció escuchar a lo lejos una voz. La manilla dejó de moverse y estaba seguro de que los pasos se dirigían al living, donde siempre había estado la televisión: 

¡Noticia de último minuto! Durante esta mañana, se encontró el cuerpo sin vida de un hombre de unos treinta años. Estaba ahogado en su tina hacía meses. Según el peritaje, no hubo intervención de terceros y la tragedia podría haber sido producto de una sobredosis de morfina.

Narciso

Miraba por lo que creía ser la cerradura de una puerta, perplejo ante lo que mis ojos enfrentaban. Mis manos no se movían y pensé que se debía al impacto de esa feroz escena. Lo que está claro es que jamás sentí dolor.

Miraba por orden de mi cerebro, que deseaba gozar del suceso, suplicando porque aquel hombre siguiera otorgándome tamaño espectáculo. Las escasas luces alumbraban directo hacia donde ocurría mi deleite.

Su mano rápidamente se tiñó de rojo, mientras la sangre empezaba a brotar a borbotones, mezclándose con el sucio suelo. Aquel ser hurgaba cada vez con mayor apresto entre sus carnes. Por un momento creí saber lo que sentía, cuando su derecha empuñaba aquel cuchillo, para entrar con mayor profundidad en su cuerpo. La izquierda, como estatua, se posaba sobre su rostro ocultándolo, dejando solo un pequeño ojo asomarse.

“¿Sentirá dolor?”, pensé.

—Arrepentimiento —dijo de pronto.

Me sobrecogí al imaginar que me había descubierto gozando de la escena. Si era capaz de propinarse tamaño castigo, ¿qué haría con un cuerpo ajeno?

Siguió, sin darle importancia a mi presencia, que quizá nunca percibió. De pronto, sentí que ninguna puerta me protegía de mirar. Lo que creía ser una cerradura desapareció ante mis ojos, que se encontraron frente a frente con la cara de aquel hombre, justo cuando retiraba la mano izquierda de su rostro.

Un corte desde el pecho hasta el estómago me dejó ver sus interiores, que asomaban buscando libertad. Entonces, empezó a reír a carcajadas. Comenzamos a reír. Por largo rato, nuestros ojos se mantuvieron fijos en los del otro, mientras reíamos al mismo tiempo y al mismo ritmo. Tomé el cuchillo que tenía en mi diestra y se lo lancé, para no oírlo más. Se convirtió en miles de pedazos de cristal, donde aún se reflejaba su cara. Por fin, lo reconocí.

Matices

—Lo recuerdo tan claro: ver las llamas arder y danzar al son de los latidos de mi corazón, convirtiendo el caos en un equilibrio perfecto. La mezcla de colores que puede adquirir el fuego durante su proceso de autodestrucción me sorprende. ¿Sabes por qué ocurre eso?, según lo que busqué en internet, se debe al oxígeno y a lo que sea que se esté quemando. ¡Lo recuerdo tan hermoso, tan excitante! 

—Cuéntame, hijo, ¿a qué se debe esta conversación sobre el fuego? 

—He pecado —respondió en un susurro.

—¿Qué has hecho? 

—Cuándo venía hacia acá, pensé qué color adquiriría el fuego si quemase la iglesia. Imaginé quemarla.

—Debes quitar esos pensamientos de tu mente —añadió indiferente el sacerdote.

—Ayer quemé a los ancianos de la calle San Francisco, a los de la casa amarilla, aquella pareja que durante tantos años ha venido a su iglesia, padre.

El sacerdote contuvo la respiración unos segundos, sin emitir el más mínimo sonido. Conocía a Pedro y María desde hacía una década.  Sabía sobre el incendio no solo por las noticias, también había visitado el lugar y celebrado una misa para entregarle paz a la pareja.

—¿Qué ocurre, padre? Recuerde que estamos bajo secreto de confesión.

—Hijo mío, no puedo creer lo que me estás diciendo, ¿qué te hicieron ellos para merecer tal castigo? 

—Padre, la mezcla de colores que puede exhibir el fuego, según lo que se está quemando, me intriga. ¿A usted no?

—¡Ese no es motivo para tan bárbaro comportamiento, respóndeme!, ¡¿qué te hicieron ellos?! —resonó la voz.

El silencio envolvió el lugar. Mientras, el cura esperó sin respuesta alguna. Se puso de pie para salir del confesionario, pero la puerta estaba trancada. Luego escuchó:

—¿Qué color tendrá usted?

Montaje

Abrió los ojos. La oscuridad impenetrable lo dejó perplejo. —¿Estás ahí? —escuchó un susurro.

Sentía su cuerpo pesado, su boca sellada. No podía responder.

—¿Estás ahí? —ahora la voz retumbaba más fuerte.