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Todo ser humano está al filo de la locura, una línea invisible que bajo ciertas condiciones puede desaparecer, mostrando la verdadera identidad de las personas. "Demente", es un compilado de cuentos breves que transita entre la locura y la muerte; el único camino que parece real en un universo plagado de personajes comunes, que se atrevieron a cruzar esa línea invisible al despojarse de su racionalidad y de las leyes morales que nos rigen…
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Seitenzahl: 86
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Desdén
Ojo
Narciso
Matices
Montaje
Desequilibrio
Alacrán
Terapia
Redención
Mesías
Sueño
Sofía
Transfusión
El Mal
Despedidas
La Espera
Encadenados
Suspiro
Sepia
Titular
Gastronomía Típica
Brigada Canina
Conversión
—¡Yo quiero ser Desdén hoy!
Al unísono, como un coro angelical, las risas explotaron en el patio del colegio. Todos hablaban y se burlaban de la petición del pequeño, hasta que uno de los más grandes del grupo que, además, ese día le había tocado ser Gokú, le respondió:
—Oye, que eres tonto, no se llama así, su nombre es Dende.
Luego de esto, las burlas siguieron durante algunos minutos, hasta que el pequeño extrajo de uno de los bolsillos de su chaqueta algo que se veía brillante. El resto, despreocupado y aún riendo, no se fijó en el certero movimiento que le rebanó la garganta al Gokú de turno. Perplejos ante esto, vieron la mirada del pequeño, quien añadió:
—De verdad, quiero ser Desdén.
Además del titileo, sonaba un ruido extraño. Al principio, creyó que eran los cables que alimentaban la ampolleta, chirriando y viajando a tres mil millones de kilómetros por segundo a través del circuito. Pasaron los días y comenzó a darle sentido. Pensó que el ruido podría haber evolucionado desde esos primitivos sonidos. Ahora, había una sincronía, ya no era permanente y eso fue lo curioso. En ese ruido inexplicable, que se transformaba cada día, logró reconocer el sonido de una persona caminando en el segundo piso. Lo extraño era que vivía solo.
La primera medida que tomó fue revisar la casa completa. Llevaba una semana viviendo ahí y era imposible que alguien hubiera entrado sin darse cuenta, pues realizaba teletrabajo y generalmente siempre estaba en casa. Todo estaba como siempre y aún no conocía a sus vecinos. Pasaron los días y los pasos continuaron, más lentos, pero siempre presentes. En una ocasión, escuchó el ruido de una puerta que se abría y quedó helado. Guardó silencio, la puerta se cerró y los pasos volvieron donde era habitual, pero más agitados.
La segunda medida fue dejar la puerta del baño abierta, para poder oír mejor, ya que se confinó gradualmente a ese cuarto. Ahí leía, trabajaba y comía. El ruido era su pasatiempo, aunque no lograba comprender de dónde provenía. Varias veces había revisado la casa completa, especialmente la habitación superior, de donde supuestamente venían los pasos.
Ya era costumbre que la puerta se abriera y los pasos se devolvieran a la habitación. Después de varias semanas decidió tapiar y además dejó de conectarse a su trabajo. Estaba completamente obsesionado con el sonido, pero esa noche fue diferente. Los pasos fueron hacia la puerta, la trataron de abrir y, al no poder, estos se convirtieron en golpes. La luz del baño, que había sido la génesis de la situación, comenzó a arder. Primero se quebró el vidrio y después el circuito interno se encendió. Los pasos derribaron la puerta y caminaron con decisión hasta la escalera. Sentía temor de moverse, solo escuchaba. Los pasos quedaron al inicio de la escalera durante un instante. Luego, comenzaron a bajar, lento cada peldaño. El soquete con los restos de la ampolleta ardía y el ruido de cables chirriando volvió. Los pasos llegaban casi al final de la escalera y el corazón se le iba a salir. Cerró la puerta del baño con llave y, con la mesa que usaba para comer, la trancó.
Dentro de la tina, sin moverse, sus ojos estaban fijos en la manilla, que comenzó a girar, justo cuando los pasos se detenían frente a la puerta del baño.
Jadeaba, con sus ojos llenos de lágrimas y el arrepentimiento de no haber huido antes de casa. Miraba hacia todos lados y no acababa de comprender cómo se había replegado en el baño. No entendía cuándo había dejado de conectarse al trabajo, tampoco lo que había pasado en el último tiempo. Estaba en penumbras, levemente iluminado por el fuego de la otrora ampolleta, que parecía vigilarlo, como un ojo sin párpado, siempre abierto. El matrimonio quedaba como un recuerdo confuso. De pronto, le pareció escuchar a lo lejos una voz. La manilla dejó de moverse y estaba seguro de que los pasos se dirigían al living, donde siempre había estado la televisión:
¡Noticia de último minuto! Durante esta mañana, se encontró el cuerpo sin vida de un hombre de unos treinta años. Estaba ahogado en su tina hacía meses. Según el peritaje, no hubo intervención de terceros y la tragedia podría haber sido producto de una sobredosis de morfina.
Miraba por orden de mi cerebro, que deseaba gozar del suceso, suplicando porque aquel hombre siguiera otorgándome tamaño espectáculo. Las escasas luces alumbraban directo hacia donde ocurría mi deleite.
Su mano rápidamente se tiñó de rojo, mientras la sangre empezaba a brotar a borbotones, mezclándose con el sucio suelo. Aquel ser hurgaba cada vez con mayor apresto entre sus carnes. Por un momento creí saber lo que sentía, cuando su derecha empuñaba aquel cuchillo, para entrar con mayor profundidad en su cuerpo. La izquierda, como estatua, se posaba sobre su rostro ocultándolo, dejando solo un pequeño ojo asomarse.
“¿Sentirá dolor?”, pensé.
—Arrepentimiento —dijo de pronto.
Me sobrecogí al imaginar que me había descubierto gozando de la escena. Si era capaz de propinarse tamaño castigo, ¿qué haría con un cuerpo ajeno?
Siguió, sin darle importancia a mi presencia, que quizá nunca percibió. De pronto, sentí que ninguna puerta me protegía de mirar. Lo que creía ser una cerradura desapareció ante mis ojos, que se encontraron frente a frente con la cara de aquel hombre, justo cuando retiraba la mano izquierda de su rostro.
Un corte desde el pecho hasta el estómago me dejó ver sus interiores, que asomaban buscando libertad. Entonces, empezó a reír a carcajadas. Comenzamos a reír. Por largo rato, nuestros ojos se mantuvieron fijos en los del otro, mientras reíamos al mismo tiempo y al mismo ritmo. Tomé el cuchillo que tenía en mi diestra y se lo lancé, para no oírlo más. Se convirtió en miles de pedazos de cristal, donde aún se reflejaba su cara. Por fin, lo reconocí.
—Cuéntame, hijo, ¿a qué se debe esta conversación sobre el fuego?
—He pecado —respondió en un susurro.
—¿Qué has hecho?
—Cuándo venía hacia acá, pensé qué color adquiriría el fuego si quemase la iglesia. Imaginé quemarla.
—Debes quitar esos pensamientos de tu mente —añadió indiferente el sacerdote.
—Ayer quemé a los ancianos de la calle San Francisco, a los de la casa amarilla, aquella pareja que durante tantos años ha venido a su iglesia, padre.
El sacerdote contuvo la respiración unos segundos, sin emitir el más mínimo sonido. Conocía a Pedro y María desde hacía una década. Sabía sobre el incendio no solo por las noticias, también había visitado el lugar y celebrado una misa para entregarle paz a la pareja.
—¿Qué ocurre, padre? Recuerde que estamos bajo secreto de confesión.
—Hijo mío, no puedo creer lo que me estás diciendo, ¿qué te hicieron ellos para merecer tal castigo?
—Padre, la mezcla de colores que puede exhibir el fuego, según lo que se está quemando, me intriga. ¿A usted no?
—¡Ese no es motivo para tan bárbaro comportamiento, respóndeme!, ¡¿qué te hicieron ellos?! —resonó la voz.
El silencio envolvió el lugar. Mientras, el cura esperó sin respuesta alguna. Se puso de pie para salir del confesionario, pero la puerta estaba trancada. Luego escuchó:
—¿Qué color tendrá usted?
Sentía su cuerpo pesado, su boca sellada. No podía responder.
—¿Estás ahí? —ahora la voz retumbaba más fuerte.
