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Miriam es una joven resoluta e independiente, doctora en Psicología Clínica y cinturón negro de krav magá. La principal premisa de su credo es no sucumbir a tentaciones sentimentales que trastoquen su seguridad. Por otro lado, Álex, hijo de un hombre manipulador que se hace respetar por la fuerza, queda atrapado entre las vivencias de un pasado perturbado y la incertidumbre de un futuro falible, incapaz de reaccionar, temeroso de evolucionar. Su próspero empleo en el Cuerpo Nacional de Policía y la límpida inocencia de su hijo Adrián son sus dos únicos motivos de satisfacción. Desde su más tierno origen, las trayectorias de ambos se entrecruzan misteriosamente sin que ninguno de los dos tenga conocimiento de ello. Sus vidas transcurren como líneas paralelas en desconocida armonía hasta que, desobedeciendo las directrices geométricas, convergen. La cuestión es ¿cuánto se extenderá ese punto de tangencia? Una historia de luz y esperanza donde el amor fluye junto a la violencia, haciendo añicos todo estereotipo unánimemente aceptado.
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Seitenzahl: 405
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Dentro de Ti
Á. Landete
isbn: 978-84-10184-32-9
1ª edición, marzo de 2024.
Editorial Autografía
Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona
www.autografia.es
Reservados todos los derechos.
Está prohibida la reproducción de este libro
con fines comerciales sin el permiso de los autores
y de la Editorial Autografía.
Me considero una persona afortunada. Os diré por qué. En los dos grupos de chikung que tengo trabajamos las emociones generadas en nuestra infancia para bien o para mal; emociones provocadas por experimentar una situación de forma repetida o bien por una experiencia aislada. Para ello es preciso cerrar los ojos y mirar hacia nuestro interior; primero, probablemente visualizaremos el color negro, pero después empezaremos a situar los órganos y demás elementos en su lugar. Es posible que cuando veamos el corazón —el órgano más relacionado con los sentimientos— descubramos nuestras características desagradables y, como mecanismo de defensa, abriremos los ojos para sentirnos protegidos por el exterior —no es fácil convencerse de que es en nuestro interior donde radica la máxima fuerza y protección—. Hay que repetir la operación hasta que seamos capaces de observar nuestra esencia sin asustarnos, como si fuéramos meros espectadores, pero espectadores con la capacidad de modificar lo que están viendo.
Este es un valiosísimo ejercicio que se resume en una sencilla frase: todo está en la mente. Debemos tomar las riendas de nuestra mente y dirigirla hacia donde creemos correcto, ya que lo que nos inculcan durante la infancia y lo que percibimos en la adolescencia no siempre lo es. Dicen que «genio y figura hasta la sepultura», y sí, creo que a grandes rasgos la personalidad se conserva durante toda la vida, pero también creo que mediante la práctica repetida del ejercicio anterior podemos detectar una manía, un defecto, una creencia negativa… descubrir su origen (en lo que decía el padre, lo que defendía la madre, lo que hacía el hermano, etc.) y juzgar si queremos perpetuarlo o no. Juzgar si queremos dejar atrás ese patrón negativo inculcado y mejorar nuestra estirpe; luchar por ser mejor persona cada día. Empezar a ser una versión perfeccionada de nosotros mismos.
Por eso admito que me siento afortunada, porque yo ya he abierto esa puerta y dado ese paso. No quisiera que mis palabras sonaran prepotentes; las digo con absoluta humildad (uno de los tres principios del chikung) y quien me conoce personalmente sabe que soy así. He dado ese paso, reconozco las tendencias aprendidas que no considero acertadas y que no deseo transmitir a mis hijos, rompiendo así la cadena. Asimismo, intento excusar (el perdón, otro de los principios del chikung) que me inculcaran algo que yo hoy no considero correcto, pues ellos no hacían más que compartir lo aprendido por su parte, sin ser capaces de romper esa cadena, y así sucesivamente. Esta es la lucha constante que sufre Álex, el protagonista masculino de la novela que tenéis en vuestras manos.
Por otro lado, hay quien se sorprende cuando digo que trabajo mi paz interior con una práctica tan delicada como el chikung, mientras que a mi hija de doce años la llevo a clases de defensa personal femenina y de muay thai (conocido también como boxeo tailandés); de hecho, mi idea original era llevarla a clases de krav magá (o defensa personal del ejército israelí y la estricta disciplina que practica Miriam, la protagonista femenina), pero no es una actividad extraescolar que se ofrezca en nuestra localidad. No es que yo sea una persona contradictoria. La explicación es que, por un lado, yo trabajo mi paz interior para que no me venzan mis enfermedades, mientras que, por otro, soy consciente de la peligrosa realidad con la que se podría encontrar mi pequeña y me parece imprescindible que sea capaz de defenderse.
Para finalizar, en esta novela hay un punto importante de espiritualidad, ya que las vidas de ambos protagonistas se van cruzando; de hecho, sus almas se conocen, están entrelazadas desde el inicio y solo cuando el universo lo dispone se encontrarán físicamente, sin que ellos hagan nada por evitarlo o provocarlo. Esto responde a mi creencia de que somos almas en movimiento —personas en crecimiento— y que venimos aquí con una función definida. Es nuestra responsabilidad descubrir de qué se trata.
Nada más. Espero que disfrutéis de la que es mi tercera novela, de su místico romance y que extraigáis algo positivo del razonamiento psicológico que deseo plantear: se puede cortar la cadena, deshacernos del peso que nos abruma y seguir caminando libremente para ser nuestra mejor versión.
Ángela Landete Arnal
Vamos con el tercer y último principio esencial del chikung: la gratitud. En primer lugar, la persona a la que más tengo que agradecer es Juan, mi marido, por el tiempo que gustosamente dedica al hogar —sobre todo a la cocina y su organización, pues es un excelente cocinero— para que yo, por un lado, repose lo que exigen mis dolencias y, por otro, pueda realizarme como escritora. De hecho, y como preámbulo a la historia que vais a leer, diré que nos cuidamos de forma mutua (él, físicamente a mí; yo, emocionalmente a él), lo cual me ha llevado a pensar que, desde un punto de vista espiritual, llevamos no solo treinta y tres años juntos sino mucho más.
Quiero mencionar también a mis tres hijos, que me apoyan sin apenas darse cuenta. Si bien Iván y Héctor estudian Derecho y van sobrecargados de lecturas, imagino que son demasiado jóvenes como para atender a mis reflexiones sobre la mente y conducta humana. Salvo la pequeña, ninguno muestra interés en el contenido de lo que escribo, pero aun sin percatarse de ello, de algún modo me transmiten la garantía de que se sienten orgullosos de su madre, del hecho de que publique libros y que incluso haya lectores que disfruten con ellos. Victoria es la excepción: ella recita y sonríe con mis poemas, ha leído y disfrutado con La niña más bonita de Alella, está deseando empezar El viaje de Haidi y estoy segura de que le encantará Dentro de ti. Me acompaña a todos los eventos, presentaciones y demás, aunque esta parte se le hace más cuesta arriba. A ella lo que le apasiona es leer.
Por último, quiero agradecer la paciencia de Teresa —la esposa de mi padre, ya fallecido—, quien, siendo invidente, ha tenido que escuchar de mi propia voz las locuciones caseras que le he ido enviando capítulo a capítulo de cada novela. Sin ser ella una persona romántica, a veces también me ha pedido que le recite algún poema y he logrado emocionarla con mis letras.
A medida que escribo se me ocurren más y más personas a las que podría agradecer: por supuesto, las amigas que apoyan mis proyectos incondicionalmente (Anna, Cristina, Merche, Eva, Sara, Nathalie…), las personas que me leen, las que sacan tiempo para asistir a mis presentaciones, las que me envían un mensaje con sus impresiones, las que se deciden a reseñar en Amazon, Goodreads o similar una de mis obras, las que me entrevistan porque creen que merezco visibilidad por tratar los temas que trato, las que me permiten exponer mis libros en su establecimiento de forma altruista, la pequeña familia de Instagram que apoya mis publicaciones a diario, los grupos de Facebook que me invitan a recitales o ferias virtuales…
Tantas personas.
A todas os digo GRACIAS desde el corazón por ayudarme a seguir en pie, porque con vuestras pequeñas acciones me habéis convencido de que la vida no se acaba con el lupus.
Ángela Landete Arnal
DENTRO DE TI
MIRIAM
Llevaba dilatado tiempo vagando con total libertad de aquí para allá sin rumbo fijo, únicamente observando lo que ocurría a mi alrededor, sin opinar ni juzgar. Me parecía fascinante deambular por la ciudad y verlo todo desde las alturas, a vista de pájaro: el mar Mediterráneo que baña la población, las ruinas de un circo y un anfiteatro romanos que le aportan clase y elegancia, los parques y huertos que siempre son un soplo de aire fresco… Aunque también hay elementos que no son tan atractivos, como avenidas anchas con varios carriles por los que circulan infinidad de vehículos ruidosos que impregnan el aire de polución o las construcciones más feúchas de los barrios humildes, si bien en estos últimos es donde se captan las vibraciones humanas con mayor facilidad.
Me entretiene ser espectadora de la vida sin someterme al riesgo que implica vivirla; es similar a disfrutar de una obra de teatro cómodamente sentada en una butaca de terciopelo rojo, con el añadido de que las historias de las que soy testigo varían de género: pueden ser cómicas, románticas, violentas y hasta trágicas, pero siempre cautivan mi interés.
Y eso es lo que estaba haciendo, viajar feliz y despreocupada a mi libre albedrío, sin más que hacer que contemplar y absorber la esencia del presente cuando me llamaron la atención unas risas gozosas; destilaban esa alegría contagiosa que primero te llega al oído, luego pasa al corazón y termina alcanzando tu alma, dejando a su paso un sentimiento sanador de bienestar.
Provenían del tercer piso de un bloque ubicado en una calle con nombre de río no muy lejos del centro de la ciudad. No pude evitar acercarme y colarme por la ventana; mis disculpas, me entusiasma chafardear.
Se trataba de dos niños y una niña, probablemente hermanos, pues los tres tenían los mismos ojos rasgados y el mismo cabello negro; estaban viendo unas divertidas imágenes de dibujos animados a todo color que se sucedían en una pantalla. Me coloqué detrás del sofá donde se hallaban sentados y me quedé embelesada mirando las hilarantes caricaturas. ¡Habrase visto! Una simpática pantera de color rosa intentando montar en bicicleta… Cuando de repente se desarmaron todas las piezas y el cándido animal se quedó con el manillar en la mano, tanto los pequeños como yo estallamos en carcajadas (a mí no me oyeron, claro, porque todavía estaba aquí).
Una historia cómica.
Fueron unos momentos tan entrañables que sentí envidia. Y también nostalgia de mi última vez. Hacía lustros… y había sido aquella una experiencia tan gratificante. ¡Ah! ¿Quién sabe? Quizá era hora de volver a aterrizar, mas antes debía pensarlo detenidamente, ya que ese era un asunto demasiado trascendental como para tomar una decisión precipitada. Una vez allí, había que quedarse hasta el final.
Permanecí unas horas en aquel edificio. “Horas” en un sentido orientativo —quizá fueron días, quizá minutos—, dado que donde yo estoy el tiempo deja de importar y, por lo tanto, no se computa de ninguna manera; Cronos mantiene esclavizadas a las personas únicamente mientras son perecederas. Después, ya no.
Sea como fuere, estuve merodeando de arriba abajo, de piso en piso, analizando las conversaciones y las escenas que se tejían entre los adultos, los niños, las mascotas…. Reaccioné con estupor la primera vez que un gato me siguió con la mirada para después intentar atraparme con las zarpas; era del todo imposible que me alcanzara, puesto que yo floto tan alto como desee, pero de ahí aprendí que debo ser cautelosa con los animales, dado que estos poseen una perceptibilidad muy superior a la de los humanos.
Aun siendo el más ameno, el piso de los tres hermanos vivarachos estaba descartado, ya que entre ellos formaban una pequeña multitud, así que bajé a la segunda planta para hacer una prospección de lo que se cocía allí.
Una sensación de gelidez me atravesó como un afilado cuchillo. ¡Qué desagradable! El ambiente era denso, cargado de miedo y resultaba agotador inspirar un aire tan frío. Había un señor alto y moreno, con barba y bigote y una expresión tan adusta que me dio repelús e involuntariamente retrocedí, dispuesta a marcharme por donde había venido. Pude comprobar que la señora de la casa ya albergaba compañía en su vientre; percibí con nitidez su débil latido a través de la piel y sentí lástima, pues un padre como el que le esperaba era mal augurio. A pesar de que esa fue mi estancia más breve, fui testigo del trato desdeñoso que el bigotudo le propinaba a su esposa, una inofensiva joven de cabellos ondulados y ojos del color de la miel. No dispongo de la potestad para salvar a nadie ni es mi misión hacerlo, ya que cada cual debe recorrer el trayecto que ha escogido, así que huí despavorida de aquel escenario a toda prisa.
Una historia violenta.
Seguí bajando hasta la primera planta. La atmósfera estaba repleta de dolor y sufrí la pena de aquellos afligidos corazones en mi interior. Me acerqué tímidamente hasta una habitación donde había un féretro y unas cuantas personas que velaban a su alrededor, sus familiares y amigos cercanos. ¡Qué horror! Una muchachita enclenque lloraba desconsolada, pañuelo en mano, mientras que un hombre le sujetaba los hombros en señal de aliento. Me acerqué al desdichado que allí reposaba y advertí que tenía el hígado deteriorado a causa de las bebidas alcohólicas —un joven que no aparentaba más de treinta años—.
Una historia trágica.
No me quedaba otra que subir hasta el cuarto piso, el único que aún no había visitado.
Había una pareja de enamorados con un chiquitín de dos años. Me ilusioné nada más poner el pie en su hogar; metafóricamente hablando, por supuesto, ya que no estoy dotada de brazos y piernas. Allí el aire era límpido, las vibraciones firmes pero serenas, el ánimo optimista y risueño.
El pequeño estaba dormido en su habitación, sus rollizos brazos a ambos lados de la cabeza y una expresión de suma placidez en su rostro. Me pregunté si estaría soñando con el reconfortante seno materno o alguna otra imagen igualmente agradable como, por ejemplo, su momento preferido del día o su juguete más preciado.
En el sofá del salón se hallaban los padres fundidos en un estrecho abrazo, sus bocas hambrientas unidas en un fervoroso beso a la francesa. Me sonrojé ante la desinhibición de sus emociones, pero, traviesa, me quedé a observar desde un rinconcito. Eran jóvenes y ardorosos. Las manos de él recorrieron la espalda de ella hasta que encontraron la cremallera del vestido para luego bajarla torpemente. Cuando la prenda cayó al suelo, cogió a la chica en brazos a horcajadas y la llevó a la habitación contigua. Muerta de curiosidad, les seguí hasta allí.
¡Oh! ¡No podía ser cierto! ¿Sería casualidad? ¿O quizá el destino? Mi extrema sensibilidad captó que ella estaba en plena fase fértil, lo que para mí era una tentación irresistible.
Una historia romántica y emocionante.
Convencida de que otra vez había llegado mi momento, decidí instalarme con ellos y, con una sonrisa de oreja a oreja, corrí a introducirme en la muchacha antes que él.
ÁLEX
Era un día de tantos, un día normal. Horacio Campoy estaba terminando de engalanarse en su habitación, las puertas del armario todavía abiertas; para el paseo dominical que se disponía a dar con su esposa esa mañana, había escogido como atuendo un estiloso pantalón de pinzas de color chocolate y una camisa blanca lisa de manga larga; la temperatura de octubre era más veraniega que otoñal y se la arremangó, dejando a la vista su reloj de acero, un sólido y resistente Tag Heuer. A pesar de sus jóvenes treinta y cinco años, mostraba una declarada tendencia hacia lo clásico y se sentía más cómodo enfundándose un traje que unos modernos vaqueros.
Moreno, con barba y bigote bien perfilados y ojos oscuros de mirada severa presentaba un aspecto castizo; un hombre alto, no muy corpulento, pero de brazos musculados y demasiado fuertes. Demasiado impulsivos. Extremadamente vanidoso, gustaba de cuidar su imagen, disfrutaba de los minutos que dedicaba al aseo personal y a seleccionar sus prendas, lo cual le llevaba en ocasiones a gastar más de lo que podía, una debilidad que ocultaba de su apocada esposa a base de triquiñuelas.
Una vez ataviado, se calzó un zapato inglés, unos Martinelli marrones que combinaban a la perfección con el cinturón de piel que llevaba puesto. Repeinándose con las manos el pelo engominado, se acercó a la ventana para contemplar la actividad relajada de un día festivo en la avenida que se extendía frente a su edificio sito en la calle Río Llobregat: paseantes deambulando lentamente a la sombra de los árboles, algún Peugeot 205 o Simca 1000 circulando por la calzada, dos gatos callejeros desgarrando y vaciando una bolsa de basura negra que algún incívico, por pereza de levantar la tapa, había dejado al lado del único contenedor.
Entre los escasos vehículos detectó algo inusual: un flamante BMW M3 azul metalizado. Desde pequeño había admirado todos los modelos de la marca alemana y recordó con nostalgia su colección de coches metálicos de lujo. Se preguntó con acritud quién en aquel barrio humilde gozaba del privilegio de conducir esa espléndida máquina y consoló su envidia diciéndose que probablemente se trataba de algún turista desorientado buscando el célebre centro histórico. Decepcionado, frunció el ceño al repasar mentalmente los artículos que algunos afortunados tenían la gracia de poseer y que él no poseería jamás, pues su empleo como oficinista de banco le permitía llevar una existencia decente, pero ni de lejos le proporcionaba la capacidad adquisitiva que habría deseado.
Sus sueños truncados se amontonaban como peras en un frutero. Pese a aprobar el bachillerato, no llegó a la nota de corte para estudiar Medicina en la universidad, con lo cual optó por la carrera de Matemáticas sin sentir pasión alguna por ello. Se le ocurrió buscar trabajo mientras cursaba los estudios y, cuando se vio dentro de una entidad bancaria ganando un sueldo medio a la tierna edad de veinte años, creyó que había triunfado; la consecuencia fue que al poco tiempo, hastiado de los números, abandonó toda intención de licenciarse. Y Malena le abandonó a él. Era la muchacha rubia que le había nublado los sentidos desde el instituto y que sí entró en la facultad de Medicina. A menudo se sorprendía evocando su imagen, incluso en determinados momentos íntimos con su esposa en los que no debería haber entrado nadie más.
Su salario le proporcionaba una vida que para él significaba una deshonrosa mediocridad en la cual el lujo no tenía cabida alguna: ropa elegante pero económica, víctima fácil del “quiero y no puedo”, siempre aprovechando descuentos y rebajas, un piso de ochenta metros cuadrados y tres habitaciones, una segunda planta sin ascensor en una finca que dejó de considerarse seminueva décadas atrás. Para adquirir lo que constituían sus pequeños caprichos —como el reloj que lucía hoy— se veía obligado a ahorrar con sumo esfuerzo durante siquiera dos o tres meses o bien a endeudarse a espaldas de su mujer. Estaba convencido de que la vida había decidido ser perennemente injusta con él, lo cual se traducía en un sentimiento de fracaso que se retroalimentaba en su interior y que con frecuencia emanaba hacia el exterior en las distintas variedades que ofrece un mal temperamento.
El BMW azul fue motivo suficiente para enturbiar su mañana.
En el cuarto de baño Verónica Rubio, su esposa, se daba los últimos retoques de maquillaje, una ligera sombra de ojos de color bronce que resaltaba el tono miel de su mirada. El cabello castaño claro caía en hermosas ondas anchas por encima de sus hombros. Estrenaba un vestido negro de vuelo sin mangas cuyo largo alcanzaba la rodilla; era precioso, de precio irresistible y le sentaba divinamente, incluso con su emergente barriga. ¿Cómo podría no habérselo comprado? Anhelaba volver a ver el brillo del deseo en los ojos de su marido, pues en las últimas semanas apenas se había acercado a ella por las noches y, cuando lo hacía, parecía ausente. Quizá fueran preocupaciones del trabajo o su abultado estómago, quizá tenía una amante… Hizo una imperceptible mueca de inquietud al contemplar el único defecto de la prenda. Un escote un tanto descubierto. Con suerte Horacio no lo notaría o no le daría importancia.
A sus veintinueve años y sin haberse considerado nunca especialmente guapa, apreciaba con orgullo la belleza que sus facciones irradiaban ahora, efecto hormonal muy común entre las mujeres cuando han dejado atrás el primer trimestre de embarazo, el más desapacible.
Se había visto obligada a dejar su puesto de cajera en el supermercado donde había colaborado durante tres años; tan pronto como el encargado descubrió su estado, se sacó de la manga una “reestructuración” del personal y, lamentándolo profusamente, la invitaron a abandonar la empresa.
En su corazón albergaba la esperanza de que, con la ilusión del que sería su primer bebé, la relación de pareja mejorase y Horacio aplacara su colérico temple. De ninguna manera se planteaba romper su matrimonio ni volver a la casa de sus anticuados padres, mucho menos ahora con un retoño a cuestas. Arrastraba el peso de una familia estrictamente patriarcal que jamás vería con buenos ojos una separación, dentro de una sociedad y una época en la que la tasa de divorcios era todavía ínfima.
Así que no tenía más hogar que aquel ni más alternativa que seguir adelante con la vida que ella misma había escogido.
Dispuesta a salir del baño agarró la maneta de la puerta, mas el atrevido escote invadió sus pensamientos de nuevo. Se giró para estudiarse detenidamente en el espejo, presa de los dos sentimientos que la arrollaban en presencia de su marido; uno era la indecisión. Él insistía en que presentara siempre una apariencia recatada, dado que, si percibía que su esposa era objeto de admiración por parte de otros varones, los celos se apoderaban de su entendimiento y volcaba su ira y su inseguridad en la persona más vulnerable y menos culpable, es decir, ella.
Recordó con inquietud la última vez —antes de quedarse encinta— que se atrevió a vestir una prenda por medio muslo que ni mucho menos podía calificarse de minifalda. Sus piernas esbeltas y bien torneadas quedaban discretamente expuestas y habrían recibido decenas de miradas de no ser porque Horacio, en cuanto la vio entrar en el salón, se la arrancó de un manotazo, rompiendo la cremallera y haciendo saltar el botón de la cintura, tras lo cual le propinó una sonora bofetada que dejó en su rostro delicado la huella encarnada de sus dedos. Tras tres años de convivencia no fue necesario nada más, puesto que Verónica sabía a qué atenerse y respondía con sumisión a las reacciones iracundas de su marido. Estas iban invariablemente seguidas de arrumacos rebosantes de falso arrepentimiento que ella traducía como genuino y, en consecuencia, no había vez que no le perdonara.
El otro sentimiento era el temor. A pesar de la docilidad que mostraba hacia él, no podía desprenderse del miedo constante a provocar su enfado con cualquier nimiedad que a él se le antojara sustancial; un enfado que, dependiendo de sus propios desvelos e inquietudes ese día, podía derivar en una desagradable explosión de violencia y esta, a su vez, en una visita urgente al ambulatorio para que a ella le administraran las curas pertinentes.
Por lo demás, era un buen marido. Trabajador, sin vicios, ocasionalmente cariñoso en privado, invariablemente amable y gentil en público.
Todavía evaluando su reflejo, se debatía entre la nefasta idea de que el vestido había sido una mala elección y la débil creencia de que, estando embarazada, Horacio moderaría su comportamiento; al fin y al cabo, en los cinco meses que llevaba de gestación no se habían producido grandes altercados entre la pareja. Ella procuraba que así fuera. A pesar de que los gritos y zarandeos estaban a la orden del día, últimamente no había sufrido lesiones que precisaran atención médica. Abrazando la segunda alternativa con fe, abrió la puerta del baño y caminó vacilante hacia él, quien la esperaba sentado en el sofá preparado para marchar.
Verónica no tuvo tiempo de percatarse de su incipiente mal humor.
Horacio alzó la cabeza y, tras dedicar un rápido vistazo a la tez resplandeciente de su mujer, recorrió con la mirada el vestido de arriba abajo, perfectamente adaptado a su pequeña y esbelta figura, detectando al instante que era nuevo y cuestionándose el precio; Verónica no acostumbraba a escoger prendas caras, pero atribuía tal hábito a la estrecha vigilancia que él ejercía sobre ella y su economía.
Otra ojeada, ahora de abajo arriba hasta detenerse en el escote.
Excesivamente tentador.
Su frustración aumentaba por momentos. Le vino a la mente el M3, el niño que esperaba y no deseaba, los gastos que se iban a multiplicar sin remedio… Y a saber cuándo se reincorporaría ella al mundo laboral. Por otro lado, ¿por qué le desobedecía? ¿Por qué se compraba ropas provocativas? Él lo sabía bien. Porque era una mujer y, como tal, se deshacía por coquetear con hombres y recibir sus atenciones. A veces tenía la sensación de que se vestía para agradar a otros. Como hoy. El destructivo sentimiento de celos que corría por su interior ganaba terreno de manera vertiginosa.
Sus miradas se encontraron y Horacio hizo una mueca de desaprobación. Se incorporó y caminó pausadamente hacia ella, con una expresión tan hosca que provocó un escalofrío en el sensible cuerpo de Verónica.
***
Esa sensación de alarma fue lo que me despertó.
Estaba durmiendo plácidamente, ya que esa era mi actividad preferida y a la cual dedicaba por aquel entonces más de dieciocho horas al día. Medía poco más de treinta centímetros, pero me sentía grande y vital; incluso me percibía como parte de la familia, ahora que mi oído se había perfeccionado y distinguía los diferentes ruidos y voces a través de la piel de mi madre.
Sabía que había dos personas más allí fuera. La que me llevaba a todas partes, me hablaba y me cantaba con su voz dulce y melódica, me masajeaba amorosamente por encima de su vientre, me columpiaba con el suave vaivén al caminar. Y el que nos acompañaba a ratos, nos gritaba con su voz grave y áspera, se divertía agitándonos con brusquedad, meneo que no se asemejaba en absoluto al de un columpio. Cuando el absurdo y violento juego terminaba, el eco de su llanto femenil resonaba cerca, muy cerca de mí, y el miedo que ella sentía repercutía sobre mis terminaciones nerviosas en forma de pequeños chispazos que picaban mi delicada y transparente dermis. Sucedía con una frecuencia desmesurada.
Por ejemplo, aquel mismo día.
Unos segundos después de que el estremecimiento de mi portadora me sacara de mi sueño, empezó el fastidioso juego de las sacudidas. Extrañado ante el ímpetu con el que me agitaba dentro de la bolsa y asustado porque aún no sabía abrir los ojos, moví los brazos como aspas de molino en un intento de aferrarme a un punto de apoyo. Al no hallarlo, busqué consuelo llevándome un dedo a la boca para chuparlo con ansia; ese gesto recién descubierto me aportaba la calma que compensaba el dolor provocado por el miedo que ella sufría, ya que yo notaba intensamente todas las emociones de la mujer que me albergaba en su interior como si fueran propiamente mías.
Apenas duró un minuto. Transcurrido ese tiempo, la única compañía que obtuve fue el ritmo acelerado de su respiración errática que me hacía subir y bajar en su vientre, así como sus lágrimas silenciosas, pues, aunque no las oía, podía sentirlas como si fluyeran de mis ojos aún cerrados.
Ese era un día de tantos, un día normal.
MIRIAM
A menudo nos preguntan acerca de nuestro primer recuerdo, aquella imagen que tomamos como el inicio de nuestra memoria; puede ser un flash o una breve escena que nos transporta a un momento situado entre los tres y los cinco años de vida, carente de un significado especial, pero que por algún motivo es el primer pensamiento consciente que logramos rescatar.
Lo máximo que puedo retroceder en el tiempo dentro de mi cabeza es un caluroso día de verano que estaba “ayudando” a plantar begonias en el jardín de mis abuelos maternos. Tendría eso, unos tres años.
Todavía veo mis manos regordetas embadurnadas del hediondo abono, en la palma izquierda un pétalo rojo que se ha desprendido de una flor, mi vestido con más polvo que un topo… Mis pies están sucios porque he estado caminando descalza y los restos de tierra húmeda se han adherido a mis deditos. Contemplo maravillada el vistoso arcoíris que forman las macetas y parterres debidamente rellenos de plantas floridas; lo hago desde cierta altura, pues mi abuelo me ha cogido en brazos y me muestra ufano la belleza de nuestra obra.
A partir de ahí los recuerdos van y vienen en masa, como si de repente la memoria se hubiera despertado y se empeñara en recolectar todos y cada uno de los momentos vividos.
En mi caso, momentos felices.
Al quedar mi madre embarazada de mí, decidieron abandonar el cuarto piso de la calle Llobregat y sus ciento tres escalones para mudarse a un edificio que tuviera ascensor o bien menos altura, aunque sacrificáramos la proximidad al centro, así que nos trasladamos a una vivienda bifamiliar en el barrio de San Salvador. La construcción ofrecía un aspecto un tanto decadente, pero, pese a requerir unas cuantas reformas y una buena mano de pintura, resultó ser el hogar ideal: un entorno apacible, un solo tramo de escalones y, en la planta baja, Susana, una niña de mi edad que más adelante se convertiría en amiga íntima y, con los años, en una de esas contadas amistades que perduran toda la vida, no importa cuánto tiempo pase entre sus encuentros ni la distancia que las separe.
Mucho antes de que trabáramos amistad, con frecuencia me asomaba por la ventana del dormitorio de mis padres para contemplar su enorme patio rectangular de suelo adoquinado, en cuyo centro se alzaba un columpio doble para la pequeña. Cuando salía a jugar, iba acompañada de Turpy, un perro pequinés marrón oscuro y cola gris, que pasaba el rato escarbando los tiestos de la dueña o haciendo sus necesidades por los rincones. Consciente de que en la finca habitaba una niña de su edad, siempre alzaba la vista hacia mi ventana, momento en el que nos saludábamos tímidamente con la mano. Tenía un pelo precioso, el tono más negro que había visto nunca, completamente lacio y brillante.
Mi padre trabajaba en la cadena de montaje de la Ford; de martes a viernes cumplía el horario de tarde, pero sábado y domingo colaboraba voluntariamente en el turno de noche para ganarse una buena suma en horas extras, motivo por el cual cada fin de semana mi madre, mi hermano y yo nos trasladábamos a la masía de los abuelos en la localidad de Vistabella, en las afueras de Tarragona. Una vez solo en el piso, gozaba del silencio necesario para conciliar el sueño en horas diurnas, un silencio que con dos críos chillando y correteando por el pasillo era imposible de obtener.
A los padres de mi padre apenas les veíamos porque residían en el municipio extremeño de Zafra; en dos ocasiones recorrimos la eterna kilometrada en el Escort, pero lo que yo entendía como una aventura estival era un suplicio para los demás: papá se quejaba de las caravanas, mi hermano del bochorno sofocante y mamá de nosotros dos y del nivel de decibelios que alcanzaban nuestras voces. Esto último no es muy indicativo, ya que ella nos acusaba de folloneros incluso cuando íbamos al Tibidabo, un mísero trayecto de hora y media. A mi parecer, nuestro comportamiento no era para tanto.
Al reencontrarnos con mi padre los lunes —el único día que nos esperaba él a la salida del colegio—, mi hermano y yo le colmábamos de fiestas y abrazos. Era para mí el mejor padre de todos los padres y, además, muy bien parecido: un hombre alto de complexión fuerte, cabello castaño claro y ojos verdes. En privado nos autodenominábamos la “tribu de los ojos verdes”, pues los cuatro presentábamos un idéntico color aceituna, luminoso y llamativo; nos distinguían el cabello y la tez: mi hermano era moreno como mi madre y lucía el bronceado natural de mi padre, mientras que yo tenía el pelo claro de él y la blanca palidez de ella.
Se llamaba Manuel Romero Vázquez, aunque amigos, vecinos e incluso mi madre le llamaban Manu.
Tendría yo unos cuatro años. Me hallaba felizmente sentada en su regazo, ambos coloreando un brioso caballo alado con ceras.
—Pásame el lila, Manu. —Señalé el color que se había alejado rodando.
—Toma, cariño —estiró el brazo para acercármelo—, pero ¿sabes qué, Miriam?
—¿Qué?
—Que a mí me gusta que me llames papi. Todos me llaman Manu, pero tú y Rico me hacéis el honor de llamarme papá.
—¿Y papá Manu? ¿Te gusta?
De la risa estrepitosa que le entró, acabó tosiendo enérgicamente, un síntoma frecuente en él.
—Si me llamas así, parece que tengas otros muchos papis: papá Roberto, papá Juan, papá Gonzalo…
—¡¡No!! ¡¡Claro que no!! —protesté indignada. Me acarició una de las trenzas, haciéndome sentir que yo era la persona más importante en su vida—. Tú eres mi único papá.
Y ese fue todo mi intento de llamarle por su nombre de pila como hacían los demás. Por supuesto que no quería más padre que aquel. Era simplemente perfecto, amoroso con nosotros, cariñoso con mi madre, inteligente, trabajador. Solo tenía un defecto y es que era un fumador empedernido; no es que nos afectase físicamente, dado que se limitaba a fumar en el balcón bajo la solidaria idea de que nosotros no respirásemos la nicotina que a diario envenenaba sus pulmones. Lenta pero inexorablemente.
Mi madre, Candela Puig es su nombre, trabajaba —y trabaja— de recepcionista a media jornada en el ambulatorio médico del barrio. Codeándose con médicos y enfermeras, a menudo le mencionaban lo pernicioso que puede resultar el tabaco. Tales días llegaba a casa con el hacha de guerra en mano, dispuesta a darle la vara a mi padre para que se deshiciera de los cigarrillos; le soltaba la retahíla habitual de que era un mal vicio, que acabaría enfermo y que nos daría un disgusto a todos. Llegó a esconderle el paquete en un cajón, tirárselo a la basura, pisoteárselo encrespada delante de sus narices mientras él observaba la escena carilargo… mas siempre aparecía con otro nuevo y una mirada de cervatillo sumiso.
—Lo siento, Candela, cuesta mucho dejarlo… —se excusó un día mientras la abrazaba con la intención de calmar las aguas.
—Te matarás con tanta porquería en los pulmones… —Rendida y consciente de que era una droga asequible y adictiva, mi madre hundió la cara en el hueco de su cuello mientras él la mecía tiernamente contra su pecho.
—Mira, haremos una cosa; si en algún momento padezco siquiera tos de fumador, lo dejo, te lo prometo.
—Deberías dejarlo ahora, que eres joven y estás sano. —Le miró con ojos enamorados, acariciándole la mejilla rasposa—. Además, Manu, toser, toses.
—Sí, pero no es de eso, cariño… Es que me atraganto.
—Ya… Eso no te lo crees ni tú.
Mi padre suspiró y, frustrado, se deshizo suavemente del abrazo y, con la mirada puesta en la cacerola que hervía sobre el fogón, cambió de tema con naturalidad.
—¿Qué hay hoy para comer, cielo?
Así acostumbraban a terminar los conatos por parte de mi madre para convencerle de que velara por su propia salud. Dándose por vencida, volvía a sus quehaceres, puesto que entre el ambulatorio, la casa y nosotros tenía faena de sobra.
Mi hermano Ricardo, apodado Rico por todos, es cuatro años mayor que yo. Podíamos pasar horas jugando juntos a construcciones, puzles o juegos de mesa, aunque, ahora desde la distancia, estoy segura de que aprovechaba para hacer mil trampas por aquello de ser más grande y más avispado. Era demasiado sospechoso que invariablemente perdiera yo.
Por lo general, se mostraba muy protector conmigo, salvo las ocasiones en que me importunaba nada más que por su propia diversión; entre otras payasadas, se entretenía tirándome de las trenzas, apagando la luz de mi habitación cuando estaba enfrascada en un libro o simplemente dibujando el perfil de un cerdito en mis libretas, una manía guasona que me desquiciaba. Todas eran bromas inocentes, si bien yo reaccionaba como si me hubiera arrancado una pierna, irritando así a nuestra paciente madre.
No obstante, en el fondo yo sentía que cuidaba de mí. He sido testigo de hermanos que se chotean con malicia entre ellos en cuanto se les presenta la oportunidad y puedo afirmar que Rico no era así. Recuerdo una tarde, por ejemplo, que mamá estaba distraída, sentada en un banco del parque charlando con una vecina mientras nosotros competíamos en los columpios por elevarnos en el aire. Él era mayor y pesaba más, con lo cual ejercía una fuerza superior, dando la impresión de que sus pies tocaban la frondosa copa del pino que había justo encima. Yo, que por aquel entonces contaba seis o siete años, era esmirriada y empujaba con la energía de una libélula; movida por el afán de vencerle, empecé a hacer gestos exagerados con el cuerpo para impulsarme más y más.
Hasta que me caí de bruces en el suelo.
No acerté ni a quejarme de lo aturdida que quedé cuando me vi tirada en la tierra. Rico saltó raudo y se arrodilló junto a mí; mi madre, concentrada en su conversación, no se había percatado del accidente. Me sangraba la nariz y mi hermano sacó de su bolsillo un pañuelo de tela clásico, de los de antes.
—¡Rico, que tiene mocos! —Al notar la desagradable humedad en mi piel, intenté apartármelo de la cara con aspavientos.
—¡Chis, calla! Que como mamá vea la sangre, le da algo.
—¡¡Ajjj!! ¡¡Qué asco!!
Desoyendo mis protestas, me tapó la nariz con la tela que estaba más limpia para frenar el sangrado. Fue cuando me incorporé que, debido a la extrema lividez de mi rostro, mi madre detectó que algo no iba bien y se acercó a nosotros, alarmada. En cuanto la vi venir, rompí a llorar como si me hubiera abierto una brecha en la cabeza.
En el parque se quedó la vecina mirando como sus niños se deslizaban una y otra vez por el tobogán, mientras que nosotros marchamos a casa, con mi madre cogiéndome de la barbilla a cada momento para cerciorarse de que mi nariz no volvía a sangrar. No fue más que un susto y unos rasguños en las rodillas, pero el incidente me sirvió para que esa tarde me agasajaran y me dejaran escoger el postre de la cena.
A mi juicio, éramos una de las familias más felices del barrio, con nuestros más y nuestros menos.
ÁLEX
El carácter es el conjunto de cualidades propias de una persona, un producto forjado a través de un cúmulo de circunstancias sociales, culturales, familiares y, por supuesto, de la propia idiosincrasia.
Nací y crecí en un entorno marcado por un lema que, pese a no postularse nunca en voz alta, estuvo patente en la atmósfera de mi hogar desde mis más tempranos orígenes e imagino que, desgraciadamente, desde mucho antes; mi padre se encargó de designar y remarcar lo que mi madre se esmeró en acatar: un hombre debe hacerse respetar mediante la fuerza bruta.
Fui testigo de los episodios de violencia que se sucedían entre ellos, donde se reiteraba el mismo patrón una y otra vez, una dinámica que me hizo aprender rápidamente la filosofía que mi padre llevaba grabada en el cerebro. Sin embargo, lo que se grabó en el mío fueron las incontables anécdotas que me vi obligado a presenciar.
Tenía tres años. Estaba en mi habitación montando una torre con unos bloques de madera que llevaban letras y números pintados en vistosos colores. Colocaba los primeros cubos con ánimo alegre, pero al llegar al quinto o sexto, mi rostro se empañaba con desilusión al ver que caían unos encima de otros con estrépito. Los recogía para intentarlo de nuevo, pues la perseverancia —junto con la tozudez— sería uno de mis rasgos característicos. Cuando él empezó a vociferar desde algún otro punto del piso y oí los golpes, me asusté tanto que dejé los bloques esparcidos por el suelo y corrí a esconderme bajo la cama para que no me viera y la emprendiera también conmigo, como había hecho en alguna ocasión anterior si se sentía importunado por mi llorera. Me quedaba inmóvil, con los ojos clavados en la red metálica del somier y las flores blancas de la vieja funda del colchón.
Allí agazapado y con la respiración contenida, oía sus quejidos lastimeros en la habitación contigua una vez pasada la tormenta. Esa era toda su reacción; nunca se enfrentó a él porque el miedo paralizante que le invadía era muy superior a la rabia que pudiera sentir hacia aquel trato injusto.
Recuerdo una ocasión en la que contaba ocho años. Acababa de merendar unos ricos trozos de coco fresco que mamá me había comprado esa mañana en el mercado, una de mis frutas preferidas tanto por el sabor como por el olor. Sentado a la mesa de la cocina, hacía los deberes mientras mi madre iba y venía ordenando la compra, preparando la cena, plegando ropa, guardándola… Al no tener una ocupación fuera del hogar, todas las tareas domésticas recaían sobre ella; con un hijo y una formación básica, pronto perdió la esperanza de reincorporarse a la vida laboral.
Tanto ella como yo dependíamos enteramente de mi padre.
La cacerola en la que hervían judías verdes y patatas comenzó a despedir vapor y me levanté para avisarla, pero me detuve en medio del salón al oír los insultos. Con el ruido sordo del primer golpe di media vuelta y me apresuré a volver a mi silla, encogido y con el pulso acelerado. Desconocía la causa de la disputa de ese día, pero sabía de buena tinta que se reducía a cualquier banalidad que a mi padre le contrariase: un comentario desacertado, un cristal sucio, una arruga en la camisa, un menú que no fuera de su agrado…
Cuando mi madre regresó para bajar el fuego de las verduras, alcé cohibido la mirada. Le sangraba el labio. Habría dicho o hecho algo a modo de aliento para que no se sintiera tan sola en aquella guerra perdida, mas, sobrecogido y acobardado por los firmes pasos que se acercaban detrás de mí, tan diferentes a los de ella, no articulé palabra.
—¿Cómo va la cena? —preguntó él con voz mesurada como si entre ellos reinara la más absoluta paz.
La tensión que de forma súbita se agolpó en la estancia era dolorosa y asfixiante, pero me guardé de manifestarlo; simulé estar completamente concentrado en las tres sumas que debía presentar al día siguiente, aparentando ser ajeno a la batalla constante que se libraba entre los dos adultos y en la que siempre se erigía el mismo vencedor, una situación que paulatinamente fue haciendo mella en mi extrema sensibilidad infantil.
—Estará para las ocho —murmuró ella con la vista fija en la tapa de la cazuela.
Cuando él salió de la cocina y volvimos a quedarnos los dos solos, el aire se tornó ligero y respirable; justo entonces percibí un extraño e incómodo frío en el regazo. En un principio pensé que era efecto de la corriente que entraba por la ventana de la galería, junto con las voces de dos vecinas que chachareaban en el patio de luces. Pero no. Bajé la vista y comprobé con vergüenza y horror que me había mojado los pantalones.
A pesar de que su conducta agresiva se repetía constantemente, era una tarea ardua para mí acostumbrarme a vivir bajo su velo de terror. Mi madre, por el contrario, lo sobrellevaba con entereza sin protesta ni recriminación alguna, detalle que me parecía de lo más chocante.
Fue a la edad de doce años que yo mismo me sorprendí ante lo que por mi parte era la evidente aceptación de una circunstancia que se perpetuaba en el tiempo. Estaba cenado, duchado y llevaba puesto mi pijama preferido, el del Inspector Gadget. Amaba leer antes de dormir y aquella noche me deleitaba con las aventuras de Moby Dick y el cruel capitán Ahab; estaba tan embebido en el libro que no oí el jaleo hasta que su voz llorosa alcanzó mi corazón y apartó mi mente del ballenero.
Boquiabierto y con expresión idiotizada, caí en la cuenta de que sí había escuchado unos porrazos, pero por lo visto no me habían llamado la atención. Rebobiné los dos últimos minutos en mi cerebro y también rescaté las palabras iracundas de mi padre, así como las débiles súplicas de mi madre.
Otro ataque de celos sin ningún fundamento. Como de costumbre, aquel día tampoco intervine por miedo a las represalias. Por miedo y por cobardía, una actitud despreciable que me recomería y me perseguiría durante décadas.
Me estremecí bajo las sábanas, víctima de una tristeza mayúscula que se tradujo en unas lágrimas tan sufridas y silenciosas como las de ella. Pese a que una parte de mí había decidido asimilar aquellos incidentes como si fueran de lo más natural, en el fondo sabía que el comportamiento de mi padre distaba mucho de ser correcto. Lo último que yo deseaba era ser como él y considerarme dentro de la normalidad.
De todas maneras, como dije al principio, el ámbito familiar es uno de los factores que moldea los rasgos de nuestra personalidad.
Por más que te opongas, está inmerso dentro de ti.
MIRIAM
Era mi noveno cumpleaños. Habíamos organizado una fiesta a la que vendrían todas mis amigas, una celebración humilde en casa y con bocatas de pan de molde y embutido, chocolate y pastel casero. Entonces no había castillos inflables, tirolinas ni nada por el estilo; o quizá para la gente de alcurnia sí, pero no me importaba; yo sería el centro de atención durante unas horas y recibiría mis regalos, lo cual era más que suficiente para que me sintiera eufórica.
El comedor estaba adornado con enormes globos de colores y una larga guirnalda plateada en la que se leía “Felicidades” y que cruzaba la estancia de pared a pared.
La primera invitada que llegó fue, por supuesto, mi querida vecina Susana de la mano de su padre. En cuanto abrí la puerta, la abracé colgándome de su cuello. Era alta y fuerte, mientras que yo seguía siendo una enclenque patilarga.
—¡¡Yupi!! ¡¡Qué ganas tenía de verte!!
Íbamos juntas al colegio cada día, pero en fin… Es la alegría sin par de los críos. Se echó a reír y pasamos a mi habitación para contarnos importantísimos secretos y jugar hasta que se presentaran las demás; su padre se quedó un rato charlando con los míos y al poco se marchó.
Éramos ocho niñas en total y pasamos una fantástica tarde haciendo pulseras, probándonos disfraces, maquillándonos… Mi madre me observaba con complacencia mientras yo devoraba un sándwich acompañado de un vaso de limonada. Después de soplar las velas y comer la deliciosa tarta de crema horneada en nuestra propia cocina, abrí ilusionada los presentes uno tras otro, sin apenas fijarme en el contenido en sí. Papá disfrutaba de la infantil escena apostado en la ventana, desde donde me guiñó un ojo con complicidad.
Insisto, era el mejor padre del mundo.
